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Antón Castro

Escritores

ANTONIO BÁEZ: UN CUENTO

ANTONIO BÁEZ: UN CUENTO

Antonio Báez me envía este relato. Antonio Báez ha publicado un libro de relatos titulado ‘Mucha suerte’, una novelita corta, ‘La memoria del gintonic’, y ha participado últimamente en la antología de Fernando Valls, ‘Mar de pirañas’ (Menoscuarto), centrado en el microrrelato.

 

 

LECCIONES DE NOVELA

 

Por Antonio BÁEZ

  

La conocí en un curso del INEM sobre ofimática que creí que nunca me serviría para nada y suponía que tampoco a los otros.  Me pagaban por ir todas las tardes y para demostrar la asistencia a última hora pasaban un papel de firmas, que era en lo único que pensábamos la mayoría: en que llegara el momento de que el papel apareciera y a continuación buscar la manera de escaquearnos y salir de allí pitando. No obstante, había quien era aplicado y se entregaba al aprendizaje con una fe conmovedora, cuando no excesivamente ingenua. Mi vida en aquella ciudad dependía de ese dinero y de lo que sacaba dando clases particulares. Ella estaba en el grupo de los que pensaban que aquello les serviría para algo y al principio no era receptiva a los comentarios malévolos que empezó a gustarme hacerle. Nuestra relación se inició a partir de dos perspectivas absolutamente contrapuestas. El curso adquirió, entonces, para mí, una nueva dimensión que me lo hacía más llevadero. Ya no sólo tenía en mi horizonte el dichoso momento de la firma y la subsiguiente fuga. Esperaba ahora también el momento del café a media tarde para charlar con ella. Había días, sin embargo, que cruzábamos sólo un par de palabras. Me recriminó en una ocasión mis huidas.

-Si tú me firmases, le dije un día, no tendría que escapar de un modo tan vergonzoso.

-Tienes una cara muy dura, me dijo ella.

Y eso me gustó muchísimo. La distribución de papeles quedó absolutamente clara: yo me mantuve en mi postura cínica y ella se reafirmó en su interés por cualquier cosa nueva que pudiese aprender allí. Como ninguno de los dos se planteó ceder terreno, o al menos fingirlo, enseguida quedaron descartadas las oportunidades para el coqueteo físico o sentimental. En aquella época era una chica del montón, pero a mí las mujeres del montón, incluso las que se suelen colocar por debajo de él, me han interesado siempre, siempre y cuando no me aburriesen. Ella no me aburría, aunque se hallaba al límite. Había algo más allá de su fe y optimismo que en ese momento yo no sabía discernir. Para mí que eran ganas de pasarse al otro lado.  Quizás me gustaba y no estaba dispuesto a reconocerlo.

El curso por fin acabó y, aunque intercambiamos nuestras direcciones y forma de contacto, no volvimos a vernos. Emi, que así se llamaba, tenía teléfono, yo no. Me contó que vivía con su padre, jubilado por enfermedad, y según sus propias palabras, amargado desde que le habían cortado una pierna, y sus hermanos, a los que no se refería con gran aprecio. Nunca hablamos, que yo recuerde, sobre la política más convencional, pero insistía en exponer sus ideas feministas, por lo que creo que sus antipatías familiares quizás tenían que ver con el modelo de educación machista en el que se habían educado. Al parecer la madre había muerto no hacía mucho. Pues bien, no sólo la perdí de vista. La olvidé al tercer día de no verla.

Mi vida se hallaba entonces en una encrucijada de decisiones, había acabado una carrera inútil, absurda, cuya salida más inmediata era convertirme en profesor de instituto, si era capaz de aprobar unas oposiciones, pero también podía dedicarme a escribir, intentar vivir de eso. No conocía a nadie que viviese de escribir. Durante todos aquellos años de facultad nunca tuve contacto con otros estudiantes a los que les interesara la literatura, mis amigos no sentían demasiado aprecio por los círculos de aspirantes a poetas o novelistas, y yo, como así demostré, tampoco.

Empecé a escribir una novela, seguí dando clases particulares y descubrí que tenía cierta gracia para vivir en casas que no eran la mía, así que me ahorraba el alquiler. Recuperé la máquina de escribir que se había quedado en casa de mis padres, en la que ellos habían puesto todas sus aspiraciones, cuando nos la regalaron a mí y a mi hermano por Reyes hacía ya bastantes años. Mi hermano nunca halló en la máquina nada digno de su curiosidad y se marchó de este perro mundo sin apenas haberla mirado de reojo. Yo, muy impertinente, exigí el correspondiente manual de mecanografía, que mis padres no tardaron en comprar, con la esperanza de que aquella habilidad me convirtiese en el primer hombre de oficina de la familia, que hasta entonces había sobrevivido gracias a la fuerza del músculo. En fin, creo que con buen criterio, entendí que si quería ser escritor, ya entonces pensaba en esa posibilidad, debía tener en cuenta la mecanografía.

Era una Olivetti muy poco práctica y en ella mecanografié, con gran esfuerzo muscular, mi primera novela. Al cabo de siete años le puse la palabra fin al final.

Me enteré de que se convocaba un premio literario desde el ayuntamiento. Era el premio Ciudad y me parecía que mi historia, al ser urbana, negra y existencialista, podría cuadrarle. Presidiría el jurado, según las bases, la concejala de cultura, doña Emilia No Sé Qué Más. Resulté finalista y me convocaron para la entrega del premio a una cena en el mejor hotel. Eché mano de mi encanto para pedir prestada una corbata,

-toma, mi marido ya no la usa,

y para que me hiciesen el nudo,

-ay (pellizco incluido en las nalgas, las mías) mi escritor favorito,

aunque no hubiese leído ni una sola línea no ya mía sino de nadie.

Era la corbata más fea del salón Emperador, pero me parecía que aquel bigote faulkneriano que me había dejado para la ocasión suplía cualquier carencia protocolaria. Los finalistas compartíamos mesa con el ganador, que antes de que se abriese la plica ya estaba recibiendo parabienes y felicitaciones. Me fijé en su corbata. Fue toda una lección de literatura que apliqué más tarde. Y no tenía bigote, que fue otra.

