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Antón Castro

CHUSÉ INAZIO NABARRO, HOY EN ÁMBITO

CHUSÉ INAZIO NABARRO, HOY EN ÁMBITO

LA OVEJA NEGRA

 

Cuando nacía una oveja negra, a la que llamaban marta, no le señalaban la orjea, ni la marcaban con pez, ni le cortaban el rabo… No se le podía hacer derramar sangre. Ni la podían montar los moruecos.

Y permanecía como amuleto contra los rayos y las centellas, de la que se protegía al rebaño entero.

 

*Malos tiempos. Chusé Inazio Nabarro. Prames. Traducción de Chusé Aragüés. Zaragoza, 2009. 156 páginas.

**Esta tarde, a las 19.30, en la sala Ámbito cultural de El Corte Inglés se presenta libro, aparecido hace una década en Xordica en su edición original en aragonés con el título de ‘Tempo de fabes’. Acompañarán al autor, su editor y traductor Chusé Aragüés y Antón Castro.

*La foto es de Alfred Eisentaedt.

 

ANTONIO ÁLVAREZ: LOS PINTORES DE UN PINTOR

ANTONIO ÁLVAREZ: LOS PINTORES DE UN PINTOR

Fue el músico Carlos Satué quien me puso tras la pista del pintor e ilustrador Antonio Álvarez. Cuando vi su obra le dije, de forma idéntica al galerista y fotógrafo Pepe Rebollo: “¡Cuántos pintores hay en ti!”. Es cierto. En Antonio Álvarez hay varios artistas. O mejor: hay, ante todo, un pintor que va y viene por campos abiertos y encrucijadas, un pintor que no se afana en tener un estilo sino en hallar estilos, sesgos, manchas, emociones. Antonio es un pintor que enreda, que inventa, que disfruta con los materiales, con los secretos del oficio. De entrada, es un amanuense: alguien que se embadurna los ojos, el corazón y las manos con el paisaje, con lo que se ofrece, suntuoso o untuoso, ante esa mirada hambrienta de formas, de destellos, de instantáneas y de texturas. Y es también un trabajador que desprecia el cansancio o la tiranía del tiempo: crea, investiga, busca, con la paciencia del orfebre, con la voracidad de quien desea someter, temblor a temblor, ondulación a ondulación, todas las luces de las estaciones.

Donde mejor se ve a Antonio es en su estudio. Tiene dos, en realidad. Uno, en los bajos de su casa, en su bodega, repleta de marinas, de horizontes, de flores, de figuras insinuadas, de juegos con la madera, de mosaicos que copian a la vertiginosa acuarela segmentos de la naturaleza. Ahí, con esa pulsión incontenible que en él es pasión por la vida, connivencia con el misterio, opera con frenesí, a golpe de intuición, con gestos, con huellas de sombra y de luz sobre el papel, el lienzo o la madera. Ahí nos encontramos al pintor intimista y variado, que no se conforma con nada, que no se conforma con hacer siempre variaciones sobre un único tema. En la muestra se percibe claramente esta línea de investigación de Antonio Álvarez: asómense a sus plantas, a sus terrenos, a sus vaguadas, asómense a los campos desmayados y ocres donde el fuego alinea los trigales, alza muros o sigue las líneas de fuga de lontananza. Asómense a sus mares y a sus noches. Ahí se percibe qué es un pintor y el enigma de la pintura en formatos pequeños: aguadas, tintas chinas, carbones, óleo, acrílicos... Antonio Álvarez se sitúa en el centro del mundo con toda la ebullición de las imágenes.

Hay otra parte fundamental de Antonio: su condición de pintor hiperrealista que explora la huella de la decadencia en el paisaje urbano, el olvido que se instala en las casas decrépitas como un lamparón. Estas obras son tan minuciosas que Antonio invierte muchos meses en cada una de ellas. Las realiza en su taller exterior, más luminoso y despejado, a la técnica de la acuarela, de gran formato. La claridad del jardín germina y se instala en las piezas, con lentitud, con la costra de un oro viejo o el aroma de un ponche de siglos. Ahí, con calma y concentración, pincelada a pincelada. Antonio Álvarez alza sus paisajes, sus ruinas, sus bellezas demolidas o heridas por el inexorable paso de las horas y la fecundación del pasado.

En esta muestra está Antonio Álvarez al completo. El soñador, el místico, el artesano incansable del color. Aquí está un hombre de acción que encierra el mundo en el gesto de la mano y descompone, para todos, su hermosura y sus desgarros.

*Antonio Álvarez copia una obra de Francisco Pradilla. 

