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Antón Castro

Fotógrafos

GABRIEL LATORRE, DE 'CARICIAS'

GABRIEL LATORRE, DE 'CARICIAS'

Le tengo enorme cariño al actor y fotógrafo Gabriel Latorre, un histórico de la escena en Aragón y en España. Me interesa mucho su condición de fotógrafo. Y hoy, de nuevo (en alguna ocasión me había enviado algunos de sus trabajos), cuelgo algunas sus fotos. Explica el artista: “Son unas fotografías que hice ya bastantes años atrás para el cartel y programa de mano de ‘Caricias’, la obra de Sergi Belbel que hizo el Teatro Imaginario y en la cual también trabajé como actor, me ha parecido bonito recuperarlas y son de las de primera época como fotógrafo, unas fotos hechas simplemente con una bombilla de techo y una lamparita de mesilla para hacer los contras, y este fue el resultado”.

JAVIER CERCAS: EL GRAN ROMEO

JAVIER CERCAS: EL GRAN ROMEO

[El escritor Javier Cercas publicó este texto en el suplemento dominical de ‘El País’ un artículo extraordinario sobre Félix Romeo. Hace unos días me crucé con sus padres ante el Paraninfo. El miércoles, con otros amigos como Pepe Melero, Daniel Gascón, Ismael Grasa, Eva Puyó y Luisa Alegre, cené con él. Tenía este artículo guardado en mi archivo... La revista ‘Letras letras’ publica una extensa entrevista de Daniel Gascón a Javier Cercas.]

 

EL GRAN ROMEO

 

Por Javier CERCAS

 

Se llamaba Félix Romeo, pero no siempre fue muy afortunado en el amor; en la muerte no lo fue en absoluto. Falleció el 8 de octubre pasado, en Madrid, a los 43 años, de un paro cardiaco. Decir que era un hombre excepcional es decir bien poco, porque en la hora de la muerte todos somos excepcionales. Ante todo era un escritor. Publicó infinidad de artículos y crónicas; publicó tres libros. El primero, de 1995, se titula Dibujos animados y le colocó en el grupo de cabeza de la narrativa de su generación. El segundo, Discothèque, se publicó seis años más tarde; aunque el libro sea una mezcla feliz, improbable y gamberra de Kurt Vonnegut y Rafael Azcona, puede que Romeo viviera su publicación como un fracaso: quizá pensó que la novela no se había entendido; más probablemente, que no había estado a la altura de lo que él se exigía a sí mismo. De esta derrota (o de esta ilusión de derrota) salió su mejor libro: Amarillo, un gran interrogante sin respuestas sobre un hecho que el vitalismo desaforado de Romeo se negaba a entender -el suicidio a los 24 años de su amigo el escritor Chusé Izuel-, un libro extraño, perturbador y necesario donde su prosa adrenalínica brillaba con todo su sombrío esplendor. Lo dije en esta columna cuando el libro apareció, hace tres años, y conviene repetirlo.

Pero Romeo no era sólo un escritor; para muchos era sobre todo un personaje. Ahora que está muerto -ahora que su vida empieza a cobrar un sentido ajeno a sí misma-, sería fácil compararlo con los protagonistas de las novelas de Saul Bellow, con uno de esos intelectuales desmesurados que, como Humboldt o Ravelstein, parecen encarnar toda la magnificencia contradictoria del ser humano. Como Ravelstein, Romeo era a su modo un pedagogo. Poseía una cultura exuberante, y parecía disfrutar lo mismo adquiriéndola que repartiéndola. Fabricó lectores, cinéfilos, escritores. Como promotor de su propia obra era pésimo -de hecho, era totalmente incapaz de promoverla, no digamos de promoverse a sí mismo-, pero como promotor de la obra ajena era imbatible. Su conversación era una pirotecnia perpetua de lecturas, de historias, de ideas. La última vez que le oí hablar en público razonó su rechazo de gran parte de la literatura española con el argumento atendible de que es una literatura de señoritos (una literatura de primero de la clase, creo que dijo), una literatura que mira a los seres humanos por encima del hombro, de arriba abajo y no de abajo arriba, incapaz de mostrarlos en toda su desoladora grandeza, una literatura mezquina, costumbrista y petulante; cuando Romeo terminó de hablar le dije que me gustaría tener por escrito lo que había dicho, y él me miró extrañado, como si le molestase un poco que los demás creyésemos que tenía tiempo de escribir todo lo que se le ocurría. Su pasión por los libros obraba prodigios. Una vez aseguró en un artículo no haber leído una gran novela inédita en castellano: The man who loved children, de Christina Stead; como yo sabía que no le gustaba que hubiera por ahí obras maestras sobre las que no podía emitir una opinión, cuando nos vimos le regalé mi ejemplar; él lo aceptó, pero años después convirtió una charla pública en un acto dadaísta con el fin de poder devolvérmelo; y justo el día siguiente de su muerte me enteré por Abc, el periódico donde últimamente colaboraba, de que el libro de Stead se acaba de traducir al castellano. Podía ser dogmático, arbitrario y provocador, aunque sus intemperancias sólo molestaban a los fanáticos y a los canallas. En política era un excéntrico: no sólo creía fervientemente en la democracia; creía fervientemente en esta democracia. Más de una vez demostró ser valiente. Si la palabra no estuviera llena de sangre y de mierda, sentiría la tentación de decir que era un patriota: detestaba el nacionalismo, pero amaba su tierra y a su gente. En Zaragoza deja un agujero del tamaño de una explosión nuclear.

