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'SEDUCCIÓN': UN DIÁLOGO

[El pasado viernes, en compañía de José Luis Melero Rivas, presenté el libro 'Seducción' (Olifante, 2014) en la Feria de Huesca. Myriam Martínez, jefa de cultura, me mandó esta entrevista que ha publicado hoy en el 'Diario del Altoaragón'.]

 

¿Qué es la seducción y qué es su poemario 'Seducción'?

Cautivar, hechizar, conquistar, deslumbrar, sojuzgar el ánimo de alguien con buenas artes y ponerlo de tu parte para lo que se tercie: conversar hasta el fin de noche, pasear, cantar, bailar y también lo otro, si los cuerpos se inclinan hacia la tentación más más hermosa. Seducir es enamorar un poco con la vista, con la palabra, con la alegría. Y para mí seducir también es embellecer el paso del tiempo y someterlo un poco a tu antojo. Seducir aquí es vivir con emoción lo que has soñado alguna vez. Pensar, por ejemplo, que Debra Winger te hace caso por un instante.

¿Es usted seductor, le gusta seducir?

A todos nos encanta seducir, pero no tengo conciencia de ser un seductor. En todo caso, quizá sea a veces un seductor a través del lenguaje y la cordialidad. Y quizá la búsqueda de la felicidad, en las pequeñas cosas.

Destaque tres aspectos de su libro

Es un libro donde hablo de historias de amor propias, historias de amor ajenas, donde rindo homenaje a algunos amigos y maestros inolvidables: Javier Tomeo, Félix Romeo, Julio Antonio Gómez, Ana María Matute, José Angel Valente. Es un libro sobre la huella insobornable de los afectos; entre ellos, mi madre tiene un protagonismo especial, aunque ella no lo sabe y sospecho que no se creería lo que digo. Es un libro de texturas, de olores, de mujeres hermosas a las que has esperado y sigues esperando en las regiones de mi imaginación.

 Indíqueme, por favor, si ha publicado algún otro libro este "curso" ...

Mi último libro publicado fue ‘El dibujante de relatos’ (Pregunta), un libro de amor a la ciudad, a los amigos, a los paisajes, a la memoria, a un dibujante como Juan Tudela y al cuento como género literario. Y también al poema en prosa.

 Qué es lo más curioso o bonito que te ha pasado en relación con este libro

Me han pasado algunas cosas realmente bonitas. Por ejemplo, José Luis Melero lo recibió y no pudo abandonarlo en toda la noche; dos días después volvió a leerlo. Luis Alegre me dijo que no me había leído nunca nada tan emotivo como el poema ‘Amor de madre’ y ayer el cantante y compositor David Angulo me escribió, vencida la medianoche, para decirme algo parecido.

Usted es poeta hasta en sus libros de narrativa, ya lo dice José Luis Melero, que además le prologa el libro. ¿Se reconoce así?

Probablemente. Pepe me conoce muy bien. No he escrito poemas hasta los 50 años, de manera específica, y creo que la poesía está en todos mis libros de narrativa. La poesía, el poder de la palabra, amasada con imágenes, atmósferas y sensaciones, está presente en todos mi libros, incluso los de periodismo. Un libro como ‘Veneno en la boca’, de entrevistas con escritores aragoneses, está lleno de poesía, sobre todo en el retrato de cada autor.

 También dice Melero que en este poemario nos abre su corazón y nos hace confidentes. ¿Qué no nos había contado aún?

Algunas cosas. El arsenal de la memoria y de los recuerdos inventados es casi infinito. Aquí cuento una de las historias de amor más bellas, por imposibles (es una historia que solo existió en mi cabeza), hacia una joven a la que nunca le dije nada. Solo la miraba y la perseguía por los pasillos de las aulas en los días de lluvia.

¿Puede ser éste uno de los libros en los que más se ha desnudado?

Probablemente. Hablo de los meandros del corazón y de los sentimientos a través de las vidas de otras personas, como sucede en la primera parte del libro, ‘Una historia de amor’, nueve poemas, o en algunos homenajes. A veces, a través de la ficción, creo que hago inequívocas declaraciones de amor, de deseo y de sueño. El amor, como casi todo, nace en el cerebro, esa esponja tan enigmática como la pasión.

 

Por cierto, usted ha prologado el libro de Luz Rodríguez, otro poemario que se presentó hace unos días en la feria. Dígame algo de él.

Me gustó mucho. Conozco a Luz Rodríguez desde hace años, aunque apenas había leído sus poemas o sus relatos, y cuando leí ‘El pez de la despedida’ me pareció conmovedor. Es una historia de amor que participa de sus ingredientes habituales: el embeleso, la complicidad, el erotismo, la amenaza de la ruptura. Es un libro con música del alma, compuesto con palabras cargadas de sentido. También he prologado ‘La mirada del esparvel’ de Ángela Abós: un libro que resume una vida y una forma de estar en el mundo a través de artículos –muchos se han publicado en el ‘Diario del Altoaragón’- cargados de memoria, de sensibilidad, de conocimiento, de evocación y de compromiso.

 

08/06/2014 01:19 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

CHEMA RODRÍGUEZ MORAIS DIALOGA CON JULIO IGLESIAS

UN DIÁLOGO CON JULIO IGLESIAS

 

[Chema Rodríguez Morais, Chaco Morais, es un estupendo periodista. Hace a diario, salvo en verano, la entrevista de contraportada. Elige un personaje, lo estudia, se documenta, piensa la entrevista y conversa con él; luego la compone con ingenio, gracia, hondura, con amenidad. Como una auténtica pieza periodística. Ayer sábado publicaba en el suplemento que actualidad y moda y sociedad que coordina Ana Usieto esta entrevista con Julio Iglesias. Una muy buena entrevista. Julio fue bastante sincero con él y no eludió un personal sentido del humor.]

 

Es de aquellos que sueñan con la libertad. Quijote de un tiempo que no tiene edad. Igual que sus canciones, que no tienen horario ni fecha en el calendario. De ellas habla en una entrevista que el cantante español más internacional envía por correo electrónico, pocas horas después de haber sido enviada. Una charla sobre música, sí, pero también sobre familia, política o deporte. El artista contesta por escrito, pero es fácil adivinarlo respondiendo de viva voz, porque la conversación está jalonada de expresiones 100% Julio. En ella intercala sus opiniones con expresiones dedicadas al entrevistador, al que llama a menudo «flaco», le interpela por su nombre o le hace comentarios sobre las preguntas. O, directamente, escribe un «jaja» más sonoro que si el encuentro se hubiera producido frente a frente. Es Julio Iglesias. Y actúa mañana domingo en el Festival d’Estiu de Tarragona. Para los que vayan, hey, no vayan presumiendo por ahí...

 

Julio en agosto ¿es más Julio que nunca?

Normalmente me gusta regresar a mi país en verano. Aquí tengo casa y amigos y, cómo no, gira. Quizás por ello se me asocia más al verano.

Carlos Gardel decía que 20 años no es nada. ¿Cuántos son 45 sobre el escenario?

Nada. Y toda una vida. He vivido mucho en estos 45 años. He aprendido mucho también.

¿La vida sigue igual que en 1968, Julio?

En algunas cosas no… y en otras sí. En pasión y entusiasmo por las cosas sigo inalterable. En cuanto el cuerpo, ya no soy el flaco de 25 años que cantaba con las manos en los bolsillos.

Sigue en la carretera. ¿Porque le va el ‘Bamboleo’ o porque sigue siendo un ‘Quijote’?

Porque me va la gente de aquí y de allá. Soy un viajero del mundo. Un quijote al que le gustan las gentes de verdad.

¿Qué piensa cuando va a salir a escena? ¿Que no se rompa la noche, por favor, que no se rompa?

Cuando salgo al escenario, tengo muchos pensamientos que me invaden. Para mí, el escenario es un bálsamo que me alegra el alma. Me incrementa el flujo sanguíneo, me pone alerta… Los artistas somos pura emoción, y ese momento es mágico.

Con tanta gira y tanto disco, ¿se olvidó de vivir?

Supongo que a todos nos ha pasado un poco, al que más o al que menos. Durante muchos años, estuve totalmente entregado a la música.

Los años ¿le han hecho más truhán o más señor?

Sin duda alguna, mas señor… jaja.

Hoy, los temas de más éxito son la música para discoteca, el pop y el R&B.
¿Cuál es la competencia de Julio Iglesias en la actualidad?

La verdad, flaco, es que ya se me ha pasado el tiempo de esas competencias. Ya me he ganado un puesto en los clásicos, aunque suene un poco inmodesto, jaja. Chema, al llegar a los 50 años como yo, ya pasas de algunas cosas. La competencia eres tú mismo. El hecho de superarte cada día es una disciplina, un reto, un desafío estimulante.

Por contra, siguen apareciendo ‘crooners’ como Michael Bublé. ¿Hay sitio para la canción melódica?

Yo creo que los clásicos son siempre clásicos, y me gusta saber que gentes jóvenes se acercan a la música de siempre, y encima con talento, como lo hace Bublé.

¿Cuál es su perfecta banda sonora? ¿Qué escucha Julio?

Me gusta el repertorio iberoamericano, que es inmenso. Podría uno escuchar música latina durante toda una vida sin repetir canciones. Me gusta la copla y la canción española, el flamenco, me gusta el pop… pero me gusta escuchar a los clásicos: Sinatra, Nat King Cole, Elvis...

Usted tiene más éxitos que el Real Madrid, pero ¿por qué no graba ya nuevos temas? ¿Es porque cada día se venden menos discos?

Cada vez me cuesta más enamorarme de proyectos o canciones. Ya he grabado muchísimos discos en mi vida. No quiero grabar por grabar si no es un proyecto que me llame. Últimamente, he redescubierto México, que es un país al que quiero mucho. Pero también tengo propuestas para cantar artistas norteamericanos… Ya veremos.

Por cierto, que usted se preparó como portero en el Real Madrid. ¿Un consejo para Casillas?

Yo no puedo dar un consejo a Iker porque es un hombre centrado, humilde, perseverante… Casillas es un campeón, un porterazo.

Raphael grabó varios discos de dúos con estrellas actuales. ¿A quién elegiría usted? ¿Haría ‘duet’ con Enrique?

No lo sé… La verdad es que he cantado con tantísima gente a lo largo de mi carrera… Si hago memoria, por ejemplo de los franceses, ¡he cantado con todos! Desde Aznavour a Johnny Hallyday. De los americanos, desde Willie Nelson a Frank Sinatra, Dolly Parton o Diana Ross. He cantado con Stevie Wonder, Art Garfunkel, Beach Boys… En Asia, desde Wei Wei hasta Anggun… Madre mía, ¡he cantado con todo el mundo!

¿Por qué está hoy el panorama en España, como decía su padre, «raro, raro, raro»?

España es un país moderno, con unas infraestructuras impresionantes. Nos tiene que ir mejor. Tenemos que ser capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos y, mira, ahí tenemos a Nadal, a Gasol, a Fernando Alonso… Campeones. Españoles de raza al más alto nivel. Yo confío en el potencial de mi país y siempre hablo en positivo de España.

Hoy las encuestas revelan que la gente no confía en los políticos. Usted, que apoyó a un candidato, ¿se fía?

La mayoría de los españoles hemos apoyado a unos y otros. Desde luego, la gente está muy desencantada. Y tenemos razón para estarlo. El 15-M tiene unos mensajes bien justos y contundentes. Aunque los países los hacen también los ciudadanos, no solo el gobierno de turno.

Según el Instituto Cervantes, los tres artistas españoles más buscados en internet son Dalí, Picasso y Julio Iglesias. ¿Qué pinta usted en esta terna?

Para mí, es un honor estar con semejantes monstruos. Y debería haber más. Hay muchísimos españoles de renombre, campeones en su área.

Usted ¿tiene mitos? ¿Cuáles son los mitos de un mito?

¡Muchos!_Tengo actores, cantantes, deportistas… Me encanta escuchar a Sinatra, ver jugar a Pelé… o a Rafa Nadal. Para mí, Rafa ya (escribe ‘ya’ con mayúsculas) es un mito.

¿Qué es lo que más le va, le va, le va, le va, le va?

Yo soy de la gente. Me gusta hablar con la gente. Tomarme un vino bueno con amigos es superior.

Hoy en internet se comparten miles de fotos suyas con mensajes jocosos. ¿Se ríe con las imitaciones o a veces son para soltar un ‘¡Hey!’?

Jaja, ¡vaya cachondeo con el WhatsApp este verano! ¡Que no se piense la gente, que no es para tanto! Jajaja.

¿Qué le hace exclamar uno de sus famosos «¡weah!»

Un gol de mi Real Madrid, un punto de partido de Rafa Nadal, una victoria de la selección, un buen vino, ver a un viejo amigo, estar con mi familia, ver cómo triunfan las gentes que lo merecen, una historia de sacrificio con buen final. En esta vida hay que celebrar las cosas, carajo.

Sus grandes éxitos ¿son musicales? ¿Qué es ‘Lo mejor de tu vida’?

Buena pregunta, flaco. Mi mayor éxito es poder volver, volver a actuar en mi país. Ver a mis paisanos, hablar contigo en esta entrevista después de 45 años. El mayor éxito y privilegio de un artista es siempre volver (y recalca el ‘volver’ también en mayúsculas).

¿Cómo se hace para que la prensa del corazón le trate a uno con corazón?

Yo, personalmente, he ido un poco a mi aire, y hago las cosas a mi manera. No me detengo mucho en esa área.

¿Es de los que llora en las bodas?

La verdad es que no, porque cuando uno se casa es la confirmación de algo ya sólido, algo que ya se sabe. Aunque sí que uno se enorgullece cuando un hijo se casa, por supuesto que sí. Es un motivo de alegría.

Y en la de Julio José, ¿se emocionó?

Siempre me emociono con mis hijos, como cualquier padre.

¿Por qué había tanto interés en ver juntos a Julio e Isabel Preysler?

Pues no sé por qué. Tenemos una buena relación a lo largo de los años.

Aún le quedan seis hijos por casar. Y tiene hijos, hermanos y nietos menores de 10 años....

Es verdad… ¡Tengo una familia extensa!

¿Qué hace Julio por el amor de una mujer?

«Por el amor de una mujer, jugué con fuego sin saber… que era yo quien me quemaba. Bebí en las fuentes del placer, hasta llegar a comprender… que no era a mí a quien amaba. Por el amor de una mujer, he dado todo cuanto fui… lo más hermoso de mi vida. Mas ese tiempo que perdí, ha de servirme alguna vez… cuando se cure bien mi herida». Flaco, esta canción es universal. Te puede golpear el corazón con 16… o con 61.

Y Miranda, ¿se lo pone fácil?

Miranda es la mujer que más amo en este mundo. Es mi apoyo, mi amor incondicional. Tengo una mujer maravillosa.

¿Qué quiere ser de mayor?

Me gustaría ser cantante.

 

 

TRECE AL SOL. AMPARO MARTÍNEZ / 7

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Amparo Martínez Herranz es profesora e historiadora del cine y del arte, e investigadora de las salas de cine de Zaragoza. Actualmente trabaja en un proyecto sobre ‘Viridiana’ de Luis Buñuel.

 

“En verano me quito el reloj, es una especie de ritual”

“Todos los veranos vemos la trilogía ‘El Padrino’ de Coppola”

“La llegada al Pórtico de la Gloria fue una experiencia increíble”

 

Antón CASTRO

-1.¿Qué hace una historiadora del cine en verano?

-Aprovechar que han terminando las clases para acabar de escribir los textos que no es posible rematar durante el curso. Y también descansar viendo buenas películas y buenas series, por supuesto.

 

-2. ¿Dónde veranea? ¿Es de hábitos fijos, cambia de lugares?

-Una mezcla. Pasé mucho años veraneando en Broto, que recuerdo como un lugar idílico y que asocio como mis primeras salidas en pandillas y con las verbenas en las fiestas de Oto. Ahora combinamos unos días de escapada para conocer lugares nuevos con otros pocos días de reposo en la casa de mis suegros, en Hospitalet del Infant, en el Mediterráneo.

 

-3. ¿Es de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?

-Me gusta el sosiego de Hospitalet es un lugar tranquilo y familiar, pero soy de montaña. El fresco de la tarde cuando cae el sol, los olores y los paseos por el monte son lo mejor para cargar las pilas. También me quedan algunas reminiscencias de pueblo. Mi abuela era de Mallén y recuerdo que, cuando ella vivía, ir a pasar unos días allí era toda una fiesta. Disfrutaba de lindo en el corral o yendo a recoger patatas a la huerta de mi tío José Antonio. Aparte de esto, considero Uncastillo como mi pueblo adoptivo. Entre los 17 y los 25 años estuve yendo allí de campo de trabajo y aquellos veranos fueron sensacionales. Nos dábamos la paliza de día y continuábamos por la noche charrando y  cantando en la fresquera de la casa en la que estábamos alojados hasta las tantas de la madrugada. Creo que no he bebido tanto café en mi vida para aguantar despierta.

-4. ¿Qué hace que no suele hacer el resto del año?

-Procuro aprovechar para hacer todo aquello que normalmente no puedo con el trajín del trabajo. Aunque creo que nos pasara a muchos, sólo consigo poner en práctica la mitad de lo que me propongo. Me gusta investigar platos nuevos en la cocina, coser, dibujar (voy comprándome cuadernos durante el año que luego no termino), montar en bici, jugar al parchís o las cartas con mis hijas. Y lo mejor de todo me quito el reloj, es una especie de ritual que disfruto cuando empiezan las vacaciones.

 

-5. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida?

-Recuerdo como algo especial el verano en que mis padres y los cuatro hermanos hicimos una ruta por el Norte de Castilla hasta Santiago de Compostela montados en un Renault 12. Yo, que soy la mayor, tenía 11 años y mi hermano pequeño 2. Vamos, que mis padres fueron unos valientes. Íbamos parando en todas las ciudades y pueblos que podíamos y mi padre nos explicaba con entusiasmo los monumentos más importantes. La llegada al Pórtico de la Gloria fue una experiencia increíble, todavía nos acordamos todos en casa. Creo que mi afición la arte viene de este viaje.

 

-6. El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo ha sido esa época?

-En cada época de la vida el verano es diferente. Las vacaciones interminables de la infancia que parecían eternas y en la que se podían hacer montones de cosas; la pandilla adolescente en la piscina y, además de los primeros ligoteos, las primeras lecturas sosegadas al fresco, sobre la toalla. Recuerdo que así leí ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez. Y ahora también tiene sus alicientes. Por un lado el cambio de ritmo con tres mis hijas; aunque yo no tenga vacaciones a la vez que ellas se transforma la actividad en casa y es todo algo más sosegado. Y también es la época en la que puedo disfrutar con más calma de los amigos, haciendo ‘investigaciones gastronómicas’ por Zaragoza, probado bares o restaurantes nuevos, conversando…

 

-7. ¿Cuál es su mejor recuerdo?

-En general las largas sobremesas que permite el verano. Con la familia, con los amigos… el poder estar hablando de lo divino y lo humano sin medir el tiempo.

 

-8. ¿Qué tipo de lecturas realiza en estos días?

-Simplemente procuro dedicar más tiempo a leer, el que no tengo durante el año, sobre todo novelas y también libros de historia o biografías que me divierten especialmente. Este año tengo como aliciente en la maleta ‘Libertad’ de Jonathan Franzen.

 

-9. ¿Qué libro, qué cuadro, qué museo, qué película o qué canción están asociados a un verano inolvidable?

