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Antón Castro

Deportistas

LECTURA DE 'LOS DOMADORES DEL BALÓN'

Hace unos días, en andalán.es. Salvador Romero –seudónimo del catedrático de Historia Contemporánea Carmelo Romero, cronista de fútbol y biógrafo del Numancia- publicaba estas notas sobre mi libro ‘Los domadores del balón. Un diario del Mundial de Fútbol de 2006’, publicado por Nacho Escuín en el sello Eclipsados. Le agradezco mucho a Carmelo Romero su mirada y su generosidad

 

DOMADORES DEL BALÓN:

ACRÓBATAS DE PALABRAS

 

Por Salvador ROMERO. Andalán.es

 

Habremos de convenir que, sin Homero, Troya sería mucha menos Troya o que el Cid, sin su Cantar de Gesta, “Campearía” bastante poco. La literatura, entre otras cosas, agranda mitos y construye leyendas.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la literatura española referida a los espectáculos de masas prácticamente se limitó a los toros. La épica –y lo táurico la desparrama-  siempre ha sido fuente generosa para la lírica. Y así, mientras los toreros levitaban en coplas, cuartetas y redondillas, el fútbol malvivía en crónicas del partido, con referencias tan sólo a tiros “lamiendo el poste”, a “paradones antológicos” y a los goles, con su minuto y hasta segundo correspondiente. Nada más antiliterario, en verdad, que aquellos cronicones en serie de incidencias puntuales y cronómetro en mano.

Al fútbol le costó mucho menos conquistar masas que ganarse literatos. O dicho de otro modo, atrapó mucho antes la historia que la leyenda. Claro está que a quien se hace dueño de la realidad, tarde o temprano se le terminan colocando cimientos para el mito. Todo es cuestión de tiempo. En este caso el necesario para que ciertas elites terminaran reconociendo, en lo que consideraban los garbanzos de la masa, sus propios manjares cotidianos. Y es que si las caídas de caballo, a lo San Pablo, suelen ser actos individuales, las “salidas del armario” acostumbran a ser acciones colectivas. De ahí que la lista de reconocidos escritores que han dedicado una parte de su trabajo e inspiración al fútbol sea hoy ya larga. Entre ellos, y por lo que aquí hace, Antón Castro, quien acaba de publicar (Editorial Eclipsados, 2010) “Los domadores del balón. Un diario del mundial de fútbol de 2006”. Se trata de una sucesión de textos que, como indica en el prólogo, publicó en Heraldo de Aragón durante el anterior mundial, jugado en Alemania.

En las vísperas del enfrentamiento de “la Roja” contra Alemania –el fútbol, como la vida, siempre ofrece nuevas oportunidades- he disfrutado, y mucho, leyendo esos viejos textos y este nuevo libro de Antón Castro. Entre otras cosas, porque, como en mi caso, el fútbol forma parte de sus sueños no de la infancia, sino desde la infancia. Y los sueños son un buen paso para la literatura, para la buena literatura.

Por este libro de Antón desfilan cientos de nombres: de Bobby Charlton a Gerrard; de Beckenbauer y Uwe Seeler a Klose y Ballack; de Kopa a Platini y de éste a Zidane; de Eusebio, Colunna y Torres, a Futre, Figo y Cristiano Ronaldo; de Zagallo, Garrincha, Rivellino y Pelé a Sócrates, Zico, Romario y Ronaldo; de Cruyff y Van Basten a Robben y Sneijder; de Meazza, Mazola, Riva y Rivera a Fachetti, Maldini, Cannavaro y del Piero; de Ardiles a Kempes; de Maradona a Messi; de Zamora a Casillas; de Luis Suárez a Xavi; de Del Sol a Lapetra; de Gainza, Basora, Puchades y Campanal a Di Stéfano; de Zarra a Marcelino y de éste a Raúl y luego a Villa….. Cientos de nombres y alguna que otra decena de animales –colibrís, ardillas, chacarés, leones, gacelas, guepardos, arañas, tigres, galgos, gamos, perros de presa, panteras, cobras…-, pues nada más habitual en las metáforas futbolísticas, ni quizás mejor, que la variedad de actitudes, movimientos y estrategias que la gran república del mundo animal ofrece.

Centenares de nombres, decena larga de animales, múltiples episodios ensartados, con primor de buena costurera, como cuentas de collar… Pero, por encima de todo, este libro de Antón Castro no deja de ser una continuidad de aquel niño gallego al que un tal Manín, que iba para figura del Deportivo, le empezaba a llenar la cabeza de sueños. De sueños de domadores del balón, con esperanzas, sin duda, de llegar también a serlo.

A ciertas alturas de la vida no sólo sabemos lo que no hemos sido, sino también lo que no seremos y es entonces cuando, antes que renegar de los sueños eternos, intentamos recurrir a la acrobacia de las palabras para, al recordar historias, acrecentar leyendas. El fútbol sigue siendo de los domadores del balón; su leyenda, afortunadamente, está ya en manos de los acróbatas de las palabras.

Para quien guste del fútbol y de la buena literatura, “Los domadores del balón” le resultarán, tanto si esta tarde se gana como si se pierde con Alemania, un buen manjar.

