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Antón Castro

Escritores

ELÍAS MORO, EL VIERNES, EN ANTÍGONA

ELÍAS MORO, EL VIERNES, EN ANTÍGONA

   Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.

 

 

   Me acuerdo de Lali, una tarde ventosa de febrero, erguida como una diosa, como un mascarón de proa, frente al mar de Portugal.

 

 

   Me acuerdo de Lee Remick diciéndole a Jack Lemmon en Days of wine and roses: “Un día soñé que me mataron. Fue allí, junto al embarcadero. Mi padre vino a recoger mi cuerpo en su vieja furgoneta de reparto”.

 

 

   Me acuerdo de cuando era monaguillo porque después del oficio nos premiaban con pan y chocolate.

 

 

   Me acuerdo de un setter irlandés que respondía por Stalin: el terror de los gatos del barrio. Tenía una estampa magnífica con su pelo largo y marrón flameando bajo el viento. Murió atropellado por el motocarro del hielo una tarde de verano.

   Le hicimos un entierro digno de un rey junto a las vías.

 

 

Me acuerdo de que el Capitán Cook, aquel osado marino, avanzadilla del Imperio Británico en los mares del Sur, fue descuartizado por los caníbales.

 

 

   Me acuerdo de una frase terrible, remachada como un clavo en la memoria colectiva de este país: “Pasa más hambre que un maestro de escuela”. Y de cómo esa hermosa palabra ha perdido, en estos tiempos pragmáticos y ociosos, casi todo su significado.

 

 

   Me acuerdo del juego de la rana; había que tener mucho tino para acertar con los discos de plomo en la boca del batracio.   

Una ronda de chatos de vino era el pago del perdedor.

 

 

   Me acuerdo de que en la pandilla, “ser chivato” era lo más bajo que se podía caer; el desprecio de los demás se convertía, para siempre, en tu más constante compañía.

 

 

   Me acuerdo del baile de la Yenka y de su simplón estribillo: “Izquierda, izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un, dos, tres”. Me torcí el tobillo una vez intentando los pasos.

 

 

   Me acuerdo del que vivía en la alcantarilla, frente a la portería, en las viñetas de 13 rue del Percebe.

 

 

  Me acuerdo de los que, próxima la Navidad, vendían los pavos por la calle: los arreaban con un palo, como si se tratase de un dócil rebaño de ovejas. Y de que nunca pudimos comprar ninguno.

 

 

   Me acuerdo de la elegancia de los icebergs.

 

 

   Me acuerdo de un poema de Tonino Guerra donde habla de la amargura de los bueyes ante la aparición de los tractores en las labores del campo.

 

 

   Me acuerdo de la expresión que utiliza un amigo mío cuando le preguntan cómo está: “Aquí, tirando de la pelleja”.

 

 

   Me acuerdo de cuando me enteré de que el guano es mierda de pájaros marinos, un abono cojonudo.

 

 

   Me acuerdo del hermoso nombre de algunas calles en los pueblos y ciudades de España: Costanilla de los Desamparados, Calle del Aire, Paseo de los Tristes, Calle Manos Albas…

 

 

   Me acuerdo del listado de objetos y profesiones (garlopa, hocino, lezna, cortafrío, agricultor, albañil, ebanista, zapatero…) que había que relacionar correctamente si querías aprobar el examen.

En cuanto fallaras alguno, suspenso al canto.

 

 

   Me acuerdo de cuando íbamos a La Cerámica para robar ladrillos por el gusto de romperlos después; el vigilante, que nos tenía fichados, nos disparaba con cartuchos de sal. Tenía puntería el tío; una vez me acertó en salva sea la parte durante la retirada. Estuve una semana sentándome en un flotador.

 

*Del libro ‘Me acuerdo’, editado por Calambur, de Elías Moro Cuéllar, “una colección de textos sobre la memoria en la órbita de los de Brainard y Perec”, según su autor, que ha tenido la gentileza de enviarme estos fragmentos. El libro se presentará este viernes día 20 en la librería Antígona (Calle Pedro Cerbuna), a las 20.30 horas.

 

**Elías Moro (Madrid, 1959), reside en Mérida desde 1982. Es autor de los libros de poemas ‘Contrabando’ (Col. La Centena, nº 89, ERE, 1987), ‘Casi Humanos (bestiario)’ (Germanía, 2001), ‘Palos de ciego’ (Col. El Pájaro Solitario, 2002), ‘La tabla del 3’ (de la luna libros, 2004), ‘En piel y huesos (Antología)’, (ERE,2009). También publicó los cuentos de ‘Óbitos súbitos’. Un anticipo, si puede decirse así, del proyecto ‘Me acuerdo’ lo avanzó en 1999, en el sello De la luna libros, en colaboración con Daniel Casado. La foto es de Alexander Bergstrom.

IGNACIO ESCUÍN: CINCO POEMAS

IGNACIO ESCUÍN: CINCO POEMAS

Lisboa

 

 

Si esto fuera Lisboa yo podría hacerte creer en algún café que soy heredero de Pessoa, o rodeados por las luces amarte y decirte que un collar de uvas blancas nos abraza. Adoro las luces de Lisboa, redondas y descomunales, sueño con ellas tantas noches que al despertar creo estar allí en ocasiones. Pero no, mire donde mire no encuentro Lisboa, y quizá tampoco encuentro lugares más cercanos y conocidos. Busca Lisboa en tu corazón y llena tus manos de su primavera, aquí y en mi pecho hace frío.


Lo bueno y lo malo de los viernes por la tarde es, quizá,

la sensación de haberse merecido el descanso, de haber alcanzado la meta semanal y al mismo tiempo ver cómo tantas cosas quedan en el tintero. Lo bueno y lo malo. Lo recto y lo incorrecto. Cuando el sol se va ya y presagia el primero de tantos viernes oscuros porque has llevado a tu vida a un túnel sin salida, te has convertido sin darte cuenta o sin querer hacerlo en uno de esos que salen a comprar con el coche para cargar lo suficiente para todo el fin de semana y que mira a las dependientas de las tiendas con deseo, como si en ellas estuviera la respuesta, la solución a un viernes que se anochece y presagia un sábado más de radio, café y libros. La esperanza reside en los ojos de quienes nos atienden. No, no quiero un kilo de patatas, te quiero a ti.

 


 

 

 

No conozco ya nada de lo que me rodea, he dejado de ser propietario de aquello que está cerca de mis manos y quizá nunca vuelvan a ser míos los objetos que yo compré y al cerrar los ojos se olvidaron. Todo lo que hemos hecho mal debe estar registrado en alguna parte, seguro que existe una señal que nos indica el punto en el que las cosas pueden ser corregidas, pero no creo que pueda verlo ya. Extraño entre mis propias cosas, ausente de la vida en la que he vivido, partidario de la vida libre y muy débil, mucho, tanto que si alguien me pregunta quizá al contestar desaparezca. Ni la verdad ni yo existimos, al menos hemos dejado huella, todo el mundo habla de nosotros.


