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MARTÍNEZ DE PISÓN, UN DIÁLOGO

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Ignacio Martínez de Pisón acaba de publicar su novela 'Derecho natural' (Seix Barral). Aquí explica las claves del libro. En 2015 ganó el Premio Nacional de Narrativa con 'La buena reputación'. El libro se presentó el pasado viernes en la librería Los Portadores de Sueños.

-¿Cómo nació esta novela? ¿Por qué apareció el doble de Demis Roussos? ¿Qué pasó y cuándo te diste cuenta de que ahí, en ese doble, había otra novela familiar?

Las historias de familia son mi debilidad. Si además el padre es un tarambana, disfruto más con la historia. Que luego el personaje acabara ganándose la vida haciendo de doble de Demis Roussos fue casi casualidad. En realidad, quería contar cómo vivían los actores de cine B español de los años sesenta. De hecho, mucho antes de convertirse en el doble de Demis Roussos, el personaje había trabajado en un montón de películas malas: spaghetti westerns españoles, películas de hombres lobo de Paul Naschy... Su momento de gloria le llega cuando le contratan para hacer un pequeño papel en Las petroleras, una película con Claudia Cardinale y Brigitte Bardot que se rodó parcialmente en la provincia de Burgos.

-¿Pensaste en algún momento que Derecho natural era un puente con Carreteras secundarias?

Lo normal es que mis libros compartan cierto aire de familia. Lo raro sería que no se parecieran en absoluto. El padre de Carreteras secundarias tenía unos aires de grandeza que le emparentan con el de esta novela, un hombre que tiene un elevado concepto de sí mismo y que cree que en cualquier momento le llegará el golpe de suerte que le hará justicia.

-¿Y con El tiempo de las mujeres, tal vez?

En El tiempo de las mujeres tenía una relevancia especial el golpe de estado del 23-F. En ésta también aparece, aunque de forma más secundaria. Pero, aparte de lo circunstancial, hay parecidos más profundos. La familia de El tiempo de las mujeres tiene que reorganizarse tras la muerte del cabeza de familia; la de Derecho natural tiene que adaptarse a una realidad marcada por las reiteradas fugas del padre. En ambos casos es la ausencia del padre la que pone en marcha el motor de la narración.

-Vayamos primero con el narrador. ¿Has tenido claro siempre que iba a ser una novela contada en primera persona? Una primera persona que evoluciona pero que casi se convierte en una suerte de tercera...

Quería escribir una autobiografía fingida. La novela es el mejor género para hablar de las otras vidas, las vidas que pudimos vivir y no vivimos. En Derecho natural he reconstruido la vida de alguien que podría ser yo si mis padres y hermanos no fueran los míos sino los del narrador. En ese sentido, la novela es inagotable como género, porque nos permite vivir multitud de vidas distintas de la que nos ha tocado vivir.

-Como otros de tus héroes o jóvenes, tiene la sensación de orfandad. En la página 32 dices: “Mi padre era un vacío. Mi padre era el vacío que había dejado en nuestras vidas”. ¿Es ese el tema esencial del libro, la orfandad, o también has querido hacer una novela de formación? Lo digo porque es muy importante cómo el joven descubre la literatura o el amor...

Es sin duda una novela de formación. Pero el narrador no tiene nadie cerca de quien aprender. Más bien se impone a sí mismo el criterio de no hacer nada de lo que hicieron sus padres, evitar cometer los mismos errores. Desde ese punto de vista, es peor que un huérfano, porque un huérfano carece de la referencia paterna, pero él lo que tiene es una referencia paterna negativa.

-Quizá sea esta, de tus familias, las más peculiares. Él, Ángel Ortega, va de escapada en escapada… ¿Es el pícaro perfecto, el mentiroso, el fugitivo de sí mismo y de su familia?

Cuando alguien huye constantemente de los suyos, es que en el fondo no está satisfecho con su propia vida, consigo mismo. Uno de los grandes temas de la literatura realista es el de la búsqueda de la felicidad. Hasta el siglo XIX ese tema no existía como tal. A partir de Emma Bovary o Anna Karenina son muchos los personajes que deciden perseguir su felicidad personal, al precio que sea. En realidad, el padre de mi novela es una Madame Bovary pero al revés, y la novela, que tiene mucho de humorística, funciona como una parodia de ciertas novelas de la mejor tradición realista.

-A la vez es un personaje muy del cine español y de los tebeos: cutre, soñador, con amistades importantes, capaz de meterse en proyectos… ¿Pensaste en alguien, ha sido fácil hacer verosímil un tipo así? ¿Sería también un alter ego de Paul Naschy? Lo digo porque él se hace pasar por Ray Ronson...

Leí algunos libros de memorias de gente que trabajó en esas películas de serie B. Era todo de lo más zarrapastroso, y eso me atraía. En aquellos años, debido al complejo de inferioridad propio de la España franquista, se hacían muchas películas con actores de nombre extranjero. Algunos eran actores de tercera fila nacidos vete a saber dónde. Otros, como el propio Paul Naschy, que en realidad se llamaba Jacinto Molina, utilizaban esos nombres artísticos para dar un aire más cosmopolita a sus producciones. Con mi personaje, que en un momento dado decide llamarse Ray Ronson, ocurre algo parecido.

