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Antón Castro

Deportistas

LA CARRERA PERFECTA DE A. CASADO

LA CARRERA PERFECTA DE A. CASADO

El pasado viernes, en una preciosa y estupenda carrera, Arturo Casado, madrileño de 27 años, lograba un antiguo y buscado sueño: se coronaba campeón de Europa de 1.500. Fue una carrera espléndida con tres protagonistas españoles: Reyes Estévez, que corrió muy bien, estuvo en los puestos de cabeza y le faltó un poco, poquísimo, de velocidad final; Manuel Olmedo, que realizó una vibrante carrera con un increíble final que le permitió corregir su mala ubicación durante la carrera y obtener la medalla de bronce, se quedó en un tris, en dos centésimas, de la plata; y el citado Arturo Casado, un corredor cuya estampa evoca la de Sebastián Coe: rápido, de correr elegante y capaz de realizar los últimos 100 o 200 a un ritmo estupendo. El esprint final, poderoso y limpio, también nos hizo pensar en el gran triunfo de Fermín Cacho en la final olímpica de 1992. Cuelgo aquí la crónica de Carlos Arribas, de ‘El País’, un gran periodista de ciclismo también, autor de libros y de maravillosos artículos. El texto habla de Casado, de la carrera, de los entrenamientos del nuevo campeón y del clima de cariño y de superación que lo envuelve.

 

LA FE CORONA A ARTURO CASADO

 

Crónica de Carlos ARRIBAS / El País

Arturo Casado levantó los brazos después de la recta soñada y el bodoquismo rompió a llorar. El bodoquismo, por Bodoque, el masajista de Casado, de España, de Berlanas, de Juan Carlos Higuero, de otros buenos atletas, es la religión atlética de la fe y del compromiso, del trabajo, del sueño.El triunfo de su chico lo justificaba, claro. También que el estadio de Montjuïc se viniera abajo del éxtasis de los espectadores que, tras la frustración de Marta Domínguez, tras las expectativas de la explosión de Cáceres en la longitud, contemplaban al fin la primera victoria española de los campeonatos. También que el secretario de Estado, Jaime Lissavetzky, saltara a la pista como un aficionado feliz para abrazar al campeón.

Levantó los brazos Casado y rompió a llorar él mismo, tan grande, tan incontenible, tan liberado como en su última curva, cuando arrancó a 200 metros, el punto de los campeones, el punto exacto en el que otros años, en otros campeonatos, encallaba su carrera, el punto del miedo en el que su ambición se frustraba por perseguir a Baala, a otros campeones a los que quería superar, cuando corrió, el primero, por delante de todos, persiguiendo la victoria, como un potro fuerte y ancho, como un caballo desbocado. Poderoso. A punto de alcanzar el orgasmo, toda la adrenalina agolpándosele en el cerebro."Hay que creer, hay que creer", repetía la víspera Casado. "Este año, sí, este año, sí, estoy seguro", añadía. "Ya creo en mí". Fue el final de un año en el que apenas se prodigó en invierno, en el que renunció a la pista cubierta, en el que, desde el 1 de enero, solo pensaba en un día, 30 de julio, en una ciudad, Barcelona.

Por detrás de él, hombre de tanta fe tras tantos años en que solo se le recordaban las expectativas no cumplidas, la jauría lanzaba sus dentelladas, inalcanzable. Por detrás, Reyes Estévez, el veterano en su última carrera, trataba de defender la tercera plaza, el lugar máximo en el que le `podían dejar sus piernas, tan batalladas, tan poco frescas finalmente, después de una carrera que él mismo había conducido al tran-tran, lenta, lentísima (2m 37s, el 1.000; 3m 42,74s el tiempo de la victoria de Casado), confiado en su antiguo poder explosivo, ahora de más corto alcance que en sus tiempos de gloria cuando, elegante, en los últimos 300 metros era capaz de tres, de cuatro cambios de ritmo. Por detrás de Casado, tan enorme, tan feliz ya, Manuel Olmedo, el sevillano recién trasplantado del 800, hacía valer su punta de velocidad magnífica para, desde atrás, por fuera, remontar hasta, con el último aliento, arrancarle de las manos a Estévez por 13 centésimas el bronce. "Me falló la táctica", dijo Olmedo. "No esperaba una carrera tan lenta, pero he podido responder al final".

Cuando está bien, a Casado, de Santa Eugenia, un barrio de Madrid, de 27 años, licenciado en Ciencias del Deporte, con admiración le dicen: no hay quien te pase en la curva, eres tan ancho, controlas tan bien tu calle que para adelantarte hay que dar un rodeo tan grande que cuando queremos llegar ya has pasado. A Casado, seguro, en la curva, en la que con casi imperceptibles cambios de ritmo mantenía a raya los intentos de superarle del inglés Baddeley, le llegarían a la memoria esas palabras, y certificaría su verdad en la jungla del 1.500. Por fin. "Ha sido la carrera perfecta", dijo Casado. "Después de muchos años de quedarme con la miel en los labios, al final he conseguido todo por lo que lucha un atleta".

De Casado, hasta ayer, se recordaba su irrupción en el Europeo de Madrid en pista cubierta 2005, su trabajo como libre para su compañero de entrenamiento Alberto García, su quinto puesto en el Mundial de Helsinki, que tantas ilusiones levantó, por su irreprochable ética de trabajo, su seriedad... Desde ayer, ya se le recordará como el tercer atleta español campeón de Europa de 1.500 -Cacho, 1994, Estévez, 1998, pasaron antes que él-, como otro de los grandes del mediofondo español, como un chico con mucho futuro aún. Y mucha fe, claro.