I

 

Lupita se muere. Su corazón sufrió un infarto masivo hace exactamente dos días. Cuarenta

y ocho horas que caminan tan lentas

que no sabemos si se trata de un sueño.

 

Pero no lo es, y Lupita se muere lentamente

y requiebra a la muerte desafiante, pero sabe que la va atrapar, que llegado el momento tendrá que entregarse a ella.

 

Con los pulmones encharcados, edema

de pulmón lo denominan, y una cardiopatía

de la que ahora no recuerdo el apellido, así aguarda en la unidad de cuidados intensivos, en la sala polivalente, que se apague el dolor que le oprime el pecho, la sed que no puede apaciguar y el fin de la vida.

 

Lupita se muere y es imparable, y lo único

que hoy soy capaz de hacer es escribir

sobre ella.


II

 

Una mínima esperanza. De repente surge

la posibilidad de que salga del trance.

 

No va a poder moverse después, apenas respirar y quizá no llegue al final

del invierno... pero va a salir de ésta.

 

El médico se debate entre el milagro

y una enorme satisfacción por el deber cumplido, y sonriente señala un dígito

que según me cuenta representa el número

de respiraciones por minuto.

 

Ya casi no hay líquido en los pulmones

y podrá prácticamente respirar

con normalidad, lo malo es que va a tener

que aprender a vivir sin corazón.


Habrá una vez un hombre libre. Ignacio Escuín Borao. Huacanamo. Barcelona, 2009 76 páginas. La foto es de Gjon Mili.

ISABEL NÚÑEZ EN LOS BALCANES

ISABEL NÚÑEZ EN LOS BALCANES

Entrevista con Dubravka Ugrešić

El pasado jueves, Isabel Núñez presentó su libro ‘Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes’ (Alba) en la librería Antígona, en compañía de Félix Romeo. Le he pedido una de las entrevistas de este fascinante, lúcido y desolador libro, que gira en torno a la presencia de los escritores en el conflicto. Una de las escritoras más conocidas en España es Dubravka Ugrešić; Isabel, que es traductora de Richard Ford o Patricia Highsmith, entre otros, me ha mandado un par de diálogos, pero me quedo con este. Es un poco extenso, pero realmente interesante. Invita a reflexionar, a disentir, a esforzarse por entender este enigmático y complejo conflicto que también tiene mucho de genocidio.

 

 

 

Entrevista a Dubravka Ugrešić

 

Por Isabel Núñez.

En la rueda de prensa, Ugrešić parece alegre, con su ironía ligera e ingeniosa. Cuando le pregunto si cree que las cosas han mejorado en su país, responde que “nada se ha resuelto: la gente no quiere hablar, sólo quieren sentirse víctimas”, y con su ironía característica enumera: “Víctimas de la historia y víctimas históricas, víctimas del imperio otomano y del imperio austro-húngaro, del comunismo y del nacionalismo, futuras víctimas de la Unión Europea y víctimas de una futura invasión china, porque dos chinos han abierto una pequeña tienda en Zagreb”. Y lo mismo ocurre entre los exiliados: “La autocompasión es el sentimiento favorito de la especie humana, porque excluye la responsabilidad y permite la regresión infantil”.

Por la tarde, cuando voy a entrevistarla está cansada tras la copiosa comida, su ironía se ha convertido en sarcasmo y deja salir toda su amargura y el resentimiento por su persecución y la traición de tantos.

 

Sus dos novelas publicadas en España, El Museo de la rendición incondicional y El Ministerio del Dolor, podrían aunarse en el título de Mavis Gallant, Varieties of Exile, variaciones sobre el exilio. Usted aborda todos los aspectos y matices posibles del exilio.

Gracias. Hay otra cosa, un ensayo Gracias por no leer, sobre el escritor en exilio, donde expreso mi punto de vista como escritora.

En esas dos novelas, sus retratos de las ciudades de Berlín y Ámsterdam son sorprendentes. Me pregunto si es un talento especial suyo, o tal vez la posición del exiliado sea la mejor para mirar una ciudad.

En las dos novelas, las ciudades son una especie de metaforización, son espacios simbólicos. Berlín es el espacio del recuerdo y la memoria. Es un shock, la ciudad del Muro, por todas partes, todas las historias de la reconstrucción del Berlín en ruinas de la Segunda Guerra Mundial, y cuando andas por el asfalto casi oyes el ruido de las bombas. Es un constante recordatorio de lo que pasó. El espacio simbólico para recordar. Y Ámsterdam, con su belleza, es una casa de muñecas dentro de otra, y su paisaje arenoso, el espacio simbólico del olvido. Olvido y recuerdo.

Pero ¿fueron las ciudades las que la inspiraron o lo planeó?

Ambas cosas. Algunos me dijeron: “Ah, has viajado allí para aprovechar esas ciudades, lo cual no es verdad”, pero sí lo es en cierto modo. Yo he estado en muchas otras ciudades del mundo y no las he utilizado, así que hubo cierta elección.

Conectaban con algo que usted estaba pensando.

Podía haber situado mi novela en Roma o París, pero no lo hice; no es sólo porque sean parte de mi experiencia personal. Por qué un lugar sirve perfectamente para contar algo.

En El Ministerio del Dolor, la profesora descubre que los alumnos, exiliados de la antigua Yugoslavia, rechazan su historia común.

Creo que era una situación muy delicada. Podría decirse que ella intenta recordar la mejor parte de un pasado común, sin tener en cuenta que para algunos eso no es verdad. Yo hablé de eso públicamente antes de escribir la novela, de los recuerdos colectivos, intentando hacer una especie de arqueología mental, una especie de museo virtual de Yugoslavia, y una señora mayor me dijo: “Oiga, perdone, pero ésos no son mis recuerdos, esas cosas que usted menciona no significan nada para mí”. Aun así, podría establecerse un campo de memoria colectiva, simplemente por estadísticas. Y reuniéndome con exiliados he podido ver qué entiende o escoge cada uno como su bagaje emocional o su equipaje emocional. Hay una canción de una banda pop llamada Bijelo Dugme, que toca en las películas de Kusturica, el grupo de Goran Bregović. Todo el mundo, la gente de todas las edades identifica lo que toca Goran Bregović.

Pero, si los exiliados huyen de la guerra, ¿llevan la guerra en su interior?