Creía en la amistad entre escritores, lo que tiene un gran mérito. Cada vez que pasaba junto al pueblo donde nací, entre Trujillo y Mérida, me llamaba por teléfono o me enviaba un sms. Sus sms. En el penúltimo que me envió, un par de semanas antes de morir, me daba las gracias porque, en un reportaje publicado en este periódico, le mencionaba entre los escritores que merecen más lectores de los que tienen. "Qué alegría que me tengas en tu corazón", escribía. Le contesté que siempre le tenía en mi corazón y en mi cabeza; me contestó: "Sí, pero verlo en EL PAÍS es como ver un corazón de enamorado en un árbol". Uno entiende perfectamente que todos tenemos que morir, pero no que, habiendo tanto hijo de puta suelto, la muerte venga a reclamar, a los 43 años, a un tipo como Félix Romeo. Cuando me dijeron que había muerto me fui a caminar por el Ampurdán; el cielo estaba negro y soplaba una tramontana tan furiosa que parecía querer arrancar los árboles de cuajo y llevárselos volando: tuve la impresión de que la naturaleza estaba de acuerdo conmigo. No es fácil dejar que un hombre como Romeo se marche así como así.

 

*Esta foto de Félix Romeo se la hizo otro grande: Daniel Mordzinski.

MICHETO O EL ARAGÓN ALUCINANTE

MICHETO O EL ARAGÓN ALUCINANTE

[Mañana lunes, a las 11.30, en las Cortes de Aragón, el palacio de Aljafería, se inaugura la exposición ’La piel de Aragón’ del fotógrafo Manuel Micheto. Este es el texto que he escrito para la ocasión y que figura en el catálogo digital de la muestra.]

 

VIAJE AL PAISAJE ALUCINANTE

 

-Sobre ’La piel de Aragón’ de Manuel Micheto.

 

Antón CASTRO

En Calatayud existe una escuela de fotógrafos del paisaje. Los maestros serían el poeta y artista José Verón y el fotoperiodista Carlos Moncín. Y uno de sus alumnos más aventajados, uno de sus grandes amigos, es Manuel Micheto, cuya obra tiene personalidad propia. Hace algunos años, en compañía de José Verón, emprendió una auténtica aventura: recorrió la cambiante y variada naturaleza de Aragón; luego, desde el aire, ensanchó su visión y enriqueció su elaborado archivo hasta las 30.000 fotografías: completó el abanico de las estaciones y visitó algunos lugares que se le habían quedado fuera. El resultado final es un proyecto sugerente, ebrio de plasticidad y belleza, que se titula La piel de Aragón.

¿Cómo es La piel de Aragón? El propio artista ha dado algunas respuestas. Nos dijo en una ocasión: «Es una piel que se refleja en el carácter del aragonés; es una piel dura, bella, solitaria a veces, sorprendente y que transmite una magia cautivadora». Agregó que había dejado libre la mirada, que intentó huir del tópico y de la iconografía más conocida para buscar su propia visión, la certeza de las imágenes en el tiempo: «Aragón es una tierra que cautiva al fotógrafo por sus grandes contrastes: desde los yesos más desérticos de los Monegros hasta la magnificencia del Pirineo; desde las curiosas tierras del Somontano de Barbastro hasta la  increíble magia que rezuma la zona turolense del Matarraña».