Si tuviera que elegir un libro asociado con el verano sería ‘La Regenta’ de Clarín, la novela gracias a la que empecé a hablar con el que ahora es mi marido cuando empezamos a tontear. El cuadro es ‘El hijo pródigo’ de Rembrandt, que siempre me había interesado y que me impactó cuando pude verlo en el Hermitage hace unos años. El museo, sin duda, el Louvre, que mis hijas siempre están dispuestas a ver, porque lo de las momias de la sección egipcia las cautivó cuando fuimos por primera vez. Tratándose de películas en mi casa el verano está asociado con ‘El Padrino’ de Coppola, porque en esta época del año, siempre que podemos, nos vemos la trilogía completa en tres noches consecutivas. Y en cuanto las canciones resulta más difícil. Cada año elegimos por consenso familiar una que escuchamos durante los viajes más largos cada vez que nos montamos en el coche. El año pasado creo que fue ‘Voy de negro y me preguntas el porqué’ de Loquillo.

 

-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de sus veranos?

-No asocio los veranos con un gran personaje. Quizás si tuviese que nombrar a alguien sería a Luisa Javiera, una monja del colegio, excepcional, de las que se ponían vaqueros y nos hablaba de lo que nadie se atrevía a contarnos. Nos llevó durante muchos años de campamentos y esa experiencia fue para mis amigas y para mi todo un descubrimiento vital.

 

-11. ¿En qué han cambiado los veranos?

-En que tengo menos tiempo para descansar y en que cada vez me queda peor el bikini.

 

-12. ¿Cómo resumiría el espíritu del verano en un tuit?                                               

-Siempre que se puede el verano es tiempo para cambiar de ritmo, para pararse, posar las cosas y pensar. Y para disfrutar simplemente de estar. Sola o con más gente. Eso es todo un lujo.

 

-13. ¿Cuál es la mejor, la más extraña o sorprendente anécdota veraniega vinculada a su profesión?

-Acabé de redactar la tesis doctoral en la playa, el día de San Roque cuando empezaban las fiestas en Hospitalet del Infant. Me había llevado el ordenador, la impresora… todo. Terminé de escribir el último folio, me di un baño en el mar y disfruté de ese momento como nunca. Todavía me acuerdo todos los 16 de agosto y lo celebro con un buen vermut.

 

01/08/2012 09:11 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

J. A. DUCE: UN DIÁLOGO

[Reproduzco aquí la entrevista que publiqué con José Antonio Duce en 'Vidas de Cine'. Le encontré ayer por casualidad, le tengo mucho cariño al fotógrafo y cineasta y amigo, y siempre es un hombre que está en el camino: a pie de obra, con la cámara al hombro. A solas, con José Luis Cintora o rodeado de amigos.] 

José Antonio Duce (Zaragoza, 1933)

Realizador de cine y fotógrafo

 

En Moncayo Films nos anticipamos en el tiempo”

 

 

-¿Qué fue primero, cineasta o fotógrafo?

-Fotógrafo. Aunque debido a mi poliomielitis en lugar de salir a jugar a pitos o al fútbol lo que hacía era irme al cine. Soy cinéfilo desde muy temprano. Aprendí a hacer cine desgastando las butacas de los cine.

-¿Dónde iba?

-Al Monumental pagando los setenta y cinco céntimos que valía la sesión especial de los días festivos de tres a cinco. Veía películas mudas del oeste y me quedaba escondido con algunos compañeros, de cinco a siete, con el afán de no volver a pagar para ver la película normal. O al Fuenclara que valía una con veinticinco.

-¿Qué películas normales veía por entonces? Estaremos hablando del año cuarenta.

-Recuerdo una que me gustó mucho que era Las trece sillas, que relataba la historia de una venta de trece sillas a un anticuario y en una de ellas había escondida una cantidad de dinero. En otra, Cuatro culpables, se cometía un crimen y había cuatro personas que se declaraban culpables. Por eso me entró la afición a la novela policíaca: Simenon o Agatha Christie. Con nueve años ya había leído La vuelta del Coyote de José Mallorquí. En la calle Cádiz, esquina la calle San Diego, estaba la librería Atalaya y por diez duros al mes leías todo lo que podías. Me suscribí a la Biblioteca Pública de la ciudad que estaba en la Escuela de Artes. Fue allí donde leí muchos de los libros de fotografía y donde me encontré con Carmelo Tartón, presidente de Sociedad Fotográfica de Zaragoza.

-¿Qué libros había allí de fotografía?

-Todos los de editorial Omega. Desde historias de la fotografía, monografías sobre el positivo, el negativo, las solarizaciones o química fotográfica. Mi primera foto la hice con una cámara de cartón, con una caja oscura, pintada de negro.

-¿Y cómo empezó a hacer cine?

-Después del Bachillerato estudié cine en Madrid, en la Escuela de Peritos Industriales, donde había una rama de cinematografía. Dependía del Ministerio de Industria. Luego se pasó a la Escuela de Cinematografía que dependía del Ministerio de Información y Turismo con Manuel Fraga. Y más tarde se pasó a la Facultad de Ciencias de la Información. Además de las experiencias infantiles que le he contado, resulta que conocí a Carlos Hidalgo, que era locutor de Radio Juventud de Zaragoza y tenía una cámara de 16 mm y hacía cine. Y a la vez yo era miembro del cineclub de Zaragoza porque lo habíamos fundado con mi compañero Pepe Grañena, el cineclub del SEU, y un año después se fusionó con el cineclub de la Delegación Nacional. Pasó a llamarse Cineclub SEU-DEN, cuyas sesiones se celebraban en Elíseos. Aquello fue la cuna de verdaderas promociones de cineastas de todo Aragón.

-¿Quién pasaba por allí y qué se proyectaba?

-Se pasaba de todo, incluso pasamos en secreto El acorazado Potemkin. Lo pasamos una noche y no acabamos en comisaría de milagro. Estaba de director del cineclub Casiano Sierra, que es médico. El presidente de los cineclubs españoles era Hernández Marcos. Traía no sé qué película. Y nos dijo cenando: “He traído uno de los cinco rollos de la película de Eisenstein. ¿Qué hacemos, lo pasamos o no lo pasamos?”. Decidimos pasarlo sin decir nada. Se puso ese rollo de unos quince minutos. Se hizo un silencio sepulcral en la sala. Se acabó el rollo, a la salida cogió la película Hernández Marcos y lo acompañamos a la estación. Nosotros, Casiano y yo, nos fuimos cada uno a nuestra casa. Si se enteró la censura nunca supimos nada.

-La gente se quedaría impresionada.

-No hubo comentarios. Hombre, en aquella época fue cuando empezó a hacer cine Antonio Artero. Realizó A vivir del cuento sobre una estafa de pisos a los que vienen del pueblo.

-¿Cómo le fue A José Antonio Duce en Madrid?

-Lo primero que hicimos fue en el verano de 1958 con Grañena. Se conmemoraba el 150 aniversario de la guerra de Independencia e hicimos Los sitiados. Ésa fue mi primera película profesional como director de fotografía, puesto que compartí con Francisco Sánchez. Duraba once minutos y trescientos metros de película. Fue muy bien. Era el clásico corto que se ponía en aquella época además del NO-DO. Como consecuencia de Los sitiados nos salió en Madrid una serie para Cuba. Hicimos tres películas, teníamos un contrato para hacer seis, pero no se pudieron hacer más porque entró Fidel Castro en La Habana y la productora de televisión era cubana, aunque en realidad debía ser americana, se fue al cielo y nos quedamos con un palmo de narices.

-¿No eran policíacas aquellas películas?

-Sí. Eran en blanco y negro y de corte policíaco las dos primeras Prohibido fumar y Estupefacientes. La tercera, La huida, era algo más compleja. Era la historia de un matrimonio; de golpe ella huye con un hombre joven que también la engañará tras haberle sacado todo el dinero. Combinaban el argumento y un parte musical folclórica. En Estupefacientes hacía de inspector de policía Guillermo Fatás Ojuel. Grañena estaba de director y yo de fotógrafo. ¿Continúo con mi trayectoria?

-Desde luego.

-En esos veranos, aparte de que el cineclub empezó a decaer un poco, estaba también el Club Cine Mundo que se nutría de los bailes de los sábados y los domingos. Con el dinero se podía hacer otro tipo de actividades culturales. Fue en el Cineclub SEU-DEN donde conocí a José Luis Pomarón, Emilio Alfaro y Joaquín Mateo Blanco. Alfaro y Mateo Blanco y yo nos conocíamos porque los tres tenemos polio del mismo día, del dieciséis de julio de 1936, que hubo una epidemia en Zaragoza. Aquél era un vivero de afición al cine. Manuel Labordeta hizo Comandos. Era una película divertidísima de 1955 que no sé cómo no los metieron en la cárcel. Es una película al puro estilo mudo en la que se ve a un individuo vestido en un burro con boina calada. La imagen típica de Franco con su boina pegada, tripudico, con guerrera, con sombrero de paja. Iba por los sitios reclutando gente y aquello parecía La batalla del Ebro. Está rodada en los olivares de Belchite. Y concluye que ven una paridera, empiezan a rodearla, salen todos y se van escondiendo detrás del mismo árbol y luego salen todos del mismo árbol, veintisiete por ejemplo, muy típico del cine mudo, hasta que por fin llegan y toman la paridera a la orden de ataque. Y allí lo que hacen es la matanza del tocino. ¿La ha visto?

-Perdone mi ignorancia: no.

-Debe hacerlo. Era divertidísima.

-¿Cómo fue su estancia en la Escuela de Peritos Industriales, rama de cine?

-Era una cosa muy anárquica en aquellos tiempos. Y sobrevivíamos haciendo algunos cortos publicitarios. El primero que hice yo fue para la bebida Seven Up. Los pasaban en los descansos. Iba mucho al cine en Madrid y también venía a Zaragoza. Entonces había un operador que se llamaba Antonio Torres que se empeñaba en decirnos que había que ir a gimnasia para poder estar en forma y llevar bien la cámara. Felizmente yo estaba exento de esa práctica.

-Pero, ¿no se hizo usted inseparable del fotógrafo Víctor Monreal?

-Sí. A partir del año cincuenta y ocho y cincuenta y nueve. Víctor entró ya en la Escuela Oficial de Cinematografía de Cine en 1960. Perteneció a la primera promoción. Su director José Luis Sáenz de Heredia se vanagloriaba mucho y llamó al primer grupo La promoción de la buena esperanza.

-¿Cuál fue el grado de colaboración que mantuvo con Víctor Monreal?

-Mucho. Enorme. Empezamos con Zaragoza, ciudad inmortal que fue la primera película que dirigí yo. La fotografió él. Me apetecía dirigir y a Víctor no le apetecía más que fotografíar; no nos íbamos a hacer la competencia. Luis Gómez Laguna, el alcalde, era amigo de mi familia. Dijimos: “Podíamos hacer un cortometraje sobre Zaragoza”. Se acababa de inaugurar el Paseo de Independencia como avenida. Un corto costaba unas 120.000 pesetas si cobraba todo el mundo. Fui a verlo, le di el guión y le planteé la situación. El ayuntamiento nos dio unas 50.000 ptas. Y con ese oficio del alcalde nos fuimos a una productora de Madrid, Leda Films. Duraba diez minutos y se estrenó en toda España, pero en Zaragoza en particular se hizo junto a El tesoro de Pancho Villa. Gómez Laguna la vio y se quedó entusiasmado. Dijo que eran los mejores dineros que se habían gastado porque el Paseo de la Independencia parecía Nueva York. Se rodó en octubre, nos encendieron las luces a las cinco de la tarde, nos pusieron los semáforos en intermitente y nos prestaron a tres motoristas con la sirena delante de nuestro coche que iban abriendo paso. Con un coche descapotable y las ruedas ligeramente deshinchadas montamos la cámara, la atamos en la plaza de Aragón apuntando al Justicia y arrancamos todos. Era la primera vez que conseguíamos un objetivo de 20 mm para rodar.

-Hay mucha gente que habla muy bien de Víctor Monreal, dicen que era un fotógrafo excepcional.

-Había nacido en 1940 y murió en 1968 de un accidente de automóvil. Era un profesional magnífico; lo que le gustaba de veras no era tanto la calidad del argumento o el concepto global de la película como fotografiarla. En el largometraje Muere una mujer (1964) yo fui de director de producción pero como Víctor Monreal estaba haciendo la mili, a mitad de rodaje se le acabó el permiso y tuvo que volver a la Academia General Militar, y la terminé yo. Todo lo que se rodó en Madrid y Barcelona lo hice yo. Lo dirigió Mario Camus con guión de Carlos Saura.

-Ya nos ha avanzado sin nombrarla la fundación de Moncayo Films. Explíquenos cómo nació la productora zaragozana.

-Existía el antecedente de Los sitiados. En aquella época a Julián Muro le gustaba mucho el cine, como le ha gustado siempre y tenía en la radio a Miguel Astrain, que es el autor del guión de Los sitiados, que es muy bonito porque es la historia de Los Sitios de Zaragoza contadas por el cierzo. La voz en off es la voz del cierzo. Y Astrain era amigo de Grañena. Julián Muro dijo: “Como estos chicos están en Madrid y están aprendiendo a hacer cine, les damos una oportunidad”. Así rodamos Los sitiados. En segundo lugar, ocurrió una cosa: Pepe Grañena se quedó más por Madrid y yo también, Víctor venía a menudo, y en Zaragoza el mundo del cine se quedó muy parado. Emilio Alfaro volvió de Canarias y se metió en Radio Zaragoza para hacer sus crónicas y seguir hablando de cine. ¿Qué ocurrió entonces? Rodamos Zaragoza, ciudad inmortal Monreal y yo con el consiguiente éxito. Emilio Alfaro debió hablar con Muro y además era muy amigo de Pomarón, y nos citaron a Monreal y a mí al despacho de Julián Muro. En esa reunión se habló de hacer una productora. Víctor y yo aceptamos, porque si no hubiéramos aceptado ninguno de los dos la cosa tenía más problemas porque en realidad los dos únicos profesionales éramos nosotros. Pomarón hacía cine amateur que solía estrenar en el cineclub que no tiene nada que ver con el cine profesional, Emilio tenía una modesta experiencia como guionista y el que ponía el dinero era Julián Muro. Eso fue en las Navidades de 1961.

-¿Qué se acordó, cómo iba a funcionar Moncayo Films?

-A mí me supo malo que le encomendaran dirigir a Pomarón en lugar de a mí puesto que yo sí tenía experiencia cinematográfica. Pomarón era un amateur. Y nos pareció muy raro que Astrain, que había sido un guionista que había demostrado saber hacer las cosas muy bien, se quedase completamente excluido. Alfaro dijo: “Si entra Astrain me hace la competencia a mí o por lo menos mi puesto lo tenemos que alternar”. Digamos que puso el derecho a veto a Astrain y quedó marginado. Esto lo he dicho cuando Emilio vivía. Yo me conformé y se decidió rodar el primer corto que fue en la Semana Santa de 1962 aprovechando las vacaciones: Teruel, la ciudad de los Amantes, cuyo protagonista era un cantante griego que tenía mucha fama que se llamaba Aleco Pandas.

-Esta película la dirigió José Luis Pomarón.

-Sí. El problema de Pomarón fue que era muy buena persona, nada amigo de las discusiones, pero el salto del cine amateur al profesional es otra guerra.

-Insiste mucho en ello. Explíquenos las diferencias.

-El cine amateur que hacía José Luis, como el que hacían todos los amateurs, es un cine que lo hace totalmente una persona. Yo me lo guiso y yo me lo como, como Juan Palomo. Es un cine con pocos medios mientras que el cine profesional tiene que ser labor de un equipo; después, en las películas amateurs lo más que se hacía en aquellos tiempos era emplear un magnetófono y grabar una banda sonora pero no se sincronizaban o si se ponía algún comentario rara vez coincidían lo que decía el actor... El cine profesional es distinto: ruedas la imagen por un lado, luego se dobla en unos estudios de sonido, se hacen los “tate”, se empalman, se sincronizan, no hay ningún parecido. Aunque todo es cine, desde luego.

-¿Por qué se fue de Moncayo Films José Luis Pomarón?

-Ocurrió una cosa. Se rodaron los cortos: van saliendo, los fotografiamos Monreal o yo, Pomarón los dirige. Y se decidió por fin rodar un largometraje. Había funcionado bastante bien la productora y obtenemos el guión de Muere una mujer, cuyo título completo era Cuando muere una mujer pero se le suprimió el “cuando” porque sonaba a tango. Era de Carlos Saura y se determinó que lo dirigiera Mario Camus, amigo de Víctor Monreal, porque había rodado para él en Barcelona para Iquino Young Sánchez. Emilio Alfaro lo encajó mejor porque era un hombre muy inteligente y dijo: “Si hacemos esta película y veo yo un guión profesional aprenderé”. Y aprendió. Pero Pomarón en vez de decir “yo me voy a pegar a Camus y a ver qué aprendo”, no le sentó bien; y además a Mario Camus tampoco le cayó bien Pomarón. Con lo cual Camus le puso un poco la proa. Digamos que lo ignoró, ésa es la realidad. La película se rodó en Madrid y Barcelona. También había otro inconveniente: Pomarón tenía que comer y no podía cerrar su estudio. Venía dos días a Madrid, estaba tres en Zaragoza, iba un día a Barcelona. Se encontró con un problema, que es el mismo que me encontré yo en 1967 cuando se planteó la desaparición de Moncayo Films.

-¿A qué problema se refiere?

-Yo no podía estar trabajando en Zaragoza para alimentar a mi familia y a la vez jugar a hacer cine. En 1967 (cambió la Ley de Cine y hacer películas se había puesto muy difícil en España) lo había dejado todo ya: había abierto la tienda, me había establecido en Zaragoza, estaba estabilizado. La razón decisiva para Pomarón fue la misma: hacer una película larga suponía abandonar Zaragoza durante dos meses y tenía que cerrar el estudio. ¿De qué comía su familia? En Moncayo no cobrábamos ninguno ni una perra gorda. Víctor y yo a la vez que existía Moncayo hacíamos otras películas, trabajamos con Iquino, con Europea de Cinematografía, y sí cobrábamos.

-¿En qué otros proyectos trabajaba usted entonces?

-Con Europea de Cinematografía que la dirigió José Antonio Páramo. Ése fue otro de los fallos de Moncayo: le pusieron la proa Alfaro y Pomarón. Páramo tenía un guión muy interesante basado en un cuento de Dino Buzzatti, Algo había sucedido. Yo presenté a Páramo a todo el equipo, era muy amigo mío, pero dijeron que no, que de ninguna manera. Y en Madrid fuimos brujuleando Páramo y yo, presentamos el guión a Europea de Cinematografía, les pareció magnífico y nos dijeron que sí, que se hacía, pero nos limitaron el presupuesto. Lo hicimos y fue un negocio redondo porque además fue la película seleccionada por el Sindicato del Espectáculo para representar a España en el Festival de Cannes de 1963. Páramo cambió el título por Hacia el silencio. Es la historia de cinco pasajeros en un vagón de tren. Lo rodamos en el correo Madrid-Barcelona. Agarramos el tren a las siete de la mañana, sacamos un departamento de tercera con ocho personas dentro y llegamos a Barcelona a las cinco. Rodamos todas las escenas con los personajes en el tren; los personajes volvieron a Zaragoza en el expreso de las ocho para no tener que pagar dietas, y nos quedamos exclusivamente uno de producción, Páramo, que era el director, y yo de cámara. Y cogimos al día siguiente el rápido, con lo cual rodábamos desde las ventanillas los contraplanos que nos hacían falta. Luego en la estación del Norte, el padre de la novia de Páramo nos dejó un coche parecido para que siguiéramos rodando alguna otra cosa allí, donde también se rodó la escena final. Era un mediometraje de media hora. Como largometraje fue a Cannes Del rosa al amarillo de Summers.

-¿Y no estuvo también con Iquino haciendo películas del oeste?

