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Antón Castro

Fotógrafos

FOTOCUENCA: LENA SERVAIN

FOTOCUENCA: LENA SERVAIN

[He tenido fallos con el sistema de Facebook. Ahora no puedo acceder: me ha hecho extraño de mí mismo, dice que soy otro. Por eso, en la medida en que pueda, los fotocuentos de Paco Cuenca aparecerán aquí.]

 

PACO CUENCA. FOTOCUENTO. LENA SERVAIN

Desde que regenta su propio puesto en el mercado de Binic, Lena Servain, valiéndose de mil tretas, se ha dado el gusto de no vender ni una prenda a la arisca Gaid, la frutera que no le fió cuando sus días eran tan largos y su despensa tan corta.

JOSE GIRL: ARTE DEL RETRATO

JOSE GIRL: ARTE DEL RETRATO

Estuve ayer en la sala Bantierra –fui con la historiadora del arte, Marisa Grau Tello, autora de un libro de pintura mural que ha publicado Rolde. Se presenta el día 17 en el Museo Pablo Gargallo- a ver la exposición ‘Misfits’ de Jose Girl, fotógrafa de Zaragoza que reside en Los Ángeles; es desde hace algunos años la compañera de Enrique Bunbury.

Son diez fotos, de gran fuerza expresiva, que abordan personajes de la música y de cierta marginalidad. Jose Girl posee una técnica incuestionable, sabe mirar, es intensa, y se ve claramente que le interesan algunos de los grandes maestros de la fotografía norteamericana: Irving Penn (sobre todo en ‘Der Sanmann’) y Richard Avedon, especialmente, vean ‘El Pichiti’, y también Diane Arbus: como a ella, le atraen esos personajes desubicados, entre solitarios y dramáticos, captados de repente incluso con un brutal golpe de flash. El ejemplo más claro es ‘Princesa’.

Jose Girl experimenta diversas vías, siempre con la expresividad por bandera: le apasionan los rostros y sus matices, las texturas, las arrugas. Y quizá, como señala Silvia Grijalba en el prólogo a su catálogo, siente afinidad con cineastas como Jim Jarmusch, David Cronenberg, y con escritores como Raymond Carver. Una obra como ‘Gitana Susana’ me ha hecho recordar a un fotógrafo aragonés fallecido hace algunos años: Javier Inés, al que lo más probable es que Jose no haya conocido. O quizá sí. Eso nunca se sabe.

Esta foto es 'Mátame'. La muestra ‘Misfits’ está inscrita en la programación de ‘Out of Mind’. Se merece una visita. Es una muestra con personalidad, con sensibilidad y una incuestionable maestría.

VIDA Y FICCIONES DE ÁNGEL FUENTES

VIDA Y FICCIONES DE ÁNGEL FUENTES

A PLENO SOL. Licenciado en Filología Hispánica y uno de los grandes maestros europeos de la restauración y de la conservación de patrimonio fotográfico, fallecía el pasado mes de junio. Ahora se publican los textos de uno de sus blogs más creativos: ‘Las pupilas del espejo’.

 

Ángel Fuentes, vida y ficciones

del protector de la foto antigua

 

 

Antón CASTRO

Ángel Fuentes de Cía (Pamplona, 1955-Zaragoza, 2014) ha sido un personaje un tanto inabarcable. Tenía alma de enciclopedista y en él se mezclaban a la perfección las palabras conocimiento, cultura, pasión y entrega. Fallecía el pasado ocho de junio en Zaragoza, la ciudad que lo había acogido desde 1973, cuando vino a estudiar Filología Hispánica. No tardaría en descubrir la fotografía, que ha sido una de las razones de su vida, con Gonzalo Bullón de maestro e incitador y con Ángel Carrera, entre otros, como compañero de viaje, al que se sumarían de diversos modos otros profesionales de Aragón como Julio Álvarez, Enrique Carbó o su esposa Cuca Pueyo.

