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Antón Castro

LOLA LABORDA / 2. UNA FOTO DE LOS NÁPOLI

LOLA LABORDA / 2. UNA FOTO DE LOS NÁPOLI

 

José Antonio Duce, uno de esos amigos imprescindibles y apasionados por la fotografía, por el cine y por Zaragoza, visita este blog a media tarde domingo y me escribe lo siguiente, a propósito de la información sobre la vocalista Lola Laborda:

 

[Querido Antón:

  
 Leo en tu blog lo de Lola Laborda  y he buscado en mi archivo, y en 1961, efectivamente, encuentro una foto -muy original en su tiempo- de Los Nápoli cuando actuaron en  Río Club  propiedad de Rafael Montes, en la entonces calle de Requeté Aragonés.  Yo los retraté para su propaganda.  

Ahora te envío una copia para que los veas.  Un abrazo José Antonio.]

RAFAEL NADAL SE CORONA POR VEZ PRIMERA EN WIMBLEDON

RAFAEL NADAL SE CORONA POR VEZ PRIMERA EN WIMBLEDON

He visto impresionantes finales de Wimbledon desde los años 70. He vibrado con Boris Becker frente a Ivan Lendl, recuerdo la de 1981 cuando John McEnroe interrumpió la racha de Bjorn Borg (aquel día lloré de felicidad), recuerdo los espléndidos partidos del excepcional Stefan Edberg, la final de la pasada edición entre Federer y Nadal, que se libró a cinco sets…

La de este año ha sido increíble: un partido emocionante, tenso, lleno de variantes, jugado de poder a poder, con impactos inverosímiles y una energía mental infrecuente. Nadal, tal como esperaban algunos, en particular algunos cronistas de los tabloides ingleses, ganó con cierta comodidad los dos primeros sets por 6-4. Perdió el tie break del tercero, tras disponer de un momento mágico antes de la suerte decisiva; luego contó con la posibilidad de ganar en el tie break de la cuarta manga. Y en la quinta, se sobrepuso y venció por 9-7 ante un Roger Federer maravilloso, que posee el mejor drive que recuerdo (y unos cuantos golpes brillantes más, sin ir más lejos un excelente juego de volea), mejor que el de Lendl, que poseía una pegada demoledora, y con un saque soberbio, creo que logró 25 aces, cinco veces más que Nadal.

Al jugador español hay que ganarle los puntos con golpes demoledores: posee ambición, garra, concentración, estrategia, pundonor, capacidad para competir, un físico portentoso, confianza en sí mismo, y ese don de sobreponerse una y otra vez ante la adversidad. A cualquier otro jugador que le igualen los dos primeros sets, y además el número uno del mundo, le habrían metido el miedo en el cuerpo, le habrían desmoralizado: no fue el caso. O si lo fue, no se percibió más que lo justo. Nadal jugó el quinto set con fuerza, arriesgando, haciendo correr al rival, sin venirse abajo en ningún instante, buscándole obsesivamente su golpe más frágil: el revés. Y al final, conquistó su primer título sobre hierba, tras casi cinco horas, interrumpidas en dos ocasiones por la lluvia: 6-4, 6-4, 6-7, 6-7 y 9-7. A la tercera venció en Wimbledon y suma así ya su quinto Gran Slam, algo que no posee nadie en la historia del tenis español. Arantxa Sánchez Vicario posee cuatro (tres Roland Garros y un Open Usa), Santana otros cuatros (dos Roland Garros, un Open Usa y el título de Wimbledon), y así se convierte en el tercer jugador que gana este torneo, tras Santana en 1966 (venció a Dennos Ralston por 6-4 11-9 6-4) y Conchita Martínez en 1994, que le ganó el título a la norteamericana de origen checo Martina Navratilova, la gran campeona de Wimbledon en individuales y en dobles, en tres sets.

*Un instante del partido: Rafael Nadal, en esta foto de Vassil Donev, de la agencia EFE, ejecuta una volea.