DIARIO DEL MUNDIAL / 21

El mejor equipo, el mejor rival, el mejor partido

 

 

DIARIO DEL MUNDIAL  // Del Bosque tenía un arma secreta, Pedro Rodríguez, y su selección bordó el fútbol: culmina una utopía con un partido inolvidable.

VICENTE del Bosque, el hombre tranquilo, no creyó en la profecía del pulpo y decidió aplicar la inteligencia. Había hecho creer a todos que jugaría, de nuevo, Fernando Torres e hizo un cambio estratégico: dio entrada a Pedro Rodríguez, lo colocó entre líneas, y desplazó a Iniesta a su lugar natural en la izquierda. España salió así dispuesta a arrollar.

Alemania cedió terreno, colocó hasta ocho o nueve hombres por detrás del balón y se situó, con sus torres y sus poderosos medios Khedira y Schweinsteiger, a la espera. Como un equipo agazapado que presume que tendrá su momento. España impartió una lección inicial apabullante de dominio, de combinación y control: el balón seguía el dictado de las botas de Xavi. El ataque germánico moría en las botas de Busquets, inmenso una noche más, y el juego se esclarecía una y otra vez por las bandas. Como en él es habitual, Sergio Ramos mostró su poderío en defensa y en ataque. Y Pedrito era como la piedra angular, ese faro móvil que encuentra Xavi, el reposo para el toque de Xabi Alonso, el cómplice que busca Villa. Pedrito era como un imán con su insolencia juvenil: desconoce el pánico o el exceso de responsabilidad. Villa lo buscaba y lo encontraba, porque el canario exhibió tanto desparpajo que los mejores regates fueron los suyos.

El porcentaje de posesión no dejaba lugar a la duda: España era la reina del balón. Lo tenía; si lo cedía un segundo o dos, lo recuperaba de inmediato: tejía su juego más primoroso, y los alemanes -un equipo noble, honesto, que jamás renunció a nada- intentaban contener la precisión, la elegancia, esa caligrafía impecable del tuya-mía que apenas yerra. España jugaba como había soñado Del Bosque. España avasallaba como había temido Joachim Löw, un preparador muy inteligente y humilde que siempre tuvo clara su estrategia: el contragolpe, el envío del balón a Klose y los culebreos de Özil; el jovencísimo zurdo, en uno de sus despliegues con el jabulani cosido a la bota, casi fabrica un penalti.

No es que Alemania se transformase exactamente en un equipo defensivo o amarrón. Su táctica más constante es esa: contiene, cierra espacios, alza el muro, se adueña del balón y se encomienda al contraataque. Así fulminó a Inglaterra y a Argentina. El choque era intenso, nervioso, pero a la vez limpio, deportivo, de dos grandes bloques, cuyas estéticas se revelaban diferentes y acaso antagonistas. Alemania comprobaba que no poseía la calidad individual de los españoles, y estos empezaban a notar el poderío físico de los germanos. Eso sí, ante la paciente inventiva de sus adversarios, Schweinsteiger se encontraba sin argumentos, aunque no languidecía. Siempre halla oxígeno. Es puro corazón.

A España le salía casi todo salvo el gol: encendió el campo de volcanes. Llameaba la inspiración. Y Alemania se estremecía del susto. La segunda parte tuvo veinte minutos absolutamente maravillosos. España entraba por todas partes y lo hacía armoniosamente: con jugadas elaboradas como miniaturas de futbolín, con disparos lejanos, con avances desde las bandas. El equipo alemán parecía fundido, a punto de entregarse. Sin embargo, y de ahí deriva su grandeza y la majestuosidad del partido de anoche, los teutones consiguieron engancharse a la semifinal debido a tres factores: España no había marcado, y todo era posible en una semifinal de signo claramente épico, su carácter ganador y a su condición física.

Después de una exhibición deslumbrante, dio la sensación de que el conjunto de Del Bosque se había desfondado. Los indicios eran levemente alarmantes: Iniesta cedía balones fáciles, Pedrito había perdido frescura y profundidad, Xabi Alonso se había cansado de disparar y disparar sin suerte, Villa parecía exangüe.

En ese instante, cuando las sombras se cernían sobre el conjunto español y Del Bosque no se atrevía con los cambios, Xavi Hernández lanzó un córner desde la izquierda, y ahí, como un toro o como un tigre desmelenado, irrumpió Puyol en tierra de gigantes. Golazo. Si España había resistido los contragolpes, con un Casillas oportuno por arriba y por abajo, que había recobrado sus espléndidos reflejos, el equipo encontró nuevos valladares en Busquets, Piqué y Puyol, que defendieron con seriedad, firmeza y rabia. Pedrito pudo marcar el gol de la tranquilidad, pero quizá se arriesgase en exceso.

Aún así, mientras llegaban las oleadas germánicas, España fabricó nuevas ocasiones. Y con Silva de nuevo en el campo, rehabilitado al fin, listo y técnico, España culminó su sueño y un hito: accede a la final con su mejor juego, ante el mejor rival y en el mejor partido del campeonato hasta ahora. Del Bosque, el caballero inmutable del fútbol, había vuelto a triunfar.