En cierto modo, en estos párrafos, Manuel Micheto explica algunas claves de su percepción, de su forma de trabajar y de su interiorización del territorio. Se siente un ladrón de luces, un buscador de instantes, alguien que intenta enfrentarse a la naturaleza con sinceridad en pos de la hermosura y la sugerencia: planta su cámara y su mirada y se deja apresar o poseer por el entorno. Y así le ha salido esta muestra: una síntesis de poco más de veinte piezas –casi una entre mil, por decirlo así- que resumen el cambio constante de Aragón, que puede ser secarral y llano en llamas en Los Monegros, tierra sedimentada, hondonada y colina, vergel y paraíso, celaje de nubes viajeras y arquitectura, barranco, serranía y montaña altiva y grandiosa como son los Pirineos o un accidente casi sobrenatural como los Órganos de Montoro, que apuntan al cielo con su trompetería de piedra. La piel de Aragón es un registro de las metamorfosis de Aragón kilómetro a kilómetro: todo se renueva, se transmuta y se afirma con opulencia, con evocación y con una indecible sobriedad.

Manuel Micheto, además de médico y fotógrafo, es ciclista. A él le gusta decir que es un ciclista apasionado y amateur. Un ciclista que mira: en las rampas más difíciles, en los descensos y en la planicie. Al pedalear observa y captura instantes, panorámicas, horizontes, colinas aterrazadas, castillos a lo lejos, pero también el curso de los ríos, los sotos poblados de pájaros y de luces casi espectrales, de esas que se cuelan con su cuchillo de claridad y sueño y dibujan, entre la arboleda, un espacio de intimidad y refugio. Desde la bicicleta, desde esa elevada posición, tiene una sensación de dominio o de posesión. Desde la bicicleta aprende a mirar y desmenuza los paisajes, la plenitud del silencio, las escalas y las texturas de la orografía.

La piel de Aragón no es ajena a ese aprendizaje. Ni al lenguaje, a todo color, de maestros en blanco y negro como Amsel Adams. O el Sebastiao Salgado de Génesis. Con enorme curiosidad, entregado a cuanto ve, Manuel Micheto selecciona, aquilata, medita, y luego, con la paciencia imprescindible que usa el buen observador, regresa y hace su trabajo de fondo. Atiende a la belleza, a las gamas cromáticas, a la rotundidad de las formas, a los accidentes del azar: le interesan una capa de nieve que empieza a desaparecer de un pueblo, las neblinas que se alzan en el invierno con su pañuelo de misterio, la atmósfera inefable de la desolación y le gusta descubrir como a veces la naturaleza ofrece manchas, rugosidades, melancolía y fogonazos de sol. La naturaleza ofrece cuadros pintados que parecen afines a algunas obras de La Escuela de Vallecas o a algunos hallazgos abstractos de Antoni Tàpies. Manuel Micheto sospecha que la abstracción está en el campo mismo. En las piedras erectas de los Mallos de Riglos o de Agüero o en esas fincas que parecen yermas y solas en Los Monegros. Micheto se identifica con Los Monegros: es un paisaje de ahora, de antaño y del pasado, es un paisaje intemporal, solar y lunar a la vez, que invita a pensar y que en el fondo tiene mucho de espiritual. El misticismo del desierto que activó la imaginación de El profeta de Pablo Gargallo, por ejemplo, o la filosofía quietista de Miguel de Molinos. La pequeña serie que le dedica es un documento metafísico, intenso, hermoso: revela una fascinación, una búsqueda, la tentativa infinita de un fotógrafo que ansía atrapar imágenes definitivas. Y al hacerlo deja temblando pensamientos, visiones, una forma irremisible de entrega.

En La piel de Aragón hay muchas latitudes. Está Teruel: el Teruel de las afueras y de los senderos que se bifurcan hacia el extravío sentimental, el Teruel del castillo de Peracense, esa fortaleza que encierra la voluptuosidad de la piedra rojiza y el cántico de los pájaros. Manuel Micheto se empeña en esculpirlo como si quisiera lanzar por los aires su complexión enigmática, su condición de mirador un tanto intangible y abierto a todos los vientos. En ese Teruel está el salto del río Tastavíns o el curso del río Matarraña: el autor sabe que los dos serpean por un paisaje nítidamente mediterráneo, entre olivos, almendros y ahora viñedos, con un olor envolvente y a la vez suave como un aroma soñado. De Teruel son los ya citados Órganos de Montoro, que definen el abrupto roquedal del Maestrazgo, una sierra bravía donde el buitre ensaya su vuelo más sofisticado en un cielo cristalino. Piedra a piedra, esa escultura se vuelve música imaginada, silencio habitado, armonía de ángeles esculpidos en la roca viva.

