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Antón Castro

ED VAN DER ELSKEN EN MAPFRE

Ayer estuve viendo, con mi nieto Simón y mi hija Aloma, la exposición  de Ed van der Elsken en Mapfre, en Madrid. Está en las dos salas, y ofrece varias de sus películas. No vi esta foto en l a muestra: me la encuentro por aza y la traigo aquí. Es una muestra extraordinaria. Sí está la de Brigitte Bardot. Es un fotógrafo extaordinario...

Ed van der Elsken (Ámsterdam, 1925 - Edam, 1990) fue un fotógrafo que desarrolló buena parte de su trabajo en las calles de distintas ciudades de todo el mundo, desde su Ámsterdam natal hasta París o Tokio, buscando lo que él llamaba “su” gente, gente auténtica y genuina con la que en muchos casos se identificaba. La fotografía fue para él un medio con el que experimentar y exteriorizar su propia vida, razón por la que su personalidad queda reflejada tanto en la relación que entabla con sus personajes como en sus numerosos autorretratos. La modernidad y la autenticidad visual de sus imágenes están en consonancia con su espíritu aventurero y, a la vez, con el estilo de vida inconformista de las personas cuya vida cotidiana compartía.

Esta exposición ofrece una nueva reflexión sobre su trabajo y muestra sus diferentes facetas como fotógrafo, cineasta y autor de libros. Además de una amplia selección de sus fotografías, la muestra incluye maquetas de sus publicaciones, hojas de contactos y bocetos que permiten comprender mejor su método de trabajo. Asimismo, los fragmentos seleccionados de sus películas, en blanco y negro o en color, ponen de relieve su labor como cineasta y permiten entender la estrecha relación que en la obra de Van der Elsken existe entre la práctica cinematográfica y la fotografía.

Fotografía subjetiva: Ed van der Elsken adoptó una postura que está a medio camino entre el documento y la ficción, distanciándose del documental más “objetivo” todavía en boga en ese momento, especialmente en el fotorreportaje. Además de fotografiar y filmar a sus personajes en situaciones que a menudo resultan teatrales, van der Elsken también realizó un gran número de imágenes sobrias y emotivas que revelan su profunda empatía y su sentido innato de solidaridad hacia los demás.

Escenas preparadas: preparar escenas fue una constante a lo largo de toda su carrera; rara vez esperaba pacientemente el momento “decisivo” y prefería provocarlo, de modo obvio al principio, pero progresivamente más al estilo de un director artístico dinámico y desenfadado. Ocasionalmente anotaba cosas que llamaban su atención en una libreta llena de listas de temas y hacía incluso bocetos, como storyboards con el típico formato cuadrado de su cámara. Quiso incluso hacer un libro sobre su vida cotidiana, incorporando lo que más tarde describiría como “elementos ficcionales idealizados”, pero nunca lo terminó.

Fotolibros: van der Elsken experimentó con numerosas técnicas en la edición y la maquetación de sus fotografías. El diseño dinámico y animado de sus fotolibros se convirtió en una de sus señas de identidad. Muchos de ellos alternan imágenes impresas a sangre (sin márgenes) con fotografías a doble página o imágenes más pequeñas impresas en una sola página o conformando una serie dispuestas en páginas enfrentadas. Le interesaba sobre todo encontrar la combinación adecuada de imágenes, tanto por su forma como por su contenido, para que al pasar cada página se revelara una obra de arte distinta, con su propia composición espacial.

Cine: a partir de 1959 el cine pasó a ocupar un lugar cada vez más importante en su trabajo. Siempre acompañadas de sus desenfadados comentarios, las producciones de van der Elsken se caracterizan por su fascinación por la vida cotidiana y por su propia vida en particular, y reflejan todos los temas que le interesan: el sexo, la infancia, el amor, la naturaleza, las injusticias sociales, el viaje, la vida callejera, la enfermedad y el ciclo de la vida. Su enfoque era generalmente autobiográfico, sus métodos poco convencionales y a menudo se incluía a sí mismo en la escena.

 

LA CENSURA, EN 'LETRAS LIBRES'

LA CENSURA, EN 'LETRAS LIBRES'

LA ERA DE LA INDIGNACIÓN: NUEVAS FORMAS DE CENSURA,

EN EL NÚMERO DE FEBRERO DE LETRAS LIBRES

El escándalo no ha muerto. Al contrario: parece que surgen nuevas formas de censura, y cada vez son más frecuentes las peticiones de retirar obras de arte y los intentos de acallar voces que se consideran ofensivas. Estos esfuerzos represivos siempre se hacen en nombre de las buenas intenciones: antes partían de los conservadores, pero ahora también surgen de sectores progresistas. Letras Libres dedica su número de febrero a este asunto: José Luis Pardo reflexiona sobre lo que sucede cuando se valora el arte desde coordenadas morales o políticas y Paula Corroto repasa algunos de los intentos de censura y petición de retirada de piezas de los últimos meses. Jonathan Haidt explica que estamos en la era de la indignación, en una sociedad cada vez más polarizada, y que la democracia liberal necesita ajustes para evitar el tribalismo. 
Evelyn Erlij entrevista al historiador francés Pierre Nora, fundador de la revista Le Débat y uno de los grandes renovadores de la historiografía de los últimos años, en parte gracias a la edición de la obra colectiva ’Le lieux de mémoire’ (Gallimard, 1984-1992). 
Lluís Bassets escribe sobre la derrota del catalanismo político a la que ha llevado el independentismo: no solo ha provocado una fractura social, también un descrédito del nacionalismo moderado, interlocutor necesario para la tercera vía. 
El columnista y escritor Simon Kuper escribe una pieza entre satírica y distópica sobre lo que podría ser la Europa de 2025.
Gabriel Zaid escribe de los ópatas, una cultura indígena de la que hay vestigios en Arizona y Sonora y que era tan abierta que se disolvió en la asimilación.
El escritor acapulqueño Julián Herbert vuelve a su ciudad para escribir un reportaje en el que descubre un Acapulco nuevo, diferente, pero en el que aún reconoce el de su infancia y, sobre todo, el de la juventud de sus padres. 
Mercedes Cebrián escribe del ensayo ’El ojo del observador’, de Laura J. Snyder, una historia de la teconología óptica; Andrés Barba analiza la poesía completa del escritor estadounidense Robert Lowell. Manuel Arias Maldonado lee ’Promesas incumplidas’. Una historia política de las pasiones, de Javier Moscoso. Ricardo Dudda escribe de ’El joven sin alma. Novela romántica’, de Vicente Molina Foix y Aloma Rodríguez reseña La muerte y la primvera, de Mercè Rodoreda. 
Vicente Molina Foix analiza ’Tres anuncios en las afueras’, la película del dramaturgo y cineasta Martin McDonagh que triunfó en los Globos de Oro, y Fernanda Solórzano escribe de Los archivos del Pentágono, la nueva película de Spielberg, un elogio del periodismo, que tiene como protagonista a Katahrine Graham, dueña del Washington Post cuando la publicación. Jim Kobuzek explica por qué a pesar de saber que la inteligencia tiene una importante base genética no puede diseñarse. Jorge San Miguel invita a celebrar el día Darwin, el 12 de febrero, con dos películas, Master & comander y Creation. Mariano Gistaín escribe de los agujeros de seguridad que han revelado los procesadores de Intel y de la ejecución especulativa que, dice, es lo que venimos haciendo los humanos para sobrevivir.