 

*Esta es la nota que hice anoche tras la victoria de España: 1-0. La coloco ya aquí porque ya es una hora muy avanzada.

DIARIO DEL MUNDIAL / 20

DIARIO DEL MUNDIAL / España tendrá la oportunidad de su historia ante una selección alemana que combina el poderío y la belleza y que practica, como casi nadie, el contragolpe.

 

 

El contragolpe

o cómo batir

a Schweinsteiger

 

 

 En una de las primeras notas de este ‘Diario’ escribí que este iba a ser un Mundial de estrellas más que de equipos. Gran error, creo. La ciudad de Durban está asociada para mí a una figura esencial de la literatura: Fernando Pessoa. Vivió allí entre los siete y los diecisiete años con su madre y su padrastro, y era un joven perfectamente anglófilo que leía a los poetas ingleses, que soñaba con piratas y barcos, y no sé si el fútbol, tan inglés, había logrado seducirlo. Hay una preciosa foto de Pessoa, el gran poeta portugués que siempre quería ser otro, firmada por W. B. Sherwood en la que él aparece junto a un tronco, sobre el cual reposa su sombrero de fieltro. No sé si alguien se acordará hoy, en Durban, de Pessoa (durante algunos fue un escritor de culto: leído y glosado; inspiró una espléndida novela de Saramago): él es una misteriosa figura de las letras. Su paisano Cristiano Ronaldo ha pasado sin pena ni gloria, cabría decir casi lo mismo de Messi, y por ahora en el Mundial las figuras son un tanto menores: buenos, grandes jugadores, pero no absolutamente geniales como Pelé, Di Stéfano, Beckenbauer, Platini, Garrincha, Maradona o Cruyff. A ellos, que encarnan el fulgor y la poesía del fútbol, se les unen algunos candidatos inesperados: Sneijder y Robben, Villa y Casillas, Schweinsteiger, Müller y Özil.

Hoy en Durban se enfrentan los dos equipos con mayor clase. España es un conjunto que aboga por el toque, por la hermosura y por la elegancia: en las botas de sus jugadores el gol casi siempre nace del buen juego, de la fantasía, de una deslumbrante forma de asociarse y de dibujar un laberinto cuya salida a la realidad es la red. Alemania ha sido un equipo casi siempre compensado o fronterizo: intentaba administrar a su poderío natural, a esa dureza germánica tantas veces exaltada, un poco de preciosismo. Si en la Eurocopa, demasiado pendiente de Michael Ballack, no logró alcanzar la excelencia de la sutileza, aquí es otra cosa. Los alemanes golpean como nadie: vapulearon a Australia, a Inglaterra y a Argentina con un juego soberbio, diferente: físico, sin duda, pero de factura técnica, maravillosamente armado en el contragolpe. Alemania necesita golpear pronto. Con el marcador a favor se explaya a sus anchas porque lanza a sus jugadores por las bandas, y siempre tiene a Miroslav Klose muy pendiente de todo: el ariete aspira a lograr más goles que nadie en un Mundial, y parece que este será el último. Así, en el fondo, ha ganado los partidos importantes: ante Inglaterra tomó nuevos bríos cuando el árbitro negó el empate a Lampard, ante Argentina ganó de la misma forma: marcó primero, resistió las embestidas, soportó la amenaza del empate y se alargó al contragolpe. Punto y final.

Posee un equipo sólido que ha crecido y ha hecho muy bien la transición de un fútbol pesado, sin ángel, a un discurso sugestivo que destaca por su eficacia y por su firmeza. He insistido otras veces en sus figuras como el falso displicente Özil, pero quizá no he sido justo del todo con Bastian Schweinsteiger: estuvo maravilloso ante Inglaterra y le dio una lección a Maradona y a Mascherano de intensidad, de posicionamiento y de despliegue. Eso sí, cuando Alemania estaba sin luces y sin huecos, disparaba desde cualquier sitio. Como si no supiera hacer otra cosa. Es un pulmón, no es un cerebro aunque dirija y se complemente bien con Khedira.

Quizá Alemania esté un punto por encima de España. Por encima de la España que hemos visto, atosigada en la salida del balón, presionada en todo el campo, aherrojada por una intensidad física del rival, rayana a veces en la violencia. Alemania no será una perita en dulce, pero hasta se le ve un equipo más noble, nada dado a la gresca. Y ahí, España tendrá la oportunidad de su historia: combina la clase, la juventud casi insultante con la madurez, posee un estilo definido y, curiosamente, en los dos últimos partidos pareció encontrar aire en el último tramo de partido, algo que no le había sucedido ante Honduras ni Chile. España tiene momentos de brillantez, encuentra esa caligrafía tan personal que evoca el juego del Barcelona o de la España de 2008, y sabe buscar el contragolpe. Hasta en eso Alemania y España se parecen un poco. Tiene más gol Alemania, mucho más, pero este partido tiene el sabor de un choque inédito (a pesar de tanta historia que nos precede) y a la vez parece que va a ser el gran partido del campeonato. Toda una final anticipada. La final de los poetas. La final que habría soñado, visto lo visto, Fernando Pessoa, aquel niño que miraba los barcos y a los primeros futbolistas en Durban a principios del siglo XX.

