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CRÓNICAS DE LA EXPO / 12. DULCE ESTRELLA DE FLAMENFADO

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 Me gustó el concierto de Diana Krall y su cuarteto, a pesar de que no era en ese lugar adecuado para su jazz clásico y contemporáneo, para su voz oscura y a la vez blanca, peculiar, teñida de belleza. Pero me gustó mucho más el concierto de Dulce Pontes y de Estrella Morente: inicialmente lo vi desde lejos, desde una terraza, lo vi más que lo oí, con Sara y Carmen. Me gustó esa estampa: la Expo abarrotada con las multitudes asomadas a las terrazas, en las mesas de los bares o sentadas ante un espectáculo menos multitudinario. Desde lejos, Estrella y Dulce parecían dos ninfas envueltas en un velo de niebla, dos ondinas que ejecutan movimientos más o menos voluptuosos bajo la enramada y cerca del río. Se oía el caudal del fado, se oía el temblor del quejío. El sonido era mucho más alto que el día anterior, y algo menor el cierzo de verano. Se oía también un creciente “Queremos entrar” de la gente apretujada a la que no le dejaban entrar. E incluso se oía ese petardeo tan inoportuno de los fuegos artificiales que había dejado perpleja la noche anterior a Diana Krall. Estrella Morente ni se inmutó: siguió a la suya, buscando la voz, buscando el duende. Ella hizo dos pequeños sets de tres o cuatro canciones claramente flamencas, de extraordinaria fuerza. Se oía todo: el llanto de las guitarras, los sones de los palmeros, los leves taconeos, las segundas voces. Estuvo estupenda, con gran fuerza, con dominio de las suertes de la intensidad y del desgarro. Y otro tanto hizo Dulce Pontes, que posee una voz envidiable, capaz de llegar a cualquier tono, a cualquier registro. Sus canciones tienen algo de arias de ópera, de canción de cuna, de requiebro ideal para seducir de monte a monte, de lamento obstinado del mar. Precisamente la “Cançao de mar” fue uno de los momentos de la noche: Estrella interfiere en los fados de Dulce, Dulce se asoma a la canción clásica de Estrella, no necesariamente flamenca. “Volver” fue otro de los instantes inolvidables: dos tesituras diferentes, con Dulce de incómoda y difícil segunda voz. Y el bis fue una auténtica maravilla: cantaron a dúo, y a la vez alternativamente, “Gracias a la vida” de Violeta Parra. Lo mejor, siendo bueno, no fue su interpretación, el ofrecimiento de alegría y de buenos deseos, lo mejor fueron los últimos compases: Dulce y Estrella presentaron a sus músicos, los hicieron bailar, palmear y saludar, e incluso los invitaron a cantar. Dos de ellos lo hicieron espléndidamente: con imaginación, con gracia, con salero andaluz, mientras sonaba el tema central de la canción. La gente bailaba como no había bailado en toda la noche. Dulce y Estrella se mostraron próximas, simpáticas, muy compenetradas y felicitaron una y otra vez a Zaragoza por la Expo. A Zaragoza y a su público. Obrigado. Muito obrigado, sonaba en la voz de una cariñosa Dulce Pontes.

 

Y ellas, abrazadas, se fueron como quien parte por las salinas o la bahía… El río, el Ebro caudaloso y espejeante, estaba próximo. No se sabe con certeza si las ondinas partieron en barca…

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