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Antón Castro

VILA-MATAS ESCRIBE DE FLEUR JAEGGY

VILA-MATAS ESCRIBE DE FLEUR JAEGGY

EDUCANDO MUJERES CORRECTAS

 

Por Enrique VILA-MATAS (Babelia. El País)

 

Fleur Jaeggy es deliciosamente maligna y a todas luces distinta. En su libro autobiográfico Los hermosos años del castigo, una niña de catorce años trata de vivir su propia novela de formación mientras se mira en el espejo de la realidad

Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad. Ese pavoroso desvelamiento siempre llega acompañado de la inevitable crueldad, jamás desligada de la rutinaria, aunque secreta, vida de la verdad. Tal vez por eso se dice a veces de esta escritora que es tan peligrosa. Pero es que su arte, al dejar sólo en pie lo esencial, no tiene a veces salida más natural que la inteligencia y la crueldad. La frialdad la añade la propia Jaeggy, y acaso sea éste el rasgo suplementario más destacado de su estilo; un rasgo que acude siempre sigiloso a su cita con las frases simples -algunas terriblemente sencillas- y que, en el fondo, es también su trazo más divertido.

"Una cierta glacialidad también revela sentimientos", dijo en cierta ocasión, y a algunos nos recordó a Walser confesando en Jakob von Gunten que habría querido decir muchas cosas pero no encontraba palabras para expresar sus sentimientos. Y rematando así su confesión: "Fuera, en el patio, la nieve caía en copos grandes y húmedos". Y también nos recordó a Javier Rodríguez Marcos cuando dijo que en Jaeggy, "desechado todo sentimentalismo, es justamente el frío del ambiente el que otorga valor a los sentimientos cuando éstos aparecen: el mismo valor que cobra en una morgue cualquier señal de vida".

Cabe suponer que aquel día, cuando ella habló de glacialidad, habló en serio. Pero a algunos nos hizo reír. De felicidad inesperada. Porque para algunos su timidez fue como un oasis de calor en pleno Ártico, como un aviso que hubiera venido a recordarnos que en Jaeggy, después de todo, su rasgo más definido de estilo es esa huella de humor helado que a la larga deja siempre una rara marca de agua veraniega en sus lectores.

No está de más, si uno se acerca por primera vez al mundo del frío de Fleur Jaeggy, tener en cuenta la recomendación de Flavia Company, su traductora en El temor del cielo: "Olvídese de todo lo que ha leído y de todo lo que va a leer. Jaeggy es distinta". Y suavemente terrible, habría que añadir. Sospecho que le gusta desenmascarar públicamente la estupidez. En un penoso coloquio sobre Robert Walser en París fui testigo de cómo era justamente despiadada con los ilustres escritores que en el escenario no paraban de decir tópicos acerca del escritor suizo. Jaeggy es deliciosamente maligna y a todas luces distinta, y la mejor forma de acercarse a ella por primera vez es acudir a su libro de siete relatos, El temor del cielo, donde se encuentra un cuento, 'Sin destino', que junto con otro relato impresionante, 'Los gemelos' (también en el mismo libro), me parece la más eficaz y rápida entrada en su mundo tan personal. Hay incluso una leyenda que habla de que 'Sin destino' suele convertirse en un relato siempre memorable para quien lo lee. ¿Accederá Marie Anne a dejar en manos de unos ricos señores a su pequeña hija, a la que en realidad detesta? El desenlace del cuento nos deja alelados, mirando nuestro destino. Mejor dicho, mirando por dónde ha pasado nuestro destino. Es un final que define muy bien el tipo de inteligencia, inseparable de una extrema libertad mental, que exige la lectura de Jaeggy.

Pero lo mejor siempre llega con su novela breve Los hermosos años del castigo, que pude releer ayer con renovada admiración. Este libro se desarrolla -es un decir- en el ambiente severo y claustrofóbico de un internado para jovencitas de buena familia en Appenzell, en la Suiza alemana, años cincuenta. Que el libro se desarrolla es sumamente discutible, ya que en el retrógrado Bausler Institut de Appenzell nada en realidad se mueve, nada se agita. Y ya no sólo eso, sino que la gélida educación para futuras amas de casa perfectas -perfección y locura están relacionadas, piensa Jaeggy- parece encogerlo todo, incluidos los sueños. En medio del ambiente claustrofóbico de este libro autobiográfico, una niña de 14 años trata de vivir su propia novela de formación mientras se mira en el espejo de la realidad de su escuela: sórdida fábrica de esposas correctas y de caligrafías de letra redonda y frases simples.