 

*En la foto Arturo Casado y Manuel Olmedo. La foto es de la agencia AFP y ha sido publicada por 'El País'.

DIARIO DEL MUNDIAL / Y 25

DIARIO DEL MUNDIAL // España cierra un campeonato increíble e intenso. Tuvo que fajarse en todos los partidos y logró el título con un fútbol brillante que adornó con coraje y paciencia, con intensidad y furia.

El equipo armonioso que creyó en sí mismo

El fútbol, como la vida, discurre entre el ser y la apariencia. Argentina no había enamorado a nadie en las eliminatorias y, sin embargo, parecía que se enganchaba a la clase de Messi para convertirse en clara favorita. Una joven y descarada Alemania demostró al mundo que esa entrevista grandeza era fragilidad, desconcierto y cartón piedra. Otro tanto le sucedió a la máxima candidata: la selección brasileña del músculo y del pundonor que ejecutaba a sus rivales con dos o tres fogonazos pero sin conexión alguna con la leyenda del ‘jogo bonito’. En Argentina y Brasil las estrellas eran los seleccionadores: un Maradona incauto que no acertó a crear un bloque ni una estrategia ni el espacio idóneo para su sucesor (Messi llegó al Mundial en plenitud de forma: como un ciclón menudo e imparable), un Dunga cartesiano y rocoso que se encomendó a la tiranía del poderío físico.

Hasta Portugal se volvió facinerosa en su juego: Queiroz fue incapaz de acomodar a su delantero más célebre, Cristiano Ronaldo, y se marchó sin gloria alguna. Otro tanto cabría decir, con más razón, de Italia y Francia, y por supuesto de Inglaterra: Capello no supo ni pudo conjuntar a jugadores como Gerrard, Lampard y Rooney: los tres se han desvanecido, inanes y oscuros, en Sudáfrica. Ni Dunga, Maradona, Lippi, Domenech ni Capello acertaron a construir un combinado armonioso que respetase las características de sus jugadores y un plan específico, una idea del fútbol. Por faltarles les faltó hasta complicidad con el vestuario; en el caso de Maradona, le sobró arrogancia de profeta: creyó que él era el elegido, de nuevo, por los triunfos engañosos y por su condición de mito.

 En cualquier caso, no conviene olvidar el axioma de Boskov: el fútbol es un torbellino de factores, de segundas oportunidades, de regates del azar, un amasijo de detalles y de circunstancias, y de pequeños milagros. Y ahí todo suma: suma que aparezca el manotazo salvador de Luis Suárez, que Gyan mande el balón al cielo en el penúltimo segundo, suma que Casillas detenga un penalti que significaba el adiós o que estirase unos milímetros su pie derecho ante Robben. En un Mundial el resultado pende de un hilo. Y la victoria depende de todo ese arsenal de causas y efectos que España ha barajado tan bien.

La selección de Vicente del Bosque llegó al torneo con la etiqueta de favorita. La realidad es que no empezó a serlo de veras hasta que tumbó a Paraguay: España pasó todos los partidos con el máximo esfuerzo y justa de dinamita. Ha sido, ha intentado ser, un equipo primoroso, de escritura automática, al que la faltaba gol: se abrazó al olfato de Villa (quien, extrañamente, no marcó en los dos últimos partidos), al talento de Iniesta y a la furia de Puyol. Ellos han sido los goleadores. Así, desfondándose y casi en alerta roja, superaba a los rivales. Parecía un equipo armado en todas las líneas, partidario de la fantasía y el toque, y a la vez un equipo sufridor, sin gas y alicorto de inspiración ante la presión de los rivales. Curiosamente, este conjunto se consolidaba con un gran sentido de la gesta. Sin volver la cara, aceptando todos los desafíos, los marcajes pegajosos, incluso las tarascadas. El inmutable Del Bosque parecía un enigma, un caracol de secretos cerrado a cal y canto: se fiaba de un Torres fuera de forma, condenaba a uno de los jugadores más exquisitos y trabajadores del bloque como Silva, tiraba de Navas y de Cesc y de Llorente, acudía a Pedrito. Confiaba ciegamente en su línea de defensas (el que despertaba más recelos, Capdevila, ha estado muy por encima de lo esperado), ensalzaba el trabajo oscuro y dinámico de un excepcional Busquets, se encomendaba a sus estrellas Xavi y Iniesta, los mejores medios del Mundial.

Fiel a un credo, sin perder la compostura, Del Bosque llegó hasta donde había soñado. A la final. Y en ella, el míster y España tuvieron el pundonor, la convicción, la firmeza, la paciencia y la lucidez de los grandes campeones para vencer al segundo mejor equipo del torneo: una Holanda de acero, durísima e indomable, que había aprendido la lección de los rivales de España y de la nobleza de Alemania, víctima de un baile increíble de pases y filigranas sin atreverse a dar ni una patada. España maravilló ante los teutones y se agigantó luego ante la adversidad, esa férrea ‘Naranja Mecánica’ de latigazos y coces: puso a prueba la verdad y la conmoción del fútbol, y ganó. El buen juego es su rasgo de identidad: el atributo esencial de su ser.

