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Antón Castro

ÁNCHEL CONTE: POESÍA Y BELLEZA

ÁNCHEL CONTE: POESÍA Y BELLEZA

[Ánchel Conte respira poesía. Cada día publica en su facebook uno de sus poemas. En aragonés, en castellano y en portugués. Poesía de amor, de paisaje, de la memoria. Poesía de la raíz. Poesía de quien ama la vida y la melodía de las palabras. He aquí una de sus últimas aportaciones. La foto, tan maravillosa, es otra gentileza más de ese gran amigo que es Manuel Micheto, el médico, ciclista, conversador y fotógrafo de Calatayud.]

 

 

POEMA DE HUE 14 D’AVIENTO CON L’ASPERANZA DE QUE FACEBOOK NO SE MINCHE OS LETORS/POEMA DE HOY 14 DE DICIEMBRE CON LA ESPERANZA DE QUE FACEBOOK NO SE COMA A LOS LECTORES


MUGAS INDELEBRES (límites indelebles, limites indeleveis)

iste lusco royenco no m’ubre puertas que creben todas as güegas que en mars e tierra me has siñaladas d’ixas indelebles mugas fils invisibles que hi has ficau no puedo pasare encletau n’o estreito cerclo d’o tuyo silencio hue entre boiras que uloran a gris fumo de sabuquer somiciego e xordo á tentons te busco popilo d’a tuya gollada fauto d’a tuya boca ausidiu obrador de inarticuladas voces d’as que remoldabas archila agradeixida vocables resucitaders mancau d’as tuyas mans alasveces aspros petalos de tovo lidio plegau d’ubrir-se n’a primer rayada d’a temprananza
..
laso de tu e manimenos pleno de tu en tu meso de tu embuyiu deixo que un inimachinable abrazo amate tiempo e fuego


13 d’aviento de 2012 sobre 1 de setiembre de 2012, 2
………………………
estas luces rojizas de atardecer no me abren puertas que rompan todos los límites que en mares y tierra me has marcado/de esos indelebles lindes hilos invisibles que has puesto no puedo pasar encerrado en el estrecho círculo de tu silencio hoy/entre nubes que huelen a gris humo de saúco medio ciego y sordo a tientas te busco huérfano de tu mirada/falto de tu boca agotado obrador de inarticuladas voces de las que moldeabas arcilla agradecida vocablos resucitadores/sin tus manos a veces ásperos pétalos de suave lirio acabado de abrirse en el primer rayo de luz del amanecer/../carente de ti y sin embargo lleno de ti en ti metido de ti impregnado dejo que un inimaginable abrazo apague tiempo y fuego
…………………………………………………
estas luzes avermelhadas de entardecer não me abrem portas que quebrem todos os limites que em mares e terra me marcaste/d’estes indeleveis lindes fios invisiveis que puseste não posso passar encerrado no estreito círculo de teu silêncio hoje/entre nuvens que cheiram a cinza fumaça de sabugueiro médio cego e sordo às apalpadelas te procuro órfão de teu olhar/falto de tua boca esgotado obrador de inarticuladas vozes das que moldavas argila agradecida vocábulos resucitadores/sem tuas mãos às vezes ásperas pétalas de macio lírio acabado de se abrir no primeiro raio de luz do amanhecer/../carente de ti e no entanto cheio de ti em ti metido de ti impregnado deixo que um inimaginável abraço apague tempo e fogo

 

TONI ITURBE ESCRIBE DE 'CARIÑENA'

TONI ITURBE ESCRIBE DE 'CARIÑENA'

Antonio G. Iturbe (Casetas, Zaragoza, 1967) ha vivido en 2012 uno de sus mejores años con la publicación de ‘La bibliotecaria de Auschwitz’ (Planeta, 2012) y a la vez uno de los más complicados por la situación económica que ha afectado, como en tantos otros lugares, a su revista ‘Qué leer’, de la que es director. Hace unos días, con inmenso afecto, con absoluta generosidad, publicaba en la versión digital este artículo sobre mi novela ‘Cariñena’ (Ediciones 94 /DOP Cariñena): el relato de diez días de octubre de 1978, recién llegado a Zaragoza, en la vendimia de Cariñena y Alfamén. Se trata del libro del despertar al trabajo, al amor, a la amistad, a la vida. Así lo cuenta Toni G. Iturbe.

http://www.que-leer.com/18131/anton-castro-se-va-a-vendimiar-a-carinena.html

 

ANTÓN CASTRO SE VA A VENDIMIAR A CARIÑENA

 

Por Antonio G. ITURBE. Periodista y escritor

 

Cuando uno mismo cae en el desaliento sobre la propia profesión periodística e incluso sobre su propia tarea como informador cultural, topar con Antón Castro es como rejuvenecer de golpe. Está su tarea en el suplemento cultural de el Heraldo de Aragón, pero también su enorme cantidad de publicaciones en prosa y poesía, su paso por programas culturales en televisión, haber sido entrenador del Garrapinillos o su actividad arrolladora en su blog. Cuando uno se asoma a su blog se hace una idea de su pantagruélica curiosidad: libros, arte, bicicletas, política, fotografía, mujeres extraordinarias…