La verdad es que pasé años dedicado a admirar en secreto el delicado hilo de las frases simples y tal vez por eso, cuando me encontré por primera vez con Los hermosos años del castigo, las primeras palabras ("A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell") me recordaron al portentoso y simple comienzo de Karen Blixen en su libro de memorias: "Yo tuve una granja en África, a orillas de los montes Ngong". Vivir en las frases simples. Ese deseo de otro tiempo regresó ayer cuando reencontré la sencillez dulce pero potente de Jaeggy: "A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. El lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor (...) Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él. También Kant antes de morir, se conmovió cuando una desconocida le ofreció una rosa".

Suiza como gran lugar apacible, lugar de formación de esposas perfectas y, en el fondo, monstruoso manicomio. El Instituto Benjamenta de la novela de Walser y el Bausler Institut de Jaeggy tienen puntos en común, y no es casual que la estructura de Los hermosos años del castigo remita a la de Jacob von Gunten. Walser aparte, y tal vez porque dicen que la improvisación musical se genera en la misma región del cerebro que se utiliza cuando se escribe narrativa autobiográfica, la voz narrativa de Los hermosos años del castigo me ha parecido, en esta nueva lectura del libro, que se ajustaba muy bien al tono de improvisación musical que tiene la voz -modulación sometida a un juego pérfido- de la cantante del nada inocente grupo CocoRosie. Esa delicada voz de Jaeggy, tan falsamente cándida, nos va introduciendo en el instituto Bausler, oscuro hermano de sangre del manicomio de Herisau y perversa factoría de futuras mujeres correctas. Ambiente sobrio, calmo, terriblemente reprimido, y muy suizo, très suisse. "Je me suis suissidé", recuerdo que decía alguien con toda la frialdad de este mundo. Voces bajas y constantes. Ya en el cuento 'Los gemelos' se leía, como anticipando la explosión de locura que cerrará, al cabo de los años, la historia de aprendizaje en el Instituto de Appenzell: "Como si la existencia no fuera sino una secuencia de voces, un alternarse de voces bajas y constantes, bien educadas. Y finalmente una voz aullante, como fuera de sí, de poseso".

Un ambiente sobrio y disciplinado y aparentemente cómodo, pero que va dibujando las frágiles fronteras entre la perfección y la locura, nos llevará hacia Fredérique, la "muchacha altiva" que es amiga de la narradora y será la voz suavemente aullante, desquiciada, que reencontraremos al final del fúnebre paraíso suizo. Muchos años después, cuando hasta el instituto se ha desvanecido ya de la memoria de todos, la narradora tendrá todavía un recuerdo para aquel lugar donde no aprendieron a ser correctas y buenas esposas y donde en realidad no aprendieron absolutamente nada, salvo a ser unas perfectas inocentes modernas, lo que a la larga les dejó un rescoldo infinito de odio hacia la contención y hacia las dulces cortinas de los interiores burgueses: "Le dije a Fredérique que tal vez habían sido nuestros pensamientos, o las emanaciones que habitan la edad de la inocencia, los que habían destruido el Bausler Institut. Y es que ella decía que la inocencia era una invención de los modernos". -

Los hermosos años del castigo. Fleur Jaeggy. Traducción de Juana Bignozzi. Tusquets. Barcelona, 2009. 120 páginas. 13 euros.

 

*Me gustan mucho los perfiles y las aproximaciones de Enrique Vila-Matas el mundo de los escritores, especialmente a las mujeres. Pienso en Marguerite Duras. Pienso en Cristina Fernández-Cubas. Pienso en Fleur Jaeggy. Con Enrique, y con Ignacio Martínez de Pisón, hemos hablado en varias ocasiones de esta mujer y en concreto de este libro. Hoy leo esta estupenda pieza en ‘Babelia’ y la traigo aquí. La foto es de Tancredi Mangano.

