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ENTREVISTAS: JOSÉ LUIS BORAU

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JOSÉ LUIS BORAU / Escritor y director de cine. El autor de películas como ‘Furtivos’ o ‘Tata mí’ y de narraciones como ‘Camisa de once varas’, ‘Navida, horrible Navidad’, ‘Cuentos de Culver City’ o ‘El amigo de invierno’ recibía ayer el Premio de las Letras Aragonesas de 2009.

 

“Mentalmente y moralmente

nunca he salido de Aragón”

 

“El guionista es un escritor de una pieza”

 

“Zaragoza y Aragón son mi paisaje de fondo”

“Aragón siempre viaja conmigo”

 

 

“Recibir el Premio de las Letras Aragonesas 2009 supone para mí un honor, una inmensa alegría, y a la vez una sorpresa. Y a la vez, de alguna manera, la concesión manera me da la razón: el hecho de que haya recaído en mí es exagerado, sin duda, pero me da la razón en el sentido de que yo siempre he reivindicado que el guionista es un escritor de una pieza, con todas las de la ley. Pienso en Rafael Azcona y me pregunto: ¿Qué le faltaba? Nada. Era un escritor extraordinario. La escritura de guión es un ejercicio de creación literaria: desarrolla un tema, crea estructuras y diálogos, inventa personajes. ¿Acaso ser guionista de cine es menos que ser un dramaturgo o un novelista?”, dice José Luis Borau (Zaragoza, 1929), que recibía ayer, a las 20.00, en el Paraninfo el máximo galardón de las letras aragonesas.

-Sin duda, esta es una antigua obsesión suya.

-Desde luego. Cuando Berlanga era el presidente de Honor de la Academia de Cine y yo el presidente hablamos con el director de la Real Academia Española de la Lengua y le propusimos el ingreso de un guionista. El elegido fue Rafael Azcona, pero en cuanto se lo dijimos, nos miró y nos dijo: “¡Parece mentira que vengáis a proponerme esto a mí! ¿Académico, yo? Tendría que pronunciar un discurso y todo eso… De ningún modo”. Ante esta negativa ingresó Fernando Fernán Gómez, que era guionista también, pero era otras muchas cosas: director de cine, actor, novelista, dramaturgo… Fernán Gómez estaba encantado de entrar en la Academia.

El cartel de 'Furtivos', realizado por Iván Zulueta.

-Ahora el académico es usted. ¿Quién le enseñó a escribir guiones?

-Bueno, yo tuve dos maestros de guión: José Gutiérrez Maeso y Florentino Soria, que colaboraba mucho con Luis García Berlanga. Él, entre otros títulos, con el propio Berlanga y Ennio Flaviano, firmó el guión de ‘Calabuch’, pero luego empecé a estudiar por mi cuenta y riesgo, empecé a destripar las grandes películas, las analizaba, las estudiaba, intentaba descubrir sus secretos y sus trucos, algo que hice a conciencia con ‘El apartamento’ de Billy Wilder, que es uno de los guiones más sabios que existen.

-Antes de dedicarse al cine con la intensidad con que lo ha hecho luego, usted ya era un apasionado de la literatura, ¿no?

-Totalmente. Yo, cuando llevaba una vida decente (ahora, de tanto quehacer, he perdido la dignidad por completo), solo hacía dos cosas: ver películas y leer libros. Lo leía todo, de una manera caótica. Hace poco, alguien interesado en mis aficiones literarias, un profesor norteamericano, estuvo en mi biblioteca y me dijo que “viendo sus libros me es imposible conocer sus gustos literarios”.

Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio.

-En aquellos días en que viajaba al Festival de Venecia, ya le interesaban mucho Italo Svevo, Vasco Pratolini, Alberto Moravia, norteamericanos como Faulkner o Hemingway.

-Sí, claro. A Moravia lo conocí en Nueva York. Con Hemingway estuve aquí en Zaragoza, después de una corrida de toros, y hay una foto famosa de aquella cita, pero realmente yo de quien era amigo era de los escritores españoles de la Generación de los 50: Jesús Fernández Santos, le pasaron un guión mío, nos conocimos y me invitó al café Gijón; Ignacio y Josefina Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, que fue la guionista de ‘Celia’, que yo llevé a la televisión, y Medardo Fraile, de quien oía hablar mucho pero al que no se veía nunca.

-Pasaron muchos años hasta que usted publicase sus primeras ficciones: ‘Camisa de once varas’ (Alfaguara, 2003)…

-Ocurrió una cosa. Jorge Valdano acababa de publicar un libro de ‘Cuentos de fútbol’ para Alfaguara. Juan Cruz, editor entonces, me pidió a mí uno de ‘Cuentos de cine’. Seleccioné muchos relatos e incluso escribí uno, y ahí empezó todo.

-¿No había escrito antes cuentos?

-Sí. Un director de cine como yo hace muchos proyectos que a menudo no cristalizan. Y para cada proyecto yo escribía un cuento que explicaba la película y que, por lo general, se quedaba en un cajón. La alianza de estas dos circunstancias, esos cuentos secretos y el encargo, dio lugar a mis libros: ‘Camisa de once varas’, ‘Navidad, horrible Navidad’, ‘El amigo de invierno’, etc.

-Por cierto, sus cuentos tienen siempre un perfume autobiográfico, son más bien realistas, con claras conexiones con el cine y con algunos mitos literarios…

-No creo que sean autobiográficos. Sí es cierto que soy un escritor realista. Casi todo lo que cuento sucedió: a un extraño, a alguien que se mueve alrededor de mí mismo. Me ocurre una cosa curiosa: yo recuerdo muchas cosas del pasado, de mi estancia en Estados Unidos, como se ve en ‘Cuentos de Culver City’, por ejemplo. Pero una vez que escribo los cuentos me olvido un poco de todo lo que ocurrió, es como si perdiera la memoria de los hechos.

Ignacio Aldecoa, Josefina Aldecoa, Rafael Azcona y un amigo. Grandes amigos de los años 50 de Borau.

-Acaba de publicar ‘Palabras de cine’ (Península)…

-El tema coincide con mi discurso en la Real Academia Española: la penetración y la presencia de los términos cinematográficos en la vida cotidiana. Algo que se ve en términos como ‘guión’, ahora todos nos hacemos un guión previo, en ‘rebobinar’, en dichos como ‘no te enrolles Charles Boyer’, ‘pintas menos que Grace Kelly en un andamio’, en ‘macho’, que fue una palabra traída por el cine mexicano que caló mucho… He escrito 400 páginas.

-¿Qué le sugiere otra palabra: Aragón?

Mentalmente y moralmente, siempre he estado en Aragón. No me he ido nunca. Y eso se percibe en mis ficciones: siempre sale Zaragoza. Cuando hay una ciudad innominada, siempre es Zaragoza, sus cafés, sus calles, sus ambientes. Me fui de aquí el once de enero de 1956, pero a pesar de eso Zaragoza y Aragón siguen siendo mi paisaje interior de fondo. Siempre viajan conmigo.

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