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'AEROPUERTO DE FUNCHAL' DE PISÓN POR PEPE MELERO

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Presentación de EL AEROPUERTO DE FUNCHAL  de Ignacio Martínez de Pisón

José Luis MELERO RIVAS*

         La primera edición de La ternura del dragón apareció publicada por el Casino de Mieres en 1984. Hace ahora 25 años. Con este motivo, Ignacio ha decidido darle un gusto al cuerpo y celebrar sus bodas de plata de escritor con la publicación de esta antología de cuentos que hoy presentamos, Aeropuerto de Funchal, que reúne ocho de sus relatos, cuatro publicados ya en libro y bien conocidos por los lectores habituales de su obra, y otros cuatro sólo en revistas o libros colectivos, por lo que bien pudiera considerarse ésta su primera edición. E Ignacio pensó, y esa es la razón por la que estoy hoy aquí yo, que para festejar tal efeméride bien estaría que su presentador fuera su más viejo amigo, el que conoció en vivo y en directo sus primeros pasos como escritor -y aún muchos años antes de que lo fuera, cuando su entonces novia María José Belló era solamente Cuqui y mi entonces novia Yolanda era apenas una PNN recién licenciada-, el que cenaría a su costa con las primeras perras que le llegaron por el Premio Casino de Mieres que ganó con La ternura del dragón, y el que se alegró lo que no está en los escritos cuando nuestro hombre mandó esa novela a dos importantes editoriales españolas a la vez (sin conocer -como no conocíamos por entonces- absolutamente a nadie) y las dos le contestaron afirmativamente en cuestión de pocos días. Ganó por la mano Anagrama y esa fue la editorial elegida por Ignacio. Beatriz de Moura, de Tusquets, siempre lamentó haber llegado apenas unas horas o días más tarde.

También podría estar aquí hoy conmigo nuestro otro amigo de finales de los setenta, el gran Antonio Pérez Lasheras, aunque entonces salía o lo veíamos menos porque no tenía novia como nosotros (y no era cuestión de llevárnoslo de carabina) y estaba enfrascado en sacar matrículas, como así lo hizo, en todas las asignaturas de la carrera.

         Lo primero que me llamó la atención de este libro de cuentos de Ignacio fue la “Nota del autor” que incluye al final del libro. Empecé, claro, por ella, pues era lo único que no conocía del libro. Explica Ignacio, y no le falta razón, que pese a que son muchos los que piensan que las antologías -y este libro es una antología de sus cuentos- están inspiradas por la vanidad, la realidad es que éstas responden más bien a un ejercicio de humildad, al propio reconocimiento de errores y fracasos. Porque, dice Ignacio: “Por cada texto rescatado, ¿cuántos son los que quedan eliminados? ¿cuántos podríamos haberles ahorrado a los lectores de haber sido un poco más exigentes con nosotros mismos?” Y con este argumento, Ignacio descarta ahora buena parte de su obra cuentística, que deja en realidad reducida a ocho cuentos. Muchos otros escritores habrían utilizado un argumento diferente: “mis relatos son todos buenísimos y les invito a que recuperen esos libros y los lean con avidez. Así de paso, por cierto, los reeditaré y les sacaré algún otro beneficio o provecho. Pero de entre todos esos relatos, que como les digo son todos buenísimos (seguiría argumentando cualquier otro escritor) he seleccionado la crème de la crème, los más excelentes, los que merecen figurar en un volumen de obras maestras o escogidas. Y éste es el resultado: Aeropuerto de Funchal”. Pero claro, a Ignacio hay que echarle de comer aparte. Y lo mejor que se le ocurre decir en esa “Nota final” es que debería haber sido un poco más rulfiano (es decir que debería haber imitado el ejemplo de Juan Rulfo) y escribir sólo lo que tenía que haber escrito y descartar en su momento todos los cuentos que ahora descarta. Y por si no hubiera quedado suficientemente claro, califica a esos cuentos primerizos como “cómicos”, como esas fotos de cuando éramos adolescentes y llevábamos una ropa y un peinado que las modas actuales han arrumbado. O sea que insiste en que ni se nos ocurra buscar esos libros, ni mucho menos cometamos la osadía de leerlos. “Con estos ocho cuentecicos ya vale”, viene a decirnos. Ése es nuestro Pisón, el auténtico, el genuino Pisón. El incomparable. ¿Se imaginan ustedes a Baroja diciendo: “de mis ciento y pico novelas, en realidad son buenas media docena. Queridos lectores, perdónenme haber sido tan prolífico y lean sólo estas seis. Las otras cien son tirando a cómicas, así que hagan el favor de olvidarse de ellas”. O a Sender recomendándonos que de toda su vasta obra leyéramos sólo el Réquiem, Crónica del Alba o Monte Odina? Por eso, por su manifiesta incapacidad para promocionarse, por su legendaria falta de vanidad, yo he utilizado muchas veces la frase de que “Ignacio ha hecho carrera literaria (o ha llegado a ser un escritor importante, que eso de la “carrera literaria” suena muy mal) a pesar suyo”. Yolanda le habría suspendido siempre en Fundamentos de Marketing de 1º de carrera.