 

LUIS ALEGRE, POR JOSEMA CARRASCO

LUIS ALEGRE, POR JOSEMA CARRASCO

El pasado jueves, en la sala número doce de los multicines Aragonia (el gran edificio o complejo concebido por Rafael Moneo, se presentó el  documental ‘El último guión. Buñuel en la memoria’, realizado por Gaizka Urresti y Javier Espada. El inicio es fabuloso: Juan Luis Buñuel abre la puerta de la casa calandina de los Buñuel y recuerda que su padre encendía su fonógrafo y que tuvo el mundo se acercaba a oír a Beethoven y Mozart, a menudo niños más bien pobres y harapientos en cuya boca revoloteaban las moscas. Luego la pieza va a la quinta de los Buñuel, a la quinta del campo, que era como un palacete encantado, frecuentado por el asombro, el miedo y las arañas.

 

Ese jueves, poco antes de que se iniciase el acto, apareció el artista y dibujante Josema Carrasco con su mujer Carolina. Esa noche conoció a Luis Alegre, conductor de la presentación de la película, y ayer por la tarde me mandó este dibujo, esta interpretación al retrato del perpetuo hombre de moda en Aragón: Luis Alegre.

*Josema Carrasco es el autor de las ilustraciones de Ciclocirco.

'EL INQUISITORIO' DE ROBERT PINGET

'EL INQUISITORIO' DE ROBERT PINGET

 

Marbot publica ‘El inquisitorio’ de Robert Pinget,

 

en traducción de Elisenda Julibert

 

 

«Responda sí o no

 

Sí o no sí o no y yo qué sé sabe usted, quiero decir que yo sólo estaba a su servicio el hombre para todo que se dice y es lo que digo, de lo demás no sé nada ya me dirá lo que se confía en un criado, es mi trabajo, sí, mi trabajo, pero cómo podía preverlo, todos los días la misma rutina…»

 

Así comienza el largo inquisitorio que da título a esta obra de Pinget, sin que sepamos quién es el inquirido y quién el inquisidor, ni cuál es el motivo de la pesquisa, ni dónde tiene lugar. A través de las preguntas y las respuestas iremos descubriendo quiénes son y cuál es la trama que los ha unido, y también quiénes son los personajes implicados en ella, e incluso el sexo de quien interroga. Pero sobre todo descubriremos muchas otras cosas que ni siquiera podíamos sospechar y que tal vez no sean misteriosas, pero sí inquietantes.

 

A medio camino entre el humor descabellado de las obras de Beckett y el aislamiento de los personajes de Kafka, Pinget urde un relato lleno de sorpresas, y de algún que otro sobresalto, escrito con una prosa por lo menos tan accidentada como la trama. Y así sustrae astutamente al lector lo que tal vez acudiera buscando inicialmente, para ofrecerle nuevos descubrimientos e insinuarle algunas preguntas que, en cualquier caso, sólo pueden hallar respuesta fuera del texto, al concluir la lectura: ¿por qué se escribe?; y ¿por qué se lee?

 

Robert Pinget (Suiza 1919- Francia 1997) ejerció como abogado en Ginebra hasta que se trasladó a París en 1946 para dedicarse primero a la pintura y después a la literatura: su primera obra, una selección de cuentos titulada Entre Fantoine y Agapa, apareció en 1951. En 1956, gracias al apoyo de Albert Camus, Alain Robbe-Grillet y sobre todo de Samuel Beckett, consiguió publicar su obra en la editorial Minuit, después de que Raymond Queneau rechazara la publicación de Graal Flibuste en Gallimard. Se suele considerar su obra como exponente de la corriente literaria del Nouveau roman, aunque dada su singularidad que lo aproxima más bien a su amigo Samuel Beckett, resulta inclasificable. Algunos de sus múltiples “artefactos” han sido traducidos al inglés, al alemán y al italiano, pero en nuestra lengua permanecen inéditos. El inquisitorio (1962) es sin duda una de sus obras más ambiciosas.

 

 

 

 

 

 

*Los escritores de la 'nouveau roman': Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Claude Mauriac, Jérôme Lindon, Robert Pinget, Samuel Beckett, Nathalie Sarraute y Claude Ollier

 

 

 

'MI MADRE' DE TAHAR BEN JELLOUN

'MI MADRE' DE TAHAR BEN JELLOUN

Conservo magníficos recuerdos del escritor Tahar Ben Jelloun. He leído varios libros suyos, pero hubo uno que me conmovió especialmente: ‘La noche sagrada’. Ahora acaba de publicar otro libro conmovedor, que estoy leyendo: ‘Mi madre’, una  novela más bien breve sobre el Alzheimer. La  publica El Aleph.