-Sí, spaghetti western. Hice Un dólar de fuego, cuyos exteriores están rodados en Fraga, y Cinco pistolas de Texas. Después de hacer El rostro del asesino que dirigió Pedro Lazaga en el monasterio de Piedra, Pomarón se había ido, se puso algo de dinero en Cinco pistolas de Texas, que era una coproducción con Italia, Iquino y con Moncayo Films. Emilio Alfaro era quien cortaba un poco el bacalao y vio como estaba la circunstancia: la única posibilidad de seguir haciendo cine era que yo dirigiera un argumento suyo y que lo fotografiara Víctor Monreal...

 -¿Está hablando de Culpable para un delito?

-Sí. Preparamos el guión él y yo en su chalet de Maleján en el verano de 1965. El primer título que manejamos fue Balada para un hombre solo.

 -¿Dirigió usted toda la película? Se lo digo porque alguien da a entender que la dirigieron usted y Alfaro...

-El propio Manuel Rotellar dijo eso pero la dirigí por completo. Va faltando gente, Jesús Casamián y Pepe Otal han fallecido hace poco, pero Julián Muro sigue viviendo. Tiene otra persona que sale en Culpable para un delito que es Pedro Avellaned. El argumento era de Emilio Alfaro totalmente, el guión lo escribimos entre los dos y la dirigí yo. En la Filmoteca tiene la versión original y la que se rodó con todas las modificaciones que se hicieron.

 -¿Tuvo éxito?

-Fue con la única película que ganó dinero Moncayo Films. Se pasó en las salas y la compró la filial de Columbia para televisión y se estuvo pasando en la pequeña pantalla.

-Había cosas muy curiosas: convertían a Zaragoza en una ciudad con mar...

-Convertíamos a Zaragoza en una ciudad internacional que no se reconociera. No se reconocía. Necesitábamos un mar, una playa, y empleé yo lo que se llamaba entonces la playa de los americanos, un meandro del río Gállego junto a la Cartuja de Aula Dei que era a donde iban los americanos a bañarse. Y como hacía falta un metro, empleé para metro el paso subterráneo de las Delicias, las escaleras que bajaban, había un túnel y luego se salía por el otro lado.

-¿Y el protagonista Hans Meyer?

-Lo descubrió Emilio Alfaro y le pareció “un rostro muy interesante”. Hans Meyer era muy popular en ese momento en España porque estaba haciendo un anuncio de coñac que decía “Este me va”. Era sudafricano, con la cara picada de viruelas. Le acompañaban Yelena Samarina y Perla Cristal. El primer candidato a protagonista fue Fernando Sancho, pero resulta que tenía un compromiso de tres películas con una productora de Roma para hacer los personajes de Carrancho, que era muy popular en Italia. Víctor fotografió la mitad de la película y yo la otra mitad. Ocurrió una cosa muy curiosa: la película se rodó en cinco semanas, en la cuarta semana le saló un contrato con José Antonio de la Loma para rodar Misión en la Ginebra, y me dijo: “¿Te importa que me vaya?”. Y a mi ayudante de dirección Federico Canudas le salió otra película en el extranjero y se fue. Así que en las últimas semanas fui director, fotógrafo y ayudante de dirección.

-Esta película ya marcó casi el final.

-Sí. Estábamos en Barcelona porque Jorge Feliu, al que yo conocía de los cineclubs, me dijo que le habían encargado los de Matesa hacer una película para la Feria Textil de Basilea. Había que rodar en España, en Europa y en América. Me invitó a que fuese rodar yo a América con Víctor Monreal, y nos fuimos juntos a Canadá, Estados Unidos, y desde allí Víctor regresó a Barcelona porque lo llamó De la Loma para rodar otra película en Holanda. Al Perú me fui yo solo, pero asistido por profesionales de Matesa. Teníamos avioneta, equipo eléctrico, cámara, todo. Yo iba de señorito: a dirigir y fotografiar.

-¿Cómo se produjo el fin de Moncayo Films?

-Cuando volví de Perú aún se había metido dinero en coproducir una película De la Loma que fotografiaba Víctor Monreal en Ámsterdam: El magnífico Tony Carrera. Se había puesto un 20 %. Moncayo estaba ya alicaído porque el problema gordo que se presentó, más allá de errores de un tipo y de otro y de la desgracia (falleció Víctor y lo sentimos mucho, claro), fue que hasta el año 1967 hacías una película y la presentaban a clasificación y censura; decías que había costado ocho millones de pesetas (que es lo que dijimos que había costado Muere una mujer, en realidad costó cinco y medio. Alberto Closas, su protagonista, cobró 750.000 pesetas), si la película era de “interés nacional”, si era del régimen, te daban el 50 %, si estaba bien era primera A y te daban el 40% e iban bajando. Nos dieron primera B, con lo cual nos dieron el 35 %. Con un capital inicial de cinco millones con este procedimiento podías hacer de dos a tres películas al año. ¿Qué ocurrió en el año 1967? La ley de Fraga en vez de darte cualquiera de esos porcentajes, te da el 15 % de lo que recaude la película en taquilla, que es mucho más dinero, pero si una película está en explotación tres años, tardabas un año y medio en empezar a ver dinero. Ese fue el motivo principal y la prueba es que si en 1966 se habían hecho más de doscientas películas, en 1967 se hicieron sólo treinta y tantas.

-¿Fue traumática la disolución de Moncayo Films?

-No. Fue una cosa que se fue apagando. Emilio escribió otro guión, Las dos caras de la muerte, que no se llegó a rodar. Alfaro seguía con su consulta médica; Julián Muro era registrador de la propiedad y lo trasladaron a Santa Cruz de Tenerife. Él era el socio capitalista y los demás los socios industriales. Ni pusimos ni cobramos una perra gorda, insisto. Hacíamos los pases de las primeras copias de las películas en el cine Roxy y asistió a todas o a casi todas Manuel Rotellar.

-Y usted dejó el cine definitivamente.

-Sí. Por no mentir hice un videodrama pagado por la Diputación de Zaragoza sobre Miguel Labordeta. Eso se rodó ya con unos medios tan precarios que vergüenza me da decirlo.

-¿Qué tipo de cine le ha gustado y le gusta?

-El policíaco, el clásico de los cuarenta y cincuenta, Hitchcock y las películas basadas en la obra de George Simenon, no sólo las del comisario Maigret.

-¿Cree que Moncayo Films fue una oportunidad perdida o no?

-El problema de Moncayo Films fue que nos anticipamos en el tiempo. Las ilusiones de Emilio Alfaro y nuestras de haber montado en Cuarte unos estudios con laboratorios eran una pura utopía, pero en aquel momento todavía más porque no había ningún apoyo. Creo que si hubiera nacido en los tiempos de las autonomías, como ha ocurrido en Euskadi o Cataluña, a lo mejor habría habido algo más de fortuna. Aunque la verdad es que los tiempos que corren En Aragón tampoco están ahora para echar cohetes. Fue una época muy bonita. Todo esto lo he contado, en colaboración con mi sobrino Juan Duce Reblet, en La década de Moncayo Films (Ayuntamiento de Zaragoza, 1997).

-Gracias por sus recuerdos.

-¿Ya hemos acabado? Déjeme decirle dos cosas. Aprendí mucho de la técnica de dirección de Pedro Lazaga. ¡Cuánto sabía de cine! Era una maravilla en todos los aspectos, en planificación, en dirección de actores o en los movimientos de cámara. Y la segunda es que yo con una cámara de fotos en las manos soy feliz. Plenamente feliz.

16/05/2012 22:00 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

MARÍA DOLORES GIMENO HABLA DEL EMBAJADOR JOSÉ NICOLÁS DE AZARA

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LITERATURA E HISTORIA. María Dolores Gimeno Puyol // Esta Doctora en Filología Hispánica en la Universidad Rovira y Virgili, natural de Maella, experta en la literatura de la Ilustración y apasionada por las cartas, es la responsable de la edición del ‘Epistolario (1784-1804’ (Castalia / IFC / IEA) del oscense José Nicolás de Azara (Barbuñales, Huesca, 1730- París, 1804), que fue embajador en Roma y París y amigo de Napoleón.

 

 

Eres filóloga y profesora de literatura, ¿qué te atrajo de José Nicolás de Azara?

A Azara nos los “presentó” Rafael Olaechea en clase de Filología Hispánica, invitado por la Dra. Albiac; su figura y su epistolario parecían un material precioso para una tesis sobre una época crucial, contada por un testigo directo de hechos muy relevantes. Era miembro de la minoría ilustrada que ayudó a Carlos III a modernizar la España del Antiguo Régimen, pero respiró más aires de libertad al residir en Roma y París.

Haznos un breve retrato de su figura. 

Su compleja figura se puede resumir dos ejes: su formación y dedicación diplomática —muy inclinado a la acción política— y el humanista, hombre de letras y experto en artes.

¿Cómo le marcó su familia, los Azara de Barbuñales? 

Eran de la baja nobleza no titulada y creían en la educación como vía de progreso; los hijos mayores cursaron estudios encaminados a la Iglesia, empleos civiles o el ejército, con lo que el patrimonio familiar quedó para el menor. Mantuvieron el vínculo afectivo con la correspondencia.

En 1765, se marcha a Roma como Agente de Preces del Rey. ¿En qué consistía y cuáles fueron sus misiones?

Era el encargado de gestionar las peticiones de particulares a la Iglesia como bulas, dispensas..., negocios que movían mucho dinero. Al ser nombrado ministro plenipotenciario, Azara retuvo el cargo pero delegó en un director.

Permaneció en la ciudad más de treinta años. ¿Cuál sería el balance de esa estancia?

Cabe distinguir la etapa de la Agencia de Preces (1765-1784) y la de ministro plenipotenciario (1784-1798). La correspondencia con el aragonés Manuel de Roda, entre 1768 y 1780, retrataría al primer Azara, mordaz, volteriano, antijesuita y ansioso por ocupar la Embajada; las posteriores editadas por mí muestran a alguien maduro, con más responsabilidad, muy informado y con buenos contactos.

 

Pronto se reveló como un hombre curioso e ilustrado: era mecenas y editor de clásicos, apasionado de las antigüedades, coleccionista de libros, organizaba tertulias en el palacio de la Embajada...

Fue un asiduo a las principales conversazioni o tertulias. Participó en excavaciones y reunió una buena colección de esculturas antiguas. Su biblioteca alcanzó los 20.000 volúmenes. Editó a Garcilaso de la Vega en España; a los clásicos latinos Horacio, Virgilio... con el famoso tipógrafo Bodoni; y los escritos de su amigo del pintor Mengs. Fue mecenas de los pensionados de la Academia de San Fernando; y reunió una colección pictórica, visitada por los ilustres viajeros que iban a Roma.

¿Cómo cambió su trayectoria cuando fue nombrado embajador? ¿Cuál fue su colaboración con Roma para que no fuera invadida por las tropas francesas?

Pasó a residir en el Palacio de España, en la famosa plaza homónima. Pero el verdadero cambio se produce en 1796, cuando su amigo Pío VI le envía a detener a los franceses que iban apoderándose de los Estados italianos. Azara firma con el general Bonaparte el armisticio de Bolonia, que evita la invasión a cambio de contrapartidas. Y si los romanos reciben en triunfo al diplomático, cambian de opinión al empezar las requisas artísticas y salir carros con dinero.

Más tarde lo nombraron embajador de París. ¿Cómo definirías esa experiencia?

En 1798, en la agitada época del Directorio, París era la embajada más complicada, y Azara el más preparado por su experiencia y contactos; de hecho, contribuyó a serenar la situación interna francesa y negoció varios tratados internacionales, aunque fue cesado al año de llegar. En 1801 obtuvo su segunda embajada parisina, ya con el Consulado, pero es depuesto de nuevo en 1803 al distanciarse de Godoy, su antiguo protector.

Entremos con detenimiento en el ‘Epistolario’. ¿Dónde estaban las cartas? Háblanos un poco de ese turismo cultural que has tenido que hacer.

Estaban dispersas en diversos archivos europeos: Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Nacional de Madrid, Toledo, la British Library, el Quai d’Orsay, Parma, Bolonia... Localizar manuscritos tiene bastante de incertidumbre y también puede deparar agradables sorpresas. Y como se trabaja con el material producido por el mismo autor, es un viaje al origen; además permite descubrir edificios singulares. Pero sin la ayuda de la IFC, sobre todo, y del IEA, no hubieran visto la luz esos textos editados por Castalia.

Parece que José Nicolás de Azara tenía una pulsión constante de escritor. Escribió mucho…

Por un lado está su comentada faceta de editor —y traductor—, y por otro, el escritor de cartas y de unas Memorias. Las cartas eran el vehículo casi exclusivo de comunicación en la época, tanto entre familiares y amistades ilustradas como en los negocios diplomáticos. Azara, que dictaba y supervisaba la correspondencia oficial, en los momentos de mayor agitación política llega a escribir más de ocho horas diarias.  

¿Quiénes fueron sus corresponsales? [Y valóranos un poco las cartas: Talleyrand, Godoy, Iriarte…]

Hubo diplomáticos, como el Aranda embajador en París, con quienes trata de política o anécdotas del gran mundo. Mantuvo con sus secretarios de Estado —Floridablanca, Godoy...—­ un carteo confidencial paralelo a los oficios. Se escribió con amigos como Bernardo de Iriarte y con Eusebio Bardají, su sobrino preferido. Otros le planteaban cuestiones eruditas y artísticas, como el cardenal Lorenzana, con quien también comenta la Revolución Francesa y la guerra europea. Entre los extranjeros resultan de gran interés las cartas a los comisarios y generales franceses invasores de Italia y las de sus embajadas parisinas a políticos como el hábil Talleyrand para mejorar las relaciones entre España y Francia.  

¿Qué cartas son especialmente reveladoras, especiales? Cuenta alguna que te guste particularmente.

Es muy bella la correspondencia de amistad con Iriarte, un universo compartido de referencias culturales y sentido del humor; de ella destacaría las cartas escritas desde su casa de Barbuñales en 1800, en las que late la emoción de los afectos familiares y de la tierra con la que se reencuentra, una Arcadia de olivos y viñedos.

¿Se puede hablar de características esenciales de su escritura? ¿En qué medida está reflejada su vida, su intimidad en las epístolas?

La extensión y tono dependen del destinatario. Pero siempre usa una lengua elegante y clara, fiel al “buen gusto” del castellano del siglo XVI; como distintivo, largos párrafos y una sintaxis impecable. Aparecen interesantes elementos de la sociabilidad de su mundo, entre negocios y el ocio privado, así como sus gustos individuales, desde la gastronomía o el mobiliario a la vestimenta, que analizo en mi Estudio Preliminar.

¿Qué relación real tuvo con Napoleón Bonaparte?

Se conocieron negociando en Italia en 1796, cuando Azara definió al general como “uno de aquellos ingenios privilegiados que la naturaleza produce muy de tarde en tarde”. Bonaparte le dispensó un afecto constante: apenas llegado de Egipto en 1799, le pidió consejo antes del golpe de Brumario; le sostuvo luego en su difíciles relaciones con Godoy; y al fallecer, le tributó un solemne funeral.

¿Qué pasó con sus colecciones, con sus numerosas pertenencias?

Sus bustos de filósofos griegos, regalados a Carlos IV, se encuentran en Aranjuez en la Real Casa del Labrador; el de Alejandro Magno del Louvre lo ofreció a Bonaparte. La biblioteca fue subastada a su muerte en Roma. Los cuadros los heredó su familia. Sus camafeos y piedras talladas, ambicionados por Josefina y María Luisa de Parma, los adquirió ésta a su hermano Félix pero nunca los pagó. Y sus muebles los intentó vender en vano a sus sucesores en las Embajadas.

Resulta singular su condición de soltero. Sin embargo, se le atribuyeron amoríos…

Entre su generación ilustrada abundaron los solteros o los que se casaron en una edad tardía, poco preocupados en formar una familia. Azara mismo participaba de los chismes que circulaban entre el grand monde; y a él, aunque lo negó, se le relacionó con la princesa Santacroce, dama casada de quien era acompañante y de cuya hija Anna se le atribuyó la paternidad.   

Cuéntanos la relación con su hermano el naturalista, explorador e ingeniero Félix de Azara.

Entonces José Nicolás era el hermano conocido. Promovió las edición de las obras de Félix; con quien se relacionó por cartas, ahora perdidas, pues se habían visto una sola vez en Barcelona en 1776. Se reencontraron en París en 1802 y convivieron hasta la muerte del diplomático en enero de 1804.  

Para cerrar: ¿qué significa Maella en tu vida, qué te sugiere, que te evoca…?

Maella es la tierra, los padres y el anclaje en el mundo, yo que he vivido en el extranjero y ahora en Tarragona. Es también es el catalán materno, que tanto cuesta defender en Aragón, aun con argumentos filológicos o invocando la necesaria dignidad e igualdad cultural de cualquier lengua por pequeña que sea.

 

Epistolario (1784-1804). José Nicolás de Azara. Edición de María Dolores Gimeno Puyol. Editorial Castalia, Instituto de Estudios Altoaragoneses e Institución Fernando el Católico. Madrid, 2010. CCXXII + 1442 páginas.

14/07/2010 09:37 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

MARIVÍ NICOLÁS: UN DIÁLOGO

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María Victoria Nicolás (Zaragoza, 1939), una de las principales autoras en lengua aragonesa, reconstruye su vida, su memoria de madre y maestra, y su pasión por el valle de Hecho y la obra del poeta cheso Veremundo Méndez

 

 

 

 “LA POESÍA ME HA DEJADO SOÑANDO

Y AÚN NO HE DESPERTADO”

 

A María Victoria Nicolás (Zaragoza, 1939) la vida la ha dejado, perpleja y herida, en medio de un sinfín de encrucijadas: la pérdida de una hija, un divorcio, la muerte de amigas entrañables, una tumultuosa maternidad... Sin embargo, ella sigue adelante con una tremenda energía, con una vitalidad que también exhibe alegría, inocencia y fragilidad. La fotógrafa Esther Casas la mira, le hace fotos y la define así: “Esta mujer es impresionante. Lo da todo”. El editor Chusé Raúl Usón buscó todos sus textos, redactados en cheso, los recuperó de libros, revistas y programas de fiestas, y ha publicado ‘Plevias. Obra poética en aragonés-cheso’ (Xordica), un volumen que es, ante todo, una declaración de amor a la poesía, a una lengua, a un paisaje, a una forma de existir.

Me han dicho que usted se crió en la avenida de Goya, ante las vías del tren.

Sí, en una casa que hacía chaflán con la actual calle del Carmen. Viví una infancia maravillosa. Mi padre había venido de Velilla de Ebro y tenía un negocio de coches, con naves industriales y con un concesionario de Chevrolet. Enamoró a mi madre, Manuela Minué, en el Casino Mercantil un día en que ella llevaba un traje de lunares, azul marino y blanco. Ella tenía una voz acariciante y usaba un sombrero que apenas dejaba ver su pelo rubio.

¿Qué hacía en esa infancia maravillosa?

Jugábamos todo el día en la calle con mi amigo Matamala, un crío del barrio, y con mis hermanos, José Manuel y Manuela, y con mis primas. Nos asomábamos al pretil de las vías del tren. Estudiaba en el colegio próximo de Jesús y María. Recuerdo que una vez le cogí un trozo de una goma de borrar a una compañera, un trozo diminuto, casi invisible, y estuve confesándome todo el año. ¡Te hacían sentir unos remordimientos! Eso sí, nos divertíamos con todo y también le hacíamos judiadas a la abuela…

¿Judiadas a la abuela? ¿Qué quiere decir?

