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Antón Castro

Escritores

DANIEL RABANAQUE Y SU WEB

El poeta, rapsoda, fotógrafo y librero (en Casa del Libro) Daniel Rabanaque –que integra el trío Rabanaque, Don Nadie y Zombra- me hace llegar esta carta, a su peculiar y poética manera, y esta revelación de sus nuevas actividades en la red.

 

!aloH

 

no en secreto, pero sin darlo mucho a conocer, llevo unos meses alimentando la web con poemas y otros textos, un todo bien variado.

No he querido hasta hoy invitar a visitarlo de manera abierta.

Hoy, cumplidas las 99 entradas, ya me siento respaldado (un poquillo, no mucho, eh?) para cursaros billete de entrada.

Me apetece por fin que vayáis pasando, según os venga en gana, las páginas de este cuaderno abierto.

He querido dejaros entreabierta, como recibimiento, una puerta oculta: una lista no publicada todavía en el corpus oficial con algunas recomendaciones libreras, siempre útiles a la hora de hacer un regalo, descubrir nuevas fuentes de aprovisionamiento lector o experimentar sensaciones desconocidas, pero sin exquisiteces, ni rarezas ni nada inasequible:

http://aquariablog.wordpress.com/libros-sei/

La entrada principal, para quien guste de itinerarios más frecuentados, es: http://aquariablog.wordpress.com/, aunque debo añadir que la alfombra roja le he dejado en la tintorería y no estará disponible en varios años.

El porqué del nombre elegido y otros porqués se explican en algunos rincones no demasiado recónditos. En todo caso, el balance general de esta página es que hay tantas preguntas sin respuesta como respuestas que ignoran cualquier pregunta.

Es posible que esta no sea la última vez que os hablo de este blog. Vamos, si sigo tan contento con su marcha como hasta ahora, podemos estar seguros de que volveré sobre el tema, quien sabe si dentro de otras cien entradas.

Espero que encontréis en él alguna cosilla que os guste/interese/sorprenda/seduzca/incite. De no ser así, es que algo estoy haciendo mal y estaría bien que me lo hicieses saber (además, si es así puedes pedir que te borre de esta lista). También se agradecerán, y mucho más, y con todo el colorao del corazón, los comentarios destinados a dar ánimos o a hacer saber que habéis encontrado placer en alguna de las lecturas.

Os espero y podéis pasar sin llamar.

salù!

PÉREZ MORTE & LEO TENA

PÉREZ MORTE & LEO TENA

DE PALABRAS Y NÚMEROS (Para Antón CASTRO)

Por Antonio PÉREZ MORTE. Poeta

Este año no he tenido tiempo de hacerme con la tarta de Santiago. El día ha estado lleno de números, sólo números: será el calor. No quería enviarte una escala, un logaritmo, una fracción, el diámetro de los hierros corrugados, de las molduras de escayola, la relación peso/volumen de las gravas o un jirón de calendario.  No quería y sin embargo, el día ha seguido avanzando sin palabras.  Al llegar a casa, tarde, he abierto la cajita de madera donde guardo las cosas de valor, pero sólo he encontrado palabras repetidas y he jugado con ellas dándoles vueltas.  Les he cambiado el orden para que quedase más bonito, para decir, sin nombrarlas, las cosas que tantas veces nos hemos dicho. Felicidades, amigo!   

 

El pasado día 26, Antonio Pérez Morte, poeta, apasionado del arte y del paisaje y de la música, publicó esta nota en su blog y me la envió. Era un gesto de cariño, como tantos otros de los suyos, y de felicitación por mi cumpleaños. Encuentro el texto y lo cuelgo aquí con toda mi gratitud hacia Antonio Pérez Morte, que sigue viviendo, escribiendo y soñando en Sabiñánigo. La foto es de Leo Tena y pertenece a la muestra colectiva ’Pieles de papel’ que forma parte de la muestra Punto Photo Teruel.