Director: Enrique Krauze
Editor responsable en España: Daniel Gascón

DIÁLOGO CON ROSENDO TELLO

Esta entrevista se publica hoy en Heraldo de Aragón.

Rosendo Tello Aína (Letux, Zaragoza, 1931) sueña los poemas. Acaba de cumplir 87 años y redacta, con infinita paciencia, sus versos, transidos por la memoria, la música, la sensualidad y la pasión por el paisaje y sus ángeles. Publica ‘Apología simbólica del jardín’ (Gara d’Edi-zions), escrito con ese estilo lujoso, ebrio de imágenes y de plasticidad que le caracteriza. Rosendo Tello resume las claves de una lírica imaginativa que mereció en 2005 el Premio de las Letras Aragonesas. 

¿Como nació este poemario?

Mis últimos libros vienen a ser una explicación consciente de lo que en mi vida poética ha permanecido inconsciente en mis versos. Mi obra lírica finaliza con el libro ‘Consagración al alba’. Después afronté mi enfermedad y pude escribir tres libros: ‘El regreso a la fuente’, ‘Revelaciones del silencio’ y este, ‘Apología simbólica del jardín’. El primero terminaba un camino nómada por un desierto de la existencia hacia la fuente de un lugar ansiado. ‘Revelaciones del silencio’ regresaba lo que planteaba en mi primer libro, ‘Ese muro, ese silencio’, sobre todo el silencio que habla y no el que silencio que calla.

¿Y ahora? ¿Quería hacer un homenaje al jardín, a la poesía misma y a la música?

Apología simbólica del jardín’ es un libro en el que recuerdo a mi padre cuidando amorosamente su huerto llamado La Cerrada, ‘hortus conclusus’, como un jardín. El huerto de mi padre y el huerto de mi casa de Gurrea de Gállego se fusionan convirtiéndose en uno solo: jardín viviente por el que mi padre se pasea en sueños.

¿Ha querido hacer un libro unitario, como una sinfonía?

El libro se divide en cuatro parte relacionadas con el jardín interior, con la intimidad exterior de la existencia, con la poesía y con la música. Las cuatro partes han sido concebidas como una gran sinfonía musical.

¿Pensó en su jardín de la casa de Gurrea, casi un santuario, o en un jardín en abstracto?

El plano real era antes un huerto y ahora, melancólicamente, es un jardín. Está tratado de manera esencial y poética con las adherencias que conlleva. En otra parte del libro se podría pensar en un espacio físico y mental, cerrado en la lírica.

Hay un texto dirigido a un joven poeta. ¿Cuáles serían sus consejos, sugerencias o advertencias a los creadores líricos?

Ese es un poema con fondo real y personal, aplicable a un plano general. Espero que mis consejos y sugerencias sirvan a los que esperan ser creadores líricos. "No te distraigan ni la fama ni el brillo / ni los deseos de gloria; vendrán cuando / tengan que venir...", les digo.

Hay varios poemas de amor, uno específico dedicado a la amada. ¿Cuál ha sido la importancia del amor en su vida?

El amor y la amistad son constantes en mi vida y en mi poesía. Amor y amistad conjuran dos individualidades que se funden en la intimidad interior y perduran a través del tiempo.

Es conocida su pasión por Cernuda y Juan Gil-Albert, pero parece que aquí a veces dialoga con Juan Ramón Jiménez y con libros suyos como ‘Jardines lejanos’ o ‘Arias tristes’.

Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado fueron mis poetas desde mis quince años. Me dejaron una huella imborrable. Después llegaron otros poetas: la Generación del 27 con Guillén, Loca, Cernuda, etc. Luego, los poetas extranjeros, ingleses y alemanes, y entre ellos Rilke y John Keats han tenido mi predilección; de este último, pienso en su ‘Oda a un ruiseñor’. Juan Ramón Jiménez es un poeta excepcional, sin duda.

Ha aprendido a escribir, de nuevo, con la mano izquierda. ¿Ha cambiado eso su manera de componer poesía?

Desde luego, y gracias a mi silencio puedo hacerlo. A veces pienso que mi falta de comunicación con los demás ha sido determinante. La falta de comprensión te marca, la ausencia de interlocutores. Además, oigo menos, el cuerpo me responde mucho peor y mi alma lo siente. Y eso pasa de diferentes formas a mi escritura.

¿Ha encontrado una nueva voz el poeta que ha perdido la voz de trueno tras la enfermedad?