Mis abuelos maternos tenían un comercio de electricidad y de aparatos de radio en Independencia. Era famoso. A ella le encantaba escuchar la radio: las telenovelas, las canciones dedicadas, el rosario. Aún la veo, sentada, con su chal y su pelo blanco en ondas. Mi hermano era un ‘sarguta’, mañoso, hábil. Cuando ella venía a casa, cogía su radio galena, su pick-up, le ponía un micrófono y conectaba al aparato de radio de la abuela. En el cuarto de al lado, desde nuestra emisora particular, poníamos voces, hacíamos anuncios publicitarios en forma de verso. Lo que se nos ocurría. “Es la casa de Minué / la mejor que usted ve”. Había un instante en que la mujer llamaba a mi madre y le decía: “Manuela, que me están dedicando canciones en la radio”. A mí siempre me ha gustado la radio, la poesía, los juegos de palabras.

Pronto entraría en contacto con el Altoaragón, en concreto con Jaca.

Sí, en la posguerra se edificaron en Jaca unos chalés de protección oficial para los obreros de Sabiñánigo, pero a ellos les pareció que les quedaban demasiado lejos y no los quisieron. Entonces el constructor se los ofreció a distintas a familias, entre ellos a los Nicolás. Allí, en un baile de disfraces en La Pajarera, conocí a Emilio Gastón, con quien me casé.

Usted había estudiado Magisterio, ¿no?

Estudié Magisterio y lo terminé, pero no hice oposiciones porque mi padre no me dejaba ir a dar clases a un pueblo. Decía que de ahí se volvía con un embarazo, con una violación, o que una se consumía en soledades. También hice ATS y me matriculé en Filosofía y Letras donde coincidí con el historiador y cofundador de ‘Andalán’ Eloy Fernández Clemente. Nos daba clases mi futuro suegro Rafael Gastón Burillo, catedrático de lenguas clásicas, abogado y filólogo. Yo ya festejaba con su hijo; cuando pasaba lista decía: María Victoria Nicolás Minuera.

Su suegro iba mucho a Hecho.

Sí. Él era un enamorado del cheso y de aquellos valles. Mantenía una correspondencia constante con Veremundo Méndez. Los dos hacían fichas de palabras y hablaban con la gente, alemanes, franceses o ingleses, que venían a estudiar la lengua. Mi suegro era un personaje increíble: aragonesista, apasionando, culto, filólogo y, además, era el mejor esperantista del mundo. Finalmente, Emilio y yo, compramos una casa allí y yo hice de todo: fui fontanera, carpintera. Todo. Fue una época maravillosa de nuestra vida.

¿Qué relación tuvo con Veremundo Méndez?

Muy buena. Fue un maestro maravilloso para mí. Ya nos habíamos visto alguna vez anterior, pero una vez fuimos a Hecho con los profesores de la Universidad de Jaca. Estaba sentado en una barandilla, lo saludé y le dije que iba a aprender cheso. Me dijo: “Cuando sepas estos versos, ‘Cuando la paxariqueta / canta en lo soto, /u pleba u nieva / u fa un tiempo u otro’, estarás en condiciones de aprender cheso”. Ahí empezó otra vida para mí. De aquel fichero hemos partido Rosario Ustáriz, Rosa Coarasa y yo para hacer un ‘Diccionario de voces chesas’, y ahí seguimos. Rosa murió hace poco y ahora Rosa está enferma.

¿Cómo fue esa inmersión suya en la literatura?

Fue absoluta. Yo no puedo hablar mal de Emilio Gastón. Con él he podido viajar, he conocido el mundo político del PSA, donde estuve totalmente integrada, asistí a aquel período de utopía e ilusión en que desterramos la violencia. Él me ha enseñado literatura. Y yo me formé con tranquilidad durante años: hablaba con los ancianos del lugar, hice tres entrevistas a tres nonagenarios y cuando aparecieron en una revista ‘La Jacetania’ los tres se habían muerto. Desde entonces me llamaban ‘La mataviellos’ y otros ‘Lo pobre de la Solaneta’, porque me veían con mi mochila cargada de grabadoras, de cuadernos, etc. Cuando fui a grabar a la cuarta persona, me vio desde la ventana y me dijo: “Vés ten, nirna que no me quiero d’ir enta la fuesa” (Vete, niña, que no me quiero morir).

¿Cómo definiríamos su obra?

Es una obra musical, relacionada con la naturaleza, con el amor, con mis recuerdos. Me gustan los juegos de palabras. Me encantan. Me gusta hablar de las gentes, de las casas y sus escaleras, de las chamineras, de las veladas de verano a la fresca mientras se cuentan historias, las tertulias en el carasol, de las mujeres. Cada vez que oía una palabra la anotaba; tengo muchas servilletas con anotaciones tomadas en el bar. Todo ese universo me producía un desborde maravilloso. Y luego está esa otra emoción esencial: el lenguaje, la belleza del lenguaje, el sonido de las distintas palabras.

Por cierto, en su poesía habla mucho de la noche y mucho de la luna.

Tengo tres hijos. Rafael, Elena y Diana. A ella le decíamos que la luna se llamaba Diana. Un día dijo: “Cuando yo me muera iré a la luna”. Quizá venga de ahí. Ella falleció en 1978 con once años. Jamás he podido olvidarla: mi hija Diana sigue estando en mí y yo sigo estando en ella, no sé bien de qué forma pero la percibo. Se murió de peritonitis en Londres. Fue un fallo médico: recuerdo que los médicos ingleses y las enfermeras vinieron a pedirnos disculpas al avión. Diana escribía. Recuerdo cómo la trajimos a Zaragoza en el avión: Emilio y yo a cada lado y el ataúd en medio. Esa imagen no la podré olvidar nunca.

¡No me extraña!

Lo más gordo que te puede pasar en la vida es perder a un hijo. Es demasiado doloroso hablar de ello. Desde entonces me gusta más la luna, y me gustan los ponientes, las montañas nevadas, el rocío, el agua azul en las plantas, el ambiente del color, las calles vacías y mojadas, el silencio, el fuego que nace y crepita en torno al hogar y que luego se apaga.

Me sorprende su determinación en la construcción de su biografía. 

Soy débil e inocente y a la vez fuerte. No soy rencorosa, el rencor me parece una pérdida de tiempo y una forma de maltratarse a uno mismo. Además, me ha pasado algo muy bonito: con la publicación del libro he descubierto que en Hecho me quiere el pueblo entero, que no faltó nadie. Percibí cariño y comprensión. En las presentaciones en Hecho y en la del Colegio Hilarión Gimeno fue como estar en el cielo. Algo muy entrañable. Han sido dos actos que me han dejado soñando y aún no me he despertado.

 

Mariví Nicolás mira con una ternura especial a su editor Chusé Raúl Usón: “No sabe cuánto le debo. ¡Si no es por él! Ha salido en mi rescate. Después de lo que le he hecho esperar, no sé cómo me quiere y como ha querido ser mi editor”. Los dos, una y otra vez, se han intercambiado un copioso anecdotario. La música, los años iniciales de la Transición, la enseñanza, los traumas de una familia rota, la poesía en castellano y en aragonés, los poemas que adaptaron para ser cantados… Todo asoma con naturalidad. Uno de los mejores períodos de la vida de Mariví Nicolás es el de sus años el colegio La Quer Majari Cali, algo así como la Casa de la Virgen gitana. “A los estudiantes gitanos les enseñaba de todo, les enseñaba a abrir los ojos, a escribir, jugaba al fútbol con ellos si era necesario en una especie de vertedero, y les enseñaba a no pelearse –señala-. Y ellos a mí me enseñaron mucho, conocí al gitano y su mentalidad, su picardía, su ternura, y en ocasiones tenía que ir por las casas a buscar a los niños para que vinieran a clase. Algunos tenían mucho interés por aprender, a leer especialmente, para poder sacarse el carné. Recuerdo que alguna vez escribí un artículo ‘Andalán’ acerca de esta experiencia”.

*La foto de Mariví Nicolás pertenece al fotógrafo y diseñador Manuel Arribas.

ENTREVISTAS: JOSÉ LUIS BORAU

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JOSÉ LUIS BORAU / Escritor y director de cine. El autor de películas como ‘Furtivos’ o ‘Tata mí’ y de narraciones como ‘Camisa de once varas’, ‘Navida, horrible Navidad’, ‘Cuentos de Culver City’ o ‘El amigo de invierno’ recibía ayer el Premio de las Letras Aragonesas de 2009.

 

“Mentalmente y moralmente

nunca he salido de Aragón”

 

“El guionista es un escritor de una pieza”

 

“Zaragoza y Aragón son mi paisaje de fondo”

“Aragón siempre viaja conmigo”

 

 

“Recibir el Premio de las Letras Aragonesas 2009 supone para mí un honor, una inmensa alegría, y a la vez una sorpresa. Y a la vez, de alguna manera, la concesión manera me da la razón: el hecho de que haya recaído en mí es exagerado, sin duda, pero me da la razón en el sentido de que yo siempre he reivindicado que el guionista es un escritor de una pieza, con todas las de la ley. Pienso en Rafael Azcona y me pregunto: ¿Qué le faltaba? Nada. Era un escritor extraordinario. La escritura de guión es un ejercicio de creación literaria: desarrolla un tema, crea estructuras y diálogos, inventa personajes. ¿Acaso ser guionista de cine es menos que ser un dramaturgo o un novelista?”, dice José Luis Borau (Zaragoza, 1929), que recibía ayer, a las 20.00, en el Paraninfo el máximo galardón de las letras aragonesas.

-Sin duda, esta es una antigua obsesión suya.

-Desde luego. Cuando Berlanga era el presidente de Honor de la Academia de Cine y yo el presidente hablamos con el director de la Real Academia Española de la Lengua y le propusimos el ingreso de un guionista. El elegido fue Rafael Azcona, pero en cuanto se lo dijimos, nos miró y nos dijo: “¡Parece mentira que vengáis a proponerme esto a mí! ¿Académico, yo? Tendría que pronunciar un discurso y todo eso… De ningún modo”. Ante esta negativa ingresó Fernando Fernán Gómez, que era guionista también, pero era otras muchas cosas: director de cine, actor, novelista, dramaturgo… Fernán Gómez estaba encantado de entrar en la Academia.

El cartel de 'Furtivos', realizado por Iván Zulueta.

-Ahora el académico es usted. ¿Quién le enseñó a escribir guiones?

-Bueno, yo tuve dos maestros de guión: José Gutiérrez Maeso y Florentino Soria, que colaboraba mucho con Luis García Berlanga. Él, entre otros títulos, con el propio Berlanga y Ennio Flaviano, firmó el guión de ‘Calabuch’, pero luego empecé a estudiar por mi cuenta y riesgo, empecé a destripar las grandes películas, las analizaba, las estudiaba, intentaba descubrir sus secretos y sus trucos, algo que hice a conciencia con ‘El apartamento’ de Billy Wilder, que es uno de los guiones más sabios que existen.

-Antes de dedicarse al cine con la intensidad con que lo ha hecho luego, usted ya era un apasionado de la literatura, ¿no?

-Totalmente. Yo, cuando llevaba una vida decente (ahora, de tanto quehacer, he perdido la dignidad por completo), solo hacía dos cosas: ver películas y leer libros. Lo leía todo, de una manera caótica. Hace poco, alguien interesado en mis aficiones literarias, un profesor norteamericano, estuvo en mi biblioteca y me dijo que “viendo sus libros me es imposible conocer sus gustos literarios”.

Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio.

-En aquellos días en que viajaba al Festival de Venecia, ya le interesaban mucho Italo Svevo, Vasco Pratolini, Alberto Moravia, norteamericanos como Faulkner o Hemingway.

-Sí, claro. A Moravia lo conocí en Nueva York. Con Hemingway estuve aquí en Zaragoza, después de una corrida de toros, y hay una foto famosa de aquella cita, pero realmente yo de quien era amigo era de los escritores españoles de la Generación de los 50: Jesús Fernández Santos, le pasaron un guión mío, nos conocimos y me invitó al café Gijón; Ignacio y Josefina Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, que fue la guionista de ‘Celia’, que yo llevé a la televisión, y Medardo Fraile, de quien oía hablar mucho pero al que no se veía nunca.

-Pasaron muchos años hasta que usted publicase sus primeras ficciones: ‘Camisa de once varas’ (Alfaguara, 2003)…

-Ocurrió una cosa. Jorge Valdano acababa de publicar un libro de ‘Cuentos de fútbol’ para Alfaguara. Juan Cruz, editor entonces, me pidió a mí uno de ‘Cuentos de cine’. Seleccioné muchos relatos e incluso escribí uno, y ahí empezó todo.

-¿No había escrito antes cuentos?

-Sí. Un director de cine como yo hace muchos proyectos que a menudo no cristalizan. Y para cada proyecto yo escribía un cuento que explicaba la película y que, por lo general, se quedaba en un cajón. La alianza de estas dos circunstancias, esos cuentos secretos y el encargo, dio lugar a mis libros: ‘Camisa de once varas’, ‘Navidad, horrible Navidad’, ‘El amigo de invierno’, etc.

-Por cierto, sus cuentos tienen siempre un perfume autobiográfico, son más bien realistas, con claras conexiones con el cine y con algunos mitos literarios…

-No creo que sean autobiográficos. Sí es cierto que soy un escritor realista. Casi todo lo que cuento sucedió: a un extraño, a alguien que se mueve alrededor de mí mismo. Me ocurre una cosa curiosa: yo recuerdo muchas cosas del pasado, de mi estancia en Estados Unidos, como se ve en ‘Cuentos de Culver City’, por ejemplo. Pero una vez que escribo los cuentos me olvido un poco de todo lo que ocurrió, es como si perdiera la memoria de los hechos.

Ignacio Aldecoa, Josefina Aldecoa, Rafael Azcona y un amigo. Grandes amigos de los años 50 de Borau.

-Acaba de publicar ‘Palabras de cine’ (Península)…

-El tema coincide con mi discurso en la Real Academia Española: la penetración y la presencia de los términos cinematográficos en la vida cotidiana. Algo que se ve en términos como ‘guión’, ahora todos nos hacemos un guión previo, en ‘rebobinar’, en dichos como ‘no te enrolles Charles Boyer’, ‘pintas menos que Grace Kelly en un andamio’, en ‘macho’, que fue una palabra traída por el cine mexicano que caló mucho… He escrito 400 páginas.

-¿Qué le sugiere otra palabra: Aragón?

Mentalmente y moralmente, siempre he estado en Aragón. No me he ido nunca. Y eso se percibe en mis ficciones: siempre sale Zaragoza. Cuando hay una ciudad innominada, siempre es Zaragoza, sus cafés, sus calles, sus ambientes. Me fui de aquí el once de enero de 1956, pero a pesar de eso Zaragoza y Aragón siguen siendo mi paisaje interior de fondo. Siempre viajan conmigo.

17/04/2010 19:46 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

ENTREVISTAS: ÁNGEL GARI

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“El demonio es una metáfora

del mal que el poder

usa según le conviene”

 

Ángel Gari, antropólogo y estudioso de la brujería y religiosidad popular en el Altoaragón, recibe el próximo sábado la Mención Especial del Festival ‘Espiello’

 

EL CURIOSO SIN COMPLEJOS. Ángel Gari vivió unos días a la intemperie en París, subió la torre Eiffel a pie y acarició las esculturas egipcias del Louvre y estuvo en la base norteamericana para oír y tocar los B-52.

 

 

Ángel Gari Lacruz (Huesca, 1944) adivina, presiente, ingresa en la trastienda de las cosas, en el ánima oculta del mundo. Posee desde muy niño una curiosidad inagotable, un afán de conocimiento absoluto. Dice que desde los siete años no ve nada; en días especiales de luz y solo a veces atisba un fragmento de claridad. La ceguera no le ha impedido ser un sabio de historia, de brujería, de religiosidad popular y de fotografía, de pintura y de narraciones orales, y de cine. Con él se puede hablar de un sinfín de películas, e incluso suele usarlas para sus charlas en distintos cursos. Conoce los objetos con minuciosidad: siempre le pide a diversas personas, “muy diferentes entre sí”, que le describan lo que ven, lo que le interesa, en una minuciosa tardea de convertir la imagen en palabra y de convertir también la palabra en imagen. Dice: “Yo he estado en los estudios de los pintores José Beulas o de Pepe Orús, por ejemplo. No puedo ver sus cuadros, pero me cuentan lo que han pintado, lo que se ve, y lo que han querido representar, lo que a menudo no se ve. Algunos cineastas como Jesús Bosque o Eugenio Monesma hacen lo mismo. Siempre he contado con maravillosos lazarillos. Soy y he sido muy afortunado”. Lo dice ante Pilar García Guatas, su mujer desde 1972, que ruega: “De mí no diga nada. Soy transparente”. Lo esencial es invisible a los ojos.

-¿Qué recuerda de su niñez con vista?

Vi hasta los siete años. Sufrí un ataque de meningitis y la cosa era tan dramática que la vista era lo de menos. Se trataba de sobrevivir. Me quedé paralizado por completo y varios médicos dijeron que eran imposible que viviera. Sin embargo, mi padre empezó a buscar medicinas en Alemania y en Estados Unidos, y también en la Gran Vía de Madrid, y poco a podo fui saliendo adelante.

-¿De qué visiones se acuerda?

Yo vivía en la plaza de la catedral, y recuerdo muy bien ese espacio, el enjambre de tejados, y unas vistas que dominaban el horizonte que se abría hacia el paisaje del norte, el Pirineo. Además, recuerdo la salida de Monflorite de los aviones-cigüeñas que se utilizaban para remolcar los aparatos de vuelos sin motor. Recuerdo especialmente una imagen: un día cayó un rayo al pie de una torreta y produjo un impacto increíble muy cerca de mí. Hasta entonces iba mucho al cine con mis amigos y con mis familiares, al Olimpia y al Principal.

-¿Cómo evolucionó, mejor dicho, cómo sobrevivió?

Viví una época de continuas visitas médicas, de análisis, de tratamientos. En Huesca vivía Ramón Solinis, que había sido boxeador, preolímpico y masajista; entonces no había fisioterapeutas. Empezó a darme masajes en las piernas y en la espalda y recuperé un poco de movilidad. Tuve que readaptarme a todo. Mi padre me llevó a dos médicos de Barcelona: Vilardell, que nos recomendó que debían hacerme un hueso artificial del fémur en París y operarme cada cuatro o cinco años, y Bastos, que había combatido en la guerra civil en Huesca.

-¿Le fue mejor con él?

-Sin duda. Me lo explicaba todo, aunque yo era muy niño, y eso es muy de agradecer. Me dijo: “Mira, Ángel, la naturaleza es sabia. Cortamos aquí y allí, colocamos el fémur en su sitio, y cuando haya que tocarlo habrá evolucionado mucho la tecnología. Ya decidiremos”. Aún no me lo han vuelto a tocar. Fue como un preceptor para mí. Incluso recuerdo que quien me llevó al taxi en brazos de regreso a casa fue él. Querría hablarle de otra persona importante.

-Adelante.

Por mi estado, íbamos de cuando en cuando a un chalé de unos familiares nuestros (los tíos Gloria y Domingo; su hija Pepita) en Barcelona, en la calle Diagonal. Allí coincidí con una tía, Josefina Jordana, que se había casado con un arquitecto norteamericano que trabajó en Sao Paulo. Ella me enseñó el primer transistor que he visto en mi vida y me enviaba materiales para ciegos: un tablero novedoso para dibujar; una caja de matemáticas con tipos de imprenta; los cubaritmos, que eran hexaedros en braille en los que estaban los diez primeros números y los cuatro signos, un termómetro para ciegos, plastilina… Era una mujer fascinante que tenía contactos hasta con Nixon y que me contaba cosas que se me antojaban increíbles. Ella me animó a leer.

¿Qué papel jugaron sus padres?

