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RAMÓN GARCÍA MATEOS: UN CUENTO

[Ramón García Mateos (Salamanca, 1960) es poeta, narrador, profesor de literatura y raposa teatral con compañía propia. es un gran conocedor de la obra de José Agustín Goytisolo y ha traducido al castellano a Gerard Vergés. Reside en Cambrils, Tarragona y destaca por su intensa actividad y por su compromiso constante con la creación. Acaba de ganar el premio Tiflos con el libro 'Baza de copas. Ajuste de cuentas', donde se incluye este texto que cuenta la historia de un profesor de Ariza. ‘Don Atilano’. Las dos fotos son de Robert Doisneau, de quien se cumple un siglo de su nacimiento en 2012.]

 

 

DON ATILANO

Por Ramón García Mateos

 

 

 

Don Atilano era maestro nacional en Ariza, a la orilla izquierda del Jalón, en las tierras aragonesas que abren la puerta soriana de Castilla. Don Atilano, en realidad, no parecía don Atilano. Sus apenas treinta años y aquel aire ensimismado y ajeno, siempre fuera del mundo, alejado de la vida social que se le suponía al señor maestro, le imprimían un halo de poeta tísico y neorromántico. Desde que llegó, al final del verano, cuando las eras estaban ya barridas y se hacían los preparativos para la inminente vendimia, estuvo de patrona con la señora Eloína, la vieja sacristana que tradicionalmente recibía en su casa a los funcionarios interinos, o sustitutos, de paso por el pueblo. Su vida se repartía entre la espaciosa y lóbrega habitación con alcoba donde su maltrecho baúl de viaje —heredado del tío Antón, que lo había recibido como dote al ingresar en la Guardia Civil— esperaba nuevos horizontes; el viejo edificio de las Escuelas Nacionales, gemelo de otros muchos de cuando la dictadura de Primo de Rivera; y los largos paseos, siempre en soledad, por los alrededores de Ariza, hasta más allá de la ermita de la Virgen del Amparo, donde, sentado en un berrueco, se pasaba las horas contemplando impasible el horizonte. No es de extrañar, pues, que creciera a su alrededor el murmullo y la maledicencia. Don Atilano no frecuentaba la tertulia del casino, punto de encuentro de las autoridades locales, las fuerzas vivas que decían, ni tenía tampoco demasiado trato con sus compañeros maestros: doña María Luisa, una solterona con aire de lesbiana; doña Cruz, casi al borde de la jubilación; y don Argimiro, el maestro, así, sin adjetivos, el maestro de Ariza. No, nunca tuvo don Atilano cercanía alguna con sus colegas de magisterio. Y la verdad es que la vocación que creyó tener un día se fue diluyendo, poco a poco, en los sucesivos destinos, en las repetidas escuelas, en los diferentes pueblos, siempre distintos, siempre los mismos, monótonamente distintos, desesperadamente iguales. Sus ilusiones juveniles, tampoco desorbitadas, todo hay que decirlo, chocaron con la piedra de mármol que la mayoría de los alumnos tenían en sus cabezas y con la cazurra sumisión de sus familias, que respetaban la dignidad social del maestro pero no su saber. Vocación e ilusiones acabaron en el sumidero de la frustración. Y engordaron las habladurías. Del que si don Atilano es raro de cojones, que si don Atilano está enfermo, que si don Atilano purga penas de amores, se pasó al que si don Atilano no se preocupa por los muchachos, que si mi chico sabe ya más que don Atilano, que si don Atilano no les enseña nada. Y don Atilano, que percibía en el ambiente el reproche colectivo, la acusación múltiple de su incompetencia docente, sobrellevaba esa cruz, palabra por palabra, con más pena que gloria. Dan para mucho las largas noches de invierno en un pueblo de Aragón, para que bulla el magín y se acelere la rueca que hila las hebras del ingenio. Y el invierno trae consigo muchas noches para la soledad y el pensamiento.

Una tarde de mayo —como en las canciones infantiles para danzar en corro—, don Atilano llamó la atención de sus alumnos, un muy nutrido grupo de zagales que se afanaban en solucionar las interminables multiplicaciones dispuestas sobre el encerado, y desde la breve tarima, que anhelaba ser cátedra, comenzó a desabrocharse el cinturón que sujetaba sus pantalones, el cierre de la cintura después, para acabar con los botones que atrancaban la bragueta, ocultos tras la portañuela. Los pantalones de paño cayeron a sus  pies y, mientras se bajaba los calzoncillos, difusamente amarillentos y con rastro de humedades pretéritas, vació su corazón en aquellas palabras envenenadas: Ahora ya podéis decirle a vuestros padres que os lo he enseñado todo. Los muchachos, atónitos, contemplaron como don Atilano, recompuesto su atuendo y con las manos en los bolsillos, se dirigía con paso quedo hacia la estación del ferrocarril. De todos es sabido que la villa de Ariza fue, durante mucho tiempo, un importante nudo ferroviario. De don Atilano nunca más volvió a saberse nada.

 

RAMÓN GARCÍA MATEOS

De Baza de copas. Ajuste de Cuentas (Premio Tiflos de Cuento 2012), Edhasa/Castalia, Barcelona, 2012.

 

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