Huesca es la provincia exuberante. Lo tiene todo. Incluso la cordillera interminable, el agua de los ibones y de los pantanos y los bosques del paraíso. Manuel Micheto desprecia la pereza y ha buscado nuevos puntos, otra posición del fotógrafo. Y así capta Riglos, ese tótem que propone un desafío y la certeza de un abismo insondable, Agüero, que adquiere una dimensión mágica y que parece protegido por la gran mole, los Pirineos, donde se superponen las cumbres más allá de la boira espesa. Capta el valle de Pineta, representado aquí por elementos modestos: los matorrales en desorden, el espejo del agua, los restos del ramaje. Y en la Canal de Berdún, por poner otro ejemplo, se fija en los pliegues y repliegues de la piedra entre fincas de secano. La íntima sencillez de lo inadvertido.

En la provincia de Zaragoza, su provincia, Manuel Micheto se ha detenido en las tierras ondulantes de Zuera, en la solitaria estación de Maluenda, todo un poema del paso del tiempo y de la memoria mítica. También se ha fijado en los terrenos próximos a Calatayud: ese paraje de hechizos que es el monasterio de Piedra, el pantano de la Tranquera y Nuévalos bañados por las nieves, o los campos de Ateca, roturados y trillados de un modo que podría resultar simbólico, una escritura secreta y ritual a la intemperie. Y para que no faltase casi nada, se ha ido a Castejón de Alarba para realizar el elogio del viñedo y de su mansedumbre bajo un cielo de un azul particular, tan decisivo y amoroso como la mirada del fotógrafo. No podía dejar al margen el lugar en que se expone La piel de Aragón: el palacio de la Aljafería, la casa del pueblo, el inventario de una historia de siglos donde se concilian la beldad, el esplendor mudéjar, el derroche incesante del arte, la imaginería cromática y sus múltiples arabescos.

Manuel Micheto ha hecho uno de esos proyectos que nos atañen a todos. La piel del mundo propio. La geografía física que se torna vaciado del alma. Una piel erizada, estremecida, diáfana, rebosante de matices: heridas, estados de ánimo, perspectivas, frondosidad. La muestra resume un modo de mirar y de absorber la plasticidad inagotable de la naturaleza. «Mi fotografía ha captado siempre el paisaje en su más estricta pureza –señala Micheto-. Quiero transmitir paz, serenidad, belleza, amor, grandiosidad...» A nadie que sepa mirar, a nadie que quiera ver, le pasará inadvertido que lo ha logrado mediante la sensibilidad, la tensión del ojo enamorado y el compromiso con la fotografía y con las raíces. El hombre es tierra y se confunde con ella para volverse invisible.

 

RAMÓN SÁNCHEZ RECUERDA A SU AMIGO MARIANO HERNÁNDEZ

RAMÓN SÁNCHEZ RECUERDA A SU AMIGO MARIANO HERNÁNDEZ

[En la exposición de José Ramón Sánchez en El Ambigú, en Barbastro Foto, hay una histroria conmovedora: la de Mariano Hernández. Así la cuenta su amigo el fotógrafo de Barbastro.]

http://echarseacorrer.blogspot.com.es/2013/07/mariano-hernandez.html

MARIANO HERNÁNDEZ

 

Por José Ramón SANCHEZ

Juro que cuando empecé este blog mi intención era exclusivamente hablar de la alegría de correr, y de vivir, y de cosas así. Pero las circunstancias han hecho que los obituarios se hayan convertido en una sección ya habitual. Y es que la muerte va haciendo su trabajo de forma paciente e inexorable, y casi siempre por sorpresa y a deshora, la cabrona, sin importarle para nada nuestros insignificantes planes mundanos.

 

Coincidí con el bueno de Mariano (Marianito le llamábamos entonces porque de crío y de jovenzuelo era un poco relamido) en la residencia donde estudiábamos (es un decir) en nuestra época universitaria en Zaragoza. Lo de “es un decir” lo digo por Mariano y por mi, entre otros, que no éramos mucho de hincar los codos. Yo luego me he arrepentido de no haber aprovechado mejor el tiempo. Y no hablo sólo de estudiar.