 

Comienza así:

 

“Desde que cayó enferma, mi madre se ha convertido en una cosita diminuta de memoria quebradiza. Convoca a los miembros de su familia, muertos hace tiempo. Habla con ellos, se sorprende de que su madre no vaya a verla, dice maravillas de su hermano menor que, según ella, siempre le lleva regalos. Uno tras otro, se suceden junto a su lecho y le hacen compañía. Yo no quiero llevarle la contraria. Mi molestarlos. La señora que la cuida, Keltum, se lamenta: ‘Cree que estamos en Fez, en el año en que naciste’.

 

Mi madre regresa a los tiempos de mi infancia. Su memoria ha tropezado, se ha caído, se desparrama por el suelo mojado. El tiempo y la realidad ya no se llevan bien. Ella se deja arrastrar por unas emociones que brotan del pasado. Cada cuarto de hora, me pregunta: ‘¿Cuántos hijos tienes?’”.

 

*La fotografía es de Loomis Dean.

'LA FUENTE DE LA BELLEZA'. FRAGMENTO

'LA FUENTE DE LA BELLEZA'. FRAGMENTO

LA FUENTE DE LA BELLEZA. Diario del balneario de Panticosa.

Mira editores, 2009.

De Alejandro Salvador Zazurca.

 

FRAGMENTOS extraídos del diario del balneario de Panticosa:

 

Hemos llegado al balneario a la hora de comer, después de dos largas jornadas de tren y de autobús. Ayer salimos de Madrid rumbo a Zaragoza en el tren de la tarde y hoy hemos cogido el enlace ferroviario hasta Sabiñánigo, con larga parada en Huesca; después, en autobús de la compañía Hispano-Tensina, hasta el balneario, en el corazón de los Pirineos. La subida por el barranco de El Escalar es una de esas atroces bellezas románticas de la Naturaleza que no dejan indiferente a nadie.

En cada revuelta, la pericia del conductor se pone a prueba en giros imposibles, asomando el morro del vehículo sobre el vacío del precipicio, ante el suspiro de los sufridos viajeros que cierran los ojos para no ver el riesgo que les acecha o juntan sus manos en sentida oración. La entrada al balneario es lo más sorprendente que una se pueda imaginar. Un remanso de paz se abre ante nuestros ojos: un lago azul, como una turquesa engarzada en una corona pétrea. Es el ibón de Baños.

Por repetidas veces que subas, nadie puede sospechar, antes de entrar en el recinto, que pueda existir un edén como este aquí arriba, a más de 1.600 metros de altitud sobre el nivel del mar. Regresar nunca es regresar. Aquí menos que en ningún otro lugar. Hoteles, restaurantes, fuentes, tiendas, casino… conservan un sabor de lujo decimonónico. El tiempo retrocede de golpe y te transporta a otra época.

                                                                                           

 Balneario, 14 de julio de 1979

 

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Cuando llegas al balneario, parece que has alcanzado el fin del mundo, que nada pueda existir más allá, que termina el camino y en estas paredes pétreas finaliza la vida. Pero pronto descubres que es aquí donde realmente comienza el sendero, donde rebrota la vida y los sueños. Despertar dormidas pasiones, revivir sus ramilletes de emociones… Regresar al balneario y nunca repetir.

 

Balneario, 23 de junio de 1973

 

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… Un anciano, con el rostro oculto por una bufanda roja, permanecía de pie, apoyando las rodillas en el murete de piedra del mirador de casa Belío.

-Tratan de hacer un nuevo balneario, como tantas otras veces a lo largo de la historia.

Alberto permanecía en silencio, sentado en el viejo sillón de mimbre, mientras el señor mayor hablaba como si lo conociera de toda la vida.

-Un grupo de personas entusiastas han subido hasta este lugar para rescatarlo del pasado y proyectarlo hacia el futuro –mascullaba el longevo personaje-. Pretenden erigir un paraíso sobre las nubes, un sueño a mitad de camino entre el cielo y la tierra, un lujo de siglos rescatado del olvido, un lugar para disfrutar del eterno poder del agua, un lugar para encontrarse con…

Los ojos encendidos de fuego de aquel hombre iluminaban la penumbra del atardecer. Pasados unos segundos, siguió farfullando.