EL ZARAGOZA EN PARÍS EN 1927

 

Corazón

tan rojo

 

José María Serrano Sanz es un economista que comparte su pasión por la investigación y la edición con su amor al Zaragoza. En su biblioteca conversaba un delicioso documento: ‘Gran viaje deportivo turista a París del Real Zaragoza (Club Deportivo)’ que se realizó entre 1 y el 5 septiembre de 1927. En París el equipo aragonés tenía dos partidos contra el Stade Français y el Red Stard Olimpic. La expedición salió de la estación del Arrabal el día uno en un tren especial y llegó a la capital del Sena a las diez de la mañana del día siguiente, tras varias paradas en Irún y Hendaya, y comidas “en cestas frías”. Hizo una visita al Arco del Triunfo “para depositar flores y coronas en la ‘Tumba del soldado desconocido”. Ahora todo ese material -programas, folletos, entradas en el Centro Español; Heraldo actuaba de patrocinador- acaba de ser reeditado en una cuidada carpeta numerada, costeada por una docena de personas. Los 400 seguidores estuvieron en el Louvre, oyeron una conferencia, escucharon jota y vieron bailar a Paquita Pagán, y fueron objeto de un banquete. E incluso visitaron la redacción de ‘L’auto’ y ‘L’intransigeant’. En el programa de mano se decía que “desde la Torre Eiffel se darán diariamente varios partes radiados para que en España sepan constantemente la marcha e incidentes de la excursión”. Pepe Melero, Víctor Juan y el citado Serrano, tres forofos incondicionales del Zaragoza, recuerdan que esos aficionados del equipo ya intentaron conquistar París. La pasión por el fútbol empieza por lo pequeño, por lo cercano: el Real Zaragoza siempre ha tenido aficionados, sueños, y ha mirado al mundo, como el mundo miró al Real Zaragoza hace ahora quince años cuando Mohamed Ali Amar, ‘el elegido’, marcó aquel gol inolvidable. Así también el mundo mirará hoy a la España de Del Bosque en su partido más importante.

 

*El Arco del Triunfo que visitaron los zaragozanos que acompañaron al club en 1927; abajo una maravillosa foto de fútbol del inolvidable Martin Munkacsi. Este artículo apareció ayer, antes del partido de Holanda y España, en mi sección de 'Cuentos de domingo'.

DIARIO DEL MUNDIAL / 24. LA VICTORIA

DIARIO DEL MUNDIAL / 24. LA VICTORIA

Andrés Iniesta, entre la épica y el éxtasis

 

España tuvo que pelear lo indecible para superar a una Holanda bien posicionada, correosa y experta en el contragolpe

España se corona en Sudáfrica con una generación deslumbrante que ama la belleza total del mejor fútbol

 

 

Andrés Iniesta, el futbolista del aire, el elegido de los dioses del fútbol, le dio el triunfo a España. Un triunfo agónico, peleado hasta casi el final de la prórroga, una victoria por la mínima, que confirma la calidad y la ambición de una generación deslumbrante que ha llegado más lejos de lo que nadie se podía imaginar: al Olimpo del balompié, primero en Europa y ahora en todo el planeta. Esta selección será recordada por su juego exquisito, por su querencia de balón, por una triangulación precisa y por esa imaginación inagotable que distinguió a la Hungría de Puskas y Bozsik, al Brasil de Pelé, a la Holanda de Cruyff, y a la Francia de Platini y Giresse. Y será recordaba, sobre todo, porque también a la hora de la verdad tuvo sentido épico. España ganó con la grandeza antigua del fútbol.

El partido fue tosco y trabado. España empezó muy bien: generó ocasiones de inmediato y dio la impresión inicial de que este era su partido. Iba a apabullar. Los holandeses, que buscaban la recompensa a tantos años del buen fútbol que trasvasaron al Milan o al Barcelona, y acaso a la propia España, estaban un tanto perplejos. Como desubicados. Como si la salida del rival y su abanico de pases en cortos, hilvanados con una regla de sastre, les metiera el miedo en el cuerpo. Era el momento de enmarañar el partido, y empezaron a hacerlo, especialmente con  ese peón táctico, incansable y duro, que es Van Bommel. Así, a trompicones, con faltas y un juego sucio tan eficaz como taimado, Holanda paró a España e incluso obtuvo una pequeña conquista: una tarjeta a Carles Puyol. España pasó de dominadora absoluta a dominada, o cuando menos perdió la inspiración, se encontró ahíta, falta de ritmo, proclive además al encontronazo. Holanda salía al contragolpe y en el centro del campo proponía un entramado de marrullerías y de marcajes pegajosos. Lo mejor fue el descanso. España se desorientó en los minutos finales de la primera parte: quedó huérfana de brújula y de plan de ataque.

En la segunda parte, el partido siguió la misma lección. España se buscaba a sí misma, buscaba el control del balón, el arrebato de fantasía, y se encontraba con una Holanda bien situada y cada vez más segura. Arriba, Robben abría huecos y practicaba su regate favorito y esa carrera de amagos que se remansaba al borde del área, cerca de la media luna. Desde ahí engatillaba, pero Iker estaba concentrado. Sabía que el título empezaba en él: las lágrimas finales serían la prueba. España siguió a la suya: buscaba la luz y encontraba la oscuridad. El choque era tempestuoso, con desconcertantes alternativas. El gol podía caer de cualquier lado. De repente, Del Bosque hizo dos cambios: uno, quizá sorprendente, Jesús Navas por Pedro (el canario se extravió desde el principio y nunca volvió al camino) y otro más sensato: Cesc por Xabi Alonso, que había buscado el gol desde lejos, como lo buscó Xavi a través de varias faltas o en saques de córner. En una ocasión, Sergio Ramos falló la ocasión más clara: le pareció excesivo copiar el testarazo de Puyol ante Alemania.

