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Antón Castro

Escritores

'DOS NOCHES' DE ENNIO FLAIANO

Recibo esta bella nota de Irene Antón acerca de la publicación de ‘Dos noches’ de Ennio Flaiano en su sello. Errata Naturae. Irene es una editora entusiasta, con muy buen criterio y muy afectuosa siempre.

 

 

Querido Antón:

¿Cómo estás? Espero que todo vaya muy bien. Nosotros estamos bien, aunque, como todos, trabajando más que nunca, qué remedio...

Te escribo para presentarte nuestro nuevo libro, que he pensado que puede interesarte. Se trata de DOS NOCHES, el libro de Ennio Flaiano. Sin duda a Flaiano lo conoces por ser el guionista de tantas y tantas películas fascinantes de la época dorada del cine europeo: sobre todo escribió los guiones de las grandes películas de Fellini: La dolce vita, 8 ½, Las noches de Cabiria, Giulietta de los espíritus... Pero fue también guionista de muchísimas películas que dirigieron Roberto Rossellini, Luis Berlanga, Mario Soldati, Mario Monicelli, Dino Risi... Y co-guionista, junto a Tonino Guerra, de La notte de Antonioni, una de mis películas favoritas.

Pero Flaiano es también un magnífico escritor, por desgracia prácticamente desconocido en España, pues sólo se publicó una obra suya en 1958. El libro que publicamos recoge dos novelas, las historias de dos escritores romanos que el propio Flaiano presenta como el derecho y el revés de un único yo disperso, escéptico y melancólico... Los personajes protagonistas de ambas historias están completamente en la estela de los mejores personajes de Fellini, o de aquel escritor de La notte, es decir, de esos hombres tan magníficamente interpretados por Marcello Mastroiani. Sus aventuras en la noche de Roma, sus preocupaciones, cómo se dejan llevar por lo que ocurre, cómo se sienten arrastrados por cierta melancolía vital, su sentido del humor... todo ello resulta fascinante y nos devuelve al ambiente y las imágenes de esas películas.

La relación tan estrecha entre literatura y cine resulta muy interesante. El libro, realmente, o eso nos ha parecido a nosotros, tiene una enorme capacidad creadora de imágenes y ambientes.



Por otro lado, y por casualidad, precisamente ahora, en la Sala Canal de Isabel II de Madrid, hay también una exposición titulada "Los años de La dolce vita" que recorre, a través de una amplia selección de fotografías históricas, trajes, diseños, dibujos, libros y vídeos, la era de oro cinematográfica que vivió Roma en los años cincuenta y sesenta (http://www.elcultural.es/galerias/galeria_de_imagenes/462/CINE/Los_anos_de_la_Dolce_Vita).

Una época que justo ahora también está de triste actualidad porque, según parece, el plan industrial para los estudios de Cinecittá podría acabar con los míticos estudios
(http://cultura.elpais.com/cultura/2012/07/26/actualidad/1343295787_066431.html), que marcaron una época y a tantos directores.

En fin, que me enrollo... Pero es que hay mucho que decir: de la época, del escritor, del libro, del tipo de personajes... Espero que el libro te interese. Te envío adjunta la nota de prensa y la imagen de portada. Y hoy mismo te envío también un ejemplar del libro a tu atención.

Un abrazo, Irene

ALBERTO ARAGÓN: UN RETRATO

ALBERTO ARAGÓN: UN RETRATO

ALBERTO ARAGÓN ME OBSEQUIA CON ESTE RETRATO

Alberto Aragón es diseñador e ilustrador. Hace carteles para el Auditorio y tiene una sociedad de creación constante con Luis Grañena. Hace algún tiempo que nos vemos. Más de un año probablemente. Sin embargo, hemos colaborado al menos en dos libros infantiles: ‘Jorge y las sirenas’ y ‘Las grutas de Cristal’: han sido dos experiencias preciosas. Alberto, con un grupo de amigos, han abierto el Super Espacio, al lado mismo de Aragón Televisión. Hoy, por sorpresa, Alberto ha hecho uno de sus dibujos y me ha retratado. Mil gracias, Alberto. Por cierto, Alberto es largo y fibroso, un gran atleta. De cuando en cuando participa en pruebas de cross o en maratón.