Con ellos trabajó en la recuperación y exhibición de fotógrafos aragoneses como Ricardo Compairé, Ramón y Cajal, Jalón Ángel, Juan Mora Insa, los hermanos Faci, etc. Algunos de ellos fueron los primeros nombres de un aprendizaje que lo convertirían en una figura indiscutible de la restauración y conservación de fotos antiguas. El fotógrafo Ángel Carrera recordaba hace poco: “Los grandes maestros relacionados con la conservación y restauración fotográfica los tuvo en Rochester, Nueva York, cuando fue becado por la Diputación de Zaragoza para ampliar estudios, especialmente Grant Romer, conservador de la Eastman House, que fue también quien le introdujo en la masonería. Ángel Fuentes ha sido el mejor restaurador fotográfico en España y me atrevería a decir que uno de los mejores de Europa. Ha formado prácticamente a todos los conservadores y restauradores que actualmente hay en activo en España e Hispanoamérica”.

Al cabo de unos cuantos años, tras su estancia en Nueva York y Canadá, Ángel Fuentes se convertiría en un profesional reconocido, admirado y elogiado por doquier. Ha coordinado seminarios, ha dirigidos múltiples proyectos públicos y privados y ha impartido 300 cursillos. Era divertido, sabio, ingenioso, iconoclasta, de verbo fácil y envolvente; en cada una de sus charlas o talleres se acumulaban las anécdotas, las historias de fotógrafos y de fotografía, o los instantes de una existencia apasionada y tumultuosa. Ángel, entusiasta del rocanrol y de la poesía, recordaba que se pasó varias horas con su ídolo Leonard Cohen hablando de todo y de nada y fumando cigarrillos sin parar. Admiraba a Bob Dylan, a Lou Reed, a Janis Joplin, a King Crimson, uno de los grandes del rock sinfónico (llega a sugerir un cambio de letra en su canción ‘Epitafio’), a Van Morrison o al poeta Arthur Rimbaud, que era uno de sus dioses particulares.

Hace unos días, uno de sus mejores amigos, el médico, fotógrafo y masón Ricardo Falcón anunciaba otra faceta de Fuentes: su pasión por la literatura y, muy especialmente, por la escritura de ficción. Fuentes mantenía varios blogs, y de uno de ellos, ‘Las pupilas del espejo’, ha salido un libro del mismo título, que publica R. L. Santiago Ramón y Cajal nª 35 de Zaragoza, la logia masónica a la que pertenecía desde principios de los 90. Ese blog es un diario que comenzó en 2008 y que continuó hasta 2014. La selección de textos, que ha llevado a cabo Antonio Lacueva, se cierra con un artículo que publicó en HERALDO el pasado febrero, centrado en ‘El origen de la fotografía y la masonería’.

En el libro hay un poco de todo: diálogos nocturnos con el silencio y las estrellas, cuentos más o menos alegóricos, pensamientos, aforismos, confesiones, declaraciones de amor a la amada y poemas, a los que a menudo titula ‘haikus’, aunque no lo sean en un sentido estricto: “Pieles que se encuentran, / el roce nos comprime / y nos dilata”, escribe. O “Cambio de año; / por el amor al árbol, /podo sus ramas”. Todo ello ilustrado con arte oriental, fotos antiguas, dibujos y objetos simbólicos. Glosa un poema de Paul Éluard, el primer marido de Gala, y anota: “No imagino un cielo con una sola estrella; aprendí de los desiertos del norte de África que el viento une y separa los granos de arena, que por ello el desierto no cambia en su esencia, ni se duele. Todas las vidas están en mí”. El cielo también le subyuga en una noche íntima de Valparaíso.

Quizá uno de los momentos más emotivos sea esta texto autobiográfico: “Mi adolescencia, tenía 13 en el 68, fue mecida por Hesse y por Vian, por Whitman y Felipe, por Ucello y Van Gogh, por Hölderlin, De Quincey, Borges y Welles, por la mano izquierda de Hendrix, las hortensias de Casadios, los 113 gramos de las latas de Twinnings y por la rotunda imposibilidad de habitar las certezas. Así ha sido desde entonces; vivir para esquejar la duda y cultivarla. Saber que no podré saberte, excede a mi nihilismo”, anota.