La prórroga adquirió los tintes dramáticos de un resultado incierto. El respeto al rival y el miedo a perder se adueñó de los dos equipos. España sería superior en la prórroga: Xavi volvía a mandar, Iniesta se estiraba por todos los sitios con esa clase admirable que sólo él posee. Se convirtió en la pesadilla de los ‘tulipanes’ y en el foco del público. El espectáculo dentro del espectáculo de la final era él. Y en esas discurría el partido, con un pie ya en los penaltis, cuando recibió un pase de Cesc. Un pase inteligente. Ese balón que enciende el volcán de la emoción y del éxtasis. E Iniesta no falló: selló el triunfo de un bloque, de una apuesta, de unos maravillosos años con un gol antológico e inolvidable. El gol del título. El gol del título más grande. El gol inefable del mago, del virtuoso dulce.

 *Este artículo lo he publicado hoy en Heraldo de Aragón, en contraportada.

DIARIO DEL MUNDIAL / 23. LA FINAL

DIARIO DEL MUNDIAL // Óscar Tusquets dice que “todo es comparable”. También los futbolistas de España y Holanda: por eso aquí ofrecemos un retrato minucioso de los veintidós héroes de la final.

 

 

 

Once contra once:

quiénes son

y cómo juegan

 

Casillas-Sketelenburg. Iker Casillas es, en este momento, el mejor arquero del mundo. Sus dos rivales para ese título, Buffon y Julio César, cayeron pronto. Es un portero con grandes reflejos, elástico, concentrado. Empezó un tanto flojo, pero ha ido a más. Paró un penalti decisivo y ha tenido intervenciones espléndidas. Ha recuperado su carisma. Enfrente estará Sketelenburg, que no era el titular: su torneo, pese al gol de Forlán, es solvente. Va bien por arriba y se entiende con sus defensas.

Sergio Ramos-Van der Wiel. Son dos jugadores semejantes. El español posee una condición física admirable y algún que otro pájaro en la cabeza. Contra Alemania se portó como un auténtico extremo, capaz de arriesgar un regate, de disparar a gol y de acompañar el juego de los medios. Van der Wiel forma con Robben una banda muy peligrosa. Será el encargado de parar a Iniesta. Guardiola le ha echado el ojo para dar descanso a Dani Alves.

Piqué-Heitinga. Son los lanzadores de sus equipos desde atrás. Piqué ha sido comparado con Beckenbauer: es rápido, ágil, seguro y saca muy bien el balón. Posee un buen desplazamiento en largo. Heitinga no tiene su nivel, pero es la referencia defensiva de Holanda. Está irreconocible, si lo comparamos con su campaña en el Atlético de Madrid: toca bien el balón y busca a Van Bommel y a Sneijder.

Puyol-Matijsen. El español es un jugador vibrante, contundente, un ejemplo de entrega y de entusiasmo. Recuerda a Paco Gallego. Es el toro del equipo, un hurón de furia. Su gol ante Alemania lo define: Puyol todo corazón. Matijsen es correcto, va bien por alto, tiene experiencia y lleva años consolidado en esa posición. No es fino con la pelota, pero tampoco comete errores. Como Puyol, es expeditivo.

Capdevila-Van Bronckhorst. Experimentados, zurdos natos, con buen disparo, dispuestos a avanzar por el carril. Capdevila es un jugador sobrio, atento, capaz de centrar bien. Gio marcó uno de los goles más hermosos del Mundial. Es el capitán apacible y conciliador que está viviendo una segunda juventud.

Busquets-De Jong. Sergio Busquets ha dado constantes lecciones de veteranía y de colocación. Es el eje defensivo de España en la media. Protege, asiste, posee un estupendo juego en corto y en largo, y ejecuta como nadie la falta táctica. De Jong es un jugador oscuro y sacrificado, limitado de talento y poderoso en el despliegue.

Xabi Alonso-Van Bommel. Son dos jugadores muy distintos. Van Bommel es una referencia permanente: protestón, duro y bregador. Tiene llegada, sobre todo de cabeza. En su paso por España no sedujo a nadie; en Holanda es el recuperador, el jugador que está en todas las grescas. Los árbitros han sido condescendientes con él. Xabi Alonso está haciendo un gran campeonato. Combina bien, trabaja sin descanso y posee un buen toque en corto y en largo, magnífico en sus cambios de juego, y un excelente disparo. Ante Alemania olisqueó el gol varias veces.

Xavi-Sneijder. Los dos mandan. Xavi es el arquitecto de España, el hombre que dicta el ritmo del partido, el artista incesante. Es preciso, elegante y tiene una visión prodigiosa. Es el mejor organizador del juego del planeta: el balón en sus pies siempre está de paseo. El mejor fútbol sale de sus botas. El menudo Sneijder está viviendo el mejor año de su vida: deslumbró en el Inter y asombra en Sudáfrica. Se siente seguro de sí mismo y de su disparo. Es un cerebro muy completo y vertical. Genera constantes ocasiones de gol. Es uno de los grandes peligros de Holanda: su jugador más en forma, el más imprevisible. Es un tigre de peligro e inteligencia.

Pedro-Robben. Robben es imprescindible, es un extremo de los de antes que juega a contrapié. Descoyunta cualquier táctica ajena y tiene mucho gol. Es un puñal de velocidad y gambeteo. Pedro es un jugador con ángel: es trabajador y descarado, posee desmarque y una picardía de barrio. Se ofrece hasta el fin del partido. Ante Alemania jugó muy bien entre líneas. Puro talento con las dos piernas. La pelota está enamorada de él.

