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HISTORIA DEL ILUSTRADOR LUIS GERMÁN, 90 AÑOS

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El pintor y realizador Eduardo Laborda nos puso tras la pista de Luis Germán. “Sigue vivo y tiene 90 años. Su historia es increíble”. Cuando abrió la puerta un hombre menudo y con zapatillas de paño, nos pareció demasiado joven. En la entrada de su casa, cuelga un dibujo a tinta que le abrió algunas puertas. Dice: “Es una copia. Tenía sólo 16 años, la vio Manuel Bayo Marín, el ilustrador, cuando lo tenía a medio acabar y me contrató de ayudante”. La casa de Luis Germán, que pelea con la sordera del oído izquierdo, está llena de sus pinturas, caricaturas y dibujos, pero en la salita hay una caja de madera que es su baúl de tesoros: ahí yacen los dibujos, carteles, postales e ilustraciones que hizo en la prensa, para los cuentos infantiles que leía media Zaragoza, para los tebeos y portadas de París, para HERALDO, porque Luis Germán, que llegó a realizar una portada de “La voz de Aragón” en 1935 y quedó cuatro veces segundo en el cartel de fiestas del Pilar, ilustró durante casi cuatro años, en estas páginas, colecciones enteras de relatos de boxeo de Budd Schulberg, Ernst Hemingway (el relato “El luchador”), Irwin Shaw o John Huston (el texto “Tongo”), pero también novelas o cuentos por entregas como “Desciende, Moisés” de William Faulkner, Pearl S. Buck, William Saroyan, Graham Greene o Santiago Lorén, entre otros.

         “Nací en Zaragoza un trece de marzo de 1915. La fecha es importante, ya verá. Mi padre, Dámaso Germán, era maquinista del tren de Utrillas, él inauguró la línea, y mi madre, Teresa Martínez, se dedicaba a sus labores. Éramos cinco hermanos, y yo era el tercero. Estudié en la escuela Ramón y Cajal, en la plaza de la Victoria. Me gustaba dibujar y seguí con ello. Mi primer empleo fue como aprendiz de dibujante en la fábrica de muebles Loscertales, pero con las huelgas y todo aquello, la llegada de la II República, no volví. Además, a mí no me gustaba el dibujo del mueble, sólo el artístico”. Así comienza Luis Germán, tras haber mostrado una parte de su biografía artística, “sólo me quedan los bocetos, claro, los originales se los quedaban las empresas. También hice mucha publicidad y colecciones de postales con cuentos infantiles clásicos. La postal se dividía en dos tiras de cinco viñetas o ventanas, y debajo de cada una va el texto”.

Manuel Bayo Marín -el gran ilustrador y caricaturista, el artista que fue el pionero de la utilización del aerógrafo, como probó hace poco Eduardo Laborda-, puso un anuncio en la prensa buscando un aprendiz de dibujante. Bayo tenía su estudio en Pignatelli 10 y Luis Germán vivía en Pignatelli 30. Fue a verlo, le enseñó “la copia que tenía a la mitad” y lo admitió. “Compartía el estudio con Luis Mata, el dibujante. Bayo Marín hacía caricaturas, estaba empleado en ‘La voz de Aragón’, y mi misión era completar cosas que a él no le daba tiempo, rellenar, iluminar.  No es que se trabajase mucho, pero por allí iban el caricaturista Chas, Peropadre, el padre del arquitecto, Engel Medina, Luis del Valle, el poeta y profesor que firmada como Sulivella. Bayo Marín utilizaba el aerógrafo que nadie conocía en Zaragoza, y luego me lo compré yo. Al cabo de un tiempo me metieron a sacar apuntes del fútbol, como hacía Vigaray con los toros: iba al campo de Torrero para seguir los partidos del Iberia y hacer dibujos de las jugadas para ‘La voz de Aragón”. En ésas estaba Luis Germán, cuando Manuel Bayo Marín se trasladó a Madrid, y se quedó sin empleo. Trampeó lo que pudo durante un tiempo, trabajando aquí y allá, sin demasiada estabilidad, haciendo carteles o murales, pero un día coincidió en el taller de encuadernación donde trabajaba su hermano con el impresor Luis García Garrabella, que le encargó de inmediato que le iluminase una foto para unos recordatorios de defunción, y más tarde le pidió lo mismo para otros de comunión. Con eso, con la decoración de estands para la empresa o el mural de la Feria de Muestras, de 10 metros de largo, iba sobreviviendo. Llegó a hacer una portada de “La voz de Aragón” en 1935 y expuso en el Casino Mercantil varias piezas, entre ellas, “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” (con su alegoría sobre la guerra, la peste, el hambre y la muerte), a la acuarela, piezas que aún conserva.

