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Antón Castro

MARIVÍ NICOLÁS: UN DIÁLOGO

MARIVÍ NICOLÁS: UN DIÁLOGO

María Victoria Nicolás (Zaragoza, 1939), una de las principales autoras en lengua aragonesa, reconstruye su vida, su memoria de madre y maestra, y su pasión por el valle de Hecho y la obra del poeta cheso Veremundo Méndez

 

 

 

 “LA POESÍA ME HA DEJADO SOÑANDO

Y AÚN NO HE DESPERTADO”

 

A María Victoria Nicolás (Zaragoza, 1939) la vida la ha dejado, perpleja y herida, en medio de un sinfín de encrucijadas: la pérdida de una hija, un divorcio, la muerte de amigas entrañables, una tumultuosa maternidad... Sin embargo, ella sigue adelante con una tremenda energía, con una vitalidad que también exhibe alegría, inocencia y fragilidad. La fotógrafa Esther Casas la mira, le hace fotos y la define así: “Esta mujer es impresionante. Lo da todo”. El editor Chusé Raúl Usón buscó todos sus textos, redactados en cheso, los recuperó de libros, revistas y programas de fiestas, y ha publicado ‘Plevias. Obra poética en aragonés-cheso’ (Xordica), un volumen que es, ante todo, una declaración de amor a la poesía, a una lengua, a un paisaje, a una forma de existir.

Me han dicho que usted se crió en la avenida de Goya, ante las vías del tren.

Sí, en una casa que hacía chaflán con la actual calle del Carmen. Viví una infancia maravillosa. Mi padre había venido de Velilla de Ebro y tenía un negocio de coches, con naves industriales y con un concesionario de Chevrolet. Enamoró a mi madre, Manuela Minué, en el Casino Mercantil un día en que ella llevaba un traje de lunares, azul marino y blanco. Ella tenía una voz acariciante y usaba un sombrero que apenas dejaba ver su pelo rubio.

¿Qué hacía en esa infancia maravillosa?

Jugábamos todo el día en la calle con mi amigo Matamala, un crío del barrio, y con mis hermanos, José Manuel y Manuela, y con mis primas. Nos asomábamos al pretil de las vías del tren. Estudiaba en el colegio próximo de Jesús y María. Recuerdo que una vez le cogí un trozo de una goma de borrar a una compañera, un trozo diminuto, casi invisible, y estuve confesándome todo el año. ¡Te hacían sentir unos remordimientos! Eso sí, nos divertíamos con todo y también le hacíamos judiadas a la abuela…

¿Judiadas a la abuela? ¿Qué quiere decir?

Mis abuelos maternos tenían un comercio de electricidad y de aparatos de radio en Independencia. Era famoso. A ella le encantaba escuchar la radio: las telenovelas, las canciones dedicadas, el rosario. Aún la veo, sentada, con su chal y su pelo blanco en ondas. Mi hermano era un ‘sarguta’, mañoso, hábil. Cuando ella venía a casa, cogía su radio galena, su pick-up, le ponía un micrófono y conectaba al aparato de radio de la abuela. En el cuarto de al lado, desde nuestra emisora particular, poníamos voces, hacíamos anuncios publicitarios en forma de verso. Lo que se nos ocurría. “Es la casa de Minué / la mejor que usted ve”. Había un instante en que la mujer llamaba a mi madre y le decía: “Manuela, que me están dedicando canciones en la radio”. A mí siempre me ha gustado la radio, la poesía, los juegos de palabras.

Pronto entraría en contacto con el Altoaragón, en concreto con Jaca.

Sí, en la posguerra se edificaron en Jaca unos chalés de protección oficial para los obreros de Sabiñánigo, pero a ellos les pareció que les quedaban demasiado lejos y no los quisieron. Entonces el constructor se los ofreció a distintas a familias, entre ellos a los Nicolás. Allí, en un baile de disfraces en La Pajarera, conocí a Emilio Gastón, con quien me casé.

Usted había estudiado Magisterio, ¿no?