He hallado de otra manera la voz del silencio. He aprendido que necesito hablar, pensar y sentir a solas. El silencio no es el silencio corriente, sino un silencio vivo y sensual. A lo lejos se oye sonar la belleza en el silencio. Cuando uno sueña en la noche, siempre en la noche y no en el día, la belleza se percibe en el silencio mientras espero la llegada de sus imágenes.

Acaba de morir la escritora Ursula K. Le Guin y dice que el ritmo es esencial en la escritura. ¿Qué piensa usted?

Es un tema que me obsesiona y que siempre está ahí. He asimilado el ritmo de la poesía de mi pasión por la música, que es uno de los temas del libro, como algunos otros que siempre me obsesionan: la naturaleza, la hermosura y el pensamiento, que para mí ha de ser esencialmente poético.

 

*La foto es de José Miguel Marco.

RECUERDO DE NICANOR PARRA

Tres palabras de Nicanor Parra

http://www.udp.cl/noticias/detalle_noticia.asp?noticiaId=28502

He compartido con Nicanor Parra algunas tardes en su casa en Las Cruces, muchas veces junto a Alejandro Zambra, a propósito de la publicación del libro Lear rey & mendigo. Conversamos —en esas encuentros— de los diversos temas que salían al ruedo, eso sí, sin demasiadas preguntas, ya que Nicanor las considera —con cierta razón— interrupciones que obstaculizan el flujo del habla.

Parra enhebra prodigiosamente el diálogo, acompañando sus palabras con una especial acentuación y con gestos propios de un actor de fuste. Su ladino sentido del humor, su desparpajo y su cultura, se mezclan con envidiable naturalidad en lo que asevera. Especulamos, en varias ocasiones y con entusiasmo, con la idea de realizar un volumen que contuviera todos los chistes de Don Otto que tanto le interesan. En una ocasión oí responderle a un periodista agujón, que le sugirió eliminar los pinos que animan su vista al mar, que jamás los cortaría porque tenía presente los versos célebres de Paul Valéry que dan comienzo al poema “El cementerio marino”.

Tres son las palabras que Nicanor Parra dejó clavadas en mi cabeza. La primera es “plausible”, que para él es clave a la hora de analizar un discurso, de escuchar un poema o de especular sobre lo cotidiano o lo patafísico. Plausible es lo verosímil, lo que suena a habitual aunque sea algo extraño, lo que creemos posible. Se trata de una palabra resistente, pero que encierra en el caso de Parra mucho más que un puñado de significados. Es una posición vital: su poesía solo considera al lenguaje cuando está despojado de florituras y se presenta libre, suelto, atendible por el oído; o sea, cuando es plausible de ser escuchado claramente por cualquiera y mostrar, así, la voz de un sujeto imaginable tras los versos. Entonces me atrevo a señalar que Parra mira y escucha la realidad desde la perspectiva de lo plausible, con absoluto desdén por lo improbable o lo fantástico.

 
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La segunda palabra está vinculada a un poema de Antonin Artaud que comienza con el enfático verso: “Toda la poesía es una basura”. Este verso, traducido por Parra, dice aun con más fuerza: “Toda poesía es una mierda”. La palabra mierda —en este caso— está cargada de sentido hasta el extremo de convertirse en un gesto similar al de Alfred Jarry cuando la utiliza en el comienzo de su obra Ubu rey para sacudir al teatro de comienzos del siglo XX del letargo y la afectación que lo consumían. El interés de Parra en este poema de Artaud radica, por lo tanto, en la forma tajante de imponerse desde el pedestal de la ignorancia, dándoles las espaldas a la vida y sus oscuridades, a las bajezas que nos incumben a todos por igual. En definitiva, “mierda” es, figuradamente, una palabra revolucionaria y recurrente, que comprende una forma de enfrentar el mundo sin remilgos y sin impostura.

Por último, recuerdo con un sonrisa levemente cínica que aprendí de Parra, sin que él me lo enseñara directamente, que en las discusiones acaloradas, en los encuentros desastrosos y en los momentos de nerviosismo inútil, había que librarse de la pesadumbre por medio de una verónica. Esta palabra hace alusión a la elegante pirueta del torero cuando lo embiste la bestia y él la deja pasar con un movimiento sutil que descoloca al bruto y permite salir del peligro al artista. Nicanor Parra es un maestro a la hora de hacer verónicas: las hace, sobre todo, con sus frases agudas, con sus repentinos cambios en el diálogo o con su indiferencia chillaneja. De ahí su boca cerrada ante las cámaras cuando lo persiguen para homenajearlo, así como su actitud franca y sagaz ante sus interlocutores, por muy poderosos o miserables que sean. Tras la filosofía de la verónica, seguro que se esconde un afán por buscar la distancia precisa para poder escuchar y sobrevivir, fraguando los poemas más salvajes y conmovedores escritos en Chile desde hace más de 50 años.

 

24/01/2018

Carlos Peña.

 

...hay en él una concepción del lenguaje como un don que nos promete y, a la vez, nos niega; un artefacto, por llamarlo así, que nos permite formular preguntas cuyas respuestas, sin embargo, no nos es dado encontrar nunca...". 

¿Dónde radica la genialidad de Nicanor Parra, cuya ausencia, a contar de ayer, amenaza con un desierto? A menudo se piensa que ella deriva del sentido del humor de que hacía gala y de su notable habilidad para construir versos a veces desopilantes, sorpresivos, que parecían empeñados en mostrar el revés de las cosas, ese aspecto de la vida que el lugar común oculta y a la vez expresa. 

Pero no es esa exactamente la clave de su escritura y de su genialidad. Nicanor Parra es, de todos los poetas chilenos, el que estuvo más cerca de las grandes preocupaciones del hombre contemporáneo, las mismas de las que se ocuparon autores en apariencia tan lejanos como Wittgenstein o Heidegger, a quienes, a pesar de sus intentos por disfrazarse de simple o de paleto en esta vida, Nicanor Parra conoció muy bien. 

