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Antón Castro

'EL JUEGO', UN CUENTO TURBADOR DE PATRICIA ESTEBAN

'EL JUEGO', UN CUENTO TURBADOR DE PATRICIA ESTEBAN

[Patricia ha sido una de las narradoras revelación de 2008. Le pido que me mande un cuento y dice esto: “Aquí va El juego, un cuento de gemelas en tonos azules, como el precioso cobalto de tu sirena”. La foto es de Diane Arbus.]

 

EL JUEGO

 

Sigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto escucho el rumor de sus voces a través del hueco de la escalera. Mi madre solloza bajito, mi padre sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo en el que el doctor Ocampo le ha recomendado internarme. Escucho el sonido de sus pasos, ploploplop, y su voz acercándose y alejándose luego, porque no deja de moverse de un lado para otro como el tigre amarillo del zoológico. Seguramente camina con las manos a la espalda como cuando está muy enfadado, mientras mamá llora sentada en su sillón, con las piernas muy juntas y  un pañuelo blanco hecho una bola entre las manos. Hay que tomar una decisión, Mercedes, le dice mi padre, y después se hace el silencio.

 Van a llevarme allí, no sé si Laurita vendrá conmigo, pero a mí seguro que me llevan. Tú tienes la culpa, le digo muy enfadada, girándome desde la puerta. Mi hermana gemela Laurita sonríe, sentada sobre la cama y encoge los hombros. Está acostumbrada a librarse de todos los castigos; pese a que yo sólo hago lo que ella me ordena, siempre se libra.

Me cortarán el pelo al cero en ese asqueroso colegio para niñas malas, me pondrán un vestido de arpillera, me encerrarán en un cuarto lleno de ratones y cucarachas y sólo beberé el agua de lluvia que pueda recoger en la palma de la mano, a través de los barrotes de un ventanuco. Les he dicho la verdad y no me han creído.  Tengo miedo. Ahora lloro bajito, hihihi, como nuestro cocker Jasper, tumbado a la sombra de su sauce favorito cuando me acerqué a él con el trofeo de papá en la mano.  El año pasado mi padre se quedó tercero en el torneo del club y le dieron aquel ridículo señor de bronce,  con gorra   y un palo de golf levantado, que pesaba una burrada. De verdad que yo no tenía nada en contra del pobre Jasper, fue mi hermana Laurita, como siempre, la que me ordenó que tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de nuestra cuerda de saltar, quien me susurró que Jasper sufría mucho por culpa del reuma y era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del saltador a su cuello. Me negué al principio, como de costumbre, pero Laurita me dijo que entonces jugaríamos a lo de la muerte, y eso sí que no.

  Jasper estaba ciego y apenas podía mover las patitas de atrás porque ya tenía doce años. Lloriqueó bajito cuando me arrodillé junto a él para acariciarle sus orejas, largas y rizadas como la peluca de un rey francés, y no dejó de hacerlo mientras lo llevaba en brazos hasta el borde de la piscina. Después lo vi patalear brevemente en la superficie, tratando de mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue al fondo. Al mirarlo allí abajo, tan quieto,  pensé que ya no daba tanta pena, porque en realidad no parecía un perrito, sino más bien la sombra de una araña negra y muy gorda.  Al cabo de una hora Laurita y yo estábamos tumbadas tan tranquilas sobre mi cama,  leyendo a medias un libro de Los Cinco que nos gusta mucho, cuando escuchamos el alarido de mi madre en el jardín.

