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ENTREVISTA CON JOSÉ MARÍA FORQUÉ*

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Recito esta nota de la periodista Sara Martín de Aragón Televisión sobre la reposición de la serie de Miguel Servet, que pasó hace años TVE y que rodó José María Forqué. Entrevisté el realizador en el monasterio de Veruela, creo que en 1989. El texto figura en mi libro “Vidas de cine” (Biblioteca Aragonesa de Cultura), un libro de entrevistas con gente como Agustín Sánchez Vidal, Carlos Saura, José Luis Borau, Alfredo Castellón, Julio Alejandro, Pepín Bello, Pilar Bayona (la del dúo Pili y Mili; no la pianista), Antonio Artero… Prensas Universitarias de Zaragoza están publicando desde hace algún tiempo las obras completa de Miguel Server, en la colección “Clásicos Larumbe”. Por todo ello, cuelgo aquí el texto.

  [Aragón Televisión emite la serie de televisión dedicada a la vida de Miguel Servet

La serie dirigida por José María Forqué y protagonizada por Juanjo Puigcorbé se emitirá a las 15:30 horasAragón Televisión emite a partir del este lunes, 20 de noviembre, la serie televisiva “Miguel Servet” dirigida por José María Forqué y protagonizada por Juanjo Puigcorbé, entre otros. La serie, de siete capítulos de duración, sitúa la acción en el siglo XVI, en una Europa que sale a la caza del hereje.  Desde el fondo antiguo de España ha surgido un desconocido, un médico sabio, teólogo y vagabundo por Francia y Alemania, que busca incansable las mentes más preclaras de su tiempo para contrastar con ellas sus ideas. En todas partes se le rechaza y se le persigue.  En la serie, ya huido de las cárceles de la Inquisición y no le queda otra salida que el silencio o acudir a defender su verdad a Ginebra donde le espera su gran enemigo: Calvino.  Su vida, extinguida por las llamas de la intolerancia, es el último precio que paga por su libertad. ]En la serie también trabajan los actores Juanjo Puigcorbé, Mercedes Sampietro, Enrique San Francisco, Magui Mira y José Luis Pellicena.“Miguel Servet” se emite de lunes a viernes a partir de las 15:30 horas.  ] 


"SEÑOR DIFUNTO, POR FAVOR, NO RESPIRE"

José María Forqué (Zaragoza, 1922-Madrid, 1994) es uno de los realizadores clásicos del cine español. Encarna al buen artesano, al hombre que domina todas las artes de su oficio: el guión, la producción, la cuidada factura final de la película, la elección de actores. Su trayectoria contempla dramas, comedias, documentales y exitosas series de televisión como Ramón y Cajal (1982) o Miguel Servet: la ceniza y la sangre (1989). Películas como Amanecer en Puerta Oscura, Atraco a las tres, Las que tienen que servir o Nexus (su última cinta de 1993, de ciencia ficción) constituyen algunos de los títulos más valorados de su abundante cinematografía. En 1994, recibió el Premio Nacional de Cinematografía.   En el monasterio de Veruela, que reza ante el Moncayo, nos esperaba José María Forqué. Llevaba algunos días rodando Miguel Servet: la sangre y la ceniza, una serie para televisión que constaría de siete capítulos con la que soñaba repetir el éxito que había logrado con Ramón y Cajal (1982), protagonizada por Adolfo Marsillach y Verónica Forqué. La agitación era constante y el ambiente de época perceptible. Veruela parecía haber desandado el tiempo y recobrar la intimidad del ayer, el fulgor del pasado. Durante la grabación, una voz confirmó que durante la filmación de las películas asoman los detalles surrealistas: “Señor difunto, por favor, no respire”, se oyó decir. La voz, que correspondía a un hombre amable, de suaves modales y ojos asombrosamente azules, repitió: “Ese muerto, que deje de respirar”. Era José María Forqué.         