Hay en él, desde luego, una concepción del lenguaje como un don que nos promete y, a la vez, nos niega; un artefacto, por llamarlo así, que nos permite formular preguntas cuyas respuestas, sin embargo, no nos es dado encontrar nunca. Buena parte de sus aparentes juegos verbales, que al lector ocasional parecen simpáticos, ocurrencias de un anciano de jeans, muestran esa convicción de que el lenguaje es el látigo de Dios, como llamaba Capote a la escritura, algo que nos consuela y nos defrauda, que nos promete y nos niega ("He preguntado no sé cuántas veces / pero nadie contesta mis preguntas / es absolutamente necesario / que el abismo responda de una vez / porque ya va quedando poco tiempo"). Algo similar había dicho Kant en la primera Crítica o reiterado Wittgenstein en una de sus conferencias: es propio de la condición humana formular preguntas cuyas respuestas no le es dado responder. 

Es por esa convicción acerca de la índole del lenguaje que Nicanor Parra se negó siempre a presentar la poesía como un discurso que permitiera asomarse a las profundidades insondables o una forma de comunicación capaz de mostrarnos la índole más propia de la condición humana. Para él la poesía estaba condenada al fracaso, o más bien su fracaso a revelar el punto ciego de la condición humana, era su triunfo más propio: "Me retracto de todo lo dicho / a pesar de que fue escrito con sangre / no representa lo que quise decir...".

La poesía era una escalera que debía ser arrojada una vez que se sube por ella. 

La condición humana aparece así en Parra como amenazada por eventos o acontecimientos que revelan una grieta. No es propiamente el absurdo lo que aparece en su poesía, sino lo incomprensible, las preguntas que vagan en el lenguaje del día a día, ocultos en los lugares comunes, buscando una respuesta. El tonto solemne del que se aleja en "La montaña rusa" ("La poesía fue / el paraíso del tonto solemne / hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa".) es el poeta que piensa que la poesía está llamada a develar las verdades sensibles, eternas y temblorosas de la condición humana. Nicanor Parra no creía que ese fuera el destino de la poesía: "¡Silencio mierda -dice uno de sus artefactos- que con dos mil años de mentiras basta!". 

Tampoco creyó que la poesía fuera una forma de extravertir la propia subjetividad, enajenando los sentimientos que la aquejaban. Y es que para él a través de la poesía no habla la subjetividad del poeta, sino un Otro que alojado en el lenguaje constituye tanto a quienes poetizan como a quienes escuchan poetizar. La tarea del poeta no es emplear la poesía para extrovertirse. El poeta es un médium a través del cual habla el Otro que se esconde y se camufla en el lenguaje, ese Otro que es el sedimento de preguntas estupefacientes y sorpresivas que millones y millones han ido dejando poco a poco en la cultura, escondidas en el habla de la calle y donde se insinúa el "abismo de la noche oscura".

No fue, en fin, un habitante de multitudes (a pesar de que las multitudes lo convirtieron en un poeta pop). Para él la verdadera condición humana era la individualidad y la independencia insobornable. Dio ejemplos notables, con su rechazo a la revolución cubana y más tarde a la dictadura, conductas que entonces cobraron la soledad y el aislamiento como premio. Por eso, y a pesar de que el "Hombre imaginario" es su poema más conocido, quizá el que mejor lo retrata para la eternidad de la cultura donde acaba ayer de ingresar, sea el "Soliloquio del individuo". Allí relata la epopeya humana, que la vida de cada uno resume, como la construcción de un sujeto que transita e interroga e interroga: "Miré por una cerradura, / Sí, miré, qué digo, miré, / Para salir de la duda miré, / Detrás de unas cortinas, (...) Pero no: la vida no tiene sentido". 

 

Ve aquí el video del homenaje a Nicanor Parra rendido por la Escuela de Literatura Creativa UDP.

 

 

SOL ACÍN Y SU FAMILIA EN BICICLETA

SOL ACÍN Y SU FAMILIA EN BICICLETA

Sol Acín y el que fue durante años su marido, el músico alemán Klaus Lindemann, que trabajaba como realizador de televisión. De esa relación nacieron sus hijos Sergio y Ana. Sol fue profesora de francés y poeta.

La foto la tomo de http://www.fundacionacin.org/index.php/sol/

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DE 'NUESTRA ERA LÍRICA'

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DE 'NUESTRA ERA LÍRICA'

 

NUESTRA ERA LÍRICA

El narcisismo y la hipérbole definen la lengua de nuestra época.

Por Daniel GASCÓN. Letras Libres.

[El 26 de abril de 2018 se publica su libro 'El golpe posmoderno', centrado en el procés y en la historia reciente de Cataluña del úlitmo lustro y en particular de la última legislatura.]

 

No eres tú, soy yo era una frase que se utilizaba para separar. Todos la hemos dicho u oído alguna vez al romper. Ahora, sin embargo, se utiliza para unir, para sumarnos a un movimiento.

Un ejemplo de esta tendencia espartaquista (vía Kubrick) fue el “Je suis Charlie”, que se popularizó después de la matanza en las oficinas de Charlie Hebdo, o el “Bring back our girls” tras el secuestro de niñas perpetrado por Boko Haram. Esas reivindicaciones parecen discretas en comparación con lo que ha llegado después. Quizá en cierto modo siempre ha sido así y es una ilusión óptica, pero el posicionamiento político parece, ante todo, un selfie. En estas manifestaciones de solidaridad, casi siempre por causas nobles, acabamos viendo más a quien declara su simpatía que a la víctima real.

