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UN FRAGMENTO DE 'EL APALABRISTA'

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José Francisco Mendi dice: "Te paso un pasaje del libro al que le tengo cariño y que guarda relación con la foto de la biografía, el resumen y uno de los temas del contenido más llamativos como es el bombardeo del Pilar de Zaragoza que en agosto cumple 80 años. Te adjunto la portada con dibujo de Dani García Nieto".

 

SINOPSIS

 

El fin de semana más tórrido del año, Zaragoza se encuentra casi desierta. La ciudad ha sido abandonada por la mayoría de sus habitantes que huyen del Ferragosto maño. Es el momento que siempre había esperado Fulgencio para tener sus merecidos minutos de gloria. Este acomplejado político de tercera fila consigue acceder temporalmente al mando de la ciudad en las horas del año en las que nunca pasa nada ni casi nadie. Pero gracias a la habilidad de sus torpezas comienzan a suceder demasiadas cosas. Y no todas buenas.

¿Estamos ante una novela de ficción real o ante un ensayo con episodios novelados? ¿Lo que nos describe el autor va a ocurrir o ya ha pasado? En este libro, con humor más que de humor, tendremos la oportunidad de recorrer algunos retazos de nuestra historia que al fin podrían quedar resueltos gracias a la perspicacia inconsciente del protagonista.

¿Cuáles fueron las verdaderas razones del misterioso bombardeo en agosto de 1936 sobre la basílica del Pilar? ¿De verdad Paco Martínez Soria fue un actor al servicio del régimen franquista? ¿Se firmó un acuerdo secreto en la estación de Canfranc que haría cambiar el rumbo de la historia? ¿Podría sufrir Zaragoza una inundación aún mayor que la que asoló la ciudad en 1961? ¿Qué relación existe entre la estatua de Cesar Augusto junto a las murallas y los escudos esculpidos junto al puente de Santiago de Zaragoza?

El lector tendrá que descubrir todo esto y mucho más. Deberá aprender a discernir entre la historia y la histeria. Pero cuidado. Asegúrese antes de criticar al autor por su exceso de ficción, no vaya a ser realidad. Y no se emocione mucho con las certezas, no vayan a ser ficción.  

 

 

 

www.elapalabrista.com

Editorial 1001 Ediciones

 

Por José Francisco MENDI

 

El padre Ángel Luis no se inmutó ante esas palabras que ya esperaba. El eclesiástico seguía pensando que esa distinción a una persona tan buena como Onésimo tenía toda la lógica. Sabía que siempre iba a quedar en el recuerdo de los cronistas su heroicidad en una madrugada de agosto de 1936, cuando el Pilar de Zaragoza fue bombardeado por los “rojos”. Incluso conservaba, en el archivo de la sacristía, una de las fotos que le hicieron al finalizar la manifestación que, en desagravio, recorrió las calles de la ciudad aquél fatídico 3 de agosto, al inicio de aquella cruzada contra las hordas comunistas. Al finalizar el clamor popular en las calles, la alegría se desbordó entre cánticos y oraciones a la Virgen. En medio de aquél frenesí, Onésimo ascendió a los cielos. Lo hizo manualmente gracias a la energía manteadora de aquella multitud, ebria de éxtasis religioso, tras certificar lo que ya se denominaba como milagro de las bombas incorruptas del Pilar. Tras aquel episodio, y fruto de un abrupto descenso terrenal a manos de sus admiradores, Onésimo arrastró una ligera cojera a consecuencia de la mal curada dislocación que se hizo al caer de la manta tras las embestidas de sus conciudadanos. La alegría de las calles se había desbordado en su honor como héroe del Pilar. Los no creyentes lo habían apodado, con algo de socarronería, “bombésimo”. Aquella historia había dejado poso en la cristiandad en momentos de persecución como los que sufría el clero. El testimonio del difunto, su arrojo en aquel episodio, fueron decisivos para que se elevara el hecho a categoría de milagro, aunque el Vaticano se hubiera negado siempre a su reconocimiento oficial. Esta negativa tuvo como protagonista a un joven historiador, Julián Casanova. Sus estudios sobre la mala calidad de los explosivos que los rusos vendían al gobierno de la República truncaron la carrera milagrosa de este suceso en Roma. A pesar de todo, lo ocurrido aquella madrugada de agosto seguía siendo un capítulo desconocido de la guerra civil, un episodio lleno de incógnitas y misterios, a pesar de las arduas investigaciones desarrolladas por este profesor aragonés.

 Mientras regresaba de sus recuerdos, el clérigo intuyó el regalo en forma de reconocimiento que le haría el Alcalde. Seguro que lo proponía como hijo “predoptivo” (nunca entendió muy bien la diferencia entre hijo predilecto y adoptivo).

 Fulgencio prosiguió con la parte dispositiva, y a la vez concluyente, de su discurso. Se deslizó hacia un tono de energía castrense para dar más realce a su dicción

 -          ¡En correspondencia a los servicios prestados por el difunto y en prueba de eterna gratitud como ilustre ejemplo de dedicación hacia nuestra ciudad, tengo el gusto de anunciarles que Onésimo Martínez Blasco será nombrado Hijo predilecto de Zaragoza! ¡A título pésimo!

 Cuando terminó de escuchar sus propias palabras, Fulgencio fue consciente de que por mucho que el talento de Goya fuera sordo, no lo eran la mayoría de los asistentes. Unos le miraban impávidos. El padre Ángel Luis, que ya adivinaba sin capacidad de sorpresa la propuesta, le miraba aturdido con el bonete negro de su cabeza a punto de levitar. El murmullo se tornaba en risas y algunos de los infanticos del coro comenzaban a ejercer de contorsionistas dominados por un supuesto gas hilarante mientras se tronchaban como soldados romanos escuchando a Poncio Pilatos en La vida de Brian. Todo ese jaleo hizo inaudible la apresurada corrección del alcalde.

 -          Perdón, perdón, a título póstumo quería decir...

 Pero el arrepentimiento no fue capaz de apagar la indisimulada algarabía del público.

 El prelado, presa de un enfado del que tendría que confesarse, decidió tomar el micrófono e intentar reponer una calma y una seriedad que en nada acompañaban a tan lúgubre momento.

 -          ¡Hermanos, hermanos! ¡Por favor, por favor, un poco de silencio! A continuación, nuestro alcalde leerá una carta manuscrita del finado, que en su última voluntad nos ha querido trasladar a los presentes. Les ruego le escuchemos todos respetuosamente como último homenaje a Onésimo antes de proceder al traslado del féretro para su santo entierro.

Los ánimos se calmaron algo. No mucho.

 

-          Cuando quiera Alcalde, puede proceder –continuó el sacerdote mientras atravesaba a Fulgencio con una mirada venenosa que no concordaba con el tono de paz de sus palabras

 

 

 

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