La verdad es que últimamente Laurita está muy pesada, pero mi padre no cree una palabra de lo que digo, y mamá se echa a llorar cuando acuso a Laurita  de obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar el juego de la muertita, si no también harían todo lo que ella les pidiera. Detesto ese juego, mamita querida, le confesé a mi madre la penúltima vez, Laurita es mala y dice que se morirá delante de mí si no le obedezco. Pero mamá  me miró como si no entendiera, con sus ojos abiertos como platos y algunos fragmentos de su muñeco Otellito entre las manos,  sin dejar de susurrar una y otra vez, ¿Por qué lo has hecho, Victoria, por qué? Ella no se imagina la pena que me dio estampar contra el suelo el muñeco negro de porcelana que había pertenecido a mi abuela de Cuba. Hasta tuve que cerrar los ojos para hacerlo. Sabía que aquel bebé de color chocolate, que tenía las manitas gordezuelas levantadas como si estuviera muy contento y fuera a empezar a aplaudir de un momento a otro, era el último recuerdo que le quedaba a mi mamá de la suya. Era lindo de verdad, Otellito, tan lindo, sonreía con la boca abierta y tenía los dientes muy blancos, y hasta un poco de pelusilla negra muy rizada en lo alto de su cabecita. Mi abuela Silvia le había tejido el jersey y el pantalón de punto azul celeste que llevaba, también los diminutos patucos con botones de nácar, y mamá lavaba a mano aquellas prendas cada semana para evitar que cogieran polvo en lo alto del armario. Luego, mientras la ropa se secaba a la sombra, envuelta en una toalla blanca como si fuera un tesoro, frotaba con un paño húmedo los brazos y las piernas de Otellito, su cara de negrito feliz, y tarareaba una canción de cuna que la abuela Silvia le había enseñado cuando vivían en La Habana. Yo sabía cómo iba a dolerle encontrar a Otellito hecho trizas, que también a ella  se le iba a partir el corazón en un montón de pedazos pequeños que nadie iba a poder recomponer, pero Laurita se cruzó de brazos y agitó la cabeza de un lado para otro mientras yo le suplicaba y le ofrecía mis canicas de vidrio azul, la bañera con patas de latón de mi casa de muñecas, hasta el guardapelo de oro que me regaló nuestra madrina. Qué tonta eres, me dijo, ¿para qué quiero un guardapelo que tiene dentro un mechón mío, si puede saberse? Rompe el muñeco o jugamos, dijo, y lo siguiente que recuerdo es que me subí a una silla para alcanzar al inocente de Otellito, que estaba allí, como siempre, sentado en su esquina del armario de nogal de mis padres, tan feliz. Ni siquiera el terrible golpe contra los azulejos consiguió quitarle la sonrisa de los labios, tan sólo se la partió por la mitad.

Me alejo deprisa de la puerta porque escucho los pasos cansinos de mi madre al pie de la escalera. Corro hacia la cama y empujo bruscamente a Laurita, para que me haga un sitio. Disimula, viene mamá, le digo entre dientes, así es que nos sentamos a lo indio y nos ponemos a jugar a piedra, papel o tijera. Mamá se detiene junto a la puerta y da dos golpecitos muy suaves. Pregunta en un susurro, ¿Estás ahí, Victoria?, con una voz tan triste que  me tiembla la garganta al contestarle que sí, que estamos las dos, aquí, jugando tranquilamente. Mamá ahoga un sollozo al otro lado, lo sé, y espera un poco con la mano puesta en el tirador antes de entrar. Laurita y yo no decimos nada cuando la vemos aparecer, tan sólo sonreímos de oreja a oreja para que se calme y vea que todo está bien ahora. Pero mamá no sonríe.  Parece un fantasma triste, le están saliendo canas plateadas por toda la cabeza y ese horrible vestido negro dos tallas más grande le queda fatal. Se sienta en la cama de Laurita y arregla el cojín en forma de corazón. Después me mira.

-Victoria. ¿Por qué?

Ya estamos. Sólo me habla a mí, como siempre, y la sonrisa se borra de mi rostro. Me enfado, me enfado mucho. Quiero que me crea y empiezo a contarle otra vez, desde el principio lo de la muertita, para que vea que no miento. Me estoy poniendo roja de rabia. Cierro los ojos. Le digo que Laurita se empeñó en jugar a eso por primera vez un domingo por la mañana,  a la vuelta de misa, y que luego insistía siempre en volver a hacerlo. Le cuento cómo subíamos corriendo escaleras arriba, mientras papá se quedaba leyendo el diario en la sala de estar y ella marchaba a la cocina a supervisar la tarea de Matilde, nuestra cocinera. Yo caminaba unos pasos por detrás de Laura y la veía trotar hasta el dormitorio de ellos, que era su lugar favorito para morirse. Entonces se tumbaba en la cama de matrimonio y levantaba el brazo para indicarme con un gesto imperioso que entornase la puerta de la alcoba. Así lo hacía yo, que nunca supe llevarle la contraria, a pesar de que aquel juego  me aterraba.