Es dudoso que las palabras ayuden a cambiar la situación, pero en el fondo esa no es la cuestión: tiene más que ver con la exhibición de nuestra propia virtud. Aurora Nacarino-Brabo ha escrito sobre este asunto en relación a los manifestantes que decían “Yo sí te creo” en el caso de la manada. De alguna manera, el asunto principal –la violación múltiple, la deshumanización descerebrada, el cuestionamiento de la vida de la víctima– quedaba eclipsada por la afirmación. La misma frase la hemos visto en actores que habían trabajado con Woody Allen y que ahora han decidido que el cineasta fue culpable de un supuesto delito, veinticinco años después que se retiraran los cargos por considerarse que eran demasiado débiles. No se ha descubierto nada nuevo en este tiempo. Pero algunas de estas personas escriben en Twitter: “Yo sí te creo”, como si la mera creencia alterase la realidad. En ambos casos se vuelve más importante la convicción personal que el intento de comprobar con cierta objetividad lo que sucedió.

Por desgracia, desde coordenadas ideológicas distintas a las de sus máximos beneficiarios, lo que vemos no es tan distinto de la llamada posverdad: participa de la misma cosmovisión. No se trata, como ha explicado Kenan Malik, de que haya poca verdad en el mundo, sino de que hay demasiadas verdades, que se consideran particulares y hasta cierto punto indiscutibles. No importan tanto los hechos como la forma en que yo los siento, como en la canción de La princesa prometida: “Our love is just a storybook story,/ but it’s as real as the feelings I feel”. Por una parte, negar la posibilidad de un consenso sobre la realidad, o sobre la idea de que podemos conocer algunos hechos al margen de la percepción interior, complica la discusión. Por otro, el énfasis en el “yo” traslada la atención hacia el emisor. Las nuevas formas de comunicación propician sobre todo eso. No vivimos, diga lo que diga la canción, en malos tiempos para la lírica: prácticamente no hay otra cosa que lírica.

Es el estilo expresivo que más abunda en nuestra época, y muchas veces el camino que lo acerca al narcisismo es corto. El hashtag #MeToo es certero y extraordinariamente eficaz. Denuncia abusos de poder y el hecho de que una industria y una sociedad los hayan tolerado y normalizado durante mucho tiempo. Sin embargo, la expresión de empatía (“yo también he sufrido lo mismo que tú”) tiende a igualar comportamientos que posiblemente suceden en un continuo pero que requieren una gradación , desde la violación, al chantaje sexual, al acoso o a una propuesta fuera de lugar.

Esto recibe la ayuda de otra de las características del lenguaje de nuestra época: la exageración. En un momento de mucho ruido, parece que la única manera de que te oigan es gritar más que los otros y que nuestro Zeitgeist los mostraron los Monty Python con los cuatro hombres de Yorkshire. Así, España somete a un genocidio cultural a Cataluña, los independentistas son nazis y Natalie Portman ha sido víctima de terrorismo sexual. 

Por desgracia, en el mundo se producen genocidios, hay nazis y muchas mujeres y niñas están atrapadas en situaciones que se parecen más al terrorismo sexual que la vida de una actriz de Hollywood graduada en Harvard. Esta tendencia a la hipérbole no solo criminaliza comportamientos que pueden variar desde lo desagradable a la torpeza, sino que sobre todo los confunde con los que son delictivos: puede generar un nuevo puritanismo y producir situaciones que hacen que Kafka sea la mejor guía para la educación sexual, pero también resta importancia al sufrimiento de las víctimas de las agresiones más graves y camufla a quienes han cometido las peores transgresiones. Los excesos del movimiento se utilizarán para ridiculizar toda la iniciativa. Los avances para combatir el acoso y el machismo corren el riesgo de ser menores de lo que deberían haber sido.

MANUEL VILAS HABLA DE 'ORDESA'

MANUEL VILAS HABLA DE 'ORDESA'

Manuel Vilas publica ’Ordesa’ (Alfaguara), una novela sobre sus padres, sobre su divorcio, sobre sus hijos, sobre la España que agoniza y que asfixia a sus  ciudadanos, un libro sobre la musica, la invención, los puntos candentes y selectos de la memoria, los parias. Conversamos sobre el libro para ’Heraldo’.

- Empiezo con una frivolidad. ¿Sabías que este año de 2018 se cumplen cien años de Ordesa como Parque Nacional? 

Me he enterado estos días, a raíz de la promoción de la novela. Será un buen augurio. 

-¿Qué ha significado Ordesa en tu vida? ¿Es una de tus magdalenas de Proust, como parecía ocurrir en el libro de Lou Reed, donde también había algunas?

Sí, es el primer recuerdo claro que tengo. Tiene algo de la magdalena proustiana, sí. Es un recuerdo muy potente, salgo de un coche y mis ojos se topan con las montañas de Ordesa. Calculo que fue en 1969. A mi padre le gustaba ese valle. Por eso he titulado así el libro. 

-En varios libros, sobre todo en los poemarios, venías avanzando de alguna manera este libro, este homenaje a los padres. ¿Cómo y cuándo se te ha impuesto?

 Al morir mi madre, en el 2014, comencé a escribirlo. Ya era completamente huérfano. Había escrito ya sobre la muerte de mi padre, que ocurrió en el 2005. La muerte de mi madre me trajo nuevos recuerdos, nuevos enigmas sobre mi pasado. 

-¿Sería este un libro de la memoria, aún de la memoria desmenuzada, pero también arbitraria, de instantes o azarosa? Lo digo porque el mecanismo de la evocación parece un poco antojadizo e impresionissta. Y vayas o vengas, en cualquier direccion, parece que encuentras petróleo o emoción todo el tiempo.

Está escrito a golpe de recuerdo, siguiendo los movimientos de la memoria. Ha sido como ir de caza. He salido a cazar recuerdos. Nunca sabes si te va a asaltar un recuerdo de cuando tenía nueve años o de cuando tenías diecinueve. La memoria es así, y el libro está escrito desde esa pulsión. 

 -¿En qué medida has visto, al escribir el libro, que tenías muchos vanos o vacíos sobre tu propia familia y que indagar ahí, y recordar, era también una forma de buscarte a ti mismo?