Acaba de publicar Cariñena (DOP Cariñena) una narración con mucho de autobiográfico que nos cuenta cómo un gallego objetor de conciencia (ya nadie se acuerda de la mili e incluso ahora suena como un disparate ridículo, pero ahí estuvo tantos años) busca refugio junto al Ebro. El protagonista (nos podemos imaginar muy bien al propio Castro a poco que lo conozcas) es uno de esos pusilánimes heroicos: un muchacho de 19 años inseguro y más bien encogido, pero que no está dispuesto a ceder en su convicción de no hacer el servicio militar. Una especie de Bartleby que se rebela sin aspavientos ni soflamas. Así es Antón Castro, un revolucionario que lo pide todo “por favor”. Al enterarse de que en Zaragoza hay grupos de insumisos, decide dejar su casa en la provincia de Coruña y tratar de buscar allí acomodo. Su camisa blanca de buen chico no parece acomodarse mucho con la comuna de artesanos que venden collares por las ferias. Uno se lo imagina como un rodaballo caído en los Monegros.

Pero ahí se queda, tratando de encontrar su lugar en el mundo. Y con esa camisa que le debió comprar su madre y esa timidez decidida, se va hasta Cariñena (buenos vinos recios aragoneses), porque necesita ganar dinero y le han dicho que allí cogen gente para trabajar en la vendimia. Pero la cosa no resulta tan sencilla. En seguida lo calan y ven que ese gachó tiene más pinta de chupatintas que de labriego. Aún así, logra asociarse con otro joven que busca trabajo, más desenvuelto y caradura. Mientras buscan el trabajo, incluso están a punto de ligar con dos hermanas guapísimas, pero al final todo queda en nada. Él (enamoradizo soñador) se decanta por la más lánguida de las dos: la escucha mucho, le habla mucho de libros y de música, y al final le pasa como siempre, que todas lo quieren mucho… como amigo (aunque siempre terminan liándose con otro más sinvergüenza). De todas formas, a su amigo más lanzado, la táctica directa tampoco le da otra cosecha que la de las calabazas.

Al final, logra el deseado empleo como vendimiador que con tanto ahínco ha estado buscando durante días… pero dios nos castiga escuchando nuestras más fervientes plegarias: él pone toda su voluntad y su ahínco para no defraudar a su empleador, ni a su amigo, se esfuerza hasta la extenuación, pero lo que no puede ser… no puede ser. Esto es ficción… pero es su propia peripecia personal punto por punto y uno no puede evitar ver al propio Antón Castro, que cambió el verdor de Galicia por la aspereza del cierzo y la introversión galaica por la expansividad a veces explosiva de los maños. Es fácil reconocerlo en ese chico gallego torpón y soñador que estudió electrónica pero le daba miedo la corriente: en esa voluntad de agradar aun a costa de desriñonarse (como es el caso) de la gente de bondadosa, en la timidez atrevida de los que siempre se disculpan pero no dejan de hacer lo que creen que han de hacer o en la sensibilidad para convertir los malos tragos en poesía y seguir adelante. Es una narración breve, sencilla, de trazos abocetados… pero tiene tan buen toque literario y hay prensada tal cantidad de ternura, fragilidad y a la vez de entereza, que a mí me ha emocionado profundamente.

 

*Rogelio Allepuz me cede, con su generosidad habitual, esta foto del campo de Cariñena.

DIEGO NAVARRO EN PORTADORES

El  lunes 17 de diciembre a las 20h tendrá lugar en Los portadores de sueños (C/Blancas, 4 - Zaragoza) la presentación de MORIR MATANDO, de DIEGO NAVARRO BONILLA (Ediciones Espuela de Plata). Acompañando al autor, contaremos con la presencia del escritor RODOLFO NOTIVOL

 

MORIR MATANDO

 

 Todas las guerras generan sus trincheras. La elección de una de ellas depende de lo cerca que se quiera estar de la muerte, de la gloria o de la ignominia. En mayo de 1939, milicianos anarquistas del Servicio de Información Especial Periférico se escaparon del campo de Albatera. Recorrieron 600 kilómetros para matar al cacique de su pueblo antes de emprender el exilio francés. Todo salió mal. Uno de ellos, enfrentado a la Guardia Civil, murió matando. Ese mismo mes de mayo, con la Guerra Civil finalizada, seguían llegando toneladas de documentos a Salamanca. Alli, desde otra trinchera, hecha de legajos, sacos de papeles, maquinas de escribir y turnos de trabajo sin cesar, se completó la mayor gesta organizativa con fines represivos nunca vista en la España contemporánea: la elaboración de casi dos millones de fichas personales con las que llevar a cabo la depuración del Nuevo Estado nacido de la victoria. En una época preinformática esta increíble planificación, ejecutada por un reducido grupo de hombres y mujeres, alumbró el mayor archivo de la historia de España con una implacable finalidad de control social. Este libro se adentra en aquellos dos hechos, aparentemente inconexos. Transitar por el registro de la memoria familiar ofreció resultados inesperados. El control de la sociedad por medio de la información obligó a deslizarse por la sórdida burocracia represiva de los bandos enfrentados y mostró la cara más letal de la represión sistemática de unos y otros. La aplicación de criterios racionales en la organización de la información hizo posible separar, depurar, reprimir, limpiar, eliminar a cuantos quedaron excluidos de la ortodoxia, de los parámetros oficiales o de las nuevas hormas políticas, sociales y religiosas. El III Año Triunfal se coronó exitosamente al crear la Nación fichada, cuyo germen se localizó en la ciudad de Salamanca. En última instancia, la elección de una trinchera u otra se llevó a cabo por medios y recursos muy dispares para contribuir a la victoria final: a golpe de disparo o de ficha.