ALFREDO CASTELLÓN: DOS TEXTOS

La profesora María Rosa Burillo me envía estos dos textos de Alfredo Castellón Molina, el realizador de televisión, guionista y director de películas como ‘Platero y yo’ o ‘Las gallinas de Cervantes’. Alfredo trabaja en este momento en varios libros de relatos, de aforismos y de teatro. Algunos de ellos verán pronto la luz, entre ellos ‘El ruido de la memoria’, un libro de cuentos y microcuentos que publicará en el sello Eclipsados el poeta y editor Ignacio Escuín Borao.

 

 

CRISIS

 

Los intentos en el siglo XX por aliviar la opresión del dinero, fueron inútiles y ahora nos encontramos con un Wall Street manipulador y arbitrario. Sus marionetas, que cada vez se parecen más a nosotros, no paran de reír y reír con los argumentos que representan: manipulación, mordaza, resignación, chanchullo, celestinaje, hambre. Por cierto, este último es el que más les hace reír. Ah, malvados barrigones, que los gusanos abran vuestros sepulcros y nos enseñen la última maledicencia.

 

 

COLEGIO

 

Entre clase y clase los maestros jesuitas paseaban por el patio, cara contra cara, arriba y abajo, arriba y abajo. En la mano la varita de fresno con la que enderezaban los culitos de sus parroquianos. “Niño malo: lo castigaré”.

 

 

Las tres fotos son de Walker Evans.

A BICI DE MANUEL PEREIRA

A BICI DE MANUEL PEREIRA

O poeta e narrador galego, afincado en Madrid, Manuel Pereira envíame esta bicicleta de deseño.

 

Manuel ten unha vinculación especial con Zaragoza, onde morou algúns anos. Aquí conserva estupendos amigos.

ORDOVÁS EN EL TIRRENO

ORDOVÁS EN EL TIRRENO

PEDALEAMOS hacia el Tirreno. Ellas, unos metros por delante. Se detiene a fotografiar las vacas, los caballos, las balas de paja. Carla piensa en imágenes, en encuadres, y yo en las imágenes sólo veo palabras. Pedaleo sin poder despegar la vista de su espalda, de sus piernas. Y la bicicleta con alas de mi memoria me lleva hasta la carretera de mi pueblo, en la que, una mañana de verano como ésta de hace muchos años, me crucé con una chica que también había salido a pedalear. No llevaba encima nada más que una camiseta, larga como un vestido y generosamente abierta por las mangas: sus pequeños pechos como frutas verdes, apenas enveradas.

 

*Este es un fragmento ciclista del diario de Julio José Ordovás ’En medio de todo’ (Eclipsados), que abarca los años 2007, 2008 y 2009. La foto, más simpática que adecuada al texto de Julio, es de Cristina García Rodero.

JAVIER EGEA EN BARTLEBY

Recibo este correo de Pepo Paz, editor de Bartleby, en el que anuncia uno de sus libros del otoño, una gran apuesta: la poesía de Javier Egea. Manuel Rico, poeta y narrador, analiza la trayectoria del escritor en su blog.

 “Bartleby Poesía publicará este otoño el primer volumen de la Obra completa (poesía y prosa) del malogrado poeta granadino Javier Egea.

Este primer volumen contendrá toda la poesía publicada (ordenada cronológicamente según el momento de su escritura) y estamos convencidos de que se trata de uno de los acontecimientos poéticos de este otoño”.

 

EL POETA ‘EN ARMAS CONTRA LA SOLEDAD’:

JAVIER EGEA VUELVE EL PRÓXIMO AÑO

 

Por  Manuel RICO. De su blog Manuelrico.blogspot.com

Paso una parte de mis vacaciones en un rincón del valle del Lozoya, en plena sierra del Guadarrama. Siempre, en esta época, me acompañan dos o tres libros para las horas de lectura (más escasas de lo que uno proyectó antes de iniciar el descanso) y trabajo literario pendiente. En esta ocasión han venido conmigo Nocturno de Chile, de Bolaño, inacabada lectura de los días del terremoto en el país andino y del frustrado Congreso de la Lengua de Valparaíso, Caballo en el umbral, la maravillosa antología póstuma de José Viñals recién editada por Editora Regional de Extremadura y al cuidado Andrés Fisher y Benito del Pliego, y una pequeña joya narrativa, editada por Rey Lear, titulada De la vida de un inútil, del poeta alemán Joseph von Eichendorff.