MO YAN, NOBEL DE LITERATURA 2012

MO YAN, NOBEL DE LITERATURA 2012

MO YAN, ‘NO HABLES’, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2012

El escritor chino Mo Yan, autor entre otros libros de ‘Sorgo Rojo’ (El Aleph, 2002) o ‘Grandes pechos, amplias caderas’ (Kailas, 1996), acaba de ser galardonado con e l Premio Nobel de Literatura. ‘Sorgo rojo’ es su novela más conocida, gracias a la formidable versión que hizo Zhang Yimou para el cine.

Hace algún tiempo, este escritor, impregnado de realismo mágico y admirador de García Márquez y de William Faulkner, declaraba a José Reinoso en ‘El País’: “Mi realismo habla de la gente normal. Presento al lector todo tipo de caracteres, personajes con los que no ha tenido contacto nunca, situados en un ambiente especial, en el que se puede respirar el olor y oír los sonidos de la vida rural”. Tuvo una infancia durísima, conoció la represión, fue testigo de la hambruna, fue rechazado en su país y, poco a poco, con gran entereza y seguridad en sí mismo, logró ir publicando sus libros. En España, además de los citados, han aparecido ‘Las baladas del ajo' (Kailas, 2008) y ‘La vida y la muerte me están desgastando’ (Kailas, 2010).

FÉLIX ROMEO, POR LORENZO SILVA

HOMENAJE | Getafe Negro

 

EL LECTOR INSACIABLE

 

  • Félix Romeo lo había leído todo, lo entendió todo y a todo le sacó partido

Lorenzo Silva | Madrid. El Mundo

 

 

Hace ahora 13 años publiqué una novela que pasó bastante inadvertida. Era una novela rara, pequeña, introspectiva, y la publicaba una editorial a la que también convendrían esos tres adjetivos, Pre-Textos (confío en que sus editores no se irritarán ante lo que pretende ser un halago). Que yo sepa, sólo mereció tres reseñas: una de Ricardo Senabre, ese crítico que tiene el valor que Raymond Chandler les reclamaba a los de su gremio, el de estar más atento a descubrir lo nuevo que a incensar lo ya reconocido y que es una 'rara avis' entre nosotros; otro texto que venía a ser una suerte de ajuste de cuentas, que no tenía otra razón y que no es preciso recordar; y una de Félix Romeo.

Y es que Félix Romeo se lo leía absolutamente todo, de todo sabía y sobre todo había reflexionado en profundidad y hablaba con sustancia, originalidad y fundamento. Cuando reseñó aquella novela, le dio por emparentarla con Michel Houellebecq, pero no con 'Las partículas elementales', el libro que por aquel entonces acababa de hacerlo famoso, sino con el anterior y a mi juicio mucho más interesante 'Ampliación del campo de batalla', que por supuesto Félix había leído en su día, y que yo leí por su culpa, para darle apenas volví la página última toda la razón. Eran dos libros en apariencia distintos, incluso distantes, pero en el fondo había un mismo desengaño del mundo, basado, como presupuesto esencial, en el desengaño amargo de uno mismo.

No lo conocí mucho, a Félix. Coincidimos por primera vez un año antes, en el festival Actual de Logroño de 1998. Volví a verlo media docena de veces contadas. Siempre hablamos de literatura. Siempre salí con una lista de ocho o nueve libros por leer, que leí y hube de agradecerle. Lo fui siguiendo en sus artículos y en sus libros, pocos y exquisitos. Siempre me pareció (y creo que alguna vez le oí decirlo) que era un escritor que tenía dificultades para escribir, y en especial para fabular, por culpa de lo mucho y bien que había leído, y por la autoexigencia que sobre esa base practicaba consigo mismo, tan inmisericorde que apenas le dejó alumbrar una obra narrativa cuyos títulos pueden contarse con los dedos de una mano. Pero qué títulos. Desde su inaugural 'Dibujos animados', pasando por 'Discothéque', su perturbadora novela larga, hasta los dos estremecedores relatos reales que encierran 'Amarillo '(inspirado en el suicidio de su amigo Chusé Izuel) y su obra póstuma, 'Noche de los enamorados' (sobre el parricida al que conoció en el módulo de ingresos de la prisión de Zaragoza, a la que fue a parar por insumiso).

