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Antón Castro

MI SEGUNDO VIAJE A PARÍS (CRÓNICA UN POCO LARGA)

MI SEGUNDO VIAJE A PARÍS (CRÓNICA UN POCO LARGA)

Uno de mis sueños de los últimos años era ir a París. Lo había dicho tantas veces que ya se había convertido en una especie de utopía o leyenda familiar que era objeto de burla, mofa y befa en mi propia casa. Si hablaba de ello como un proyecto más o menos inmediato, hasta mis propios hijos se reían. Mis hijos y los amigos de mis hijos. Mis hijos y ese hombre delgado que a veces se hace pasar, en mi casa, por mi sexto hijo: Félix Romeo. Siempre encontraba una razón o un temor para no ir. Mientras, regresaban muchos amigos que habían estado allí, que habían ido a la FIAC, al Louvre, a contactar con un viejo anarquista, a ver a un familiar, a encontrarse con un artista que exponía en París, pongamos por caso Jaume Plensa. Al final, con 45 años, el último noviembre fui a París con Carmen, Diego, Jorge y Sara, en nuestro Peugeot 306 blanco, serie Boulevard. Estuvimos una semana prácticamente y fue como materializar un sueño de niño, como vivir un espejismo que te sorprende en cada aproximación, como adentrarse en las puertas mágicas de un laberinto que asombra a medida que avanzas, que deslumbra por todo: por la belleza de sus calles, por la vida que respira, por el arte que contiene, por el cielo, por los miradores, y por el Sena majestuoso que copia la ciudad, la circunda, la penetra y se adueña de ella con su corazón líquido de enamorada insaciable. Fue una experiencia inolvidable, como el primer beso, el orgasmo que se precipita, el ascenso a un estadio de luz y placer al que nunca te atreverías a ponerle palabras. Entonces, encontré un pretexto: Aloma, mi hija mayor, estudiaba el Erasmus en París y vivía en la rue Stephenson; Daniel trabajaba en Evreux de lector de español y se acercaba a París casi todos los fines de semana.

 

Hace poco, Aloma, que tiene madera de actriz y madera de escritora como puede verse en su blog (Aloma Simpé), se embarcó en un proyecto que se me antojó disparatado. Iba a hacer una obra de teatro: “Todo por Sara” (Tout pour Sara), bajo la dirección del argentino Germán Lacanna, con seis actrices más: tres francesas, una vasca, una uruguaya y una argentina. Llegaba el día de la función, que aún persiste hasta este domingo, y había que ir. Además, en la pieza, se ve a Sara, la niña Sara de seis años todavía, la hermana menor de Aloma: corre por las calles, gesticula, arroja muñecos, mira un cielo lívido de tormenta. De nuevo, tenía que vencer mi inmenso pánico a los viajes, tengo más pánico e inseguridad que pereza. Esa es la verdad. Por puro azar, supe que el joyero, anticuario y galerista Carlos Gil de la Parra, un buen amigo, iba a ir con su tocayo de oficio José Ramón Arichavalaga Echevarría. Quiso el azar que apareciese en medio una especie de ángel tutelar: Pepe Cerdá. El artista, el acuarelista, el escritor, el hombre que ha vivido como cien vidas de las mías. El gran contador de historias, el narrador oral que encuentra la inspiración en el hecho mismo de contar: se pone a hablar y exhibe un muestrario de virtudes, de historias paralelas, de cuentos, de sentencias, tamizadas por la humanidad y el ingenio. Pepe Cerdá es un trovador que huye de la sentimentalidad, un caballero de “Las mil y una noches”. No exagero: he visto su puesta en acción, he oído sus fábulas, se gusta y se reinventa porque así vive multitud de existencias y de instantes. Y le encanta compartirlas como si fuera el chamán de la tribu.