         Aunque en realidad debo decir que a mí lo que me fastidia de verdad de este argumento y de esta antología es que a la hora de elegir un cuento de El fin de los buenos tiempos, Ignacio haya seleccionado Siempre hay un perro al acecho y no el cuento que da título al volumen, en el que salimos Félix, Antonio, Vicente Pinilla, Luis Alegre y yo. Es decir, que con ese criterio, nuestro cuento se va por el sumidero de la historia y si te he visto no me acuerdo. Y eso me jode.

Estos relatos reúnen los rasgos esenciales que caracterizan el mundo y los procedimientos narrativos de Ignacio: la introspección, la transformación de sucesos y escenarios cotidianos en espacios de misterio, el gusto por los mundos ordenados a punto de explotar, de la armonía a punto de quebrarse, el aprovechamiento de la elipsis y la alusión, la aparición permanente de perdedores, de personajes pícaros… Vemos por ejemplo cómo muchos de los cuentos de este volumen están protagonizados por este tipo de personajes: el Marcos de El ramo más grande de Valladolid, que se hace pasar por responsable de un casting para películas de Trueba o Almodóvar y que aprovecha para grabar a chicas desnudas o en ropa interior para luego comercializar ese material en el mercado del porno soft; por supuesto el Anselmo Soler de Boda en el Hotel Colón, que se cuela a comer de gorra en las bodas, o el antiguo saxofonista Ramón el Persianas de Los nocturnos, que recorre los pueblos con una orquesta de medio pelo intentando por todos los medios conseguir el amor de la cantante, aunque cuando lo consigue deja inmediatamente de interesarle. También son, en cierta medida, pobres diablos el que se divierte humillando a los vendedores de El filo de unos ojos o Jorge, el marido alcohólico de Julia, que acaba arruinándole la fiesta familiar en Foto de familia.

Su primer libro de relatos Alguien te observa en secreto se publicó en 1985 y de ese libro Ignacio selecciona El filo de unos ojos, el primero de sus grandes cuentos, el del hombre que disfruta humillando a los vendedores de enciclopedias o de métodos para aprender inglés que van por su casa. He buscado el original del cuento y está fechado en 1983, es decir, hace 26 años, y dos años antes de que se publicara el libro. Quizá no muchos recuerden que de este cuento Ignacio hizo una adaptación teatral que se estrenó a expensas del CDN en la Sala Margarita Xirgu del Teatro María Guerrero de Madrid el 28 de abril de 1990.

De Nuevo plano de la ciudad secreta, publicado en 1992 y que ganó por cierto el Premio Gonzalo Torrente Ballester de la Diputación Provincial de La Coruña, con el propio Torrente Ballester y el ex-ministro César Antonio Molina en el Jurado, Ignacio elige La hora de la muerte de los pájaros, la historia del amor del niño Martín por su prima Alicia durante un verano en la finca familiar. Es uno de mis favoritos, con un personaje maravilloso, la criada Avelina, que dice cosas como ésta: “Guárdate de los franceses, que llevan todos el diablo dentro”, y que no quiere abrir las ventanas “porque el aire se lleva los suspiros”. Si esto lo hubiera escrito mi querido Antón Castro, ya estaríamos diciendo: “Bah, ya está Antón con sus cosas”. Pero como lo escribe Ignacio, nadie le dice nada. Aún así, Ignacio en su tantas veces repetida “Nota final”, por si algunos quieren buscar el libro y leerlo, les apunta que “el libro no acaba de funcionar ni como novela ni como colección de cuentos”. En su habitual política de marketing. La hora de la muerte de los pájaros lo había escrito cuatro años antes de que apareciera el libro. Conservo el original a mano y lo escribió en Edimburgo en el verano de 1988, cuando íbamos a ir a visitarlo Yolanda y yo con Vicente Pinilla y tuvimos que suspender el viaje a última hora. Algunos años más tarde, Ignacio y yo, María José, Yolanda y los chicos pudimos hacer por fin juntos ese viaje a Edimburgo y pasamos un verano inolvidable.

