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'LA NOVIA' DE PAULA ORTIZ Y LORCA

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‘LA NOVIA’ DE PAULA ORTIZ

 

Paula Ortiz ha confesado varias veces cuanto le marcó la obra de Federico García Lorca, especialmente su teatro. El pasado martes, en la sala seis de los cines Palafox, hubo un pase privado de su segunda película, 'La novia', basada en 'Bodas de sangre' (!933), la obra teatral que se inspiró en unos hechos reales, dramáticos, en el Cortijo del Fraile, Níjar (Almería), ocurridos en julio de 1928. Lorca exploró la atracción fatal, el desmesurado amor, la fatalidad, las discordias familiares del pasado y ese destino aciago, tan telúrico como irreductible. En este caso, una novia, recién casada con un joven entusiasta y un tanto ingenuo, lo deja todo en plena fiesta para irse con Leonardo, casado con una prima suya. Ambos, la novia y Leonardo vivieron en el pasado una rara e intensa historia de amor que ha dejado rescoldo o demasiadas heridas abiertas. 

Paula Ortiz es una realizadora que busca la belleza, la pura plasticidad y los símbolos, intenta crear una atmósfera, un universo pleno, visualmente complejo. La experiencia de 'De tu ventana a la mía' le ha permitido depurar el lenguaje y los planos, ajustar mucho más la psicología de los personajes (a los que la cámara mira al fondo de los ojos) y el guión, claramente dramático y aún desmedido para cualquier código de ficción. La directora es fiel al texto, lo esculpe y se atreve con él y con todas sus metáforas, y se permite algunas licencias que subrayan la fuerza de la tragedia y la obsesión: el arranque mismo, tan apocalíptico, o esos tres jóvenes que bien podrían ser la novia, el novio y Leonardo en la adolescencia. Leonardo es el único personaje que tiene nombre propio y es la detonación, esa criatura obsesiva, el jinete que fatiga a su caballo (que simboliza el sexo, la energía, la virilidad) en busca de la novia.

Paula Ortiz consigue representar el universo lorquiano y a la vez madurar su propia escritura fílmica. Le confiere un nuevo ritmo a su cine sin obviar su sentido poético ni ese desarrollo de tragedia griega con coro. Está Lorca y está ella: su mundo, su pasión por la fotografía, su vocación pictórica, el homenaje a John Ford y a su ventana abierta al llano. Y está, sobre todo, un ámbito matizado e intemporal de carácter rural, mediterráneo más que andaluz o aragonés.

Las casas están destrozadas por afuera y en su interior hierve el deseo, la mala sangre y el rencor: la autora resuelve la paradoja con enorme sutileza. Es un mundo en ruinas por fuera y por dentro, pero tiene espacios de acogida, de intimidad y de esperanza como el taller de vidrio del padre de la novia, que a la vez define un elemento decisivo en la obra: el cristal-cuchillo que entra hasta la oscura raíz del grito. Le funcionan la lentitud tensa, la luz y la sombra del paisaje, la desolación del espacio que posee gran poder de evocación, ciertos ecos de posmodernidad, la música de Shigeru Umebayashi, compositor de ‘Deseando amar’, las voces de Carmen París, de Soledad Vélez, de la propia Cuesta, la canción de ‘La Tarara’... Le funcionan los personajes: destacan Luis Gavasa, que hace pensar en una Irene Papas más humana y menos mitológica, Carlos Álvarez Novoa, María Alfonso Rosso, Consuelo Trujillo, soberbia y tierna, encarnan a los mayores y están magníficos, con matices muy diferentes; están muy bien los jóvenes: Inma Cuesta, la pura contradicción de la carne, la pasión y la tierra en uno de los papeles más intensos de su carrera, Álex García, Asier Etxeandía, remonta poco a poco Leticia Dolera, posee encanto y gracilidad Manuela Bellés, como responde a una niña casadera, hay variada representación aragonesa, debuta como actriz Carmela del Campo, nieta de José Antonio Labordeta.

Dentro de ese tono tan trabajado y meticuloso, donde conviven el preciosismo y la fatalidad, quizá resulte un poco excesivo el espejismo final de los cristales, un tanto innecesario, es como una ruptura o un énfasis dentro un tono ya muy meditado. Es brillante y variada la larga y secuencia de la boda, subyugante la luna grande que alumbra la tierra sembrada de sangre, amor y triste sino: la muerte que avanza como una maldición en un cuerpo de mendiga.  

 

 

*En la foto, Álex García e Inma Cuesta, Bernardo y la novia.

 

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