         “Me incorporé a filas el trece de marzo de 1937, cuando la Guerra Civil llevaba unos meses de duros combates. Yo había hecho una orla de médicos, le había dado mi toque con el aerógrafo, que había editado el fotógrafo Jalón Ángel, y éste tenía un empleado que se encontraba en la contienda como fotógrafo. Había logrado retratar juntos a Franco y al general Moscardó, el del alcázar de Toledo, ya sabe, y se enteró de que yo tenía aerógrafo. Vino a casa para que se lo dejara porque quería retocar la foto, porque quería editarla y venderla. ¡Cualquiera se hubiera atrevido a rechazársela! Trabajaba en Prensa y Propaganda, y a los quince días me llamó por si quería incorporarme. Ni lo dudé. Y mi misión era la de ser operador de cámara junto a Francisco Centol, que sería el director del No-Do, pero además hacía ilustraciones de las películas, etc.” Luis Germán tenía que grabar lo que pasaba cuando había ofensiva y luego se retiraba al cuartel general, que estuvo en distintos lugares, incluso en la Universidad de Zaragoza, en la Magdalena, a revelar las cintas. Luis Germán estuvo en Lérida, en distintos lugares de Tarragona, en Binéfar, y finalmente recaló en Daroca y en Maranchón (Guadalajara), de donde era su novia y futura mujer María Fortea. “Yo fui con los franquistas. Íbamos a la guerra, al frente. Vi morir a mucha gente pero nosotros no llevábamos ni una pistola. Una de las cosas más  impresionantes la viví en la Batalla del Ebro. En Soses y Altona, entre Lérida y Fraga, se había acumulado la fuerza republicana y se desplegó una brillante estrategia por parte de los ejércitos. Los republicanos tomaron una montaña, que luego recuperaron los nacionales. Tras el hecho nos mandaron a tomar vistas y a realizar un simulacro de lo que había ocurrido en la operación. Los republicanos estaban en lo alto de la loma, que se abrían en grandes acantilados, y nosotros subíamos. Nuestros jefes iban borrachos perdidos, quizá para celebrar la victoria. De repente, aparece un teniente con una bomba de mano, de aquéllas a las que había que encenderles el cartucho. Decía: ‘A éstos del cine les pongo la emoción yo’. Y la puso, la puso, porque le estalló la bomba, le arrancó el brazo, le destrozó parte de la cadera, y le oímos decir: ‘Coja usted el mando que yo me muero aquí’. Al día siguiente leímos en la prensa su esquela, donde se decía que ‘el teniente había muerto gloriosamente en la batalla”.

Luis Germán y sus compañeros volvían casi diariamente en camión a Zaragoza a traer sus materiales, pero además tenían la misión de proyectar cine para subir la moral de la tropa. “Eso lo hicimos, por ejemplo, en Balaguer. Colgábamos un telón y pasábamos películas de Charlot, del Gordo y el Flaco, Stan Laurel y Oliver Hardy, películas cómicas, películas rodadas en Hawai con aquellas mujeres con flores, faldicas de paja. Eso animaba mucho a la tropa”.