Fue fundamental. Ángel Gari y Teresa Lacruz, mis progenitores, eran los dueños de la Academia Gari, por la que han pasado más de 3.000 alumnos. Mi padre, republicano, había sido administrador de la Escuela Normal de Magisterio con Ramón Acín y fue fundamental en mi vida. A consecuencia de la enfermedad, iba retrasado, pero él me leía, me explicaba los temas, me adiestró en los cálculos rápidos de matemáticas. Estudié por libre hasta tercero de bachillerato… Aprendí braille con el delegado de la ONCE y me planteé si entraba en un colegio especial o en uno de enseñanzas integradas. Con mi padre, optamos por el Instituto Ramón y Cajal. Fue una experiencia estupenda.

Luego se matriculó en la Universidad de Zaragoza y residió en el colegio Mayor Cerbuna. ¿Cómo le fue?

Muy bien. Fue una auténtica revelación vital, como una apertura a un nuevo mundo. Fui responsable de Actividades Culturales desde 1964 a 1969, y estuve hasta 1971, cuando hice mi tesina. El Cerbuna era uno de los cuatro mejores colegios mayores de España, con el Pignatelli, también de Zaragoza, el San Juan Evangelista de Madrid y el Raimundo Lulio de Barcelona. Aquí dieron conferencias Jordi Solé Tura, Manuel Jiménez de Parga, cantaron Labordeta y Carbonell. En Huesca, a Labordeta lo rechazaron hasta en ocho ocasiones porque “sus letras eran inhumanas y antisociales”, según el delegado de Turismo. Qué bárbaro. También estuvieron, entre otros muchos, Julio Caro Baroja o el cantante portugués Luis Cilia, al que sacó de aquí a toda prisa en coche un compañero en dirección a Bilbao. El Cerbuna me abrió un mundo de libertad impensable en el franquismo.

-En esa época usted hizo papiroflexia.

Sí, puede verse ahora en la biblioteca María Moliner. Me enseñó a hacer trabajos en papel Eduardo Gálvez. La papiroflexia me era muy útil para conocer y dominar las estructuras geométricas, luego pasé a otros empeños más estéticos, a los animales, etc. En 1969 realicé un ‘cristo’ y un caballo de carreras…

-¿Cuándo empezó a interesarse por la brujería?

-Hay dos precedentes importantes. En 1961 se publicó el libro ‘El retorno de los brujos’ de Pauwels y Bergier, que me fascinó, y la vez empecé a leer la revista ‘Planet’, escribían premios Nobel, había textos de Lovecraft. La revista estaba en francés y mi padre me la leía y me la traducía de corrido. Ya en la Universidad, hice Historia. Un profesor me recomendó que investigase la producción de trigo en el norte de Huesca en el siglo XVIII.

No parece lo más excitante. ¿Qué hizo?

Fui a ver a Rafael Olaechea, el biógrafo de Conde de Aranda, y le dije que me gustaría trabajar sobre brujería. Le pareció estupendo. Me recomendó la lectura de ‘Patrocinio de ángeles y de combate de demonios’, escrito por Blasco Lanuza, abad de San Juan de la Peña. Allí encontré la pista del brujo Pedro de Arruebo. Me puse en contacto con Henry Kamen, a quien conocí en los archivos de Zaragoza, con Caro Baroja, al visité en Madrid, y con Gustav Henningsen, autor de ‘El abogado de las brujas’. Me fui a investigar al Archivo Histórico Nacional, que dirigía mi paisano José Martínez Vara. Él me acogió muy bien y nos habilitó, a mis acompañantes Herminio Lafoz y Carmen Romeo y a mí, un pequeño espacio para que pudiéramos trabajar sin molestar a nadie.

-También ha hecho mucho trabajo de campo.

-Sin duda. Ha sido fundamental. En 1971 presenté la tesina de la historia resumida de Pedro de Arruebo, que era el brujo principal perseguido por la Inquisición aragonesa. Era el dueño de la finca La Artosa, en el valle de Tena. Era inteligente, astuto, audaz. La inquisición lo acusó de delitos de magia y brujería, y huyó. En 1637 volvió de incógnito al valle y amenazó a las hijas de sus enemigos. Les pedía relaciones sexuales a cambio de que no fueran embrujadas. Y entonces se produjo una auténtica epidemia de posesión colectiva en Tramacastilla y Sandiniés, que afectó a más de sesenta personas en los pueblos y a más de 1.600 en las montañas. Ese trabajo ha ido creciendo.

Ha estudiado ampliamente procesos de brujería. ¿Existe el demonio?

El demonio es una metáfora del mal que el poder usa como quiere, según le conviene. La percepción del diablo depende del contexto cultural en que se mueva y de quien lo manipule. Hay muchos casos parecidos de posesión: piense en las ‘enfatuadas’, que quiere decir poseídas por las hadas, en los aquelarres, en las ‘espiritadas’ de Orosia. En el propio Archivo Nacional nos encontramos, entre unos folios, un hechizo procedente del valle de Tena que contenía, entre otras cosas, pelo largo y rubio de mujer.

¿Cómo lo recibían por allá arriba?

Recuerdo que una señora me dijo: “¿No será usted algún ‘remenador’ (revolvedor / indagador) de Zaragoza? Aquí somos buenos cristianos. Damos de comer al que tiene hambre y de dormir al que no tiene dónde”. Felizmente, los tabús sobre la brujería han ido desapareciendo.

ÁNGEL CENARRO: UNA ENTREVISTA

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De entrada, tu libro 'Los niños del Auxilio Social' (Espasa), parece una prolongación del anterior: ‘La sonrisa de Falange’…

Es una especie de continuación lógica o natural, para entrar en terrenos que no abordaba el anterior. En "La sonrisa de Falange" intenté dar a conocer los orígenes y la evolución en los años cuarenta del Auxilio Social de Falange, la principal institución asistencial del régimen de Franco. Estudié el contexto en el que surgió, a sus creadores (dos falangistas de Valladolid, Mercedes Sanz Bachiller y Javier Martínez de Bedoya), los proyectos que diseñó el equipo de profesionales que les rodeaban, así como sus avatares a lo largo de la guerra y en la posguerra.

Creo que conseguí alcanzar esos objetivos que me había marcado, pero la investigación con fuentes primarias (de archivo y de hemeroteca) presentaba unos límites muy claros. Era imposible, o muy difícil, atisbar cuál era la realidad en el interior de los hogares infantiles, cómo fue vivida o percibida por los pequeños, y de qué manera había marcado sus vidas. Por lo tanto, recurrir a las fuentes orales era clave para indagar en estos aspectos, más desconocidos si cabe, de la institución asistencial falangista.

-¿Qué pasó tras la aparición del anterior? Creo que recibiste cartas, manuscritos…

Afortunadamente el libro tuvo cierto eco entre las personas que habían pasado por esta experiencia en su infancia. Todas se mostraron muy dispuestas a contarme su experiencia. La primera persona a la que entrevisté la conocí en una presentación que hice del libro en el barrio de Torrero. Luego llegaron las cartas. Una anónima, fechada en Huesca, y otra, muy larga, casi unas memorias, de un abogado madrileño. Él se brindaba a contarme su historia y además, me puso en contacto con otras personas que también habían pasado por Auxilio Social. Por último, una mujer catalana estaba intentando localizar a antiguas compañeras de Hogar a través de anuncios en la prensa y una periodista de TVE de Cataluña decidió hacer un pequeño documental sobre esta experiencia de búsqueda y reconstrucción del pasado. También contactaron conmigo creyendo que podría darles pistas para encontrar a sus compañeras. En realidad, fue ella la que me acabó proporcionando un testimonio interesantísimo.

-¿En qué consistía el Auxilio Social exactamente?  Recuerdas en el libro que sigue el modelo alemán del Auxilio de Invierno y que nace por primera vez el 30.10.1936…

En octubre de 1936 dos falangistas de Valladolid, conectados con las antiguas JONS (ya fusionadas con Falange desde 1934), ponen en marcha un proyecto asistencial que pretendía imitar a la Winterhilfe nazi. De hecho, uno de ellos, Javier Martínez de Bedoya había pasado una larga temporada en Alemania, cursando estudios, y allí le había impactado enormemente la parafernalia de tipo fascista que acompañaba a esta obra, dedicada a repartir comidas y ropa de abrigo a los desfavorecidos en invierno después de haber hecho una recaudación voluntaria (en teoría, obligatoria en la práctica) entre la población alemana (de esta forma también se les implicaba en la "comunidad nacional" que se pretendía crear, de acuerdo con los ideales fascistas).

Martínez de Bedoya y Sanz Bachiller se inspiraron en este modelo nazi, y hasta copiaron su nombre. Le llamaron Auxilio de Invierno y al principio quedó bajo el control de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera. Se inauguró el 30 de octubre de 1936, cuando se abrió el primer comedor infantil en Valladolid. Al principio, fue concebida como una obra temporal, limitada a la coyuntura bélica, y su principal cometido fue repartir comidas en frío, organizar comedores y asistir a los refugiados de guerra. Colaboraron en el retorno de los niños evacuados al extranjero o en las colonias infantiles republicanas. También, lógicamente, repartir comidas a la población hambrienta a medida que el ejército de Franco iba ocupando territorios de la República, algo que tenía un gran impacto desde el punto de vista de la propaganda.

Pero a medida que pasaba el tiempo los máximos responsables y su equipo asesor vieron la conveniencia de que se convirtiera en una "obra permanente". Así, en mayo de 1937 se independizó de la SF y pasó a ser una Delegación Nacional falangista más, llamada ahora de Auxilio Social. Después de la guerra, en 1940, un decreto la sometió al control del estado, a través del Ministerio de la Gobernación, y el equipo de falangistas de Sanz Bachiller fue cesado y sustituido por otras personas con un perfil más moderado: el abogado Manuel Martínez de Tena, Delegado Nacional, y la periodista y escritora Carmen de Icaza, Secretaria Nacional. Ambos dirigirían la institución hasta 1957.

-¿Cómo estaba organizado y que presencia tuvo en Aragón?

Estaba organizado de forma muy jerárquica. En cada provincia había delegaciones provinciales, que dependían de la nacional. También estaba estructurado en varias secciones. La más importante fue la Obra Nacional Sindicalista para la Madre y el Niño (inspirada en la Opera Nazionale per la Maternità ed Infanzia de la Italia fascista), de la que dependía toda la red de hogares. Estos acogían a los niños según su edad: había hogares cuna, hogares infantiles, hogares escolares y hasta hogares de aprendizaje y universitarios. Éstos últimos, ambos en Madrid, eran el Hogar Ciudad Universitaria (para chicos) y el Hogar María de Molina (para chicas).

En Aragón, aparte de varios comedores en localidades diversas, existieron varios hogares: el Hogar Escolar José Antonio, en Zaragoza; El Hogar Marina Moreno de La Almunia, para niñas, y el Hogar de Lapuyade, también en Zaragoza, que gestionaban las monjas de la orden de María Inmaculada para el Servicio Doméstico.

Explícanos el concepto de niños de la guerra, niños perdidos del franquismo y niños del Auxilio Social.

"Niños de la guerra" es un concepto generacional, que alude a las personas que vivieron la guerra siendo niños y experimentaron en propia carne los efectos de este ejemplo de "guerra total" : masacres en la retaguardia, bombardeos, evacuaciones y restricciones económicas y, por lo tanto, hambre y privaciones. También quedaron expuestos a la propaganda, la ideologización a través de las organizaciones infantiles (como los pioneros, en el bando republicano) o la Iglesia católica, y la enseñanza, también imbuida de los discursos propios de la guerra.

Los "niños perdidos del franquismo" fue un concepto que difundieron Ricard Vinyes, Montse Armengou y Ricard Belis en su documental (luego libro) del mismo título, y alude a los niños que por ser hijos de republicanos padecieron la separación forzosa de sus padres (encarcelados) bien para ser entregados en adopción a personas afines al régimen, bien para entrar en los colegios que gestionaba el Patronato de Nuestra señora de la Merced, encargado de atender a las familias de los presos políticos.

Los "niños del Auxilio Social" es una especie de categoría que caló muy hondo en la memoria colectiva de la posguerra, que identificaba a los niños que necesitaban recurrir a la beneficencia para salir adelante como consecuencia de la miseria generada por la autarquía. Por supuesto, entre estos niños había también muchos hijos de republicanos, sobre todo los que entraron entre 1939 y 1940.

También hablas de dos conceptos "hijos de rojos" e "hijos de la miseria" ¿Cómo eran tratados, en qué medida tenían que pagar las 'culpas' de los padres?

Lo curioso de esta institución es que prodigó un trato muy similar a unos y a otros. El trato en realidad era un "maltrato": insultos, humillaciones, palizas, castigos arbitrarios, privación de comida y de agua... Los relatos son terribles desde este punto de vista y demuestran que el abuso era sistemático. Podríamos pensar que estos abusos estaban dirigidos a los "hijos de los rojos" como una fórmula para continuar con el castigo que se había impuesto a sus padres, pero los testimonios recopilados demuestran que los "hijos de la miseria" (así denomino a los niños que entraron por razones de precariedad económica familiar en los años cuarenta) recibieron un trato muy similar.

Esto me puso sobre la pista de cómo funcionó durante el franquismo el trato a los excluidos sociales: no sólo la exclusión se incrementó, como consecuencia de la autarquía, ni tan sólo se mantuvo el viejo sistema disciplinar, típico de la beneficencia tradicional -que ellos decían querer combatir- sino que se les castigaba con métodos y fines muy similares a los que se estaban aplicando a los "vencidos" en la guerra. La exclusión, su gestión y su control quedaron así profundamente politizadas. Los pobres o procedentes de hogares maltrechos por el hambre o la enfermedad, identificados simbólicamente con los "rojos". Consideraban que a unos y a otros debían ser controlados, castigados y reeducados.

Háblanos de la disciplina, de la atmósfera  marcial, de la obsesión religiosa, de la reconquista de las almas rojas.

La obsesión religiosa fue tremenda. La presencia de asesores religiosos en Auxilio Social (Pedro Cantero Cuadrado fue Asesor Nacional desde 1940) garantizaba la presencia de contenidos católicos en la educación, en las consignas, y en la organización de la vida cotidiana, a base de rezos, misas, ejercicios espirituales. Tan sólo en 1940 fueron bautizados en las instituciones que dependían de Auxilio Social más de 24.000 niños.  Las comuniones eran ceremonias que se difundían en la prensa como una forma más de exhibir que se reconquistaba a los más pequeños.

Y si la religión estaba en manos de estos curas asesores (los había en todas las provincias), la disciplina de tipo paramilitar estaba en manos de los instructores de Falange. El trato que prodigaba a los niños era brutal y el momento de la instrucción uno de los más duros de cada día. Casi todos tienen recuerdos muy dolorosos sobre las marchas, las siestas bajo el sol implacable del verano, obligados a permanecer inmóviles durante horas; o las flexiones inacabables como castigo; o las palizas por no haber marchado correctamente. También solían vestir con uniforme de Falange para salir a pasear por el pueblo o para visitar a sus padres encarcelados.

¿Quiénes fueron Mercedes Sanz Bachiller y Javier Martínez de Bedoya?

Mercedes Sanz Bachiller era la viuda de Onésimo Redondo, uno de los fundadores de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) que fue, a su vez, uno de los primeros núcleos fascistas de la España de los años treinta. Onésimo murió en julio de 1936, mientras combatía en los alrededores de Valladolid contra los republicanos. Sanz Bachiller, que entonces tenía 24 años, ocupó temporalmente el cargo de jefa (jefe, según la terminología de la época) territorial de Valladolid.

En el verano de 1936 se reencontró con su viejo amigo y camarada Javier Martínez de Bedoya, también jonsista y recién llegado de Alemania. Juntos decidieron poner en marcha este proyecto asistencial. Contraerían matrimonio en 1939, algo que supuso un fuerte varapalo para la memoria de Onésimo Redondo y que  a  Mercedes no le perdonaron fácilmente los falangistas. Por pertenecer a ese falangismo "de primera hora", con unos componentes más radicales que el de José Antonio Primo de Rivera, y muy distinto del falangismo de posguerra (lleno de conservadores de la CEDA y oportunistas, fueron progresivamente marginados de la vida pública. Un ejemplo fue el trato que se dio a ambos, que terminaron dimitiendo por la fuerza en 1939 (Bedoya), por un enfrentamiento con Serrano Suñer, y en 1940 (Sanz Bachiller), por la afrenta de Pilar Primo de Rivera.

¿Qué hacía una escritora como Carmen de Icaza en este universo?

Entró a petición de Sanz Bachiller porque era una mujer culta y que sabía idiomas, algo importante cuando se preveían varios viajes al extranjero (Alemania e Italia) para imitar sus sistemas asistenciales. También se movía en el círculo de amistades de Serrano Suñer. Pero lo que no suele decirse es que esta mujer, como colaboradora de ABC, Ya y Blanco y Negro, ya había escrito muchos artículos sobre la asistencia a mujeres y niños antes de la guerra civil, lo que mostraba su preocupación por este tema (fue uno de los grandes temas del período de entreguerras) y su reflexión sobre la necesidad de profesionalizar este ámbito. Carmen de Icaza contribuyó así al debate sobre la transición a un modelo asistencia menos dependiente de la "caridad cristiana" y la buena voluntad de las mujeres de la alta sociedad, y con mayor presencia de médicos, enfermeras y personal especializado. Así fue también, al menos al principio, el Auxilio Social.

¿Por qué el Auxilio Social estaba tan mal viso por Falange y también por la Iglesia Católica, al menos en algunos de sus aspectos?

Una de las paradojas de esta historia es que Auxilio Social puso la cara amable del régimen de Franco y constituyó una de las señas de identidad de Falange, pero buena parte de esos falangistas conectados con el entorno de José Antonio, o antiguos conservadores, procuraron marginar a los jonsistas y controlar el Auxilio Social, como plataforma de proyección pública que era para aquéllos. En el trasfondo había una historia de rivalidad y de competencia por ocupar espacios de poder en la dictadura.

En cuanto a la Iglesia, no es cierto que mirase con malos ojos al Auxilio Social. Eso sí, esta institución tuvo que dejar claras sus credenciales católicas ya en el año 1937 y demostrar que su doctrina y sus realizaciones eran perfectamente compatibles con las de la Iglesia. Lo que hay desde este momento es colaboración: los asesores nacionales de cuestiones morales y religiosas controlaron la vida cotidiana en los hogares. Cantero Cuadrado explicaba en uno de sus libros que la Iglesia debía estar muy contenta tras la guerra civil, porque gracias a la guerra sus grandes enemigos (el liberalismo y el marxismo) habían sido erradicados de España, y porque además las masas, antes alejadas de la Iglesia, volvían a acercarse a ella al asistir a los comedores de Auxilio Social. Es decir, la Iglesia ya no tenía que esforzarse para "reconquistar a las masas", porque esas "masas" estaban ya a su disposición en los centros asistenciales falangistas.

¿Cómo son esos testimonios orales que has introducido?

 

Son en general muy emotivos porque se centran ante todo en la historia personal, en la historia familiar que llevó a estos pequeños a entrar en Auxilio Social. Casi todos coinciden en disociar la vida del hogar del régimen -muy pocos la ven como el producto de una dictadura que maltrató a los vencidos y que ellos, incluso si no procedían de familias republicanas, formaban parte, simbólicamente, de este colectivo.

De los entrevistados, la mitad procedían de familias republicanas, la otra mitad de familias maltratadas por la miseria de la posguerra o las enfermedades, y de esta forma considero que he podido acceder a una muestra bastante representativa del perfil de niños que vivieron en Auxilio Social.

También reflejan trayectorias vitales muy intensas, porque muchos de ellos están en la actualidad intentando reconstruir y dar sentido a esta etapa de sus vidas.

¿Cuál es la importancia de Carlos Giménez y su serie de 'Paracuellos'?