 

Mariano en ese otro aspecto si que fue algo más lanzado que yo. Lo de salir de noche le iba bastante. Y así fue pasando de Marianito a Mariano: Lo más de la modernidad ochentera. Yo, aunque salía por ahí los fines de semana, llevaba otro rollo mucho más tranquilo. Mas de una vez me lo encontraba a las 7 de la mañana preparándose una sartén de patatas fritas para él solo después de una noche de marcha. Le volvían loco las patatas fritas, en cantidad. Según él, cuando estaba en su casa, en Barbastro, todas las noches su madre le freía una fuente para cenar. Y el tío no se engordaba nunca. Los hay con suerte.

 

 

Uno de los momentos más curiosos de nuestra vida en la residencia era el de la misa de los domingos. Don Fernando, buen hombre y con más paciencia que el santo Job, era el cura encargado de nuestra formación espiritual y sobre todo, de que aquello no se desmadrara demasiado. La misa empezaba a las 12 y la asistencia era obligatoria. Éramos unos diez o doce y era frecuente ver a gente en pijama y con cara de no haber pasado muy buena noche. En esto Mariano, como muchos otros, no solía fallar. Y había un momento, tras la homilía creo recordar, en el que lo divino se hacía carne y Mariano decía: -Que le voy a dar la vuelta al pollo- a lo que Don Fernando asentía con una leve inclinación de cabeza. Y se ausentaba unos minutos durante los cuales sospecho que aparte del pollo, se ocupaba de aligerar de patatas la bandeja del horno (Era un horno industrial). Y seguro que también se fumaba un cigarro. ¡Ah! ¡Eso era vida! Y Mariano de eso, sabía.

LIZ GIBBONS POR LOUISE DAHL-WOLFE

LIZ GIBBONS POR LOUISE DAHL-WOLFE

Me encanta esta fotografía de Louise Dahl-Wolfe, una gran artista de la moda, especialista en retrato. Era norteamericana, nació en 1895 y murió en 1989, trabajó mucho para ‘Harper Bazaar’s’ y se casó con el escultor Meyer Wolfe, que le hizo algunos decorados. Solía trabajar al aire libre y fue una de las primeras retratistas de Lauren Bacall. La mujer de la fotografía es Liz Gibbons, una famosa modelo de los años 40, y la foto está tomada en Cuba en 1941. Encarna la elegancia, la belleza, la armonía de una composición perfecta y sugerente.

JOSE GIRL: UNA ENTREVISTA

Jose Girl presenta una selección de sus fotografías en la sala de Bantierra, bajo el título ‘Misfits’. La muestra se inscribe dentro del Festival Out of Mind 2014 de performance y arte de acción que organzar Artix Espacio Creativo. La fotógrafa explica las claves su trabajo, su poética. Una parte muy extensa del diálogo aparece hoy en HERALDO de Aragón. Jose Gir reside en Los Ángeles.

 

 

 

-Leo que de niña fuiste contorsionista... ¿Qué hay de ello?  

Provengo de una familia de circo, sobre todo por parte de madre. La de mi padre era una familia convencional de castilla la mancha pero él desde muy joven tenía pasión por el mundo del trapecio y se marchó a Madrid a trabajar y a entrenar en un gimnasio, hasta que se unió a un circo y así conoció a mi madre. He vivido en ese ambiente desde que nací hasta casi los 7 años, cada día en una ciudad, actuando para la gente de los pueblos. Desde muy niña aprendí y actué como contorsionista en el circo familiar. Era uno de esos circos de antes, de titiriteros, cómicos y gimnastas, con producción muy rústica. Con nada de dinero y mucha pasión. 

-¿Cómo diste el paso a la fotografía? ¿Qué te atrapó, cómo se decantó tu vocación? 

 Fue cuando todavía cursaba lo que era E.G.B cuando empezó a interesarme tomar fotografías. Tenía una cámara malísima compacta y salía a tomar fotos por el barrio donde vivía, el Arrabal de Zaragoza.  Cuando cursé el instituto me prestaron una réflex por unos días y me apasionó. Decidí al poco tiempo que no quería hacer COU ni ir a la universidad porque no había ninguna carrera que a mi parecer me ofreciera lo que buscaba, así que hice ciclos formativos de imagen y comencé mi autoformación. 