No son sólo los exiliados. Tenga en cuenta una cosa: cuando Yugoslavia se desmembró, de pronto, incluso a nivel estatal, hubo una política de borrar la memoria del antiguo país; había que escupir en el régimen anterior, Tito fue proclamado dictador, la antigua Yugoslavia una cárcel; el comunismo, la oscuridad total, la dictadura férrea, aunque históricamente, el régimen de Tito fue distinto y más permisivo que los rusos, checos, polacos, rumanos  o búlgaros, etc. De pronto se impuso un anticomunismo tan violento que la gente destruía esculturas de Tito, tumbas de partisanos. En Croacia fueron destruidos tres mil monumentos antifascistas, ¡sólo en Croacia! Fue la gente, ¿por qué? Era la memoria y la dignidad de sus parientes, tíos, padres, ¿por qué de pronto aquella violencia?

Segundo, en Croacia, Yugoslavia se convirtió en una palabra prohibida. Y los programas de la televisión, las películas, las series de la época anterior, todo fue prohibido, borrado, ya no se podía seguir. La gente retocaba sus biografías. Conozco muchos pintores, escritores, actores que rehicieron sus currículums: si habían actuado en una película en Serbia, la suprimían, si habían publicado en una editorial eslovena, también fuera… Fue una gran limpieza. En 1991 o 1992, el ministro de Cultura de Croacia hizo un documento sobre redistribución de las bibliotecas croatas, que algunos entendieron lógicamente como una llamada a la limpieza, y eso hicieron. Limpiaron las bibliotecas de libros serbios, libros comunistas, libros en cirílico, Shakespeare, todo.

Como el nombre de las calles en Belgrado.

Y en Zagreb. Yugoslavia fue prohibida, la memoria de Yugoslavia fue prohibida. No sólo los emigrados o los exiliados necesitan recordar, el problema es que se prohibió recordar. Por eso, en un momento del libro, la maestra dice que recordar es subversivo, es una actividad política subversiva.

Alguna gente enloqueció, imagine lo que eso significó para la gente mayor, como mi madre, que estaba acostumbrada a tantas cosas, ver una serie, qué sé yo, borraron su vida, nada de su mundo existía ya.

¿Cree que lo mismo ocurrió en toda la antigua Yugoslavia?

Con variaciones de grado, yo creo que en Croacia fue más rígido, más radical.

Nenad Popović me dijo que la Constitución de Tudjman legalizó la libertad de expresión, no podías ya ir a la cárcel por escribir lo que quisieras.

Podías escribir lo que quisieras, sólo que nadie te lo publicaba [risas]. Una libertad proclamada por la Constitución, pero a mí nunca me invitaron en Croacia a escribir en los periódicos, no me dieron la oportunidad. Me atacaron una y otra vez durante un año, pero no me permitieron replicar, entrar en la polémica o discutir.

¿Veía venir la guerra?

No lo vi, no lo creí hasta el último momento. Hasta que se declaró la guerra, pensaba que no se llegaría a eso.

Pero hubo intelectuales que se fueron volviendo nacionalistas, que contribuyeron a ese discurso del odio.

La mayoría. No algunos, la mayoría. Si no, no habría funcionado. Tudjman y Milošević no habrían logrado nada sin la voluntad de la mayoría de la gente. No fue represión; nadie les dijo a mis colegas de la Universidad, a mis amigos: “Vais a perder el trabajo si apoyáis a Ugrešić y sus puntos de vista”. Nadie. Lo decidieron por sí solos, ¿comprende?

Las mujeres son las principales víctimas de la guerra, ¿no cree?

Sí. Pero también fueron las más rígidas seguidoras del nacionalismo, no lo olvide. En televisión, vi tantas mujeres besando, literalmente besando las manos de Tudjman y recibiendo medallas en honor de sus hijos o adorando a Milošević y besándole también las manos. Sí, las mujeres también hicieron eso. Seria injusto no decirlo.

En las guerras de los Balcanes, se trató de un conflicto entre el mundo rural primitivo y patriarcal y el mundo cosmopolita y moderno de las ciudades?

Eso es una burda mentira, una fórmula cómoda, agradable, fácil de entender. Campesinos iletrados contra “nosotros”, la gente civilizada. Falso. ¿La causa? Una constelación, con muchos factores implicados. En mi libro Culture of Lies lo explico, lo más simple es el dinero, las pretensiones territoriales, las propiedades. La gente apoyó la guerra para acceder al poder o quedarse la casa de alguien, o por una oportunidad para robar el vídeo de alguien, o un campo. O para ser ministro de Cultura. O simplemente para hacerse ricos; la guerra es uno de los mejores medios. Yo no lo vi de cerca, porque tienes que estar muy introducido para verlo, pero ahora se ve en el resultado, vemos una minoría de gente que se ha hecho tremendamente rica y otros, muchos, se han empobrecido.

¿Cree que hay una conexión con la Segunda Guerra Mundial?

Sí. Se utilizaron los conflictos de la Segunda Guerra Mundial, y también es posible que, si los partisanos de Tito ganaron la Segunda Guerra Mundial, los ustachas y chetniks estuvieran descontentos y decidieran cambiar las tornas. Y tuvieron éxito. Todos los logros del movimiento partisano y de la ideología antifascista han sido borrados, ya no existen. ¿Quién está ahora en el poder? Los perdedores de antes son los ganadores de ahora.

En su novela se ve el extraño reparto de culpas: los criminales no se sienten culpables, otros se sienten culpables por no haber muerto, por no haberlo visto a tiempo, por ser víctimas. Y ahora, ¡los criminales de guerra serbios, croatas y musulmanes que están en la cárcel de Scheveningen son amigos!

Es patológico. Nadie se siente culpable entre los criminales de guerra. Milošević no se sintió culpable. Por supuesto que son amigos; era sólo un negocio, no importaba nada más. Nada nuevo bajo el sol.

Hay un pasaje en El Ministerio del Dolor en que Igor interpreta un cuento y dice que el retorno del exilio es la muerte, la huida es una derrota y sólo el momento de irse es liberador. Es muy pesimista. ¿Usted cree eso?

No, utilicé un cuento de hadas tradicional, que es bastante extraño. Y dice eso, tener que volver es la muerte, quedarse es una derrota y sólo ese segundo de irse es liberación.

¿Ha pensado en volver?

No lo sé, cuando me fui no sabía nada, ni dónde iría, ni si sería provisional. Y ahora no me gustaría declarar o decidir, quién sabe…

Igor Štiks, de Sarajevo, que llegó a Zagreb como refugiado, me contó que la gente ignorante, en los mercados y tiendas, le corregían su forma de hablar.

