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LA HISTORIA DE WENCESLAU DE MORAES. POR C. A. MOLINA

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[Pepe Melero me ha escrito hoy para ver si había reparado en este bellísimo texto de mi paisano, y ministro de Cultura, César Antonio Molina, que aparecía ayer en el suplemento ABCD del diario ABC. La pieza es estupenda, y le coloco la foto del túmulos de las dos amadas muertas]

WENCESLAU DE MORAES: LITERATURA DE LA PIEDAD

Por César ANTONIO MOLINA

¿Cómo puede uno hablar de sí mismo?, se preguntaba Maurice Blanchot, me he preguntado yo tantas veces con verdadera vergüenza. ¿Cómo hablar de sí mismo con verdad? Pocas veces he leído un relato autobiográfico tan descarnado, tan patético, tan certero, sobre la noción melancólica de la fugacidad de las cosas, como el libro de Wenceslau de Moraes Ó-Yoné y Ko-Haru [Ediciones del Viento, La Coruña, 2008].

Moraes se refiere a su estética como la «religión de la saudade», una pasión por lo bello, por lo bueno, por lo consolador, por lo que fue y ya no es. Cuando se sienten penas que no tienen nombres, decía Joubert, surge la melancolía. Pero Moraes tiene más saudade, más nostalgia que melancolía, pues él sí puede ponerle nombre a sus penas: Ó-Yoné y Ko-Haru, dos jóvenes, tía y sobrina, de las que estuvo enamorado y, ambas, murieron muy jóvenes, dejándole en total soledad e indefensión.

Memoria y desdicha. Moraes traza, en torno a la pasión y muerte de las dos muchachas, toda una teoría sobre la ausencia y cómo este vacío -sin llenarlo- puede ser un motivo para seguir existiendo. Los autores de Una pena en observación y Carta a D. Historia de un amor, C. S. Lewis y André Gorz, se hubieran emocionado con el libro de Moraes. La memoria y su conservación, la desdicha (¡Kawaisô!).

Ambas mujeres, como es habitual en los ritos budistas, perdieron el nombre terrenal y les fue concedido otro nuevo acorde con los méritos de su existencia. El Kaimo, que el sacerdote impone, es luego grabado en un lugar visible en la piedra tumular. Esta especie de epitafio consta de unas pocas palabras en las que se indica el sexo y las virtudes del difunto tanto en el mundo terrenal como en el nuevo. El Kaimo de Ó-Yoné dice así: «Piadosa mujer, comparable a un jarrón precioso de decires»; mientras que el de Ko-Haru es: «Piadosa mujer, comparable a un magnífico cuadro, trazado con pincel primoroso y ofrecido a los dioses». Moraes no acepta esta traslación y cita permanentemente los nombres que él amó. Con la misma compulsión se rodea y colecciona los enseres que a ellas les sirvieron. El fiel marido esconde de la rapiña de los familiares espejos, muebles, muñecas, ropas. A través de los objetos de la vida cotidiana las mantiene presentes. Moraes encarga sus panteones, uno junto al otro, y asiste durante un mes al cincelado de los mismos. Luego, cuatro años antes y cuatro después, le tocará el desgarro de depositar las cenizas. Desde entonces no deja de tenerlas presentes. La ausencia como compañía. Y afirma con una rotundidad estremecedora: «Y vivo en esto y vivo de esto».

Dos flechas. Pocas veces he leído una manifestación tan grande de amor, un tan grande regodeo en convivir con los muertos. Moraes no pide a los lectores que le tengan piedad; por el contrario, no se cansa de manifestar el disfrute de vivir aislado en medio de las ordinarias labores de la rutina de cada día. Los amigos más fieles son los objetos que lo rodean. En cada uno de ellos descubre un alma.