 Eso ha sido una de las cosas más importantes que me ha ocurrido al escribir el libro. Al explorar mi pasado buscaba mi identidad. La memoria hay que ejercitarla. El pasado es un enigma, y ese enigma afecta a lo que somos.

-Como lector he tenido la sensación de que asistimos a un desnudo casi integral del escritor y ciudadano Manuel Vilas.

 Sí, es un libro de la verdad. La narración de lo que te ha pasado en la vida. No es una vida extraordinaria, es una vida normal, como la de cualquiera, con sus buenos y sus malos momentos.

-¿Sería este tu libro más filosófico, donde se amasan la confidencia y el pensamiento o la intuición poética? 

Creo que sí. Me da la sensación de que es mi libro más sentencioso, con más confidencias e intimidad. 

-¿Qué porción hay de invención y de evocación, cómo ha operado la memoria?

No me he servido de la ficción. Si utilizaba la ficción, la poética del libro se venía abajo. No habría catarsis. Todo lo que cuento de mis padres es verídico. No tenía sentido inventarme nada.  

-¿Tuviste algunos títulos en la cabeza, métodos de exploración, autores concretos, textos de afinidad?

Pensé en titular el libro “Historia de la música”, por el uso que hago del nombre de los grandes compositores, que nombran a personajes del libro. Tuve en la mente a escritores que habían manejado el mismo género de libro de la verdad de la vida, desde Montaigne, Santa Teresa, hasta Goytisolo o Knausgard. Y en la actualidad, Marta Sanz o Sergio del Molino. 

-Tenías una curiosa complicidad con tu padre, pero a la vez hay entre los dos como una sensación de extrañamiento, no sé si decir de ausencia e incomunicación…

 La complicidad fue desapareciendo conforme yo fui dejando de ser un niño. Ese alejamiento es misterioso. Mi padre era un artista del silencio. Sus silencios dibujaban una extraña sensación de elegancia. Como si hablar fuera algo inútil.

-Tu madre amaba la vida y era una fumadora compulsiva. A veces avanzas cosas que les debes a cada uno… ¿Cómo resumirías ese débito?

 Amó mucho la vida, pero no asumió el paso del tiempo. Odiaba el envejecimiento, yo puedo entender eso. A mí me pasa lo mismo. Nos negamos a que la vida pase. Pero esa postura inconformista puede ser dolorosa y caótica. Mi madre no entendía por qué no se puede ser joven siempre. Era lo único que le preocupaba: la vida en sí misma.

-¿Qué te enseñan tus hijos? ¿Te ayudan ellos a ti a entender mejor tu condición de hijo?

 Hay un eterno retorno de lo mismo, recordando a Nietszche. Los malentendidos con tus padres pasan a tus hijos, en una larga cadena de vida, inmemorial e irreparable.

-¿En qué medida ‘Ordesa’ también es un autorretrato, un juicio a veces sumarísimo y una declaración de amor?

 Yo lo he escrito desde el amor. Pero el amor no excluye los filos de la vida, las desdichas y los errores cometidos.

-¿De qué te arrepientes? [En el libro hay varios arrepentimientos, sin duda. Como esa llamada de teléfono interrumpida, a la que sucede inesperadamente la muerte.]

 El libro me ha servido de catarsis. Tras la catarsis, ya no existe el arrepentimiento. Ahora ya no me arrepiento de nada.

-¿Por qué cuesta tanto que se entiendan padres e hijos? A ti te pasó..., o parece haberte en varios tramos.

 Es una oscura ley de la condición humana. Está en cientos de libros. Desde “El rey Lear” hasta “Los hermanos Karamazov”. Para mí es un misterio. Parece haber allí un agujero negro de nuestra idea de familia.

-¿De cuántas maneras se puede escribir una novela? ¿O cuántos géneros puedes meter en ella?

 Entiendo por novela una narración más o menos extensa de la vida. A partir de allí, y desde Cervantes, cada uno que haga lo que pueda. La gracia de la novela está en que cabe de todo, siempre y cuando se narre la vida.

-¿Qué aportan los poemas, la mayoría ya publicados? ¿Por qué los incluyes, por necesidad o por esa carácter híbrido y libre de entender la escritura y la novela misma?

 Dudé si incluirlos. Son un epílogo. Quería que fuesen como un making-of de la novela. Me parecía que completaban la historia desde otro ángulo.

-En la última entrevista me decías que quizá te hubiesen faltado lectores. ¿Te sientes ahora más leído, reconocido, más seguro de ti mismo?

Los escritores siempre nos sentimos huérfanos de cariño. Este libro lleva dos días en las librerías y el impacto emocional que está teniendo en la gente me maravilla, también me asusta. 

-¿Has dicho que es un libro sobre España? ¿Cómo es esa España, cómo la vivieron ellos, cómo los transformó?

La España de los años sesenta y setenta, la que vivieron mis padres cuando eran jóvenes, es la que más aparece en el libro. Ellos fueron felices en esa España. Era una España un millón de veces peor que la nuestra, pero fue la de ellos, y como fue la de ellos, yo la busco en el libro y la reivindico. 

-Por cierto, también es un libro de ciudades: Barbastro, Madrid y Zaragoza. ¿Te has sentido tan aislado a veces como dices?

Fui tímido de niño, y la timidez yo creo que no la resuelves nunca. Lo que haces es acostumbrarte a vivir con ella. Esa timidez, en la edad madura, busca la soledad.

*La foto es de Daniel Mordzinski.

'ME TOO'. ESCRIBE ALOMA RODRÍGUEZ

[La escritora Aloma Rodríguez publica en 'Letras Libres' este artículo sobre el fenómeno 'Me Too' y el feminismo.]
Aquí se puede leer.

#MeToo: Declaración de guerra

Estamos negando la capacidad de las mujeres para tomar decisiones adultas sobre su vida sexual.
 