Es interesante que sean siempre los más analfabetos los que son más agresivos con la lengua, personas que no han leído ni un solo libro se convierten en los defensores de la pureza de una cultura, gente que no sabe nada de la lengua. No deberíamos hablar de ellos, no es relevante. Para ellos, un libro de lengua es un símbolo de otra cosa. Yo fui atacada muchas veces públicamente por cuestiones lingüísticas. En Alemania, por antiguos yugoslavos que vivían allí, personas que se convertían en nacionalistas de pronto. Si les preguntaba: “¿Ha leído algo de lo que yo he escrito?”, me decían: “¿Por qué iba a leerlo? Yo ya sé quién es usted”. Mire, esto pasó en junio, yo estaba en Bonn, en una velada literaria, con mi libro, El Ministerio del Dolor. Al acabar, la gente se iba acercando a que le firmara. Una mujer joven, de unos treinta años, con buen aspecto, hablando en croata, me dijo que era profesora de croata en una escuela local y luego preguntó: “¿En qué lengua escribe usted?”. Yo le dije: “¿Por qué lo pregunta?”. Y ella: “Porque, hojeando, he visto que escribe en serbocroata.” Yo le dije: “Pero ¿ha leído el libro?”. Y ella: “No, no lo he leído, pero lo he visto.” Le dije: “Mire, el tiempo de la novela es 1997, en Ámsterdam, en el departamento de lenguas eslavas, el serbocroata era aún oficial, es como era oficialmente”. Y ella dijo: “Sí, sí, pero quería decirle que al menos yo sé quién soy y cuál es mi lengua, mientras que algunos no saben quiénes son ni cuál es su lengua”. Yo le dije: “¿Adónde quiere llegar?”.  Y ella empezó a hablar en alemán. Era muy joven, sólo había oído hablar de mí a alguien y vino a atacar o a no sé qué. Ésa es la sensibilidad de la gente. No saben nada, ni siquiera esa profesora, que tendría que haber sabido algo.

 

Le doy las gracias y acabamos la entrevista. Entonces Dubravka Ugrešić me pide ver la lista de escritores que he entrevistado y me dice que mi libro no valdrá nada si no incluyo a los meanies, a los malos. “Sólo tiene a los goodies (buenos) –me dice—. Nosotros no somos relevantes, no contamos nada, ya no tenemos influencia. Busque a los que mandan, hable con…” y me escribe una lista de nombres de escritores implicados en el discurso del odio, algunos de los cuales denunciaron a otros, ocuparon sus puestos, tienen aún puestos de responsabilidad. Entonces aún no lo sé, pero ninguno de ellos aceptará hablar conmigo, excepto uno, un peso pesado, implicado en los hechos. Sé que en cierto modo tiene razón. Si no contestan, ese silencio de los escritores nacionalistas que no han querido hablar conmigo estará recogido en estas páginas. Al consultar este tema con el antropólogo Manuel Delgado, me dice que esa falta no disminuye el valor, que quedaría dentro de la etnografía crítica, es decir, la que sostiene que no hay contextos neutros y toma una posición ideológica clara. Pero yo sigo buscando y en el último momento surgirá una opción.

 

Isabel Núñez. Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Barcelona: Alba, 2009.

La foto la he tomado de aquí http://www.boston.com/bostonglobe/ideas/brainiac/dubravka_ugresic.jpg2009.

'AMOR DE ARTUR' EN IMPEDIMENTA

'AMOR DE ARTUR' EN IMPEDIMENTA

IMPEDIMENTA PUBLICA 'AMOR DE ARTUR' DE MÉNDEZ FERRÍN

'AMOR DE ARTUR'

Por Xosé Luis MÉNDEZ FERRÍN

Rey Artur supo, por la boca mesturera de Galván, que Ginebra le era infiel con Lanzarote.

Por el paseo de los grandes helechos, bordeado de dalias, avanzaba solitario el monarca de corazón lastimado. Todo el dolor del mundo mordía su garganta con fiereza de lince. Al final del parque, con gesto torvo, la torre sombría de la Dolorosa Guarda erguía sus adarves contra un cielo de plomo en el que giraba un ejército de pequeños diablos o vencejos chillones. Noble el rostro descompuesto, globos marrones y azules bajo la mirada, rey Artur lloró con lágrimas de fuego, y los gemidos le encanecían de saliva los bigotes y la barba. ¡Ginebra, Lanzarote! Ella había sido la bien amada, la única, la gaviota del amanecer lluvioso, la piel cegadora de nieve ardiente, la seguridad pétrea de los estados, el azafrán de las comidas de ceremonia, cendal de Persia en la fuente abrasada de los estíos, noches de celo de los venados junto al pabellón de caza apagando los otros gritos de amor de bronce señorial entre doseles y pieles de nutria, y el cuerpo desnudo de ella renovándose en el lecho con el movimiento incesante y diverso de las cascadas. Él, Lanzarote, el macho cabrío repleto de gracia en los combates y un tizón encendido en cada ojo, la fiel presencia armada y repetida no sabe Artur desde cuándo, y le parece que desde siempre, en cada solana, en cada puerta, al pie de todas las escaleras, en el triunfo de todos los torneos; la fuerza de la edad en la que el caballero recibe la cumbre de los atributos solares, en la que las potencias marciales se simplifican y las victorias se acercan al héroe con el ademán sumiso de la corza de pie blanco, cifra del amor sin límites del que sirve y tiene honor.

Consumada y conocida la traición, apurado el dolor hasta el último fondo en el que navegan oscuras dudas y disculpas deseadas, rey Artur sólo ansía, derrumbado en la tarde, recuperar, recuperar la piel de Ginebra, volverla hacia sí, descubrir de nuevo el calor de las horas pasadas y líquidos grumosos de deseos satisfechos y de ensueños acoplados en los atardeceres de la gloria y de los floridos banquetes, que Ginebra, garza, grulla, galana, vuelva, y que Lanzarote no regrese jamás de Armórica si no es para recibir el deshonor de manos de rey Artur, que llora de nuevo por el paseo de los helechos mientras llama a voces a Galván, pues parten hacia el monasterio viejo de Dodro, en el que Ginebra está cautiva y tal vez alcanzó el arrepentimiento.

 

 

El sello Impedimenta, que dirige Enrique Redel, publica uno de los grandes libros de la narrativa gallega: ‘Amor de Artur’, de Xosé Luis Méndez Ferrín. El libro, primoroso, consta de cinco cuentos personalísimos y ha sido traducido por Moncha Fuentes, profesora de Literatura y compañera de Ferrín, y por el espléndido poeta Xavier Rodríguez Baixeras. Hace algunos años, Debate publicó una edición del volumen; Constantino Bértolo, director editorial de aquel sello, es el autor de un documentado y apasionado prólogo a la que probablemente sea la obra más exquisita de este candidato al Premio Nobel por las letras gallegas. Este texto es el inicio del primer cuento: ‘Amor de Artur’, y la ilustración es la de la portada, que corresponde a un espléndido cuadro de Frank Cadogan Coper, 1877-1958, calificado por muchos como el último de los prerrafaelistas.