 

El trabajo literario (que realizo con el ruido de fondo de las primarias en el socialismo madrileño) es una introducción a la poesía completa publicada de Javier Egea, el poeta granadino, coprotagonista, con Álvaro Salvador y Luis García Montero, del manifiesto de 1983 La otra sentimentalidad,  que, hace 11 años, decidió decirle adiós a la vida. Ni que decir tiene que la relectura de todos sus libros, la indagación en las críticas que fueron apareciendo en distintos medios desde los remotos años 70 y la lectura de las entrevistas a las que respondió, además de los diversos trabajos que distintos especialistas han ido publicando, me han llevado un tiempo notable (que también ha reducido las posibilidades de lectura de los libros antes mencionados) a la vez que han supuesto una experiencia apasionante.

Javier Egea y Juan de Loxa.


Javier Egea vuelve en otoño. De la mano, el aliento y el impulso de Bartleby Editores, gracias al esfuerzo y la tenacidad de José Luis Alcántara, Helena Capetillo y Juan Antonio Hernández y otros amigos cercanos. Vuelve el poeta extraño, casi borrado de los mapas poéticos en la década de los noventa, el poeta que se forjó, cultural y sentimentalmente, en la Granada de los últimos años de la dictadura y en los primeros de la transición, el poeta del amor agrietado y de los bares últimos, de la infinita soledad y de la renuncia a la clase acomodada a la que, por origen, pertenecía. Javier Egea se suicidó en 1999, a la edad de 47 años, y dejó una estela de lectores, de incomprensiones y de textos no publicados que, hoy, demandan justicia. Y  la única justicia que cabe hacer a los grandes poetas es la que consiste en situar su obra en el lugar que le corresponde en el universo al que perteneció y en condiciones de ser leída, gustada y valorada por las nuevas generaciones.

No tuve la fortuna de conocerlo, aunque desde que leí, por primera vez, sus poemas, supe que entre él y yo había en territorio de inquietudes comunes. Nacimos en el mismo año, en 1952. Él en Granada y yo en Madrid. Fuimos marcados por los mismos mitos y acontecimientos que gravitaron sobre nuestra generación. El asesinato de J. F. Kennedy, la muerte de Marylin, la llegada del hombre a la luna, la lucha contra la dictadura cuando éramos infinita e insultantemente jóvenes, la transición, con sus luces y sus sombras, la crisis del partido comunista, el descubrimiento del amor, y de la poesía, y de la literatura y de la música, y el cine neorrealista italiano y la escritura de Pavese, de Pasolini, y antes. la poesía de Bécquer, de Antonio Machado, de los poetas del 50, quizá Blas de Otero (que si estuvo en Granada).

 

Él vivió el impacto de tales acontecimientos, cuando todavía era "Quisquete", en la Granada bulliciosa e irreverente de un tiempo en el que todo podía soñarse porque todo se creía realizable, yo en el Madrid de extrarradio y de luchas ciudadanas y sindicales y culturales. Yo tenía difusas noticias de aquella Granada, en la que convivían revistas como Tragaluz (donde Javier publicó su primer poema en 1970), o Poesía 70, dirigida por Juan de Loxa, o el hervidero de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad con brutales acontecimientos protagonizados por la dictadura (cómo olvidar el asesinato, en 1970, de tres trabajadores de la construcción, una muestra de la represión policial del fascismo que conmovió a toda España), surgió el fermento para una poesía distinta, que se abriría paso en los primeros años ochenta y en la que la subjetividad del poeta no podía sustraerse de la consciencia de la realidad colectiva. Althuser, Gramsci, las elaboraciones teóricas de Juan Carlos Rodríguez, más tarde (y polémicas aparte) García Montero, o Álvaro Salvador, o Jiménez Millán, o el encuentro con los poetas y narradores vivos de la Generación del 50 en la Universidad (¿fue en 1986?), encuentro que dio lugar a un monográfico imprescindible de Olvidos de Granada