 

*Este artículo apareció ayer en Heraldo, antes de la victoria de España por 1-0, con el testarazo de Puyol.

DIARIO DEL MUNDIAL / 19

DIARIO DEL MUNDIAL // Uruguay posee dos títulos del mundo, y llegó a semifinales hace ahora 40 años. Es un país de fútbol. Como Holanda: la escuela ‘naranja’, la de Cruyff, Gullit o Van Basten, desea acabar con su maleficio.

 

 

Los hijos de Cruyff

se enfrentan a un

país de milagros

 

La selección uruguaya está acostumbrada a los milagros. Milagroso y maravilloso fue el combinado que ‘campeonó’ en las Olimpiadas de 1924 y 1928 y que luego ganó el título del Mundial de 1930; milagrosa e inesperada fue la victoria en Maracaná en 1950 ante la selección brasileña a la que le valía un empate: Obdulio Varela empujó a los suyos, autoridades incluidas, hacia un triunfo épico que ha dado mucha literatura para Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi o Jorge Valdano, e incluso para Roberto Fontanarrosa, al que le enloquecían los defensas rocosos, aquellos mariscales del fútbol como José Nasazzi. En medio de tantos éxitos, una pequeña adversidad: Uruguay se enfrentó en semifinales en 1970 al Brasil de Pelé con la ausencia de su estrella Pedro Virgilio Rocha; desde entonces los uruguayos –aficionados a los motes y al mate- suelen decir que no lograron su tercer título porque no estaba él para acompañar a Luis Cubilla, Montero Castillo e Ildo Maneiro, entre otros.

Ahora, justo cuarenta años después, la selección de un país menudo, de poco más de tres millones de habitantes enfermos de fútbol y de héroes, ha vivido varios milagros en una única noche: la mano redentora de Luis Suárez, el ariete del Ajax; el fallo del penalti en el minuto 119 de Gyan, el jugador de Ghana, y el tanto antológico del ‘Loco’ Abreu, que convirtió la pena máxima a lo Panenka para dilatar su leyenda y situarse muy cerca, en goles ilustres, de Schiaffino y de Gigghia. Contra cualquier cábala, el conjunto del ‘Maestro’ Óscar Washington Tabárez está en semifinales para defender el honor del fútbol latinoamericano. A la Celeste la define la garra, la resistencia y un resorte oculto: saca fuerzas de flaqueza y sospecha que los dioses del juego siempre están con ellos. O al menos lo están a la hora de la verdad, como ya sucedió en la fase de clasificación.

Esta tarde, en Ciudad del Cabo, tendrán importantes bajas: su central y capitán Diego Lugano, a quien algunos por rango y mando ya comparan con Nasazzi y con Obdulio Varela, y Luis Suárez, que fue expulsado por detener con la mano el gol cantado de Ghana. No dejaría de ser otro regate del destino que Uruguay tumbase a Holanda y Suárez, trigoleador, igual que Forlán, pudiera plantarse en la final. Parece más que probable que sea Diego Forlán quien luzca el brazalete de capitán: en este equipo donde todos menos uno juegan lejos de casa, él es la referencia, la figura, el rematador. Uruguay es un elenco humilde y compacto, bien dirigido tácticamente, honesto, que ha solventado dos tandas de penaltis y que posee un instinto competitivo feroz. Uruguay respira fútbol por los cuatro costados: por tierra, mar, ríos y aire, y en las ruidosas habitaciones de la sangre. Es, como Holanda, un equipo simpático.

Dicen, con razón, que esta selección holandesa tiene un barniz español. Aquí han jugado los ayudantes y consejeros del míster Bert van Marwijk: Ruud Hesp, Philip Cocu y Frank de Boer. Aquí, durante cuatro años, Gio van Bronckhorst fue un estupendo lateral para el Barcelona de Rijkaard, y lo sigue siendo para los suyos; Van Bommel se proclamó campeón de la Champions con los azulgranas; y hasta otros cinco más han participado en la liga española: Heitinga (Atlético de Madrid), Robben, Sneijder, Huntelaar, defenestrados del Real Madrid (el error, sobre todo con los dos primeros, raya en lo calamitoso) y Van der Vaart, que sigue en el Madrid y ha perdido el sitio en Holanda con el retorno de Robben y con su falta de inspiración. Los hombres más determinantes son Sneijder, recuperado por Mourinho en el Inter, y Robben, que salvó la cabeza de Louis van Gaal en el Bayern y lo llevó a conseguir el título de la Bundesliga y a jugar la final de la Champions.

