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REMBRANDT: PINTOR DE HISTORIAS EN EL PRADO

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Viví en una buhardilla de la Casa Las Armas, 138, durante casi dos años, a finales y a principios de los años 80. En una de las habitaciones había la reproducción de un cuadro: “La novia judía” de Rembrandt, del cual se inaugura una gran exposición, “Rembrandt, pintor de historias”, en el Museo del Prado. Alejandro Vergara, el comisario, dice que el holandés, el maestro del autorretrato, ese pintor de una tenebrosa luz de fuego, “es un pintor raro, un pintor que busca un idioma peculiar”, y dice que ni se les ha pasado por la cabeza solicitar la “Ronda de noche”, que vi hace años en Ámsterdam con auténtico embeleso, pero que sí que echa en falta, o de menos, “La novia judía”, que está en el Rijksmuseum también, que es un cuadro síntesis, que ofrece la gama plural de características del pintor: los dorados y los rojos, la atmósfera, su magia. El cuadro equivalente a esa ausencia, para Vergara, es “Betsabé”, que ha cedido el Louvre. Y que reproduzco aquí.

 

La muestra, que visitaré mañana, solo tiene un cuadro del Museo del Prado: este “Artemisia”, fechada en torno a 1634, que ofrece el pulso pictórico de Rembrandt: el sentido de plasticidad, la luz que se concentra en un punto, la fuerza del color, el despojo de los elementos superfluos para concentrar la narratividad y una suerte de sombra desde atrás: esa mujer, más o menos vieja, con algo parecido a un saco. Artemisia era hermana de Apolo y siempre tenía el estómago vacío.

*Betsabé. Óleo de 1654 sobre lienzo.

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