Ya los griegos consideraron el amor pasional como una enfermedad, como una desgracia, un sufrimiento, pues Eros es desobediente, desenfrenado y empuja a los amantes a una orfandad eterna. Moraes así lo disfrutó y así fue herido por las dos flechas del dulce tormento lanzadas por el dios de los bucles dorados: «Una suave para la serena felicidad y otra perniciosa que la destruye». Y añade Eurípides en su drama Ifigenia en Aulide: «Bienaventurado quien acoge las alegrías del amor con humildad y moderado apasionamiento, aquel cuyo corazón no es sacudido por la furiosa tempestad de las pulsiones desencadenadas».

Pero, ¿quién fue Wenceslau de Moraes? En las historias de la literatura portuguesa su nombre no aparece o está perdido en las notas a pie de página. Yo llegué a él a través de Camilo Pessanha. El autor de Clepsidra conoció a este oficial de la marina de guerra portuguesa cuando ambos residían en Macao. Moraes nació en Lisboa en el año 1854. Estudió en la Escuela Naval y como oficial de la armada lusa viajó por África, América y Asia. En Macao se casó con una china y tuvo dos hijos. Acompañando al gobernador de la colonia visitó Japón, siendo recibido por el emperador Meiji. Conoce ciudades como Nagasaki, Kobe y Yokohama.

El deslumbramiento que le provoca este país le hace abandonar su destino y su familia. En Hiogo y Osaka ejerció de cónsul. Cuando muere su amada Ó-Yoné Fukumoto se traslada a vivir a la ciudad de ésta, Tokushima, donde se enamora de la sobrina Ko-Haru, quien también fallece muy joven.

Últimos años. Moraes no volverá jamás a Europa, murió en el año 1929. La ciudad de Tokushima, en donde residió los últimos años de su vida y donde yace junto a sus amadas, para conmemorar el centenario de su nacimiento levantó un monumento en su memoria. Poco después, otro semejante se inauguró en la ciudad de Kobe, en la que también habitó el último año del siglo XIX y los trece primeros del siglo XX.

En portugués no están publicadas todavía sus obras completas, mientras que sí se encuentran en japonés en cinco volúmenes. Este libro, ahora aparecido en nuestro país, es un conjunto de artículos literarios que vieron la luz entre los años 1917 y 1918 en el periódico O Comercio de Porto. En volumen se imprimieron en A Renascença Portuguesa en la misma ciudad. El resto de su obra está relacionada con la Historia, el arte, la vida, las costumbres, el pensamiento y la literatura del Japón.

Su libro está escrito por un amante de lo exótico: «Cuando hablo de amantes del exotismo, me refiero a un grupo reducido de hombres, a aquellos que por el exotismo todo lo dan, aquellos que por el exotismo todo lo pierden y a él se esclavizan, a aquellos que se sienten fatalmente atraídos por lo extraño y a lo extraño se encaminan; huyendo, si pueden, de su medio, yendo a identificarse en la medida de lo posible con su nuevo lugar, divorciados decididamente de las sociedades, tan diferentes, en donde nacieron».

Moraes no es un emigrante, ni un comerciante, ni un predicador, ni siquiera ya un soldado, es tan sólo una persona que encontró su lugar en el mundo. Una vida cuya última etapa transcurrió sin compañía, oscilando entre el sufrimiento y el tedio, como le gustaba a Schopenhauer. Sin embargo, Moraes convierte el tedio en rutina y comparte el trabajo intelectual con el de las labores campestres. Los enseres y la naturaleza se transforman en los únicos interlocutores. Del mismo modo, hay páginas memorables hablando de las abejas, del olor de las flores o de los pensamientos que produce al encenderse una piedra de carbón. Moraes está solo; aunque estar solo es estar con uno mismo, es siempre ser dos, decía Valéry.