En la mesa de al lado se sentaba el jurado del premio presidido por la concejala de cultura. Fue ella la que vino a saludarnos.

-Enhorabuena a todos, nos dijo, habéis escrito unas novelas estupendas, pero sólo uno podrá llevarse el premio.

Todos miraron al ganador con envidia y recelo, pero yo no podía apartar la mirada de la concejala. La reconocí inmediatamente, sin embargo, ella no parecía reparar en mí. Doña Emilia No Sé Qué Más, Concejala de Cultura del Ayuntamiento y Presidenta del Jurado de Novela Ciudad, era aquella Emi que yo había conocido años atrás haciendo un curso de ofimática por el INEM.

El ganador recibió el galardón con gran sorpresa, tuvo el santo temple de decir que no se lo esperaba. En las copas posteriores a la cena me acerqué a la señora, o señorita, concejala y le pregunté si no se acordaba de mí. Era evidente que no. Al principio hizo memoria frunciendo las cejas, pensé que quizás me buscaba en sus encuentros más recientes de cama. El caso es que mi cara le sonaba muchísimo,

-¿de algún libro ya publicado?, me preguntó.

-Soy inédito, le dije.

-¿No te acuerdas de un curso de ofimática hace ya unos cuantos años?, añadí.

Entonces le pregunté por su padre inválido y por sus hermanos. Ah, ah. Ah. Se le hizo una luz, claro,

-claro que sí, eres tú.

Me dijo que su vida había cambiado mucho desde que se había metido en política. Trabajaba veinticuatro horas, organizaba recitales, conciertos, encuentros, premios, y decía que el mundillo le gustaba, como si yo ya formase parte de ese mundillo.

Salimos del salón Emperador y en los jardines del hotel nos empolvamos la nariz.

-Me alegro de verte, me dijo antes de dejarse arrastrar por alguien del mundillo.

-Ven a verme cuando quieras al ayuntamiento, insistió.

Recibí aquel día impagables lecciones de novela que completaban el ciclo iniciado con la mecanografía.

-Tienes que cambiarle el título, es lo único que le falla, me dijo. Buscaremos algo que refleje bien el alma de lo que has escrito.

En la siguiente convocatoria gané el premio Ciudad. Al recibir el galardón, sinceramente, no me lo esperaba, entendí que ya no había para mí camino de vuelta, que aquella carrera no era circular.

*Las dos fotos son de Jean Loup Sieff.

 

 

 

 

 

 

JAVIER CERCAS: AMOR, DROGA Y QUINQUIS

JAVIER CERCAS: AMOR, DROGA Y QUINQUIS

[Esta tarde, miércoles 17, a las 19.30, en el Teatro Principal y en un acto organizado por Librería Cálamo, Javier Cercas presenta su última novela: ’Las leyes de la frontera’ (Mondadori), donde la narra la vida y la leyenda del joven quinqui el Zarco, cuyo verdadero nombre era Antonio Gamallo, su amiga Tere y su basca, entre ellos el delincuente accidental Ignacio Cañas, el Gafitas. Javier explica en esta entrevista sus intenciones y la clave de la novela. Una parte de ella de ella puede leerse hoy en las páginas de Cultura de ’Heraldo de Aragón’.

 

 

-¿Qué le debe ’Las leyes de la frontera’ a ’Anatomía de un instante’, a su redacción, a sus hallazgos y a la complejidad de la Transición?

Hay gente que quiere ver en esta novela “la cara b” de Anatomía instante. Me parece bien: en Anatomía contaba la Transición desde el punto de vista de la alta política; aunque este libro transcurre desde 1978 hasta prácticamente hoy mismo, en él cuento la Transición desde un punto de vista más personal, casi sentimental, también desde el punto de vista de los de abajo: qué era de ellos entonces y que fue de ellos durante los años posteriores, en esa época de bonanza que parecía inacabable y que ahora se ha acabado. Por lo demás, todo libro se monta sobre el anterior, aprovechando sus hallazgos, el territorio conquistado en él, por así decir; de modo que Las leyes es imposible sin Anatomía, pero también sin todos mis libros anteriores.

-En todo lo que te he leído, me da la sensación de que tú también has vivido peligrosamente, de que podrías haber sido quinqui. ¿En qué medida es así o es una licencia literaria?

Me encantaría contestarte que yo también fui un quinqui, que en mi adolescencia crucé la frontera y durante un verano cogí una recortada y me puse a pegar tiros y a atracar bancos. Pero no es verdad. Siempre fui un buen chico, más bien pedante y bastante prudente (por no decir timorato). Ahora, en mi época los quinquis -esos jóvenes salvajes de arrabal que se entregaron a la violencia y las drogas- estaban por todas partes, convivíamos con ellos, y por eso no era difícil hacer como el protagonista o uno de los protagonistas de la novela: cruzar la frontera y ser uno de ellos.

-El libro parte de dos hechos: la visita a la exposición de los Quinquis, en el CCCB, y un libro de Carles Monguilod, ¿no? ¿Qué te atrapó de la muestra y del volumen?

Del libro de mi amigo Monguilod, el retrato que un penalista de Gerona hacía de un Vaquilla –Juan José Moreno Cuenca: el gran mito de los quinquis de mi generación- acabado y otoñal, convertido hacia principios de siglo en un superviviente de los quinquis y hasta de sí mismo, porque su época de esplendor había pasado y el ya era solo un pobre hombre envejecido y enfermo de sida. La exposición fue el auténtico detonante del libro. En ella proponían un paseo por la subcultura que se generó en torno a los jóvenes quinquis de los años 70 y 80, una subcultura muy intensa pero muy efímera (en realidad, duró menos de una década), y de la que apenas quedó rastro. Al final de la exposición había una gran sala llena de grandes fotografías de quinquis, chavales de mi edad, todos muertos muy jóvenes y de forma brutal: muertos por la violencia, por la heroína -que fue la guerra de mi generación- o por su consecuencia, el SIDA. Aquellos retratos me conmovieron profundamente. Por un momento pensé que yo podía conocer a cualquiera de aquellos chavales. Por un momento pensé que yo hubiera podido ser cualquiera de aquellos chavales. Y me pregunté: ¿por qué ellos sí y yo no? ¿Por qué ellos murieron tan jóvenes y de mala manera y yo estoy vivo y tengo una familia y un trabajo y he llevado una vida normal o eso que suele llamarse una vida normal? Bueno, esa es la pregunta que está en el corazón del libro, que el libro no trata de contestar –porque las novelas tienen prohibido contestar preguntas-, pero sí formular de la manera más compleja posible.