Mi madre me pide por favor que me calle, pero no le hago caso. En lugar de eso le digo que no soportaba mirar a Laurita cuando se quedaba tan quieta, pero no podía hacer otra cosa. Me quedaba junto a la cama, viendo flotar sus rizos negros contra el almohadón de raso, como la cabellera fosilizada de aquella actriz famosa  que se tiró al río y salió en todos los periódicos. Cuando mi hermana cerraba sus ojos era como si se  apagaran de pronto todas las estrellitas blancas que le brillaban dentro. Laurita  parecía más que nunca una muñeca, y me daba miedo mirar sus fosas nasales de adorno, sus largas pestañas disecadas en torno a los párpados, las manitas cruzadas sobre el pecho igual que las de la abuela Silvia cuando aquel hombre flaco de la funeraria nos dijo que podíamos pasar a verla, porque ya estaba arreglada. El vestido de seda azul que mamá nos ponía a las dos los domingos dejaba de ser idéntico al mío y se convertía en la tulipa inmóvil de una lamparita. Las piernas de Laura parecían dos palillos enfundadas en sus medias blancas, y terminaban en un par de merceditas de charol negro, muy relucientes y con sus suelas nuevas.

Yo estaba viva y mi hermana Laurita se había muerto. Parada junto a la cama la realidad y el juego se mezclaban hasta convertirse en una sola cosa, yo estaba viva y mi hermana gemela se había muerto. Me sentía culpable de seguir de pie y de temblar como una hoja, con los ojos llenos de lágrimas que apenas podía contener, mientras mi hermana se quedaba quieta para siempre y con los zapatos puestos. Eso era lo peor, sus zapatos nuevos que nunca llegarían a gastarse. Entonces corría hacia el armario, abría la puerta y me escondía dentro. Me quedaba allí encogida  mucho rato, hasta que Laurita empezaba a reírse y a saltar sobre el colchón, gritándome que era una sonsa y una cobardica, y yo me picaba y salía hecha una furia cuando no podía más, con las mejillas rojísimas por la falta de aire.

Ya no estoy enfadada, ahora me río acordándome de mi cara roja como un tomate, de las ruidosas carcajadas de Laurita señalándome, muerta de la risa y dando patadas en la cama de mis padres. Cuando termino de contarle todo esto a mi madre me doy cuenta de que ni siquiera espero ya que me crea. Mamá saca del puño de jersey su pañuelo arrugado y se seca el rastro que las lágrimas han dejado en sus mejillas. Laurita me mira con ojos llenos de rencor. Yo miro a mamá, expectante y entonces ella dice,  y sé que me lo dice a mí:

-Cariño, tu hermana está muerta. ¿Entiendes eso?

Pero no le contesto ni que sí ni que no. Miro a Laurita, que ahora saca la lengua y se lleva el dedo a la altura de la sien, dándole vueltas. Me entra la risa. Sí, claro, muerta, qué se sabrá ella.

 

 

UNA SIRENA, UN MURAL, UNA PORTADA. Por ALOMA RGUEZ.

UNA SIRENA, UN MURAL, UNA PORTADA. Por ALOMA RGUEZ.

[Hace algunas semanas, mi hija Aloma Rodríguez escribió esto en su blog y colgó un detalle de la sirena que pintó Lina Vila, que recibió hace poco esos simpáticos Premios Ahora de Artes Visuales.]

 

Cuando mi padre me dijo que iba a sacar un libro en Xordica me puse muy contenta. Sabía que a él le hacía ilusión y además íbamos a compartir editorial. Le pregunté si había pensado algo para la portada y él me dijo que quería una foto, porque en el libro salen muchos fotógrafos. Me ofrecí a hacerla yo. Al principio, él quería que fuera una foto de la ciudad, porque hay un cuento que se llama “El enamorado de Zaragoza” que cierra el libro. Así que hice fotos de la ciudad, del río, de la calle Pabostría, porque otro de los cuentos se llama así. Después de leer las pruebas del libro, pensé que la foto de portada tenía que ser una piscina. Busqué una foto de la piscina en invierno, con la lona cubriéndola y una silla de plástico en el centro. Mi padre no terminaba de verlo. Unos días después fue su cumpleaños y mi madre le regaló un mural frente a la piscina. Lina Vila pintó una sirena rodeada de mar y coral. Mi madre y yo discutíamos por el parecido de la sirena: según mi madre, se parece a Lina, para mí, se parece a Sara. Entonces mi  padre me dijo que a lo mejor la sirena era una buena portada. Le hice fotos de noche, de día, de cerca, de muy cerca, eligiendo encuadres y puntos de vista muy raros, con la piscina desenfocada y el reflejo del dibujo en el agua.