 

Pepe Cerdá, tan desencantado del arte moderno, suele ir todos los años a la FIAC de París. Siempre me había dicho que tenía muchas ganas de que fuésemos juntos a París. Cogió su furgoneta Multiván Volkswagen y allá nos fuimos. Con Carmen, Sara, los dos anticuarios y yo, íbamos seis. José Ramón, que había sido campeón de varias disciplinas atléticas y que llegó a correr con una imponente y maravillosa Carmen Valero, se quedó fascinado: jamás había oído a nadie tan sincero, tan ameno y divertido como Pepe. Cuando se elogia con tanta exuberancia a alguien, nos parece que nos deslizamos hacia lo inverosímil, pero en este caso creo que no hay exageración alguna. Igual le pasaba a Carlos Gil de la Parra; por la noche, Carmen resumió la experiencia de haber conocido a Pepe: “Qué divertido, qué brillante y qué buena gente es tu amigo”. Cuando llegamos a París, ya había caído la noche, nos dirigimos a la Puerta de Versailles y luego fuimos a cenar a un restaurante cuya especialidad eran los mejillones. Pepe no sabía que me encantan los mejillones; de niño, iba con mi padre a la marea de Valcobo, allá en Arteixo, y traíamos uno o dos sacos. Comer mejillones, con salsa, al natural, con un poco de vinagre, con la concha olorosa a mar en calma, era un placer y una forma de coronar en casa una nueva aventura de cariño y complicidad junto a mi padre. Comer mejillones hasta hartarse, en sábado por la noche, junto a mi madre era una maravillosa fiesta de pobres. Estaba en París, estábamos en París –pronto se sumaron Aloma, su compañero David Barreiros, la luz hechizada de la ciudad, el aire evocador…- y comiendo mejillones. Paseamos un poco, nos hicimos algunas fotos, y ya de madrugada, fuimos hacia la Puerta de Clignancourt. Yo estaba muerto, pero feliz. Fui casi un mal padre: Aloma estaba a punto de estrenar y no le pregunté demasiados detalles. Ella ya sabe como soy: me gustan mucho los sobreentendidos, los silencios cómplices, la confianza, el descanso casi inadvertido en la dulzura del otro. Por eso me dormí, pero antes leí un cuento precioso de José María Conget incluido en su nuevo libro de relatos: Bar de anarquistas (Pre-Textos), “Domingos de verano”, donde cuenta la historia de un padre y un hijo, donde cuenta algunas complicidades que tengo con mi hija Aloma, que tengo con mi hijo Daniel, donde cuenta también la compleja y cariñosa y apasionada relación que tengo con mi padre Benito do Touciñeiro. Bueno, creo que se entiende, Conget habla de él siendo niño y de su relación con su padre.

 

Habíamos hecho algunos planes para el viernes. Yo iría con Pepe y nuestros amigos los anticuarios a ver la FIAC y algunas galerías. Y por la tarde, nos encontraríamos con Carmen y Sara para ir a ver la pieza de Aloma. Conseguí llegar a la casa de Jaume Plensa, donde Pepe pernocta en París. Vi su casa, sus catálogos, algunas obras, ese refugio que alguna vez debió ser de creación. Me gusta mucho Jaume Plensa: es un soñador que trabaja, es un inventor, un forjador de afanes que se transforman en materia, ingenio, propuestas. Pepe, como un mago, siguió desplegando ante mí el abanico de sus historias: vivió nueve, casi diez años en París, y allí fue inmensamente feliz. Vivió la ciudad como se vive una casa, como se vive un cuadro, como se labra un amor noche a noche, en todos los detalles, en la piel, en la confidencia, en el paseo, en la disputa antes de la sublime euforia del sexo. Me llevó a ver galerías, me presentó algunos amigos. Realizó la primera parte de su itinerario secreto: evocaba la alegría, el misterio, el pozo sin fondo de París. Me hablaba de comercios, de plazas, de bares, de otras galerías, de artistas, de tiendas. Nada le era ajeno. Yo, lo confieso, era como el niño que abre los ojos a la primera luz del mundo.