El propio autor, que firma como Bartolomeo Malahora, se define a sí mismo como “conservador-restaurador de patrimonio, epicúreo, hedonista y perseguidor de la ataraxia”. Es decir, buscaba la serenidad del alma, de la razón y las emociones. Ricardo Falcón dice: “Ángel Fuentes practicaba el lado salvaje de la vida en relación con el pensamiento. Era transgresor, auténtico, de ideas claras. Y a la vez tímido. Creía en los valores de la fraternidad universal y era un hombre que esencialmente te acogía. Al pensar en su muerte, tan inesperada, tengo una doble sensación de pérdida: le echo de menos, desde luego, y me arrepiento de no haber hablado más con él”.

El ANECDOTARIO

 

Verano del 71. Lector incansable, incluso de clásicos como Dante Alighieri, Ángel Fuentes de Cía recuerda su intenso ‘Verano del 71’. Dice así: “Hay algo en los internados que recuerda a la cárcel; no poder decidir a dónde vas, es estar preso. En junio del 71 alcancé las cotas más altas de la excelencia académica, bacarrá, me suspendieron todas, nótese el hecho de que no fui yo quien suspendiera, sino que mis dudosos profesores del Redín de Pamplona decidieron que un prudente escarmiento podría corregir mi decidido apetito de ir por libre. Mis padres, preocupados por el rumbo de mi eclíptica, me internaron en Izarra, colegio especializado en casos que prometían ser perdidos...”

 

 

DIEGO ZAPATERO Y NARVE RIO: TRAS LAS HUELLAS DE CARL LUMHOLTZ

DIEGO ZAPATERO Y NARVE RIO: TRAS LAS HUELLAS DE CARL LUMHOLTZ

A PLENO SOL. Diego Zapatero es fotorreportero y reside en Java. Le apasionan los volcanes, los ritos primitivos y las expediciones. Con el escritor y fotógrafo noruego Narve Rio ha seguido los pasos, un siglo después, del etnógrafo Carl Lumholtz en busca de los cazadores de cabezas.

 

 

Diego Zapatero retrata a las tribus de Borneo

 

 

Antón Castro

José Luis Acín Fanlo, fotógrafo y antropólogo, decidió un día seguir los pasos del fotógrafo Lucien Briet y realizó instantáneas de los lugares donde él había estado para repetir un siglo después sus libros ‘Bellezas del Alto Aragón’ y ‘Soberbios Pirineos’. Algo semejante le sucedió a Juan Manuel Castro Prieto, fascinado por completo por la personalidad y la obra de Martín Chambi, el gran artista de Cuzco (Perú). Diego Zapatero (Zaragoza, 1982), ese fotorreportero que conoce como nadie los secretos de los volcanes de Java y de las religiones y los ritos primitivos, acaba de hacer algo semejante: ha seguido las huellas de Carl Sofus Lumholtz en Borneo.

Diego, que expuso hace algunos meses en Ibercaja-Zentrum y reside desde 2010 en Yogyakarta (Indonesia), explica: «Carl Sofus Lumholtz, nacido en 1851 y fallecido en 1922, fue un explorador noruego, naturalista y etnógrafo, conocido por sus aventuras en Borneo, aunque sus obras más famosas se las dedicó a Australia y México. Investigó sobre la naturaleza y la cultura, y obtuvo referencias de incalculable valor y fotos únicas para su tiempo», dice Zapatero y recuerda que el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, ciudad en la que murió, dispone de más de 2.500 fotografías de sus expediciones. El Museo de Historia Cultural de Oslo posee más de 1.000 fotografías digitalizadas, que cubren todo el trabajo que hizo en Borneo.

«Hace 100 años, a principios de enero de 1914, Carl Lumholtz comenzó su viaje desde el extremo sur de Borneo, explorando “la tierra de los cazadores de cabezas”. Su primer viaje a Borneo iba a ser el inicio de la expedición, que culminaron con el cruce del río Barito (al sur de Borneo) hasta el río Mahakam (al este de Borneo), nueve meses increíblemente difíciles documentando a los moradores. Esa fue también nuestra ruta», cuenta Zapatero. Narra algunas anécdotas: el nombre de Lumholtz, aunque parezca mentira, está vivo, muy vivo, al menos entre una pareja de misioneros rusos que difunden el Evangelio en esos lugares animistas. La esposa preparó pollo y arroz, y les presentaron de inmediato a un indonesio, Yunus, que les enseñó la ruta. Al cabo de un instante, «Yunus volvió con un montón de fotocopias de un libro, ‘A través de Borneo central’ de Carl Lumholtz, y dijo que Dios le había dicho que un noruego volvería a devolverles el libro». Ese noruego apareció y se llama Narve Rio.