  

-¿Por qué Josefa Gómez pasa a llamarse Jose Girl? ¿Cómo fue ese paso? ¿Querías mantener, también, un cierto equívoco? Algunos pensaban que eras un hombre, ja, ja, ja... 

 

En realidad nunca me han llamado por mi nombre real, solo el primer día de cada curso y entonces ya les decía que me llamaran Jose. Me han llamado así en mi casa desde que tengo uso de razón. Lo de Jose Girl lo decidí poco antes de mi primera exposición fotográfica en Valencia. Como tú bien dices, mucha gente al oir mi nombre decía que era un nombre de chico y quise hacer el juego de palabras. 

 

-¿Qué rescatarías de esos años de formación, qué te interesaba? 

Lo mejor de los años de formación fue la gente que conocí en los cursos a los que acudí. Por aquel entonces eran ciclos nuevos y normalmente la gente que acudía era muy alternativa, diferente, eramos gente que pasamos de la universidad porque no queríamos meternos en estudios tan largos y que nos iban a proporcionar poca formación sobre lo que buscábamos. Gente a la que le interesaba mucho la música y el audiovisual, disfrutábamos creando y nos dejaban. Hice muchos buenos amigos en esos años, tanto en Zaragoza como en Valencia. 

 

-He visto que en tu fotografía hay algo inquietante casi siempre, una fuerza oscura.... ¿Es una búsqueda deliberada o sencillamente está ahí y lo encuentras?  

Es deliberada desde el momento en que es lo que a mí me interesa. Cada uno lo llama de una manera, tú lo llamas fuerza oscura. Supongo que lo que cada uno busca a la hora de hacer una foto o un retrato lo encuentra. El que busca luz, la encuentra, y el que busca un lado oscuro también, porque en todo lo que vemos hay de los dos. Dos personas con dos puntos de vista artísticos opuestos fotografiando una misma escena dan como resultado imágenes bien distintas. 

 

-No te gusta hablar de influencias, y con razón... A veces se dicen por ubicarte. En tu página web se habla de Josef Koudelka, Anders Pedersen, García-Alix o Diane Arbus... Quizá, viendo ‘Misfits’, yo también pensé en Irving Penn y en Avedon... ¿Qué se aprende de los maestros? ¿A olvidarlos, a buscar otro camino? 

Me han dicho varias veces eso aunque no estoy de acuerdo. Tengo muchísimas influencias y creo que se nota. Todos los que citas son maestros para mi. Nunca hay que olvidarlos , siempre seguirlos, así se encuentran nuevos y propios caminos. 

 

-La música es importante en tu vida, por diferentes motivos. Has hecho varias series de música y varios libros. ¿Qué encuentra la fotografía en la música, qué encuentra tu sensibilidad? 

La música siempre ha sido una de las cosas más importantes para mí, forma parte de mi vida. La fotografía también. El fusionar ambas es para mí un auténtico disfrute. Mirar a los músicos, cómo se mueven , cómo entran en trance encima de un escenario y poder plasmarlo a tu manera es para mí una manera de estar también en el escenario, de participar de los shows de otros.  Entras en tu propio trance. Es un tipo de fotografía muy libre a diferencia de la de encargo, de catálogo o de moda, eres libre de interpretar lo que ocurre allá arriba a tu manera. Eso es muy excitante. 

-Mirando las series de Nacho Vegas, de Leiva o de Enrique Bunbury, tengo la sensación de que exploras el retrato muy expresivo y a la vez una foto muy narrativa..., de personas no sé si complejas o con una desazón existencial. ¿No sé si estás de acuerdo? ¿Vive el músico en una cuerda floja continua? 

Depende del músico, pero creo que en general sí. Los compositores son seres sensibles y frágiles. La de músico es una profesión expresiva, narrativa e inestable, cómo tú bien dices. No es facil estar ahí arriba, ofreciéndote cada noche a un público, transmitirle los sentimientos que han ido a buscar y cumplir siempre con  sus expectativas. Para mí eso es una auténtica cuerda floja. 

 -En la exposición de Bantierra, se percibe también una cierta atracción por los marginados. ¿Es azarosa o es buscada? 

