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Antón Castro

'ZARABANDA', POR JULIO JOSÉ ORDOVÁS

[Hoy, en la página tres del suplemento ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón, Julio José Ordovás publica este artículo. Por un error mío de edición , el artículo aparece firmado por Julio José Delgado. Por supuesto que es de Ordovás. Lo lamento de veras por Julio, por Javier Delgado y por Miguel Sánchez-Ostiz.]

 

 

La foto de Miguel Sánchez-Ostiz pertenece al 'Diario de Navarra'.

 

 

   CUERPOS DE TEXTO

 

                                                                                               Julio José Ordovás

 

   Zarabanda

 

   La institución medular de la sociedad vasconavarra no es otra que la cuadrilla. La cuadrilla es sagrada, intocable, el tótem de la tribu, la caja de las esencias, el copón de la baraja. “Zarabanda” (Pamiela) es la novela de una cuadrilla que tropieza con el cadáver de un travesti en una vieja calera de la que pronto empiezan a salir toda clase de fantasmas en tétrica procesión. La cuadrilla ya no es aquella alegre, aunque sombría, panda felliniana de “I vitelloni”. Han pasado los años y el tiempo los ha dejado a todos para el arrastre. Los sueños se los comieron los gusanos. Hay demasiadas cruces en la agenda y demasiados agujeros en la memoria. Les queda el alcohol y la comida en el Jai-Alai y están dispuestos a tragar hasta reventar, como en “La grande bouffe”.

   Miguel Sánchez-Ostiz ha vuelto a Humberri, la frontera del país de la niebla, para hacer sonar la flauta shakesperiana del Rumor, donde soplan las sospechas, los recelos y las conjeturas. La zarabanda del título es una melopea de voces cínicas, oscuras, amordazadas, cobardes, lúcidas, derrotadas. Voces que se pisan y se escupen y no pueden parar de ladrar, cotorras de guiñol que se aclaran la garganta apurando la cerveza agria de Flann O’Brien, esa que hace hablar por los codos a los muertos.  

   La calera, la sima, la ciénaga, el pozo negro al que van a parar los sin nombre, los sin papeles, los que sobran porque alguien decide que sobran, los que nunca disfrutaron de la protección de la cuadrilla. La leyenda fúnebre de la sima se remonta al menos a la Tercera Guerra Carlista. Desde entonces ha sido la tapadera de demasiados crímenes, “el aliviadero de la mala memoria de Humberri”, un agujero en el que la mayoría prefiere no meter las narices, por si acaso.   

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