DIEGO NAVARRO BONILLA

 

DIEGO NAVARRO BONILLA (Zaragoza, 1972) es doctor en Documentación, profesor titular de Archivística en el departamento de Biblioteconomía y Documentación de la Universidad Carlos  III de Madrid y ex director del Instituto de Investigación en Inteligencia para la Seguridad y la Defensa de la misma universidad. En 2003 fue galardonado con el Premio Nacional de Defensa, en la modalidad de investigación en ciencias históricas relacionadas con el ámbito militar, por  el trabajo titulado Los archivos del espionaje: información, razón de Estado y servicios de inteligencia en la monarquía hispánica. Sus áreas de investigación son la archivística, la historia social de la cultura escrita, la gestión de documentos, la gestión de información para la seguridad y la defensa. Ha publicado las siguientes monografías: La imagen del archivo: representación y funciones en España (siglos XVIy XVll) (Trea, 2003); Del corazón a la pluma:  Archivos y papeles privados femeninos en la Edad Moderna (Universidad de Salamanca, 2004); Cartas entre espías e inteligencias secretas en el siglo de los validos: Juan de Torres-Gaspar Bonifaz (1632-1683) (Ministerio de Defensa, 2007); Derrotado, pero no sorprendido: Reflexiones sobre la información secreta en tiempo de guerra (Plaza y Valdés, 2007) y Espías: 3.000 años de información y secreto (Plaza y Valdés, 2009), al tiempo que ha sido coordinador con Miguel Ángel Esteban Navarro de los volúmenes Terrorismo global, gestión de información y servicios de inteligencia (Plaza y Valdés, 2006).


Os esperamos el lunes 17 de diciembre a las 20h en Los portadores de sueños (Blancas, 4 – Zaragoza). ¡No faltéis! [Nota de Eva Cosculluela de Los Portadores de Sueños]

MIGUEL CARCASONA: UN CUENTO

MIGUEL CARCASONA: UN CUENTO

Recibo esta nota, con propina, de Miguel Carcasona Buj. [Querido Antón: El IEA acaba de publicar mi relato "Todos los perros aúllan", dentro de su colección "Letras del año nuevo",  con el que felicita las navidades. Pronto recibirás un ejemplar. Te adelanto la foto de la portada y los primeros párrafos, por si quieres colgarlos en el blog. Un fuerte abrazo. Miguel Carcasona. ]

 

TODOS LOS PERROS AÚLLAN

 

MIGUEL CARCASONA

 

La mañana que Julio Verne cumplía cien años de paz en su tumba de Amiens, una rata apareció destripada junto a la puerta de casa. Fue un contraste muy desagradable saludar al sol de la primavera que, por fin, deslumbraba tras una semana de niebla y al bajar la vista descubrirla en el suelo, tirada como un juguete roto sobre el que debí improvisar un salto para no pisarla.  Clara soltó un chillido y se negó a salir hasta que la recogiese. Luis no se movió de su cuarto en penumbra, absorto en el juego de la play.

 

Vivo en una urbanización del extrarradio, en una acumulación de sesenta casas dispuestas como un ejército en cerrada formación de avance: diez casas por fila, seis filas de casas. Con la particularidad de que es un ejército de siameses unidos por la espalda. Cada vivienda posee dos terrazas valladas, cuyos dueños las llaman, sin ápice de ironía, jardines. La delantera da a una calle y en ella se abren dos portones metálicos, uno para peatones y otro para coches. La de detrás se halla unida a la trasera del vecino, su siamesa. Cada vivienda, además, está pegada a otras dos por los costados. Mi casa ocupa la última fila. Frente a ella, al otro lado de la calle, se extiende un solar abandonado que algún día fue campo de cultivo y al que sorprendió la crisis antes de ser horadado por las excavadoras. En el solar crecen hierbajos y arbustos, en los que se enredan plásticos arrastrados por el viento. Una vez al año, en primavera, una cuadrilla con uniformes del Ayuntamiento viene a limpiarlo. El resto de los días, al atardecer, los vecinos sueltan a los perros para que corran y defequen. Algunas noches, desde las zonas donde no alcanzan las luces de las farolas, llegan furiosos maullidos de gatos en celo. 

 

AVANCE DE 'CABARET POMPEYA'

AVANCE DE 'CABARET POMPEYA'

Primera parte

El Pompeya del Paralelo

 

Por Andreu MARTÍN. Editorial Alevosía. Avance.

(Dos primeros capítulos. Cortesía de Elena Palacios)

 

Era un domingo por la noche. Mediados del mes de noviembre de 1975.

Habíamos visto el partido de la selección española de fútbol de Kubala contra la selección de Rumanía, en Bucarest, por la Euroco­pa. Habían empatado a dos. Preludio de una tarde interminable y vacía. Yo me retiré a mi cuarto para mirar el techo, compadecerme de mí mismo, suspirar y dejarme llevar por el sueño, y mis padres, después de la siesta más o menos voluntaria, se fueron a dar un pa­seo por el centro, tal vez para tomar una horchata en La Valenciana o una merendola en la calle Petritxol.

A su regreso, me pillaron bebiendo mi tercera cerveza y contem­plando sin interés una película titulada Tráeme a Christy Love y, desde las nueve, estábamos soportando El torero, su soledad y destino, a la espera de las noticias de las diez.

