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Antón Castro
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PLÁCIDO DÍEZ RECUERDA A TOMÁS POLLÁN

[Plácido Díez Bella fue director de 'El día de Aragón'. Siempre recuerdo como, mientras yo hacía una entrevista con Néstor Luján, la transcribía, entró en uno de los cuartos de reuniones y me dijo si me gustaría hacer prácticas de verano. Había iniciado la colaboración gracias a Lola Ester. Plácido ha sido una referencia desde entonces. Alguna vez me habló y me presentó, de modo fugaz, a Tomás Pollán, que falleció demasiado pronto. No tuve relación alguna con él, y la verdad al descubrirlo ahora me apena un poco. Un puñado de amigos, le rinden homenaje en el libro 'Acordes para sentir la vida. Pensando en Tomás'. Prosas, poemas, recuerdos: mucho cariño y un tono elegíaco. Plácido Díez le ha puesto un prólogo. Aquí está.]

 

Tomás y Amelia, Amelia y Tomás

 

Y me nacen recuerdos a mansalva

y  me brotan en las húmedas mejillas

tus besos de acogida

y la sal de tus ojos disuelta en la verdad,

el amor, el respeto, el gusto por la vida,

tu alegría brutal ante el paisaje

y tu brutal tristeza ante el dolor del mal

(Casimiro Prada)

 

Y añado, y ante la injusticia. Llevo casi cuatro meses buscando qué decirle a Tomás. Me he bloqueado como se bloquea el alumno ante el maestro, ante la referencia ética con ojos de niño, sonrisa abierta y energía de “tsunami” creativo y tenaz.

 

Tomás fue como un hermano mayor al que descubrí a través de Amelia, mi prima hermana. Dos seres humanos, Tomás y Amelia, Amelia y Tomás, con una asombrosa capacidad de amarse, y de amar a los demás, y de hacer camino juntos: el de la utopía a través del amor desinteresado, el compromiso, el altruismo compasivo y la generosidad cotidiana.

 

Al recibir el mazazo de su muerte, lloré desconsoladamente por las calles de Bolonia donde me encontraba. Siempre creí que, por sus ganas de vivir, ganaría la batalla a la legionella pero esta ya había avanzado irremediablemente.

 

Noqueado por la noticia, busqué el alivio del caminante y el silencio de las iglesias de la ciudad universitaria y roja para encontrarme, una y otra vez, con la desprendida sonrisa del sabio humanista, con la sencillez del que sabe escuchar y abstraerse a cada momento buscando respuestas, y con el ejemplo del luchador que no rebla hasta alcanzar la cima, el objetivo, el Gran Paradiso o lo que se le ponía por delante.

Tomás y Amelia. Amelia y Tomás. Fugaces recuerdos. Un viaje nocturno en tren a Alicante con Amelia para convivir unos días con el ermitaño que se había retirado a estudiar intensivamente inglés junto a la playa de San Juan. Principios de los setenta. El adolescente descubre el compromiso y los riesgos de la lucha por la libertad en ese viaje iniciático.

 

Y aún antes, el vago recuerdo de un universitario de La Bañeza que convivió durante unas semanas con los agricultores de un pueblo del Jiloca turolense en aquella revolución cultural que impulsó un ministro de Educación de la última etapa del franquismo.

 

La playa de San Juan, el Jiloca, siempre Amelia, y el piso de la calle Lorenzo Pardo. Los sonidos del “Wish you were here” de Pink Floyd, citado por Julián Casanova, pero también los del “Give a Little bit” de Supertramp a toda pastilla que te insuflaban  ganas de comerte el mundo. Aquel piso abierto a todo el mundo de paz, a las tertulias, al amor y a la vida en comunidad que se planificaba vía papelitos en la nevera. Un islote de libertad al final de la dictadura. Todavía circulaba el tranvía de San José, el tranvía, quién sabe Tomás, de ida y vuelta.

 

La dignidad del profesor no numerario, la fe que movía montañas del cristiano de base, todavía recuerdo como si fuese ayer la boda con Amelia en una iglesia del barrio de San José con un ritual y un simbolismo rompedor que recordaba a los primeros cristianos, con guitarras, canciones y esperanza, mucha esperanza.

 

Pasó el tiempo, el adolescente se hizo joven y periodista, y vivió desde la distancia, pero sin perderle de vista con el inquebrantable vínculo hacia las personas que te han dejado huella, la etapa del investigador que, junto a Armando Roy, sacaron adelante la cocina de inducción, uno de los inventos que más patentes ha exportado desde Aragón, la etapa del vicerrector comprometido con el equipo del rector Camarena en una transformación de la Universidad de Zaragoza que tuvo sus detractores.

 

Para entonces, Tomás y Amelia ya vivían junto a la arboleda de Macanaz. Otra casa abierta a familiares y amigos desde la que se contempla una de las mejores vistas de Zaragoza.

 

Me viene a la cabeza el Tomás ensimismado que escuchaba las reflexiones del periodista con respetuosa atención. Sabía escuchar y sabía crear atmósferas propicias para la reflexión y el debate.

 

No puedo olvidarme de Miguel y Rubén, los hijos de la vida. Esto también lo aprendí con Tomás y Amelia, que los hijos son hijos de la vida, que no son propiedad de los padres.

 

Y así fueron pasando los años con el hilo conductor del amor a los demás, a la montaña y a la naturaleza virgen, a las sorpresas, a los versos que escribía para Amelia desnudando sus sentimientos. Con el hilo conductor de una pareja única, Tomás y Amelia, Amelia y Tomás, que se querían, que se quieren, con locura.

 

Y digo que se quieren porque Tomás vive en el corazón del discípulo de vida y de valores que escribe estas líneas pero vive sobre todo en el amor de Amelia, que lo alimenta cada día con su indesmayable voluntad, y de amigos como Casimiro Prada, Carmen Magallón, Ricardo Berdié, Julián Casanova, Antonio Colinas, Alberto Pagnussat, Martín Rodríguez Rojo, Emilio Pedro Gómez…….y tantos otros.

 

Termino con unos versos de Emilio: Te has convertido en un lugar para partir de nuevo a la utopía.

 

Tomás, maestro, amigo, referencia ética y de firmes convicciones, nunca te olvidaremos. Seguiremos caminando, como lo hubieras hecho tú, plantándole cara a la devastadora tormenta.

 

Plácido Díez

 

 

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