Bueno, la exposición de Bantierra se llama ‘Misfits’, que viene a ser  ‘Inadaptados’. La atracción no es azarosa ni tampoco premeditadamente buscada. Inconscientemente es lo que a mí me interesa cuando estoy detrás de una cámara y cuando no también. Algunas de esas personas son amigos míos, otras las he encontrado en mis viajes, y todos tienen ese lado "misfits"que me interesa. En general me rodeo de personas así, yo misma podría estar en una de esas imágenes. No son marginados, son diferentes. 

 

-Te has acercado al mundo del boxeo, de la lucha libre... ¿Qué te interesa de ese mundo que a veces parece tan frágil y teatral como grotesco? 

 

Lo teatral es algo muy atractivo para un fotógrafo, es algo que alimenta nuestra creatividad. Si además le añadimos el aspecto barrial y popular de la lucha libre y el boxeo es cuando a mí personalmente más me atrae. Las imágenes son crudas, nada posadas porque ese mundo es así. Posee para mi un glamur underground que forma parte de como veo las cosas. 

 

-Me impresionan algunas de tus caras: la intensidad, el arrebato del gesto, el río de las arrugas. ¿Qué tiene o quiere tener un retrato de Jose Girl? 

 Busco el gesto entre los gestos, la mirada entre las miradas, ese gesto y esa mirada que normalmente nadie muestra al posar, sino que pasan fugazmente cuando no se posa, cuando uno no se siente vulnerable ante una cámara. 

 

-También has hecho una serie que se titula ‘Erótica’. Parece que hay muchos objetos en los cuerpos. ¿Es fetichismo o una alusión a los obstáculos del amor? 

 Es ambos. El fetichismo al cuerpo, sobre todo al cuerpo femenino, y la alusión al amor. Es una manera de mirar el erotismo más "punk" y menos "bella" o literalmente sexual. El amor, el desamor, los obstáculos y lo complicado de todo ello están presentes en estas escenas de "erótica" 

 

¿Cuál sería la impregnación de México en tu obra? A veces, viendo tu trabajo y tu web, he pensado en Manuel Álvarez Bravo... 

México es uno de los países que más he visitado en mi vida y es inevitable y además un placer decir que hay en mis fotografías mucho de México y de cómo he aprendido a mirar allí . Es un honor para mi que hayas pensado aunque sea por un segundo en Manuel Álvarez Bravo viendo alguna de mis obras. Fue un maestro para todos, el más grande de latinoamérica y sus obras estuvieron muy influenciadas por el arte pictórico, cosa que a mi meinteresa mucho y aplico en la edición de las imágenes, pensar en cada fotografía como obra única que podría ser un cuadro. 

 

 

¿Cuál es la foto que mejor te define, que mejor te retrata? 

Cada foto tiene mucho de mí y parte de quien es retratado. 

 

¿Cómo se alimentan y se interfieren las creaciones de Enrique Bunbury, su compañero, y de Jose Girl? 

Enrique y yo llevamos muchos años creando juntos. Desde el principio se dio como algo natural y emocionante y disfrutamos mucho haciéndolo. Tanto en las creaciones conjuntas como en las de cada uno siempre hay un poco del otro presente. 

  

Eres creadora de vídeo y a la vez has sido objeto de una película... ¿Cómo es la experiencia, por qué no se ha estrenado esa pieza, que yo sepa? 

Aquello fue una propuesta de un realizador alemán que surgió con una exposición fotográfica en Berlín. La película nunca llegó a tomar forma, algo de lo que me alegro. Soy una persona reservada a la que le gusta estar detrás de la cámara, y sufro siendo observada. 

 

La foto de Jose Girl la tomo de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-3647aecbe42420098b379aaa4fcf5a50.jpg

La segunda foto es de jose girl la tomo de aquí: https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-f9f92f907329592fb99fc722749ee501.jpg

FOTOCUENTO DE CUENCA: 'BELINDA'

[Desde hace varios meses, Paco Cuenca -que ya se ha revelado como un estupendo fotógrafo, me envía una foto y un microrrelato de 240 caracteres como máximo. El de hoy es este...]

 

BELINDA GAVIRIA
Mientras veía por la ventanilla cómo Bogotá se esfumaba, Belinda Gaviria repetía para sí su lista de sueños segura de que lograría metamorfosear su vida del mismo modo que se convierte el amargor del cacao en la voluptuosidad del chocolate.

