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ÁNGEL GUINDA LEE A CELAYA

POESÍA NECESARIA: GABRIEL CELAYA

 

Por Ángel GUINDA

  

[Texto de una conferencia en Tarazona, el pasado viernes. Celaya es el protagonista del Festival Internacional de Poesía del Moncayo, que se celebra este fin de semana, del 28 al 30 de julio]

 

Conocí personalmente a Gabriel Celaya cinco años antes de su muerte, en San Sebastián, durante el verano de 1986. Él tenía 75 años. Tiempo atrás habíamos mantenido contacto epistolar. Con cuánta generosidad reseñó alguna de mis primeras publicaciones; con qué cariño comentó alguno de los libros editados en la Colección Puyal.

 Recuerdo aquella deslumbrante tarde donostiarra: Inmaculada Muro y yo paseábamos por el puerto de la ciudad, en el extremo oriental de la bahía de La Concha, al pie de la Estatua del Sagrado Corazón que corona el Monte Urgull.  

Acabábamos de comprar una papeleta de quisquillas (esos diminutos crustáceos translúcidos de color grisáceo que fuera del mar los vemos de color rojo rosáceo), y nos las comíamos mientras caminábamos. La sed nos llevó a una taberna en la que entramos con intención de tomar un txacolí. Y el destino quiso que, nada más abrir la puerta del establecimiento, viese al fondo, en un rincón del mismo, la figura del poeta: sí, era él, allí estaba  agazapado, silencioso, la mirada hacia adentro, sentado junto a Amparo, su Amparitxu, con las manos apoyadas en un bastón.

 Superada la sorpresa, me acerqué a la pareja, miré a Gabriel a los ojos y, a bocajarro, comencé a decirle de memoria los primeros versos de un poema suyo que siempre me gustó mucho, perteneciente al libro Baladas y decires vascos: “Ser poeta no es vivir / a toda sombra, intimista. / Ser poeta es encontrar / en otros la propia vida./  No encerrarse; darse a todos; / ser sin ser melancolía…” Asombrado, me preguntó: ¿Quién eres? Cuando le respondí se emocionó recordando Zaragoza, a Julio Antonio Gómez y la maravillosa edición que éste hizo del libro Campos semánticos.

 De Gabriel cautivaba la inocente mirada de sus chispeantes ojos azules, su fervor conversacional, su abierta risa que relajaba el ambiente y hacía más fácil y afable la comunicación,

 Pasamos un largo rato inolvidable, presidido por su infinita ternura. Me preguntó por Luciano Gracia, por Manuel Pinillos y Margarita. Recordaba el restaurante El Cachirulo, el vino recio de Cariñena. Hablamos de su salud que estaba ya muy frágil, de Blas de Otero, de Madrid, de su dificultad para subir las escaleras del piso en San Sebastián. Vivía en la mayor estrechez económica y, sin embargo, tenía la entereza y seguridad del rico a quien le sobra todo. 

Cuando nos despedíamos se empeñó en incorporarse con gran dificultad para besar a Inma, le insistimos en que no se molestase; su gentileza pudo más que nuestra tozudez. ¡Cómo olvidarlo, sí, cómo olvidarlo!

Gabriel Celaya había nacido en Hernani el 8 de Marzo de hace cien años y murió en Madrid el 3 de Abril de 1991. Con motivo de su fallecimiento, publiqué en El Periódico de Aragón un brevísimo artículo titulado “Te has muerto para nunca” en el que decía:

 “Hoy, en Madrid, la mañana ha sido gris de acero y de ceniza, como de lluvia seca en lento amanecer con el sol encorvado por el peso del cielo. 

Cuando Gabriel se ha ido definitivamente hacia su soledad cerrada, el cielo ha abierto sus alas y ha dejado caer sobre la atmósfera una grave marea de silencio. 

Fue Celaya un poeta didáctico y moralizante, poeta más preocupado por la ética que por la estética de su palabra. Poeta necesario que hizo de la poesía algo tan imprescindible para la existencia del ser humano como el oxígeno, el pan o el agua. 

Tranquilamente hablando digo que este poeta se parecía tanto al amor que él mismo era el amor. Su poesía que se atrevió a decir en voz alta lo que el mundo callaba.

 En uno de sus más hermosos textos que hablan de su escritura, confesaba: “A lo largo de mi vida sólo he tratado de lograr una sola cosa: alcanzar un estado de conciencia que me permitiera romper la conciencia cerrada del yo individual y conseguir otra más allá de la que normalmente nos gobierna.”  

Hay mañanas que resultan excesivamente luminosas. Aun siendo gris, la de hoy ha sido una de ellas. Gabriel: tu ausencia es un eclipse de música, un eclipse de amor. Pero tu poesía eclipsa esos eclipses y es, al fin, la claridad más clara.

 Ahora me callo, comienzo ahora a releer tus versos, a revivir tu vida, para sentirme vivo después de que te has muerto para nunca.”           

Unos días después, el 25 de Abril de 1991, y con el título “Última memoria de Celaya”, publiqué una doble página en el Suplemento Rayuela que coordinaba Antón Castro en el citado periódico. Terminaba así: “La poesía española acaba de perder para la vida, que no para la historia, a todo un poeta del derecho y del revés, un trozo de lo mejor de nuestras almas”.

 “Para Gabriel Celaya, la poesía es conciencia en el tiempo tanto o más que para Antonio Machado había sido palabra en el tiempo.