Iniesta-Kuyt. Iniesta encarna el malabarismo puro, la inteligencia, el control de balón. Para él nada es imposible. Es nuestro futbolista del aire: el brasileño de Albacete. Kuyt no había demostrado nada, pero se aferró al puesto y ahora es el jugador necesario arriba porque regatea, apoya a sus medios y presiona constantemente a la defensa rival.

Villa-Van Persie. El delantero del Arsenal es un jugador de carácter complejo y rebelde. Sabe a lo que juega: hurga y hoza en la defensa rival, y su cambio de posición resulta desequilibrante. Es técnico y fantasista. Villa es la reencarnación de Quini, el hombre del gol. Es rápido, ambicioso, sale regateando hacia los dos lados, y posee un disparo demoledor. Además, es vivaz y atrevido. Con él en el campo, el resultado nunca es inamovible.

 

*Este artículo aparecía esta mañana en Heraldo de Aragón. Tras los 90 minutos, donde Holanda ha hecho su partido, empate. Se está jugando la prórroga. 

 

OTRA VISIÓN DEL MUNDIAL

El escritor y traductor Daniel Gascón publicaba ayer en su blog esta mirada distinta sobre el Mundial de Sudáfrica.

Puede verse aquí: danielgascon.blogia.com

 

Por Daniel GASCÓN

A media mañana del viernes 9 de julio todos los medios españoles y muchos medios internacionales anunciaban en primera página que un pulpo se había movido en un acuario.
La explosión que ha producido el Mundial habría resultado divertida, si no hubiera sido un poco desoladora. En los medios digitales, una franja enorme nos recuerda lo verdaderamente importante: la selección, los triunfos de Nadal, análisis y anécdotas deportivas que multiplican las oportunidades para la aparición de la irracionalidad. Como la selección española perdió el primer partido, se echó la culpa a la novia del portero. Cuando la clasificación de España parecía dudosa, Cuatro nos tranquilizó explicando que "los dioses de África están con la Roja". Un día antes de la final, ABC se muestra más grecorromano aunque a mi juicio poco católico: “Los dioses, con España”, dice, bajo una foto de Neptuno y Cibeles con la bandera española. Subtítulo: “La bandera nacional engalana las ciudades españolas a la espera de la final de mañana” (espero que el mundo rural no se sienta ofendido). Cruzcampo, que solo hace los anuncios peor que la cerveza, nos recuerda que "no somos una selección, somos un país". Los comentaristas ruegan a Dios y aplauden que los jugadores españoles cometan una falta no sancionada. Otros discuten que David Villa haga un gesto taurino al celebrar el gol. El pulpo no es la única superstición; como Marchena lleva un montón de partidos sin perder también nos dicen que es un talismán. El juego decepcionante de la selección durante los primeros días forzó el énfasis en una estadística generalmente irrelevante: el índice de posesión del balón, como si el fútbol fuera como el boxeo y pudiera ganarse a los puntos.

El Mundial se ha convertido en la primera noticia y el único tema de conversación. Los deportistas son el único modelo respetable. A mí me resulta incomprensible, aunque haya algunos jugadores que me caigan bien, o aunque esta selección juegue mejor y sea más simpática que otras. ¿Cómo puede ser un modelo de algo una persona que termina su carrera a los treinta años, cuando parece que tendremos que jubilarnos a los setenta? (Luego algunos encuentran trabajo en la corrupta Federación Española de Fútbol. Es el caso de Fernando Hierro, el hombre que, cuando le preguntaron por el último libro que había leído, respondió: “Ninguno”.) Pero esto, que parece una caricatura de las caricaturas que se hacían de algunos forofos argentinos, con la iglesia de Maradona y cosas así, no solo sucede en España: Francia, que había interpretado las victorias de su selección como el símbolo de un país multicultural e integrado, ha visto la derrota y la indisciplina de sus jugadores como las consecuencias de la falta de sacrificio, sentido del deber y respeto a la autoridad. Sarkozy convocó a Henry al Elíseo y pidió una reflexión nacional.

Ha habido algunas excepciones, pero el consenso es asombroso. Los suplementos culturales han hablado de libros sobre el fútbol. Los intelectuales hablan de fútbol. De hecho, yo no sabía que había tantos intelectuales en España hasta que llegó el Mundial. “Nuestro modo de jugar es también nuestra forma de vivir”, dice un cartel del Instituto Cervantes en Roma, una institución que yo creía que se dedicaba a la difusión de la cultura. Un lírico, Manuel Rivas, escribe sobre los jugadores de España:

No son depredadores. No son carnívoros. Disfrutan de la hierba. El balón se siente un compañero. Es un factor que no contemplan los críticos del llamado tiqui taca, nostálgicos del fútbol cabreado y taciturno. Campa la imaginación y el humor. Y las ideas tejen. Por fin las neuronas llegan a los pies. Por eso esta selección no se presta a una estridencia patriótica posesiva y excluyente. Pertenece a la gente de cualquier parte a la que le gusta el fútbol.

Si la profusión de banderas y exhibiciones de orgullo nacional puede inquietar un poco –como le ha pasado a Carod Rovira, y eso que Laporta dijo que en realidad el Mundial lo está ganando el Barça, mientras que La Razón titulaba meteorológicamente: “El tifón español arrolla al independentismo catalán”-, Rivas tranquiliza. Se puede apoyar a la selección española con la conciencia tranquila, aunque uno sea de izquierdas, nacionalista gallego o internacionalista céltico. Porque en el fondo, arguye Rivas, es una selección que nos redime de nuestra historia y desagravia a las víctimas de tantos siglos de destrozos contra la libertad, etcétera: “La que goza en la cancha es una España liberada de su losa: ‘Entusiasmo del odio, ojos del mal querer’ (Miguel Hernández). El contrapunto al ‘mal querer’ es la mirada de Del Bosque’”, continúa Rivas, entregado. Si hubiéramos sabido que íbamos a llegar a la final del Mundial, no habría hecho falta que se aprobase una Ley de Memoria Histórica.