 -¿No es muy paradójico ver que el país lucha por la libertad, con todo el idealismo posible, y a la vez existen como terribles relatos de miseria, de marginalidad, gente que se ha quedado dramáticamente descolgada?

Puede ser paradójico, pero es así. La Transición y estos treinta años de democracia han sido así: a ellos les debemos probablemente el período de mayor prosperidad, libertad y justicia social de nuestra historia, pero la historia no es perfecta –malo cuando lo es o cuando dicen que lo es-, y no todo el mundo se benefició de esas cosas.

¿Has querido hacer una topografía de la ciudad, Girona, de sus líneas de sombra, de los burdeles, tan importantes, de los bares oscuros?

La verdad es que no. Gerona es el escenario de la novela, su telón de fondo, pero lo cierto es que la novela podría ocurrir en cualquier parte, porque, con todas las diferencias que se quiera, ’las leyes de la frontera’ existen en todas partes. Pero es evidente que, al mismo tiempo y como tú dices, la novela está muy arraigada en la ciudad de mi infancia y mi adolescencia (y de ahora mismo): digamos que, como todos los libros que aspiran a la condición de literatura, éste aspira a ir de lo particular a lo universal.

¿Qué lugar ocupaba la droga?

Fundamental: ya te digo que fue la guerra de mi generación. Concretamente la heroína. Fue una epidemia espantosa, que se llevó a decenas de miles de chavales: increíblemente, todavía no sabemos cuántos. Más los mutilados de guerra, claro, que todavía andan por ahí. Ese es, de todos modos, un tema subterráneo en la novela, aunque todos o casi todos los chavales de la basca del Zarco mueren a causa de la heroína. La droga, además, permitió una mayor permeabilidad entre las clases sociales, entre las fronteras de todo tipo.

Me ha llamado mucho la atención la estructura de la novela: las dos entrevistas, tan minuciosas, con el protagonista, El Gafitas, con el policía y con el director de la cárcel. ¿Por qué esa arquitectura narrativa, ese viaje hacia la memoria?

Porque es la que encontré después de mucho pelear con el libro. Me gusta mucho esa definición que da Orhan Pamuk de lo que es escribir una novela: “Cavar un agujero con una aguja”. Eso es también para mí: un proceso de exploración, de averiguación. Hasta que das con la forma que surge del fondo con la misma naturalidad con que el calor surge del fuego. O mejor dicho: hasta que das con la única forma posible de la novela, la que te permite decir aquello que antes de empezar la novela ni siquiera sabías que querías decir y que solo has descubierto que querías decir mientras escribías la novela.

¿Tenías en la cabeza algún libro, algún modelo?

Mentiría si dijera que sí. De todos modos, me temo que llevo ya muchos años escribiendo westerns. En este libro incluso el título es casi de western, ¿no te parece?

Hablemos de los personajes: el Zarco. Parece inspirado en el Vaquilla y a la vez tiene algo de estereotipo de delincuente juvenil...

Claro, en un principio me inspiré en el Vaquilla; era inevitable: si quieres crear una leyenda de la delincuencia juvenil de la época, tienes que ir a él. Pero naturalmente es un personaje ficticio, con rasgos de otros delincuentes de la época y con un noventa y cinco por ciento de rasgos inventados (pero he querido dejar ese 5 por ciento del personaje real, como una huella dactilar del Vaquilla; para mi sorpresa, mucha más gente de lo que pensaba lo recuerda todavía). Todos los personajes novelescos son así: un poco Frankenstein. La fantasía pura no existe (y si existiese no tendría el menor interés); siempre parte de la realidad y está contaminada –felizmente contaminada- de ella.

 Me fascina Tere: es una mujer segura de sí misma, promiscua, misteriosa y a la vez carece de escrúpulos. ¿Existían chicas así?

No lo sé: si existió alguna, me hubiese encantado conocerla. Aunque me temo que hubiese sido peligrosísimo: Tere es ese tipo de chicas que, por lo menos a mí, me hubiese hecho cometer muchas más tonterías de las que ya he cometido. Con eso también quiero decir que es el personaje del libro al que más quiero. Para mí es el verdadero e inesperado protagonista del libro, el que encarna su nervio moral.

El personaje que más detesto posiblemente es el Batista. Encarna el matonismo, la violencia indiscriminada... ¿Es la violencia uno de los temas decisivos del libro?

Probablemente. Una de las leyes fudamentales de la frontera atañe a ella: ¿nunca es legítima la violencia? ¿O cuándo lo es? ¿Y quién puede ejercerla? ¿Y es la misma violencia la que se ejerce más allá de la frontera que la que se ejerce más acá? Por lo demás, la violencia me horroriza en la realidad, pero me fascina en la ficción.

La novela es dura, tiene una atmósfera de cine negro, de western como dices, de denuncia y a la  vez ay como un ambiente un poco romántico. ¿Ha sido deliberado?

No: salió así. Sobre todo lo del ambiente un poco romántico. Hay que joderse: ¿quién me iba a decir a mí que a los 50 años escribiría una historia de amor?

El libro vuelve a tocar dos temas: el periodismo y la metaficción. ¿Has querido insistir en esa idea tan presente en tus libros de que entre la realidad y la ficción existe una frágil membrana?

No: si eso está en el libro, es también porque ha salido así. Uno hace libros todo lo distintos que puede –porque las preguntas que se plantea son distintas-, pero al final uno es el que es, no puede escapar a sí mismo, y hay cosas que te salen aunque no las busques ni las esperes. Añado que toda ficción es metaficción, y que no hay novela –o al menos novela decente- que en el fondo no hable de la propia novela. En cuanto al periodismo, es verdad que aquí, como en Soldados de Salamina, hay un periodista que busca una verdad histórica (sobre Sánchez Mazas en el caso de Soldados; sobre el Zarco en Las leyes) y al final acaba encontrando una verdad distinta, de orden moral o universal, en definitiva una verdad literaria. Pero en Soldados trabajaba con materiales reales, históricos, mientras que aquí los materiales son ficticios, aunque naturalmente basados en la realidad. Creo que eso, entre otras muchas cosas, hace distintas las dos novelas.