-¿Con Dios? ¿Con su alma? ¿Con el diablo? ¿Con quién? –rugían los sentimientos del anciano, ahora con voz enérgica-. ¡Cómo es posible que nadie levante la voz, una pluma o su puño contra la destrucción de una historia de siglos! No se derriban simples casas viejas, hoteles vetustos, fuentes secas… Se destruye parte de nuestra historia. Parte de la vida de muchas vidas.

 

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Procuré seguir los consejos de mi madre, pero la vida me enseñó pronto su lado más amargo. En el colegio, no me gustaba que me separaran de los alumnos oyentes, pero siempre lo hacían. Me sentaba en un pupitre doble, sin compañero, solitario y desolado, en una esquina del aula. Algunos niños pintaban en la pizarra un monigote sin orejas con mi nombre debajo. Yo lo miraba con rabia contenida, mordiéndome los labios, y me aguantaba; así día tras día. Durante el recreo, en el patio, los niños también se burlaban de mí: decían que hablaba de una forma rara. Saltaban los insultos de unas bocas a otras. Yo giraba la cabeza tras ellos, pero los sonidos eran más rápidos y se escapaban. Los niños se reían. Yo no dejaba de girar la cabeza. Y me sentía solo, muy solo, en medio de aquella multitud de niños riendo. Por eso, me sumergía en la oscuridad del silencio. Traspasaba las cavidades más profundas de la mente y guardaba las palabras en un saco repleto de sentimientos callados y emociones mudas. Apretaba puños y labios, con rabia, para no dejarlos salir. Luego, arrastrando los pies por el patio, me dirigía hacia el lugar donde la maestra tocaba el timbre, tratando de sentir las vibraciones en la pared. Por la mejilla corría una lágrima furtiva y recordaba a mi madre, mi querida madre Isabel, y a Mariví.

En La Purísima, con Mariví, todo era diferente. Ella me animaba a utilizar los diferentes matices de la voz, aunque mi habla no fuera comprensible.

 

-Mi voz está rota -expresaba Alberto a la logopeda con tristeza.

-No está rota, mi niño. Tu voz es la más hermosa del Universo –le contestaba Mariví.

 

A medida que fui creciendo, iba  asumiendo mi deficiencia, aunque nunca llegué a comprender la injusticia que el destino me había deparado. Ni me servía de consuelo que otros niños sordos no pudieran siquiera hablar. Ni las niñas sordociegas del colegio. Ni los niños que se morían de hambre en el mundo.

Todo formaba parte de la misma ignominia, similar putada de los dioses.

Para mí, ser sordo no significaba el hecho físico de carecer del sentido del oído, sino haber comprendido que soy sordo, diferente a los demás.

 

 

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… Desde que desapareció su madre en 1979, Alberto subía hasta aquel paraje todos los días. Sentía una atracción irresistible. Estaba convencido de que allí se encerraba el misterio de su muerte. Se asomó al pozo del manantial. No había sirenas, ni oía sus sublimes cantos, solo veía aquellas misteriosas pompas de aire que surgían desde la profunda sima. Hipnotizado por el flujo ascendente de miles de burbujas y los efluvios del agua sulfurosa, Alberto quedó sumergido en una profunda ensoñación. Entre el ramillete de burbujas apareció la sombra de una bella sirena. Cuando emergió a la luz, comprobó que se trataba de una hermosa mujer, con larga y dorada cabellera, torso desnudo fascinador y desarrollada cola de pez. Alberto quedó absorto con aquella aparición.

-¿Quién eres?

-La hija del agua.

-¿Una sirena?

-Una ondina de agua dulce.

-¿Puedes cantar como las sirenas?

-¿Acaso no temes oír mi canto?

-No. Mi madre me decía que no debía temer percibir el canto de una sirena. Más temible era sentir su silencio.

-Tu madre tenía razón. La historia habla de la peligrosidad de oír nuestro canto: hipnotiza a los hombres y los arrastra a la muerte. Los humanos se pueblan de temores y de blindajes para defenderse de sí mismos, de sus miedos, de sus limitaciones. ¡Nada existe en el universo más sublime que el canto de una sirena!

-Siempre soñé con traspasar la barrera del silencio y sentir la vibración de las baladas de una sirena. Pero soy sordo. Nunca podré oírte.

-¿Lo ves? Ya te has puesto una coraza. Solo tienes que cerrar los ojos y abrir el corazón…

Alberto cerró los ojos. Escuchó una canción…

 

“Cierra los ojos. Abre el corazón.