Hubimos de esperar a la comida para hacer un aparte con él. Para entonces ya habíamos visto a Juanjo Puigcorbé encarnando a Miguel Servet, a Juan Gea que interpretaba al anatomista Vesalio, y habíamos departido con el asesor histórico del proyecto, el médico y escritor Santiago Lorén, que había llevado a cabo un gran trabajo de documentación en la Facultad de Medicina de Valencia, donde se habían conseguido los tipos de instrumental clínico y el vestuario del siglo XVI. José María Forqué, el magnífico artesano del cine, recordó su vida en un largo “flash back”. Dijo que había nacido en el barrio del Gancho, “presidido por los gremios, los rumores del Mercado Central y la torre mudéjar de San Pablo”; que había estudiado en los Escolapios, donde logró una beca “por listo”. Más tarde, participó en aventuras teatrales con Ángel Anadón, entre otros, y partió a Barcelona con el deseo de ser arquitecto: trabajó inicialmente de delineante. “Empecé a amar la imagen y adquirí una serie de conocimientos artísticos que me llevarían a realizar mis primeros documentales”. Apenas tendría 18 años cuando el hijo entusiasta de una modesta familia de El Gancho se trasladó a Madrid para desarrollar una importante carrera de cineasta, guionista y productor. Colaboraba con Noel Clarasó, Alfonso Paso, Juan Antonio Bardem, Rafael Azcona o Alfonso Sastre, entre otros. Con Sastre escribiría La noche y el alba (1958), que fue para él un intento de reconciliar las dos Españas sin que la censura se percatase del todo. Y así, una tras otras, fueron naciendo sus películas: Niebla y sol (1951), la excelente Amanecer en Puerta Oscura (1957), galardonada en Berlín con el “Oso de Plata”, Maribel y la extraña familia (1960) o Atraco a las tres (1962), una comedia no bien valorada en su época que ha ido ganando adeptos con el paso de los años. Volviendo la mirada hacia esa época, dice: “Atraco a las tres gustó al público, pero muy poco a la crítica. Al menos no hizo alardes de entusiasmo. Mirando hacia atrás sin ira creo que era un intento de hacer una comedia digna en un tiempo difícil. El paso de los años me ha llevado a considerar que la comedia es el género que más gusta en el cine, tal vez sea el más complicado de realizar con éxito y calidad, y que es sobre todo la modalidad que más nos interesa a los españoles, el género genuino del cine español”. Trabajó mucho en televisión, donde siempre mostró una preocupación por Aragón y lo aragonés. Ahí están sus aproximaciones a Braulio Foz en El jardín de Venus, la exitosa Ramón y Cajal o su viejo deseo de realizar otra serie sobre Raquel Meller, la cupletista nacida en Tarazona (muy cerca de Vera de Moncayo, donde está el monasterio de Veruela) que conquistó el corazón de Enrique Gómez Carrillo, su primer marido, de Charles Chaplin y del propio Alfonso XIII.
--¿Qué es lo que le interesó la figura de Miguel Servet y por qué lo eligió para una nueva serie?        
--Me interesó porque, de pronto, hablando con Alfonso Sastre, nos dimos cuenta de que Servet era un apóstol de la libertad de expresión. Nos resultó chocante a los dos que un hombre del siglo XVI fuese un encendido defensor de la libertad y eso nos pareció muy interesante. Prometedor. En ese sentido se manifestaron los pensadores de la época y de periodos posteriores. El guión lo hemos escrito Alfonso Sastre, Hermógenes Sáenz y yo. Y contamos con el apoyo científico de mi amigo Santiago Lorén.
        

--Una buena parte de intelectuales europeos, muchos de ellos contemporáneos como Stefan Zweig o Marguerite Yourcenar, que se basó en él para escribir Opus nigrum, le ha dedicado páginas...
        
--Es una figura que pertenece a toda la Humanidad. Especialmente en nuestros días donde hay tantos incidentes sobre la libertad de expresión, nos pareció que era el personaje justo para contestar al conflicto. Él mantenía una teoría (no sé si válida o no. Soy realizador, no teólogo o filósofo) acerca de la Santísima Trinidad, lo cual significaba mantener una actitud herética, pero lo que en realidad pretendía era dialogar sobre ello, que lo ilustraran, y eso le costó la muerte. Un muerto es un hecho irreversible. Se puede discutir una teoría, desmontarla, pero lo que no se puede hacer es matar al que la sustenta.
        
--¿Cuál es su interpretación del hombre, del sabio y del hereje?
        
-No sé si Miguel Servet fue un sabio o no. Es un hombre del Renacimiento. Mi visión es que era un tanto inocente, tozudo (quizá como buen aragonés), pero además culto: hablaba español, catalán, griego, latín y francés. Era realmente culto. Fue astrólogo, médico, geógrafo, estudió jarabes y plantas. Era un hombre de su época con una cultura muy amplia y con sentido crítico. Y, sobre todo, era teólogo. Hay un aspecto muy bello de Servet: todo el mundo lo asocia o lo reconoce como descubridor de la circulación menor de la sangre, y en verdad lo fue. Lo más hermoso de todo es que publicó su descubrimiento en un libro de Teología y no de Medicina porque entendió que su revelación correspondía al hálito, a donde estaba Dios en el cuerpo humano, y la sangre era lo único que está en todo el cuerpo. Me parece que ese sentido teológico, religioso o místico resulta muy hermoso, acaso lo más hermoso.
        

