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FERNANDO ALVIRA: EL PAISAJE A TODA VELOCIDAD

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Esta tarde, en el Matadero de Huesca, Fernando Alvira Banzo inaugura la exposición ‘Paisajes viajados’ en las dos salas. Esos paisajes compendian su condición de peregrino y de observador, la memoria retenida de la naturaleza cambiante a la luz de las estaciones y de las horas veloces. Éste es el texto que le he escrito para el catálogo que ha cuidado amorosamente Luis Lles. Esta foto es de un gran fotógrafo oscense: Fernando Alvira Lizano, primo del pintor, uno de los grandes fotógrafos de arte de España.

 

EL PAISAJE A TODA VELOCIDAD

 

Hace 40 años, cuando era más joven e indocumentado, Fernando Alvira Banzo expuso en el Instituto de Estudios Oscenses, y ahora, dueño de un paisaje particular y de un estudio con vistas, ha decidido recordar aquella fecha y mirarse en el espejo del tiempo. En todos estos años, Fernando Alvira ha crecido como artista, como estudioso, como agente cultural, y le ha dado unas cuantas vueltas a la vida y al arte. Desde hace unos años, su existencia tiene algo de sinvivir: con el coche y con sus cargos y sus responsabilidades va de aquí para allá de manera incansable. Recorre la autovía Huesca-Zaragoza y viceversa, y se dirige desde Huesca hacia Barbastro, y regresa, y lo hace una y cien veces, con todas las luces de las horas, con el cambiante esplendor de las estaciones. Fernando Alvira Banzo ha sido pintor del natural, ha salido a la naturaleza sobria y exuberante con Grau Santos y con muchos amigos, ha conversado en el jardín japonés y perfumado de José Beulas y María Serrate, y con auténtico afán ha analizado la obra de creadores próximos como León Abadías, Félix Lafuente, Martín Coronas, Carderera o Ramón Acín, por citar algunos de los creadores que le han marcado su trayectoria. De ellos extirpa una corriente de afectividad, un vínculo especial con el territorio de origen y una forma de entender la pintura. Busca sus obras olvidadas con un afán detectivesco, quizá porque anhela la luz definitiva, los matices del delirio, la esencia de la creación hecha materia y forma y aureola de oro viejo. En ese laberinto de influjos y huellas, Fernando Alvira nunca ha olvidado sus años en Barcelona, su admiración por Joaquín Mir, por Anglada Camarasa, por Ramón Casas, por Grau Sala o la misma Ángeles Santos. Ellos le han contaminado, si puede decirse así, de sutileza, de meditación, de hondura: el paisaje está ahí, totalizador y mudo, y pide un modo de mirar, un cromatismo leve o intenso, una pulsión de pintor. Por vocación, por discernimiento, por afán y por quimera irreductible e íntima, Fernando Alvira Banzo es un pintor absoluto y un enfermo de pintura, el perseguidor de antílopes y pájaros en el movimiento del paisaje. El perseguidor de gestos en la espesura.

Desde hace más de un lustro, tras haber hecho jardines y parques y haber capturado, con ese estilo naturalista y fluido, un sinfín de edificios que singuraliza entre las cosas del campo, Fernando Alvira decidió sacarle partido a ese tiempo que invertía en el coche. Se dio cuenta de que a cualquier hora, al alba, de mediodía, cuando se desmadeja el crepúsculo o cuando llega la noche, veía un instante único de paisaje. Una instantánea, un relámpago de claridad, un fogonazo de tramas en el vientre del mundo, una auténtica carta de colores: en el centro de la naturaleza se extendía la línea del horizonte, que señalaba ese diálogo entre el cielo y la tierra, entre la fronda y las aves, ese diálogo de los colores asombrados. Fernando no lleva cámara de fotos. O si la lleva, no detiene el coche para disparar: mira, atrapa la imagen, la retiene, deja que fluya en el torbellino de su conciencia, que sedimente, que se alimente de imaginación y de recuerdos de luz inventados, y en cuanto llega al taller esboza lo que vio, consuma lo que recuerda, ordena y fija el cuadro de su memoria. Éste, en esencia, es el método. Podríamos decir que Fernando Alvira pinta destellos, intuiciones y fuegos, la caliente calma del paisaje, la grama y la araña del sol, la destilación de las sangres del poniente y sus desmayos.

Esto es la serie ‘Paisajes viajados’, que también podría ser ‘Pintura en tránsito’ o el ‘Diario de un pintor a toda velocidad’, una ambiciosa colección de cuadros apaisados de distintos formatos: cuadros pequeños, en papel, que se ordenarán en una especie de mosaico o gran tapiz de sugerencias, de manchas, de intuiciones y temblores. Cuadros de tamaño intermedio, siempre horizontales, en los que Fernando insiste en algo definitivo: el paisaje, como las aguas del río de Heráclito, siempre es distinto. Es el mismo y es otro: posee otros matices, otras criaturas invisibles, otras temperaturas, un corcel invisible imprime sus huellas y su hechizo, y siembra un huracán de misterio. También hay otros paisajes más grandes: el puro derroche de la mancha, la travesía del pincel, la odisea horizontal de un paseo inacabable. Estos ‘Paisajes viajados’ proponen un doble viaje: uno exterior, inmenso, la aventura de pintar y de ensuciarse las manos que fabrican pigmentos y texturas, y un viaje interior, abstracto, que nace del encuentro con uno mismo, del abandono, de la concentración, del silencio del estudio. Fernando Alvira huye por el paisaje para encontrarse en una encrucijada o en un desvío hacia el paraíso. Alterna los cuadros en solitario, exentos, con otros que dialogan entre sí, los dípticos, los trípticos. Y así, como un topógrafo, alza una nueva orografía de la luz, regala collados y campiñas, deslíe atardeceres en lontananza, y, en otro alarde de ingenio y de artesanía del alma, lo encajona en pequeñas cajas de pasteles como quien ofrece un tesoro para siempre.

El paisaje, como el hombre que pinta, es múltiple y está hecho de fragmentos, de escondrijos, de protuberancias, de casas y castillos, de puestas de sol y de surcos olvidados. Para Fernando Alvira Banzo la pintura es sobre todo color: armonía, música, estructura, delectación, urgencia, todo eso, sí, pero es ante todo color, explosión de ocres, verdes, azules, rojos, blancos. De ahí, que sus cuadros, como tantas veces le ha recomendado José Beulas, estén equilibrados de punta a punta, de arriba abajo y a lo largo y a lo ancho. Entonados desde que nacen, entonados hasta la última superficie de la tela. Entonados. Todo ha sido pintado y repintado, dibujado y desdibujado, matizado e impreso de nuevo dentro de esa estructura sencilla pero eficaz: la raya que pauta el horizonte, la calzada que se encamina hacia el infinito. Esta muestra es una afirmación, una confesión y un homenaje: en cada cuadro se oye la melodía del cierzo y del trigal, se escucha la radio, se percibe la amorosa manera de mirar y de quedarse estupefacto en el centro de una loma. Extramuros del cuadro, como San Sebastián, asaeteado en el centro del pecho y muy cerca del corazón, Fernando Alvira recibe y devuelve las vibraciones de color del paisaje.

 

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