La selección húngara de 1954 que perdió la final ante la Alemania de Rahn y los hermanos Walter formó así: Grosics; Busanky, Lantos; Lorant, Bozsik, Zakarias; Czibor, Hidegkuti, Kocsis, Puskas y Toth.

Otras interpretaciones nos aportan nuevas redenciones. Sebastián Fest escribía un artículo sobre los éxitos deportivos españoles, y lo titulaba, con modestos interrogantes, “¿El país perfecto?”. Arrancaba así:

España está a un paso de enviar la peor versión de su historia deportiva al baúl de la abuela, al rincón más polvoriento, oscuro y alejado que exista en la península.

Por eso el grito que inundó sus calles hasta bien entrada la madrugada; por eso el cántico de cientos de jóvenes borrachos de alcohol y de éxito en los húmedos bares de Durban: "¡Yo soy español, español, español...!".

Para que ese grito sea un rugido de éxtasis, España "solo" tiene que imponerse el domingo a Holanda en la final del Mundial de fútbol. Entonces será la envidia de medio mundo, algo muy parecido a "la nación deportiva perfecta". [Las cursivas son mías.]

Los políticos han usado el fútbol sin parar. Zapatero –ministro de deportes- dijo que el diferencial con Alemania se reduciría el pasado miércoles, y luego en el Parlamento Europeo le reprocharon que su presidencia fuera como el juego de Fernando Torres: prometedor al principio, pero luego decepcionante. En la reunión del G-20, los líderes se dedicaban a ver el fútbol. Al margen de ser una forma desconcertante de incentivar la productividad, la sensación que daban los medios cuando mostraban a Obama, Cameron o Merkel pendientes de la televisión, después de que durante días nos anunciaran esas reuniones y las protestas y la supuesta tasa a los bancos, es que todo era una gran chorrada. En todo caso, menos importante que un partido de la fase previa. En parte, creo que se debe a la necesidad de humanización e identificación de los políticos. Es una tendencia que retrató bastante bien la película The Queen, de Stephen Frears, donde la reina de Inglaterra se quedaba algo perpleja ante las demandas del pueblo, que le exigían que diera más pompa a los ceremoniales tras la muerte de la princesa Diana y Tony Blair le explicaba que para salvar la monarquía debía complacer la histeria de la masa. En Inglaterra hemos vuelto a verlo en la campaña electoral. Gordon Brown habló con una votante laborista que hizo una pregunta racista sobre los europeos del este. Tras hablar con ella, Brown dijo que era "bigoted" (intolerante). Sus palabras se oyeron y tuvo que pedir perdón ante la presión de los medios. Pero en realidad era evidente que era una mujer intolerante. Y no sé si los políticos deben complacer todo el tiempo los impulsos más primarios, aunque los triunfos deportivos les beneficien y sirvan como cortina de humo.

Disfruto leyendo a algunos periodistas y viendo algunos partidos. En mi familia se habla mucho de fútbol, y creo que, con un poco de ayuda, hasta mi hermana de 11 años podría recitar la delantera de la selección de Hungría en 1954. Aunque en general, con el fútbol me pasa como con el sexo: verlo es entretenido, pero practicarlo me pone de mejor humor. No sé qué pasará mañana y, como diría Reth Butler, francamente, me importa un bledo. Supongo que si gana España, me alegraré por los amigos que se alegren, y lamentaré que los alrededores del partido –imágenes de los comentaristas celebrando los goles o periodistas describiendo el ambiente indescriptible, por ejemplo- sean la única noticia durante unos días. Tampoco entiendo por qué me tiene que gustar más un deportista español que otro de fuera. Me gusta Contador, pero no quería que ganase Fermín Cacho, que miraba todo el tiempo hacia atrás, asustado. Si es una cuestión de patriotismo, me parece un patriotismo mal dirigido, mucho más cercano al vocerío nacionalista e histérico que otra cosa. Preferiría que hubiera alguna universidad española entre las cien mejores del mundo, por ejemplo. Prefiero la legislación pionera sobre el matrimonio homosexual. Preferiría que no liderásemos, con mucha más ventaja que cualquier deporte, la tasa de paro total y juvenil en Europa.

 

Dicen que el deporte es una forma civilizada de sustitución de la guerra. Produce menos víctimas. Que un juego atraiga la atención de millones de personas es una impresionante construcción humana; quizá necesitamos mitos, y el mito de la épica deportiva es mil veces preferible a los que postulan la maldad o la inferioridad de otras razas, por ejemplo; pero la gracia también está en que el juego siga siendo solo un juego. Pese a que siempre haya estúpidos como los que insultaron a mi novia -que es neozelandesa- pensando que era alemana, supongo que el nacionalismo deportivo es una forma de nacionalismo relativamente inocua, y que el éxito puede contagiar cierto optimismo. He visto el mismo espectáculo de pitidos, banderas y gritos en otros países, y aunque a veces envidie la relación de otros ciudadanos con sus símbolos nacionales y sé que la alegría es mejor que la tristeza, no logro compartir el placer que provoca ver a mucha gente vestida con la misma ropa. Nunca me han gustado las fiestas obligatorias. El otro día, cuando hablábamos del asunto, un amigo recordó una frase de Brassens: “La musique qui marche au pas/ Cela ne me regarde pas”. Quizá sea más clara la versión de Paco Ibáñez: “la música militar/ nunca me supo levantar”.