Al final la foto de la portada es la más conceptual: se ve la mano humana y la cola de pez, un mechón de pelo y brazos de coral.

CLINT EASTWOOD: UNA NOTA SOBRE 'EL INTERCAMBIO'

CLINT EASTWOOD: UNA NOTA SOBRE 'EL INTERCAMBIO'

No suelo frecuentar los foros de cine, pero hoy lo he hecho para recabar alguna información de ‘El intercambio’ de Clint Eastwood, la película que vi ayer con mis hijos (Diego y Sara) y mis sobrinos (Jose, María e Isabel) en el cine Palafox. Me ha costado algún tiempo, pero desde hace algunos años Eastwood es uno de mis narradores favoritos. Es un realizador clásico, que cuenta con un estilo invisible, de gran efectividad, es un gran narrador que dirige con cuidado e intensidad a sus actores. Conservo magníficos recuerdos de muchas de sus películas (Sin perdón, Los puentes de Madison County, Mystic River…) y siempre me sorprende su atrevimiento, su rigor, su inclinación a abordar temas complicados y a denunciar los excesos del poder y algunas perversiones constantes de la sociedad norteamericana. Es un cineasta al que le interesan las pasiones, la vulnerabilidad, la infancia atropellada, el crimen y la violencia, la incomunicación, el poder, los complejos lazos de familia, los personajes atrevidos dispuestos a ponerse el mundo por montera o por bufanda.

 

No sabía casi nada de la película. No había leído apenas nada, quizá por ello llevé a mi hija Sara de 10 años. No parpadeó, ni los demás, ni tampoco yo. Clint Eastwood cuenta una historia un tanto inverosímil: sospecho que las lagunas del guión –como el hecho de que una presionada madre acepte un hijo que sabe que no es el suyo: esa foto que se volverá en contra de ella-, y algunos otros, deben ser verdad. Es decir, debieron ocurrir en ese caso que le inspiró la película, que transcurre en los Ángeles entre 1928 y 1935, creo recordar. La realidad siempre dona las mejores historias y también esos sesgos que parecen irreales, la realidad rara vez adapta las convenciones de la ficción.

 

Dicho eso, la película corre todo el rato un riesgo inequívoco: tiene algo de folletón de cine de sobremesa, de historia lacrimógena, con algún que otro desvío sentimentaloide, pero una y otra vez se alza, una y otra vez se percibe una mirada, una intención, la crítica, una moral, una convicción. Angelina Jolie (no conozco bien su carrera, pero me parece que está mejor que nunca: tiene que hacer un ejercicio constante de contención desde el dolor y no lo hace mal) acaba rebelándose contra la perversidad policial, ayudada por el predicador (John Malkovich), y contra la brutalidad del manicomio. Las escenas de su interior te hacen pensar en ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’. Su retrato psicológico es interesante, igual que la terquedad del niño impostor, que es un niño pícaro. Pronto entran en acción otros elementos: el azar, sin duda, el equívoco, y una vuelta de tuerca en la historia con ese relato del asesino en serie de niños, que tiene mucho que ver con la idea del Destino. Es impresionante la confesión del niño asesino. La película avanza con tensión, con vivacidad, y también va cargada de buenas intenciones: no sé si es el maniqueísmo de Eastwood, o su esperanza en que los malos pierden, o si fue la realidad, el drama acaba bien. La corrupción puede vencerse: el director elogia el valor de la democracia, el sentido de la justicia, el valor de la esperanza. Quizá la escena final pueda sonar a apología de la pena de muerte, que él defiende en el caso de los asesinos y violadores de niños, y quizá se le vaya la mano con la escena final del otro niño desaparecido que regresa. Ahí el guión se debilita y se debilita un poco una película admirable e intensa, de nervio narrativo, bien trazada y ambientada, que ya había cerrado unos minutos antes con convicción y con belleza cuando la radio anunció que la película ‘Sucedió una noche’ recibía el Oscar.