¿Puede un novelista no ser ambiguo o la ambigüedad es consecuencia de la complejidad para entender las cosas?

La ambigüedad es una de las principales armas de conocimiento que posee la novela. Así que una novela sin ambigüedades, sin puntos ciegos u oscuros, casi nunca es una buena novela. Esos puntos ciegos son lo esencial de las novelas: su oscuridad es lo que ilumina, su silencio es lo que resulta elocuente, su no ver es la forma que tiene la novela de ver. Es quizá la paradoja esencial del género. Y su principal virtud.

¿Por qué tus libros son tan deudores de la realidad, de la historia?

La realidad es el carburante de la literatura, de la imaginación, de la ficción. En cuanto a la historia, al pasado, bueno, a partir de determinado momento de mi vida –más o menos los 40 años-, hice un descubrimiento literario –es decir, vital- que cambió mi vida literaria –y también la otra-: descubrí que el presente no se explica sin el pasado, que el pasado, como decía Faulkner, no pasa nunca, siempre está aquí, actuando sobre nosotros, que el pasado es el presente o por lo menos una dimensión fundamental del presente, y que el presente no se explica sin él. Esto, insisto, cambió mi forma de escribir: desde entonces mis libros no es que hablen del pasado –y menos aún son novelas históricas-, sino que hablan de la relación entre el pasado y el presente, de cómo el pasado determina el presente, de cómo no podemos explicarnos sin él.

En tus obras hay una reflexión constante sobre la escritura. ¿Ya sabes por qué escribes, ya sabes qué buscas?

No. Si lo supiera del todo, quizá dejaría de escribir. De momento creo que escribo, además de para ganarme la vida, para buscar la embriaguez que he experimentado escribiendo determinadas frases o páginas. Esto lo dijo muy bien Ciril Connolly: “La recompensa del arte no es ni la gloria, ni el éxito, sino la intoxicación”.

 

*La foto de Javier Cercas es de Daniel Mordzinski.

JOSÉ VERÓN GORMAZ: TRES POEMAS

JOSÉ VERÓN: TRES POEMAS DE ‘RITUAL DEL VISITANTE’

José Verón Gormaz, poeta y fotógrafo, acaba de publicar un nuevo libro, el primero en Olifante: ‘Ritual del visitante’: un libro sobre sus temas capitales, el tiempo, la naturaleza y la palabra, y la intimidad que nace de la vida, del dolor, de los sueños. Copio aquí tres poemas de José.

 

  

José por Luis García Domingo.

 

El grito

 

Desde esta habitación oigo la vida.

Sus latidos,

                 sus pasos,

                                         su diáspora.

 

A través de la niebla vuelve un grito

que se estrella en la burla del silencio.

Veo el semblante adusto de lo efímero,

la sonrisa del frío en los cristales.

 

Sobre líneas de sombra alucinada,

tiembla el germen oscuro de la luz,

el fuego inmóvil de la incertidumbre.

 

 

Una foto de José Verón.

 

Monte Perdido

 

La montaña y el cielo:

 

                  

el azul primordial y la blancura

 

como luz que convoca a la palabra

 

 sobre el alto rumor de los destinos.

Brumas y lejanías

                                            tejen la inmensidad.

 Paz esencial en las alturas.

 Olvido y pensamiento ante el abismo.

  

    Bikor

 

Latía, exhausto y frío, el corazón del bosque.

 

La nieve se evadía

 

                               hacia la claridad.

 

El musgo humedecido,

 

                               la paz de los helechos,

 

las trampas de la luz entre los árboles,

 

espejos parecían de las horas

 

perdidas lentamente en la espesura.

 

Alcé al viento la voz y la mirada

 

cual invocando un gesto de la tarde

 

que, despacio, avanzaba y se tendía.

 

Me respondió el silencio

 

                                con sus fugaces duendes,

 

y sentí la presencia de una amenaza estéril,

               

la inquietud apagada de las brumas secretas

 

que inexorables brotan desde la soledad.                 

 

 

 

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'DÍAS DE FIESTA': ANA ALCOLEA

'DÍAS DE FIESTA': ANA ALCOLEA

DÍAS DE FIESTA

 

Ana Alcolea (Zaragoza, 1962) es escritora y profesora de literatura. Premio Anaya 2011. Acaba de publicar ‘Napoleón puede esperar’.

 

 

 

“Nunca he cantado bien la jota”

 

Lamentablemente nunca he cantado bien la jota” 

 

“Me gusta la variedad de trajes aragoneses”

 

“Mis personajes pilaristas son mi madre y Pilar Lorengar”

 

 

 

Antón CASTRO. Zaragoza

 

 

-¿Qué significa el Pilar para usted?

He de reconocer que no soy muy amiga de fiestas en las que parece obligatoria la diversión.

 

-¿Qué es lo que más le gusta o le disgusta?

Algo de lo que más me gusta coincide con lo que más me disgusta: los fuegos artificiales. Me gusta contemplar la lluvia de estrellas de colores en el cielo. Me disgusta el dineral público que se gasta en pocos minutos. Y también me gusta la Ofrenda de flores.

 

-¿A qué recuerdos están asociados estos días?

Cuando era pequeña, el Pilar era el momento en el que venía a Zaragoza mi familia madrileña. Mi madre hacía mucha comida, y mi prima y yo jugábamos a adivinar números. Por alguna razón, en aquellos tiempos nos gustaban las matemáticas... Otro recuerdo de infancia es el de los toros: mi padre tenía un abono para la Feria, y mi madre y yo íbamos a buscarlo; los porteros casi siempre nos dejaban pasar al final y podíamos ver el último tercio del último toro, el de “la jota”. También recuerdo las dos veces en las que salí en la ofrenda: la primera vez hacía un viento gélido, y la segunda un calor sofocante. Un recuerdo recurrente de los ‘Pilares’ son los dolores de pies...

 

-Parece un chiste...