Esta tarde el festival Getafe Negro, en colaboración con la Fundación Mapfre, le rinde un homenaje a este joven sabio, a este escritor poderoso y único que nos dejó demasiado pronto y que en su obra, además de su conocimiento vasto y sutil de la literatura, acreditó mimbres de lector y practicante de lo mejor del género negro. Trazas de ello hay ya en 'Discothéque' (junto con una pertinente y rara alusión a una de esas guerras perdidas de nuestra historia, la de Sidi-Ifni), pero donde llega a su consumación es en la magistral brevedad de 'Noche de los enamorados', un viaje fascinante a las profundidades del crimen, a partir de una historia tan real como desazonadora: el asesinato de una mujer, ex prostituta, por su marido (y ex cliente), en una de esas noches oscuras en que de puro desgaste y a fuerza de claudicaciones el amor naufraga para convertirse en su contrario y provocar la muerte de una persona y la ruina definitiva de otra.

Félix Romeo se acerca a esta historia ajena, que apenas pudo entrever en ese momento carcelario, la noche de un 14 de febrero para más señas (una de las varias explicaciones del título), con la delicadeza y la hondura de los genuinos contadores de historias. Sabiendo que lo que en la superficie se muestra siempre es indicio de ingentes volúmenes sumergidos, tratando de adivinarlos pero sin pretender en ningún momento suplantarlos por el capricho de su propia imaginación. En un texto conciso, vibrante, memorable, nos ofrece un descenso a los abismos del sentimiento amoroso y del impulso homicida, esas dos caras de la moneda humana que todos transportamos y gestionamos como mejor podemos; un viaje que el lector hace con el autor conteniendo el aliento, ante un relato que resulta ejemplar.

Sólo por este libro, que debería llegar a muchos lectores, Félix Romeo tiene un sitio de honor en nuestras letras y en nuestra narrativa criminal. Pero hay mucho más. De todo ello, esta tarde, Getafe Negro hablará con sus amigos: Ignacio Martínez de Pisón, Ray Loriga, Malcolm Otero. Será una tarde, a buen seguro, para recordar. Una tarde más para disfrutar del carisma y el legado de Romeo, escritor escueto, lector torrencial.


  • Lorenzo Silva es escritor y organizador del Festival Getafe Negro. La foto del Félix amarillo es del Colectivo Anguila.

 

LARA LÓPEZ EVOCA A FÉLIX ROMEO

LARA LÓPEZ EVOCA A FÉLIX ROMEO

[Esta foto de Félix me la mandó un día, desde París, Daniel Mordzinski, con quien tanto quiero. Cuelgo aquí este texto de Lara López, una gran amiga de Félix y nuestra, que siempre estuvo muy cerca de él.]

 

 

CARTA A FÉLIX ROMEO

 

Por Lara LÓPEZ

 

Félix, intento superar el pudor de escribirte unas líneas que leerán muchas personas que ni tú ni yo conoceremos nunca. Este último año he aprendido muchas cosas y una de ellas es que el pudor no nos lleva a casi ningún sitio interesante.

He decidido hacerlo así, para que mi recuerdo se una al de tantos y tantos oyentes, muchos anónimos, que – superando el suyo- me han mandado su cariño sabiendo como saben lo mucho y bien que aquí se te quiere.

El gusto por la lectura

Y de esos muchos, casi todos me han asegurado que sin tus recomendaciones ya no le cogen el gusto a leer. Tan vehementes y rigurosas, tan prolíficas que daba miedo pensar qué habrías dejado de hacer para discernir por nosotros con tanta precisión qué merecía la pena de cuanto se publicaba, fuera el formato que fuera.

Pero no sólo eso… Contigo se han ido muchas ganas. Por ejemplo, las de recorrer ciudades buscando lugares en los que besarse. Porque para eso eran las calles de las ciudades que recorrías, también a través de la literatura, para besarse.

"Para eso es el amor", me dirías ahora, "para hacerlo"
Aquí seguimos nosotros, sin embargo, abriendo informativos con guerras que nos duelen menos cuando están más lejos. Iniciando revoluciones. Ensayando maneras de encontrar otros caminos. De vivir, como dice Rosendo. Algunos, haciendo programas de radio. Yendo a algunos conciertos. Llamándonos a ver cómo seguimos.

Y cuando lo hacemos, nos ponemos tristes y serios porque nos acordamos de que seguimos sin ti. Lloramos, nos morimos de risa, brindamos (muchas veces por ti). Vemos pelis que te habrían gustado. Discutimos. Algunos escriben todavía en tu muro. Otros, no han conseguido borrar tu número de teléfono. 