 

[1994. CONCHITA, REINA DE WIMBLEDON

 Conchita Martínez (Monzón, Huesca, 1972) es una de las grandes jugadoras de tenis de los 90, y se ha mantenido en el máximo nivel hasta finales del siglo XX. Dominaba todas las superficies, poseía uno de los drives más potentes y profundos del circuito, y ha impuesto una y otra vez su clase, su talento natural, forjado inicialmente en Monzón, tierra de deportistas, y luego en Barcelona. Se pasó al profesionalismo en 1988 con apenas 16 años y desde ese instante su progresión ha sido imparable. Posee más de una treintena de títulos individuales, otro tanto cabría decir de dobles, y entre otros torneos cuenta con la medalla de bronce de dobles de Barcelona--92 y la de plata de Atlanta--96, ganadas con Arancha Sánchez Vicario, su gran compañera y su gran rival en España. Juntas, además, consiguieron para España cuatro Copas Federación, el equivalente a la Copa Davis, algo trascendental en la historia de este deporte porque eliminaron a los potentes equipos de Alemania (como la mismísima Graf o Anke Huber) o de Estados Unidos (con Davenport, Navratilova, Capriati, Marie Jo Fernández o Gigi Fernández, entre otras).

         Conchita, pese a su mohín de fastidio y a su frágil moral, ha ganado a todas las grandes jugadoras: desde Gabriela Sabattini a Stefi Graft, desde Manuela Maleeva a la propia Arancha, desde Mónica Seles a Martina Hingis. Eso prueba su alto nivel competitivo, que se ratificó con títulos como Hilton Head, Tampa, Amalia Island o Hamburgo, que la llevaron a la segunda plaza del ránking de la WTA en noviembre de 1995.

         Aquí y allá exhibió su facilidad, su buen sentido estratégico, su inspiración, la variedad de golpes, la regularidad. Cuando está bien, Conchita resulta casi insuperable; cuando cae en uno de sus baches anímicos, tiende a encogérsele el brazo y el corazón, acaba derrotada, casi humillada, en ese combate interior que mantiene consigo misma mucho antes que  con su rival. Cuando se ha comparado el juego de Arancha y de Conchita, no ha habido dudas: la catalana es una tenista pundonorosa, con golpes limitados, ninguno demoledor desde luego, pero con una mentalidad increíble, luchadora hasta el fin. Y en cambio, Conchita es más frágil y con menor ambición, se descentra, no tiene esa capacidad de lucha, pero sus impactos son más profundos, más rápidos y poderosos. La calidad de su juego, golpe a golpe, es nítidamente superior. De haber tenido un poco más de rasmia o de combatividad, ahora estaríamos hablando de una campeona con media docena de títulos de Grand Slam en sus vitrinas.

         El gran momento de Conchita Martínez lo vivió en Wimbledon en el verano de 1994. Hizo un torneo increíble y se plantó en la final ante la sempiterna Martina Navratilova, que ya había batido récords en las pistas de hierba y parecía resucitar del abismo de la memoria con algo más de treinta años. Allí había jugado algunos partidos memorables y había hecho olvidar a Margaret Court, a Billie Jean King o Chris Evert--Lloyd, cuyos récord había superado.

         Conchita ganó el primer set con un juego contundente, con una profusión de "passing shots", que desarbolaban el ataque de Martina y su velocidad de piernas; en el segundo set, se impuso el juego de saque y volea de la americana, su rapidez y su potencia, ganó por 6-3, y muchos pensamos que Conchita ya no tendría corazón ni ánimo ni fuerza interior para remontar. Sin embargo, recuperó la profundidad de sus golpes, la alegría del brazo, hizo correr a la rival y a la pelota, ajustó su saque y se escapó en el marcador con un 6--3. Entonces, miró al cielo, las lágrimas le enturbiaban la mirada, y se desplomó de la emoción. Martina corrió a abrazarla. Fue una estampa bellísima: la mujer perpetuamente abatida, la campeona que se desmorona en el último instante, la jugadora taciturna vencía al gran mito del tenis moderno y conquistaba ese título que tanto necesitaba.

 

*Recupero esta nota sobre la trayectoria y la victoria de Conchita Martínez sobre Martina Navratilova en Wimbledon en 1994.]

