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ÁLVARO CUNQUEIRO Y LAS SIRENAS DEL MAR, SEGÚN FERNANDO VALLS

Fernando Valls, en su espléndido e imprescindible blog ‘La nave de los locos’, rinde un primer homenaje a Álvaro Cunqueiro Mora con ‘Cunqueiriana 1’, dedicada en este caso a las sirenas. Fernando habla de un libro que marcó mi juventud: ‘Fábulas y leyendas de la mar’ (Tusquets. Edición de César Antonio Molina), es uno de los libros que más veces he leído con otros de Cunqueiro como ‘Merlín e familia’, ‘O incerto señor don Hamlet’, etc., algunos de Borges, Dieste o Miguel Torga. Traigo aquí este texto de Fernando, donde también habla de un recuerdo suyo emparentado con las sirenas. Yo siempre he pensado que los besos de sirena no saben ni a pescado ni a lamprea ni a manatí: saben a sueño, que tiene un sabor impreciso y deleitoso. Entre otros textos que he dedicado a las sirenas, hay uno que me gusta especialmente: ‘Jorge y las sirenas’ (Marboré), un álbum ilustrado dibujado por Alberto Aragón, donde ensayaba algo que me enseñó Cunqueiro: la literatura como curación, como placer, la literatura que emerge del mar y de la fantasía, la literatura como extravío y como isla de desembarco. Ese cuento estaba y está dedicado al joven Jorge Sanmartín, que creía fervorosamente en las sirenas y que creía que, algunas noches desapacibles, una sirena puede colarse en la bañera de tu casa…

 

Una de las sirenas de Waterhouse.

 

¿A QUÉ SABEN LOS BESOS DE SIRENA?

Cunqueiriana 1

 

Por Fernando VALLS. Tomado de su blog ‘La nave de los locos’

 

El próximo 22 de diciembre se cumplen 100 años del nacimiento en la lucense Mondoñedo del gran escritor Álvaro Cunqueiro, por lo que ya se anuncian congresos y homenajes en varias ciudades gallegas, pero también en Barcelona y Madrid. Como he tenido la fortuna de ser invitado a los de Santiago de Compostela y Barcelona, me he puesto a releer al gran escritor mindoniense.

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Pero no es eso lo que, en realidad, quería contaros. ¿Sabíais que Cunqueiro, como Mariño de Lobeira que era, descendía de sirenas? El caso es que Roldán, muerto en Roncesvalles, dejó preñada a una sirena, que fue a dar a luz a la playa de Arosa. Algunos pescadores, atraídos por su canto, recogieron al niño y le pusieron por nombre Palatinus, como hijo del paladín Roldán. Y sigue contando Cunqueiro que, por corrupción, Palatinus vino a Paadin, Padin. Así, los Padin son la otra familia gallega que también desciende de las sirenas. Lo que nunca se ha sabido es cómo se las arregló don Roldán para dejarla preñada, ni como logró dar a luz la sirena.

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En un artículo que Cunqueiro publicó en la revista Vida gallega, me he encontrado con una frase que ha logrado captar especialmente mi atención, pues me parece que haría las delicias de mi buen amigo mexicano, Javier Perucho, sirenólogo por vocación. Allí afirma Cunqueiro que a lo que más se parecen los besos de las sirenas es al sabor de la lamprea. Ahora falta saber si en México se conoce la lamprea y si la experiencia de un reputado sirenólogo, como es Javier, coincide con la de Cunqueiro.

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Lo que tampoco quizá sepáis todos es que las sirenas de estirpe griega son mitad mujer y mitad pájaro, con alas, claro; pero las que provienen de los países nórdicos tienen cola de pez. Eso sí, la parte femenina, la cabeza y el torso, en ambas especies es siempre muy hermosa, con larga caballera y pechos bien formados, turgentes. Respecto a sus cabellos, sabemos que siguen siendo muy apreciados porque impiden que salgan las canas y previenen la calvicie, tras frotar con ellos el pelo de los desdichados humanos. Es sabido, en cambio, que las sirenas encantaban a los marinos con sus siempre ininteligibles cantos, prometiéndoles la eterna juventud. Y Cunqueiro nos cuenta con todo lujo de detalles, en su artículo “Abundancia de sirenas” (Fábulas y leyendas de la mar, Tusquets), al que remito a los curiosos, cómo conquistaban a los marinos.

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En Almería, la ciudad donde nací, en el Cabo de Gata, existe un lugar llamado el Arrecife de las sirenas, que he visitado en numerosas ocasiones. Cuando éramos jóvenes y disfrutábamos de los primeros amores, solíamos bañarnos cerca, en la playa que hay delante de las salinas. El sol nos achicharraba pero entre los pocos años, que todo lo soportan, la correspondiente sombrilla, y una gran sandía que enterrábamos en la orilla, y que nos comíamos cuando estaba fresquita, lográbamos sobrevivir. Pero, la verdad, es que nunca tuve trato alguno con sirenas; ni carnal, ni de ningún otro tipo, por lo que no sé si tienen ombligo o no, o si su carne es comestible. En estas cuestiones, que tanto inquietaban a Cunqueiro, siento no poder ayudarlo.

Otra sirena de John Williams Waterhouse. 

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antoncastro

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