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ANTONIO MACHADO: 70 AÑOS DE ÉXODO Y POESÍA

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Ayer se cumplieron 70 años de la muerte en Colliure del autor de ‘Campos de Castilla’ en un forzoso exilio que siempre había rechazado

 

 

Antonio Machado -que falleció tal día como hoy, en 1939, hacia las cuatro de la tarde-  jamás hubiera querido partir al exilio. Fue Rafael Alberti quien le recordó el avance de los insurgentes y le dijo que debía abandonar Madrid. Al hacerlo, con su madre Ana Ruiz y su hermano José, dejaba a su hermano Manuel, con quien redactó teatro a cuatro manos, y a su amante secreta Pilar Valderrama, Guiomar, que residió varios años en Zaragoza. Hacía no demasiado tiempo, García Lorca había sido fusilado en el barranco de Víznar y Antonio Machado (1875-1939) le dedicó una de las elegías más impresionantes de nuestras letras: ‘Muerto cayó Federico / sangre en la frente y pólvora en las entrañas’, dice.

La familia se trasladó a una torre en las afueras de Rocafort, muy cerda de Valencia, y allí, con su torpe aliño indumentario, su gabán raído, “físicamente arruinado pero intelectualmente entero” (tal como escribe Enrique Baltanás en ‘Los Machado’, en 2006), el autor de ‘Soledades’ permanecería quince meses, hasta abril de 1938. José Luis Cano escribió sobre su residencia: “Era un chalet llamado Villa Amparo, con dos pisos, terraza y un jardín con jazmines, rosales y limoneros, al borde del cual corría el agua de una acequia”. Su hermano José –que ilustraría su último libro, en prosa y en verso, ‘La guerra (1936-1937)’- diría que su “cerebro trabajaba con esa diafanidad y lucidez que le acompañaron hasta los últimos días de su vida”. Se tendía en la cama, fumaba sin parar, daba lecciones a sus sobrinas, y escribía cartas a algún amigo donde le hablaba de su “ruina fisiológica”.

De Valencia, Antonio Machado fue trasladado a Barcelona; se alojó unos días en el hotel Majestic y poco más tarde, él y su familia, se instalaron en la Torre Castañar, “un palacete con jardines y vistas al mar” de la duquesa Moragas. Algún tiempo más tarde, en contra de su voluntad, el periodista y escritor Corpus Barga lo acompañaría en su marcha al exilio. Eran los últimos días de enero de 1939. Corpus tuvo que explicar quién era para evitar que lo mandasen a un campo de concentración, y finalmente los Machado cruzaron la frontera bajo el aguacero. Colliure, y en concreto el hotel Bougnol-Quintana, será su último destino.

La dueña les concedió las mejores habitaciones. Antonio Machado se siente un derrotado, un hombre sin patria, y padece un infinito cansancio. El día 22 de febrero, cuando ya todo estaba prácticamente perdido, fallecía a consecuencia de una neumonía, que se complicó con una gastroenteritis. Su último retrato lo decía todo: era un espectro, la sombra de un hombre “desastrado y pobre”, el espejismo del poeta humanista y radical que escribió con una profundidad que aunaba el lirismo, la denuncia y la filosofía. Su hermano José halló en el bolsillo de su guadapolvo manchado un papel arrugado, con estos versos de caligrafía temblorosa: ‘Estos días azules y este sol de infancia’. Tres días después, falleció su madre Ana Ruiz, otra de las mujeres esenciales de su vida con Leonor y Guiomar.

Desde entonces, su tumba ha sido un lugar constante de peregrinación por todas las generaciones poéticas de la posguerra. Antonio Machado, modernista en sus inicios, recibió el influjo de Ronsard, de Fray Luis de León, de Rubén Darío y de Verlaine. Luego, se erigió en el poeta de Castilla y las soledades del alma, en el poeta del paisaje y del misterio, en el poeta del pueblo que se atrevió a cantar por todos. Y que, aún hoy, 70 años después de su muerte, lo sigue haciendo en sus versos y en el aire que se expande con su memoria.

 

DESPIECE

 

Ínsula y el escritor que desapareció

 

La revista ‘Ínsula’, en un número doble 745-746, dedica un monográfico a conmemorar la visita que hicieron un puñado de poetas y escritores el 22 de febrero de 1959 a la tumba de Machado en Colliure. Eran nueve: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald y el dramaturgo, escritor y cineasta zaragozano Alfredo Castellón. Lo más curioso es que Castellón ha desaparecido de la portada de esta entrega coordinada por Araceli Iravedra y presentada en Sevilla por la Fundación José Manuel Lara. Castellón “está indignado” porque la foto al completo había aparecido ya, en un número anterior. En algunos otros lugares, no sabían quién era el aragonés, no lo identificaban, y ese despiste también ha motivado un estupendo artículo de Ignacio Martínez de Pisón para su libro ‘Las palabras justas’ (Xordica). Por otra parte, el próximo día 24, Ian Gibson, biógrafo de Machado, hablará en la Diputación de Huesca sobre ‘Antonio Machado en el 70 aniversario de su muerte’.

 

 

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gravatar.comAutor: Manchas de tinta

Grande Antonio Machado. Merece la pena descubrir las tierras de Soria a través de sus poemas.

Fecha: 24/02/2009 18:23.


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