Holanda es un equipo sólido, no se ha atrevido con el 3-4-3 del Ajax de los últimos años, pero ha dado sensación de bloque en todas sus líneas. No tiene a Casillas en el marco, tiene a Sketelenburg; posee una defensa correcta con Van der Wiel, Ooijer o Mathijsen y Gio; en el centro, dos trabajadores como De Jong y Van Bommel le dan alas a Sneijder, y tienen de recambio a Elia y Van der Vaart; y arriba culebrean tres formidables jugadores: Van Persie, que posee una zurda maravillosa y una estupenda planta de futbolista, Robben, vertiginoso y genial, y Kuyt, que trabajó ante Brasil hasta la extenuación y aún tuvo arrestos para sentar al indomable Maicon. Si Uruguay está abonada al milagro; Holanda, hecha la salvedad del inolvidable equipo de 1988 (con Rijkaard, Gullit, Van Basten, Vanenburg y Koeman…), parece signada por el infortunio. Pese a ello, el fútbol es mejor porque ha existido Holanda. Y algún día querrá cobrarse la deuda.

 

*Este artículo apareció ayer en Heraldo de Aragón, antes de que se jugase el partido. Holanda ganó por 3-2; marcó primero Gio del más espectacular tiro lejano del campeonato, empató Forlán, y se adelantaron luego Sneijder y Robben. Finalmente, Uruguay logró reducir distancias y aún puso el alma en un puño a los holandeses que alcanzan así su tercera final. Esta Holanda es muy inferior a la de 1974 y 1978, que alcanzaron la final, y a la que ganó la Eurocopa de 1988. El partido de ayer no fue nada extraordinario, pero Holanda se planta en la final dispuesta a cobrar su vieja deuda. En las fotos Diego Forlán, el Loco Abreu y Robben, que disputará el título de mejor jugador del torneo a Sneijder y probablemente a Villa.

DIARIO DEL MUNDIAL / 18

DIARIO DEL MUNDIAL // España jugará la semifinal ante el equipo más imaginativo del torneo, el que más se le parece. Por una vez, parece que el elenco de Del Bosque se deshará del pressing catch al que la han sometido.

 

 

La semifinal de dos equipos casi clónicos

 

Viendo el formidable partido de Rafael Nadal ante Berdych en la final de Wimbledon, pensaba en los últimos campeones alemanes del torneo: un jovencísimo Boris Becker, que se alzó con el primero de sus tres títulos en 1985, hace ahora 25 años, y que luego jugaría cuatro finales más, una de ellas ante su compatriota Michael Stich, que le ganó en tres sets y contra pronóstico en 1991. Boris Becker siempre fue un seguidor de la selección alemana, hasta que los vientos de la polémica y los amores prohibidos le dejaron en un limbo de popularidad y olvido. Rafael Nadal es un gran seguidor de la selección española; su gran año, 2008, en el que fue campeón de Roland Garros, de Wimbledon y olímpico, coincide con el gran año de ‘La Roja’, que se proclamó campeona de Europa cuando se iniciaba la Expo Internacional de Zaragoza. Si sus éxitos tienen un paralelismo con los del fútbol podría ser que 2010 vuelva a ser un año mágico para ‘La Roja’, que acaba de dar un paso de gigante en sus aspiraciones.

Quizá el mejor partido de España, en el fondo, fuera el primero, ante Suiza, donde pecó de manierista y de perfeccionista. O quizá contra Portugal, en el que derrotó al equipo vecino con claridad, aunque fuera por la mínima, merced al oportunismo y a la inteligencia de Villa. España ha sido estudiada y observada por todos, ha sido analizada centímetro a centímetro en la pizarra, en el vídeo y en la moviola, y sobre el terreno. A veces, algunos equipos más que una disposición de juego, más que una táctica propia, tenían una estrategia para jugar contra España: desarrollaron un método de estrangulamiento, de estrechamiento de vías, casi de pressing catch.

Ahora espera Alemania, que quizá haya realizado el mejor fútbol del Mundial, junto a distintos momentos de magia y armonía de España. Joachim Low ni ha presumido de nada, ni siquiera se empecina en besar a los suyos: ha encontrado un equipo de partida y apenas lo ha cambiado, salvo la entrada del gigantón Boateng en la parte izquierda de la zaga. Sabía lo que quería, y en el fondo le ha favorecido la ausencia de Michael Ballack, un jugador arrogante, que iba a ser la gran estrella alemana y se ha quedado en una eterna promesa. Ha armado un equipo con un buen patrón de fútbol: atrás manda Neuer; Lahm, Mertesacker, Friedrich y Boateng componen la parte defensiva, que ha sido sólida por el centro y que ha contado con el despliegue, la alegría y el avance de Lahm, el menudo capitán que puede desbancar a Maicon en el equipo ideal. En la media juegan con dos pivotes complementarios: Schweinsteiger, un todo terreno que se ha centrado y que ofrece trabajo, pase, desborde en ocasiones aunque a menudo acusa falta de inventiva y pobreza de imaginación, y Khedira, que corre en doble dirección, especialmente hacia el área. La tercera línea está formada por Thomas Müller, un jugador rutilante y poco ortodoxo, capaz de burlar al más pintado y de abrir huecos en cualquier sitio, Ozil, que tiene algo de reencarnación de Tommy Hässler o de Hansi Müller, y Podolski, tan decisivo como impaciente. Y arriba, pelea, recibe, remata e incordia Miroslav Klose, que juega sus mejores partidos en los mundiales. Alemania no contará con Müller, y quizá lo sustituya Trochowski, que ya es el jugador número doce. El sistema de Alemania es muy claro: 1-4-2-3-1, frente al habitual 1-4-3-3 de España.