DIARIO DEL MUNDIAL / 22

DIARIO DEL MUNDIAL // La historia de los mundiales siempre muestra extravagancias y protagonistas insólitos. Sudáfrica cuenta con un pulpo adivino, con una ‘streaper’ y con dos musas

 

El profeta del mar,

las musas del torneo

y un poco de amor

 

Todos los mundiales tienen historias secretas. Hace no demasiado tiempo se revelaba que las andanzas de Mané Garrincha entre las suecas habían dejado descendencia. En eso el formidable extremo, ‘el pájaro solitario’, no fue un caso excepcional: unos años antes un señor tan serio como el Premio Nobel de Literatura, William Faulkner, guionista de cine, jinete y granjero, vivió allí una pasión convulsa en Suecia de la que nunca pudo olvidarse. El Mundial de Sudáfrica tiene muchos elementos exóticos. Por tener tiene hasta un pulpo llamado Paul que es el oráculo del torneo: hemos llegado a tanto -o vamos camino de nada, como decía Labordeta- que hasta un sinfín de medios de comunicación han retransmitido su elección del mejillón español. El fútbol es un escenario de supersticiones, y este fenómeno es tan pintoresco como simpático. Necesitamos la profecía para seguir viviendo o compitiendo, y este pulpo, que no tendría precio para hacerlo en caldeirada o a la feria, cumple perfectamente ese papel: como los dioses antiguos, rara vez se equivoca. Un pulpo infalible en sus veredictos, y más en el fútbol, es como una invención profética de Julio Verne.

Este mundial ha tenido sus musas. La primera fue la guaraní Larissa Riquelme, esa mujer que atrajo la atención del mundo porque ocultó el móvil entre sus pechos y luego dijo que se desnudaría en función del éxito de la selección paraguaya: ya no se sabe con certeza si afirmó que lo haría si el equipo se clasificaba para semifinales o si ganaba el título. En cualquier caso lo ha hecho, ha logrado más de 300.000 seguidores en facebook y ha seducido a los cazatalentos de ‘Playboy’. Las otras musas, enfrentadas a su pesar, han sido dos Saras: Sara Carbonero, la periodista de Telecinco que entrevistó en directo a su novio, Iker Casillas, algo inseguro en los choques iniciales, como todo el equipo, por otra parte. Algunos  atribuían la inestabilidad del arquero a la joven que se paseaba por detrás de la red con un micrófono en la mano. Y Sarah Brandner, la novia de Bastian Schaweinsteiger, el pulmón bávaro. Una morena y una rubia. Al final, ganó la morena: Sara Carbonero desencadenó casi un debate nacional, cuando las cosas iban un poco regular, ocupó algunas páginas de primera plana en medio mundo, recibió denuestos, descalificaciones y elogios, y ahora se le ve más feliz que a un ocho: el capitán de la selección ha recuperado la forma y su condición de salvador, y la Roja está ante el gran momento de su historia. Ya casi nadie se acuerda de la bella modelo y presentadora muniquesa.

En otro orden de extravagancias, hasta parece que ha habido una especie de tácita aceptación de ese caprichoso y aleve balón, el ‘jabulani’, que en zulú quiere decir celebración. El fútbol, cuando se suceden las victorias, es una celebración incesante y un alivio contra la crisis, una cortina de humo, y un balón de oxígeno para Rodríguez Zapatero, que puede decir en público y en privado que los pupilos de Del Bosque siguen la poética preciosista del Barcelona, su equipo favorito, en el que, como en la selección, “Xavi es un reloj”, tal como ha dicho Van Nistelrooy.

El amor siempre ha estado presente en los mundiales. El amor y el desamor. En el Mundial de Alemania de 1974, el equipo anfitrión vivía en un auténtico polvorín, hasta el punto de que Helmut Schöen anunció que se archaba. Lo convencieron para que se quedara, aunque sería el capitán Franz Beckenbauer quien asumiría el mando (y asumir el mando significaba menospreciar al inolvidable Gunter Netzer, que apenas llegó a jugar) y quien vivió un apasionado romance con una periodista. El desamor llegó en el Mundial de España: el capitán Platini boicoteó al guapo y elegante Larios, que jugaría luego en el Atlético de Madrid, porque sospechaba que se entendía con su mujer.

 

 

Los holandeses -que eran como ‘los Beatles’ del fútbol: los modernos y la reencarnación de la Hungría de 1954- prepararon la final de 1974 en medio de una orgía con un poco de sexo y piscina, cigarrillos, ‘hierba’ y alcohol, y luego tuvieron que dar alguna que otra explicación a sus mujeres. Aquella ‘Naranja mecánica’ de Rinus Michels y los cuñados Johan Cruyff y Johan Neeskens era un equipo dinámico, de continuo intercambio de posiciones, que jugaba de memoria y aunaba la clase, la imaginación y la condición física. Si recordamos por un instante la Francia de 1982, formada en la medular con Tigana, Genghini, Platini y Giresse, y caracterizada por su magia inefable, la hermosa conducción de balón, la armonía de la puesta en escena… Si recordamos aquella Holanda de 1974 y aquella Francia de 1982, y las mezclamos, quizá podríamos encontrar el embrión de la actual España, que juega casi tan bien como las dos, con idéntica estrategia de seducción.  