El regreso por escrito de Félix
Eva Puyó y Chusé Raúl Usón han venido a Músicas Posibles a hablarnos de Todos los besos del mundo, un libro con tus cuentos.

Dice Eva que te habría gustado. Y Usón, que quisiera no haberlo tenido que editar nunca.

Los demás, estamos deseando leerlo.

'VERSIÓN ORIGINAL': A LINA Y FÉLIX

'VERSIÓN ORIGINAL': A LINA Y FÉLIX

[Félix Romeo tenía muchos sueños. Muchos anhelos. Su cabeza era una fábrica incesante de ideas y de sensaciones. Durante mucho tiempo quiso alquilar un local y crear un cine en versión original; quizá tuviera también una sala de exposiciones. Recuerdo que en Barcelona le dije a Miguel Marcos si podríamos disponer de ese espacio. No se adaptaba del todo a lo que soñaba Félix. En las comidas de los martes y miércoles en el restaurante Bílbilis, con mis hijos Aloma y Daniel (Félix falleció hace hoy exactamente un año en Madrid, en casa de Aloma), hablaba mucho de una sala de cine en versión original. Preguntaba: “¿Qué habrá sido de los Buñuel? Podríamos hacer ahí muchas cosas: cine, exposiciones, conciertos, tertulias”. Un día, pensando en él y en Lina Vila, su compañera, escribí este texto que Félix leyó y conoció; lo publicó por vez primera, en ABCD de las Artes y las Letras Amalia Iglesias. Y así se tituló una antología de mi obra poética: ’Versión original’, un libro que publicó con el cariño y la profesionalidad de siempre, en Isla de Siltolá, ese tipo generoso que es Javier Sánchez Meléndez, poeta, además, y memorialista.]

 

 

VERSIÓN ORIGINAL

 

A Lina Vila y Félix Romeo

 

Tengo un sueño:

quiero montar un cine de versión original.

Un cine donde se escuchen todos

los idiomas del planeta.

Un cine para soñar

con todos los soñadores de la tierra.

Así lo veo: tapizado de rojo,

íntimo como la oscuridad,

con una indeleble mancha de luz al fondo.

 

Quiero montar un cine en versión original.

Me imagino los carteles, las películas,

los programas de mano

con su vocabulario de letras y espectros.

Imagino el público que llega

a las tres o cuatro sesiones.

La pantalla será como un oratorio pagano,

o un río de vida,

o un torbellino incesante de besos y de imágenes.

Lo estoy viendo:

cómo se besa en chino, en polaco, en francés,

cómo se cuentan los cuentos y las pesadillas.

¿Quién huye por el bosque

tras un crimen inesperado

y sale a la playa de los últimos naufragios?

Estoy oyendo las voces,

las palabras con su extraña música universal,

todas las melodías del alma.

Cuando llegue el fin de la noche,

allí estaremos tú y yo, a solas en la sala.

Tendidos sobre las butacas,

sobre el rojo oscuro de la satisfacción

y la soledad más deseada,

volveremos a poner la película.

En ese momento, vueltos desenfreno y ternura,

entretejidos en un plenilunio de sombras,

seremos los protagonistas principales.

Antes de volverme loco de amor

o de irme de esta ciudad para siempre,

quiero regalarte un cine de versión original.

Será la mejor forma de decirte “te quiero”

todos los días en cualquier lengua de la tierra.

 

FÉLIX ROMEO POR RODOLFO NOTIVOL

FÉLIX ROMEO POR RODOLFO NOTIVOL

‘TODOS LOS BESOS DEL MUNDO’

 

Por Rodolfo NOTIVOL GASCÓN

 

 

Es muy raro para mí estar hoy aquí presentado un libro de Félix. Es algo así como si el alumno pretendiera evaluar al maestro y no al revés. Porque Félix fue un maestro para mí en muchas cosas. Por supuesto, lo fue si hablamos de literatura. Hace algunos años, incluso asistí a uno de sus talleres de escritura. Esos talleres que él llenaba de juegos, de diversión y de pasión por las palabras. Y él fue también quién, más tarde, me empujaría a seguir escribiendo.

 Pero las mejores lecciones que Félix me dio no las recibí en aquel taller, ni tuvieron por objeto los libros. Las mejores lecciones que Félix me dio, sus auténticas clases magistrales, fueron sus lecciones de amistad.