Alemania y España son los equipos que más se parecen. Son los más imaginativos: equipos de ataque, con maniobras secretas y jugadores que disfrutan con el balón. Esta Alemania no tiene nada que ver con las todopoderosas Alemanias de antaño: no tiene semejanza alguna con la de 1954, de Rahn y los hermanos Walter; no se parece a las de 1966, 1970 o 1974 lideradas por el mejor jugador alemán de la historia, Franz Beckenbauer; tampoco se parece a la Alemania de 1982, en la que convivían la fuerza del atleta Brieghel, la dirección metódica del ‘abisinio’ Breitner y el remate de Rummenigge; no evoca al equipo de los 90, donde mandaban Klinsmann, Matthaus y Brehme, ni tiene nada que ver con la del ‘panzer’ Ballack. Es una Alemania distinta: con poderío, sí, correosa y a la vez dubitativa, pero sobretodo divertida, vibrante, ambiciosa, dispuesta a dibujar jugadas al primer toque y al contragolpe sobretodo. Si tiene que humillar a Inglaterra o Argentina lo hace y se queda ancha y pancha.

Ante España todo será distinto. Hablan un fútbol semejante. Quizá Alemania, a quien no conté entre las favoritas, salga con algo de ventaja; pero lo más probable es que, como sucedió ante Rusia en la Eurocopa, este sea el mejor y quizá el partido más fácil de los pupilos de del Bosque.

DIARIO DEL MUNDIAL / 17

EN LOS mundiales no hay pronóstico que valga. Siempre aparece una selección dispuesta a provocar un incendio o a despertar un volcán. El viernes Brasil mostró sus carencias y quedó a merced de Holanda: una selección más ordenada que brillante que es capaz de administrar latigazos concretos, de Robben y Sneijder, y de marcar los goles que necesita. Y ayer, Argentina sucumbió de manera humillante ante Alemania. Ni Brasil ni Argentina sabían lo que era enfrentarse a selecciones compactas, ni en qué consistía un adversario serio y sin complejos; en cuanto lo hicieron, saltaron por los aires, y acabaron por dar la razón a sus detractores. Argentina, mucho más que Brasil, era puro espejismo. Tampoco es cuestión de ponerse ahora ventajistas: a priori, tanta la Canarinha como la Albiceleste habían dejado muchas dudas y, a la vez, habían demostrado poseer una incuestionable eficacia goleadora. A pesar de sus lagunas, parecían las máximas favoritas.

El gol y el fútbol directo

 

Cuando Brasil y Argentina tuvieron un equipo sólido enfrente, cedieron. Brasil por la mínima, pero pudo haber recibido cuatro o cinco tantos, sobre todo en los últimos minutos. Y Argentina vivió del fútbol directo, del arreón y de su pundonor, que se mezcla casi siempre con las marrullerías; Alemania se mostró como lo que es: un equipo ordenado en todas sus líneas, con hambre de victoria, un estilo airoso y con jugadores espléndidos como Ozil y Müller.

El equipo de Joachim Low, un preparador sensato y nada histriónico, tuvo un bache importante de más de diez minutos: igual que le sucedió con Inglaterra, pareció confiarse al contragolpe y se emborrachó de intrascendencia. Maradona se va a casa entre otras cosas porque no ha sabido aprovechar lo que tenía -ni Bolatti ni Pastore han jugado y el equipo necesitaba un creador como el aire, que pudo haber sido Banega o Cambiasso-, porque no ha tenido sentido táctico y porque solo ha sabido maniobrar con el resultado a favor; en cuanto se enfrentó a la primera adversidad, se vio su falta de luces, de recursos y de inteligencia. Messi ha estado todo el tiempo veinte metros más atrás de su espacio natural y el mejor jugador del mundo, igual que le ha sucedido a Cristiano Ronaldo, es posible que ni esté en el equipo ideal. Este torneo encarna el fracaso de Dunga y de Brasil, de Maradona (que tendrá que practicar la autofelación sin periodistas), de Argentina y de Messi, que volverá a ser cuestionado y que apechugará con otro 'marrón': no marcó ni un solo tanto en cinco partidos.

España: dolor y emoción

España salió al campo sabiendo todo eso, y se encontró de inmediato con un hueso. Fue un partido clónico de los que jugó ante Suiza, Honduras y Chile, sobre todo. Paraguay se posicionó espléndidamente y se puso a correr con criterio. Achicó el juego de los de Del Bosque. 'Los jugones' querían asociarse, buscaban la triangulación, pero no había manera. Torres volvió a pasar inadvertido, Iniesta no iba a aparecer hasta que pasase a la izquierda, que es su lugar natural, y la calidad de Xavi, Xabi Alonso y Busquets se enmarañaba entre las botas y el severo marcaje paraguayo. Había como un aire incómodo en el ambiente, un presagio, el amago antiguo de la fatalidad.

En la segunda parte, el penalti clamoroso de Piqué dio lugar a una espléndida parada de Iker, que ayer volvió a ser san Iker. El fútbol es apasionante e imprevisible como las tormentas de verano: unos segundos después España dispuso de otro penalti. Tras la repetición, Xabi falló. Había que volver a empezar.