 

Ese título, ‘Sucedió una noche’, tampoco es ajena a más de una lectura simbólica.

 

No sé qué lugar ocupa ‘El intercambio’ en su producción, no creo que sea una obra maestra, pero sí es una estupenda película, con yerros y algunos deslices, pero poderosa, estupendamente contada.

JOSÉ CARLOS CATAÑO: CINCO POEMAS

JOSÉ CARLOS CATAÑO: CINCO POEMAS

Hace ya muchos años, quizá veinte, cayeron en mis manos algunos de los libros de José Carlos Cataño: poeta, narrador y escritor de diarios. Compré su poesía completa: El amor lejano. Poesía reunida (2006), que contenía títulos que siempre me habían gustado: El cónsul del mar del Norte o Las islas vacías. Durante algunos años fui coleccionista de libros del mar, y quizá llegase a Cataño, isleño, por esos títulos. Estos días me he hecho con su último poemario: Lugares que fueron tu rostro (Bruguera 2008; 88 páginas), un libro que aborda los grandes temas o los temas eternos: la vida tal como viene, la memoria, el hombre enfrentado al espejo y a su memoria, la belleza, la tragedia, el diálogo con la juventud perdida y con un puñado de poetas que le han marcado, que nos han marcado a todos.

 

Selecciono para el blog algunas composiciones:

 

LUGARES

 

La luz podría ser la misma

Cuando de verdad era cierto.

El mar siempre invisible, hacia arriba,

Todo selva, luz y extravío.

Entonces no pensaba si te amaba.

Hacíamos la juventud;

Yo sin más destruía.

 

PADRE

 

Sólo después de muerto

Y sólo después, muerto,

Gozo de todo lo negado,

Y tan muerto de todo,

Padre, después de tu decir

Apenas de tu muerte vivo.

 

RUMOR FINAL

 

Y cuando cierres los ojos y sientas

El sordo rumor del mundo que sigue

Por la débil memoria de los otros,

La raíz del estruendo en las entrañas,

Y pasee por ellas la luz que ya no sientes,

Alguien te nombrará en los labios:

Tú fuiste la deshabitada sangre.

 

VOLVIENDO

 

Volviendo a lugares que fueron tu rostro

Atravieso la nube que rodea mi cuerpo

Y hunde en el aire su sombra.

 

MAR EN LA FRENTE

 

De plata eres, estela de la luna,

Lengua de sol por la mañana,

Aire de crecidas y decrecidas

Olas, como hacia lo alto,

Suspiro en la inmutable

Frente del día.

*Retrato de dos escritores: W. H. Auden y Christopher Isherwood rodeados de libros.

LA VIDA EN UN CUENTO / 3

LA VIDA EN UN CUENTO / 3

EL POETA INTERRUMPIDO

 

Siempre he querido escribir poesía. Lo hacía de joven: poemas libres, sonetos de amor, cancioncillas a la noche que buscaban el ritmo de las de Juan Ramón Jiménez. Un día descubrí, al otro lado del río, el secreto de los árboles. Llevaba un libro en la mano: Arias tristes, tal vez. Ingresé en la espesura y sus sombras, y me puse a caminar. No buscaba nada. Solo sentir. Quería oír los cánticos de las aves ocultas, percibir cómo se me abrían los pulmones a la húmeda menta de los eucaliptos, quería notar el vértigo de las briznas bajo mis pies. Saqué mi libreta y anotaba imágenes, sensaciones, movimientos en la fronda. Seguía el impulso de mi imaginación. Empezó a caer la noche. Me había alejado en exceso y no estaba seguro de encontrar el camino de vuelta. Poco a poco me enfrenté al horror. Todo se me hacía pavoroso y abrupto: el chicotazo de las ramas, la umbría, las imágenes a las que daba forma y espanto en mi mente, la llegada de alguien que se me antojó el diablo o sus pasos… Perdí pie, y un búho extendió su cántico espasmódico y lastimero.

 

A la mañana siguiente, el sargento de la Guardia Civil fue el primero en leer una de mis notas: “El miedo iguala a los poetas con los demás hombres”. Miró mi cuerpo aterido con una sensación de fastidio. Eso me dirían luego. Jamás he vuelto a escribir un poema. [Retrato de Langston Hughes.]