Sólo había una cadena de televisión, en blanco y negro, y la re­cuerdo borrosa, nevada por la caspa.

Mi madre, con aquellos movimientos lentos y cansados, lastra­dos por el sobrepeso, había estado haciendo la cena tan concen­trada como si cada ingrediente fuera un explosivo de gran capaci­dad destructiva. Callada, ausente, siempre un poco triste. Ya hacía tiempo que no le preguntábamos: «¿No te encuentras bien, te pasa algo?». Ya nos habíamos acostumbrado. En lugar de eso, a veces, le decíamos: «¿Dónde estás ahora?», y suspiraba: «En el pasado, en otros tiempos, otros mundos». La nostalgia de quien empieza a tomar conciencia de que esto se acaba y de que la experiencia atesorada sólo son recuerdos, tan inconsistentes e inestables como el humo.

Ahora traía la sopera, las sardinas, la tortilla de alcachofas. Mi padre y yo poníamos la mesa. La jarra del agua, el pan, los cubiertos, los platos, las servilletas. Él siempre dinámico e infatigable. Era in­creíble cómo se conservaba a su edad. La gente le calculaba poco más de sesenta, quizá los setenta como mucho, pero nunca podían imagi­nar que ya tuviera setenta y cinco. Cada día daba una larga caminata por la ciudad, y estaba seguro de que era eso lo que le alargaba la vida. «Mientras tenga fuerza en las piernas, todo irá bien», decía.

Sacó del frigorífico el champán que había descorchado a medio­día e inició el debate sobre la ineficacia de meter el mango de una cucharilla de café en la boca de la botella para evitar que se pierda el gas (él, en catalán, decía que s’esbravi).

–Esto no sirve para nada –era la opinión de mi padre.

–Pues en casa lo hemos hecho así toda la vida –defendía mi madre.

–Tendré que abrir otra.

–Sí, hombre. A ver si ahora cada domingo te vas a beber dos bo­tellas de champán.

–Cada domingo, no. Sólo mientras dure la agonía de Su Excelen­cia el Jefe del Estado.

–Vamos, anda.

–Sólo con un poco de champán entre pecho y espalda puedo so­portar que me hablen de las heces en forma de melena –mi padre estaba obsesionado con las heces en forma de melena desde que las había mencionado el equipo médico habitual el último día de octu­bre, «se han apreciado heces hemorrágicas en forma de melena»–. ¿Cómo serán las heces en forma de melena? Desde que lo dijeron, cada vez que voy al váter, miro cómo son mis heces, y no me parece que sean en forma de melena. Claro que vete tú a saber.

Desde el 12 de octubre, Francisco Franco, el Generalísimo, se estaba muriendo. Y cada noche, cuando iban a dar el telediario, mi padre nos hacía callar para escuchar atentamente los partes del equi­po médico habitual.

«Las casas Civil y Militar comunican que la evolución de la enfer­medad de S. E. el Jefe del Estado, hospitalizado en la Ciudad Sanita­ria de La Paz es la siguiente:

»El curso postoperatorio continúa con constantes de presiones arterial, venosa, ritmo y frecuencia de pulso dentro de límites acep­tables.

»La situación pulmonar permanece estable. Sigue con respira­ción asistida, según las técnicas habituales de reanimación postope­ratoria. La sesión de hemodiálisis se realizó con buena tolerancia y eficacia. El pronóstico sigue siendo gravísimo.

»Firmado: El equipo médico habitual».

Y mi padre bebía el champán a sorbitos y se fumaba un puro habano, y mi madre lo reñía, porque el médico le había prohibido rotundamente tanto el alcohol como el tabaco.

–Son días muy especiales.

–Pues espérate al día en que se muera, que aún será más especial.

Yo lo miraba con antipatía.

No estábamos en buenas relaciones. Nunca lo habíamos estado, desde la época de mi rebeldía adolescente. Cuando me casé y escapé de casa, tuve una perversa sensación de liberación. Por fin, rompí las rejas que me encerraban y asfixiaban y descubrí el mundo real donde gente de verdad follaba y bebía, y se colocaba con todo, y se casaba de cualquier manera, y cometía adulterio, y se divorciaba, y lloraba por rincones solitarios y se daba de cabeza contra la pared hasta ha­cerse sangre, y se liaba con una de las jefas de la editorial donde tra­bajaba y, por fin, un día catastrófico, se peleaba con la amante-jefa, jefa-amante, llegaban a las manos, y abandonaba su puesto de trabajo para no tener que verla nunca más, y tenía que regresar, a mis treinta y un años, a casa de papá y mamá, con el rabo entre las piernas, de­rrotado, fracasado y humillado, para comprobar que papá y mamá, a sus setenta y pico, aún follaban como niñatos. Era yo quien me despreciaba, ahora ya lo sé, era yo quien me sentía inútil, patético e impotente, pero entonces creía que eran los otros quienes pensaban eso de mí. Mi ex primera, y la amante-jefa-cargo-importante de la editorial, y mis amigos, pero sobre todo mis padres, sobre todo mis padres, yo estaba seguro de que me despreciaban. Y esa sensación no me ayudaba precisamente a reconciliarme con el mundo. Como es natural, en justa reciprocidad, yo también los despreciaba a todos.