-¿Qué le aporta ser amigo de Fernando Rabal, Fernando Sancho (que parece uno de tus guiños zaragozanos) o de Emma Cohen en aquella España y en su propia familia?

A diferencia de otras novelas mías, ésta no está ambientada en Zaragoza, pero es verdad que hay algunos guiños aragoneses: Fernando Sancho, la novia monegrina del narrador, los autobuses que salían hacia Zaragoza desde la barcelonesa plaza Universidad... La amistad con esos actores reales, con los que alguien como él pudo perfectamente trabajar en alguna película, le permite sentirse parte de la industria cinematográfica, un miembro más de la gran familia del cine español. Sólo que apenas le llegaban ofertas de trabajo y las que le llegaban eran bastante lamentables...

-¿En qué medida has querido hacer, a fuerza de pequeños detalles de música, cine y sociología, una pequeña crónica cultural española? Se nota que has estudiado muchos detalles, hasta los nombres de las lavadoras, de los coches...

Nada más lejos de mi intención que explotar la nostalgia, hacer algo parecido a Yo fui a EGB. Pero la realidad era la que era: los coches eran de unos modelos determinados, los niños jugaban al Scalextric... Para mí ese aspecto es secundario. Digamos que forma parte de la escenografía y no afecta al núcleo de la historia. Pero es verdad que esa historia no pudo suceder más que en esa etapa determinada de la historia de España, cuando la democracia estaba a medio hacer y, por ejemplo, se había aprobado la Constitución pero aún no existía una ley de divorcio...

-¿Cuándo te diste cuenta de que el humor iba ser importante? ¿Cómo lo administras? Aquí hay muchos detalles: la historia de Paloma y Cristina, la peseta que se caga años después en el orinal...

Las primeras páginas de una novela suelen marcar el tono de lo que luego acabará siendo el libro. Y las primeras páginas de ésta son eminentemente humorísticas: un actor malo que al engordar se acaba pareciendo a Demis Roussos, una familia que vive a merced de las sinvergonzonerías del cabeza de familia... Con un comienzo así, la novela tenía que tener grandes dosis de humor.

-Háblame de la madre… ¿Como tiene tanta paciencia, tanto aguante, cómo se deja hacer hijos con esa facilidad?

Recuerda cómo era la España de entonces. Durante el franquismo, la mujer era algo así como una eterna menor de edad, que necesitaba el permiso del marido para cualquier gestión. Con la democracia todo empezó a cambiar, pero muchas mujeres seguían teniendo interiorizado cuál era su condición y se debatían entre las ataduras del pasado y el nuevo papel que empezaba a ofrecerles la sociedad.

-¿Ha sido España, o el franquismo, un periodo de impostores y caraduras?

La mayoría de la gente, sin ser entusiasta del régimen, se había acomodado a él. La oposición al franquismo era débil y minoritaria. Que, a los pocos meses de la muerte de Franco, España se hubiera quedado casi sin franquistas tiene que ver con la reconstrucción que cada cierto tiempo se hace del pasado. La Transición tuvo algo de barra libre, en la que cualquiera podía impugnar su propio pasado, reinventarse, empezar a ser quien quería ser a partir de entonces.

-Me encanta el personaje de Manolo. Hay una frase suya, impresionante y a la vez de realismo mágico. Se pierde y dice, cuando lo encuentran: “Sólo quería ver dónde está la gente cuando se pierde”. ¿Cómo ves a este personaje? ¿Qué papel juega? Tiene algo de perversidad constante…

Frente al narrador, que intenta siempre ponerse del lado de las soluciones, a Manolo le ha tocado estar del lado de los problemas. Junto a una de sus hermanas, es el que más sufre las consecuencias de la irresponsabilidad paterna.

-¿Qué te apetece defender de la Transición, qué hay que reivindicar?

Escribo novelas sobre la Transición porque fue mi época, la época en la que fui joven. Pero también creo que el origen de muchas de las cosas, buenas y malas, del presente hay que buscarlo en esos años. No soy un defensor a ultranza de la Transición pero tendremos que reconocer a sus protagonistas el mérito de intentar diseñar la convivencia de los españoles sin recurrir al garrotazo. Cuando me preguntan sobre la Transición suelo recordar una frase de mi amigo Miguel Aguilar que me parece muy sensata: “Admiramos a nuestros abuelos, que trataron de solucionar sus problemas a tiros, y nos avergonzamos de nuestros padres, que intentaron solucionarlos dialogando.” Creo que, por muchas cosas que se hicieran mal en la Transición, sale bastante favorecida en la comparación con otros momentos convulsos de la historia de España.

-Me ha parecido que este libro, frente a La buena reputación, te ha salido no más ligero, sino más ameno, rápido, con muchas incidencias, más divertido. ¿Es este el libro de la felicidad del escritor?

Por lo menos disfruté mucho escribiéndolo, y eso por fuerza tiene que notarse.

 

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