 

GONZALO JUANES: 'EL COLOR DE UNA VIDA'

GONZALO JUANES: 'EL COLOR DE UNA VIDA'

PHotoBolsillo presenta un nuevo volumen de la colección 10 años, los 70 mejores fotógrafos españoles que tiene como protagonista a Gonzalo Juanes, un adelantado a su tiempo al introducir el color en plenos años 60. Setenta y cuatro imágenes configuran el monográfico.

Gonzalo Juanes apostó por el color en unos años teñidos de gris. Su técnica, revolucionaria entonces, giró alrededor de la idea que la fotografía española de los años 50 debía dejarse influenciar por los aires de renovación que venían de fuera.

Su miradas personal, la solidez en su técnica y sus influencias extranjeras en su tratamiento de la luz así como en sus temas y enfoques, fueron muy elogiados.

En sus fotografías de temática social destacan especialmente los paisajes mineros asturianos, habitantes de pequeñas localidades de la zona noreste asturiana, celebraciones, escolares, rincones de su ciudad natal y ambientes de la capital, dejando para el final instantáneas sobre su vida personal, como fotografías de sus padres, esquinas de su casa y de su estancia en el hospital.

José Manuel Navia, fotógrafo asociado a la agencia Vu y fiel conocedor del trabajo y de la trayectoria de Gonzalo Juanes, se encarga en el prólogo de presentar al fotógrafo con un breve texto de profunda admiración y respeto por todo lo que supuso para la fotografía.

Gonzalo Juanes (Gijón, 1923) fue un fotógrafo autodidacta adelantado a su época. Formó parte del Grupo Afal (Agrupación Fotográfica Almeriense) junto a otras reconocidas personalidades como Oriol Maspons, Gabriel Cualladó o Ramón Masats. La temática de su obra fue variada, centrándose en los paisajes mineros y sus habitantes asturianos, escolares, rincones de Gijón o las calles de Madrid.

PHotoBolsillo es una colección editada por La Fábrica que se publica desde 1998. Dirigida por Chema Conesa, esta biblioteca de fotógrafos españoles, se dirige tanto al fotógrafo profesional como a todos los aficionados.

 

[Esta información corresponde al gabinete de prensa de La Fábrica. Gonzalo Juanes expondrá próximamente en la galería de la FNAC de Zaragoza. Esta foto pertenece a la muestra itinerante El color de una vida, y se titula sencillamente ‘Gijón 1966’]

 

ANTONIO ANSÓN Y EL LIMPIABOTAS DE DAGUERRE

ANTONIO ANSÓN Y EL LIMPIABOTAS DE DAGUERRE

[El narrador, poeta y profesor Antonio Ansón me envía este correo a propósito de uno de sus libros más sugerentes:]

 

En el siguiente enlace encontrareis en edición digital
EL LIMPIABOTAS DE DAGUERRE
http://ellimpiabotasdedaguerre.blogspot.com/
El libro fue publicado en Murcia por Puertas de Castilla en 2007, con un prólogo de Ferdinando Scianna.
Esta edición digital reúne pasajes del libro junto a fragmentos inéditos, fotografías y videopoemas que no pudieron incluirse en la edición papel y ahora la completan.

 

[Ya lo he visitado y es un blog admirable, lleno de conocimiento, pasión por la fotografía y buenas fotografías. Antonio Ansón es el director de la colección Cuarto Oscuro, que publica las PUZ. La foto es de Ferdinando Scianna. ]

FERNANDO IWASAKI: SUS LIBROS FAVORITOS DE 2008

FERNANDO IWASAKI: SUS LIBROS FAVORITOS DE 2008

 

[Ese gran navegante de internet, publicista y editor infatigable y escritor de enorme talento que es Óscar Sipán me envía un enlace y la copia de un artículo del escritor peruano Fernando Iwasaki sobre sus libros de 2008, publicado en ABC de Sevilla. Sus recomendaciones incluyen a dos escritores aragoneses: Patricia Esteban y a Félix Romeo, y una lista muy personal, con títulos originales. Iwasaki es un gran narrador y un apasionado del flamenco, del mundo de la brujería, la historia y la inquisición, y del fútbol. Uno de mis libros favoritos de fútbol es suyo: “El sentimiento trágico de la Liga”.]