         Al concluir la guerra, Luis Germán ingresó en la Sociedad Tipográfica Aragonesa, donde estuvo haciendo mapas y diseños con el gran cartelista Guillermo Pérez Baylo. Recobró su trabajo en García Garrabella, pero al cabo de un tiempo recibió una carta donde le notificaban que le faltaban tres o cuatro meses en el  ejército y que debía reingresar para culminar su servicio militar. “Imagínese cómo me sentó aquello. Me mandaron a Regulares a Alhucemas, en África, cerca de las minas de hierro, a cielo abierto, del Rif. Pronto me asignaron trabajo de dibujante. Recuerdo que había  que hacer un bungalow y los soldados salían a la carrera a por las piedras, corrían por los pedruscos, el que llegase antes, menos tenía que alejarse luego. Operaban como albañiles y con esos pedruscos se hacían los muros. Un día hubo un simulacro de guerra y a mí me cogió el capitán y me dijo que le hiciese todos los planos de la operación. Fue algo costosísimo, eran seis dibujos muy grandes en papel cebolla. Se acerca a mí, tras ver la serie completa, y me dijo: ‘Tiene que hacer otras dos series para el mando de Melilla y para el mando de Madrid’. Por culpa de ese encargo de 18 planos completos, hube de quedarme un mes más en la mili”.

Regresó a casa, se reincorporó a García Garrabella y allí estuvo trabajando hasta 1977, el año de su jubilación. Hizo de todo. Es feliz y aún pinta. “A mí me ha gustado y me gusta el dibujo, y ésa ha sido mi vida. Para qué más, oye”.

 

 

APUNTE

 

Luis Germán quedó cuatro veces segundo en el cartel de fiestas del Pilar. Uno de los trabajos que mejor recuerda, por la exigencia de estudio y porque lo hacía fuera de horario laboral, de noche, fue un periodo muy intenso en que ilustró durante casi cuatro años desde 1956 a 1960, en estas páginas, colecciones enteras de relatos de boxeo de Budd Schulberg (el autor de “Más dura será la caída”, la novela que llevaría al cine Mark Robson en 1956 en la que iba a ser la última película de Humphrey Bogart), Ernst Hemingway (el relato “El luchador”), Irwin Shaw o John Huston (el texto “Tongo”), pero también novelas o cuentos por entregas de William Faulkner, como “¡Desciende Moisés!”, de Pearl S. Buck, William Saroyan, Graham Greene, Russell, Santiago Lorén... Ese empleo le llegó merced a Pascual Martín Triep, que fue director de HERALDO y destituido luego por el franquismo. “Él me veía dibujar en García Garrabella, le gustó lo que hacía, mis portadas para París, mis postales, y me encargó esos dibujos de casi todo. Dibujar boxeadores no era nada fácil porque tenías que dar siempre la sensación de movimiento y hacer trabajos anatómicos difíciles. Luego él siguió escribiendo con el seudónimo de Fabio Mínimo. Y me hizo algunas fotos preciosas”. Luis Germán fue un moderno: aplicó técnicas de cómic y otras muy cinematográficas, de influjo norteamericano.

 

*Primo Carnera, el boxeador italoargentino, llegó a ser campeón del mundo de los pesos pesados. Peleó con los más grandes, entre ellos con Max Baer, Max Smelling o Paulino Uzcudun. Cuando peleó con Uzcudun en 1933 pesaba 117.50 kilogramos; nacióo en 1906 y murió en 1967, y ganó más combates por K. O. que nadie: 68. Inspiró la novela de Budd Schulberg, "Más dura será la caída". De pugilismo y de ese autor, realizó varias ilustraciones Luis Germán.  Me ha gustado mucho esta foto de Primo Carnera, que tuvo una fundación dedicada a la protección de los niños, con esta estampa: un niño descalzo y con guantes de boxeo en un ring.

 

24/11/2005 01:22 Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Alberto sanz navarro

busco informacion sobre Engel Medina;soy hijo de un gran amigo de él,un poeta republicano llamado Quintiliano Sanz exiliado en Francia en 1951

Fecha: 09/12/2005 00:40.


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