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RETRATO DE JOSÉ LUIS VIOLETA

Con Violeta cerca, todos eran valientes:

elegía por el gran capitán de los blanquillos

 

El Real Zaragoza ha sido una fábrica de símbolos, de futbolistas que marcaron con su presencia el álbum de la memoria del club: Lerín, sin duda, Juanito Ruiz, Avelino Chaves, Joaquín Murillo, Severino Reija, Perico Lasheras y Yarza, Luisito Belló, Juan Señor, Andoni Cedrún, Xavier Aguado, Carlos Lapetra, Miguel Pardeza, la lista es larga, casi inacabable, y entre ellos, no sé si por encima, pero sí con esa alma de gladiador y de jugador de clase, irreductible, estaba José Luis Violeta, aquel joven que casi había visto morir a un compañero de juegos en el Canal Imperial y que estaba llamado a ser un ciclista legendario, hasta que un día cambió su suerte, y se convirtió en un medio de ataque y, luego, poderoso, de exuberante zancada, un libre imperial, el auténtico León de Torrero, uno de los semidioses del paseo Sagasta.

Violeta lo fue todo aquí. Hubo de probarse en Puertollano y allí, entre otras cosas, se midió con Alfredo Di Stéfano, al que marcó bien y sin brusquedades, y recibió las primeras lecciones de fútbol total, al que se aproximaría poco después con Los Magníficos y una década después con Los Zaraguayos, de los que sería el gran capitán, la testa segura, el vallador rocoso, pero también el zaguero que se desenvuelve en ataque, dispara de lejos y acude a rematar un córner.

José Luis Violeta fue internacional en catorce ocasiones, formó línea con Costas, con Uriarte, y siempre estuvo ahí, dando lo mejor de sí mismo. No se ahorraba ni los conatos de desesperación cuando la cosa iba mal. Y fueron alguna vez: el equipo descendió a Segunda en 1971 (y él desoyó los cantos de sirena del Real Madrid) y, luego, un lustro después, no le dejaron seguir para devolver al club a su categoría con Arsenio Iglesias.

Violeta fue puro corazón, entrega, determinación, conciencia de club. Fue un zaragozano intenso que lo dio todo por sus colores, en La Romareda y lejos de casa. Se midiese a quien se midiese (y se midió a los más grandes artilleros del planeta: Pelé, Di Stéfano, Eusebio, Cruyff, etc.), ahí estaba, entero, combativo, orgulloso, sin reblar. En Los Magníficos tejió alianzas con los medios clásicos de entonces: Isasi, Pepín, el estiloso Pais, Encontra, Endériz y siempre conectaba con el trabajo a destajo de Santos y la clase de Villa. Y aquel equipo intuyó que el fútbol tenía música, armonía, una sinfonía inagotable de belleza, ambición y fantasía. Más tarde, con Los Zaraguayos ya ejerció autoridad de mariscal, y lideró desde la retaguardia, con su cómplice Manolo González, un juego preciosista y eficaz. Él, con las agallas del guerrero que no descansa, reforzó la clase de García Castany, oreaba espacios para Arrúa y disfrutaba de la clase fugaz (maldita lesión la suya) de Javier Planas, un artista interrumpido. Su palmarés es envidiable y pudo ser más amplio: ganó una Copa de Ferias, dos Copas del Generalísimo, perdió una final de la Copa del Rey ante el Atlético de Madrid y logró una de esas hazañas que dan lustre al Real Zaragoza: estuvo entre el elenco que goleó al Real Madrid por 6-1 el 30 de abril de 1975 y que logró otras pequeñas grandes gestas. Antes de verlo en La Romareda, lo veíamos de niños por la televisión, en los partidos de los sábados y los domingos, y jamás defraudaba. Tenía esa virtud. Carecía de perfil: iba siempre de frente, con la autenticidad por espíritu y la cabeza erguida de los que no huyen del peligro.

El hombre que había sido un héroe sobre el césped, fuera del campo quizá fuese cauto, temía el infortunio y la enfermedad. Pensaba que podía soplarle un viento enfurecido, un resuello envenenado, un burdo rumor. Y donde más feliz estaba era en su estudio, donde acumulaba la memoria de sus días de gloria en fotos y recuerdos, y cerca de su mujer Adela, de la que siempre le gustaba decir que le había dado otra forma de gloria, una hermosura inefable y carnal que no cesaba (repetía a los 80 años, y a los 81 y a los 82), y el inmenso cariño de quien te entiende a la perfección. Mejor aún, mucho mejor, que el más solidario y cómplice de los laterales.

Violeta encarna la épica del zaragocismo, el camino que va y viene de los sueños de gloria a la fragilidad oscura del abismo. Con Violeta cerca, todos eran valientes. Se fue, casi con brusquedad, sin ver cumplido su auténtico deseo: que el Zaragoza, esa región suya del alma que es un territorio y un dietario de secretos inconfesables, saliese a calentar en Primera División, que “es el escenario, el lugar donde le corresponde estar”.

 

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