Que tu mente fluya por el universo infinito.

La dorada aguja comienza a tejer tus sueños.”

 

 

*Hace unos días, hablaba de la nueva novela de Alejandro Salvador Zazurca, que ha escrito una interesante saga sobre el palacio de la Lonja. Ayer me mandó un fragmento de ‘La fuente de la Belleza’, libro que aparecerá en breve en el sello Mira Editores de Joaquín Casanova y que se presentará en Panticosa. La foto es de Nina Leen.

BENEDETTI: JUAN GAVASA ELIGE 'ADIÓS'

BENEDETTI: JUAN GAVASA ELIGE 'ADIÓS'

El pasado jueves, hace hoy una semana, estuve en la Universidad de Verano de Jaca hablando sobre José Luis Sampedro, en un curso dirigido por Francisco Martín Martín. Iba a ver a mi amigo Juan Gavasa Rapún –periodista, editor de Pirineum, sabio de músicas del mundo y un gran conocedor de las montañas-, pero nos fue imposible a los dos. Falleció su padre. En su estupendo blog, Juan le dedica un poema de Mario Benedetti a su progenitor. Lo traigo aquí porque cada vez me emocionan más esos padres que se nos van, esa complicidad especial a la que nunca acabamos de ponerles las palabras, las miradas y los gestos suficientes. Esta fotografía es de Nina Leen.

 

ADIÓS

 

Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía.

 

Luego cuando muchachos

los viejos eran gente de cuarenta

un estanque un océano

la muerte solamente

una palabra.

 

Ya cuando nos casamos

los ancianos estaban en cincuenta

un lago era un océano

la muerte era la muerte

de los otros.

 

Ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.

 

                      MARIO BENEDETTI

 

 

Juan Gavasa Montalbán -In Memorian-. (1935-2009)

 

 

DOROTHEA LANGE EN VERUELA

DOROTHEA LANGE EN VERUELA

Hoy he estado en el Monasterio de Veruela viendo la estupenda exposición de Dorothea Lange, ‘Los años decisivos’, compuesta por unas 80 piezas fechadas entre 1931 y 1947, fotos que recogen los ecos desoladores de la Gran Depresión y los procesos de emigración y la vida rural y urbana de Estados Unidos. Hay piezas maravillosas de esa fotografía documental, dotada de gran fuerza expresiva y de una especial comprensión de las clases más necesitadas, de una singular empatía hacia los seres a los que ha abandono el alimento, la estabilidad laboral o una idea de porvenir.

 

Por allí, entre otros, andaba Jesús, que lleva 31 años en el monasterio, trabaja diez horas en verano y ha vivido allí 18 años. Tiene maravillosos recuerdos de casi todo, especialmente de una actuación de Montserrat Caballé, de Teresa Berganza (se fue la luz y actuó a la luz de una vela) y de Tete Montoliu, que tocaría el piano un par de meses antes de su muerte.

EL ARREBATO DE JEAN SEBERG

EL ARREBATO DE JEAN SEBERG

 

Esposa del escritor y cónsul Romain Gary, amante de Carlos Fuentes, Clint Eastwood y Ricardo Franco, y acosado por el FBI, hoy se cumplen ahora 30 años del suicidio de este mito del cine

 

Jean Seberg irrumpió en Hollywood como una aparición. Encarnó a una actriz compleja, perturbada, de una irresistible fotogenia. Fue Otto Preminger quien la rescató de la Universidad de Iowa a los 17 años: la seleccionó entre 3.000 candidatas (en algunos lugares se habla de 18.000) para dar vida a su ‘Juana de Arco’, aquella mujer soldado, ardiente y virginal, que sería condenada a la hoguera.

Poco después, cuando la joven hija de un droguero y una de una maestra iba a olvidarse del cine para siempre, Preminger la tentó de nuevo para que encarnase a Cecille en ‘Buenos días, tristeza’, la película de la novela de Françoise Sagan; ese papel, en un principio, iba a interpretarlo Audrey Hepburn. El éxito fue más bien modesto, pero muchos de los integrantes de la ‘nouvelle vague’ se habían quedado con aquel rostro, con aquella rebeldía, con aquel aspecto de ‘lolita’ que podía ser angelical y demoníaca a un tiempo, seductora, ingenua, dulce y perversa.