A mi padre, pequeño, delgado, manso y siempre sonriente y ami­go de todo el mundo. Y a mi madre gruesa, hinchada por suspiros derrotistas, con papada de tanto agachar la cabeza, piernas pesadas sobrecargadas por la resignación. Formaban la típica pareja de te­beo, él entrando en casa de madrugada, borracho, con los zapatos en la mano y de puntillas, y ella esperándolo con rulos y bata de boatiné, detrás de la puerta, con el rodillo de amasar en la mano. Una familia de puto chiste.

–¿A qué viene tanta celebración –le solté aquella noche, porque me había bebido unas cuantas cervezas y ahora me ayudaba con el champán–, si a ti Franco nunca te hizo nada, si siempre te la ha traí­do floja?

Se puso muy serio y me clavó una mirada furiosa como una bo­fetada.

–¿Que nunca me hizo nada? Pero ¿qué dices?

Supongo que aquella noche los dos habíamos bebido de más. Mi madre acababa de servir la sopa y suspiró ruidosamente.

–Bueno, vamos a cenar, que esto frío no vale nada.

–Más de una vez te he oído decir –insistí– que, antes de la gue­rra, esto era un caos de tiros y asesinatos y terrorismo y que alguien tenía que acabar con eso. Y que fue Franco quien puso orden.

–Antes de la guerra –reivindicó–, vivíamos muy bien. Había cul­tura y libertad. Libertad de pensamiento, palabra y obra.

–Tú lo recuerdas así porque eras joven –intervino mi madre es­céptica.

Y él levantaba la voz, como si se indignara:

–Vivíamos en el país que permitió que surgieran artistas de fama mundial, como Picasso, Dalí, Buñuel, Pau Casals, un país en que todos podíamos pensar, opinar y decir lo que queríamos.

–Había de todo –iba diciendo mi madre como acompañamiento de fondo–. También había tiros y bombas.

–... Antes de la guerra, éste era un país idealista, utópico, ge­neroso, donde se luchaba para que los hombres, algún día, fueran todos iguales, y para que desapareciera la miseria, la explotación y la esclavitud.

–Había de todo.

–... Y había desórdenes, y pistolas y anarquismo, también, sí, y alguien tenía que acabar con los tiroteos y las bombas, sí, y llegaron los señores del puñetazo en la mesa y dijeron: Basta ya. Y entonces nos aplastaron a todos, a todo el mundo, a todos los españoles. Y no se limitaron a apagar el fuego y volverse al cuartelillo. Apagaron el fuego y apagaron el fuego y apagaron el fuego y apagaron el fuego, y cuando ya no hubo fuego trituraron a los incendiarios y luego a las víctimas y luego a los que pasaban por ahí. Aplastaron las tertulias de intelectuales que se reunían en los cafés, aniquilaron la poca ilus­tración que había en este país, el respeto por la cultura. No acaba­ron con la anarquía: acabaron con Picasso, con Lorca, con Buñuel...

Se estaba congestionando mucho. Hasta mi madre se volvió hacia él alarmada. Tan poca cosa como era, huesudo, arrugado como una pasa, tanta energía parecía que tenía que romperlo en pedazos. Un infarto, una embolia, lo vi al borde de la muerte. O de la locura.

–... Jodieron a toda España. Jodieron a todos los españoles, a todos.

En ese momento, tuve que haber entendido que hablaba de per­sonas muy concretas, íntimamente relacionadas con él. Hablaba de heridas que no se habían cerrado todavía, que no se cerrarían jamás. Y yo estaba hurgando en esas heridas. A veces somos crueles y no podemos dejar de serlo aunque nos demos cuenta de ello.

–A ti poco te jodieron –me atreví todavía–. Tú estabas por ahí, en Grecia, Italia, Turquía, qué sé yo dónde.

Mi madre me disparó un dardo de recriminación.

–Jordi –avisó.

–Es verdad –insistí–. Tú poco sufriste a Franco.

–Jordi –repitió la matriarca conciliadora–. Tu padre estaba traba­jando para alimentarnos a ti y a mí.

Mi padre me miraba irritado. Hacía rato que yo movía la cabeza con lástima insultante.

–Franco nos jodió a todos –insistió, bajando la voz–. A los que protestaron y a los que callaron, y a los que se fueron a Sudaméri­ca, y a los que se escondieron en un sótano, y a los que murieron y a los que sobrevivimos. A todos. Incluso a los franquistas de toda la vida, que ahora lo llorarán y se rasgarán las vestiduras. A ellos también los jodió, aunque parezca que no.

Mi madre callaba y trataba de evadirse con la vida de los toreros en la tele gris. Yo encendí un cigarrillo. Fumaba y sorbía la sopa al mismo tiempo.

–Entonces, qué –continuó mi padre, provocador y belicoso–. ¿No lo celebro? ¿Hago como si nada?

–Yo sólo digo –replicaba mi madre, siempre fija en el televisor– que no tendrías que beber alcohol ni fumar. Eso es lo único que yo digo. ¿Qué pasa? ¿Que te quieres ir con Franco? ¿Os enterramos a los dos juntitos?

En ese momento, llamaron a la puerta.

Era Víctor Luys.

2

Fue a abrir mi padre. Porque estaba exacerbado y el sonido del timbre disparó todos los resortes de su cuerpo y lo proyectó fuera de la silla y del comedor con tanto ímpetu como si pensara partirle la cara al intruso que acababa de interrumpir su mitin. ¿Quién será a semejantes horas? Un vecino. A ver qué pasa.