La serie de cómics Paracuellos ha sido todo un ejercicio de "memoria" porque las historias que se cuentan en ellos están basadas en las experiencias que él mismo y sus compañeros pasaron en éste y otros hogares madrileños. Por lo tanto, desde este punto de vista, es una fuente primordial para conocer cómo era la vida dentro de los hogares. Pero, además, y su lectura por parte de otros "niños de Auxilio Social" ha generado una rápida identificación con los personajes. Ha contribuido así a crear algo parecido a una "memoria colectiva" de los niños de Auxilio Social.

Qué es lo que más te ha conmovido de estas historiasŠ, que a menudo parecen de terror o inverosímiles.

Que lo más duro para ellos no era el hambre, ni la sed, ni las palizas, sino estar alejados de sus madres. Es en este momento de la entrevista en el que la mayoría se venían abajo. También me ha conmovido la enorme generosidad de estas personas, quienes, a pesar de estar sumidos en un régimen de maltrato sistemático, eran capaces de ver y apreciar enormemente gestos aislados de cariño o confianza.

Y, sobre todo, la enorme vitalidad de estas personas en la actualidad, implicadas, muchas de ellas, en la recuperación de su propio pasado buscando a compañeras, yendo a los archivos, leyendo libros de historia... Dos de las niñas entrevistadas, una de ellas de Zaragoza, fueron pioneras en lo que hoy llamaríamos el movimiento de "recuperación de la memoria histórica", intentando devolver a sus padres, fusilados o expoliados, la dignidad que les arrebató la dictadura.

 

*Esta tarde, a las 19.30, en el fórum de la FNAC de Plaza de España, la historiadora Ángela Cenarro, profesora titular de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, formada en Londres y en Nueva York, presenta su nuevo libro: ‘Los niños del Auxilio Social’ (Espasa).

CANITO: UN DIÁLOGO, UNA VIDA

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"HE AMADO MUCHO. LA GIMNASIA MEJOR ES LA DE LA CAMA"

El reportero, de 96 años, repasa su vida de púgil, químico y fotógrafo taurino

"Gonzalo Guerra me acogió y ocultó en Madrid, me salvó la vida y me enseñó fotografía"

"Las mejores fotos siempre son las que se escapan. Huyen para que las sueñes luego"

"Toreé en Alicante ante los comunistas y en Orihuela para los anarquistas de la FAI"

 

Francisco Cano, 'Canito', (Alicante, 1912) es el testigo más antiguo de los toros. Es como el oráculo de la fiesta: lo ha visto casi todo y ha estado en todas partes. La fama se la debe a un hecho inolvidable, coronado por la leyenda y el drama: la muerte de Manolete en Linares el 28 de agosto de 1947, Cano captó casi 200 fotos de la cogida mortal del hombre que todos idolatraban y que vivía una intensa historia de amor con Lupe Sino, estorbada por la terquedad de doña Angustias, la madre del matador. El respeto que genera se lo debe a que lleva desde 1943, es decir, 66 años ininterrumpidos, tomando fotos, de plaza en plaza, buscando el escorzo ideal, el volatín airoso, el movimiento con el que se dibuja una verónica armoniosa. Puesto a acumular cifras, Cano podría decir: "He hecho más de 60 veces los sanfermines, he cazado con Gary Cooper, Ernest Hemingway y con Orson Welles. Me he emborrachado varias veces con Ava Gardner, la mujer más hermosa que he visto nunca. He vendido una foto de Manolete por 300 euros y José Tomás me dijo que era la mejor foto que había visto nunca de los toros".

Su vida parece una novela…

Algo de ello habrá, sí.

Por ejemplo, usted empezó de boxeador, ¿no?

No exactamente, pero estuve a punto de debutar. Todo empezó por una pelea. Un día iba con un amigo mío, muy alto, y de repente me vi metido en una gresca con un tipo muy grande. Estábamos en el interior de un portal. Mi amigo me dejó solo y el otro me dio una buena paliza; si yo le daba una leche, él me daba veintiuna.

¿Qué pasó luego?

Un día iba por la calle de mi ciudad, Alicante, con un amigo y vi al joven que me había dado una paliza. Le pregunté a mi compañero si lo conocía. Me dijo: "¿No me digas que no lo conoces? Es un famoso campeón de boxeo". Me quedé de piedra. Y decidí irme al boxing, al gimnasio, donde él se entrenaba. Entré, vi al encargado y le dije que quería cruzarme guantes con él. El hombre me preguntó si había boxeado alguna vez. Le contestó que no, y me dijo si me había vuelto loco. Le dije que quería hacer boxeo. Al cabo de quince días o así, empecé a entrenarme con él. Peleaba muy bien y era hasta amable conmigo. Cuando se confiaba, yo le soltaba un buen golpe, un duro golpe que le hacía daño. Mucho daño. Recuerdo que me miraba con sorpresa y me advertía. Casi siempre se contenía. Un día le dije: "¿No sabes quién soy?"

O sea, que se estaba vengando, así como quien no quiere la cosa, de aquella paliza en el portal.

Sí. Le di más de doscientos golpes poco a poco, a lo largo de los días. Doscientos golpes contundentes. Yo creo que serían doscientos. Él me dijo que no me había visto antes, y yo le pregunté si recordaba él día que le había dado una paliza a un chaval menudo en el portal. "Ah, cabrón, cabrón, eras tú". Se enfadó mucho, quizá me soltase algún mamporro. Al poco tiempo nos hicimos grandes amigos y me enseñó a pelear. ¿Sabe una cosa?

Diga, Cano…

Yo creo que todo el mundo debería saber boxear y defenderse. Yo tengo ahora un nieto y quiero que aprenda. Solo me he peleado de veras dos veces en la vida, y gracias a lo que había aprendido en el gimnasio me deshice de dos tipos que me sacaban una cabeza.

Sospecho, por lo que dice, que no se dedicó al pugilismo…

Espere, espere. Yo tenía el sueño de convertirme en boxeador. Le dije a mi padre, que era el responsable de un balneario, que me marchaba a Barcelona. Un poco cabreado, me dijo: "Si te vas a Barcelona no vuelvas aquí si no es con el título de campeón nacional de boxeo". Hablaba en serio.

¿Y usted se rajó?

Me dio miedo. Yo era poquita cosa. No llegué a debutar.

Dejó el boxeo. ¿Cuándo aparecieron los toros en su vida?

De inmediato. A mí padre le gustaba mucho el toreo y había lidiado un poco. Ya le dije que era el encargado de un balneario que lindaba con el mar. Un día, un novillo se escapó y se metió en el mar. Literalmente. Como se lo digo. Y yo me metí en el agua y logré sacar al animal. Lo saqué y lo toreé en una especie de explanada con un mantel que había en el balneario. Vinieron cinco o seis mozos para llevárselo en un camión, y en cuanto me vieron empezaron a animarme: "Sigue, torero, sigue", hasta que lo cogieron, lo subieron al camión, y supongo que lo matarían. Pero ahí empezó algo especial…

¿Descubrió el toreo, no?

Exactamente. Luego hubo otros muchos lances. Como novillero llegué a participar en 39 corridas. Y fue Marcial Lalanda quien me dio mi carné profesional de torero.

¿Torero o novillero?

Un momento: un novillero es un torero. Solo cambia la edad y el peso del animal, pero hay que lidiarlo. A mí cualquier persona que se pone delante de un toro me merece mucho respeto. Se juega la vida. Cuando llegó la Guerra Civil, yo ya tenía algo de fama y hube de torear en Alicante por los soldados del Frente Popular, en concreto para los comunistas, y para los anarquistas de la FAI en Orihuela, pero no llegué a tomar la alternativa. Me perjudicó el parón del conflicto.

¿Qué sucedió luego?

Algo que fue muy determinante. Los comunistas me metieron en un convoy para Madrid, estaba malherido, el toro me había partido el escroto, y logré escaparme para no ir al frente. Después de eso me refugié tres años en la calle Ventura de la Vega, 21, en Madrid. Me acogió y ocultó en su casa el químico Gonzalo Guerra Banderas. Fue muy generoso conmigo. Me salvó la vida porque ya le digo que yo llegué herido a Madrid. Me enseñó de todo: aprendí a hacer perfumes y jabones. Fueron tres años maravillosos. Decidí que no iba a ser torero.

¿Cómo se hizo fotógrafo?

Por puro azar y gracias a él. Le gustaban mucho las fotos y ya realizaba instantáneas en color. Yo no sabía nada de fotografía. Sin embargo, llegamos a construir una máquina entre los dos con algunos materiales que encontramos en el rastro. La rediseñamos, la soldamos, le pusimos un objetivo y, ¡hala!, vamos a hacer fotos. Fue él también quien me enseñó a trabajar en el laboratorio. El primer reportaje que hice fue a un torero peruano, Alejandro Montani, 'el Sol del Perú'. Le hice unas veinticinco docenas de tomas.

¿Qué tal la experiencia?

Estupenda. Eso debió ser en 1943, más o menos. Me pasaba algo muy curioso: en primer lugar había sido torero de 39 corridas y mucha gente me conocía. Además, y eso me benefició mucho, conocía el secreto de los lances, sabía cómo iba a ponerse el torero, cómo iba a entrar a matar. Sabía cuándo era el momento más importante de una corrida para disparar y eso me benefició mucho. No es por chulearme, pero pronto me hice el amo. Después de esa primera cámara, compré una Kodak Brownie por 21 pesetas, luego tuve mi primera Leica, una cámara maravillosa, y a partir de ahí todo fue coser y cantar.

¿Ha sido tan mujeriego y seductor como dicen?

Bueno, no tanto. Me casé varias veces: mi primera mujer se murió joven y me dejó cuatro hijos; luego una valenciana me dio dos hijos más. No todo fue fácil.

¿Por qué lo dice?

Porque hubo un momento que la Falange quiso quitarme el carné. Uno al que yo había ayudado mucho me denunció diciendo que yo no era profesional. Y durante una corrida vino alguien, falangista, sin duda, a quitarme la máquina. Les dije: "Me tienen que matar antes". Tuve que ir al sindicato y allí estaba, al frente, Camilo José Cela, que se portó muy mal conmigo. Fue realmente maleducado. ¡Que Dios lo tenga allá lejos! Al final todo se arregló.

¿Cómo vivía la fiesta?

Bien. Me sentía a mi aire. Feliz. Frecuentaba la casa de los Bienvenida, de los Dominguín, de los Ordóñez. Si digo que crecí y que aprendí mucho con ellos no miento. Estuve muchas horas en su compañía. En realidad, por eso fui a Linares.

¿Por qué fue?

Porque iba mucho con los Dominguín, boxeé alguna vez con Domingo Dominguín. Y pasé por su casa para cobrarle unas fotos a Luis Miguel Dominguín. Me dio largas y largas, y de repente me dijo que lo acompañase a una corrida importante a Linares. Que le hiciera un reportaje, allí me lo pagaría todo. Y eso hice. Luego pasó lo que pasó: murió Manolete, y yo estaba allí con mi cámara y muy cerca de él.

Usted habla de otros amigos: Gary Cooper, Ernest Hemingway, Orson Welles, Ava Gardner...

Los conocí a todos, y fui de caza con ellos varias veces. Eran simpáticos, muy simpáticos. Orson Welles, además, era un tipo genial, se veía que era muy inteligente y que tenía una gran personalidad. ¡Qué le voy a decir de Ava Gardner! Era maravillosa, la mujer más bella del mundo. Como una diosa. Nunca he visto nada igual. Nos emborrachamos a menudo y también venía de cacería. Como era así, desprendida, también me besaba, pero nada más.

¿Cuáles son sus mejores fotos?

Las que se escapan siempre son las mejores. No tengo duda. Es como si huyesen para que las soñaras luego.

¿Cuál es el secreto de su longevidad? ¿Lo sabe, lo sospecha?

No lo sé. Hay un médico, que es muy amigo mío, que siempre me dice lo mismo: "El secreto de Cano es que ha follado mucho y que ha comido poco". Y es cierto, sí. He amado mucho, he hecho mucho el amor, he gozado mucho, muchísimo. La mejor gimnasia que existe es la de la cama.

LA GOTA DE SANGRE DEL TORERO DE MÁS AIRE

La esposa de Francisco Cano, 'Canito', lo reclama una y otra vez. Están a punto de sortearse los toros para la corrida del pasado viernes en la Misericordia. Y ella, probablemente, habrá oído y leído una y mil veces la historia de la cogida de Manolete. Ese reportaje que guardó celosamente y que empezó a mostrar a principios de los años 70. Se exhibió en Zaragoza, en una muestra organizada por la Diputación de Zaragoza, y durante muchos años fue uno de los tesoros del Museo Taurino de Enrique Asín -su gran amigo y su gran anfitrión en muchas tardes de fiesta-, en Blas y Ubide 12+1.

Como si fuera un showman, Cano coge la grabadora y le habla: le cuenta que en Linares, en agosto de 1947, toreaban Manolete, Gitanillo de Triana y Dominguín. Dice: "Manolete andaba preocupado, parecía tener la cabeza en otro sitio. Su madre no aceptaba a su amante Lupe Sino y eso le desconcertaba. No era un buen día para él. Entró a matar a la suerte contraria y el toro le empitonó el muslo con rabia. Al abrir las piernas empezó a sangrar en abundancia. Era impresionante".

Cano tiró muchas fotos, intuyó lo que ni siquiera se atrevía a pensar, intuyó la tragedia, y colaboró en la enfermería. Cuando lo dejaron sobre la cama, se cayó al suelo porque no estaba bien puesta. Le hicieron dos transfusiones, pero no sirvió de nada. "Poco después se moría el torero que más me ha gustado nunca. Aún le hice más fotos, tumbado, con y sin pañuelo. Comprobé que la sangre había traspasado el colchón y caía gota a gota. Era mi ídolo y creo que nunca he visto un diestro que lo superase". Poco después, Lupe Sino lo llamó y le dijo que quería comprarle las fotos. No se las vendió. En Madrid todo el mundo lo esperaba. Aquel reportaje iba a ser el estandarte de su fama y un recuerdo imborrable. Cano suele decir que lloró como un niño la muerte de Manolete.

 

*Esta entrevista se hizo durante las fiestas del Pilar se publicó el pasado mes de octubre. Ahora Francisco Cano acaba de publicar una selección de sus mejores fotos y una suerte de memorias. La vuelvo a colgar porque no se podía leer.

14/12/2009 10:27 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

CANITO: UNA ENTREVISTA, UNA VIDA

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"HE AMADO MUCHO. LA GIMNASIA MEJOR ES LA DE LA CAMA"

El reportero, de 96 años, repasa su vida de púgil, químico y fotógrafo taurino

"Gonzalo Guerra me acogió y ocultó en Madrid, me salvó la vida y me enseñó fotografía"

"Las mejores fotos siempre son las que se escapan. Huyen para que las sueñes luego"

"Toreé en Alicante ante los comunistas y en Orihuela para los anarquistas de la FAI"

 

Francisco Cano, 'Canito', (Alicante, 1912) es el testigo más antiguo de los toros. Es como el oráculo de la fiesta: lo ha visto casi todo y ha estado en todas partes. La fama se la debe a un hecho inolvidable, coronado por la leyenda y el drama: la muerte de Manolete en Linares el 28 de agosto de 1947, Cano captó casi 200 fotos de la cogida mortal del hombre que todos idolatraban y que vivía una intensa historia de amor con Lupe Sino, estorbada por la terquedad de doña Angustias, la madre del matador. El respeto que genera se lo debe a que lleva desde 1943, es decir, 66 años ininterrumpidos, tomando fotos, de plaza en plaza, buscando el escorzo ideal, el volatín airoso, el movimiento con el que se dibuja una verónica armoniosa. Puesto a acumular cifras, Cano podría decir: "He hecho más de 60 veces los sanfermines, he cazado con Gary Cooper, Ernest Hemingway y con Orson Welles. Me he emborrachado varias veces con Ava Gardner, la mujer más hermosa que he visto nunca. He vendido una foto de Manolete por 300 euros y José Tomás me dijo que era la mejor foto que había visto nunca de los toros".

Su vida parece una novela…

Algo de ello habrá, sí.

Por ejemplo, usted empezó de boxeador, ¿no?

No exactamente, pero estuve a punto de debutar. Todo empezó por una pelea. Un día iba con un amigo mío, muy alto, y de repente me vi metido en una gresca con un tipo muy grande. Estábamos en el interior de un portal. Mi amigo me dejó solo y el otro me dio una buena paliza; si yo le daba una leche, él me daba veintiuna.

¿Qué pasó luego?

Un día iba por la calle de mi ciudad, Alicante, con un amigo y vi al joven que me había dado una paliza. Le pregunté a mi compañero si lo conocía. Me dijo: "¿No me digas que no lo conoces? Es un famoso campeón de boxeo". Me quedé de piedra. Y decidí irme al boxing, al gimnasio, donde él se entrenaba. Entré, vi al encargado y le dije que quería cruzarme guantes con él. El hombre me preguntó si había boxeado alguna vez. Le contestó que no, y me dijo si me había vuelto loco. Le dije que quería hacer boxeo. Al cabo de quince días o así, empecé a entrenarme con él. Peleaba muy bien y era hasta amable conmigo. Cuando se confiaba, yo le soltaba un buen golpe, un duro golpe que le hacía daño. Mucho daño. Recuerdo que me miraba con sorpresa y me advertía. Casi siempre se contenía. Un día le dije: "¿No sabes quién soy?"

O sea, que se estaba vengando, así como quien no quiere la cosa, de aquella paliza en el portal.

Sí. Le di más de doscientos golpes poco a poco, a lo largo de los días. Doscientos golpes contundentes. Yo creo que serían doscientos. Él me dijo que no me había visto antes, y yo le pregunté si recordaba él día que le había dado una paliza a un chaval menudo en el portal. "Ah, cabrón, cabrón, eras tú". Se enfadó mucho, quizá me soltase algún mamporro. Al poco tiempo nos hicimos grandes amigos y me enseñó a pelear. ¿Sabe una cosa?

Diga, Cano…

Yo creo que todo el mundo debería saber boxear y defenderse. Yo tengo ahora un nieto y quiero que aprenda. Solo me he peleado de veras dos veces en la vida, y gracias a lo que había aprendido en el gimnasio me deshice de dos tipos que me sacaban una cabeza.

Sospecho, por lo que dice, que no se dedicó al pugilismo…

Espere, espere. Yo tenía el sueño de convertirme en boxeador. Le dije a mi padre, que era el responsable de un balneario, que me marchaba a Barcelona. Un poco cabreado, me dijo: "Si te vas a Barcelona no vuelvas aquí si no es con el título de campeón nacional de boxeo". Hablaba en serio.

¿Y usted se rajó?

Me dio miedo. Yo era poquita cosa. No llegué a debutar.

Dejó el boxeo. ¿Cuándo aparecieron los toros en su vida?

De inmediato. A mí padre le gustaba mucho el toreo y había lidiado un poco. Ya le dije que era el encargado de un balneario que lindaba con el mar. Un día, un novillo se escapó y se metió en el mar. Literalmente. Como se lo digo. Y yo me metí en el agua y logré sacar al animal. Lo saqué y lo toreé en una especie de explanada con un mantel que había en el balneario. Vinieron cinco o seis mozos para llevárselo en un camión, y en cuanto me vieron empezaron a animarme: "Sigue, torero, sigue", hasta que lo cogieron, lo subieron al camión, y supongo que lo matarían. Pero ahí empezó algo especial…

¿Descubrió el toreo, no?

Exactamente. Luego hubo otros muchos lances. Como novillero llegué a participar en 39 corridas. Y fue Marcial Lalanda quien me dio mi carné profesional de torero.

¿Torero o novillero?

