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RETRATO DE LABORDETA EN EL PRIMER AÑO DE SU MUERTE

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LABORDETA, EL HOMBRE LIBRE QUE CANTÓ CON TODOS

José Antonio Labordeta, el cantor de la tribu, fallecía en Zaragoza el 19 de septiembre de 2010, hace ahora un año. El poeta, cantante, profesor y político no había podido superar las consecuencias de un cáncer de próstata y expiró en paz, con serenidad, tras haberse despedido, de viva voz y por escrito, en forma de memorias (con un conmovedor libro-testamento: ‘Regular, gracias a Dios’ (Ediciones B, 2010) y de poemas, de sus amigos y de su familia, con Juana de Grandes, su musa y su compañera, al frente. Y después de haber recibido condecoraciones y numerosas muestras de afecto. Es raro hallar en la historia del Aragón del siglo XX o XXI a un personaje que haya calado tan hondo: ni siquiera Joaquín Costa ni José Oto, que protagonizaron entierros multitudinarios, alcanzaron esa dimensión. La auténtica dimensión de ser un hombre del pueblo sin que haya demagogia alguna en esta expresión.

A lo largo de casi dos días, el autor de quince álbumes y de más treinta libros, el cadáver del creador de ‘Canto a la libertad’ fue despedido en la Aljafería por multitudes que reconocían en él a un modelo, a un conciudadano, a un maestro, a un referente y a un luchador incansable desde la canción, desde la literatura, desde la política, desde ese sueño que fue ‘Andalán’, desde el amor incesante por Aragón, por Zaragoza, por los humildes y por la justicia. Cuando uno piensa en aquellos dos días de luto y de homenaje no puede evitar la emoción: José Antonio Labordeta Subías (Zaragoza, 1935-2010) nos caló muy hondo. Nos conmovió. Él, más allá de una filiación concreta a Chunta Aragonesista (antes había militado en el PSA y en Izquierda Unida) fue un estandarte: cantó para todos, cantó por todos. E hizo algo muy especial: se reinventó una y otra vez, primero en los días de la Generación Niké y de la posguerra cuando se movía a la sombra de su hermano y fundaba la revista ‘Orejudín’, luego como profesor de historia que se preguntaba qué hacía un melancólico radical y a veces depresivo como él en el aula. Más tarde, se reinventó como fundador del movimiento de la Canción Popular Aragonesa, y como escritor. Y como actor y, sobre todo, como presentador de televisión o andariego del país en ‘Un país en la mochila’. Y volvió a reinventarse como parlamentario regional y como parlamentario nacional, durante ocho años, donde demostró que era un gran trabajador, un afanoso representante del bien común y un paisano con ínfulas y con dignidad: mandó a la mierda a la oposición porque no le dejaba hablar y era objeto de chanzas y burlas, y leyó un poema de su hermano Miguel que proclamaba la necesidad de la paz. José María Aznar, que era lector de poesía y recibía a los poetas en la Moncloa, se quedó un tanto estupefacto: ese gesto fue un acto para la posteridad y una primicia absoluta en el Boletín Oficial del Estado.

José Antonio Labordeta era, conviene recordarlo, un hombre de su tiempo. Un hombre que dudaba. Y era, más que nada en el mundo, un poeta. Alguien que cree en la verdad de las palabras, alguien que se abrasa en el fuego del lenguaje, alguien que busca el misterio definitivo de la concordia y la sensibilidad. Sus referencias fueron muchas: Georges Brassens, Atahualpa Yupanqui y Bob Dylan en la música; su hermano Miguel y César Vallejo, en la poesía. Y así podríamos citar otros nombres que le marcaron: desde Sender y Goya a Buñuel, desde los Azara a su amigo Pablo Serrano, o a los hermanos parejos y disparejos que le había deparado la vida: desde Emilio Gastón y Eloy Fernández Clemente a Juan José Carreras o Gonzalo Borrás; desde Luis Alegre o Pepe Melero, el último doctor de su alma, Ángel Artal, a sus editores Antonio Pérez Lasheras y Chusé Raúl Usón, o al hijo varón que no tuvo y que le estimuló a diario: Félix Romeo.

Piensa uno en Labordeta y piensa en una criatura irrepetible, aragonés hasta la médula, socarrón, irónico, dulce y levantisco a la vez, apasionado. Un hombre de palabra y de raíz que miró al cáncer de frente, con una turbadora e inefable serenidad.

 

*Esta ilustración es de José Luis Cano, que le hizo algunas interpretaciones al retrato y a la caricatura espléndidas.

 

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antoncastro

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