 

Por Fernando IWASAKI

AHORA que los medios de comunicación nos hablan de los libros que podríamos leer en el 2009 que comienza, a mí me haría ilusión hablar de los estupendos libros que he leído a lo largo del 2008, aunque no hayan sido editados en el 2008. Aclaro que la mayoría de mis lecturas son por trabajo (reseñas, presentaciones y compromisos varios), así que sólo trataré de enumerar las que recuerdo con placer.

NOVELA: En primer lugar, «La ninfa inconstante» (Galaxia Gutenberg) de Guillermo Cabrera Infante, una obra maravillosa y colmada de hallazgos verbales. En otro registro estaría «El ángulo ciego» (Bruguera) de Luisa Etxenike, una novela hermosa, valiente y conmovedora, que narra la vida de una familia vasca destrozada por el terrorismo etarra. Y en el apartado de rescates, Libros del Asteroide ha reeditado la inencontrable novela del boliviano Edmundo Paz Soldán, «Río Fugitivo». Y ya pasando a la narrativa extranjera sólo puedo mencionar «Diario de un mal año» (Mondadori) de J.M. Coetzee, un autor que considero tan admirable como ensayista y como escritor de ficción.

RELATO: De forma rotunda, considero que el mejor libro de cuentos que he leído es «El trabajo os hará libres» (Páginas de Espuma) de Espido Freire y que la revelación literaria del año ha sido la zaragozana Patricia Esteban Erlés con su colección de relatos «Manderley en venta» (Tropo Editores). De Chile recibí -no obstante- un libro de cuentos prodigioso: «No decir» (Alfaguara) de Andrea Maturana.

AUTOFICCIÓN: No me gusta este rótulo, aunque el género me apasiona. Por una parte estaría «La maleta de mi padre» (Mondadori) del turco Orhan Pamuk, «Amarillo» (Plot) de Félix Romeo y «Quieto» (Anagrama) de Márius Serra, un libro bellísimo que el autor ha dedicado a su niño de siete años, paralizado por culpa de una encefalopatía. ¿Cómo convierte un padre la irreversible enfermedad vegetativa de su hijo en un libro lleno de humor e ilusión? No se pierdan «Quieto» de Márius Serra.

ARTÍCULOS: Soy un furioso seguidor de la obra del mexicano Jorge Ibargüengoitia y la exquisita editorial de Javier Marías nos ha regalado una nueva antología de las risueñas crónicas de Ibargüengoitia, prologadas por Juan Villoro: «Revolución en el Jardín» (Reino de Redonda). Inteligente y desopilante; o sea, genial.

ENSAYO: «Mentiras contagiosas» (Páginas de Espuma) del mexicano Jorge Volpi me ha parecido el ensayo literario en lengua castellana más brillante del año. Por otro lado, «Imaginemos que la mujer no existe» (FCE) de la profesora Joan Copjec me ha divertido y estimulado porque se ha metido con el psicoanálisis y el feminismo; es decir, un ensayo hereje y provocador contra las mojigaterías de nuestro tiempo. Por último, Chesterton en estado puro ha regresado a través de dos títulos imprescindibles: «Correr tras el otro sombrero» (El Acantilado) y «La superstición del divorcio» (Los papeles del sitio), primorosa edición del editor Abel Feu.

DIARIOS y MEMORIAS: «La Manía» (Pre-Textos) de Andrés Trapiello y los dos tomos del chileno Morla Lynch. A saber, «En España con Federico García Lorca» y «España sufre», ambos editados por la sevillana Renacimiento.

FILOSOFIA: Mi descubrimiento del año ha sido el alemán Peter Sloterdijk, cuya obra en español tenemos traducida gracias a Siruela y Pre-Textos. Si tuviera que recomendar uno solo de sus libros mencionaría «Crítica de la razón cínica» (Siruela).

POESIA: Además de filosofía, los narradores deberíamos leer poesía para renovar la prosa. Este año he disfrutado con la «Poesía completa» (Pre-Textos) de José Watanabe y «Los pasos lejanos» (La Veleta) de Rafael Adolfo Téllez.

Insisto en que a lo largo del 2008 he leído muchísimos más libros, pero he querido separar el trabajo del placer y me he quedado tan ancho... Pasen y lean. [Esta foto es de Robert Doisneau.]

 

http://www.abcdesevilla.es/20081231/opinion-firmas/lecturas-20081231.html