Javier Egea surgió de ahí. De esa tolva de acontecimientos y experiencias personales y colectivas. Y se hizo poeta de la soledad (a veces acompañada, a veces soledad a secas), se convirtió en el poeta que nos hablaba (nos habla) del amor nacido en habitaciones de una hora en alguna pensión perdida al final de una calle que lleva al descampado, el poeta que nos familiarizó con el Paseo de los Tristes o con los atardeceres que conducían a sórdidas noches de alcohol y desamor, con la soledad del mar y con las decepciones colectivas. Un poeta que se sobrepone al paso del tiempo, al anecdotario en que, a veces, se ha querido convertir su biografía. Un poeta que transita las décadas de los 80 y de los 90 en una marginalidad extraña, curtido en la sentimentalidad que siempre nos ha emocionado y, a la vez, en una sentimentalidad otra. Es el poeta que, hoy, cuando estamos a punto de enfilar la segunda década del siglo XXI, nos seduce y nos conmueve, no llena de zozobra y nos invita a releerlo para encontrar significados ocultos, nuevas realidades imprevistas en cada uno de sus versos.

Hace algunos años, tuve la satisfacción de escribir una amplia crítica para Babelia sobre la antología homenaje que editó DVD bajo el título Contra la soledad titulada "Realidad inhóspita y lucidez". Aquella antología fue un rescate limitado e insuficiente. Por eso, ahora, con la edición de su obra completa es preciso ganar la batalla contra el tiempo para el poeta y su obra. Situar su lírica, su trabajo poético, en el campo de la poesía desadjetivada. Cierto que él intentó una poesía “materialista”, una poesía de raiz marxista… Pero el resultado de esa labor, llena de sufrimiento y de esperanzas, de gozo y desolación, es POESÍA CON MAYÚSCULAS: sin adjetivos. Del mismo modo que la calificación de social de la poesía de Blas de Otero o de Pepe Hierro, por ejemplo, la lleva al reductivismo (porque fue social, en efecto, pero por encima de todo fue poesía) y la limita, a mi juicio es preciso recuperar la poesía de Egea en su dimensión más profunda, más perturbadora e inquietante. Situarla al lado de la obra de los grandes poetas en castellano, no acotarla en un espacio limitado. Porque es una poesía que emociona, que conmueve, que conecta a la perfección con la “honda palpitación del espíritu”o con la “palabra en el tiempo” a que se refiriera Antonio Machado.

 

 

La poesía de Egea se diferenció de la de sus compañeros de la “otra sentimentalidad” no por el anecdotario de su biografía, ni siquiera porque él, como ciudadano, se mantuvo siempre en una actitud de insumisión y rebeldía, de comunista insobornable (y decepcionado, todo hay que decirlo, del mundo literario no sólo granadino), sino porque supo combinar, en sus poemas, realidad e irracionalidad, claridad y oscuridad, emoción e incertidumbre, amor y desamor, vida y muerte. Hizo una poesía de la complejidad, que no rehuyó el apunte surrealista o la veta visionaria pese a contar con un eje vertebral esencialmente realista. Un libro como Troppo Mare, o gran parte de los poemas de Raro de luna, son inclasificables desde la óptica de la poesía figurativa. A mi juicio, es poesía total, poliédrica, civil e intimista a la vez. Una poesía perturbadora, extraña, rara, a veces fantasmal y a veces clásica sin parentesco alguno en los poetas que lo acompañaron en su peripecia vital y literaria. Poesía al fin y al cabo. 


Aquí os dejo un poema emblemático de Javier Egea. Es poesía sin adjetivos. Nada menos.

MATERIALISMO ERES TÚ

                                ¿Y tú me lo preguntas?
                                 Gustavo Adolfo Bécquer

Si supiste decirme que no estamos en paz,
si venir a tus labios fue sentir el calor
de un hermoso equipaje para siempre en los hombros.

Si se abrió el horizonte con sus ojos brillantes,
con toda su extrañeza.

Si hay días, raros días
en que cruzas de pronto la calle y me sorprendes
con alguna denuncia inesperada.

Si hay tardes, raras tardes
que me atrevo a contarte
mi pequeña verdad de enamorado,
que me atrevo a tirar por la borda algún jirón
de esta memoria sucia de dominio,
turbia de soledad.

Si hay noches, raras noches
que cuando te descubro
por una de esas calles que llevan al mercado
parece que una estrella, de golpe, me alumbrara.