-...de pequeña solía estrenar zapatos y había que andar mucho, porque los autobuses siempre estaban llenos y había que subir al barrio de Torrero andando. Entonces me parecía un paseo muy largo. Ahora no... Años después, durante el periodo en el que viví fuera, pasé muchos ‘Pilares’ sin poder venir a la ciudad. Entonces sentía nostalgia y me ponía la televisión para ver la ofrenda...

 

¿Cuáles son sus espectáculos favoritos?

No me gusta ir a lugares en los que hay mucha gente apretada. Y tampoco donde hay mucho ruido, así que no salgo mucho por los lugares propios de las fiestas. ¿Mi espectáculo favorito? Ver  un rato la ofrenda en Independencia: me gusta la variedad de los trajes aragoneses, y además, siempre me encuentro con alguien conocido.

 

¿Y su lugar predilecto?

Mi casa con un buen asado de ternasco, un buen vino, y buena compañía.

 

¿El Pilar es tiempo de charangas, de gigantes y cabezudos, de circo, de teatro, de grandes conciertos, de aventuras amorosas...?

Los cabezudos me daban mucho miedo en mi infancia. Al circo sí que iba: en aquel tiempo me habría gustado ser trapecista, tal vez porque nunca tenía los pies en el suelo... No recuerdo haber ido al teatro en días pilaristas. En cuanto a las aventuras amorosas..., cuando era joven tampoco era muy noctámbula, así que no conocí a ningún galán de noche... ¡Lástima!

 

Si tuviera que contarle a un foráneo las claves o el embrujo de las fiestas del Pilar, ¿qué les diría?

Que si disfruta la buena comida, el buen vino, la fiesta en la calle, y cierto fervor religioso, lo pasará bien.

 

Estas también fiestas de tapeo. ¿Cuál es su debilidad?

Las tapas de Los vitorinos y los dulces de Fantoba. Si salgo estos días, tomaré la tapa estrella de la casa, con foie y boletus. Y seguro que para endulzar la hora del café compro unos “macarrons” de Fantoba.

 

¿Qué le sugiere la Ofrenda?

No puedo evitar asociarla a mis recuerdos de mucho calor, de mucho frío y de dolores de pies. No obstante, me gusta mucho el colorido y el primor con el que cientos de personas miman su atuendo, los trajes, los mantones, los tocados, las joyas. Y respeto y admiro el fervor con el que tantos hombres, mujeres y niños hacen su ofrenda sagrada ante la virgen, muchos de ellos por promesas, gracias recibidas, curaciones... Conozco casos muy emocionantes.

 

¿Cómo se vive el Pilar desde la literatura?

Hay mucho espectáculo para todos los sentidos. Y los escritores nos nutrimos de todo aquello que vivimos, lo que observamos, lo que escuchamos, lo que olemos, lo que comemos y bebemos, lo que tocamos... En el Pilar hay mucho que ver, que oír, que oler (ese olor a churros..., otro recuerdo infantil), que comer y beber, que tocar... Nunca he escrito nada que se ambiente en el Pilar..., pero nunca se sabe...

 

¿Qué nos recomienda para estos días, qué libro, qué espectáculos?

Cualquiera de los conciertos programados en el Auditorio me parecen muy atractivos. Un libro... ‘La muerte del padre’, del noruego Karl Ove Knausgaard, que es una gran novela.

 

¿Qué ocurre entre la jota y usted? ¿Se llevan o no se llevan?

Me gusta cantar, pero lamentablemente nunca he cantado bien la jota. En mi familia ha habido buenas cantantes de jota, mi madre, mi tía Mari... En mi adolescencia aprendí a bailar mal la jota de Alcañiz, que es muy difícil, y nunca la bailé delante de nadie. No estaba dotada. Parece que los días del Pilar son días amigos de la jota. Me gustan las jotas que se cantan dentro de las zarzuelas, sobre todo cuando se las he oído a Beatriz Gimeno y a Santiago Sánchez Jericó. Y las jotas bailadas por Miguel Ángel Berna y su compañía.

 

 

¿Cuáles serían sus dos o tres mejores anécdotas?

Cuando era niña, un día me perdí en las ferias sin darme cuenta, y cogí equivocadamente la mano de un hombre que no era mi padre. Pasé una vergüenza tremenda. Ya de estudiante en la Universidad, recuerdo una víspera del Pilar con mi amiga Begoña. Al cruzar el Parque Pignatelli camino de casa, vimos un grupo de jóvenes que cantaban y tocaban la guitarra. Nos sentamos con ellos. Una de las chicas cantó una canción que me pareció preciosa. Luego la  he cantado yo en muchas reuniones: ‘Alfonsina y el mar’.

 

¿Quién ha sido el gran personaje pilarista?

Como gran personaje familiar, a mi madre le gustaba mucho el día del Pilar. Lo celebrábamos poniendo en el recibidor una imagen de la virgen y vistiéndola con un manto que ella misma había confeccionado y pintado. Y como personaje del gran mundo, Pilar Lorengar, que pronunció el pregón de fiestas en 1991 y si no me falla la memoria, cantó un ‘Ave María’ en el camarín de la Virgen. Pilar Lorengar fue una de las grandes voces operísticas del siglo XX. Nació en Zaragoza, se puso  Pilar como nombre artístico, y muchos zaragozanos no saben quién fue. A lo mejor en algún viaje a la casa de Mozart en Salzburgo, ven alguna fotografía suya interpretando ‘La flauta mágica’, y desconocen que la mejor Pamina  nació en esta ciudad de viento...

 

*La foto es del archivo en internet de Heraldo de Aragón.

 

OLGA BERNAD: DOS POEMAS

[Olga Bernad, poeta y novelista, me envía dos poemas de su nuevo libro, en el que está trabajando y que se publicará en 2013 o 2014. Me envía, además, estas breves notas.]

 

Este poema salió publicado en mayo en una revista andaluza que inicia su andadura y de la que hablaré en mi próxima entrada. No sé si formará parte de La vida extrema. Ni siquiera lo había publicado en el blog. Me siento ahora muy cercana a este poema.   

 

 

PÁJAROS EN LA CABEZA

 

Lo que fecundan pájaros estériles

sobre tu centro abierto, disfrazado

de la fruta carnal que al menos sabe

dejarse devorar por otros labios.