Un momento: un novillero es un torero. Solo cambia la edad y el peso del animal, pero hay que lidiarlo. A mí cualquier persona que se pone delante de un toro me merece mucho respeto. Se juega la vida. Cuando llegó la Guerra Civil, yo ya tenía algo de fama y hube de torear en Alicante por los soldados del Frente Popular, en concreto para los comunistas, y para los anarquistas de la FAI en Orihuela, pero no llegué a tomar la alternativa. Me perjudicó el parón del conflicto.

¿Qué sucedió luego?

Algo que fue muy determinante. Los comunistas me metieron en un convoy para Madrid, estaba malherido, el toro me había partido el escroto, y logré escaparme para no ir al frente. Después de eso me refugié tres años en la calle Ventura de la Vega, 21, en Madrid. Me acogió y ocultó en su casa el químico Gonzalo Guerra Banderas. Fue muy generoso conmigo. Me salvó la vida porque ya le digo que yo llegué herido a Madrid. Me enseñó de todo: aprendí a hacer perfumes y jabones. Fueron tres años maravillosos. Decidí que no iba a ser torero.

¿Cómo se hizo fotógrafo?

Por puro azar y gracias a él. Le gustaban mucho las fotos y ya realizaba instantáneas en color. Yo no sabía nada de fotografía. Sin embargo, llegamos a construir una máquina entre los dos con algunos materiales que encontramos en el rastro. La rediseñamos, la soldamos, le pusimos un objetivo y, ¡hala!, vamos a hacer fotos. Fue él también quien me enseñó a trabajar en el laboratorio. El primer reportaje que hice fue a un torero peruano, Alejandro Montani, 'el Sol del Perú'. Le hice unas veinticinco docenas de tomas.

¿Qué tal la experiencia?

Estupenda. Eso debió ser en 1943, más o menos. Me pasaba algo muy curioso: en primer lugar había sido torero de 39 corridas y mucha gente me conocía. Además, y eso me benefició mucho, conocía el secreto de los lances, sabía cómo iba a ponerse el torero, cómo iba a entrar a matar. Sabía cuándo era el momento más importante de una corrida para disparar y eso me benefició mucho. No es por chulearme, pero pronto me hice el amo. Después de esa primera cámara, compré una Kodak Brownie por 21 pesetas, luego tuve mi primera Leica, una cámara maravillosa, y a partir de ahí todo fue coser y cantar.

¿Ha sido tan mujeriego y seductor como dicen?

Bueno, no tanto. Me casé varias veces: mi primera mujer se murió joven y me dejó cuatro hijos; luego una valenciana me dio dos hijos más. No todo fue fácil.

¿Por qué lo dice?

Porque hubo un momento que la Falange quiso quitarme el carné. Uno al que yo había ayudado mucho me denunció diciendo que yo no era profesional. Y durante una corrida vino alguien, falangista, sin duda, a quitarme la máquina. Les dije: "Me tienen que matar antes". Tuve que ir al sindicato y allí estaba, al frente, Camilo José Cela, que se portó muy mal conmigo. Fue realmente maleducado. ¡Que Dios lo tenga allá lejos! Al final todo se arregló.

¿Cómo vivía la fiesta?

Bien. Me sentía a mi aire. Feliz. Frecuentaba la casa de los Bienvenida, de los Dominguín, de los Ordóñez. Si digo que crecí y que aprendí mucho con ellos no miento. Estuve muchas horas en su compañía. En realidad, por eso fui a Linares.

¿Por qué fue?

Porque iba mucho con los Dominguín, boxeé alguna vez con Domingo Dominguín. Y pasé por su casa para cobrarle unas fotos a Luis Miguel Dominguín. Me dio largas y largas, y de repente me dijo que lo acompañase a una corrida importante a Linares. Que le hiciera un reportaje, allí me lo pagaría todo. Y eso hice. Luego pasó lo que pasó: murió Manolete, y yo estaba allí con mi cámara y muy cerca de él.

Usted habla de otros amigos: Gary Cooper, Ernest Hemingway, Orson Welles, Ava Gardner...

Los conocí a todos, y fui de caza con ellos varias veces. Eran simpáticos, muy simpáticos. Orson Welles, además, era un tipo genial, se veía que era muy inteligente y que tenía una gran personalidad. ¡Qué le voy a decir de Ava Gardner! Era maravillosa, la mujer más bella del mundo. Como una diosa. Nunca he visto nada igual. Nos emborrachamos a menudo y también venía de cacería. Como era así, desprendida, también me besaba, pero nada más.

¿Cuáles son sus mejores fotos?

Las que se escapan siempre son las mejores. No tengo duda. Es como si huyesen para que las soñaras luego.

¿Cuál es el secreto de su longevidad? ¿Lo sabe, lo sospecha?

No lo sé. Hay un médico, que es muy amigo mío, que siempre me dice lo mismo: "El secreto de Cano es que ha follado mucho y que ha comido poco". Y es cierto, sí. He amado mucho, he hecho mucho el amor, he gozado mucho, muchísimo. La mejor gimnasia que existe es la de la cama.

LA GOTA DE SANGRE DEL TORERO DE MÁS AIRE

La esposa de Francisco Cano, 'Canito', lo reclama una y otra vez. Están a punto de sortearse los toros para la corrida del pasado viernes en la Misericordia. Y ella, probablemente, habrá oído y leído una y mil veces la historia de la cogida de Manolete. Ese reportaje que guardó celosamente y que empezó a mostrar a principios de los años 70. Se exhibió en Zaragoza, en una muestra organizada por la Diputación de Zaragoza, y durante muchos años fue uno de los tesoros del Museo Taurino de Enrique Asín -su gran amigo y su gran anfitrión en muchas tardes de fiesta-, en Blas y Ubide 12+1.

Como si fuera un showman, Cano coge la grabadora y le habla: le cuenta que en Linares, en agosto de 1947, toreaban Manolete, Gitanillo de Triana y Dominguín. Dice: "Manolete andaba preocupado, parecía tener la cabeza en otro sitio. Su madre no aceptaba a su amante Lupe Sino y eso le desconcertaba. No era un buen día para él. Entró a matar a la suerte contraria y el toro le empitonó el muslo con rabia. Al abrir las piernas empezó a sangrar en abundancia. Era impresionante".

Cano tiró muchas fotos, intuyó lo que ni siquiera se atrevía a pensar, intuyó la tragedia, y colaboró en la enfermería. Cuando lo dejaron sobre la cama, se cayó al suelo porque no estaba bien puesta. Le hicieron dos transfusiones, pero no sirvió de nada. "Poco después se moría el torero que más me ha gustado nunca. Aún le hice más fotos, tumbado, con y sin pañuelo. Comprobé que la sangre había traspasado el colchón y caía gota a gota. Era mi ídolo y creo que nunca he visto un diestro que lo superase". Poco después, Lupe Sino lo llamó y le dijo que quería comprarle las fotos. No se las vendió. En Madrid todo el mundo lo esperaba. Aquel reportaje iba a ser el estandarte de su fama y un recuerdo imborrable. Cano suele decir que lloró como un niño la muerte de Manolete.

 

*Esta entrevista se hizo durante las fiestas del Pilar se publicó el pasado mes de octubre. Ahora Francisco Cano acaba de publicar una selección de sus mejores fotos y una suerte de memorias.

 

14/12/2009 10:09 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

ÓSCAR ESQUIVIAS: UNA ENTREVISTA

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Hace algo más de una semana, estuve en A Coruña. Llegué el sábado por la noche y regresé a Zaragoza el domingo por la mañana. Iba a buscar a mi madre. Tuve tiempo de pasar un instante por la Feira do Libro y me paré en algunos sitios. Vi la caseta de la espléndida editorial Ediciones del Viento de Eduardo Riestra, a quien invité hace algunos años a un encuentro de editores en Albarracín en 2006, y me paré un instante a curiosear en su catálogo. De repente, vi el libro ‘La marca de Creta’ de Óscar Esquivias, un escritor al que había seguido a raíz de ‘Inquietud en el paraíso’. Vi, además, que el volumen, que me había pasado inadvertido, había recibido el premio Setenil al mejor libro de relatos de 2008. Saludé a Eduardo, que es un hombre simpático y bondadoso, con gran conocimiento de su oficio y de la literatura, y compré el libro. Me deslumbró por completo. Esta mañana he recibido en mi blog la visita de Marta María López, de Asturias, que posee un fino sentido literario y es una apasionada del relato breve, y eso me atrajo hacia su blog, www.eldesvandeloslibros.net, que ya había visitado en otra ocasión y me encontré con esta interesante entrevista a Óscar Esquivias. Lo tomo aquí prestada por si alguien no la hubiera visto en el blog de Marta y le envío mi felicitación a ambos: a Óscar y a Marta. Después de leerla, releo otra vez ‘Maternidad’…

 

ENTREVISTA CON ÓSCAR ESQUIVIAS

 

Por Marta María LÓPEZ. El desván de los libros

Óscar Esquivias (Burgos, 1972) ha escrito novela, ensayo, cuento y poesía. Codirigió la revista El Mono de la Tinta y fundó y dirigió Calamar. Ha ganado premios como el Letras Jóvenes de Castilla y León, el Arte Joven de la Comunidad de Madrid, el Premio Ateneo Joven de Sevilla y el Premio de la Crítica de Castilla y León. Hace pocos días se le concedió el V Premio Setenil al mejor libro de relatos por La Marca de Creta (Ediciones del Viento).


1. Antes de nada, Óscar, quiero darte la enhorabuena por el Setenil. El título de tu libro de relatos, La marca de Creta, hace referencia a esa piedra blanca que usaban los romanos para marcar sus días felices. Es también el título del relato que cierra el libro. ¿Por qué elegiste precisamente ése?


Muchas gracias por la enhorabuena, Marta. Estuve dudando entre titular el libro «La fiesta más divertida» o «La marca de Creta». En el fondo ambos evocan lo mismo: un momento de plenitud, de felicidad. Creo que finalmente me quedé con «La marca de Creta» porque suena más misterioso.


2. Estos relatos habían sido publicados en varias revistas españolas y americanas y tú los seleccionaste para agruparlos en este volumen. ¿Qué criterio seguiste para esta selección?


Primero elegí los cuentos que me parecían mejores entre los que había escrito durante los últimos quince años. Después, busqué los que tuvieran cierta afinidad: me interesaba que el libro fuera algo más que una mera antología o acumulación de textos, que poseyera alma propia.


3. En la mayoría de estos relatos aparece Burgos, pero da la impresión de que es un Burgos que se recupera desde el recuerdo, a veces desde la añoranza y otras veces desde la angustia, ¿es así?


Ahora vivo en Madrid, pero Burgos ha sido el escenario más importante de mi vida y también de mi literatura. En esta ciudad tuve todas las experiencias importantes que han conformado la persona que soy. Guardo de la ciudad y del pueblo de la provincia donde me crié recuerdos muy intensos y variados que son los que se reflejan en mis cuentos (aunque los sentimientos de mis personajes no son necesariamente los míos, claro está). En cualquier caso, Burgos me ha resultado siempre un lugar muy inspirador.


4. Uno de los temas más recurrentes del libro (y uno de los más interesantes) es el del muchacho que se marcha del pueblo y encuentra la libertad (Hijos de Dios, La fiesta más divertida) o el muchacho que se queda en el pueblo mientras todos se van y una sensación de soledad, ahogo y extrañamiento lo domina (Septiembre). El pueblo es como una tenaza y la libertad sólo se encuentra lejos de allí. Hay que marcharse para poder ser quien uno es.


Sí, cuando las expectativas del entorno inmediato no coinciden con las íntimas de una persona y uno se ve incapaz de modificar tal entorno. Todos sabemos cómo la presión familiar o social puede anular la vocación de una persona o sofocar sus aspiraciones vitales más íntimas (su sexualidad, por ejemplo). Aparte, a lo largo de mi vida he tenido siempre gustos contradictorios: por una parte, soy una persona sociable y me gusta el trato con la gente; por otra, amo la soledad y el silencio y necesito periodos de retiro y aislamiento. A mí me encanta volver al pueblo y pasar allí largas temporadas (sabiendo, claro está, que puedo irme cuando quiera).


5. Me parece muy interesante el modo en el que muestras las relaciones de pareja, el silencio y la costumbre, el desconocimiento del que tenemos al lado, el instante en el que todo se rompe irremediablemente. Estoy recordando ahora La reina del puré y también uno de mis relatos favoritos del libro, El origen de las especies. Este cuento es maravilloso y engancha desde el inicio, con esa pareja que no es capaz de hablar de su relación sin que vuelen las cacerolas y se dedican a hablar de las hormigas que les están invadiendo la casa.


A mí me interesan mucho las relaciones humanas y, dentro de ellas, las de pareja, que son en las que depositamos nuestras mayores esperanzas de plenitud y felicidad. La degradación de ese vínculo, cómo la convivencia de ciertas parejas se convierte en un continuo reproche y desata una violencia más o menos soterrada es algo que me ha atraído siempre como argumento literario.


6. ¿Cuál es tu relato favorito del libro y por qué?


Me gusta mucho leer en público «Maternidad» y me conmueve especialmente «La fiesta más divertida».

 

7. Muchos de tus personajes son adolescentes, tanto en cuentos como en novelas (las que tienen como protagonista a Étienne). ¿Por qué te interesa tanto la adolescencia?


Supongo que porque todavía me siento un adolescente, y esto no lo digo con ironía: me siento más cerca de ellos que de las personas de mi generación que tienen planes de pensiones y acciones de bolsa. La adolescencia puede ser un periodo turbulento, pero también luminoso, lleno de intuiciones, de energía.


8. Has tocado casi todos los géneros literarios. ¿En cuál te sientes más cómodo? ¿Qué inconvenientes y que virtudes encuentras en cada uno de ellos a la hora de dar forma a las ideas?


Me siento muy cómodo en el cuento y en la novela, y muy incómodo en la poesía. Yo no elijo la forma literaria de mis textos: cada idea reclama un desarrollo distinto y cuando me veo escribiendo versos pienso «esto no es lo tuyo, Óscar», pero no puedo evitar hacerlo (por fortuna, la musa poética me visita muy rara vez). En general, me siento feliz cuando se me ocurren ideas para cuentos porque el resultado es inmediato. Las novelas dan muchas satisfacciones, pero requieren un trabajo mucho más largo y constante. Lo que más me interesa ahora mismo es el teatro.


9. Por último, Óscar, ¿cuáles han sido los autores y las obras que más te han marcado?


Hay muchos libros que me han entusiasmado: desde niño he sido muy sensible al encanto de una historia bien contada y siempre me he sentido feliz leyendo. Mis libros favoritos durante la infancia fueron los de Julio Verne (sobre todo La isla misteriosa y Miguel Strogoff), El libro de la selva de Kipling, El conde de Montecristo de Dumas y muchos más que sacaba prestados de la biblioteca pública de mi barrio, todos de ese corte aventurero y exótico. Más tarde, en la adolescencia o la juventud, llegaron a mis manos Crimen y castigo de Dostoievski, el Viaje al final de la noche de Céline, Cuento de hadas en Nueva York de Donleavy, Boquitas pintadas de Manuel Puig, Lo prohibido de Galdós o La peste de Camus. Me gustaría pensar que hay algo de estos autores en mis obras (y también de Clarín, Baroja, Unamuno, Gómez de la Serna, Bolaño, Stendhal, Flaubert, Queneau, Bassani, Natalia Ginzburg, Bufalino, Carson McCullers, Vargas Llosa... a todos ellos les he robado algo).

 

*Ilustro la entrevista con un retrato de Óscar Esquivias, realizado por el dibujante, pintor y videocreador Pablo Gallo, un gallego residente en Bilbao.

11/08/2009 18:18 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

ENRIC JULIANA: DIÁLOGO SOBRE 'LA DERIVA DE ESPAÑA'

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Ayer los alcaldes Jordi Hereu, de Barcelona, y Alberto Ruiz-Gallardón, de Madrid, presentaron el libro ‘La deriva de España’ de Enric Juliana, que ha publicado RBA. He entrevistado a Juliana para ‘Heraldo de Aragón’ (ofrezco aquí la entrevista completa) y éstas son sus respuestas. La foto, del acto de ayer, corresponde a J.J. Guillén de la agencia EFE.

 

-¿Qué hace un marinero como usted en la tierra seca de Madrid?

-Lo de marinero supongo que lo dirá usted porque nací en  Badalona, ciudad mediterránea que tuvo en 1979 un gran alcalde aragonés: Mario Díaz (Màrius, para nosotros), hijo de Barbastro. Desde la primavera de 2004, hace de ello cinco  años, dirijo la redacción de ‘La Vanguardia’ en Madrid y escribo crónica política, que es un género periodístico muy abierto. Y observo. Básicamente  observo esa gran ciudad-Estado que es Madrid. Es decir, observo la gran paradoja del estado de  las autonomías: el centro, más fuerte que nunca.

 

-¿En qué consiste ser un observador de media distancia, como le definen y se define?

Escribo para el diario de referencia de la segunda ciudad de España, Barcelona. E intento aplicar el método de la ‘media distancia’ que aprendí siendo corresponsal en Roma. ¿En que consiste este método o actitud? Consiste en sentirse extranjero sin serlo del todo.  Consiste en mirar las cosas como si no te perteneciesen. Consiste en buscar tu propio espacio -periodístico, por supuesto- si arrimarte más de la cuenta a la política politizada. Una vez, Juan José Millás, en plena agitación madrileña, me dijo: “Escribes sobre la política española como si fueses el corresponsal de guerra de un diario de Estambul”. Le respondí al buen amigo Millás: “La mirada distante también puede ser una mirada española”.

                      

-Dice usted que no es nada apocalíptico y que ‘La deriva de España’ nada tiene que ver con el naufragio de España. ¿Cómo debemos entender el título, cuál es su idea general?

No creo que España esté naufragando. No dispongo de datos que me permitan llegar a tal afirmación. No comparto el viejo tenebrismo hispánico, en el que siempre ha habido  mucho teatro y mucha exageración barroca. El país se halla en un momento económico muy delicado; posiblemente nada volverá a ser como antes y muchas cosas importantes deberán ser replanteadas.  El frenazo económico ha pillado a la sociedad española tan de improviso, que en estos momentos las notas dominantes son la perplejidad, la desorientación y unas primeras señales de irritación y profundo desasosiego. Algo de ello ya ha encontrado reflejo en las elecciones gallegas. No tanto en las elecciones vascas, dada la singularidad y el privilegio fiscal de Euskadi. “La deriva de España” significa que el país se halla en estos momentos sin un rumbo preciso en medio del más grave temporal económico vivido desde el final de la Guerra Civil. Puede recuperarlo, o puede quedar al pairo, si en el puente de mando no se toman las decisiones adecuadas. Con todo, mi libro no es un alegato, ni un llamamiento dramático a la salvación nacional. Es un intento de ir más allá de los límites que impone la crónica diaria, para dibujar una panorámica del momento español. Una panorámica que intenta ser rica en detalles e ideas; ideas en forma de paradoja, mayormente.

 

-¿Qué nos dejó el aznarato?

Un modelo de crecimiento económico que ahora amenaza colapso y el intento fallido de construir una alianza preferente con Estados Unidos en detrimento de la Unión Europea.  Aznar ha sido uno de los exponentes más beligerantes de la ideología neoconservadora, hoy derrotada en Estados Unidos. Es un hombre inteligente, con un carácter que no le ha ayudado a conseguir sus objetivos políticos.  Todavía no sé por qué puso los pies sobre la mesa en aquella reunión con Bush; por qué casó a su hija en el monasterio de El Escorial, lugar propio de la realeza, y por qué no pidió consejo fuera de la olla a presión de la Moncloa entre el 11 y el 14 de marzo de 2004.

-Habla usted del ‘misterio Zapatero’ ¿En qué consiste?