 

ANTONIO ALTARRIBA: INESPERADA AVENTURA DE TINTÍN

ANTONIO ALTARRIBA: INESPERADA AVENTURA DE TINTÍN

 

Carta de Antonio Altarriba sobre la peripecia de su libro, en homenaje al personaje de Hergé, Tintín y el loto rosa (Ediciones del Ponent, 2007)

 

 

Queridos amigos:

 

A finales de 2007 y con motivo del centenario de Hergé publiqué un libro en Ediciones de Ponent titulado Tintín y el loto rosa. Se trata de un homenaje a un autor que admiro y en el que agrupo varios ensayos así como un relato de ficción donde presento a Tintín doce años después de la muerte de su autor. Alejado de la aventura y de sus justicieras resoluciones, el mundo de nuestro héroe se ha venido abajo. Haddock ha caído en el alcoholismo, el profesor Tornasol ha ingresado en una sanatorio psiquiátrico y –lo peor- Milú ha muerto. En un intento de superar la depresión, Tintín recupera su profesión de reportero. Pero los tiempos han cambiado y sólo encuentra trabajo en la prensa sensacionalista del corazón. A partir de ahí lo embarco en una aventura muy “tintinesca” en la que, escéptico y adulto, acaba iniciándose en el sexo.

 

Conocedor del rigor con el que la Sociedad Moulinsart gestiona los derechos de la obra de Hergé, utilicé como ilustraciones antiguos trabajos de Ricard Castells y cuadros alusivos del pintor hiperrealista Hernández Landazábal. El conjunto, primorosamente maquetado por Cristina García Lautre, se convirtió en un volumen cuidado y elogioso con la obra de Hergé. Sin embargo tanto Ediciones de Ponent como yo mismo no tardamos en tener problemas. Moulinsart presionó a la FNAC para que retirara el libro de sus estanterías. Gracias a la rápida reacción del abogado de De Ponent, logramos que la FNAC reconsiderara su decisión y repusiera los libros. Pero a las pocas semanas Moulinsart volvió a la carga y, si bien no encontró “delito” en las ilustraciones utilizadas, consideró que mi relato “pervertía la esencia del personaje”. Para no ir a juicio nos ofreció el siguiente acuerdo: mantener en distribución el libro hasta que se agotara y renunciar a cualquier reedición posterior. A la vista de la legalidad vigente y siguiendo los consejos de nuestro abogado, tanto Ediciones de Ponent como yo hemos aceptado el acuerdo. Quedo por lo tanto como delincuente en ciernes, pervertidor potencial de Tintín y con un libro, del que ya quedan pocos ejemplares, condenado a no volver a ver la luz.

 

Disfrutad de las viñetas mientras podáis o hasta donde os dejen sus derechohabientes y mucho cuidado con los modelos en los que os inspiráis, las alusiones que hacéis o las referencias que utilizáis.

 

Antonio  Altarriba / Paco Camarasa

 

LOLA LABORDA GIL: HISTORIA DE UNA VOCALISTA DE ROCK

LOLA LABORDA GIL: HISTORIA DE UNA VOCALISTA DE ROCK

 

LOLA LABORDA: LA HISTORIA

DE UNA PIONERA DEL ROCK

[La cantante aragonesa pasó por programas como "Ondas infantiles" y "Plataforma de estrellas", y abrazó el rock italiano en la línea de Renato Carosone con Los Nápoli

Antes de incorporarse a la compañía de Pepe Blanco, deslumbró al público en los 60 por sus espléndidas interpretaciones de la cantante Gloria Lasso]

ZARAGOZA. En las historias de la música popular de Aragón se cita a uno de los grupos pioneros del rock and rol: Los Nápoli, definidos por distintas personas como "los mejores y los que vestían con mayor elegancia". Los Nápoli tuvieron durante cerca de tres años a una vocalista, Lola Laborda, que poseía una extraordinaria voz, rica en agudos, sensible y muy luminosa. Lola empezó muy joven cantando rancheras, pero pronto abrazó otros temas y estilos como el rock. La vida musical de Lola Laborda puede fijarse en el período que va de 1958 a 1963. Ella había nacido en Trasobares (Zaragoza) en 1944, pasó algunos veranos de su infancia en la torre del Abejar, cerca del actual restaurante Madrazo, que estaba envuelta en una especie de maldición familiar. Era hija de Rosalío Laborda y Victorina Gil: él se dedicaba a la agricultura y "estaba tocado por la Guerra Civil", y ella era una mujer sensible que cosía muy bien y que albergaba el deseo de que sus hijos estudiasen. Lola se matriculó en el Conservatorio de Música, donde cursó solfeo, y asistió a clases en el estudio de la madre de Corita Viamonte.