DAVID LOZANO PRESENTA 'REQUIEM'

DAVID LOZANO PRESENTA 'REQUIEM'

Hoy jueves  día 12, a las 19,45, en el Salón del Trono del Palacio de Sástago (al que accede por la Plaza de España nº 2 y por el propio Palacio a través de la exposición taurina) tendrá lugar la presentación del libro Requiem de David Lozano que completa la trilogía “La Puerta Oscura”.

 

David Lozano (Zaragoza, 1974) es Premio Gran Angular de literatura juvenil. Requiem es la última entrega de la trilogía “La Puerta Oscura” y está publicado por la editorial SM. La trilogía presente ya en todo Latinoamérica será lanzada en 2010 en Alemania e Italia.

 

El acto contará con la presencia del autor, la escritora Care Santos y la participación del Delegado del Gobierno en Aragón D. Javier Fernández y la diputada de Cultura de la DPZ Cristina Palacín. David Lozano, por encargo de Mikel Iturbe y Esperanza Pamplona, está publicando una novela policíaca y de intriga por entregas en Heraldo de Aragón.

 

 

Réquiem cierra La Puerta Oscura en un viaje

trepidante por la historia de las civilizaciones

 

-          En la última entrega de la trilogía de terror y misterio La Puerta Oscura, su autor, David Lozano (Zaragoza, 1974), traslada al protagonista a la Colmena de Kronos, un viaje por los episodios más terribles de la historia.

 

-          De La Puerta Oscura se han vendido más de 45.000 ejemplares y se ha traducido al alemán e italiano.

 

David Lozano ha presentado el último volumen de la trilogía La Puerta Oscura, bajo el título de Réquiem. Editado por SM con una tirada inicial de 20.000 ejemplares, el protagonista, Pascal, cruzará una vez más la Puerta Oscura para intentar salvar a su amigo Jules del proceso maléfico que padece.

 

Según la encuesta Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2008 de la FGEE, las novelas de intriga o misterio son las preferidas por los jóvenes. Esta trilogía, dirigida a lectores a partir de 14 años, ha cosechado un gran éxito en España e Iberoamérica, donde se han vendido más de 45.000 ejemplares. Además, El Viajero y El Mal se han traducido al alemán e italiano.

 

Réquiem

En esta última entrega de la saga continúa la lucha entre la luz y la oscuridad poniendo en peligro el equilibrio entre las dos realidades. La sombra del Mal sigue presente en el mundo de los vivos amenazando en esta ocasión a Jules Marceaux, uno de los mejores amigos de Pascal.

 

Según explica David Lozano, en esta entrega “Pascal tendrá que enfrentarse a un nuevo desafío en el Más Allá, a donde tendrá que dirigirse para encontrar el único antídoto que puede salvar a Jules del maleficio que lo arrastra hacia las tinieblas: unas gotas de sangre de la anterior Viajera, Lena Lambert”.

 

Esta misión obligará a Pascal a adentrarse en la temible región de los condenados, “un trayecto hacia la oscuridad perpetua para el que contará, sin embargo, con una imprevisible compañía”, añade el autor.

 

El libro

 

“La Puerta Oscura es un legendario umbral que permanece oculto en un desván de París. Cada cien años, se abre un único minuto conectando la dimensión de los vivos con la de los muertos” explica Lozano. Pascal Rivas, el protagonista de la novela se encontraba en su interior en el preciso instante en que la puerta volvió a abrirse convirtiéndole en el Viajero del siglo XXI, la única persona capaz de moverse por las dos realidades.

 

En Réquiem, Pascal tiene que volver a sumergirse en las profundidades del Más Allá, y esta vez no se trata de rescatar a alguien del mundo de los muertos sino de evitar condenar a un amigo a una muerte en vida. Se trata de Jules Marceux, el amigo gótico de la pandilla en cuya casa encontraron el baúl por primera vez. La infección vampírica va destruyendo su esencia humana y llegará a ser irreversible si no encuentran el único antídoto que acabe con su transformación.

 

“La conciencia del joven gótico aún se resiste a claudicar, a rendirse frente a aquel lado oscuro que se va haciendo fuerte en sus entrañas, corrompiendo su naturaleza humana de forma irreversible”

 

Un relato histórico

 

Esta aventura llevará al protagonista a una nueva dimensión, la Colmena de Kronos, una máquina del tiempo que le trasladará a los momentos más terribles de la historia de la humanidad. La novela invita al lector a un viaje en primera persona a distintos infiernos creados por el hombre: la Roma de los gladiadores o el Crack del 29 hasta uno de los escenarios más cruentos de la II Guerra Mundial.

 

Lena Lambert pudo ser la antecesora de Pascal en el puesto de Viajero y deberán encontrarla en las celdas de La Colmena de Kronos para salvar a su biznieto, Jules. “La búsqueda se convertirá pronto en una inexorable cuenta atrás. Deben hallar el rastro de Lena Lambert, antes de que sea demasiado tarde…”, afirma Lozano.

 

Para recrear el siniestro Más Allá, Lozano se ha inspirado en la mitología clásica y en la tradición de novela gótica y en el romanticismo del siglo XIX, imaginando tenebrosos ambientes que recuerdan a Bécquer, Allan Poe, Gautier o Lovecraft.

 

Mientras tanto, los rincones más lúgubres de París sirven de marco a la trama que transcurre en el mundo de los vivos, donde entran en juego unos neófitos caza vampiros que complicarán la misión del resto de amigos de Pascal ¿conseguirán salvar a Jules?

 

 

 

Un viaje por el tiempo

 

Una vez más, Pascal llega a la Tierra de la Espera donde se reencontrará con Charles Lafayette, el Capitán Mayer, y Alexander, un espíritu errante que le guiará hasta el cementerio de Pere Lachaise para encontrarse con un viejo amigo que ha fallecido en extrañas circunstancias.

 

La Colmena se encuentra en la región de los condenados y para llegar hasta allí Pascal y su compañero deberán sortear toda clase de peligros: un seísmo que les puede arrastrar a los estratos infernales, los temibles centinelas que flanquean el Umbral de la Atalaya, el asedio de los carroñeros y las nubes negras -de apariencia inocente-, las criaturas malignas camufladas en la Colmena o la abrumadora Llanura de las Pesadillas…El único pasaporte a la vida de Pascal será su fuerza interior y sus amuletos, una daga de plata o una brújula que le sacarán de más de un apuro.

 

“Con sumo cuidado, el chico extrajo su brazalete de Viajero, que se colocó a continuación en la muñeca, justo antes de que los dos agresores enfocaran con sus gestos afanosos la puerta tras la que se parapateaba”.