 

RETRATO DE LUIS FELIPE ALEGRE

RETRATO DE LUIS FELIPE ALEGRE

No se habla mucho de él, pero siempre anda por ahí, con un libro de versos, con un folio en el bolsillo y con un sinfín de sueños, como si fuera un adolescente eterno anudado a un cigarrillo de liar, oloroso y finísimo, tan efímero como un suspiro. Luis Felipe Alegre forma parte del paisaje cultural de la ciudad. Es sigiloso, tiene algo de galápago observador, de hombre paciente que oye, sonríe levemente, como si lo hiciera hacia dentro, y concibe un montón de proyectos para sí y para los otros. Para los poetas y los músicos. Para los actores y los titiriteros. Para los cuentistas, o romanceros (tal como se diría en Aragón), y para los artistas. Aunque rebasa en poco la cincuentena, lleva más de 35 años anudado al canto, a la palabra: cree en la belleza y en la intensidad, considera pertinente la denuncia, el grito y la rebeldía, se declara republicano. En cada una de sus funciones siempre hay inconformismo y búsqueda, siempre se nota cómo arroja una botella al mar de las emociones compartidas. Luis Felipe Alegre tiene su campo-base, si así puede decirse de alguien que usa alma ambulante y atuendo de insomne, en el bar Aragón: allí lee la prensa, repasa a sus poetas favoritos (Gelman, Benedetti, Miguel Hernández, Miguel Labordeta, García Lorca, Rosendo Tello, que le reveló la palabra iluminada de las metáforas), toma notas, concibe espectáculos, sueña odiseas por Latinoamérica. Una de sus obsesiones ha sido tender puentes entre Aragón y España y la otra orilla: lo hace sin pereza, con ilusión, como quien parte a reencontrarse con una familia emigrada. Hay en esta vida seres que siempre están ahí: enfermos de creatividad, desvelados, como un árbol carnal en medio del paisaje de la tempestad. Luis Felipe Alegre es un árbol que cobija las palabras y las expande con un silbo de afirmación desde Zaragoza.

*Luis Felipe Alegre, retratado por el entusiasta, infatigable y talentoso Vicente Almazán, el nuevo cronista visual de Zaragoza y sus gentes.

ESTA NOCHE, LEONARD COHEN

ESTA NOCHE, LEONARD COHEN

LEONARD COHEN

 

¿A quién le canta Leonard Cohen, ese intérprete, poeta y novelista nacido en Montreal en 1934, en el seno de una familia judía?

Quizá le cante a las estrellas lejanas, a las sombras del silencio, a los pliegues de los corazones solitarios. Las baladas de Leonard Cohen son un cántico grave, un suspiro sereno, una caricia de terciopelo. Sus canciones parecen salidas de un fondo oscuro, donde conviven el amor y el odio, la hondura y el desgarro, donde se intercambian la ironía y el delirio, donde se mezclan la rabia, la soledad y los rumores de la guerra.

Es un místico que canta, es un juglar que recita sin temor a la monotonía. Es un monje que invoca los placeres del mundo. Sus canciones ya son inolvidables, la banda sonora de lo más íntimo desde hace 40 años: ahí están ‘The partisan’, ‘I’m your man’, ‘Suzanne’, ‘Sisters of Mercy’, ‘So long Marianne’ o ‘Chelsea Hotel’, que recrean fragmentos y recuerdos de su propia existencia: el compromiso, la locura, la huida, hermosas mujeres, locas mujeres como Janis Joplin, a la que amó en el legendario hotel.

Hace más de una década, Leonard Cohen había insinuado que no volvería a realizar una gira. Lo hizo en 2008 para 700.000 espectadores de todo el mundo. Y grabó un disco inolvidable en directo: ‘Live in London’. Arruinado y traicionado, ha vuelto a hacerlo este verano. 

Leonard Cohen vino a España por vez primera en 1974. Ama el flamenco, adora a Enrique Morente y a Federico García Lorca, de quien interpretó ‘Take this waltz’. Este martes, lo veremos y lo oiremos en Zaragoza, en el Pabellón Príncipe Felipe.

 

Leonard Cohen tiene una voz penetrante como un escalofrío. Es uno de los grandes: alguien que canta al oído hasta el fin de la noche, alguien que musita con dulzura seca hasta que se rompe el amor.

 

Leonard Cohen. Con el aragonés Javier Mas, como director de bandurrias y guitarras. Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza. Martes, 15 de Septiembre. Apertura de puertas a las 19,30 h. Concierto a las 21:00 h.

ADIÓS A JUAN ANTONIO RAMÍREZ

ADIÓS A JUAN ANTONIO RAMÍREZ

Juan Antonio Ramírez (Málaga, 1948), catedrático de Historia del Arte y una de las mentes más lúcidas del panorama cultural español falleció el pasado sábado 13 de septiembre en Madrid, de forma repentina. Desde 2003, era director de la colección La Biblioteca Azul Mínima (especializada en libros de Arte) de Ediciones Siruela.

Desde que acabó sus estudios en Filosofía y Letras y Periodismo en 1972 dedicó su vida a la docencia y a la investigación, materializada en más de una treintena de libros. Su visión del arte, la estética y la arquitectura siempre se ha considerado una de las más novedosas y originales y su figura ha sido uno de los referentes más nítidos para las generaciones de artistas e historiadores más jóvenes.