Digo esto, porque “Todos los besos del mundo” es, precisamente, un libro nacido de la amistad. La que Eva y Chusé Raúl sentían por Félix. Pero es, además y sobre todo, un libro que resultaba necesario, un libro que hacía falta.

Y lo es porque Félix Romeo es un autor imprescindible si se quiere conocer lo ocurrido en las letras aragonesas y españolas durante los últimos veinticinco años.

Sin su figura nada hubiera sido igual.

Por eso la aparición de este libro me parece una gran noticia.

En él se recoge, como ya han dicho Eva y Chusé Raúl, una selección de sus cuentos en el orden cronológico en que los escribió. Esto nos permite leer el libro como una especie de biografía literaria y, por lo tanto, personal de Félix, pues él nunca supo escribir de otra manera que no fuera metido en la vida hasta las cejas.

Las narraciones que incluye el libro podrían dividirse perfectamente en cuatro etapas, que coinciden con los intervalos entre cada uno de los libros de Félix publicados con anterioridad, y en las que van apareciendo pistas sobre el camino que llevó al escritor hasta esos libros.

El primer cuento “Buscando cielo”, escrito antes de la aparición de “Dibujos animados”, funciona como un prólogo, un prefacio, en el que se nos anuncia una parte importante de lo que vendrá después.

Encontramos ya en él, por ejemplo, la figura del padre, una de las constantes a lo largo de todo el libro. Así, la primera frase del libro nos dice: “Habíamos ido a ver a las grullas, y yo solo pensaba en mi padre”.

Encontramos también a su amigo Bizén, y a su amigo Chusé Izuel a cuya muerte dedicó luego el magnífico “Amarillo”.

Encontramos las referencias literarias y culturales que salpicarán muchos de los textos posteriores de Félix. Referencias que nunca pretenden ser un alarde, sino que Félix suma a sus narraciones de forma natural, como parte importante de su vida que eran.

Y encontramos también, finalmente, en estas tres pequeñas historias que componen “Buscando cielo”, su pasión por los viajes.

Fue en un viaje a Santander, precisamente, cuando Félix me recomendó la lectura de “A cualquier otro lugar”, la estupenda novela de Mona Simpson. Pues bien, estos días no he podido dejar de pensar que este libro se podría haber titulado también de esa manera: “A cualquier otro lugar”. Porque en “Todos los besos del mundo” todos o casi todos los cuentos están protagonizados por personajes que están viajando en ese momento o tienen un pasado lleno de viajes. En “La novia del viento”, otro de los cuentos que lo integran, el narrador llega a decirnos: “Ella preferiría estar siempre en el mismo sitio. Yo preferiría estar siempre en otro lugar.”

Estos viajes, que también formaban parte esencial de la vida de Félix, nos remiten a su amor por las ciudades, a su afán por estar en el mundo y, también, a la idea de búsqueda. Algo que enlazaría con otros libros de Félix en los que hay una constante indagación como “Noche de los enamorados”.

Y, claro, donde hay un viaje hay un paisaje. Y es curioso que alguien al que le gustaba decir que no sentía el menor interés por los paisajes, utilizara estos como recurso para transmitirnos una sensación que cruza también todos los cuentos del libro: la sensación de extrañamiento.

En “Buscando cielo” el narrador nos dice: “Los olivos seguían allí. La carretera seguía allí. Nosotros parecíamos estar en otro sitio”.

Félix hace que sus personajes miren el paisaje como ven sus vidas, desde una cierta distancia, como si solo fueran una película proyectada sobre el parabrisas del coche en el que viajan y ellos mismos no formaran parte de él.

Como digo, “Buscando cielo” anticipaba ya algunas de las cosas que importaban a Félix, pero, cuando lo escribió, Félix no había pasado todavía por la cárcel y ese es el hecho que marca los cuentos siguientes del libro, un grupo de cuentos que entroncan directamente con su novela Discothéque.

En ellos queda reflejado el mundo carcelario y otros próximos a él, como el del boxeo, el de la lucha libre o el de los casinos. Son cuentos en los que se vuelve a indagar en la relación padre-hijo dejando ahora entrever casi siempre en ella un latido de culpa. Y son cuentos, por otra parte, trepidantes, que al leerlos me han hecho pensar en lo bien que se lo hubiera pasado con ellos Quentin Tarantino.