Villa y Casillas: los salvadores

España dominaba, profundizaba, con Cesc y Pedrito, y al final, el salvador Villa, el 'dinamitero de Asturias', marcaba su gol. Su quinto gol que le hace pichichi. Iker recuperó su mejor pulso y se estiró en dos ocasiones: fueron dos paradas milagrosas y definitivas que cerraban un partido emocionante, intenso, jugado con más seriedad que calidad, de poder a poder, uno de esos partidos que reafirma la grandeza del campeonato del mundo Del Bosque volvió a desconcertar: Llorente, el triunfador ante Portugal, pasó de ser candidato claro a titular, con Villa, a no disponer de un minuto.

Si España sigue avanzando, si es capaz de tumbar a Alemania en semifinales, podría suceder que David Villa se convirtiese en el mejor jugador del Mundial de Sudáfrica. En cualquier caso, este equipo ya ha llegado más lejos que cualquier selección española de su historia (en Brasil 1950 se jugó una liguilla) y ha llegado más lejos que dos de las favoritas de casi todos: Brasil y Argentina.

 

*En las fotos Kuyt y Sneijder, abajo con el 25 Thomas Müller, y al final David Villa.

DIARIO DEL MUNDIAL 2010 / 7

[Los mundiales de fútbol siempre han contado con capitanes heroicos, capaces de estimular a sus compañeros y de sobreponerse a las adversidades: Nasazzi, Obdulio Varela, Fritz Walter, Puskas, Moore o Beckenbauer. Sudáfrica, por ahora, está huérfana de líderes así]

 

José Nasazzi de Uruguay y 'Nolo' Ferreira de Argentina, 1930.

 

De Nasazzi a Casillas:

capitanes y reyes

 

 “Ser capitán es un oficio distinto, un trabajo extra” sostiene Luis Villarejo, autor del libro ‘Capitanes’ (LID Ed.). Si vemos ahora el Mundial echamos en falta a esos capitanes que eran una referencia, que tomaban el mando en el campo y en el vestuario, y se echaban el equipo a la espalda ante cualquier adversidad. Uno de los grandes capitanes de todos los tiempos fue José Nasazzi Yarza, el central uruguayo que se proclamó campeón del mundo en 1930, y campeón olímpico en 1924 y 1928. Lo llamaban ‘el Mariscal’: era un portento físico, comparable al brasileño Domingos da Guia. Había trabajado de marmolista y más tarde en los casinos de Montevideo. Viril y caballeroso, nunca destacó por su técnica, pero sí por su colocación, por su energía y por su ascendencia sobre sus compañeros.

El 'Negro' Obdulio Varela.

El francés Alex Villaplane fue el primer capitán de un Mundial. Fue ejecutado por la resistencia francesa bajo los cargos de “asesinato, alta traición y connivencia con los nazis (en 1943, después de obtener la nacionalidad alemana, había sido nombrado teniente de las SS)”, tal como recuerda el cinéfilo y gran apasionado del fútbol Juan Tejero en su libro ‘Grandes momentos de los Mundiales de Fútbol, 1930-1974’ (T&B). Sin embargo, el gran modelo de líder fue Obdulio Varela, ‘el negro’ Varela, el caudillo de Uruguay que asestó el ‘maracanazo’ de 1950. Un directivo uruguayo bajó al vestuario y les dijo a sus jugadores que tuvieran la dignidad de perder por menos seis de goles. “Por cuatro estaría bien”, dijo.

Según una leyenda popular, Varela se dirigió a los compañeros y les mostró los periódicos deportivos brasileños que habían escrito en la portada, “Brasil, campeón”, y orinó sobre ellos. Y ya en el túnel, cuando empezaban a atisbarse los casi 200.000 espectadores de Maracaná, dijo: “No piensen en toda esa gente, no miren para arriba. El partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada. Nunca pasó nada. ¡Los de afuera son de palo!”. En el descanso, gritó: “No nos pueden ganar. Son japoneses”. Cuando marcó Friaça, Varela enfrió el partido: reclamó un fuera de juego, solicitó traductor y volvió a arengar a los suyos. Schiaffino y Gigghia –aquel que diría luego: “Solo tres personas han podido enmudecer al Maracaná: Frank Sinatra, el Papa y yo”- le dieron la vuelta al choque, y Uruguay obtuvo su segundo título.

Por la noche, Obdulio Varela se mezcló con los derrotados. “La tristeza de la gente fue tal que terminé sentado en un bar bebiendo con ellos. Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos”, confesó. En su país le regalaron un Ford, que le robaron en menos de una semana.

Los húngaros de 1954 tenían un capitán inolvidable: Ferenc Puskas, el jugador que dos años después, tras la invasión de su país, se vendría al Real Madrid y dejaría a su amigo de la infancia, el formidable medio centro Josef Boszik, para siempre. En la gran final con Alemania, Puskas jugó lesionado y su carisma y la clase de sus compañeros sucumbieron ante el empuje, el entusiasmo y el talento de Fritz Walter. Tenía 34 años y era el imprescindible director de orquesta teutón, empeño que también asumía en los ‘diablos rojos’ del Kaiserlautern.