26 enero 2018

Estamos en guerraEl movimiento que comenzó destapando años de acoso, abuso y violaciones a mujeres en entornos profesionales ha terminado por iniciar una guerra cultural global, como ha explicado Manuel Arias Maldonado: “Se publican cientos de artículos sobre el tema y se diría que las redes sociales no hablan de otra cosa. Ha surgido, también, una contrarreacción que alerta contra los excesos de esta oleada reivindicativa: el duelo de manifiestos en la prensa francesa atestigua inmejorablemente la tensión en el interior de la opinión pública. Pero, y esto merece ser enfatizado, no se trata de una opinión pública demarcada nacionalmente: medios y ciudadanos del mundo entero se han hecho eco, por ejemplo, de la controversia francesa. De manera que es razonable pensar que estamos ante la primera guerra cultural global”. (Va por la segunda entrega y ha anunciado tres.)

La ensayista Masha Gessen, miembro de la redacción del New Yorker, revista que publicó en primicia los abusos de Harvey Weinstein en un artículo escrito por Ronan Farrow, alertó bastante rápido de una sobrerreacción, surgida tal vez para corregir los años de mirar hacia otro lado. Gessen cita a la antropóloga Gayle Rubin y su ensayo de 1984 “Thinking Sex”: “Para algunos, la sexualidad puede parecer un tema sin importancia, una desviación frívola de los problemas más críticos de la pobreza, la guerra, las enfermedades, el racismo, el hambre o la aniquilación nuclear. Pero es precisamente en momentos como estos, cuando vivimos con la posibilidad de una destrucción inimaginable, cuando las personas se vuelven peligrosamente locas por la sexualidad”. Y, como señala Gessen, “vivimos con la posibilidad de una destrucción impensable”.

Gessen cita a Rubin cuando habla de los peligros de la misplaced scale, una escala fuera de lugar. Pone algunos ejemplos interesantes, como el del corresponsal del Times en la Casa Blanca, Glenn Thrush, suspendido de empleo por acusaciones de “comportamiento sexual inapropiado”. Un reportaje que se publicó en Voxcontaba que el periodista hizo “avances sexuales hacia mujeres jóvenes”. “En todos los incidentes hubo consumo de alcohol, ninguno ocurrió en el lugar de trabajo y ninguno involucró fuerza. Ninguna de las mujeres denunció a Thrush, que, como reportero (entonces en Politico), no era el jefe de nadie”, escribe Gessen. Y un poco más adelante: “La historia en la que se basa la suspensión de Thrush se enturbia en el consentimiento: una de las mujeres ha dicho claramente que había consentido en un encuentro, y otras dos rechazaron los avances de Thrush, negando el consentimiento con éxito. Aun así, todas las mujeres son presentadas como víctimas, incluida la mujer que afirmó claramente que no se considera a sí misma una víctima”. Masha Gessen explica que si negamos la capacidad de las mujeres (o adolescentes en el otro ejemplo que pone, el del senador republicano Ralph Shortey) las estamos infantilizando. Estamos negando su capacidad para tomar decisiones adultas sobre su vida sexual.

Todo esto empezó con denuncias de verdaderos delitos y abusos: hombres que por medio de la fuerza o el chantaje, obligaban a mujeres y, en menor medida, a hombres a satisfacer sus deseos sexuales. Las perseguían, y si no conseguían lo que querían, las vetaban para futuros trabajos. No solo era Weinstein (por cierto, con un sector cómplice que ahora, de manera un tanto hipócrita, pretende dar lecciones sobre feminismo un día al año, en lugar de cambiar su comportamiento el resto de los días del año, como ha escrito David Trueba en una brillante columna). Eran hombres que aprovechaban su situación real de poder para tener sexo con mujeres que se encontraban en una situación de inferioridad. Hasta aquí más o menos todos estamos de acuerdo, incluso Catherine Millet. Pero a partir de ese momento todo empieza a volverse cada vez más confuso. ¿Qué es una situación de poder? ¿Cuándo está la mujer en una situación de inferioridad? Según algunos, siempre. Por lo tanto, el consenso sexual sería imposible.

Cito a Gessen de nuevo: “La conversación que estamos teniendo sobre el sexo comenzó con incidentes que implicaban una clara coacción, intimidación y violencia. Paradójicamente, parece haber producido el sentido de que el consentimiento significativo es esquivo o incluso imposible. El martes, la banda Pinegrove anunció que suspendería su gira porque su líder, Evan Stephens Hall, había sido acusado de coacción sexual. Los detalles de esa acusación particular no están claros. Pero, en la página de Facebook del grupo, Hall publicó una declaración que parecía resumir su sensación de que las mujeres, al menos cuando se enfrentan a un hombre famoso, no pueden tomar decisiones adultas: “He coqueteado con las fans y en algunas ocasiones he intimado con personas que conocí en la gira. He llegado a la conclusión ahora de que eso no es apropiado, incluso si lo inician ellas: siempre habrá una dinámica de poder desleal en juego en estas situaciones y no está bien que yo ignore eso’.” Las chicas no sabemos lo que queremos, siempre igual.

Contra esa infantilización protestaron las 100 artistas e intelectuales francesas en un manifiesto que ha sido malinterpretado en ocasiones por falta de información y, en otras, por un gran lost in translation cultural –en Francia no se juzga el comportamiento sexual de los presidentes (Mitterand, Sarkozy, Hollande o Macron); en EE.UU. la relación de Clinton con Monica Lewinsky se usó para presentar el impeachment–. Pero también porque se leyó como una batalla más de la gran guerra cultural. Seguramente, el manifiesto erraba en el uso del verbo “importunar” entre otras cosas, pero condenaba la violencia. Lo que el manifiesto no compartía con el #MeToo era la ola de puritanismo que se ha visto alentada por el mismo. El deseo de linchamiento puede ser fácilmente satisfecho gracias a las redes sociales. Por supuesto, esa ola no la ha creado el movimiento, sino que ha aprovechado el movimiento. Máriam Martínez-Bascuñán ha explicado que “el movimiento #MeToo no va de libertad ni de puritanismo, sino de la denuncia de una injusticia omnipresente en la sociedad y cuya eficacia se construye sobre el silencio de quienes la padecen”. Y puede que así fuera, pero ahora va de algo más.