 

En esta arriesgada travesía, el acompañante de Pascal aprenderá que existen tantos grados de negrura como niveles de sentencia para los seres que han sido condenados. Durante el viaje, Pascal atesora los recuerdos de Michelle para afrontar su misión y se comunica con el mundo de los vivos a través de Edouard.

 

Con la ayuda de Mathieu, un apasionado de la historia, podrán documentarse sobre las diversas épocas y estar prevenidos para saber cómo actuar. Sin embargo, se pierden en el laberinto de la Colmena y aparecen en el Extremo Oriente… todo apunta a que están en el año 1941 y se encuentran inmersos en la II Guerra Mundial…

 

“En qué monstruo puede convertirse el ser humano, un monstruo para sí mismo”

 

Jules, cuando vivir puede ser una condena

 

Tienen que actuar rápido, en dos días la situación de Jules podría ser irreversible. Se agarran al pensamiento de que Jules sigue rebelándose contra sus instintos y luchando por conservar su humanidad, ya que de lo contrario tanto Edouard como Daphne hubieran percibido su espíritu maligno. Por ese motivo, Marcel y Michelle se esfuerzan en encontrarle antes de que sea demasiado tarde.

 

Sin embargo, su búsqueda se convierte en una cuenta atrás cuando se topan con unos jóvenes caza vampiros sin escrúpulos que, rastreando las noticias de sucesos dan con la pista de Jules. Suzanne y Bernard ayudan a Justin en su caza y no son conscientes de lo que éste será capaz de hacer para salvar a Francia “de un sanguinario monstruo”, el vampiro. Daphne saldrá al paso de Jules y pronunciará hasta la extenuación el conjuro que debería paralizar su transformación:

 

“Ab exordio generi humani…

ab exordio mundi…

ab... ab exordio... vitae...”

 

Sin embargo, el joven gótico no puede evitar su instinto asesino, la alimaña que lo devora por dentro se impacienta: grita, gime, arquea su cuerpo hasta el límite. Además, también ha estado a punto de hacer daño a su querida Michelle. Jules se está dando cuenta de su lenta pero inminente transformación y nadie sabe si Pascal podrá volver con la sangre de Lena Lambert a tiempo.

 

“Mi vida se está convirtiendo en un funeral perpetuo. El mío.”

 

 

Personajes que enlazan los dos mundos

 

La amistad, el amor, la fidelidad, el sacrificio o la generosidad son algunos de los valores que transmiten los conocedores del secreto de La Puerta Oscura.

 

Así, Michelle y Pascal tendrán que desnudar sus sentimientos y decidir si su historia de amor tiene futuro y Mathieu y Edouard por fin despejan su mutua atracción, mientras Daphne, Marcel y la propia Michelle arriesgan su vida por Jules antes de que sea demasiado tarde.

 

  • Jules Marceux.- Es el amigo gótico de la pandilla. Se encuentra en pleno proceso de transformación vampírica y hay que salvarle antes de que el Mal destruya su verdadera identidad.

 

  • Lena Lambert.- Es la bisabuela de Jules. Éste piensa que fue la Viajera anterior porque hace cien años desapareció misteriosamente sin dejar rastro del desván de la casa familiar donde ya estaba situado el arcón.

 

  • Edouard.- Medium que ya jugó un importante papel en El Mal y que esta vez sirve de enlace a Pascal comunicándose con él cuando necesita ayuda a través de la Puerta Oscura

 

  •  Justin, Suzanne y Bernard.- Caza vampiros aficionados que ponen en peligro la misión de Michelle y Marcel de encontrar a Jules

 

  • Alexander.- Espíritu errante que guiará a Pascal a través de la región de los condenados.

Ficha técnica

 

 

Resumen del libro Requiem. La Puerta Oscura: Una vez más, Pascal se ve obligado a cruzar la Puerta Oscura. Con Jules a punto de sucumbir a la oscuridad a causa de la mordedura de un vampiro, encontrar a la anterior Viajera aparece como la única opción para salvarlo. Michelle sigue sin perdonar a Pascal, pero cada vez tiene más dudas. ¿Seguirá la Puerta cobrándose su tributo de sangre?

 

 

EL AUTOR

David Lozano nació en Zaragoza en 1974 y desde pequeño ha sido un apasionado de las películas de terror y el género fantástico. Licenciado en Derecho, ha ejercido como abogado aunque su afición por la literatura le llevó a estudiar parte de la carrera de Filología Hispánica.

Actualmente, Lozano se dedica a la docencia. Además, colabora como guionista para diversas productoras.

 

En 2006 fue galardonado con el XXVIII Premio Gran Angular de literatura juvenil por Donde surgen las sombras (edición). En Ediciones SM también ha publicado la trilogía La Puerta Oscura que comenzó con El Viajero, publicado en 2008, y El Mal, en marzo de 2009. Además, escribe habitualmente artículos en prensa.

 

Más de 30.000 jóvenes han seguido todas las novedades sobre la trilogía a través de la web oficial de La Puerta Oscura (www.lapuertaoscura.grupo-sm.com). Además, los fans de la trilogía han podido informarse a través del blog del autor (http://davidlozano.net), el canal de LPO en Facebook y de su propia página de fans (www.lapuertaoscurafans.com).  

*Esta foto es de Odd Nerdrum: evoca el espíritu inquietante y misterioso de los libros de David Lozano Garbala.  Se titula 'El beso'.

UN CUENTO DE 'GOLPES DE MAR'

UN CUENTO DE 'GOLPES DE MAR'

El HERMANO QUE LE INVENTÉ A MI HERMANO

 

 

De 'Golpes de mar'. Antón Castro. Destino, 2006.

Tengo un hermano. Es paleta o albañil y sale cada domingo a capturar percebes. Ese hermano fue mi primer dios: lo idolatré a él antes que a nadie, quizá antes que a mi padre, que fue emigrante, pescador de mejillones, encofrador (una de las suertes menores de la carpintería) y peón de vialidad y aguas. Yo nunca supe muy bien qué quería hacer de mi vida. He tenido sueños muy diferentes respecto a mi futuro: quise ser campesino con hacienda y rebaños, carpintero (ésta fue mi obsesión mayor: siempre llevaba el ovalado lápiz rojo en la oreja y tiraba rectas ayudado por las escuadras de metal de mi padre), ingeniero en electrónica y gaitero. Estuve a punto de comprarme una gaita, pero mi padre me disuadió, tú no tienes pulmones para tocar, antes nos dejarías huérfanos de hijo. Eso me aseguró.