Carl Lumholtz fue el primer explorador que logró «sacar a la luz a los cazadores de cabezas de Borneo», en ese libro que es un diario de viaje por esos lugares entre los años 1913 y 1917. El volumen asombró de inmediato a los lectores por sus cuidadas ilustraciones y por los «cuentos vivos de la tierra y las gentes de Borneo».  

El nuevo viaje fue dirigido por el noruego Narve Rio, fotógrafo y escritor, y por Diego Zapatero, que se define como «fotógrafo documental». Al parecer la idea de repetir la ruta es antigua: surgió en uno de los viajes de Narve, en 1997; entonces, mientras surcaba uno de los ríos de Borneo, un hombre le preguntó de dónde era. Cuando Narve le respondió que de Noruega, el otro le nombró a Carl Lumholtz. Dos años después Narve encontró un libro sobre este autor en una vieja tienda en Oslo. «Ese fue el inicio de todo –dice Zapatero-. Narve y yo, que somos grandes amigos, queríamos seguir las huellas de Lumholtz hasta el mismo centro de Borneo, llegar a esas aldeas remotas. Sabíamos que no iba a ser fácil. Nuestro objetivo era contrastar los cambios y devolver las fotos e historia a sus descendientes».

 

La expedición duró tres semanas. Narve y Diego remontaron uno de los tres grandes ríos de Borneo, el Barito, cruzaron las montañas y descendieron por el río Mahakan. Felizmente pudieron encontrar siete aldeas citadas por Lumholtz. Explica Diego Zapatero: «En tres de ellas todavía se puede respirar una atmósfera auténtica, atmósfera Dayak, nombre que se le da a las tribus en Borneo. Son conscientes de que tienen que conservar su cultura, y lo hacen, todavía se pueden encontrar tatuajes, aunque muy a mi pesar he de decir que la globalización ha hecho ya su labor destructiva: encontramos ropa, televisiones y móviles como en Occidente. Actualmente, es casi imposible encontrar una mujer u hombre por debajo de 70 años de edad que luzca extensiones en los lóbulos de sus orejas en Borneo». Su lucha, según Zapatero, se concentra en combatir las plantaciones de palmera de aceite, que ya han destrozado la mayor parte de la selva, y combatir a las empresas y al gobierno que los expulsan de sus tierras «para peinar los bosques literalmente».

«Mis fotos son el resultado de meses de lectura e investigación de archivos fotográficos de la época colonial holandesa, de la universidad de Leiden (Holanda), en concreto. En el aspecto técnico he intentado conservar el estilo de la vieja escuela, por supuesto, influenciado por los grandes clásicos. He utilizado telas para los fondos y luz natural», afirma. Además, Diego ha intentado captar  iconos que en poco tiempo sólo quedarán en los libros. Eso sí, el fotógrafo ha podido dialogar con sus modelos para  «inmortalizarlos con orgullo y respeto».

 

el anecdotario

 

 

Aretes y máscaras. Diego Zapatero constató que «solo las ancianas que permanecen en las aldeas de las zonas remotas de Borneo siguen luciendo sus aretes pesados ​​con satisfacción y respeto a sus antepasados​​. En menos de 15 años será imposible ver extensiones en los lóbulos de las oreja; lo único que tendremos serán las fotos». Agrega otro matiz religioso y simbólico: «También nos quedará la danza llamada Hudoq, donde espíritus ancestrales vagan para alejar el mal entre los vivos, para orar por la prosperidad y para evocar las lágrimas de la risa que son ideales para rociar los campos de arroz. La máscara, el Hudoq, es una representación de muchos aspectos de las costumbres y la tradición Dayak, y esto es importante, una forma de ancestro-espíritu, caracterizado por las extensiones en los lóbulos de las orejas».