--La vida de Servet está llena de puntos oscuros, de lagunas  biográficas, de misterio. ¿Aventura su obra solución a estos enigmas?
        
--La vida de Servet está llena de lagunas, es cierto. Si las hay en cualquiera de nosotros, ¿cómo no va a haberlas en un hombre que vivió en el siglo XVI? De él, con certeza, se sabe lo que dijo en los tres procesos que tuvo en Vienne (Francia) y en Ginebra, y del resto se saben cosas muy importantes.
        
--Concrétenos un poco más.
        
--Sabemos que nació en Villanueva de Sigena, que estuvo de médico en Charlieu. Sabemos que estudió Medicina en París con Vesalio, entre otros, y Derecho en Toulouse; allí acabó haciendo Teología porque en esa capital se producía una agitación de pensamiento y de ideas. Debía ser tímido y solitario, e incapaz para el sexo. Al parecer en Sigena se había hecho una herida en los genitales y debió desplazar toda aquella energía reprimida o forzosamente contenida hacia el estudio de la religión y la ciencia. Más que las suposiciones, me interesa contar el ser excepcional que es Miguel Servet, lo que inventó, sus pensamientos, las razones que le impulsaron a obrar de una manera u otra. Estamos haciendo una versión dramática, no un documental. Tenemos que representar una colina que signifique una colina de Ginebra o París y que tenga un sentido dramático como el que debió tener para Servet en su momento. Insisto: quiero hacer una versión dramática como hicimos en Ramón y Cajal, y nada ha sido dejado al azar.
        

--Permítame un leve paréntesis:¿por qué le fascinó tanto el Premio Nobel Cajal?
        
--He hecho mi vida casi por entero en Madrid. Allí han nacido mis hijos Álvaro y Verónica, y he realizado mi carrera, pero siempre he creído que dentro de mí va un aragonés constante. Terco. Don Santiago Ramón y Cajal era como un espejo de virtudes y defectos aragoneses: poseía una enorme voluntad y la tozudez tan nuestra, dedicación y sacrificio. Me planteé la serie de nueve capítulos como un elogio de la voluntad, de la voluntad infinita, en realidad.
        

--Gracias. Existe un aspecto en su carrera artística que la crítica siempre ha alabado: el cuidado que pone en la ambientación, en los decorados. ¿Ocurre lo mismo en Miguel Servet: la sangre y la ceniza?
        
--Bueno, soy un poco especialista en ese asunto. Espere. Lo cierto es que no es así exactamente. Sucede que me gusta mucho mimar estos detalles. Si uno no sitúa a un personaje en su entorno, éste no logra entenderse y eso me ha parecido fundamental. Es una primera lectura para abordar a un personaje determinado y por eso he cuidado mucho las ambientaciones. No por una razón estilística o artística, sino por una razón literaria de personaje. Servet no tendría el mismo sentido en una ambientación distinta y hemos buscado ambientes del siglo XVI, de índole dramática, para hacer los decorados. Me parece que es más sugerente reproducir una parte de Veruela como una sala de disección de juicios (aquí ocurre la condena por el tribunal del teólogo oscense) que hacer el decorado de una sala de este tipo intentando representar las piedras del monasterio de Veruela u otras parecidas si ya están, si ya existen labradas amorosamente por los antiguos, si ya tienen un sentido y una pátina. Eso es más bonito y más sincero que hacerlo en un estudio, donde se podría lograr una mayor perfección técnica de algunas cosas, pero íbamos a perder esta especie de aura, de atmósfera que se desprende de todo.
        
--¿Ha escogido por eso como escenarios de la serie espacios como La Aljafería o el castillo de Loarre que nada tienen que ver con la vida de Miguel Servet?
        
--Claro. Buscamos lugares, edificios de gran proyección histórica y artística de Aragón. En Loarre tendrá lugar el rodaje de una operación y la Aljafería era, en tiempos de nuestro protagonista, sede de la Inquisición, que tanto tuvo que ver con su vida; se filmarán varias escenas en el palacio. Recuerde que Miguel Servet fue condenado a la hoguera por Calvino, interpretado por mi paisano José Luis Pellicena.
        

--¿Cómo se produjo la elección de actores, y en especial la de Juanjo Puigcorbé para encarnar a Servet?
        