 

Quisiera proteger de lo mezquino

tu malogrado asombro solitario.

No existe dios que lo sostenga, nadie

le rozará los dedos con su nombre.

 

 

Este otro es técnicamente inédito, aunque apareció en el blog allá por mayo. Es uno de los que más me convencen. Se acerca al tono que creo buscar y se aleja de lo que quisiera alejarme (creo que la poesía es un tono, una sensación). No sé, espero que te gusten.

 

 

TODOS LOS HÉROES

 

Todos los héroes eran hombres solos

(los recuerdo en el cine y en los cuentos).

Mad Max y Máximo,

Satán y don Quijote

no tenían mujer, o la perdieron

o quedaron vagando ciegamente

en el infierno de inventarse una.

Casi siempre me aburren sus historias.

Los quería a pesar de sus historias

porque, pese a las trampas de la historia,

todos los héroes eran hombres tristes.

 

 

*Todas las fotos son de Imogen Cunningham.

OSÍAS STUTMAN: UN POEMA

[Hace algunos años, más de una década, desde luego, conocí al poeta y científico Osías Stutman y le publiqué un libro en Olifante. Argentino, vinculado con Mallorca y Barcelona, compañero de Margalida, era un hombre muy especial, apasionado. Teníamos un amigo en común: Julio Frisón, que vivía con la uruguaya Margarita, otra mujer maravillosa. Osías acaba de aparecer por aquí: acaba de publicar este extenso poema de teatro y de homenaje a Chejov y a las mujeres actrices.

 

 

 

Dice Osías que este poema parte de ‘El Mar de Bohemia (Un libro de homenajes)’ aún inédito. Osías Stutman ©

 

HOMENAJE A LAS TRES HERMANAS PROZOROV

Y A UN TEATRO EN MOSCÚ QUE NO VISITÉ *

 

El aliento de las actrices

roza ahora mi mejilla. Olga

agotada, Masha o Maria la doliente

y casada, Irina estatuaria, la dueña

 

de la imaginación que ese viento

invernal sacude y ensancha. [Y Natasha la

cuñada de ellas tres y Galina (Volchek)

que es la reina heroica del teatro que nunca visité].

 

Son mis cuatro inocentes, golpeadas por la

vida sin control. Son el mundo

del doctor enfermo que cura

sin sanar. Es la enferma de pena fiera,

 

tormento y deseo, amor de militar

moribundo en sus ojos. Son los trescientos

mil deseos sin cumplir que hoy desfilan

con dignidad y fría pasión de veteranos

 

de guerra con sus medallas. Todas me susurran

palabras al oído, tiernas palabras y diminutivos

y palabras que acarician como manos. Mis breves

horas con ellas me envuelven como un hilo de seda

 

y me anegan de nostalgias. A veces me obligan

a decir tonterías, a atacar a su creador, otras

a cantarle alabanzas y a veces a abandonarlas

muchos años y luego volver a ellas mohíno,

 

ruborizado, pidiéndoles disculpas a todas ellas

y al autor. Siempre me perdonan pero es amor glacial

peor que el odio, amor que me tumba

de costado como caballo herido. Siempre me

 

dicen que soy tonto y que ellas no existen.

Son mi melancolía esas hermanas. ¿Cuántas

escenas familiares he contemplado con ellas?

¿Cuántos viajes a las Encantadas hicimos juntos?

 

Son miradas de ojos oscuros las suyas. Las actrices,

las hermanas me miran con intensidad, sin

hablarme. No me hablan si yo no hablo primero.

Y este poema, en algún momento, ocupó

 

el lugar del mundo por seis días, el mismo centro

del mundo y el resto se esfumaba de mi visión

y caían los nidos de los árboles con sus pichones

piando, trinando, gritando como coro griego.

 

Nunca soñé que los personajes de un texto

podrían integrar mis horas de vigilia como si

siempre hubiéramos estado juntos, viajando

y discutiendo como discuten los hermanos,

 

con energía y saña de zorros del bosque. Me

rebelé más de una vez a ese dominio siempre

sin éxito. En cada nuevo encuentro

me lo hacían recordar con duras palabras.

 

Y mi rubor traicionaba mi alegría que

no quería mostrarles. Me alegraba

su falso enojo. Mi familia imaginaria

imaginada por otro para mí, como

 

si hubiéramos hecho un pacto con el autor

muchos años antes de que yo naciera. Ahora

escribiendo este poema siento la emoción

del ladrón admirando su tesoro a solas.

 

Chejov me amenaza en un sueño y dice que yo

seré uno de esos personajes que se nombran

pero no aparecen en la obra. Despierto

sin saber si hará eso o me dejará sin hogar.

 

(*) Nota: Las tres hermanas son los personajes centrales de la obra teatral de Chejov (estrenada en 1901). El teatro de Moscú es el Sovremennik fundado en 1956 y dirigido por Galyna Volchek desde 1989 a 2012. La primer obra que vi montada por el Sovremennik fue “The Three Sisters” en Nueva York, en 1996. “Sovremennik” (quiere decir algo así como lo contemporáneo) fue el nombre de una revista literaria fundada y dirigida por Pushkin en San Petesburgo en 1836 y luego de su muerte dirigida por otros siguió publicándose hasta 1866. Gogol, Tyuthchev, Nekrasov, Panaev, Turgenev, Goncharov, Herzen y muchos otros librepensadores, poetas y novelistas colaboraron en esa revista.

'DÍAS DE FIESTA': JOSÉ LUIS CORRAL

'DÍAS DE FIESTA': JOSÉ LUIS CORRAL

DÍAS DE FIESTA

 

José Luis Corral (Daroca, 1957) es escritor y profesor de Historia Medieval. Presidente de la Asocación Aragonesa de Escritores, publica ‘El enigma de las catedrales’ (Planeta, 2012)

 

“En Zaragoza no existe el concepto de ‘forastero’”

“Lo he pasado muy bien con Marianico ‘el Corto’”

 

Antón CASTRO / Zaragoza

 

 

¿Qué significa el Pilar para usted?
No soy muy de fiestas, porque no me gusta que me programen nada y menos la diversión, pero me encanta que la gente lo pase bien, con eso me conformo.