Náufrago de la vida. En uno de los relatos, el titulado «El cubo de la basura del cementerio de Chiyo on-ji» (el cementerio donde yacen los tres), cuenta cómo el narrador se topa con un anciano que, al final, descubrimos es él mismo. Ambos recorren el cementerio comentando los árboles y plantas que allí crecen, así como las tumbas y los epitafios; también los de las dos muchachas. Al describir al interlocutor, aprovecha para autorretratarse: «El individuo que yo tenía frente a mis ojos, con aires de abandono de sí mismo, ofrecía todos los indicios inequívocos de uno de esos pobres diablos, de uno de esos parias que occidente arroja, de vez en cuando, a los países exóticos y distantes, por no quererlos o porque ellos no lo quieren; un don nadie cualquiera, náufrago de la vida que, habiendo pasado probablemente mil trabajos y mil reveses en una existencia temerosa, pide ahora al destino sólo un poco de paz y un rayo de sol acariciador en el suelo extraño donde se encuentra». ¿Hay contradicción entre el amante de lo exótico y el viejo paria? Yo creo que no. Quizá cierto fracaso en el anciano por no haber podido o sabido conservar la felicidad que aquellas nuevas tierras le dieron y le quitaron.

Moraes es una persona preparada, culta y leída. Se considera un escritor que escribe por el simple deleite, a diferencia de otros que lo hacen por la fama o el dinero. Relata su propia vida cotidiana enriquecida por un entorno repleto de historias y saberes ancestrales. Moraes admiraba a Lafcadio Hearn; también a Pierre Loti, aunque de este último no opinaba tan favorablemente. Sin embargo, encabeza el volumen con esta bellísima frase suya: «La literatura del futuro será la literatura de la piedad». Decía que al francés no le gustaba el Japón y despreciaba a sus mujeres. Por el contrario, Edmond de Goncourt no dejaba de sorprenderle por sus comentarios sobre Oriente, a pesar de que jamás había salido de Francia. A este último lo calificaba de «esteta sedentario».

El sentido de la muerte. El libro es también un ensayo sobre el sentido de la muerte en el Japón de finales del siglo XIX y comienzos del siguiente. Expresa el choque entre el sentimiento metafísico oriental y el occidental. Hay pasajes extraordinarios como el de la venta de las luciérnagas con sus correspondientes jaulas; el de los suicidios de amor, especialmente el shinju, es decir, a tres; o el de la batalla de Ichi-no-tani. Un guerrero vencedor le hace la tumba al joven contrincante que mató, antes de retirarse a la vida contemplativa.

Los suicidios de jóvenes amantes, según la mitología popular, muchas veces provocaban graves epidemias. El espíritu del amante, por ejemplo, no paraba de causar desgracias hasta dar con la sombra de su amada. Ó-Somé se había vuelto violento pues no encontraba en el más allá a su compañera Hisamatsu. Buscando a la amada, que creía se había quedado perdida en alguna casa, iba provocando destrozos y muertes. Después de tantas calamidades, a un vecino se le ocurrió colgar en la puerta de su casa el siguiente cartel: «Hisamatsu no está aquí». Así, el espíritu de Ó-Somé, leyendo el aviso, iría rápidamente a otra vivienda.

Con respecto al suicidio hace el siguiente comentario: «Esta gente, que vive sonriendo, que olvida rápidamente los pesares y los reveses, que es sobria como ninguna otra, que se deleita en puerilidades de florecimientos de árboles y ornamentos de paisaje, que en definitiva sabe encontrar en la vida, como ninguna otra, mil pequeñas nadas que le encantan y le tornan la existencia despreocupada y apacible, es al mismo tiempo la que más fácilmente se desprende de este mundo por un acto voluntario bajo el impulso muchas veces de los más frívolos pretextos».

Como Pessanha, António Patricio o Raul Brandão, Wenceslau de Moraes fue un autor entre el exotismo y el simbolismo con un extraordinario sentido metafísico. Un día me gustaría llegarme hasta Tokushima, ver el monumento que le levantaron y poner unos crisantemos sobre las tumbas de los tres, si es que aún existen.

 

 

 

 

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gravatar.comAutor: Fabricio Estrada

Antón, sigo tu blog permanentemente, desde aquí, en Honduras. Esta entrada es realmente hermosa. Me has dado razones suficientes para profundizar sobre el Kaimo y la "literatura de la piedad". Gracias por compartirlo.

Fecha: 29/01/2009 19:43.


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