Ya hemos dicho que de El fin de los buenos tiempos se queda con Siempre hay un perro al acecho, el cuento favorito de Ricardo Senabre en una crítica elogiosísima que le hizo en ABC. También debo decir que es tal vez mi cuento preferido, por su intensidad, por la angustia y desasosiego que nos crea, por su pulso narrativo. Concha García Campoy, nos contó Luis Alegre en Besos robados, tuvo pesadillas después de leerlo. Apareció en 1994, hace ahora quince años. Ignacio, que no lleva cuenta de estas cosas, dice en la famosa nota de autor final que “está casi seguro de haberlo escrito antes de marzo de 1990”. Pues bien, yo también conservo el original de ese cuento y está fechado en mayo del 87, tres años antes. O sea, Ignacio, que puedes estar definitivamente seguro de haberlo escrito antes de 1990.

En el relato de Foto de familia de 1998 no puedo evitar ver la sombra de Enrique Vila Matas en el personaje de Jorge, que va con Julia a celebrar las bodas de oro de los padres de ésta, aunque en realidad no cumplen cincuenta años de vida en común sino sólo cuarenta y tantos. Ignacio ya nos dice que el cuento surgió de una anécdota que le contó Vila Matas, aunque yo creo que el protagonista es un personaje que se inspira en las actitudes y comportamientos en esa época del propio Vila Matas.

Los cuatro cuentos no publicados en libro son igualmente extraordinarios, pero quizá más delicados, más sutiles, más chejovianos, que es lo que hay que decir para que se vea que uno se lee las críticas. Ya hemos hablado de El ramo más grande de Valladolid, Boda en el Hotel Colón y Los nocturnos. Por cierto que en este relato, Ignacio previendo la crisis que se nos venía encima, decide explicarnos lo que es una crisis con gran claridad: “La crisis. Eso de la crisis no es más que un invento de los políticos. Cada cierto tiempo montan una nueva crisis para que nos enteremos de que no tenemos derecho a la felicidad y no debemos esperar demasiado de la vida. ¡La crisis!” Todo un politólogo.

Aeropuerto de Funchal, el maravilloso cuento que da título al volumen, lo publicamos en “Rolde” hace algunos años. En “Rolde” Ignacio publicó sus primeros y casi únicos poemas allá por finales de los setenta o primeros de los ochenta y algún trabajo iniciático sobre Sender. Sin que Ignacio lo sepa, su zaragocismo está presente en el cuento. Frank, el antiguo amante de Elena, la protagonista, le mandó desde Madeira una postal a su dirección, pero no dirigida a ella sino a “Pajarito”, que era el apelativo cariñoso con que la llamaba en la intimidad. Pues bien, a uno de los más grandes jugadores de la historia del Zaragoza se le conoció siempre con ese apelativo: a Darcy Silveira “Canario”, el extremo derecha de la famosa delantera de los Magníficos, que entrenó el suegro de Ignacio, Luis Belló. Todavía todos sus antiguos compañeros de equipo (Violeta, Reija, Juan Manuel Villa…) lo llaman así: Pajarito. De este modo, sin saberlo y por tanto sin proponérselo, Ignacio une dos de sus grandes pasiones: la literatura y el Zaragoza.

Ignacio, a pesar de llevar tantos años en Barcelona, no sólo es uno de los nuestros, sino que es tal vez el mejor de todos nosotros, el más generoso y el más leal de los amigos. Este libro de relatos rinde homenaje a su enorme talento de escritor. Yo quiero para terminar rendir también homenaje a quien es mi amigo del alma desde hace más de 30 años. Al hombre que nos ha hecho a todos sus amigos mejores, más tolerantes, más cultos e inteligentes. Y todo eso desde su humildad franciscana. Ignacio conoce bien todo el diccionario menos algunas pocas palabras: egolatría, soberbia, pedantería… A los aragoneses nos cuesta mucho demostrar afecto y yo ya me estoy pasando. Vale pues. Terminemos. Viva Pisón.

 

*El pasado viernes no pude asistir a la presentación de Ignacio Martínez de Pisón, que ha seleccionado ocho relatos para el volumen ‘Aeropuerto de Funchal’ (Seix Barral). Estaba en La Almunia, hablando de literatura infantil y juvenil. Su gran amigo José Luis Melero, tal vez el más concienzudo y perfeccionista presentador de libros que ha dado Aragón en la última década, leyó este texto. Parece imposible que nadie conozca tan bien como lo conoce Pepe Melero. La foto de Pisón la tomó el imprescindible José Antonio Melendo. De espaldas, se adivinan los narradores Eva Puyó e Ismael Grasa.

 

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