El sonido de la puerta al abrirse fue seguido de un silencio tan denso que mi madre y yo, después de un instante de inquietud, nos dirigimos también al recibidor con la seguridad de que nos íbamos a encontrar con algo muy grave.

–¡Víctor!

El grito nos pilló por el pasillo y aceleró nuestros pasos.

Mi padre se encontraba ante un hombretón de tórax enorme, una gran mata de pelo blanco, gafas de gruesos cristales y nariz pro­minente, ganchuda y soberbia. Vestía con modestia, una camisa de cuadros, pantalones de trabajo anchos, bastos y manchados, y una cazadora de piel de carnero, con las solapas recubiertas de espeso pelo amarillento. Contemplaba con plácida ternura a mi padre, que estaba plantado ante él, le daba cachetes y decía: «Victorino, Victo­rino, la madre de Dios, me cago en la madre que te parió». Me fijé especialmente en los ojos del recién llegado. Pequeños, de mirada serena y firme, brillaban con lágrimas trémulas. Movía la cabeza afli­gido como un niño pillado en falta, había puesto sus manazas sobre los hombros de mi padre, y sólo atinaba a insertar palabras sueltas en su verborrea arrolladora. Le oí decir: «Lo siento. No pude. Ne­cesitaba otra vida».

–La Virgen, Victorino –decía mi padre–, estás vivo, si yo ya sabía que estabas vivo, cuando me lo dijo Miguel no me lo creí, por la manera como me lo dijo no me lo pude creer. Figúrate, si todos ha­bíamos pasado por muertos. A mí me disteis por muerto en el frente del Ebro; a Miguel creímos que le habían aplicado la ley de fugas, ¿te acuerdas? Ahora te tocaba a ti. Le dije a Miguel: «¿Dónde ha muer­to? ¿Cómo? Quiero ver el cuerpo», le dije. Y él: «Imposible». Digo: «No me lo creo, si no lo veo, no lo creo». Y aquí estás, la madre de Dios. Suerte que no sufro del corazón, cabrito, porque, si no, me matas, apareces aquí de pronto y me matas, cabrón... Siempre pensé que saldrías en el 69, ¿te acuerdas?, cuando prescribieron las respon­sabilidades políticas y los topos salían de sus escondites, ¿os acor­dáis?, todos aquellos que estuvieron escondidos en sótanos y cuevas durante treinta años y, de pronto, salieron a la luz. Entonces, pensé que saldrías tú y, cuando vi que no salías, me dije: «¡Malo!», en ese momento dudé. Pero aquí estás, que yo sabía que estabas vivo...

Se abrazaron. Uno tan grandote e imponente, el otro tan esmi­rriado, «Victorino, la madre que te parió», con la voz estrangulada por el llanto.

–¿Te acuerdas? La última vez que nos vimos fue en Ca l’Agustí, en la calle Bergara.

Mi madre también se había quedado de piedra al ver a aquel hom­bre. Se hizo oír entre las exclamaciones incongruentes de mi padre:

–¿Víctor? ¿Eres Víctor Luys?

Mi padre se volvió hacia ella, hacia nosotros. Entonces vi los la­grimones que caían por sus mejillas hundidas y mal afeitadas:

–¡Es Víctor! ¿Recuerdas que siempre te dije que estaba vivo? ¡Siempre dije que estaba vivo! Por la manera como me lo dijo Mi­guel. No le creí. Le dije: «No me lo creo, Víctor no está muerto».

El visitante se dirigió a mi madre contemplándola con franca ve­neración.

–Montse –dijo–. Qué ojos y qué boca. Eso no cambia, ¿eh? Siem­pre tan hermosa. Siempre mucha mujer –se soltó de mi padre, lo dejó atrás y, con gran delicadeza, como para no estropear nada, besó las mejillas de mi madre al tiempo que murmuraba en un catalán muy catalán–: Tranquila, Montse, que hoy ya no traigo pistola. Se acabaron las pistolas. Ya no tenemos edad.

Ella me miró de reojo, con aquella expresión tan suya de que no lo oiga el chico, y eso desvió la atención de Víctor Luys hacia mí. Me tendió la mano y, de la misma forma que, cuando había atendido a mi padre, no había nadie más en el recibidor y, cuando besó a mi madre, ella era la única protagonista en su vida, al acercarse a mí me sentí valorado, acogido, animado, vivo. El apretón fue calloso, de hierro, lleno de promesas y lealtad.

–Y tú eres el chaval. Coño, el chaval. Todo un hombre. ¿Qué edad tienes ahora?

–Treinta y uno.

Òstima, treinta años. Cuando te conocí, acababas de nacer. Te­nías meses. Eras un renacuajo –dijo–. Te vi antes yo que tu padre. Òstima, òstima. ¿Cómo te llamas?

Jordi. I ja pots parlar català, que en aquesta casa parlem català.

–Imposible –se rió él. Dio un paso atrás para abarcar a los tres a la vez con la mirada y el gesto y, como mi padre quedaba incluido en el ámbito de su auditorio, continuó hablando en su castellano acata­lanado–. Yo a tu padre lo conocí hablando en español. Qué digo es­pañol. En argentino. En auténtico lunfardo –parodiaba–: Este, vihte, que sos un sofica siempre con el camandulaje, che... –era una caricatura espantosa, pero él se reía de sí mismo y volvía a pasar su brazo por encima de los hombros de mi padre, que había cerrado la puerta, y le daba un achuchón cómplice–: ¿Te acuerdas? Le llamábamos el Fueye, ¿te acuerdas? El Fueye.