         De niño ya me gustaba leer los periódicos, y no sólo el Dicen y el As color, sino los diarios de información. Me encantaba viajar a través de sus páginas: me detenía en los reportajes, en las páginas de entrevistas donde descubría un personaje que me sonaba vagamente, y en los temas atractivos, como podrían ser la historia de un pazo, el episodio novelado de un naufragio o los crímenes horrendos, que me impedían dormir. Cada semana o cada quince días, mi madre traía una caja de cartón con los periódicos atrasados. Trabajaba por horas en casa de Ucho y Elvira, que vivían una especie de apacible matrimonio de hermanos rentistas. Ella zurcía, escuchaba zarzuelas y regaba los tiestos de la terraza, y él se desvivía por algunos programas de radio y, sobre todo, por los periódicos, que amontonaba una vez que los había leído para mi madre. Yo me zambullía en ellos con mis tijeras en la mano y mis carpetas, y empezaba a recortar y a ordenar cuatro o cinco series. Van allá más de 30 años y aún conservo algunos ejemplares. Viendo mi obstinación, mi padre me dijo un día: “Ojalá fueras un buen periodista". Eso se me quedó grabado. El periodismo fue mi último sueño nítido o acaso la certidumbre de una obligación, que logré esquivar. Soy bibliotecario. No he logrado escribir una página propia en mi vida.

         No sé muy bien cómo sucedió. Pero yo sentí que tenía otro hermano: se llamaba Manuel Rivas. Sé que la revelación es chocante y brusca. Descubrí su nombre en un reportaje de ballenas. Y volví a verlo en otro sobre la Torre de Hércules, José Cornide y el caudillo Brigo: todo mezclado en un audaz amasijo de magia. Desde entonces, estaba atento a lo que iba publicando en las distintas revistas o periódicos, y tenía la sensación de que escribía como yo soñaba escribir algún día. Me gustaban sus reportajes, sus entrevistas, sus primeras columnas de opinión, aquellos fogonazos líricos que surgían de súbito en medio de una mezquina borrasca de la política. Leía sus artículos en Teima, Mancomún o A nosa terra. Él adelantaba mis sueños: era como si alguien estuviese viviendo día a día, página a página, con los mismos adjetivos, la vida literaria y periodística que yo anhelaba para mí. Era como si alguien llegase sin esfuerzo, como una aparición tranquila, al lugar donde yo había puesto mi meta. Manuel Rivas era un suplantador de mis utopías. Un día vi una de sus fotos y, en efecto, se parecía a mi hermano.

         Si algo amo en el mundo es Santiago de Compostela. En Compostela se alían la lluvia, la piedra y el fulgor de una luz desvanecida de leyenda. Fui por primera vez con trece años, y fue todo una revelación. Con una muchacha, que tenía seis tías monjas y otro tío fraile en clausura, recorrí casi todos los conventos e iglesias, los parques y las callejas, y al fin cuando se desmayaba la tarde descubrimos un tiovivo que representó la felicidad, la algazara indecible de la verbena. Presentí que en la atmósfera de la ciudad había una ligazón misteriosa con mi vida. Desde un banco de la alameda, con la catedral sumergida en una nebulosa de oro y sueño, incliné la cabeza sobre mi amiga y busqué su oreja. Sobre ella di mi primer beso de amor. Llevaba un short diminuto: la blancura de sus muslos rivalizaba con la luna que empezaba a anidar en los torreones.

         Algunos años después, llegué a Compostela muy tarde, casi a las doce de la noche, con un grupo de tres o cuatro personas que se dedicaba a la investigación teatral. Uno de los compañeros que nos dirigía, Antón Lamapereira, tenía amigos en Santiago, en concreto un joven periodista de pocos años, Manuel Rivas, que se movía entre una timidez desarbolada y una sabiduría desleída por la dulzura. De vez en cuando, construía frases que resultaban de otro mundo: era capaz de mezclar el temblor de una estrella con el cesto de mimbre de una labradora o con el plato de pulpo con cachelos que humeaba sobre la mesa. Recuerdo que se vio obligado a buscarnos un lugar donde dormir: nos llevó a casa del periodista de El país e Interviú Perfecto Conde. La casa era bellísima, de fábula medieval, y estaba repleta de periódicos derramados por todos los rincones. Aquello parecía una selva de la letra impresa y un torbellino de desórdenes. De madrugada vimos a Perfecto Conde con su guapísima y elegante novia en un bar, y nos dijimos: "Seguro que ella nunca toma café en la casa".

Aquel fue mi primer encuentro con Manuel Rivas. Por pudor, no le confesé mi admiración. En una taberna ocurrió algo que no podré olvidar jamás. Se notaba que conocía al patrón. Ambos se alegraron de verse. Hablaron. Ya sé que has acabado la carrera, te leemos de vez en cuando en la cocina, casi de madrugada. Sí, me van las cosas bien. Más que bien, Manolo, los compañeros de la partida de dominó dicen: hoy ha escrito de percebes y de muertos, ayer de Pousada, el hombre que hace más de 43 recetas con castañas, y qué bonito, sí, dijo Maceiras, el reportaje que le dedicó a Manolo Loureda, el futbolista. Ya sabes, hay que hacer de todo, hasta necrológicas, Rosende. Después, se produjo ese momento entre desabrido y sublime que no he podido olvidar nunca, repito, ese instante que define la enfermiza relación entre gallegos y alumbra el altar de la añoranza. Y la niña, ¿cómo está? Seguro que ya va en sexto o séptimo. Murió, Manolo, murió, tres o cuatro meses después de que dejaras Santiago. No superó la enfermedad. El joven periodista, como todos nosotros, se quedó traspuesto: como si recibiese un puñetazo del destino. Se le encendió la cara y miró al tabernero (su ojos refrenaban un diluvio de pena a punto de desgañitarse), con una ternura que se desmigajaba en el aire. Reaccionó de súbito y dijo: “No sabes cómo lo siento, Rosende. Pero, consuélate. Las cartas más bonitas nos llegan en sueños desde el más allá. Siempre. Las de Clara serán preciosas. Tenía una letra muy bonita”.

         A los pocos días, le leí una entrevista con Rafael Dieste. Un escritor que venero como a nadie. Me gustan sus libros, el personaje, su elegancia tocada de añoranza, su finísima inteligencia y su gusto por la magia y la filosofía, que desposaba en sus delicadas maneras y en su obra. Uno de los libros de mi vida es Historias e invenciones de Félix Muriel. Se lo recomiendo siempre a los lectores. Rivas había conversado con Dieste en Rianxo, frente al mar, y yo dialogaba con ambos a través de las confidencias. Era una página llena de profecías y aforismos en la cual sonaba el piano con melodías de gaviota que bate sus alas sobre el espigón del mar.

