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Antón Castro

BEBO VALDÉS... Y ZARAGOZA TEMBLÓ

 

El Auditorio de Zaragoza cumplirá veinte años en 2014. Es, tal vez, el mejor equipamiento cultural del siglo XX en Aragón. En 2008, en uno de sus camerinos, aparecieron Bebo y Chucho Valdés. Iban a ser objeto de una entrevista. Habían estado ensayando para un concierto de jazz y de música latina. En la estancia había un piano: lo vieron, se sentaron y empezaron a tocar. Improvisaron: desde ‘Lágrimas negras’ a ‘De dónde son los cantantes’. No decían ni una palabra: sonreían. Padre e hijo se miraban de vez en cuando, Bebo con su eterna sonrisa de azúcar y de bondad, Chucho, con su gorra blanca y su aire de grandullón displicente. Tocaron como si nada más de quince minutos. El operador de cámara de ‘Borradores’ lo recogió todo: el sonido, el movimiento de aquellos veinte dedos que concentraban la melodía esencial del mundo, las sonrisas, el movimiento de los hombros y las cabezas; el operador, tan asombrado como la cámara, captó incluso la perplejidad de los espectadores: una realizadora, dos periodistas, las gentes del Auditorio. Aquello se había convertido en un festín de sonidos. Dos hombres, padre e hijo, juntos y sentados al piano. Recuperaban sensaciones de antaño, los días perdidos, mitigaban incluso sus diferencias políticas: Bebo se había ido de Cuba porque se había negado a delatar a un compañero y había hecho su carrera alrededor del mundo, con base y amor en Suecia; Chucho era uno de los embajadores más célebres de Fidel. Entonces nadie pensaba en eso. Era tal la comunión, era tan inefable la emoción, que todos estábamos transidos. Dijo Bebo, que acaba de morir: “¿Es que nadie nos va a preguntar?”. Esa noche, con dos pianos, provocaron otro milagro de Candeal: Zaragoza tembló.

 

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