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CROMOS DE LETRAS / 6: RUBÉN DARÍO

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El pasado sábado se cumplían cien años de la muerte, en su ciudad de León, del poeta Rubén Darío (1867-1916). Apenas llegó al medio siglo. Cuando se repasa su trayectoria, sus mudanzas y sus ocupaciones -fue poeta niño, periodista, inspector de aduanas, bibliotecario, corresponsal de prensa en el extranjero, director de diario, secretario particular del director de Correos y Telégrafos de Buenos Aires, cónsul, etc.- parece que hubiese agotado varias vidas. Fue el gran poeta del Modernismo, el maestro de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, a los que conoció. Juan Ramón le dedicó un precioso retrato y dijo que «modelaba el verso en plástica de ola». El propio Darío resumiría de esta manera el movimiento que lideró: «El Modernismo no es otra cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y de la buena prosa franceses».
Ahí quedan ya fijados sus dos territorios estéticos: asumió la tradición poética española, el siglo de Oro, Bécquer, Zorrilla y Campoamor, y la renovó, y filtró como nadie la poesía francesa, especialmente la simbolista; conversó en uno de sus viajes a París con un alicaído Paul Verlaine. Su pasión por las letras del país vecino está bellamente definida en su libro ‘Los raros’ (1896. Tenemos edición en Libros del Innombrable, de Zaragoza), retratos y perfiles de poetas y escritores que enviaba a ‘La Nación’ de Buenos Aires. A la nómina gala añade otras dos figuras: el cubano José Martí (lo saludaría en Nueva York y escribió: «Era Martín de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y bondadosos (…) Arrastraba muchedumbres. Su vida fue un combate») y el norteamericano Edgar Allan Poe, reivindicado en Europa por dos grandes poetas como Stéphane Mallarme y Charles Baudelaire.
El huérfano nómada
Rubén García Sarmiento nació en Metapa (hoy Ciudad Darío ), Nicaragua, en 1867. Sus padres se separaron y se reunieron varias veces hasta que quedó en un estado casi de orfandad. Su progenitor se inclinaba por la vida bohemia, el alcohol y la prostitución, y su madre reharía su vida, pero ya sin él. Se crió con sus tíos abuelos, el coronel Félix Ramírez y su tía, hermana de su madre, Bernarda Sarmiento, a los que identificó como padres. Cuenta en sus memorias que a los tres años, según le habían dicho, ya había aprendido a leer. Pronto se sentiría inclinado hacia la poesía y la lectura. Anotó: «En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Eran un ‘Quijote’, las obras de Moratín; ‘Las Mil y una noches’; ‘La Biblia’; los ‘Oficios’ de Cicerón; la ‘Corina’, de madame Staël...», entre otros. El desfile de la Semana Santa le inspiró sus primeros versos con diez años y con trece ya publicó sus primeros versos en ‘El termómetro’. Los periódicos serían capitales en su vida: escribió en ellos hasta prácticamente el final de sus días. Alguna vez, por sus opiniones y su talante liberal, conoció la cárcel.
Vivió en varias ciudades de su país: en León, en Granada, luego se trasladó a Valparaíso (Chile) y, por su tendencia a la bohemia y al desorden sensual, pasó por períodos duros de absoluto desamparo. Se afilió a la masonería, se interesó por el ocultismo y el hipnotismo, y siempre fue un joven ardoroso, inclinado al amor y al deseo. Amó mucho, desde muy joven, y sus versos rezuman erotismo y sensualidad. En sus memorias cuenta con gracia y desparpajo diversas aventuras de amor. Esta quizá sea la más sugerente: «… nunca había sentido una erótica llama igual a la que despertó en mis sentidos e imaginación de niño una apenas púber saltimbanqui norteamericana, que daba saltos prodigiosos en un circo ambulante. No he olvidado su nombre: Hortensia Buislay».
Algún tiempo después, cuando residía en Managua, protegido por el historiador Lorenzo Montúfar y el licenciado Modesto Barrios, vivió otra epifanía amorosa: «Una noche oí cantar a una niña. Era una adolescente de ojos verdes, de cabello castaño, de tez levemente acanelada, con esa suave palidez que tienen las mujeres de Oriente y de los trópicos. Me enamoré». Ese era su estado casi permanente. Se enamoraba y escribía versos, y sobrevivía como podía, de lugar en lugar, de oficio en oficio, con más escasez que opulencia, igual estaba en El Salvador, que en Lima o en Buenos Aires. Poco después de publicar su primer libro, ‘Abrojos’, apareció en 1888 en Valparaíso ‘Azul’, un libro de cuentos y poemas impregnado de belleza, pasión, un lenguaje nuevo y sonoro, de espíritu cosmopolita. El propio Darío dirá: «El azul era para mí el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental».
Añadirá que ‘Azul’ es «una producción de arte puro» que contiene «la flor de mi juventud». El volumen pasó inadvertido en Chile pero tuvo buenas críticas en España de Juan Valera, que vio en él «una poderosa individualidad de escritor», algo que no tardaría en confirmar con ‘Prosas profanas y otros poemas’ (Buenos Aires, 1896), quizá su libro más ambicioso y perfecto, contemporáneo de ‘Los Raros’.
Pasiones y amigos españoles
Rubén Dario había vivido una gran pasión amorosa con «la garza morena» Rosario Murillo, pero por distintas razones se separaron y apareció en su vida Rafaela Contreras, con la que se casó en 1890 en El Salvador, donde le ofrecerían la dirección de ‘La Unión’, a la que vez que era corresponsal de ‘La Nación’ de Buenos Aires. Rosario Murillo volvería a su vida y se convertiría en su segunda esposa, aunque su gran amor sería una joven analfabeta de Ávila, Francisca Sánchez, con la que tendrá cuatro hijos y solo le sobreviviría uno. Esa historia la rescató la periodista Rosa Villacastín, su nieta, en una biografía novelada.
Rubén Darío amó España. Con locura. Viajó por ella, conoció a casi todos los poetas, frecuentó a Juan Ramón, a Machado, a Unamuno, a los escritores mallorquines, y uno de sus grandes amigos fue el zaragozano Mariano Miguel de Val, que le ayudó y lo acogió cuando las cosas le iban mal. También tuvo palabras de elogio para Mariano de Cavia: dijo que «es el caso rarísimo de un hombre de talento sin enemigos». En 1905 publicó su poemario ‘Cantos de vida y esperanza’, que arrancaba con una estrofa antológica: «Yo soy aquel que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana, / en cuya noche un ruiseñor había / que era alondra de luz por la mañana». En 1915, contra todo pronóstico y contra los deseos de Francisca Aguirre, volvió a su país a morir. Su existencia fue tan intensa y tumultuosa como sus versos, en los que buscó las formas más sublimes y perfectas de la hermosura y la ciencia musical de la mejor poesía.

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