         Rivas era como mi sombra. Como mi doble insidioso. Alguien que sin saberlo corregía mi existencia. Cada cosa que hacía él, me obligaba a modificar mis utopías. Cuando comenzó a escribir de fútbol, creí que me iba a morir: ensalzaba el mito del Deportivo, del fútbol atlántico, y cada una de sus piezas era un cuento. No es que yo le tuviese envidia, pero sí padecía una sensación de angustia porque alguien se anticipa a la quimera que construyes y la alcanza con pasmosa naturalidad. Insisto en la idea: sé que la he dicho antes. Al fin y al cabo era mi hermano. Leía todos sus libros: sus primeros poemas, sus textos narrativos, tanto Los comedores de patatas como Un millón de vacas, leí con devoción El lápiz del carpintero (¿cómo voy a olvidarme de la carga de acordeones del barco “Palermo” o de la isla de San Simón, convertida en cárcel de prisioneros de guerra?), ¿Qué me quieres, amor? o Ella, maldita alma, esas piezas que son como suspiros de realidad y sortilegio, donde la facilidad narrativa se mezcla con el don metafórico, con el aliento lírico de  la mariposa que esparce su polvo de oro, y con la creación de personajes que se mueven en terrenos fronterizos, con un pie en la modernidad y el otro anclado en el agro, en la fantasía y la superstición que viene del corazón de la tierra, de la furia del mar. Rivas era como una mezcla alquímica de Álvaro Cunqueiro, Rafael Dieste, Albert Camus y John Berger. Para un lector profesional es fácil hacer comparaciones así.

         En una ocasión, hice algo que no he vuelto a hacer jamás. Compré su colección de poemas Costa da Morte blues y se la remití para que me la devolviese con una dedicatoria. Rivas, desde Urroa, ese paraje de Vimianzo donde el viento corre tanto como los caballos, me devolvió el ejemplar con una dedicatoria y una postal de Van Gogh. Me decía al final: “Tú ya eres mi hermano. Un hermano que tengo fuera de casa y al que algún día habré de ir a ver”. La carta la tiene mi hermano, el paleta o albañil, el percebeiro que presume de haber leído un único libro en su vida, El periodismo es un cuento, curiosamente de Manuel Rivas, su hermano. El hermano que yo le inventé a mi hermano. Y dice que cuando quiere llorar se sube al desván de su casa, orientada hacia las playas de Valcobo y Barrañán, con sus casi 50 años y su cara encendida como una cereza, y lee la historia de Eva Lavandeira, desaparecida en un bosque de caballos sueltos y de lobos. “Al principio, Eva rehuía el espejo. Miraba a la otra, a su imagen, como a una extraña y se alejaba con inquietud. Pero, poco a poco, fue reconociéndola. Un día fijó sus ojos azulísimos en los ojos azulísimos de la otra”. Con la mirada tocada por un aluvión de lágrimas, concluye mi hermano la lectura: “Un sacerdote dijo el día del funeral: ‘Eva se quedó dormida y despertó en el cielo’. Los curas, cuando hablan el lenguaje de los niños, siempre dicen la verdad. Lo que nos queda ahora es la Eva del espejo. Aquella sonrisa que le servía para saltar un muro insalvable”.

         Siempre he tenido la sensación de que Manuel Rivas era el otro, como antes lo fue mi hermano. Y al mirarlos, al pensar en ellos, yo también me veía avanzar hacia el espejo como si quisiera abrazarlo, como si quisiera, al entrar en su estancia de plata, abrazarlos a los dos.

 

 

 

*Esta tarde, a las 20 horas, en el Palacio de la Aljafería, el escritor Manuel Rivas (A Coruña, 1957) protagonizará una de las ‘Conversaciones en la Aljafería’. Será presentado por el poeta, crítico literario y ex librero David Mayor, y luego él y yo dialogaremos en torno a la literatura y algunos aspectos sociales con el autor de ‘Los libros arden mal’, ‘El lápiz del carpintero’ o ‘¿Qué me quieres, amor?’. Este texto pertenece al libro de relatos ‘Golpes de mar’ (Destino, 2006).

 

LA LEYENDA DE LOS DOS TORRES

LA LEYENDA DE LOS DOS TORRES

LA LEYENDA DE LAS DOS TORRES

Por Juan VILLALBA SEBASTIÁN

 

Y ella dijo:

He llegado a saber ¡Oh, rey afortunado! ¡Oh dotado de buenos modales! Que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos, en una ciudad situada a 40º 43’ N, de cuyo nombre no me acuerdo en este instante, había –pero Alah es más sabio- dos hombres, Omar y Osama, arquitectos, que trabajaban para el constructor judío Selomo ben Gabirol, padre de la hermosa Ashira. Desde el primer día que la vieron,  se sintieron atraídos por  ella y así se lo hicieron saber a su padre.

            Selomo, poco o nada versado en humanos sentimientos, y mucho menos en las cuestiones de amor, era por encima de todo un hombre de negocios, por lo que se dispuso a resolver el conflicto como si de un problema constructivo se tratara: aquél de los dos que construyera la torre más alta y perfecta sería el elegido para casarse con su hija.

            Los dos imprimieron a sus respectivos proyectos un ritmo frenético, sus obreros trabajaron desde el primer momento a tres turnos y las torres se levantaron en poco tiempo, ambas idénticas, casi gemelas, pero el destino quiso que la de Omar se concluyera unos pocos días antes que la de Osama. Según lo convenido, Omar había ganado, él sería quien desposara a la bella Ashira.

            Algunos años después, un día entre los días, Ashira se disponía a llevar a sus hijos al colegio, cuando al encender su televisor no dio crédito a lo que estaba viendo: un Boeing 767 se incrustaba contra la torre que había elevado su marido Omar, donde él estaba en esos mismos momentos trabajando. Sin tiempo para reaccionar, conmocionada, pero sin lágrimas en los ojos, asistía incrédula a un segundo impacto: un nuevo avión de similares características al anterior se estrellaba contra la  torre que construyera Osama,  desde la que su padre dirigía todos sus negocios.

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

*El profesor y escritor Juan Villalba Sebastián, experto en Clemente Pamplona, acaba de publicar un libro de relatos en Eclipsados. Este es uno de los textos.

MANUEL RIVAS EN LA ALJAFERÍA, MAÑANA

MANUEL RIVAS EN LA ALJAFERÍA, MAÑANA

Mañana, dia once de noviembre, a las 20 horas, en el palacio de la Aljafería, Manuel Rivas hablará de su trayectoria literaria. La presentación correrá a cargo del poeta y crítico David Mayor, y luego el autor de ‘Los libros arden mal’ conversará con Antón Castro y con el propio poeta.

 

El acto se integra en el ciclo de ‘Conversaciones en la Aljafería’