Replicaba mi padre:

–Y tú Victorino.

–Los Tres del Pompeya –remataba el otro, orgulloso de su pasado.

Siguió un parpadeo simultáneo, significativo y doloroso. Yo me pregunté quién sería el tercero del Pompeya. Avanzábamos hacia el comedor.

–Bueno, ¿cuál es el último? –preguntó.

–¿El último?

–Coño, el último chiste.

–Huy –hizo mi padre, como avergonzado.

Víctor lo observaba con un brillo expectante en los ojillos y un anuncio de risa en la boca fruncida. Mi padre se animó:

–Dice que era un hombre tan pequeño, tan pequeño, tan peque­ño que no le cabía la menor duda.

Víctor estalló en una carcajada espléndida, un premio exagerado para un chiste tan viejo, pero tan generosa, limpia, espontánea y llena de vida que mi madre y yo permitimos que se nos contagiara, aunque me conste que, hasta aquel momento, nos habíamos estado resistiendo a la alegría.

–Tendremos que abrir una botella de champán, que esto hay que celebrarlo –dijo mi padre mientras nos sentábamos alrededor de la mesa–. Montse: saca otra botella de champán, que ésta está esbrava­da. ¿Has cenado?

–Bueno, me he tomado un bocadillo en el bar de abajo. No sabía si subir a estas horas. He visto que la portería estaba abierta y me he dicho: «Qué coño». Pero vosotros cenad, cenad.

–Qué joder. Íbamos por el primer plato y tú también comerás un poco. Ah, a las diez, dentro de un momento, van a dar el parte del equipo médico habitual. A ver si hoy hablan de las cacas en forma de melena... ¿Pero dónde coño te habías metido?

–En un pueblo de la sierra del Cadí, cerca de Andorra –respon­dió el visitante–. Tengo una casa, un terreno, cuatro vacas, cuatro ovejas, gallinas, conejos, una mujer, dos hijos... ¿Sabes quién se vino a vivir conmigo? Xavi, el hijo de Teresa.

Evocaciones de este tipo conseguían llenar de lágrimas los ojos otra vez. A mi padre se le curvaba la boca de ternura:

–Xavi... Javierito.

–Al final, lo encontré. Lo estuve buscando, lo localicé y, en fin, una vida nueva –resumía Víctor–. Ya te contaré.

–No te imagino de payés.

–Bah, no es difícil. Se trabaja de sol a sol, pero al menos come­mos bien. Y, mientras trabajas, no piensas.

–Pero, por fin, has venido.

–Son momentos muy importantes y tenía que pasarlos contigo. Como si hubiéramos llegado al último capítulo, ¿no te parece? No quería pasarlo allí solo. No tenemos tele y los chavales no han vivido nada. He venido a recordar los viejos tiempos. Que no se nos olviden.

–Cómo se nos van a olvidar.

–¿Cómo era aquel de la nena que llevaba la vaca al toro?

–Ah, sí. La niña que va con una vaca por el campo, y se encuentra con dos de ciudad que le dicen: «¿Dónde vas, nena?». Dice ella: «A llevar la vaca al toro». Y le dicen: «¿Y esto no puede hacerlo tu pa­dre?». Y la niña: «No: tiene que ser el toro».

–¡Ja ja ja ja ja!

Iniciaron una larga, larguísima, interminable conversación sobre los viejos tiempos.

Y yo escrutaba el rostro de mi madre como si fuera la prime­ra vez que lo veía, y descubrí que efectivamente tenía una mirada hermosa y poderosa y unos labios gruesos, de línea delicada. Y me preguntaba cómo podía haber vivido con aquella mujer toda mi vida sin darme cuenta de ello, fijándome únicamente en sus arrugas y su papada y en su cabello despeinado y su mueca despectiva que, si uno se fijaba bien, eran meros añadidos que no conseguían arrebatar la belleza al conjunto. De pronto, comprendía por qué mi padre podía haberse enamorado un día de ella.

En ese momento me dije que siempre debería estar agradecido a Víctor Luys por haberme ayudado a ver a mi madre de aquella manera.

 

*En la foto, Mary Garby, en el Argensola de Zaragoza. Foto cedida por Rafael Castillejo.

'CABARET POMPEYA' DE ANDREU MARTÍN

'CABARET POMPEYA' DE ANDREU MARTÍN

 

El sello Alevosía, vinculado a Siruela, publica una de las novelas más ambiciosas de Andreu Martín. Elena Palacios y Ofelia Grande me envían la promoción, un fragmento del texto y las razones que le llevaron al novelista a redactar esta ficción que ya ha sido definido como una de las grandes novelas negras de Barcelona.

Cabaret Pompeya. Andreu Martín. Alevosía. 632 págs./21,95€

 

Barcelona, 1920, es la época convulsa de las bombas y el pistolerismo. Fernando, Miguel y Víctor se conocen en el Pompeya, uno de los más animados music halls del Paralelo. Fernando es bandoneonísta y Miguel y Víctor trabajan en el puerto; los tres tienen veinte años, son alegres, seductores, amigos de la diversión, y están dispuestos a comerse el mundo, pero tampoco son ajenos a los ideales políticos que se respiran en el ambiente.