ANTONI ARISSA, GRAN ARTISTA

ANTONI ARISSA, GRAN ARTISTA

Antoni Arissa: el artista que vuelve a ver*

 

 

Arissa. La sombra y el fotógrafo, 1922-1936.  Comisarios: Rafael Levenfeld y Valentín Vallhonrat. PhotoEspaña. Fundación Telefónica de Madrid. Hasta finales de septiembre.

 

El viejo mercado de Les Encantes ha dado muchos frutos: alimenta las fotobiografías de Antonio Cardiel, ha inspirado un espléndido libro de José Carlos Cataño, ‘De rastros y encantes’, surte (o surtía) de libros de viejo, de cuadros y de objetos de chamarilería a curiosos, soñadores y buscadores de tesoros. Fue allí donde se vendió una parte del archivo de Antoni Arissa Asmarats (Barcelona, 1900-1980), fotos tamizadas por la sensibilidad, la variedad expresiva y la modernidad. Quien las compró debió de darse cuenta de inmediato de que allí había un fotógrafo lleno de talento, insólito para la época, más olvidado que desconocido, y se puso en contacto con el Museo de Arte Nacional de Cataluña. Por otra parte, el Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña posee alrededor de dos mil obras de Arissa, que era impresor y tipógrafo en el negocio familiar en la calle Bruc de Barcelona.

La Fundación Telefónica ha ‘descubierto’ a magníficos profesionales: Luis Ramón Marín, Josep Brangulí y Virxilio Vieitez serían tres ejemplos perfectos. O incluso al argentino Horacio Coppola. Y ahora, en la programación de PhotoEspaña, hace lo propio con Arissa, cuya trayectoria han investigado los comisarios Rafael Levenfeld y Valerntín Vallhonrat. Se exponen en torno a 160 obras de un período no demasiado largo, entre 1922 y 1936, pero sí enormemente fecundo y variado. Antoni Arissa, fascinado por el auge de la fotografía, encuentra en las cámaras un artefacto que le permite desarrollar su sentido artístico, su búsqueda de la belleza y su pasión por el riesgo. Al principio, milita en el pictorialismo, que era el género de moda y el que solía concurrir a los salones fotográficos. Arissa fue galardonado en certámenes nacionales (Figueras y Gijón, entre otros) e internacionales. Curiosamente, en PhotoEspaña, en el Museo Romántico, también se exhibe a un gran fotógrafo pictorialista de Sabadell como Joan Vilatobà (1878-1954), premiado en la Exposición Hispano-Francesa de 1908 de Zaragoza.

Arissa, dentro de esa corriente tan en boga, hace un poco de todo: instantáneas rurales, alegorías de una supuesta Arcadia, retrata a sus hijas (Margarita y Angeleta era el nombre de dos de ellas) en interiores que ha trabajado como un decorado con atmósferas de cuentos de hadas, pero también se asoma al puerto e incluso capta la ciudad con una asombrosa plasticidad, como sucede con esa serie de Barcelona, matizada de reflejos, donde parece anticiparse al propio Catalá-Roca o a las visiones límpidas de Josef Sudek.

Poco a poco, el fotógrafo evoluciona hacia la abstracción. Hombre informado, se ve una segunda época influenciada por los ecos de la nueva fotografía europea, en la línea de Alexander Rodchenko (cuyo eco es visible en sus picados y contrapicados, en los ángulos inesperados, en la búsqueda de una nueva posición del fotógrafo), de Moholy-Nagy y los artistas de la Bauhaus, de la nueva objetividad alemana. En su última etapa, Arissa, que había sido objeto de un número monográfico de la revista ‘Art de la Llum’ en 1935, se transformó en un fotógrafo obsesionado por la pureza formal, la depuración estilística y el diálogo con el diseño gráfico, las letras y los signos. Pese a esa apuesta más bien constructivista, a esa inclinación tan sutil y perfeccionista, Antoni Arissa siempre pareció dispuesto a mirar el exterior y atrapar nuevas formas de arte y de vida: en las calles, en su casa, en los jardines o en los muelles. A veces no es fácil saber con exactitud en qué momento realizó una foto, por la amplia horquilla de datación, pero eso tampoco es tan determinante ante alguien que posee mirada, arquitectura de la composición, caligrafía del contraluz y una vocación artística espectacular. Tan humana o humanista como conceptual.

Tras la Guerra Civil abandonó la foto y se centró en su oficio.

 *Este texto apareció a doble página en el suplemento 'Culturas' de 'La Vanguardia'.