 

En la FIAC vimos muchas cosas. Picasso, Arp, Wols, Saura, Zimmerman (el nuevo genio emergente), Manolo Valdés, Isabel Muñoz, muchísimas obras. Intentaba grabarlas todas o bastantes en mi cabeza, pero Pepe en las exposiciones cabalga al galope: un golpe de vista, si acaso diez segundos, y a otra cosa mariposa. Por la tarde, nos vimos con Juan Alonso, que hizo su tesis doctoral junto a Umberto Eco, que da clases en la Sorbona, que cita a Gilles Deleuze o Foucault como si nada, que es uno de los grandes amigos de Pepe en París. Llegamos por los pelos a la función de Aloma; bueno, creíamos que llegábamos por los pelos, pero aún tardó a empezar. “La piel de Sara” de Germán Laccanna, con efectos especiales, iluminación y otras cosas de David Barreiros, es una obra vanguardista, de danza y mimo, de silencios y de atmósferas, que cuenta con siete mujeres bonitas y fotogénicas que sostienen la función, una obra sin argumento, con escasas palabras, con una carga poética obvia, con una cifra mitológica en su núcleo un tanto hermético. El Teatro Nout, creo que se llamaba así, es un poco inmundo: está en las afueras, cuenta con poco más de 25 asientos, que no butacas, te crujen las baldosas debajo de los pies, es altamente inseguro o inflamable, pero aún así, las chicas dieron lo mejor de sí mismas. Pepe combatía el cansancio como podía, y pudo. Por la noche, cenamos en Chez Omar, un cuscús variado. Allí, nuestro amigo pintor era una autoridad, un amigo, un estandarte de la vida noctámbula. Estaba radiante: lo vi sabrosamente feliz ante el cuscús vegetal y el de carne. Mi mujer esa noche volvió a hacer balance: “La cena en Chez Omar ha sido genial. Y qué desparpajo tiene tu amigo para moverse por París”.

 

El sábado íbamos a hacer muchas cosas, y en cierto modo las hicimos. Primero, David y Pepe me llevaron a la calle Beaumarchais a comprar cámaras de coleccionista; perseguía una Voigtländer que no encontré. Y entre paseo y paseo, entre mirada y mirada, Pepe contaba historias o evocaba los felices días que vivió con su compañera Ana Bendicho, la diseñadora y fotógrafa, la alquimista de líneas pulcras desde Novo. Luego fuimos a una librería increíble, cuyo nombre no recuerdo ahora, que tenía muchas plantas y libros estupendos a precio reducido. Compré cosas de Dora Maar, de Edouard Boubat, de Albert Camus, de boxeo, de André Kertész en Nueva York, y Pepe encontró muchas maravillas. Además de un excepcional libro de Degas por 30 euros, un clásico con láminas, adquirió un manual de infografía para Ana y un estupendo volumen de una pintora que se parecía un poco  a Fermín Aguayo: Mariana du Bois. Yo compré también un Patrimoine Photographique Catalogue de Francia, repleto de fotos de Denise Colomb, aquella adorable mujer que expuso en Ibercaja hace algunos años y que retrató mejor que nadie a un innegable maestro de Aguayo en Francia: Nicolás de Stäel. También fuimos a la mejor libería de arte de París: Artcurial. Pepe compró un catálogo de Lucian Freud, del cual hablaríamos mucho. “Es un magnífico mal pintor”, resumió Pepe, algo semejante a lo que dijo de Francis Bacon. Comimos en una suerte de grandes almacenes donde había comidas de todo el mundo.

 

Por la tarde, Pepe tuvo un detalle muy curioso. Nos llevó de paseo por todo París en coche, en su furgoneta Multiván. ¿Cómo definir esa experiencia? Estuvimos en todas partes, ante la torre Eiffel, bordeando hasta el infinito los pasadizos del Sena, por el Arco del Triunfo y cerca de los Campos Elíseos, por las callejas intestinas, por las plazoletas, en nuevas galerías. La jornada fue realmente agotadora. Recorrimos luego París a pie buscando un restaurante donde Pepe comía una riquísima carne. No hubo demasiada suerte, pero para entonces ya teníamos los pies fatigados de callejear, ya teníamos los ojos preñados de esa ciudad del paraíso moderno, el paraíso que inventó Napoleón y sus arquitectos, y que ha tenido continuidad hasta nuestros días. París es una ciudad que no se acaba nunca. Ya lo dijo Vila-Matas. París te seduce y te envuelve. París te atrapa, y atrapaba a Pepe en una enmarañada cadena de recuerdos y de vivencias, en una topografía sinuosa de afectos y de experiencias de creación. “Mira, viví aquí, esta era mi casa, y aquí terminó Ismael Grasa La tercera guerra mundial”, dijo en un instante. Y luego también nos llevaría a la casa con jardín donde tuvo un estudio que compartió con Jorge Gay. Ahora vive un pianista más bien antipático al que le resulta indiferente que Pepe viviese allí.