 

 

 

 

PASEO DE CUENTO A MEDIANOCHE

PASEO DE CUENTO A MEDIANOCHE

A PLENO SOL / 3. Nacho Arantegui es un artista que se preocupa por los bosques de ribera. Solo o con el equipo Trarutan organiza veladas con esculturas e instalaciones y una atmósfera de fábula como la que se cuenta aquí.

 

 

El paseo de medianoche

por una chopera de cuento

 

Torres de Berrellén está en fiestas. Es viernes, 18 de julio. Un viento caliente sacude las terrazas y enciende una música obstinada en el corazón de la chopera que se alza a orillas del Ebro, a escasos kilómetros de la población. El artista zaragozano Nacho Arantegui, un creador y divulgador de arte medioambiental, confiesa que cuando era niño venía, con otros compañeros de Casetas, a este lugar mágico de la ribera. Entonces exploraban el espacio, lo recorrían, jugaban y, casi sin querer, empezaban a familiarizarse con el canto de los pájaros, con las pavorosas sombras y esos tallos que crecen y crecen y “se alargan hacia el cielo como catedrales, como auténticas catedrales góticas”, dice.

Esta noche de misterio y de sonidos, Arantegui ha invitado a catorce personas a conocer su proyecto ‘La fantasía de los árboles’: un paseo sosegado por este soto ideal donde ha ido colocando esculturas, refugios, raíces o piezas de ‘land art’. Son casi las once y arriba, en un cielo que se entrevé ceniciento y claro, lucen pequeñas estrellas. Un instante antes de presentar su trabajo, dice Nacho: “El bosque ha sido generoso con nosotros. Nos ha revelado sus secretos y nosotros hemos creado un itinerario y le devolvemos sus enigmas”.

        La atmósfera es de cuento. De los hermanos Grimm o de las fantasías de E. T. A. Hoffmann. Quizá haya fantasmas al acecho (“en un lugar así siempre los hay y, a menudo, se suman a los que nosotros llevamos dentro”); en las ramas se esconden los autillos y quizá los ruiseñores, y entre los matorrales, sin ánimo de salir, se ocultan los zorros y una hembra de jabalí que está criando. La primera parada se llama ‘El nido’. El soto está bellamente iluminado. Hay un camino circular que recorre su imprecisa circunferencia y un sendero central, dibujado por diversas luminarias. Podría ser la noche de los fuegos fatuos o de la Santa Compaña. El artista colabora con el colectivo Trarutan, de Arte, Naturaleza y Aventura. Y a todo el grupo, sentado en pequeños troncos, le recuerda que el bosque tiene un tiempo distinto, un ritmo de contemplación y de silencio. Ante el nido, de dos metros de diámetro, cuenta que ha sido construido con ramas y con el algodón que van soltando los chopos hembra. Arantegui es un fotógrafo de las estaciones, un escultor y un amanuense que cree en el poder de las instalaciones en el paisaje.

De ahí se va a la segunda parada por un lugar intrincado, lleno de ramas. Casi un laberinto o una emboscada. Los visitantes, con linternas, se abren paso hasta un abrigo romántico, protegido por lianas y guirnaldas y por la amabilidad creciente de la noche. Se sientan. Desde el fondo de la oscuridad irrumpe una voz que ensaya diversos sonidos, un monólogo gutural, canciones ininteligibles. Al final, el actor-rapsoda se acerca y ensaya un cuento ante el chopo centenario, grueso y arrugado: recuerda que cerca de allí está el río Ebro y que todas las noches un anacoreta sale a pescar en su barca; una noche pesca a un gran pez y cuando le va a quitar el anzuelo, el pez, como si fuese el rodaballo de los cuentos (al que Günter Grass glosó en su novela ‘El rodaballo’), le habla. García Lorca, en su ‘Romance sonámbulo’, dice: “Grandes estrellas de escarcha / viene con el pez de sombra / que abre el camino del alba”.  La noche se ha llenado más que nunca de hechizos.

