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'ESCOMBROS': ANTONIO PÉREZ MORTE

Antonio Pérez Morte (Zuera, 1960-Sabiñánigo, 2013) fue un claro ejemplo de vocación poética. Ahí buscó y halló su sitio. Su lugar en el mundo. Escribió desde muy joven: desde ‘Arrancado del silencio’, que apareció en 1979, hasta unos días antes de su muerte; ‘Cuerpos de luna’ (2013) acabó siendo un volumen póstumo. Ahora, su familia reedita ‘Escombros’, de 2011, un poemario que abarca 30 años de trabajo, de búsqueda, de indagación y de evolución. 


En un libro así –tan dilatado en el tiempo: los frutos de la experiencia y de una sensibilidad desarbolada- es lógico que estén todos sus temas: el amor, el homenaje a los amigos, la música, la memoria de la infancia (vean textos como ‘Macrús’ o ‘El niño del triciclo’: “me mira mear y mea, a la vez que yo, como yo mismo”), la pasión abrupta (“Amor mío, devuélveme los aforismos / que sobre tu piel he escrito”), el dulce despertar con la amada (Ana Gargallo), la incertidumbre de vivir, la angustia y la nostalgia, la mitomanía (desde Ana María Drack a Cayetana Guillén Cuervo, Labordeta o Petisme), la mirada a la naturaleza.

A su madre le escribe ‘Si cupiera la vida en un poema’: Antonio lo intentó. Que cupiera en un poema, en la poesía, en su honda y penetrante mirada cargada de piedad, dulzura y amor a los seres: a su madre, claro, a su padre (“Tu recuerdo será el beso más largo”), a sus hijos, a Asunción Balaguer, etc. El libro también contiene, a la manera de Ángel Guinda, reflexiones, frases centelleantes, versos que son casi un conjuro contra la muerte. Dice en ‘Vivir’: “¡Vivir me matará! / Del desastre nada me salva, / del suicidio, tu mirada”.

Escombros. Antonio Pérez Morte. Prologado por José Ángel Barrueco. Madrid, 2014. 84 páginas.

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