 

MARCHAMALO Y SUS HALLAZGOS

MARCHAMALO Y SUS HALLAZGOS

Jesús Marchamalo, uno de los escritores españoles que más feliz me hacen con algunos de sus libros sobre escritores y sus juegos literarios, me manda una nota y esta foto:

“Te mando una bicicleta que, seguro, no se le habrá ocurrido a nadie. La foto está hecha este verano en Bayona, y me encantó su faro, su cestita, y la delicadez con la que estaba amarrada al buzón”.

DANIEL GASCÓN: 'LA SOCORRISTA'

           

 

LA SOCORRISTA

            Daniel Gascón

            La primera quincena de julio de 2004, unos meses antes de irme a trabajar a Francia como profesor de español, llevé a mi hermana pequeña a un curso de natación en la piscina de Garrapinillos, el barrio periférico en el que vivíamos. Me sentaba debajo de los pinos y leía, pero eso enseguida se interpreta como una provocación o el síntoma de una soledad desgarradora, y pronto empecé a pasar todo el tiempo que duraba la clase charlando con las socorristas. Había dos; se intercambiaban los turnos de mañana y tarde. Una era alta y desgarbada, quería aprender inglés y era aficionada a la novela histórica. A la otra, Paula, le gustaba yo. Aunque las dos eran simpáticas, me entendía mejor con la segunda: compartíamos aficiones. Era guapa –el pelo negro, los ojos verdes-, pero un poco bruta. La primera vez que habló conmigo, después de que yo me acercase al borde de la piscina para rehacerle la coleta a mi hermana, me propuso tomar un café en el merendero de la piscina (no había bar), y cuando saltó la valla me dijo: “No me mires las piernas, que hace un huevo que no me depilo”. A veces me contaba cosas, me decía que tenía familia en Francia, precisamente, y en cambio otras veces se me quedaba mirando un rato y decía: “Qué ojos tienes, no sé ni lo que te digo”.

            La verdad es que, al margen de que a mi hermana no le gustaba perderme de vista, Paula no me convencía demasiado. No teníamos casi nada de lo que hablar. Había mucha luz, nada de alcohol, todo me parecía demasiado abrupto, y supongo que ella me intimidaba un poco. Que yo le gustara era sin duda un malentendido; a partir de ahí, la realidad -las conversaciones o el sexo- solo podían ir a peor. Cualquiera que sepa un poco de historia ya sabe cómo acaban las utopías. Y también sabe que el morbo sexual es como la autoridad: lo conservas mientras no estás obligado a ejercerlo. Por otra parte, como estaba más acostumbrado a seducir que a ser seducido, tampoco sabía cómo desatascar la situación. Me había quedado sin mi estrategia principal: la súplica abyecta. Aunque quisiera liarme con Paula, ¿qué le podía decir? ¿Proponerle un polvo en los vestuarios? En fin, nunca llegamos a nada y las visitas a la piscina empezaron a producirme angustia, aunque al menos mi hermana aprendió a nadar.

            Yo nunca iba a la piscina solo, y dejé de ver a Paula cuando mi hermana terminó el curso de natación. Pero a finales de julio me la encontré cerca de la estación de tren. Yo volvía de Madrid, donde acababa de romper con mi novia, e iba a coger el autobús para ir a Garrapinillos. Paula esperaba el autobús para volver a casa. Nos tomamos una caña; me dijo que había estudiado Atención Sociosanitaria y me habló de sus aficiones. Le pregunté qué deportes le gustaban y respondió: “Correr, nadar, follar”. No dijo la última palabra en voz alta, únicamente movió los labios, porque estábamos solos en el bar, y yo me sentí algo incómodo. Pero me sentí directamente imbécil cuando respondí: “Sí, a mí también me gusta ir a correr, me relaja”. Supongo que estaba afectado y la chica con la que acaba de romper también era socorrista y me parecían demasiadas coincidencias. Además, ya había salido con tres socorristas y una subcampeona de España de natación, y pensé que era algo excesivo, teniendo en cuenta que ni siquiera me gustan las piscinas y que nunca fui fan de Los vigilantes de la playa.