Son historias llenas de personajes estrambóticos, al borde del precipicio, muchas veces violentos, y que, como los del cineasta norteamericano, hablan sin parar, de forma nerviosa, casi como una metralleta, con repeticiones y frases cortas y rápidas, que silban como balas. De hecho, son cuentos llenos de pistolas. Y llenos también de elementos y personajes de lo que podría llamarse la “cultura popular”. Por ellos desfilan: Perico Fernández, Nino Arrua, el Real Zaragoza, los hermanos Lambán, Camilo Sexto, Homer Simpson o Cantinflas.

También son cuentos barrocos, abigarrados, en los que cabe casi todo. En los que parece estar todo el tiempo a punto de estallar la tragedia, pero en la mayoría de los cuales toda acaba en una comedia triste. Y en los que de repente se cuenta un chiste y a uno le parece oír a continuación una de aquellas estruendosas carcajadas de Félix que nunca olvidaremos.

Con “La novia del viento”, cuento ya posterior a “Discothéque”, Félix parece querer quitarse la máscara de luchador de lucha libre y exponerse ante los ojos del lector de una forma más desnuda, sin protección. Así en los cuentos siguientes encontramos a un Félix más íntimo; en el que lo cotidiano, que sigue transcurriendo en mitad de los viajes, se hace más presente, y en el que dos de sus obsesiones principales: el amor y la búsqueda de la felicidad, toman mayor protagonismo.

Todos los cuentos de esta parte del libro giran en torno a las relaciones de pareja.

Son siempre parejas a punto de romperse, como en “CINCO CAMAS Y CASI SETECIENTOS VINOS”, un cuento divertidísimo, aunque de final amargo, donde una pareja hace recuento de las camas que han roto por efecto de su furor amoroso, hasta que descubren que lo que se ha roto de verdad no son las camas sino su amor.

Son parejas a punto de estallar, pero que parecen decidir darse una prórroga y hasta que llegue ese momento de la ruptura, celebrar la vida cada día como si fuera el último en que están juntas. Por eso son cuentos llenos de restaurantes, de comida, de vino y de sexo. Y también, otra vez, de aquella extrañeza a la que antes aludía. Ese desconcierto, casi humorístico, que sientes cuando, por ejemplo, consciente de que tu vida amorosa se va al carajo, te descubres incapaz de pensar en otra cosa que no sea algo, por otra parte tan común, como escribir un cuento sobre la visita de un grupo de poetas zaragozanos de los años cincuenta a la casa de Vicente Aleixandre.

Un cuento que destaca en esta parte del libro es “EN UNA ISLA FLOTANTE”, donde además de esas relaciones de pareja, hacen acto de presencia otras de las preocupaciones más intimas de Félix como la ciudad de Zaragoza y sus ideas para mejorarla, la especial relación que mantenía con el agua, representada aquí en el río Ebro o ese desasosiego que creaban en él los crímenes no resueltos.

Los tres últimos cuentos del libro son tres de mis cuentos favoritos. Fueron escritos los tres en 2011 y forman un epílogo que nunca debió de haberse producido y que auguraba una madurez espléndida del escritor.

Así, en “EL HOMBRE INVISIBLE Y EL ZOO DE LOS BOWLES”, a través de un mecanismo tan sencillo como indagar en la relación que mantuvieron con sus mascotas, Félix construye una breve biografía, muy poco al uso, de William S. Burroughs, Paul Bowles y Jane Bowles en la que confronta vida y literatura y, sin subrayarlas en ningún momento, reivindica dos de sus ideas más recurrentes: que la vida debe estar siempre antes que la literatura y que esta no sirve sin un cierto compromiso moral.

En “TEMBLOR”, el segundo de estos cuentos, Félix consigue un cuento delicioso, un cuento que se lee con una media sonrisa en la cara, esa media sonrisa tontorrona que nos dibuja en ella al descubrir un momento de felicidad entre dos personas que se quieren, un momento seguramente efímero, pero que ni siquiera un supuesto terremoto es capaz de destruir. Un momento que al ver la portada del libro no he podido dejar de relacionar con ella.

Y, finalmente, en “VERANO DEL 75”, el último de los cuentos del libro, Félix vuelve a la infancia. A unas vacaciones con sus padres en la ciudad de Castellón durante el último verano de Franco en las que asiste a un espectáculo del bombero torero y visita a una pariente encerrada en un manicomio. Pero ahora la mirada hacia esa infancia ya no es la mirada nerviosa de aquel adolescente de “Dibujos animados”. Ahora se trata de la mirada de un adulto, igual de perpleja, pero más reflexiva y llena de preguntas que el paso del tiempo ha dejado sin respuesta.

