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MANUEL RIVAS: EL ORIGEN DE TODO

[Manuel Rivas publica en Alfaguara 'Las voces bajas', una autobiografía en la que rinde homenaje a su mundo familiar, a la complicidad con su hermana María y las palabras y los seres que poblaron sus infancia y adolescencia.]

CARMIÑA O LA LECHERA QUE HABLABA SOLA

Manuel Rivas Barrós (A Coruña, 1957) empezó siendo poeta. Un poeta en el Instituto Mixto de Monelos y un poeta en la redacción del ‘Ideal Gallego’; luego en su carrera literaria, cada vez más asentada y personal, empezó como poeta. Poeta mohicano, como el personaje de Fenimore Cooper, cuya novela tanto le interesó en la niñez. Una infancia llena de sobresaltos y de palabras insinuadas, oídas e intuidas, que poblaban su existencia. Poeta que fue derramándose en otros géneros sin desmandarse del todo: al fin al cabo, Manuel Rivas se ha hecho muy conocido y admirado con libros como ‘¿Qué me quieres amor?’, ‘El lápiz del carpintero’, ‘Los libros arden mal’ o ‘Lo demás es silencio’ (que acaba de adaptar al cine José Luis Cuerda), por citar algunos textos narrativos, pero jamás ha dejado de ser poeta. Ni en la ficción, ni en sus reportajes de prensa, recomiendo con entusiasmo ‘El periodismo es un cuento’, ni en su teatro, ni en sus cuentos infantiles, que también los hay. Ni tampoco en su última entrega, que es un libro de difícil clasificación: ‘Las voces bajas’ (Alfaguara; la traducción es suya). Algo de lo que ya habló en su visita al ciclo ‘Conversaciones en la Aljafería’: allí mezcló el deslumbramiento de la literatura con los petroglifos y sus incisiones en espiral, algo que también hace aquí. ‘Las voces bajas’ es un libro de memorias, es un hontanar de relatos, una interpretación más o menos onírica o fabulosa de Galicia, y es, también, una novela autobiográfica sobre su familia: su hermana María, que siempre iba por delante y fue la primera en despedirse del mundo con entereza; su madre Carmiña, que era lechera (le llevaba la leche a los militares a los soldados y un día le dijo uno: “¡Échale agua sin miedo, que aquí todavía le echan más!”), lectora de vidas de santos y de periódicos, guardadora de los secretos de los desvanes y una mujer que se contaba los cuentos a sí misma: hablaba sola. Le hablaba a la lluvia, al viento, con antigua sabiduría aldeana. ‘Las voces bajas’ también habla de su padre, que era albañil, que conoció la emigración, donde estuvo en un tris de morir mientras oía el canto de un pájaro, que tocaba el saxofón, que admiraba las orquestas de jazz con negros y que era cauteloso, no maldecía jamás y temía la matanza de cerdos. En Galicia, ya se sabe, y así lo recuerda Rivas, uno de los sueños más recurrentes es que ese animal cotidiano y sucio alce el vuelo y se eche a volar. Los padres de Rivas ocupan muchas páginas y, en uno de los fragmentos de sus aquilatados retratos, dice: “La vida tenía voluntad de cuento”, que es casi el resumen global de este libro. Y añade de inmediato a propósito de sus progenitores: “Y ahora, apoyado en la ventana de la noche, me sentía un igual al lado del Hombre que Odia el Fútbol y de la Mujer que Habla Sola. Los dos podían ser muy silenciosos o muy habladores. Aprendí que también el lenguaje tenía estaciones. Días en que las palabras germinaban, días de solaz en las bocas, días en que caían de los labios hojas secas, y marchaban en remolino lejos de la boca, con un rumbo resentido”. Rivas corre y descorre la cortina de todos los secretos y cuenta sus idas y venidas a las casas de sus abuelos: aquel Manuel Rivas que era carpintero y usaba lápiz, aquel otro abuelo, Manuel Barrós, que era labrador y que era capaz de amasar la niebla como se amasa el pan o la tierra. Y también hay, en sus idas y venidas, tías y tíos que le enseñan casi todo. Por ejemplo Pepe Couceiro, “mi padrino, era un apasionado de la mecánica y del progreso científico en general”. Era tan especial que decía frases enigmáticas del tipo: “En los países avanzados todo el campo es paisaje” o, mirando fijamente a su ahijado, a quien llevaba de cuando en cuando en sus viajes, proclamó: “Vale más un kilo de azafrán que un kilo de oro”. Agrega Rivas, en estos episodios de iniciación y asombro: “Un día me llevó en una de sus expediciones como vendedor de especias. Lo recuerdo como el verdadero primer viaje de mi vida. ‘¡Al fin del mundo!’, exclamó con entusiasmo. De niño yo tenía una cierta tendencia a la literalidad”. Hay muchas más cosas en este libro personal, que juega con el tiempo, que va y viene como el aire que da la vuelta en la montaña de Elviña adonde los Rivas Barrós se trasladaron, tras dejar la Marola y el cementerio marino de San Amaro. Es un libro de personajes, de continuas sorpresas, del valor del lenguaje, del aprendizaje, el libro de alguien que mira a los seres con una ternura inefable, sin sátira ni asomo de burla. Con humor, con delectación, con respeto. Con una navaja de candor. No es este probablemente el mejor libro de Rivas, ni falta que hace. Es, sin duda, el más entrañable, el más confidencial, el que resume las claves de su escritura y de su visión panteísta del mundo y el que más lo vincula con sus maestros: Cunqueiro, Fole, Torga y Albert Camus. ¿No habría firmado esto Cunqueiro?: “... para mí, el gran espectáculo era ese de ver la hilera de zapatos, desde la infancia a la vejez, y cómo [Farruco] iba limpiando par a par. Allí estaban las suelas y los tacones de los años de la vida, como los anillos en el tronco del castaño de Souto”. DESPIECE Manuel Rivas es un fabulador. Un creador de personajes. Los ha conocido, le han hablado de su existencia, los encuentra en las calles o, directamente, los sueña. Como aquel Chao, conspirador del silencio, que se cruzaba todos los días con Manuel y María, con un libro en las manos: era ‘Longa noite de pedra’ de Celso Emilio Ferreiro, poeta que tiene calle en Zaragoza. A los dos hermanos, que pleiteaban en lo oscuro con el poder de las sombras y el miedo, les ocurrían cosas especiales: un día, envuelto en una manta de cuadros en la cueva donde se refugiaban, encontraron un “libro de esos que todavía hablan, a medio leer: ‘Los hermanos Karamazov’. Así que aquél era el cuarto de la humanidad, la cueva del refugio. No se lo contamos nunca a nadie. Ni a nuestra madre, que nos enviaría de vuelta con leche y pan para el vagabundo misterioso. ¡Por las barbas de Dostoievski!”.

 

*Este texto se publicó el jueves en 'Arts & Letras' de Heraldo.

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