La historia de su amistad, que resistirá las crueles embestidas de la Guerra Civil y la posguerra, es el hilo conductor de esta novela de trama trepidante y adictiva, de agentes dobles, tanguistas, comisarios, anarquistas y maquis, de odio, amor, injusticias y venganzas.

 

 

 

Extracto de la obra:

 

Un día, los llevó a él y a Miguel a un mitin en un teatro de Barcelona. En el escenario, tras una mesa, había una serie de personajes políticos lanzando sus encendidos discursos. En un momento dado, el pequeño Víctor le dijo a su padre:

 

—No entiendo lo que dicen.

 

Y su padre le respondió:

 

—No están hablando contigo. Ni conmigo. Hablan entre ellos. Nosotros sólo somos el tema de conversación.

Andreu Martín.

 

Como nació Cabaret Pompeya según Andreu Martín:

 

Cabaret Pompeya nació en la Feria de Frankfurt de 2007. Iba yo por uno de los pasillos cuando de frente veo que viene un viejo amigo, gran poeta y creador cultural, Valentí Gómez, al que hacía tiempo que no veía. De pronto, se le iluminaron los ojos, vino corriendo, se me echó encima, me agarró las solapas y, como si hubiera tenido una revelación mística apenas unos minutos antes me gritó: “¡Andreu!  ¡Tienes que escribir la gran novela policiaca de Barcelona!”.


Le sonreí, contento de ver que conservaba genio y figura, y le dije que eso era lo que intentaba cada vez que escribía una, pero...


... Pero, al regreso en avión a Barcelona, la semilla plantada empezó a echar raíces. Me pregunté: “¿Qué querría decir  la gran novela policiaca de Barcelona?”. Me respondí: "La Barcelona de las pistolas". Y pensé en mi padre, y en lo que me contaba mi padre, y en mis tíos policías, y en mi tío el bandoneonísta que tocó ante el Sha de Persia y Soraya...


... De ahí nació Cabaret Pompeya.

 

*Imágenes de Alevosía; la vedette es Mary de Liss; por cortesía de Rafael Castillejo. Pertenece a la muestra 'Zaragoza desaparecida'.

EDUARDO SALAVERA EN DECOR-ART

Me escribe Eduardo Salavera y me envía la invitación de su exposición de acuarelas en Decor-Art, ’Donde David mira’ y el texto que ha escrito:

Ese momento -enseguida cambiante- tengo que “apuntarlo” y guardarlo en abreviada memoria de tonos y gamas de color; igual que la impresión que me causó contemplarlo. Técnicamente, la acuarela pura responde por su calidad diáfana, la textura del papel y la exigida espontaneidad, a esos instantes suspendidos en el tiempo.

Siendo uno de tierra adentro en mayoritaria proporción de monte y secano en cuanto te alejas del río y su valle, contemplar nubes y celajes sobre un horizonte de la mar en calma, parece normal dejarse embelesar por lo mirado. Aunque ese lugar y ese espacio sean los mismos, no lo son los cielos y las olas, su color y sus formas.

Esta serie de 37 acuarelas, seleccionadas entre otras pintadas hace poco tiempo y teniendo por motivo un pedazo mínimo de la costa mediterránea, muestran y se exponen a la consideración de quién las mire. Por mi parte, decir que disfruté con la sorpresa pictórica y, como de costumbre, me sentí empequeñecido ante, como escribió Leonardo da Vinci: “... una experiencia inefable”.

Seguiremos hablando de la crisis económica como tema de actualidad, pero la naturaleza continuará ofreciéndonos sus mensajes de belleza más allá de convertirnos en miranubes o miraolas.

 

Eduardo Salavera

Noviembre 2012

LASALA, EN EL MUSEO CAMÓN AZNAR

LASALA, EN EL MUSEO CAMÓN AZNAR

[José Luis Lasala inaugura mañana jueves su exposición ’La memoria rota’, en homenaje a su mujer Angelines Royo. Pintura de color, de emoción, de intensidad: una elegía cromática.]

 

 

 

‘LA MEMORIA ROTA’: LASALA

 

O EL COLOR DE LA VIDA EN VILO

 

José Luis Lasala es un pintor de color.

Admirador de Rothko. Cómplice de José Guerrero.

Amigo del rebelde Santiago Lagunas.

La vida le ha puesto a prueba: se llevó demasiado pronto

a Angelines Royo. Su musa de años. Su compañera.

Y más tarde le sometió a otra dura incertidumbre:

entre el infarto de renacer y el dolor de vivir.

José Luis Lasala, que también era extremo en el fútbol,

viajero pertinaz, paseante del arte y sus misterios,

pudo volcarse en sus mejores impresiones.

Con el pincel en los labios y en el alma,

con la mano temblorosa en vilo.

Con todo el incendio del fuego

y de la memoria rota.

El día trece mostrará su gran elegía,

su declaración de amor, su cántico y su llanto.

Y se mostrará a sí mismo, como el pintor

que fue y que es, como el náufrago

que se salva, noche a noche, en la selva

de los mejores recuerdos. En la selva del amor insomne.

En pintura vuelta palabra imprescindible

que avanza entre la niebla del tiempo hacia el más allá

como un pájaro de cariño insondable.