 

 

En las fotos vemos a Mané Garrincha, Larissa Riquelme, el pulpo Paul, Michel Platini en su esplendos y al jugador Larios. En la red, se comenta mucho la historia de ambos e incluso hay libelos contra Platini.

DIARIO DEL MUNDIAL / 22

DIARIO DEL MUNDIAL // El elegante Joachin Löw califica a los jugadores de España como “los maestros del juego”. Holanda, más pragmática que brillante, urde una alianza con el destino.

 

 

España deberá

burlar al tapado

del destino

 

Joachim Löw ha explicado la clave de la derrota de Alemania: España juega el fútbol más bonito del mundo en este momento, basado en la circulación de balón, la serenidad y la combinación casi automática de sus medios. Inteligente y generoso con el rival, Löw dijo que los suyos no habían estado tan bien como en días anteriores, echó en falta el fútbol vertical y el regate de Thomas Müller, y subrayó que le habría gustado que España marcase en una de sus primorosas jugadas más que en ese remate de furia y convicción de Carles Puyol. Al gran nivel de todo el conjunto de Del Bosque, hay que añadirle un elemento desestabilizador: la clase del menudo Pedro Rodríguez, un futbolista tocado por la gracia que se mueve entre líneas, que desborda con las dos piernas y que siempre encontraba a Xavi. Lo buscaba y lo encontraba, se buscaban y se hallaban, y, ahí, entre los defensas y los dos medios centros, realizó una tarea increíble: presionó, no se arrugó y se lanzó al ataque con un descaro inusual de un debutante. Incluso su fallo se ha magnificado más por eso: su partido fue tan extraordinario que parecía impropia de él esa tentación de rizar el rizo para cerrar el marcador. Él fue la figura en medio de un equipo de figuras, de artistas del oficio del gol.

Xavi, el maestro del pase, el hombre que ve el fútbol mejor que nadie, acabó recibiendo el trofeo al más jugador de la inolvidable semifinal y se coloca, a la altura de Villa, de Sneijder y de Robben para ser el mejor futbolista del Mundial. Hay otro medio español que enamora partido tras partido: Sergio Busquets, el pilar de contención que ha hecho olvidar a Marcos Senna. El preparador lo ha piropeado más a que a nadie: es el bastión, el jugador táctico, el asistente de infinita calidad que lo hace todo bien. Rasea el balón, corta, reparte y se proyecta hacia arriba. Es un auténtico pulmón a la vieja usanza, un veterano de apenas 21 años, la primera referencia de Piqué y el lugarteniente de Xavi. El domingo se va a necesitar su inteligencia para parar la movilidad y la estampida de Sneijder.

El fútbol mundial le debe un título a Holanda y los holandeses, que no estuvieron brillantes ante los uruguayos, quieren cobrar la deuda que han dejado en el aire Cruyff y sus múltiples vástagos. Pero España no debe pensar en ello ni en las profecías del pulpo. Holanda ya anunció ante Uruguay cómo va a jugar: con reservas, armándose atrás, y encomendándose a sus tres figuras: Robben, Sneijder y Van Persie, sin desdeñar el trabajo de Kuyt, que está realizando un torneo asombroso en compromiso y en sacrificio. Creo que nadie le había visto correr tanto nunca. Le ganó la batalla a Maicon a base de músculo y arrojo.

Holanda no es un equipo seductor, pero es muy práctico y tiene pegada. Defiende con solvencia y busca el contragolpe: Arjen Robben, en esa misión, es un auténtico peligro. Es el maestro del gambeteo, el heredero de Rensenbrink y de Pat Keizer, un extremo a pie cambiado, una tradición muy holandesa, que siempre busca la profundidad. Acuchilla los espacios, se muestra egocéntrico en ocasiones hasta el paroxismo casi, pero a la vez desborda muy bien hacia la media luna, y ahí, dribling tras dribling, encuentra el plantío natural para disparar a gol. Es un extremo vibrante que no desfallece, salvó este año la vida a Louis Van Gaal en el Bayern Munich, y tiene gol: con la pierna o con la cabeza. El tercer tanto ante Uruguay define su peligrosidad: el extremo se alzó por los aires, marcó todos los tiempos de un ariete clásico y ajustó el balón allá donde Muslera no iba a poder llegar ni siquiera volando.

En un equipo así, trabajado línea a línea, Robben es el artista. El hombre que improvisa. El galgo incesante. Y por atrás, basculando hacia derecha e izquierda, llega Sneijder, un centrocampista de muchos recursos: dirige, avanza, posee gol y astucia, y tiene una extraña habilidad para colarse, diminuto y vivaz, entre los defensas más altos. Así sentenció a Brasil. Con un toque ajustado que sorteó un revoltijo de piernas, le dio alas a Holanda ante Uruguay. Además, como le sucede a Diego Forlán, tiene un pacto secreto con el ‘jabulani’: quizá nadie sepa impactar en ese balón imposible como él. Holanda es un equipo antes que una constelación de figuras. Peleón y pragmático, sabe esperar y atacar en el momento oportuno. Posee otros rasgos de mérito: es agresivo y rara vez se rinde.

España es superior. Sin duda. Exhibe el gran fútbol de una generación de oro. La exaltación del toque. Pero no debe llamarse a engaño: Holanda es el tapado del destino. Está ahí para saldar una deuda histórica. Villa tendrá que volver a marcar: la victoria española debe edificarse sobre el respeto más escrupuloso y “la maestría del juego”, como dice Löw.