 

No acabamos la noche en un restaurante glorioso. Pero no nos importaba nada: estábamos inyectados por la magia de la ciudad, sólo queríamos conversar, vivir, aplacar el cansancio y seguir charlando. Nos sirvió una encantadora camarera francesa que se afanaba en hablar español y lo hacía muy bien. Carlos Gil de la Parra, que estaba viviendo unas jornadas maravillosas, se adelantó a pagar sin que nadie lo supiese; era su delicada forma de decir que se lo estaba pasando bien, muy bien, y de que París bien vale un desvelo, el cansancio, kilómetros en las piernas o poca sangre en las venas. Volvimos el domingo. Pepe vino a buscarnos a la plaza de la Republique y tuvo otro gesto que sólo se explican en él: llegó tarde a la Puerta de Versailles porque quiso que conociésemos el París oculto de los domingos por la mañana. Estuvimos en la plaza del Louvre, en la rue de Chapelle, en las afueras. Y nos enseñó que en París existen dos vidas: la de los centros comerciales, grandiosos, y la de esos mercados con las frutas y hortalizas recién llegadas del campo que son una fiesta de color y de olor para los sentidos, el menú infinito que cualquier pintor querría trasladar a sus lienzos con los pinceles del alma y del supremo entendimiento del ritmo de las  estaciones.

 

Al despedirnos de la ciudad, Pepe Cerdá dio una última vuelta de tuerca. Nos llevó ante la Universidad, donde había estado tras falsificar varios expedientes. Esta es otra prolija y fascinante historia que no me atrevo a contar; me intimida que pueda falsear su brillantez. Para entonces nada nos asombraba de él. Sé que le miro con esa perplejidad del paleto de pueblo al que le deslumbra un hombre oceánico que ha trajinado con el arte, con la noche, con la aventura, con la ciudad de las mil caras. Volvió a llenar la furgoneta de historias, de chistes, de sentencias, de discusiones cariñosas (siempre conmigo por teorías pictóricas; gana él, pero ni se enoja ni me enojo; en ese batallar hay un amago de espectáculo), de historias de amigos como Fernández Molina, Ignacio Mayayo, Luis Calavia, Marino Gistaín, Fernando Pelegrín, Félix Romeo, Jaume Plensa, Luis Alegre, Pepe Melero, Pascual Antillac, Juan Alberto Belloch, Víctor Mira, José Manuel Broto, Santiago Lagunas, Fermín Aguayo, José Uriel. Y al despedirnos en Zaragoza, lo hicimos con un poco de pena. Yo con el deseo de volver a París o a cualquier sitio en ese observatorio que es la furgoneta Multiván con el capitán de barco, el marino, el farero de París: Pepe Cerdá, el paisajista que reposa y toma aliento en Villamayor.

 

 

18 comentarios

Paris -

Nosotros también hemos estado en París una semana la experiencia fue impresionante. Eramos un grupo de 18. Tan bien lo pasamos que incluso nos decidimos a crear una web, www.unasemanaenparis.com con todo lo que hicimos durante esa semana en París. Esperamos que os sea útil para vuestro viaje a París.

Fer -

Por la forma en que describes la ciudad y toda la parafernalia de tu viaje, ya me están dando ganas de surcar el Amazonas y luego cruzar al Atlántico a punta de remos. Quien como ustedes que están un poco más cerca y se pueden dar el lujo de una visita corta. Gran post.
Un saludo desde la tierra de los Incas y cuando quieras visita el Perú con tus amigos para degustar una de las mejores comidas del mundo. Un abrazo.

marta -

pa que te acuerdes de la ciudad...
http://www.portalmundos.com/mundoviajes/europa/francia/paris.htm

David Barreiros -

eu é que sou o DB...

gustavo peaguda -

Paris te hace soñar. Te hace creer que tus palabras no son tus palabras sino que son las que otros han pronunciado alli. ¿quien no soño que una era el clochard del santo bebedor de Joseph Roth?. Paris humaniza hasta a los vagamundos, no como a lo mejor New York donde ya piensas inmediatamente que el vagamundo es un producto de la sociedad en que vivimos.
Por otro lado uno de mis sueños sería que alguna vez pudiera ver Compostela con los ojos del que por primera vez llega allí. Debe ser una sensacion muy parecida a la que tiene un amante al contemplar la sana lujuria del cuerpo del amado. Turbacion poetica!

