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PEPE CERDÁ: LECCIÓN DE ARTE E HISTORIA

cerda004.jpgPepe Cerdá (Buñales, Huesca, 1961) le ha dado mil vueltas al arte. Empezó a la sombra de su padre, pintor de caballitos y atracciones, y aprendió los secretos del oficio: la untuosidad de la mancha, la composición, los sueños que cobran forma y dimensión en el lienzo, la artesanía de lo invisible que, mediante el pincel, se hace real. Fue “artista joven”, radical y vanguardista. Entonces le importaba el continente más que el contenido. Estuvo dos años maravillosos en la Casa de Velázquez, al abrigo de un estudio ideal entre jardines y de una biblioteca prodigiosa, y luego decidió hacer su carrera en París.

Llegó, se instaló y percibió casi de golpe que muchos aparatos de feria de la ciudad habían sido pintados por su padre. París, tan alejado de su vida en un principio, era como un arrabal de su pasado y de su historia como hombre y como artista incipiente. Al cabo de un tiempo, tras ensanchar sus contactos y apacentar la bohemia, decidió retornar a Aragón, a un barrio de Zaragoza en concreto, Villamayor, e instaló su estudio, sus pinceles y su sigilosa rebeldía en una vieja casa con leyenda. Se aficionó a su nuevo espacio, al paisaje, umbral monegrino casi, a la noche: el alba se desperezaba antes sus ojos mientras él buscaba una nueva mancha, otro trazo definitivo, la última luz vencida que se diluía en los poros de la materia.

Pintor que piensa, hombre incomodado siempre con lo establecido, artista a la contra y amenísimo conversador, Pepe Cerdá se reencontró con otro periodo de su infancia feliz junto a su padre pintor. Recordó la fascinación que le producían las visitas al Museo de Zaragoza para contemplar la excelente pintura del XIX: Joaquín Pallarés, Mariano Barbasán, Marcelino de Unceta, el fascinante y prodigioso Francisco Pradilla, Félix Lafuente, su amado Moreno Carbonero, quizá Bernardino Montañés, su venerado Marín Bagüés, al que defiende a diario. Aquellos cuadros con evocaciones de episodios históricos, de batallas o de personajes reales como Alfonso I “El Batallador”, Juana la Loca, el príncipe de Viana o el Barranco de la muerte le sojuzgaban. Casi por entonces, decidió revisar los conceptos de vanguardia y modernidad, y se fijó en un puñado de criaturas que había sido la avanzadilla de un momento histórico: reparó en figuras como Joaquín y Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti, Primo de Rivera o el cardenal Soldevila (muerto en 1923 tras un atentado anarquista. Su modernidad hay que entenderla con bastante ironía), y los retrató como si ensayase una nueva pintura mural, de trazado sobrio, aunque no se despojó de pequeños símbolos y matices de su obra anterior.

Después halló, en unos catálogos de la empresa farmacéutica Bayer, unas fotos que le llamaron mucho la atención: coches y funcionarios alemanes que hicieron una visita a las ruinas producidas en diversas ciudades por la Guerra Civil. Atraído por ese periodo, donde se libraron los combates de la libertad y de la modernidad, pensó que ahí había motivo para la reflexión estética y para homenajear viejos sueños de la niñez. Inició sus ya conocidas “Pinturas de Historia”, y declaró, durante una exposición muy elogiada en el Círculo de Bellas Artes, que “los coches son las catedrales del siglo XX”, coches que, por otra parte, eran estandarte de propaganda o centros médicos ambulantes.

Apenas un año después, Pepe Cerdá volvió a la carga con una obra inspiradísima de nuevas “Pinturas de Historia”. Ha vuelto a partir de fotografías de ese instante cruel y trascendental para realizar otra reflexión sobre el oficio, la mirada, en qué consiste ser contemporáneo, y ha pintado más de una veintena de cuadros de gran formato centrada en la contienda bélica de 1936-1939. Los cuadros respiran una emotividad profunda, poseen una incomparable belleza, estética y documental, de forma y fondo. Pepe Cerdá lo mismo retrata al modo de Sorolla a los prisioneros en el campo de concentración de Argelés sur Mer en 1939, que recoge fragmentos de las muchachas del Auxilio Social que protegían a los huérfanos y refugiados, capta y recrea los cadáveres recién abatidos en Barcelona ante un imponente coche negro, o presenta columnas de soldados de Navarra que se dirigen a buscar sus fusiles. En una de las piezas más emotivas de la serie, vemos a un abatido pero digno Miguel de Unamuno –“el hombre con más talento, el más documentado y el intelectual más respetado de aquel momento”, ha dicho Cerdá- que sale del Aula Magna de la Facultad de Salamanca mientras es increpado por el fascismo; acababa de discutir con Millán Astray, que había dicho: “Muera la inteligencia”, y el gallardo don Miguel le había respondido: “Venceréis pero no convenceréis”. En otro cuadro excepcional, que vale toda una lección de historia, ha pintado a una miliciana en Barcelona que mira al frente con su fusil, con determinación y fuerza, sin ocultar su belleza tumultuosa.

Pepe Cerdá ha iniciado un camino sin retorno, en el arte y en sus conceptos de creación. Sigue trabajando: ahí está su exposición de acuarelas con texto (experiencia, relato y teoría) del palacio de Montemuzo, su participación en “Cuaderno de viaje”… Su obra es una detonación y una llamada a la lucidez del artista que cree que lo primero que se debe hacer es no tomarse a uno mismo demasiado en serio, sino con humor y a la distancia justa.
02/08/2005 10:05 Enlace permanente. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

Autor: Pepe Cerdá

Mi querido Antón...
Hoy me has dejado sin palabras..

Fecha: 02/08/2005 11:07.


Autor: A.C.

Un abrazo, Pepe. Y que te pille la inspiración trabajando. Cúidate.

Fecha: 02/08/2005 13:28.


Autor: Bugno

Desde la huerta de Garrapinillos al secano de Villamayor fluye una poderosas corriente de afecto y genialidad. Nos alegran la vida con su trabajo. Mi admiración sin reservas hacia ustedes dos.

Fecha: 03/08/2005 10:59.


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