La selección inglesa de 1966 tenía por capitán a Bobby Moore, el líbero del West Ham, uno de los defensas más elegantes de su tiempo. Beckenbuaer, el gran capitán de Alemania 1974 (reemplazaba a Uwe Seeler, que lo había sido en 1970), se fijó en él para convertirse en el jugador más fino y en el más decisivo desde la retaguardia. Moore poseía una técnica excelente, sosiego y sentido de la anticipación. En 1970 a Moore lo acusaron en Colombia de robar un brazalete de diamantes y esmeraldas cuando entró a una joyería, con Bobby Charlton, para comprarle un regalo a su mujer. Lo retuvieron cuatro días en la ciudad y cuando llegó a la concentración en México, el entrenador Sir Alf Ramsey lo recibió con esta frase: “¿Cómo estás, hijo mío?”. El día que Inglaterra cayó, en Guadalajara, ante Brasil en un partido memorable, por 1-0, Pelé buscó a Moore para intercambiar su camiseta con él. Reconocía así a un gran rival y a un defensa inmejorable.

Kazimierz Deyna, capitán de Polonia 1974.

Grandes capitanes también lo fueron Cruyff, Pasarella, Maradona, Deyna o Facchetti. En Sudáfrica no es fácil encontrar liderazgos tan determinantes: en Alemania manda Lahm; en Francia, Evra; en España, el tímido y buen tipo Casillas… Quizá el que más llame la atención sea Fabio Cannavaro, un gladiador ‘azzurro’ de casi 37 años.

 

¿POR DÓNDE VENDRÁ LA PELOTA?

¿POR DÓNDE VENDRÁ LA PELOTA?

Soledad, leyenda y fatalidad de los porteros de fútbol

 

 

Vladimir Nabokov fue muchas cosas en la vida: espléndido escritor, profesor de boxeo, cazador de mariposas y portero de fútbol en Cambridge. En ‘Habla, memoria’ recordaba: “Me apasionaba jugar de portero (…) Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por los niños en éxtasis (…) Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor”. Albert Camus, que también fue arquero en Argelia y en Francia, resumió: “Aprendí que la pelota no viene nunca por donde se la espera. Eso me ha servido en la vida”.

Quizá ninguna demarcación sea tan especial en el fútbol; Peter Handke encontró un título inolvidable que compendia el enigma del oficio de parar: ‘El miedo del portero ante el penalti’ (1970). Es la historia del mecánico Josef Bloch, un guardameta austriaco que una tarde pierde los papeles, se desconcentra y es expulsado; a partir de ese momento inicia una extraña peregrinación que lo lleva a caminar, a encontrarse con mujeres, a amar y matar a una taquillera de cine. Esa narración de aroma existencialista y de un antihéroe contemporáneo, hermano de Kafka y de Camus y primo del Bartleby de Melville, fue trasladada al cine por Wim Wenders en 1971.

Manuel Hidalgo escribió un cuento ‘El portero’ que narra la historia de un hombre que se gana la vida parando penaltis a quien acepte el desafío de tirárselos. Gonzalo Suárez llevó a la gran pantalla en 2000 esa narración limpia y precisa que transcurría en el contexto de la Guerra Civil y en la playa; él, que había firmado maravillosas crónicas deportivas con el seudónimo de Martín Girard, sabía mucho de porteros porque había redactado informes de equipos rivales para su padrastro Helenio Herrera, entrenador del Barcelona y del Inter.

Los porteros suelen vivir entre la gloria y el abismo. Estos días, más allá de la inesperada derrota de España, se habla mucho de fallos calamitosos de Green (se dice, en un arrebato sentimental del forofo, que su pifia podría derivar de la ruptura con su novia, poco antes del choque), de Chaouchi y de Justo Villar; se habla de excentricidades y rarezas:  el bronco Chilavert llegó a marcar 62 goles de faltas y penaltis a lo largo de su carrera; de extremadas longevidades, como en el caso de ‘la Tota’ Carbajal, el mexicano de los cinco mundiales, de Dino Zoff, titular y campeón del mundo a los 40 en España-1982, el sempiterno Gatti, o de Peter Shilton, que cumplió 41 años en Italia-1990 y fue doblemente burlado por Maradona.

Una de las historias más literarias y dramáticas que existen es la del cancerbero Moacyr Barbosa, de la selección brasileña que perdió la final de 1950 en Maracaná ante Uruguay. Pocos días antes de morir, medio siglo después de la derrota, una mujer que lo vio pasar, le dijo a su hijo: “Ahí va el hombre que hizo llorar a todo un pueblo”. Otra forma de soledad: la del hombre repudiado por la multitud y la leyenda del tiempo.

 

*Este artículo apareció el pasado viernes en ‘La Vanguardia’, por gentileza de Miguel Molina, que fue portero de fútbol. En las fotos, vemos a Albert Camus (la foto es de Loomis Dean), Moacyr Barbosa, Carmelo Gómez en 'El portero' de Gonzalo Suárez y a 'La Tota' Carbajal.