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El BALLET EN LA MÚSICA Y LA CULTURA

Hace algunas semanas, Carmelo Pueyo Benedicto publicaba el libro ‘Música en danza’, que resume muchos años de trabajo, de pasión por la música y danza: el libro es una síntesis de la historia de la danza, con piezas y partituras, con personajes, con obras, con directores, coreógrafos, compositores y bailarines. Él siempre insiste en el carácter coral del libro: ha contado con muchos colaboradores y amigos. El volumen lleva tres aproximaciones al mundo del ballet y la música: uno de Álvaro Zaldívar, otro de Enrique Gastón y otro mío. El texto que sigue a continuación.

 

LOS PÁJAROS DE FUEGO DE LA CULTURA

  

La música ha formado parte de la vida del hombre desde los orígenes. Como el agua, el viento, las puestas del sol o las tormentas. La música ha sido una necesidad y una presencia: estaba allí, en la melodía de las estaciones, en el rumor de los bosques o en el canto de los pájaros, desde que el hombre apareció sobre la tierra. Y otro tanto podría decirse del baile o de la danza: ya en la prehistoria, en sus pinturas rupestres, el hombre se representó ejecutando pasos, ensayando movimientos artísticos, bosquejando movimientos con esa cadencia tan particular a la que llamamos ritmo. Esos trazos eran un conjuro, una crónica visual y la exaltación de un destino.

Hay cosas que no se sabe con certeza cuándo nacen, ni cómo ni en qué contexto, en la vida del cazador y del pastor; en realidad, parecen inherentes al cuerpo y al alma: nacen con el ser humano y este, poco a poco, en la lenta asimilación del medio, empezará a dominar ese atributo innato y lo convertirá en un mecanismo de diversión, en una práctica de su sensibilidad, en un arrebato lúdico y en una respuesta casi espontánea a todo y, a la par, a no se sabe bien qué. Carmelo Pueyo tiene muy claro que la danza y la música, tan inseparables, conforman una completa y compleja historia de la cultura. Y en este libro, Música en danza, lo que nos propone es un fascinante viaje que se despliega ante nuestros ojos como una auténtica clase de danza, con lo que eso significa: una clase es una lección, un abanico del mundo y sus habitaciones clandestinas, una apertura hacia el horizonte del placer, del entendimiento y del sentido crítico, es un encuentro con un arsenal de incitaciones; una clase es también un fragmento de belleza desvelada, una aproximación al misterio y a lo inefable; una clase es una apetencia de encontrar interlocutor, una vía de luz hacia el diálogo. La danza y la música están tocadas por el hilo tembloroso de la poesía: la danza es poesía corporal en movimiento, es un río de encadenados pasos, un aleteo indesmayable de armoniosidad, gracia y elegancia. Y la música son las matemáticas del alma: la escritura sonora, la ondulación y el fraseo de los sonidos que nos conmueven como pocas cosas. La música es el arte más abstracto que produce las emociones más concretas.

Carmelo Pueyo ha concebido su trabajo con verdadera estrategia de seducción. O de envolvente embrujo. Primero, como si llevase un diario de profesor que siente y que se estimula a sí mismo cada día antes de entrar al aula, redacta sus notas de clase, anota citas curiosas y reveladoras (desde Estrabón a Ramón Muntaner y sus ‘Crónicas’, desde Homero hasta Goya, entre muchos otros), busca la pieza que deba ser interpretada al piano (nunca es una pieza inocente o baladí), propone diferentes juegos de musicalidad y, finalmente, para cerrar un círculo, efectúa sus apuntes históricos: igual habla de los primeros teóricos de la danza, como Domenico de Piacenza y su manual de 1453, que evoca a diferentes coreógrafos y maestros de ballet, a compositores y a piezas compuestas para ballet, o aquellas que no fueron escritas inicialmente para danza pero que acabaron convirtiéndose en materia de ballet, como pudo suceder con una obra tan peculiar y hermosísima como las ‘Variaciones Goldberg’ de Juan Sebastián Bach. El interesado, el experto y el enamorado del ritmo también hallará muchas piezas específicas como ‘Orfeo y Eurídice’, las grandes obras de Mozart, y las que no son tan grandes, como ‘El ballet de la nuit’ o el ballet-comedia ‘El burgués gentilhombre’, por citar dos piezas que ya son de incontestable referencia.

Este es un libro especial. De descubrimientos, de fogonazos, de pura pasión por la música, la danza y el arte de enseñar. No es un tratado erudito ni una compilación que aspira a la totalidad. No tiene esa vocación: apunta, indica caminos, abraza y ensalza, página a página, pentagrama a pentagrama, nombre a nombre, el inagotable universo de la danza. Un universo que se extiende en casi todas las épocas, en todas las direcciones y en todas las disciplinas. La danza ha cautivado a los reyes y al vulgo, a los pintores y escultores, al cine, a la fotografía, al teatro y a la literatura, por supuesto. Y ese afán por perfilar el baile –y todo lo que conlleva su representación: la coreografía, el vestuario, el maquillaje, la escenografía, el vértigo y las sucesivas partituras- está aquí, en Música en danza’, como un final de viaje que incorpora todos los pasos previos, las encrucijadas, los peregrinos, los accidentes e incidentes del contexto y las melodías que hemos escuchado, las melodías que volveremos a oír una y otra vez mientras se cimbrean los cuerpos y se vuelven pájaros de fuego. En cierto modo, Carmelo Pueyo ha redactado un manual para vivir entre acordes y para danzar hasta el fin de la noche de los tiempos.

 

*En las fotos, la portada del libro, Nijinsky, Balanchine en un ensayo y Elia Lozano, durante la presentación de 'Música en danza', en una foto de Alberto Rodrigálvarez.

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antoncastro

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