Sin la guerra incivil del 36, sin la paz violenta de la posguerra, esta poesía habría desarrollado sus postulados teóricos por la senda del surrealismo más que por la actitud pragmática de la reflexión existencialista de un yo fundido en con el yo de los demás.

Acaso haya una única soledad humana manifestada de diferentes maneras: la soledad con todos (o soledad sonora), la soledad a solas (o soledad silenciosa), la soledad que quiere acompañar (o soledad más triste). La soledad del sol (o soledad cósmica) que es la unánime soledad de la Naturaleza.  

Celaya escapa a mi sentencia “evasión hacia adentro es el viaje del poeta”. Su poesía intentó aniquilar la soledad del individuo y la soledad del pueblo amordazado, mediante una voz alta de reunión y llamada: llamada a los ciegos, sordos y mudos de discernimiento; congregación de los juiciosos comprometidos y valientes.Su decidida apuesta por una poesía entrometida, comunitaria, en los años 50 y 60 le llevan a superar su propio yo doliente para vivir otras vidas además de la suya propia, para morir otras muertes. De este modo elige la soledad con todos desde la solidaridad. 

Y es así como se convertirá, en la década de los 70, junto a Blas de Otero, en el poeta más conocido y reconocido del momento: el poeta social de la palabra útil, de la palabra herramienta para transformar la adversa realidad del mundo; el poeta de Las cartas boca arriba y de los Cantos iberos. El poeta cívico cantado por voces tan penetrantes como las de Paco Ibáñez y Soledad Bravo.

 Esta máscara definitiva, altruista, valiente y pujante escondía otras máscaras de igual valor poético: 

- la máscara inicial que había dado luz a una poesía casi pura en su primero libro, Marea del silencio, más pura todavía en Objetos poéticos; o a otra poesía meditativa, metafísica, resistente, en obras como La soledad cerrada, Tranquilamente hablando, La música y la sangre o Movimientos elementales…con Rimbaud, Bécquer y Jorge Guillén en su fondo musical, en su paisaje verbal;

-  y una máscara que aparece y desaparece, a modo de Guadiana, desde el comienzo hasta el final: con esa veta experimental, vanguardista, buceadora en nuevas posibilidades del lenguaje, línea incluso culturalista en libros como Campos semánticos o el en último que publicó en vida: Orígenes.

 

Varias conciencias (lúcida, lúdica, personal y colectiva, solitaria y solidaria) convinieron a su clara consciencia para hacer de sí mismo no varios poetas, como en el caso de Fernando Pessoa, pero sí un poeta de voz plural en un único hombre singular, en un “personángel” (Rafael, Gabriel) por emplear un término acuñado por él.

Para nuestro héroe, la poesía llegó a ser una forma transcendente de hablar, casi de escribir como se piensa, como se siente, como se desea. Al referirse a su obra él mismo reconoce: “No es un bello producto, no es un fruto perfecto.” De ahí ese toque de cierto desaliño en algunos momentos del poema, ese ritmo quebrándose porque sí en mitad de la sinfonía acentual, ese vocabulario en zapatillas, esa apremiante inmediatez en su discurso tan real como la realidad misma de la vida. Una característica que, por otra parte, ha afectado siempre a los poetas vascos que escribieron y escriben en castellano: desde el Unamuno poeta hasta Blas de Otero y los más interesantes poetas de hoy mismo en Euskadi.

Sin embargo, en su caso, ese casi feísmo es toda una cuestión de estilo. Si José Hierro, poeta de su generación, preconizó poetizar narrando, Gabriel Celaya retoma el “hay que escribir como se habla” de Juan de Valdés, autor de la primera Gramática española: mas no en el estricto sentido lingüístico sino en el de la expresión poética eficaz, para conseguir un coloquialismo fantástico de fácil pero hondo arraigo en el lector medio y no sólo en los lectores más preparados, para hacer de la poesía una manera de hablar urgentemente al pueblo trabajador.

 Es la poética de la voz necesaria, de la sencillez, de lo vital compartible. De ahí su increpación: “Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales…” Es el tributo que debe pagar  todo arte militante a favor de un mejor destino colectivo y en detrimento de la estética privada. Le sucedió, en poesía, a Esenin, a Evtushenko, a Neruda y a tantos otros monstruos sagrados de la literatura que sacrificaron parte de su genio por llegar a los más, Y le sucedió a Celaya. Su escrupulosa y radical moral civil le hará decir: “El hombre ha muerto” como complemento de la nietzscheana muerte de Dios.

 Él buscó eso: una poesía de fondo comprensible y asequible en su forma para la inmensa mayoría obrera, desfavorecida. Una poesía estandarte de un pueblo condenado por la Dictadura al silencio y a estar solo. Una poesía que apuntaba derecha a la razón y al corazón heridos del ser humano de su tiempo apenas sin tiempo para la verdad, la libertad, la alegría de ser.

 Un itinerario epilírico desde una conciencia crítica hasta otra telúrica, dentro de su conciencia órfica y de la acechante y envolvente conciencia cero de la muerte.

 La personalidad intelectual y literaria de Celaya quedaría incompleta si no reconociésemos su dedicación editorial, junto a Amparo Gastón, a la Colección Norte; sus aportaciones al conocimiento de la vida y de la obra de San Juan de la Cruz y Gustavo Adolfo Bécquer; o su capacidad para el análisis y la investigación en ensayos como  Exploración de la poesía, Poesía y verdad o Los espacios de Chillida; y su agudeza crítica en numerosos artículos publicados en prensa y revistas especializadas.

 

*Dos fotos de Celaya. En la tercera está con Amparitxu Gastón y con Blas de Otero.

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