        La tercera aventura permite descubrir la senda central. A la izquierda del camino se ven unas figuras estilizadas, como esculturas de Alexander Calder, Pablo Serrano o Alberto Carneiro: tienen su propia armonía en el espacio. La chopera ha sido regada por la mañana y el suelo está encharcado. Nacho Arantegui señala que pronto se verá el color levemente anaranjado que adquiere y recuerda que la plantación de las choperas se ha hecho en forma reticular. ‘Los guardianes del bosque’ resultan inquietantes: quizá formen parte de una danza macabra con su ojo de vidrio. Se regresa al camino, Arantegui y su equipo –que graban todo cuanto sucede- piden a los visitantes que miren. De repente, sale un hombre o un espectro envuelto en un chisporroteo de centellas y se pone a bailar. Es como la danza del fuego. Había fantasmas y ya han salido.

Hay más estaciones de paso o refugios. Por ejemplo, el artista muestra el ‘Árbol-Templo’, que se ha construido con un tronco herido o enfermo en cuyo interior habían morado los pájaros. Solicita a los visitantes que abracen los árboles y apliquen el oído a la corteza. Es una sensación gozosa. Parece que cada chopo tiene distintos sonidos en su interior y que la tierra tiembla. Más adelante hay una suerte de esqueleto arcaico de ballena varada que han hecho con un árbol que arrastraba el río y con muchos hilos. La última estación de esta velada es una suerte de caverna que las ramas han construido en medio de la espesura. “Es un recinto espontáneo, pero con muchas posibilidades: acogedor, mágico, idóneo para oír la música de la calma”, dice Nacho Arantegui. Algunos pegaron la oreja a la tierra, otros soñaron, otros creyeron estar en un mundo fuera del mundo, mecidos por una suave percusión. Hacia la una y media, concluyó la velada. El Ebro decía palabras intraducibles a una pradera sombría y a la luna desmigajada.  

 

EL ANECDOTARIO

 

El bosque desconocido. El alcalde de Sobradiel participa en esta expedición. Cuenta entre parada y parada: “Recuerdo que un día, hace ya varios años, apareció Nacho con su aspecto de hippie por el ayuntamiento. Venía a contarme un proyecto de arte y ecología. Me pareció raro, extravagante. No sabría cómo decirlo. De repente, me enseñó unas fotos de la chopera de Sobradiel, de un trabajo universitario que había hecho, y me quedé sorprendido. Eran mis bosques, los conocía como la palma de la mano, pero yo nunca los había visto así, tan bellos y evocadores. Parecían otros. Así me ganó Nacho. Me contó su apuesta. Creo que su trabajo no está reconocido. Es increíble y aquí se está viendo”.

 

Doce años. Cada doce años se cortan los chopos y se vuelven a plantar. “Los chopos tienen unos doce años de vida, explica el artista, y para los pequeños ayuntamientos son centros de vida, de futuro, pero también suponen muchos gastos. No es fácil que alguien que se dedica a la política le vea rentabilidad a algo que se alarga tanto en el tiempo. Tres períodos políticos”, dice Nacho Arantegui. El artista y el equipo de Trarutan, Arte, Naturaleza y Aventura, han empezado en Torres de Berrellén y en Sobradiel, y ya preparan proyectos específicos con los niños. Les ofrecen bosques de fábula y una invitación a desarrollar la imaginación en medio del paisaje.

 

*La fotografía es de Nacho Arantegui.

ANTONI ARISSA EN TELÉFONICA

Antoni Arissa: el artista que vuelve a ver*

 

Arissa. La sombra y el fotógrafo, 1922-1936.  Comisarios: Rafael Levenfeld y Valentín Vallhonrat. PhotoEspaña. Fundación Telefónica de Madrid. Hasta el 14 de septiembre.

 

El viejo mercado de Les Encantes ha dado muchos frutos: alimenta las fotobiografías de Antonio Cardiel, ha inspirado un espléndido libro de José Carlos Cataño, ‘De rastros y encantes’, surte (o surtía) de libros de viejo, de cuadros y de objetos de chamarilería a curiosos, soñadores y buscadores de tesoros. Fue allí donde se vendió una parte del archivo de Antoni Arissa Asmarats (Barcelona, 1900-1980), fotos tamizadas por la sensibilidad, la variedad expresiva y la modernidad. Quien las compró debió de darse cuenta de inmediato de que allí había un fotógrafo lleno de talento, insólito para la época, más olvidado que desconocido, y se puso en contacto con el Museo de Arte Nacional de Cataluña. Por otra parte, el Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña posee alrededor de dos mil obras de Arissa, que era impresor y tipógrafo en el negocio familiar en la calle Bruc de Barcelona.

