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DIÁLOGO CON PÉREZ ZÚÑIGA

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LITERATURA. Ernesto Pérez Zúñiga. El escritor madrileño ganó el Premio Torrente Ballester con ‘La fuga del maestro Tartini’ (Alianza), una novela de espadas, amor, demonios y música.

 

La belleza es lo único capaz de anular el tiempo”

Al escribir de Tartini, viví dos vidas y dos siglos”

 



Ernesto Pérez Zúñiga (Madrid, 1971) es poeta y narrador. Trabaja en el Instituto Cervantes en Madrid. Un día, mientras estudiaba las relaciones entre música y literatura fantástica, oyó la ‘Sonata del diablo’ de Giusseppe Tartini (1692-1770). Allí empezó una búsqueda que le ha llevado a la redacción de ‘La fuga del maestro Tartini’ (Alianza Editorial), que mereció el Premio Torrente Ballester de 2012. Pérez Zúñiga presentó su novela en Cálamo.

-¿Qué es lo que te llevó a Giuseppe Tartini?

Primero fue Madam Blavastky, hace 15 años, a través de un relato llamado El alma de un violín, donde recoge algunas historias que inspiraron parte de esta novela. Por otro lado, siempre me ha interesado el mito de Fausto, quizá uno de mis arquetipos favoritos: la necesidad de conocerlo y vivirlo todo. Hace ocho años estaba recogiendo en un ensayito las relaciones entre música y literatura fantástica y entonces escuché la Sonata del diablo de Tartini. Me impresionó, se me quedó dentro. Quise escuchar el resto de su música, las pocas grabaciones que existían entonces. Su música me llevó a perseguir a un músico con una biografía casi secreta, que había sido maestro con la espada antes de serlo con el violón, con parecida destreza en la misma muñeca: la muerte se convertía en creación, en belleza. Esa fue la clave. 

 

-¿Cómo definirías su música, sus constantes, su estética?

Mi Tartini es una invención basada en una existencia. La música del verdadero Tartini es prerromántica, apasionada, capaz de trasladar cualquier emoción, intimista, pero sublime. Trata de encontrar en ella los secretos de la naturaleza y de los afectos humanos. La de mi personaje, además, trata de enlazarse con el sentido de la vida y de la existencia. Que el mundo, el visible y el invisible, suene a través de sus cuerdas. Aquí está también su lado fáustico: la ambición por componer la música más bella posible, superando todos los artificios, buscando el corazón de la autenticidad; y a la vez la certeza final de saber que lo más lejano estaba en lo más cercano. 

 

-Creo que ha sido un proceso de documentación tan prolijo como fascinante, con muchos viajes a Italia y a librerías de viejo. ¿Qué encontraste de este personaje tan enigmático?

Lo mejor de los viajes, y de todas las búsquedas fue ir convirtiéndome en él. Había tan pocas publicaciones y documentos, y yo preguntaba tanto a tanta gente y en tantos sitios, que acababa pr sentirme una especie de delegado suyo, un alias, un doble, un encarnado... El proceso de identificación se iba intensificando, hasta el punto de me sentía él, ya aprendida su música de memoria, pisando los mismos trayectos que él recorría. Al final descubrí una serie de hitos fascinantes: fugas, provocaciones, encierros en conventos, búsquedas, renuncias, amigos, amores, músicos, admiradores, bastardos, etc. Todo ello está en esta novela, como los picos que vemos en las montañas. Lo demás, la montaña completa, es invención. Otra cosa importante: del pasado solo me interesaba lo que sigue vivo en nuestro presente. 

 

-La novela tiene muchos poros o registros. Por ejemplo, el autor emprende un viaje, mental, a su infancia. ¿Qué buscabas ahí, qué elementos le marcarán decisivamente?

Tartini fue un músico tardío para cualquier época. Empezó a tocar con veinte años y se acabó convirtiendo en el llamado Maestro de las Naciones. En su infancia, tenía que estar una clave oculta: su atención por todos los sonidos. También el primer presentimiento de la figura sombría, ante la escultura de San Jorge y el Dragón. Y el origen de la rebeldía que le llevaría a enfrentarse o rechazar, a lo largo de su vida, las convenciones de su época, empezando por las que le marcaba su familia: aquí el aprendizaje de la esgrima es fundamental como vía de escape. Y los movimientos que aprende, adecuados a la personalidad de cada enemigo, luego los aplicará en la expresión de los afectos a través del violín.

 

-Luego está la pasión por la música. ¿Cómo se le reveló, por decirlo así, y con qué fuerza, con qué embrujo?

La música para él fue el descubrimiento de su verdadera identidad, una vez que huye de todo lo que le ata. Fue el primer desenmascaramiento de su yo falso, al que le irán sucediendo otros. Fu el primer encuentro con la parte sagrada e inconsciente de sí mismo, que de alguna manera le estaba esperando desde el pasado y que fluiría hasta este futuro. La música le dio la posibilidad de comunicarse con verdad y belleza consigo mismo y con el resto del mundo. Igual que el virtuosismo le llevó a los mejores auditorios de su época, su extremada sensibilidad y anhelo le sirvieron de vehículo espiritual para conectar con algo que nos une a todos. 