Muy poca gente conoce cómo es Zapatero.  De todos los presidentes de Gobierno que ha habido en España de 1977 es el que tiene un manejo más frío de la política.  Más que Aznar, mucho más    que a Aznar.  Le gusta el juego político, en sí mismo, disfruta sobremanera con él. No se angustia. Y esa falta de ansiedad ahora puede traicionarle.

 

-Dice: “Un núcleo rocoso se esconde bajo tanta flexibilidad y tanto deleite por la astucia”. ¿No estará exagerando?

 Zapatero vive la política como una profesión, lo cual no quiere decir que carezca de rasgos mesiánicos, que también los tiene. Su meta era llegar a presidente y lo ha conseguido. Quería instaurar una nueva manera de gobernar el país y en alguna medida lo ha conseguido. El PP puede que regrese al Gobierno en la próxima legislatura. Si ello ocurre, Mariano Rajoy –que será el candidato- asimilará algunos rasgos del ‘zapaterismo’. Puede estar seguro. Si quiere, cruzamos una apuesta.

 

 -Al presidente le aplica otra de sus frases de inspiración marina. “Zapatero se desdibuja con la furia de las olas”. ¿Es así como lo ve en medio del mar de la crisis?

En la anterior legislatura, a Zapatero siempre le costó mucho mantener la iniciativa. Ahora mismo ha vuelto a perderla. Lo cual no le impide ganar elecciones.

 

-Todo el libro se mueve en la paradoja permanente, cuando no en la esquizofrenia. Dice usted que vivimos entre dos polos: el apego a lo local y a la vez la deslocalización. ¿Podría explicarse?

No sé si esquizofrenia es la palabra. Vivimos en una época basada en la dislocación. Nada está en ‘su’ lugar por mucho tiempo. La incertidumbre excita el apego a lo ‘nuestro’ (véase la pelea diocesana entre Lleida y Barbastro) y la nueva dimensión económica y virtual del mundo nos aleja  de lo que un día creímos nuestro

 
-En esa dirección, también anuncia una caída de los nacionalismos y un auge de los regionalismos…

Mire, en España, hoy en día, regionalistas, lo son todos. Los somos todos, me atrevería a decir. El PSOE es regionalista en Aragón. Lo es también, -¡y de qué manera!-, en Andalucía. El PP es hoy el gran partido regionalista de Valencia. La señora Esperanza Aguirre actúa como regionalista madrileña. Habla que parece salida de ‘La verbena de la paloma’.  El nacionalismo es un regionalismo con más antigüedad, con más trienios, con más acreditación histórica, con más voluntad de ser, probablemente. La experiencia de estos últimos años muestra que la excitación nacionalista pierde apoyo social cuando traspasa un cierto umbral retórico y siembra incertidumbre en la sociedad que dice defender. Así acaba de ocurrir en el País Vasco. Pero los nacionalismos no van a desaparecer: son un elemento constitutivo de la moderna identidad española, entendida esa en un sentido amplio y generoso.

 
-¿Qué parece ese otro mito, fabricado por Aznar: la balcanización? ¿Existe, ha sido una cortina de humo?

Como buen neoconservador, Aznar empleó a fondo el método de la polarización. Tensar, tensar, tensar… para aglutinar a los tuyos. Y no hay mejor aglutinante que el miedo. Balcanización significa riesgo de guerra civil. España no está, ni ha estado en riesgo de romperse. Y es perfectamente legítimo que haya gente que defienda programas de independencia, respetando las reglas democráticas. A mayor capacidad de integración de la democracia, mayor unidad real del país. Los materiales más flexibles suelen ser los más resistentes.

 -Dice usted que “la estrategia de la tensión del PP ha sido efectiva”. ¿En qué o por qué?

La estrategia de la tensión del PP en la anterior legislatura no consiguió ganar las elecciones, pero si alcanzó uno de sus objetivos: impedir que Zapatero abriese un surco muy profundo en la sociedad española y se convirtiese en el Felipe González del siglo XXI. Estos días parece evidente que Zapatero tiene tener problemas de profundidad y amarre.

 

-Otra de las paradojas persistentes del libro: dice José Juan Toharia que ‘España es el país más optimista de Europa’ ¿Lo suscribe usted?

El sociólogo Toharia dice que la España democrática es una historia de éxito. Y tiene razón. Con todos sus defectos y precariedades, España ha dibujado una curva ascendente en los últimos treinta años. La creencia de que las cosas pueden mejorar, ni que sea a largo plazo, sigue siendo dominante incluso ahora, en plena crisis.  Toharia dice que un país así, no cae en el pesimismo fácilmente, y yo lo suscribo. En Galicia, la tierra del escepticismo, la desconfianza  y el desapego, según la mitología hispánica,  ¡un 70% de la gente ha ido a votar estas últimas elecciones!   Se sentían comprometidos con su futuro.

 

Anoto otras dos frases suyas: “España (…) es el país de los enfados superfluos”, y “los españoles tienen muy poca historia que celebrar en común”.

-Ya le he dicho antes que España tiende mucho a la exageración barroca. Y nuestro siglo XIX fue un desastre. La decadencia del imperio español comenzó a mediados del siglo XVII, culminó con la Guerra Civil 1936-39 y no nos empezamos a desintoxicar hasta mediados de los años ochenta, al firmarse el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Tenemos mucha historia en común y pocos motivos de sincera celebración. España es una gran singularidad europea.

-¿Por qué es Andalucía la novia de España?

A lo largo de los años sesenta y setenta, en ambientes católicos y de izquierdas comenzó a forjarse la idea de Andalucía como tierra de redención. La idea de que Andalucía sería la prueba del nueve del restablecimiento de la justicia social en España en el momento en que el franquismo fuese sustituido por un régimen democrático.  Ello generó un extraordinario consenso –que aún perdura- sobre la atención y la protección de Andalucía y, por extensión, de toda la España meridional. Los italianos no han conseguido resolver la cuestión del ‘Mezzogiorno’; los españoles, en buena parte, sí. Creo que debe ser motivo de orgullo. Lo que ahora es lícito preguntarse, aun a riesgo de herir alguna susceptibilidad, es si Andalucía no se habrá instalado excesivamente en la esfera de la autosatisfacción.

  

-Vayamos con asuntos de Aragón. ¿Quién ha aportado más al debate nacional: Marcelino Iglesias, Jiménez Losantos o Labordeta?

Marcelino Iglesias siempre me ha parecido un buen presidente, me gusta su reserva y contención. Labordeta es un hombre que cae simpático, aunque no le conozco personalmente (Sé que era muy amigo del alcalde Díaz de Badalona). Y Jiménez Losantos es un auténtico fenómeno de la naturaleza: ¡ha conseguido monopolizar el púlpito más potente de la Iglesia española, sin ser católico! En Roma, lo ven y no se lo creen.

 
-Hace un elogio de la Expo de Zaragoza, un elogio contenido, y dice que “han fallado los lobbies”. ¿Qué lobbies?

Tengo entendido que la promoción de la Expo en el exterior se quedó corta. Hubo menos visitantes extranjeros de los previstos inicialmente. Y en Madrid algunas palancas no se movieron con la intensidad adecuada.

-Estuvo un día en la Expo. ¿Qué le pareció?

Me gustó. Se respiraba un cierto ambiente de contención difícil de encontrar en este tipo de eventos. Los aragoneses tienen sentido de la medida y eso estaba presente en la Expo. Me gustó especialmente el pabellón del Vaticano.

-Por cierto, ¿cuál su visión del conflicto por el patrimonio eclesiástico que existe entre Aragón y Cataluña?

¡Uf! En Italia, cuando un conflicto se enquista y no halla salida, exclaman: beghe di frati! (¡pelea de frailes!). Los conflictos eclesiásticos pueden durar siglos. ¿Cómo solucionarlo? No sé qué decirle. Quizá Lleida debería acatar y dar cumplimiento a la sentencia del tribunal eclesiástico, y Barbastro, con generosidad, compartir ese patrimonio con Lleida; organizar exposiciones itinerantes, por ejemplo. Si no lo tengo mal entendido, el compartir es un concepto cristiano. Lo que no puede ser es que esta bega di frati tapone y mediatice las relaciones entre la sociedad aragonesa y la catalana. Cerremos los ojos, intentemos relajarnos y contemos hasta cinco: estamos en el siglo XXI, Zaragoza y Barcelona se hallan a una hora de distancia con el AVE, Zaragoza y Lleida, a media hora; estamos metidos en una crisis económica de mil demonios…Yo diría que se impone un cierto espíritu de colaboración. Y añadiría que es obligación de la Iglesia católica promoverlo y bendecirlo. 

-Recuerda que el gobierno socialista ha mejorado el estatus financiero de la iglesia católica. ¿Por qué se queja tanto, por qué se manifiestan los curas en las calles?

La Iglesia, acostumbrada durante siglos a mandar en España, cree que la presencia del catolicismo en el espacio público está en peligro y lo defiende. En parte, lo entiendo. Pero no sé si lo defiende de la mejor manera.

 -¿Dejará de ser España un proyecto inacabado alguna vez?

Todo organismo vivo es siempre un proyecto inacabado.

-Volviendo a los periodistas. Lo comparan con Gonzalo de Reparaz y Kondratiev. Me ha sorprendido que no haya reivindicado usted a Larra en el año de su bicentenario…

Esas comparaciones (Gonzalo de Reparaz era geógrafo y Kontratiez, un economista ruso) son unas amables  licencias que se permite el autor del prólogo, el geógrafo valenciano Josep Vicent Boira, puesto que el libro se articula mediante una serie de mapas. ¿Larra? Me gusta más Valle-Inclán.

 

17/03/2009 10:17 Antón Castro Enlace permanente. Entrevistas No hay comentarios. Comentar.

ANTONIO GAMONEDA: UNA ENTREVISTA

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Entrevista. Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) es uno de los grandes poetas españoles del último cuarto de siglo. Autor de libros como “Blues castellano”, “Descripción de la mentira,” o “Libro del frío”, su obra tiene algo de mística de la materia y de alegoría sobre el drama de la vida y el placer de la búsqueda. Recibió el premio Cervantes en 2006.

 

“Soy un proletario que escribe poemas”

 

“El poeta es impúdico y debe serlo”

 

“La poesía puede ser una liberación

satisfactoria y una forma de placer”

 

 

Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) ha estado hace unos días en Zaragoza, invitado por el Pabellón de España. En la Tribuna del Agua leyó un conmovedor, “Ha de llover”, una pieza épica sobre el silencio, el olvido, la represión y la necesidad de defender la memoria histórica. Antonio Gamoneda cosechó el premio Reina Sofía en 2005 y el Premio Cervantes en 2006.

Usted aprendió a leer en un libro de poemas, “Otra más alta vida”, que firmaba Antonio Gamoneda, su propio padre.

Este libro es significativo de otra cosa: es significativo, precisamente, de que en aquellos meses yo, con los cinco años cumplidos, quería aprender a leer y no se podía porque el ejército se había sublevado contra la II República y estábamos ya plenamente en la Guerra Civil. Las escuelas no se abrían así como así. Hubo una muy fuerte expulsión de maestros. Entonces, este libro, datado en 1917, que podía tener la entidad significativa, incluso afortunada y hermosa de que yo aprendiese a leer con un libro de poemas de mi padre, lleva consigo la otra significación: el contexto histórico era bastante duro; sino no hubiera aprendido a leer con este libro, que era el único que teníamos en casa, aunque mi padre en su biblioteca perdida tenía ejemplares dedicados por Valle –Inclán, Unamuno, Azorín...

¿Conoció a su padre, periodista y poeta modernista?

Yo creo que no tenía un año cumplido cuando se murió en 1932 y mi madre me contaba que yo los reconocía, pero eso no quiere decir que a esa edad eso pueda generar memoria. Mi padre era periodista, y director y administrador de un diario. Lo que me contaba mi madre de él estaba rodeado por el amor que le conservó incluso cuando ella estaba ya en plena senilidad. Emigramos a León por el asma de mi madre.

Pero, ¿su padre era como un fantasma para usted?

No, un fantasma, no. Pero, por una especie de paradoja expresiva, era una ausencia que estaba constantemente presente. Mi padre había muerto, pero ese ausente que era mi padre, la misma actitud hacia mí de mi madre, creaba una presencia constante, lo que podríamos llamar presencia de la ausencia.

El hecho de que el libro se llame “Otra más alta vida”, ¿puede entenderse como una definición de la poesía?

Yo pienso que este título hay que leerlo en términos dialécticos. Hay que leer no su contrario pero sí la referencia oculta pero real del título. Si hay una aspiración a otra más alta vida, se trata y sucede porque hay un disgusto, una disconformidad con la vida que se tiene para todos los días y para todos los seres humanos sobre la Tierra.

¿Cómo evolucionaba ese joven que desarrollaba su educación sentimental paralelamente a la del poeta autodidacta?

Esto nos llevaría a una síntesis biográfica un poco complicada. Permítame una pregunta: ¿por qué al día siguiente de cumplir catorce años yo estoy encendiendo a las cinco de la mañana con carbón la caldera del banco Mercantil? El pequeño patrimonio que pudiera tener mi madre en Asturias había desaparecido y teníamos unas circunstancias duras de vida, muy duras. Ahora respondo: yo estaba encendiendo aquella caldera a las cinco de la mañana porque había tenido que salir huyendo de un colegio religioso donde se practicaba la pedofilia con frecuencia y mal gusto. Desaparecí del colegio y le planteé a mi madre la alternativa de que yo quería trabajar; no tenía la edad, pero la tuve al cabo de unos pocos meses y se dio la circunstancia de que ése fue mi primer trabajo…

Un trabajo de recadero, de botones, de chico para todo, ¿no?

Sí, sí, pero con la particularidad de que yo tenía dos jornadas a los catorce años: una, de botones, de recadero, no muy propia de un chiquillo; pero luego tenía también la ya inexistente condición laboral de meritorio. Se trataba de hacer méritos para ir trascendiendo. Entonces era cuando empezaba mi segunda jornada y yo empezaba a las cinco de la mañana y terminaba a las ocho de la tarde, con un rato para comer. Esa experiencia no me ha dejado amargura. Creo que me ha dejado una comprensión de la vida que no hubiera tenido si yo hubiera sido hijo de un papá afortunado.

Su poesía inicial, por ejemplo “Blues castellano”, incluso “Descripción de la mentira”, sajados por la censura, comprende libros donde asume su lugar en el mundo, su clase social, y donde denuncia la represión, la violencia, el olvido ¿Está de acuerdo?

Seguramente es en esos pocos libros donde se hace más evidente todo eso, pero creo que no ha desaparecido de mi escritura el hecho de que yo sea, por decirlo así, con una palabra que ya no usa nadie, un proletario. Soy un proletario que se da la circunstancia de que escribe poemas. En todo caso, tengo que reconocer, me guste o no me guste, que mi materialismo es un tanto visionario. Y esa circunstancia preside gran parte de mi escritura porque mi escritura es constante y únicamente autobiográfica.

En sus libros siempre me ha impresionado esa idea pertinaz del frío, del invierno, del paisaje desolado, algo que se refleja en uno de sus poemarios más estremecedores que es el “Libro del frío”. El frío y la nieve, más que el agua, como emblema de la muerte.

Yo vivo en una localidad y en una provincia fría y, por tanto, como circunstancia, como componente del mundo sensible que me rodea, la nieve tiene una presencia fuerte en León; por tanto, no es extraño que si, como decía antes, mi escritura es fundamentalmente o quizá únicamente autobiográfica, ese contexto natural te viene dado también por la nieve. Y a la nieve le ocurre lo mismo que al agua (escribí por entonces uno de mis poemas más físicos, “Siento el agua”) porque a fin de cuentas es agua en estado sólido con unas virtudes visuales y de otros órdenes característicos. Y aparece la proyección simbólica de la nieve, el entendimiento de la nieve como el frío preambular de la muerte.

Otro detalle sorprendente, vinculado al paisaje: da la impresión de que su poesía nace del paseo, de la contemplación, casi de la “andadura”, como dice usted.

Esto es muy frecuente, por ejemplo, en Claudio Rodríguez, creo que escribió prácticamente su obra andando, y yo, también. La andadura, y hasta podría decir por qué, es la creación de una circunstancia en la cual tu pensamiento puede dar ese pensamiento poético. Lo que pasa es que ahora tengo problemas de osamenta que no me dejan andar todo lo que quisiera y tengo que aprender a andar más bien sentado. Es muy importante sobre todo para el poeta porque el paso crea una rítmica. La rítmica del paso se incorpora a la sensibilidad del poeta y de alguna manera termina estando presente en la escritura también.

¿En qué medida la poesía ha sido para usted adivinación, presagio?

Paul Valéry decía que el primer verso nos lo regalan los dioses. Es una manera irónica e inteligente de decir que el primer verso, y seguramente todos los que le siguen, es ajeno a cualquier proyecto, a la premeditación, a un diseño. El primer verso, y la poesía, es una especie de aparición. Aparece en ti. El pensamiento no es otra cosa que lenguaje, lenguaje íntimo, lenguaje interior. De repente en tu pensamiento aparecen palabras que están dotadas de una rítmica, es muy posible que sea ya la iniciación del poema.

Dice que su poesía es autobiográfica. ¿Se siente impúdico cuando hace poemas?

Si mi escritura no es una emanación de mi vida, no me interesa. Y si es una emanación de la vida tiene que serlo hasta el punto de no encubrir, no ocultar. Por naturaleza y casi por obligación, el poeta es impúdico y debe ser impúdico. La principal utilidad de la poesía consiste en que puede convertirse en una liberación satisfactoria, en una forma de placer. De esto mismo hablan Giaccomo Leopardi y otros poetas grandes.

¡Quién lo diría: Gamoneda aboga por el placer! Parece usted siempre tan serio, tan grave, tan taciturno.

No se crea. Recibo bastantes cartas de gente joven y hasta muy joven que me dicen que mi escritura les ha proporcionado una, no dicen una satisfacción, dicen algo así como una iluminación, una conformidad con la vida finalmente, y yo no sé qué. La poesía no necesita explicaciones, incluso no le convienen. El poema en sus contenidos más o menos comprensibles puede estar cargado de amargura, pero finalmente se configura como una pieza cuya lectura proporciona placer. Un poema desolador es el de Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”; cuando lo lees, lo haces buscando algún tipo de placer. Esto no es exclusivo de la poesía.

La primera recopilación de su lírica, en el año 88, en el volumen “Edad” pareció concentrar el foco nacional en su escritura. Pasaba de ser un poeta de provincia…

Alto, alto. Era y sigo siendo un poeta de provincia y a mucha honra. Mi hábito y mi manera de ser consiste en ser un provinciano, y el mejor poeta de mi barrio.

Desde la publicación de “Edad”, la antología de una revelación, por decirlo así, han pasado muchas cosas. Publicó el “Libro de los venenos”…

Sí, sí, claro. Estudié el “Dioscórides” y la obra de Andrés Laguna, que era un escritor excepcional. Una maravilla.

… publicó “Arden las pérdidas” y ha ganado el Premio Reina Sofía en 2005 y el Premio Cervantes en el año 2006. ¿Cómo lo ha vivido?

Sin duda, los premios me han proporcionado satisfacción, si no me la proporcionasen los hubiera rechazado. Me han producido satisfacción, agradecimiento, pero simultáneamente la conciencia de que el día que me daban ese premio mi poesía no era mejor que el día anterior. He tenido que pagar una pequeña factura que consiste en que llevo año y medio sin casi escribir porque viajo constantemente y estoy muy fatigado, pero no todo va a ser bueno y además gratis. Vengo a la Expo encantado: me siento un poeta del agua, en el agua y con el agua, por decirlo de algún modo. Con los galardones, hay que pagar la factura. Y lo hago con mucho gusto.

 

*Una parte muy extensa de esta entrevista apareció en Heraldo de Aragón hace tres semanas.

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