Quiero deciros para acabar que, como le ocurría a Félix, me gustan los libros que retratan la vida de sus autores. Y, desde luego, en “Todos los besos del mundo” Félix sale de cuerpo entero, casi a tamaño natural.

Para quienes tuvimos la suerte de conocerle este libro es un reencuentro con nuestro amigo, con su voz, con su mirada siempre diferente del mundo y con su risa. Quienes no le conocieron podrán contemplar en sus páginas el retrato de un hombre alegre, apasionado, desbordante y, a veces, desbordado. Pero también generoso, frágil y tierno. Un hombre al que desconcertaba el mal y, en ocasiones, también la propia vida; pero que la amó y la celebró cada minuto. Un hombre al que nunca importó estar solo en defensa de aquello que creía la verdad, aunque eso le causara no pocas dificultades; pero al que aterraba la idea de vivir solo, sin amor o sin amigos. En definitiva, un hombre, como era Félix, esencialmente, libre y bueno.

 

 

 

 

 

ALOMA RODRÍGUEZ: UN AÑO SIN FÉLIX

[El suplemento ‘Heraldo Domingo’, que dirige Picos Laguna, cumple hoy 500 números. En él, en la doble página de artículos de fondo, la escritora y periodista Aloma Rodríguez publica este artículo de recuerdo a Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011). Félix falleció en su casa y la de David Barreiros, entre las diez y las once.]

 

 

UN AÑO SIN FÉLIX

Por Aloma RODRÍGUEZ

Ha pasado un año desde que empecé a escribir esta columna. Desde aquí he hablado de películas, de cantantes, de escritores, de cosas que me gustan y de cosas que no me gustan. Sé que hace un año porque escribo aquí desde que Félix Romeo murió: heredé su columna.

Repaso todas las cosas de las que he hablado aquí y que él no ha visto: la mayoría absoluta del PP, películas maravillosas como ‘Declaración de guerra’, de Valérie Donzelli y ‘El artista y la modelo’, de Fernando Trueba. Sé que no hablaremos del nuevo disco de Franco Battiato, ‘Apriti Sesamo’, ni del de Rafael Berrio, ‘Diarios’. Nunca sabré qué le parece la nueva novela de Javier Cercas, ‘Las leyes de la frontera’. Echo de menos sus análisis, las discusiones en el bar Dumbo de Zaragoza, los partidos de algo que se parecía a waterpolo en las piscinas, las cenas en el Estudios, que me obligara a beber vino de Oporto aunque no me gustase. Echo de menos que me hable por el chat de Facebook, echo de menos sus correos, siempre despidiéndose con “todos los besos del mundo”, frase que da título a la selección de cuentos que acaba de publicar Xordica.

Mi primera columna estaba dedicada a él y en algunas le citaba porque Félix Romeo está en todas partes. Y aunque ha pasado un año, todavía me cuesta creer que no volveré a oír su risa, alguna bronca, alguna recomendación, que no pasearemos más desde Independencia a la Librería Antígona y nos tomaremos un helado de camino, y que no cantaremos más “el que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide, la salud y la platita que no la tire, que no la tire” dando golpes en las mesas de Casa Emilio. Echo de menos su visión sobre las cosas, pero echo de menos no poder compartir con él las alegrías, los nuevos libros, los amigos.

En mi primera columna citaba a Salman Rushdie, que esta semana estuvo en Madrid para presentar sus memorias de la fetua, ‘Joseph Anton’. Daniel Gascón lo entrevistó y yo le hice fotos. Habló de Jomeini, de la fetua, de literatura, de John LeCarré y de la libertad de expresión. Félix, que mandó por correo una cita contra el fundamentalismo de Salman Rushdie después del 11M, habría reseñado ‘Joseph Anton’.

Félix no leerá esa entrevista ni verá esas fotos, y aun así, cuando disparaba pensaba en él, hacía las fotos pensando en que le gustaran. Como casi todo lo que he hecho este último año. Félix no está, pero yo siempre me acuerdo de él.

Me gustaría pensar que esta columna y los libros que dejó en mi casa al morir no fueron lo único que heredé, me gustaría pensar que me dejó casi un millón de amigos y que fui capaz de aprender de él una manera de estar en el mundo y de vivir.