 

-El libro tiene otro registro fascinante: el componente fáustico, ella, Elisabetta y el diablo. ¿Qué hay ahí de realidad y de invención, y cómo te has planteado la historia de amor?

Elisabetta, la esposa de Tartini, existió. Casarse con ella en secreto y ser perseguido por ello, fue el desencadenante de que aquel fugitivo se convirtiera en músico. Se reencontraba con ella, y la volvía a abandonar. En la novela he buceado en esa relación, en los sentimientos de ella, una mujer humilde que se ve envuelta en situaciones terribles muy difíciles de controlar: el sueño del amor, de una posición, del abandono: una mujer bella y deseada por otros. Amor, poder, obligación, convivencia forzada, libertad, reconciliación, entrega. Tartini tarta de disculparse con ella una vez que ella ha muerto, pero hay cosas que no le perdona. El diablo tampoco. Para el diablo sui generis de la novela, Elisabetta es una debilidad de Tartini, que solo le estorba. Por eso, él le facilita encuentros con otras mujeres. Por cierto, Catina, la posadera con la que tiene un hijo bastardo, también es real. 

 

-¿Qué le debe esta novela a Marlowe, a Goethe y a Thomas Mann, por ejemplo?

Mucho. Incluye a los principales Faustos literarios, todos los que nombras, versiones medievales, también el maestro de Bulgakov. Están integrados, y hay guiños a la mayoría de ellos. Creo que la principal diferencia es que el diablo de Tartini es un demonio interior, no externo y menos evidente. Y, sin embargo, es una voz propia, que complementa la de Tartini y nos cuenta lo que él no puede conocer. Además, no le interesa conseguir su alma en el sentido tradicional: sino que Tartini se encuentre con su alma, con el alma de músico. Lo que le revienta es todo lo que le aleja de su autenticidad. Porque está enamorado de la belleza de su música, previamente. Aquí hay un juego temporal importante, porque es una voz que viaja en el tiempo, tratando de anular las diferencias entre pasado y futuro: la belleza es lo único capaz de anular el tiempo, y también de fundir el bien y el mal. 

-¿Qué supone el violín en su vida y en su música? ¿Por qué, por decirlo así, lo conduce hacia un laberinto de sombra?

El violín es el camino hacia la autenticidad de su arte, pero a veces las decisiones que toma en su vida no le acompañan. Cada vez que se deja llevar por otras razones (personas, pasiones, debilidades), el violín le conduce hacia la sombra, hacia la enfermedad, hacia la locura. Y el violín es un instrumento de una expresividad tal que es capaz de comunicar todo lo que se puede conseguir con la música: además, las cuerdas del violín están hechas por un material especial, que reúne lo mejor y lo peor: amor y materia finita. La búsqueda conduce al laberinto, y el laberinto al sentido.

 

-¿Qué te aportaron sus memorias?

Escribirlas en primera persona me permitió vivir su pasado y mi presente. Yo me había convertido en Tartini y al escribir sus memorias él se convirtió en mí. Le di mi manera de ser y él a mí la suya (la que yo encontraba en su música): preocupaciones, euforias, enfermedades, felicidad, amistad. Escribiendo esta novela, he vivido dos vidas, y dos siglos.

 

-En tu cabecita loca e inspirada, ¿cómo te has planteado la fusión de literatura y música? ¿En qué medida la literatura es música y viceversa?

Literatura y música están totalmente fundidas: en la estructura de fuga de la novela, construida con dos voces que juegan entre sí. Luego en la música de cada voz: una suena a sonata, clásica; y la otra, más vaguardista, suena más a jazz. Por otro lado, la búsqueda estética de Tartini en la música refleja la mía con la literatura y con la poesía: atrapar y expresar lo esquivo, lo no evidente, lo más auténtico y (esto no lo sabía al comenzar a escribir la novela) lo que a todos nos conecta.

 

-¿Qué ha supuesto para ti enfrentarte a una época como esta, a una novela que tiene lo suyo de aventura de capa y espada, y a un personaje escurridizo como Tartini?

Escribir esta novela me ha transformado, he jugado con muchos fantasmas, he encontrado sentidos que desconocía, se han abierto nuevas preguntas. El XVIII es un siglo muy parecido al nuestro, donde desaparecen las viejas certezas y existe una búsqueda de nuevas: lo viejo se está derrumbando mientras todavía no ha nacido del todo lo nuevo. Tartini lucha en ese cambio, como hacemos nosotros ahora. Porque esta novela sostiene que el pasado no existe si no nos incumbe, y que el futuro es la armonía o el caos que construimos entre todos.

 

*La foto es de José Miguel Marco.

 

 

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