¿Qué es lo que más le gusta o le disgusta?
Me gusta la gente en la calle, la alegría, ciertas actitudes de  
desinhibición. Me disgusta mucho la suciedad y la falta de civismo, el que algunos crean que por estar de fiesta vale todo y se puede dejar  la ciudad hecha un asco.

 

¿A qué recuerdos están asociados estos días?
En la niñez al ferial de atracciones, con mis padres viniendo desde 
Daroca. En mi juventud, a las noches de juerga con los amigos. Y ahora,  en la cincuentena, vivo el Pilar con cierto desapego.

 

¿Qué suele hacer? ¿Cuáles son sus espectáculos favoritos?
Apenas me he quedado en Zaragoza durante las fiestas en los últimos años. Cuando mis hijos eran pequeños, los espectáculos favoritos eran los juegos en el parque Bruil, los fuegos artificiales, los pasacalles, y la música en las calles y plazas del Casco Histórico. Los días que estoy en Zaragoza paseo por  las calles y voy a algunos espectáculos que me interesan.

¿Cuál es su lugar predilecto?
En fiestas, sin duda el Casco Histórico, cualquiera de sus placitas.

 

¿El Pilar es tiempo de charangas, de Gigantes y Cabezudos, de circo,  de teatro, de grandes conciertos, de aventuras amorosas...?


Claro. Y también de madrugadas sin prisas, de calles llenas de 
gente, de tiempo detenido, de olvido de las penas cotidianas...

 Si tuviera que contarle a un foráneo las claves de las fiestas del Pilar, ¿qué le diría?
Que la calle es de la gente, que en Zaragoza, y en Aragón en 
general, no existe el concepto de “forastero”, que, salvo en algunos 
casos, la calle y las fiestas son de todos.

Hablemos de gastronomía. ¿Cuáles  son  sus preferencias?
Me encanta el tapeo, pero me agobia tanto personal acumulado en torno a una barra. Disfruto mucho yendo de tapas por el Tubo, por el Coso Bajo o por las calles adyacentes al Paseo de la Independencia y a la Plaza de los Sitios. Pero prefiero un buen almuerzo o una cena en cualquier restaurante tranquilo.

 

¿Qué le dice la Ofrenda?
Que si el poder político coincide con los sentimientos de la gente, un “invento” reciente, como la Ofrenda de flores, se convierte en una tradición que parece secular.

 

¿Cómo se vive el Pilar desde la literatura y la historia?
Desde la literatura apenas se vive, pues esos días nadie tiene 
tiempo para dedicar un minuto a la lectura. Desde la Historia como un fenómeno a estudiar, pero cuando acaban las fiestas.

 

¿Recomendaría algún libro para estos días?
He terminado ‘Marozia’, una novela histórica del poeta Emilio Quintanilla Buey, que, aunque habla de los papas en el siglo X, da mucho que pensar. Pero, en fiestas, pues también recomendaría cualquiera de los libros del dúo de entrañables “gamberros” del humor que forman Joaquín Carbonell y Roberto Miranda.

¿Cuáles serían las dos o tres mejores anécdotas que ha vivido?
Hace tres años vino a mi casa, por estas fiestas, un amigo de mi hijo que reside en Madrid. Tenía rastas en el pelo y vestía como Bob Marley. Íbamos por la calle Alfonso y alguien se acercó para preguntarle si era músico. Yo me reí, porque ese chico había ganado el primer premio como mejor alumno de matemáticas de España. Y es que, hasta en fiestas, las apariencias engañan. Y la cara de asombro de mis dos hijos cuando, con 5 y 7 años, les hicieron una caricatura en el Paseo de la Independencia. Ninguno la quería porque decían que no eran ellos.

¿Quién ha sido el gran personaje de sus ‘Pilares’?
Desde el punto de vista “mítico”, un Francisco de Goya en una obra de teatro de hace unos años. Y algo más terrenal: aunque parezco un tipo serio, y esto puede parecer banal, lo he pasado muy bien con Marianico ‘el Corto’, con el cual he compartido alguna cena y muchas risas.

MARUJA TORRES O EL PERIODISMO HOY

MARUJA TORRES O EL PERIODISMO HOY

[A finales de los años 70 'El País' era mi periódico de cabecera. Como un 'Catón' cotidiano. Allí leía a muchos periodistas que han sido mis maestros en la distancia: Manuel Vicent, en primer lugar, Martín Prieto, Maruja Torres (me gustaba su periodismo social y sus crónicas de cine), Marisa Flórez y Luis Magán, como fotógrafos, Álex Martínez Roig, García Candau, Luis Gómez, Rosa Montero (a la siempre he admirado como entrevistadora; la conocí y la admiro mucho más por todo); la lista sería interminable. Aquel periódico lo dirigía Juan Luis Cebrián, que publicaría incluso dos novelas y parecía tener una autoridad especial: una autoridad intelectual, com se vio en el 23 de febrero. Luego Cebrián tomó diversas derivas y pasó de ser un maestro del periodismo, o un director de equipos, a otra cosas. Este artículo es una reinvindicación de un periodismo clásico y es la crítica feroz a un profesional que siguió otros derroteros... Maruja Torres recobró en Barcelona su brutal sinceridad, la fuerza de sus convicciones.]

 

Crónicas del Nuevo Periodismo. Por David VIDAL

http://www.somatents.com/maruja-torres-las-redacciones-son-hoy-un-entorno-de-peloterismo-salvaje/

 

MARUJA TORRES: “LAS REDACCIONES SON HOY

UN ENTORNO DE PELOTERISMO SALVAJE”

 

 

La veterana periodista afirmó en el acto de inauguración de curso de la Facultad de Comunicación de la UAB que “el periodismo de la excelencia hace tiempo que no se encuentra en los diarios”


La periodista dio, en el Aula Magna de la Facultad de Comunicación de la UAB, el pasado martes 9 de octubre, una lección magistral a cientos de estudiantes. / UAB

 

Maruja Torres criticó duramente al consejero delegado del grupo Prisa, Juan Luis Cebrián, al que llamó “cateto” y “pijo rencoroso sin conciencia”, por su responsabilidad en el ERE de El País, en el acto de inauguración del curso académico de la Facultad de Comunicación de la UAB el pasado martes 9 de octubre. También lamentó la deriva mediocre de las redacciones, “un entorno de peloterismo salvaje”, y del periodismo, que busca gente “dócil y absorbida por el sistema”.