Estudié Magisterio y lo terminé, pero no hice oposiciones porque mi padre no me dejaba ir a dar clases a un pueblo. Decía que de ahí se volvía con un embarazo, con una violación, o que una se consumía en soledades. También hice ATS y me matriculé en Filosofía y Letras donde coincidí con el historiador y cofundador de ‘Andalán’ Eloy Fernández Clemente. Nos daba clases mi futuro suegro Rafael Gastón Burillo, catedrático de lenguas clásicas, abogado y filólogo. Yo ya festejaba con su hijo; cuando pasaba lista decía: María Victoria Nicolás Minuera.

Su suegro iba mucho a Hecho.

Sí. Él era un enamorado del cheso y de aquellos valles. Mantenía una correspondencia constante con Veremundo Méndez. Los dos hacían fichas de palabras y hablaban con la gente, alemanes, franceses o ingleses, que venían a estudiar la lengua. Mi suegro era un personaje increíble: aragonesista, apasionando, culto, filólogo y, además, era el mejor esperantista del mundo. Finalmente, Emilio y yo, compramos una casa allí y yo hice de todo: fui fontanera, carpintera. Todo. Fue una época maravillosa de nuestra vida.

¿Qué relación tuvo con Veremundo Méndez?

Muy buena. Fue un maestro maravilloso para mí. Ya nos habíamos visto alguna vez anterior, pero una vez fuimos a Hecho con los profesores de la Universidad de Jaca. Estaba sentado en una barandilla, lo saludé y le dije que iba a aprender cheso. Me dijo: “Cuando sepas estos versos, ‘Cuando la paxariqueta / canta en lo soto, /u pleba u nieva / u fa un tiempo u otro’, estarás en condiciones de aprender cheso”. Ahí empezó otra vida para mí. De aquel fichero hemos partido Rosario Ustáriz, Rosa Coarasa y yo para hacer un ‘Diccionario de voces chesas’, y ahí seguimos. Rosa murió hace poco y ahora Rosa está enferma.

¿Cómo fue esa inmersión suya en la literatura?

Fue absoluta. Yo no puedo hablar mal de Emilio Gastón. Con él he podido viajar, he conocido el mundo político del PSA, donde estuve totalmente integrada, asistí a aquel período de utopía e ilusión en que desterramos la violencia. Él me ha enseñado literatura. Y yo me formé con tranquilidad durante años: hablaba con los ancianos del lugar, hice tres entrevistas a tres nonagenarios y cuando aparecieron en una revista ‘La Jacetania’ los tres se habían muerto. Desde entonces me llamaban ‘La mataviellos’ y otros ‘Lo pobre de la Solaneta’, porque me veían con mi mochila cargada de grabadoras, de cuadernos, etc. Cuando fui a grabar a la cuarta persona, me vio desde la ventana y me dijo: “Vés ten, nirna que no me quiero d’ir enta la fuesa” (Vete, niña, que no me quiero morir).

¿Cómo definiríamos su obra?

Es una obra musical, relacionada con la naturaleza, con el amor, con mis recuerdos. Me gustan los juegos de palabras. Me encantan. Me gusta hablar de las gentes, de las casas y sus escaleras, de las chamineras, de las veladas de verano a la fresca mientras se cuentan historias, las tertulias en el carasol, de las mujeres. Cada vez que oía una palabra la anotaba; tengo muchas servilletas con anotaciones tomadas en el bar. Todo ese universo me producía un desborde maravilloso. Y luego está esa otra emoción esencial: el lenguaje, la belleza del lenguaje, el sonido de las distintas palabras.

Por cierto, en su poesía habla mucho de la noche y mucho de la luna.