En 1959, Jean-Luc Godard la contrató para ‘El final de la escapada’, donde encarnaba a un joven norteamericana que se relacionaba con un muchacho marginal tan atractivo como Jean Paul Belmondo. Jean Seberg creó ahí un nuevo tipo de mujer, menuda, bellísima, desinhibida, una mujer moderna en el vestuario e incluso en su inmoralidad.

Ahí empezó a fraguarse el mito Jean Seberg, que se inclinaría más por Europa que por Estados Unidos, aunque en 1964 realizó una película un tanto premonitoria y oscura: ‘Lilith’ de Robert Rossen, donde era una mujer torturada que se deslizaba hacia la ninfomanía y la esquizofrenia. Para entonces ya había tenido numerosos compañeros, un primer marido, el abogado y vividor François Mareuil, y ya se había casado con el escritor armenio y cónsul Romain Gary, que también triunfó con su seudónimo literario: Emile Ajar. Siempre se ha dicho que había sido el hombre que más la había querido en su vida y que padeció su difícil y turbia personalidad. Tuvieron un hijo en 1963, Alexandre Diego Gary, pero pronto empezó el río de traiciones e infidelidades de ella.

Jean Seberg tuvo amores con el escritor mexicano Carlos Fuentes, que le dedicó la novela ‘Diana o la solitaria cazadora’ (Alfaguara, 1994), donde ella es una mujer desequilibrada y fascinante que coquetea con el sexo, con las drogas y con la vida peligrosa; se relacionó con Clint Eastwood durante el rodaje de ‘La leyenda de la ciudad sin nombre’ de Joshua Logan. Fuentes ha dicho que entonces compartían un apartamento y que Jean pegó un póster de Eastwood de ‘La muerte tenía un precio’. A raíz de esta relación, Gary ofreció una rueda de prensa, según ha recordado el hijo de ambos, para anunciar su separación.

En ese instante, en ese laberinto de relaciones tumultuosas en las que parecía moverse, Seberg ya había sido acusada de espía por el FBI, y era perseguida por sus contactos con el movimiento de ‘Los Panteras Negras’. Diego Gary, que vive ahora en Barcelona donde regenta un café literario, ha dicho con crudeza y sentido de la desmitificación que odiaba de niño al líder Ahmed Kamel “porque pensaba que monopolizaba la atención de mi madre. Ella fue manipulada por los ‘Panteras Negras’, que le sacaron dinero para su causa. Ella les permitió que explotaran su sentimiento de culpa por ser una estrella de cine blanca y luterana del empobrecido Medio Oeste. Los Panteras Negras tenían más de delincuentes y chulos que de apóstoles de la libertad y de la igualdad para la gente de color”. Al parecer, el propio Hoover, jefe del FBI, ordenó que la espiasen, entre otras cosas porque ella se quedó embarazada y se pensaba que era de uno de los líderes del movimiento. Dio luz a una niña que murió a los dos días. Hoover era un perfecto hipócrita: persiguió a los comunistas y a los homosexuales, y él vivía una relación con un hombre y solía vestirse de mujer.

Jean Seberg ya se había inclinado hacia la locura y los excesos. Se acostaba con desconocidos (se casó al final de su vida con el gigoló Ahmed Asní, que le pegó brutales palizas), era capaz de pasear desnuda por los hoteles, etc. En 1973, Juan Antonio Bardem la llamó para una película, ‘La corrupción de Chris Miller’, donde haría el papel de madre de Marisol. Conoció al realizador español Ricardo Franco, con quien vivió una gran pasión. Se veían en Nueva York, en Los Ángeles, en París, en Madrid. Ella continuaba con sus amores contingentes. Ricardo Franco le dedicó ‘Lágrimas negras’, una película que hubo de concluir el aragonés Fernando Bauluz. Dicen que se intentó suicidar seis o siete veces, en la penúltima se arrojó al tren en Montparnasse, pero la salvaron los viajeros.

El 8 de septiembre de 1979, hace ahora 30 años, apareció muerta de sobredosis en un Renault. Carlos Fuentes dice que estaba envuelta en el poncho que él le había regalado. Romain Gary se suicidaría en 1980 con una pistola. Ahora, el hijo de ambos Alexandre Diego Gary ha reaparecido para recordar que no fue asesinada por el FBI, pero que esa persecución la alteró mucho más. Ella era, en el fondo, una mujer vulnerable, hambrienta de vida y de deseo, que sucumbió al arrebato del amor y la locura.