Garrapinillense -

Y viva Diego ,viva Jorge,viva Noa

Supermaña -

si,viva París pero ojalá viviera más cerca. Antón,ya puedes ir delegando,adelantando y abreviando trabajo porque en noviembre te queremos en París.París ,qué bien suena, lo que no suena tan bien son los gerundios tan largos y lentos

Parisino -

viva Barreiros!

Antonio Pérez Morte -

¡Vivan "Los Rodríguez entre amigos"! (¡Parece el título de un C.D.!)

Parisino -

viva París!
viva Antón!
viva Pepe!
viva Sara!
viva Carmen
viva Aloma!

Javier -

¡Bravo Antón!. Te llamé sin saber que estabas allí y me alegré por Aloma y por tu valiente decisión. Viví en París en el 71 y queda el propósito de volver. Excelente crónica, eres el mejor. J. ;)

Antonio Pérez Morte -


Ay París...! París, Antón..!
¡Yo también sueño con París!
¡Debo ser el único que no estuvo allí en el sesenta y ocho!

Sueño con esa ciudad desde que tengo memoria! Y leerte a tí, querido amigo, me ha vuelto a poner los dientes largos!

A menudo, escucho la música de un viaje imaginario que me gustaría hacer, pero que nunca llega.

Los viajes me dan, por el momento algo de miedo, pero me gustaría poder vencerlo, por ejemplo con Ana y los Arranz, que han vivido allí y la conocen bien.

Ahora, creo, debe ser todavía más hermosa, desde que viven allí los ojos de Aloma.

(Perdóname Barreiros!)

Pepe Cerdá -

Mi querido Antón.
No me merezco amigos como tú.
Me alegro de haber acertado con lo de los mejillones y sólo siento que nuestra estancia no fuese más larga.
Yo vuelvo en Noviembre, cómo ya sabes, y me gustaría mucho que me acompañases.
Gracias por esta bella semblanza.

A. C. -

Querido Gustavo: Adoro Santiago, sempre soñei con vivir aí, vou sempre que podo a Santiago, é a ciudad enmeigada, a luz do orvallo desde a Alameda, pero París ten varios Santiagos.

A Beleza de Santiago é indiscutible por esa mestura de pedra, chuvia e idade pretérita, pero París é a beleza, a grandeza, a mezquindade, a poesía, a mundanidade. Unha aperta.

Sinto non estar de acordo contigo.

gustavo peaguda -

A min Paris produceme unha sensacion amarga.Por exemplo a min encantanme eses grandes boulevares e armonia dos edificios. En cambio os Zola, os benjamin puseron a caer dun burro o baron Haussmann, o prefecto do Sena,que foi o que impulsou a construccion de ditos bulevares.
Paris ten unha aura en cambio Santiago de Compostela é a definicion da beleza.

A.C. -

Gracias, MAY.Sé, además, que eres o estás a punto de ser abuelo en París. Y un enamorado de esa ciudad infinita, en su topografía, en percepción, en su historia, en su belleza.

Para Anónimo: Gracias.No te avergüences, pero debes ir. No te arrepentirás y comprobarás que nada es como tú te habías imaginado, o que es como tú te habías imaginado pero a lo grande. No decepcionará tus visiones ideales, alimentadas en el deseo de viajar a París. Un abrazo. AC.

Anónimo -

Has tenido la suerte inmensa de tener un guía magnífico para viajar y conocer París. Yo todavía tengo el sueño de conocer esa ciudad fantástica. La tengo tan idealizada que siempre me ha parecido mal el no poder verla como se merece. Cada año me avergüenzo más de no haber ido nunca allí. Sobre todo después de leer maravillas de relatos como el tuyo. Un abrazo

Anónimo -

Desde ese París que tan bien defines y que volverás a sentir (no lo dudes: atrapa.Hace casi medio siglo que me atrapó a mí) un abrazo enorme. Me voy a comprar fruta a uno de esos mercados que alimentan la vista y huelen, casi, como tu mar...Un abrazo MAY.