            A finales de agosto, salí con algunos ex compañeros de la universidad. Cenamos en una casa y luego fuimos a tomar unas copas. Imaginaba que las cosas transcurrirían por los cauces habituales, y que volvería a casa de mis padres en el primer autobús de la mañana, lamentando haber gastado tiempo, salud y dinero. Pero cuando llegamos al primer bar, prácticamente sobrios, se me acercó una chica guapísima que me resultaba vagamente familiar. Me pidió fuego. Me reproché no ser fumador. Le dije que no tenía mechero, pero que podía conseguirlo: era un tipo capaz de solucionar problemas. Iba a preguntar a mis amigos, pero la chica me dijo: “No, si solo te lo he dicho para hablar contigo. Ya le pediré fuego a algún gilipollas”. Unos dos minutos y medio después, tras algunas palabras de cortesía, nos estábamos enrollando. Se llamaba Vanessa y sus amigas estaban en el otro extremo del bar. Vi que mis amigos se marchaban, uno de ellos me hizo señas. Vanessa y yo pedimos otra cerveza y nos seguimos besando. Todo iba perfectamente hasta que ella metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, se separó un poco y me dijo: “Oye, tío, ¿me has robado la cartera?”. No la entendí y pedí que me repitiera la pregunta. “Que si me has robado la cartera, cabrón”, gritó, justo cuando acababa la canción, y la gente que estaba cerca se nos quedó mirando. Le dije que no, claro, y ella fue a buscar a sus amigas. Me rodearon y me miraron sospechosamente, y me di cuenta de por qué me sonaba Vanessa: era la hermana gemela de Paula, que formaba parte del grupo. Se parecían mucho, aunque Vanessa era algo más alta y delgada, y llevaba un corte de pelo más estiloso. Paula rompió la hostilidad y me saludó con dos besos. “Nada, cariño, que mi hermana ha perdido la cartera”, me dijo. Explicó que no llevaba mucho dinero ni tarjetas de crédito, pero sí una foto de sus abuelos, que tenía “valor sentimental”. Decidieron recorrer los bares en los que habían estado. Yo dudé un momento, pero me pareció que no tenía sentido acompañarlas. Paula me dio un pico al despedirse. Vanessa no se despidió. Pensé que Paula tenía que haberme visto con su hermana, y todo me pareció muy raro. Incluso me sentí un poco infiel. ¿Cómo me había enrollado con Vanessa si Paula no me gustaba y eran casi iguales? Luego me pregunté si a las gemelas las atraían los mismos chicos, si era un duelo entre hermanas o si todo era una coincidencia y me estaba volviendo loco. Acabé mi cerveza, llamé a mis amigos y volví a casa seis horas después, lamentándome por la pérdida de tiempo, salud, dinero y amor.

            A mediados de septiembre, cogí el autobús de Garrapinillos a las once de la mañana. Paula estaba sentada en la penúltima fila, me invitó a sentarme a su lado. La temporada de la piscina estaba a punto de terminar y ella no sabía qué hacer. Estaba pensando en irse a Alemania. También me habló de su hermana, que estudiaba en la Escuela de Teatro. “Mi padre dice: a Vanessa la quieren de novia, a ti para chingar”. Le dije que era un comentario encantador de su padre y ella rió. Luego dijo: “De todas formas, es verdad”. Me besó a la altura del desvío del club de tenis. “Para, cariño, que me estoy poniendo cachonda”, me dijo, cuando pasamos ante las primeras urbanizaciones, donde algunos viejos se bajaban para trabajar en sus huertos. Pero seguimos besándonos hasta llegar a la parada que hay en el centro del barrio. Allí nos despedimos con un pico, y luego ella se fue hacia la piscina y yo me marché, un poco perplejo, hacia mi casa y empecé a preparar la maleta. Al final de esa semana me fui a Francia. No he vuelto a la piscina, ni tampoco a ver a Paula.

 

*Ayer en el suplemento de verano, Daniel Gascón publicaba este cuento ‘La socorrista’, inspirado en buena parte en Garrapinillos, el lugar adonde nos trasladamos en 2001. Daniel publicará dentro de un par de meses o así su tercer libro de relatos, ‘La vida cotidiana’, en el sello Alfabia de Barcelona. Las dos fotos son de Jacques Henri Lartigue.