Cuando hablo de ola de puritanismo me refiero a las peticiones de retirada de obras de arte (una pieza de Balthus en el MET, entre otras), a las protestas contra el ciclo dedicado a Roman Polanski en la Cinemathèque o a la desproporcionada reacción contra Louis C. K.: todas las temporadas de su serie han sido eliminadas de HBO y su película no llegó a estrenarse. En muchos artículos se colocan en un mismo nivel Polanski, Louis C. K., Aziz Ansari, Woody Allen, Harvey Weinstein y Bill Cosby. En algunos casos se ha pretendido hacer pasar por abuso lo que no era más que una mala cita: la condición de famoso de Aziz Ansari lo ponía en el punto de mira. Para acusar de abuso a alguien debería hacer falta algo más que la sincera expresión de un sentimiento: incomodidad.

Las declaraciones del líder de Pinegrove encajarían en lo que explicaba el manifiesto de las francesas: “los hombres son obligados a arrepentirse y a desenterrar, en los confines de su conciencia pasada, un ‘comportamiento fuera de lugar’ que hayan podido tener hace diez, veinte o treinta años, y del que deberían arrepentirse. La confesión pública, la incursión de fiscales autoproclamados en la esfera privada, instala un clima de sociedad totalitaria”. Ese impulso narcisista autoinculpatorio en ellos nos ha dado algunos de los artículos más cómicos (sin pretenderlo) de los últimos meses.

Pero el texto más ridículo que hemos podido leer tenía como objeto a Woody Allen, acusado hace ahora veinticinco años de haber abusado sexualmente de su hija Dylan, entonces de 7 años, durante una de las visitas establecidas por el régimen de visitas durante la separación de su mujer, Mia Farrow. (Por si acaso hay alguien que no lo sepa ya: Farrow descubrió que Allen llevaba unas semanas acostándose con Soon Yi, una de las hijas adoptivas de la actriz, que tenía entre 20 años. Aquí podemos ver otra diferencia con Francia: Carla Bruni vivía con el editor Jean Paul Enthoven antes de enamorarse de su hijo, Raphael Enthoven, casado a su vez con Justine Levy. Enthoven Jr. es el padre del primer hijo de Carla Bruni, que poco después se convirtió en primera dama.) Ya entonces, dos instituciones diferentes concluyeron que no había indicios para abrir un proceso penal. Hay algunos detalles que pueden servir para reforzar al menos la presunción de inocencia del director.

Como Natalie Portman, yo creo a Dylan, pero no de la misma manera: Dylan cree de verdad que su padre abusó de ella. Pero que ella lo recuerde no quiere decir que sucediera. En un texto publicado originalmente en The Paris Review, Claire Dereder se preguntaba “¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos?”. El silogismo base del texto es, más o menos, que como en Manhattan el personaje que encarna Allen tiene una relación con una menor de edad, Allen es un monstruo. Dereder no tiene los mismos reparos con todos los tipos de monstruos: por ejemplo, puede citar a Heidegger como argumento de autoridad sin que el filonazismo del filósofo, que además tuvo una relación amorosa con una alumna de 17 años, Hannah Arendt, le hagan cuestionarse qué hacer con el pensamiento de los monstruos.

La situación es alarmante pero no preocupante. La escritora Elvira Navarro se posicionó pronto contra los sectores autoproclamados feministas en exclusividad: ¿Nos estamos quitando de encima la tutela de los padres, maridos e hijos para soportar ahora la de otras mujeres? ¿No empieza a parecerse esto al control ejercido por las Tías en El cuento de la criada de Margaret Atwood? Por cierto que la propia Atwood dice en la introducción de la novela: “¿El cuento de la criada es una novela feminista? Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos -con toda la variedad de personalidades y comportamientos que eso implica- y además son interesantes e importantes y lo que les ocurre es crucial para el asunto, la estructura y la trama del libro… Entonces sí. En ese sentido, muchos libros son feministas”.

Navarro pedía que se considerara feministas también a Catherine Deneuve (por cierto, firmante del manifiesto de las 343, escrito por Simone de Beauvoir, en el que confesaban haber abortado exponiéndose así a penas de cárcel; la actriz publicó un texto en Libération explicando su posición con respecto al #MeToo) y a Atwood, que en un giro inesperado de los acontecimientos ha pasado de ser considerada la suma sacerdotisa del feminismo (precisamente por El cuento de la criada) a una traidora cómplice del patriarcado. Atwood firmó una carta defendiendo la presunción de inocencia –no la inocencia– de Steven Galloway, acusado de agresión sexual y declarado después inocente. En su texto, Atwood explica que el uso de la expresión “caza de brujas” se usa en el acepción que se refiere a procesos en que los acusados son culpables solo por el hecho de haber sido acusados. Las “buenas feministas” critican el uso de esa expresión: es apropiación ¿de género?, dicen, porque las brujas son mujeres. El macartismo también perseguía hombres.

El feminismo es importante: es luchar porque la mitad de la población mundial tenga las mismas oportunidades que la otra mitad. Como Caitlin Moran, creo que “el feminismo es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de académicos”. Precisamente por eso, creo que Margaret Atwood tiene razón cuando escribe que “El momento #MeToo es un síntoma de un sistema legal roto. Con demasiada frecuencia, las instituciones, incluidas las estructuras corporativas, les negaron juicios justos a las mujeres y a otros denunciantes de abuso sexual, por lo que utilizaron una nueva herramienta: internet. Las estrellas cayeron del cielo. Esto ha sido muy efectivo y ha sido visto como una llamada de atención masiva. Pero, ¿qué sigue? El sistema legal puede arreglarse, o nuestra sociedad puede deshacerse de él. Las instituciones, las corporaciones y los lugares de trabajo pueden limpiar la casa, o pueden esperar que caigan más estrellas, y también muchos asteroides”.