--Es muy sencillo. Para Cajal hacía falta un actor que tuviera un cierto parecido con don Santiago, y creo que Adolfo Marsillach hizo un trabajo excepcional. Si usted ve los autorretratos de Cajal y ve los fotogramas de la serie comprobará el enorme parecido. Y de mi hija Verónica le diré que creo que tiene una gran categoría como actriz, y pienso que no me ciega la pasión. Hizo muy bien el papel de doña Silveria. ¿Juanjo Puigcorbé? Piense que carecemos de iconografía de Miguel Servet. Sólo hay un grabado realizado 50 años después de su muerte, del cual se han sacado las estatuas y diseños posteriores. Viene en la portada de todos sus libros. Había que inventarse un retrato y busqué un actor que fuera un magnífico profesional, muy sensible y que tuviese entre 20 y 40 años. Y a ser posible que tampoco fuera demasiado popular. Con todo ello hicimos un retrato robot, busqué actores en Madrid y Barcelona, y vi a Juanjo Puigcorbé haciendo una comedia y me pareció el actor ideal. Estoy muy contento con su trabajo porque es un intérprete muy sensible, muy inteligente y tiene un extraordinario sentido crítico.
        

--Siempre se le ha dado bien elegir los actores: pienso en el reparto de Atraco a las tres, en la elección de Paco Rabal para interpretar Amanecer en Puerta Oscura, en Marsillach para Ramón y Cajal o en que usted hizo debutar a Gracita Morales.
        
--¿Dónde ha leído eso? Es cierto. La había visto en una representación teatral. Sólo decía: “Ave María Purísima”. Tuve intuición. Pero, paradójicamente, sufrí lo mío con una estupenda actriz como Analía Gadé. A veces pensaba que no la tomaban en serio del todo porque era tenía una belleza demasiado espectacular.
        

--Confesó hace poco que le gustaría filmar la vida de otro personaje aragonés: Fernando el Católico. Aragón tiene algo de obsesión constante en su cine. ¿Qué relaciones mantiene con su tierra?
        

--Quizá yo con Aragón tenga una vinculación directa; no Aragón conmigo. Me explico: esta tierra nunca ha sido cordial con su gente. Un día me preguntó Luis Buñuel qué tal me trataba la crítica zaragozana y le dije que me trataba peor que ninguna otra de España. Me contestó: “A mí me pasa lo mismo”. O sea, que debe ser bastante normal y me parece estupendo porque eso refleja nuestro carácter que no tiene semejanza con ninguno ni tiene porque halagar a nadie.
        

--¿Quiere decir que usted ama más a Aragón que al revés?
        
--Quiero decir que yo hago cosas porque he nacido aquí y las figuras que selecciono son muy notables y seguramente nadie contaría sus vidas si no las contase yo. Tal vez por ello he elegido a Cajal, a Servet, a Gayarre (que es un personaje inmediato, vecino), a Braulio Foz, del que seleccioné un cuento erótico de su novela Pedro Saputo para la serie de TVE El jardín de Venus. Y me gustaría acercar al rey Fernando el Católico a la gente. No sé si le he respondido. En todo caso, es un problema mío con Aragón, no de Aragón conmigo. Ni tiene que agradecerme ni darme nada. Soy yo quien tengo que agradecer el haber nacido en Zaragoza y el poder hacer estas cosas por Aragón. Dicen que soy muy aragonés en las expresiones, que cuando me asoma el cachirulo se me nota mucho.
        

--Lamento que tenga que irse ya. ¿Qué significa, qué ha significado para usted el cine?
        
--A los aragoneses nos ha entretenido, y no sé si definido, mucho esto de la imagen. Mi sangre verdadera está en el cine, que es mi vida y mi sueño. En realidad, creo que no sabría hacer otra cosa y felizmente sigo teniendo proyectos.    
        

Le reclaman del rodaje. Ya se han encendido las luces y la maquilladora se ha acomodado en el claustro. El director de fotografía, Manuel Rojas, encuadra un cadáver entre las columnas. Las cabezas de los monstruos observan desde las gárgolas. Sobre una cama de disección, un doble de Quique San Francisco de silicona luce su vientre abierto. José María Forqué, tras la infusión y la tertulia, ya está al pie del cañón en la sala capitular. Alguien grita: “Silencio. Motor. ¡Acción!”. Y se inicia una clase de Anatomía. De repente, Forqué ruega: “Ese niño, que se calle”. Alguien le corrige: “José María, no es un niño. Es un perro”. Y ahí le dejamos: sobrio, entrañable, con su genio baturro y con los ojos asombrados, azules como el mar de bonanza en medio de este santuario de leyenda y piedra.

*El retrato de Miguel Servet es de José Luis Cano, que le dedicó una espléndida monografía en Xordica y considera al sabio un vivo ejemplo de esa característica esquizofrenia aragonesa.

19/11/2006 10:15 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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