Tengo tres hijos. Rafael, Elena y Diana. A ella le decíamos que la luna se llamaba Diana. Un día dijo: “Cuando yo me muera iré a la luna”. Quizá venga de ahí. Ella falleció en 1978 con once años. Jamás he podido olvidarla: mi hija Diana sigue estando en mí y yo sigo estando en ella, no sé bien de qué forma pero la percibo. Se murió de peritonitis en Londres. Fue un fallo médico: recuerdo que los médicos ingleses y las enfermeras vinieron a pedirnos disculpas al avión. Diana escribía. Recuerdo cómo la trajimos a Zaragoza en el avión: Emilio y yo a cada lado y el ataúd en medio. Esa imagen no la podré olvidar nunca.

¡No me extraña!

Lo más gordo que te puede pasar en la vida es perder a un hijo. Es demasiado doloroso hablar de ello. Desde entonces me gusta más la luna, y me gustan los ponientes, las montañas nevadas, el rocío, el agua azul en las plantas, el ambiente del color, las calles vacías y mojadas, el silencio, el fuego que nace y crepita en torno al hogar y que luego se apaga.

Me sorprende su determinación en la construcción de su biografía. 

Soy débil e inocente y a la vez fuerte. No soy rencorosa, el rencor me parece una pérdida de tiempo y una forma de maltratarse a uno mismo. Además, me ha pasado algo muy bonito: con la publicación del libro he descubierto que en Hecho me quiere el pueblo entero, que no faltó nadie. Percibí cariño y comprensión. En las presentaciones en Hecho y en la del Colegio Hilarión Gimeno fue como estar en el cielo. Algo muy entrañable. Han sido dos actos que me han dejado soñando y aún no me he despertado.

 

Mariví Nicolás mira con una ternura especial a su editor Chusé Raúl Usón: “No sabe cuánto le debo. ¡Si no es por él! Ha salido en mi rescate. Después de lo que le he hecho esperar, no sé cómo me quiere y como ha querido ser mi editor”. Los dos, una y otra vez, se han intercambiado un copioso anecdotario. La música, los años iniciales de la Transición, la enseñanza, los traumas de una familia rota, la poesía en castellano y en aragonés, los poemas que adaptaron para ser cantados… Todo asoma con naturalidad. Uno de los mejores períodos de la vida de Mariví Nicolás es el de sus años el colegio La Quer Majari Cali, algo así como la Casa de la Virgen gitana. “A los estudiantes gitanos les enseñaba de todo, les enseñaba a abrir los ojos, a escribir, jugaba al fútbol con ellos si era necesario en una especie de vertedero, y les enseñaba a no pelearse –señala-. Y ellos a mí me enseñaron mucho, conocí al gitano y su mentalidad, su picardía, su ternura, y en ocasiones tenía que ir por las casas a buscar a los niños para que vinieran a clase. Algunos tenían mucho interés por aprender, a leer especialmente, para poder sacarse el carné. Recuerdo que alguna vez escribí un artículo ‘Andalán’ acerca de esta experiencia”.

*La foto de Mariví Nicolás pertenece al fotógrafo y diseñador Manuel Arribas.

7 comentarios

Carlos -

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HELENA JIMENEZ BURILLO -

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Ana Maria -

Queridísima Mariví, Antón al que conozco de tierras del Maestrazgo, donde coincidimos en una escuela hogar maravillosa, me ha traido a tí de nuevo. Preciosa la entrevista, me ha echo recordar tantas cosas de mi niñez. Yo soy amiga de Helena, con h, como ella le gustaba escribir. Ibamos juntas al colegio, y viví enormes expetiencias con ella, en vuestra casa. Y recuerdo muy a menudo a Diana, no la puedo olvidar, no se porqué pero dejó algo en mi corazón que siempre está presente. Aquel año, me despedí de Diana y de Helena porque se iban a estudiar inglés a Londres. Pasamos un maravilloso día comprando en Gay, cosas para el viaje. A los pocos días, leía mi padre, la noticia en el periodico. pero la recuerdo con tanto cariño que siempre me viene una sonrisa a la boca. A Helena también la añoro. Un besito enorme y gracias por todo lo que aprendí esos maravillosos años. Ana.

sergio caparros rodriguez -

Te quiero LOLA.
NO TE OLVIDO,GRACIAS POR LOS BUENOS MOMENTOS.