Entre las numerosas distinciones que recibió, figuran el Premio de Ensayo Ciudad de Barcelona, el Premio Especial del Jurado Espais a la Crítica de Arte y el Premio Pablo Ruíz Picasso.

En Ediciones Siruela publicó, además, como autor Corpus solus; Dios, arquitecto; Duchamp. El amor y la muerte, incluso; Edificios-cuerpo y La metáfora de la colmena, y fue el coordinador de la obra Escultecturas Margivagantes (La arquitectura fantástica en España).

 

*Recibo esta nota de Ana Soteras y de Ediciones Siruela. Soy, desde hace tiempo, un sincero admirador de Juan Antonio Ramírez. Tengo varios libros suyos, publicados por Siruela y por Alianza Editorial.

LA FOTOGRAFÍA Y EL PAISAJE

LA FOTOGRAFÍA Y EL PAISAJE

MESA REDONDA

Fotografía y paisaje. El paisaje como construcción cultural

 

Centro Joaquín Roncal. Hoy domingo, a las 11.30

Coordinador: Antón Castro

 

Participantes

. Rafael Navarro (fotógrafo)

 

. Pedro Avellaned (fotografo)

 

. Chus Tudelilla (critico y comisaria de Arte)

 

. Julio Sánchez Millan (Presidente de la R.S.F.Z)

 

.Alberto Sánchez Millán (fotógrafo)

 

*Organiza en el Centro Joaquín Roncal, a las 11.30, el Colectivo ZPHoto, dentro de un complejo y rico programa de actos que incluye exposiciones, talleres, cursos y la apertura de una nueva sala en la calle Hermanos Argensola. El Colectivo ZPHoto está integrado por Eduardo Moreno, Vicky Méndiz, Christian Losada, Álvaro Calvo y Diego Ibarra. La foto es de Ansel Adams.

WILLY RONIS: OTRO POEMA DE LUZ

WILLY RONIS: OTRO POEMA DE LUZ

Willy Ronis, adorado por todo el público, será alabado muy a menudo por su rotunda poesía, por la magia del momento que él captaba con su cámara: por las calles de París, los muelles, la ternura de los enamorados y el encanto de lo popular. No se deje usted seducir tan sólo por el hechizo del primer plano de sus fotografías, pues, por detrás, se oculta un segundo plano y luego siguen otros más. Sus grandes imágenes, en las que forma y contradicción clásica francesa, pueden leerse en diferentes planos de sensibilidad.

 

BERTRAND EVENO

 

*Me encanta esta foto de Willy Ronis. Este admirable juego de luces, la mirada del niño, la taza, el ámbito casi mágico o maravilloso, y a la vez tan cotidiano, que ha creado este poderoso señor de la luz y el contraste.

WILLY RONIS HA MUERTO

WILLY RONIS HA MUERTO

Acaba de fallecer en París, casi a los cien años, uno de los grandes fotógrafos humanistas de dos siglos: Willy Ronis (1910-2009). Heredó inicialmente la pasión por la música de su madre, que era pianista, aunque luego se sumó al oficio de su padre, que tenía un laboratorio de fotografía. Pronto entró en contacto con artistas como David Seymour o André Friedmann (Robert Capa), y la fotografía acabaría por convertirse en la materia central de su existencia. Ronis –como Brassaï, como Doisneau, como Izis y como Cartier-Bresson, en gran medida- ha sido uno de los grandes cronistas de París: le interesaba el instante cotidiano que transformaba de inmediato en una obra de arte, en un cromo de vida.

 

Lo captó todo. Colaboró con revistas y periódicos, con agencias como Rapho, y se movió como pez en el agua en todas las disciplinas: la moda, la publicidad, el reportaje, el retrato, la estampa urbana, el tapiz de contraste que arrojaban la ciudad del Sena y sus rincones. En su obra, marcada por la profundidad y la evocación, por la delicadeza y la beldad, siempre se percibe la felicidad y la melancolía, la fiesta y la exaltación, la glosa de las pequeñas cosas, el lirismo y una percepción humanista que le coloca siempre al lado de los desheredados del mundo.

 

Willy Ronis captaba con dulzura lo ínfimo y lo convertía en escenario de luz, de amor, de convivencia. La fotografía de Willy Ronis hacía mejor a quien la miraba, sustancialmente porque lo arañaba muy adentro con su sensibilidad, con su callada emoción.

 

*Coloco aquí una de sus fotos favoritas: este ‘Desnudo provenzal’ de su mujer, Marie-Anne, que fue su principal modelo de los desnudos. Como detalle curioso: Willy Ronis dejó definitivamente la fotografía en 2001, a los 91 años, pero antes de colgar su cámara realizó su último desnudo.