La Fundación Telefónica ha ‘descubierto’ a magníficos profesionales: Luis Ramón Marín, Josep Brangulí y Virxilio Vieitez serían tres ejemplos perfectos. O incluso al argentino Horacio Coppola. Y ahora, en la programación de PhotoEspaña, hace lo propio con Arissa, cuya trayectoria han investigado los comisarios Rafael Levenfeld y Valerntín Vallhonrat. Se exponen en torno a 160 obras de un período no demasiado largo, entre 1922 y 1936, pero sí enormemente fecundo y variado. Antoni Arissa, fascinado por el auge de la fotografía, encuentra en las cámaras un artefacto que le permite desarrollar su sentido artístico, su búsqueda de la belleza y su pasión por el riesgo. Al principio, milita en el pictorialismo, que era el género de moda y el que solía concurrir a los salones fotográficos. Arissa fue galardonado en certámenes nacionales (Figueras y Gijón, entre otros) e internacionales. Curiosamente, en PhotoEspaña, en el Museo Romántico, también se exhibe a un gran fotógrafo pictorialista de Sabadell como Joan Vilatobà (1878-1954), premiado en la Exposición Hispano-Francesa de 1908 de Zaragoza.

Arissa, dentro de esa corriente tan en boga, hace un poco de todo: instantáneas rurales, alegorías de una supuesta Arcadia, retrata a sus hijas (Margarita y Angeleta era el nombre de dos de ellas) en interiores que ha trabajado como un decorado con atmósferas de cuentos de hadas, pero también se asoma al puerto e incluso capta la ciudad con una asombrosa plasticidad, como sucede con esa serie de Barcelona, matizada de reflejos, donde parece anticiparse al propio Catalá-Roca o a las visiones límpidas de Josef Sudek.

Poco a poco, el fotógrafo evoluciona hacia la abstracción. Hombre informado, se ve una segunda época influenciada por los ecos de la nueva fotografía europea, en la línea de Alexander Rodchenko (cuyo eco es visible en sus picados y contrapicados, en los ángulos inesperados, en la búsqueda de una nueva posición del fotógrafo), de Moholy-Nagy y los artistas de la Bauhaus, de la nueva objetividad alemana. En su última etapa, Arissa, que había sido objeto de un número monográfico de la revista ‘Art de la Llum’ en 1935, se transformó en un fotógrafo obsesionado por la pureza formal, la depuración estilística y el diálogo con el diseño gráfico, las letras y los signos. Pese a esa apuesta más bien constructivista, a esa inclinación tan sutil y perfeccionista, Antoni Arissa siempre pareció dispuesto a mirar el exterior y atrapar nuevas formas de arte y de vida: en las calles, en su casa, en los jardines o en los muelles. A veces no es fácil saber con exactitud en qué momento realizó una foto, por la amplia horquilla de datación, pero eso tampoco es tan determinante ante alguien que posee mirada, arquitectura de la composición, caligrafía del contraluz y una vocación artística espectacular. Tan humana o humanista como conceptual.

Tras la Guerra Civil abandonó la foto y se centró en su oficio.

*Este artículo, por gentileza de Sergio Vila-Sanjuán apareció el miércoles en el suplemento Culturas de La Vanguardia.

 

-La foto la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-494fd6b1084d88ce5942f1338489a345.jpg

La segunda la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-135042d0a42a4250f4a4b0ed8be5ef8e.jpg

 

SERGIO LARRAIN, PARÍS 1959

SERGIO LARRAIN, PARÍS 1959

Así captó el chileno Sergio Larrain los Campos Elíseos, en París, en 1959. El año que nací yo: un 25 de agosto, en Lañas-Arteixo, A Coruña. En el lugar de Vilarnovo, con vistas hacia Armentón y el mar de Barrañán.

GRANADAS, POR RAFAEL NAVARRO.

GRANADAS, POR RAFAEL NAVARRO.

Una foto de granadas de Rafael Navarro, Premio Aragón-Goya, 2013. La fruta favorita de Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011).