 

“Soy Maruja Torres, tengo 69 años y 48 de profesión, y mucha mala leche”. Maruja Torres, la Maru en guerra, la ganadora del premio Planeta y Nadal, la escritora de bandera, la mujer periodista, recordada como un mito por su valentía hombruna y por su saque alcohólico por los pocos periodistas que aún quedan en la redacción de El País, querida, asimismo, por su inquebrantable solidaridad con el débil, y valorada por su ojo infalible para la crónica y el reportaje, géneros que siempre ha practicado con una prosa viva y precisa, próxima, chispeante, imaginativa (como cuando bautizó a la zagala de la dinastía de Rocío Jurado como Roci-Hito o cuando habla, hoy mismo, de Soraya SS), se presenta así ante cientos de estudiantes de periodismo, que cuando oyen “mala leche” se arrebujan y murmuran cabeceando en sus asientos del aula magna porque vienen con ganas de juerga.

“Pero hoy es un día triste para las libertades en este país”, prosigue Maruja, con rostro serio. Es, efectivamente, el día del ERE en su periódico de toda la vida, El País. “Hoy 138 periodistas bien formados y que saben de lo que hablan, con capacidad crítica para oponerse al sistema, serán despedidos y sustituidos por gente dócil, absorbida por el sistema desde el inicio y dispuesta a hacer de todo por 800 euros.”


“El por qué es la pregunta fundamental en el periodismo y en la vida. Hay que practicar un periodismo de la contextualización, de la memoria”


Desde ese periódico, hoy deshinchado y desleído, Maruja tuvo los redaños de cubrir guerras en las que fue la Fallaci española; estaba en ese periódico cuando llamó “nazi sionista” a un ministro israelí por su política en los territorios ocupados en los años 80; en ese periódico vivió en Panamá la muerte por las balas estadounidenses de su compañero y fotógrafo Juantxu Rodríguez. En ese periódico. Y le preguntan, claro, por el editor Juan Luis Cebrián, por su sueldo astronómico, con el que se podrían pagar 400 redactores según convenio vigente, y por su parte de responsabilidad en la decadencia y caída del mejor diario de la democracia española.

“La historia de El País –dice– es la de Saturno devorando a sus hijos. Cebrián nunca asumió no ser el hijo carnal de Polanco. Es rencoroso y pijo, pero un pijo sin conciencia. Decía que estaba salvando el periodismo, que había un cambio de paradigma. Mentira. Perdió 5.000 millones de euros jugando al capitalismo de casino, comprando radios en Miami y teles latinoamericanas que no valían nada. Quería ser un tiburón de Wall Street pero era una sardinita que todo lo hizo mal. Se pulió las ganancias del trabajo de todos nosotros en la aventura del mejor diario de la democracia española. Cebrián era un quiero y no puedo, un cateto”.


“Cebrián es un cateto pijo, rencoroso y sin conciencia. Quería ser un tiburón de Wall Street pero era una sardinita”


Sin perder ritmo, la veterana periodista, que ha acudido a dictar una lección inaugural –“caótica, como yo”- a la Facultad de Comunicación de la UAB, obligada por las convenciones del género, aborda el estado del periodismo actual. “El ‘por qué’ es la pregunta fundamental en el periodismo y en la vida”, dice. Reconoce que “en el periodismo ya está todo inventado”, pero recuerda que “cada generación lo debe sentir todo como nuevo”. Por ello animó a practicar un “periodismo de la verdad”, es decir, “de la contextualización, de la memoria, un periodismo de la excelencia, que hace tiempo que no se encuentra en los diarios”, en buena parte porque en las redacciones de los periódicos se vive hoy “un entorno de peloterismo salvaje” en el que los buenos jefes brillan por su ausencia.

“Hay periodistas –explica– que sólo quieren ser jefes. Son los más mediocres y dóciles. Y ser jefe es lo más fácil del mundo. Cierto que hay mucha gente dando codazos y haciendo putadas para trepar, pero al final lo consiguen porque pese a que hay muchos se trata sólo de ir haciendo putadas e ir subiendo. En un mundo justo no sería así, pero la justicia hace tiempo que no está por las redacciones.”


“Los jóvenes acabaréis con todo esto: habrá que barrer mucha mierda y para hacerlo os tenéis que formar mucho”


Ante la grave situación actual, Maruja Torres llamó a los estudiantes al “boicot de forma profesional” y los animó a tomar el control y a acabar con todo lo que no funciona del sistema. “Yo formo parte de la generación que trajo la democracia, y éramos muy conscientes de que era eso lo que nos tocaba hacer. Ahora está muy claro que os toca a los que sois jóvenes acabar con esto. Sois claramente una generación destinada a hacer cambios. Para ello debéis formaros y formaros bien, para cuando sea necesario barrer toda la mierda que nos están dejando. Y habrá que formarse mucho para barrer mucho. Leyendo a Zweig te das cuenta que incluso esos grandes imperios y esas clases burguesas del siglo XIX se descompusieron y tuvieron que ser sustituidas por algo nuevo. Ahora todo se está descomponiendo mucho. Vosotros tendréis que hacer ese proceso.”

Maruja Torres, la Maru en guerra, la escritora de bandera, la mujer-periodista, salió del aula magna como Manolete tras una buena tarde: arropada y casi aupada por un jovencísimo gentío. Una alumna se filtró entre las autoridades académicas que la rodeaban para criticar lo poco que escriben en la carrera, lo difícil que es luego encontrar trabajo.
- Qué hacemos con la vocación? –le espetó.
- Eso es lo jodido –contestó Maruja–, los sueños rotos de las personas.
- ¿Cómo vamos a hacer todo esto sin seguridad social ni contratos, ni sueldo?
- Estamos peor que nunca. Pero la obligación del periodismo –dijo gravemente– es seguir intentándolo. Romper el techo. Meterles el miedo en el cuerpo.

Una lección inaugural.