Rosalío Laborda vivía en la torre y vendías sus frutas y verduras en el Mercado Central con un carrito y una bicicleta. Su familia se trasladaba a distintas casas de alquiler: una de ellas, estaba en San Pablo, frente a la iglesia y a su torre mudéjar. La familia tenía seis hijos: Higinio, María, Carmen, Teresa, Lola y el benjamín Eduardo. Poco después alquilaron una parcela en la Ciudad Jardín, en la calle Calvo de Rozas, 13. Aquella también era una casa con leyenda, derivada de su condición de hospital de infecciosos durante la Guerra Civil: se decía que "en la parcela había muerto de tuberculosis el hijo de los anteriores propietarios. O eso creí yo siempre -señala el pintor Eduardo Laborda Gil-. Luego descubrí que habían muerto, en realidad, tres personas en esas circunstancias. Aquellas casas estaban llenas de rosas blancas, de flores, de parras de uva moscatel y de acacias. Era un espacio que invitaba al sueño y que resultaba muy misterioso tanto de día como por la noche. Siempre recordaré la muerte de Carmela, la exuberante vecina que trabajaba en un almacén de frutas envolviendo naranjas en papel de seda. Su cuerpo, cubierto por una sábana blanca, fue sacado en silencio, de madrugada, para no regresar jamás...".

En aquella atmósfera realizarían Lola Laborda y Los Nápoli sus primeros ensayos de rock and rol. La joven ya había dado muestras de su talento. Un día, su madre oyó un programa de radio, "Ondas infantiles", y escuchó una voz que le resultó muy familiar. Cuando esta volvió se lo dijo, y la muchacha hubo de revelarle que ella era misma que se había presentado con un nombre falso, y le dio las 25 pesetas de entonces que había ganado en el premio. No solo participó en esos concursos radiofónicos, sino que también intervino en "Plataforma de estrellas", que se realizó en el Café Ambos Mundos y en el Teatro Fleta, entre otros espacios, y en los festivales de verano. "Un domingo por la mañana, mi madre estaba muy nerviosa. De repente oímos por la radio: ’... Y, a continuación, Lola y Los Nápoli’. Del aparato surgió la melodía de ’Chiquillo’ en la voz de mi hermana, acompañada por Tico a la batería, la trompeta de Quique y las guitarras de Jesús y Renato, que eran las primeras guitarras eléctricas que sonaron en Zaragoza, las habían montado en Musical Serrano con piezas traídas de Alemania". También cantó en la sala Oasis: allí obtuvo su carné profesional en una experiencia semejante a las que narra Rafael Campos en su obra teatral "Memoria de bolero", donde tuvo como examinador, entre otros, al jotero Mariano Forns.


El repertorio de Lola y Los Nápoli era muy variado. Ellos procedían de la música tradicional aragonesa, pero al incorporar a la vocalista derivaron hacia un repertorio más innovador. Hacían versiones de temas del rock italiano, pero también les interesaba el rock latino, Los Llopis y Los Teen Tops, y otras fuentes como Los Platters y Elvis Presley. Paulatinamente, por las características de la voz de la cantante, próxima a Gloria Lasso (1922-2005), Los Nápoli cerraban sus conciertos con versiones de piezas como "Luna de miel" de Mikis Theodorakis y "Los niños del Pireo", que había popularizado Melina Mercuri, que Lola bordaba. "Gloria Lasso fue un auténtico fenómeno. Mi hermana compraba sus temas en partitura para aprendérselos". Se ha escrito que el rock entró en Zaragoza a través de la Base Americana. Eduardo Laborda, que siempre estuvo muy próximo a su hermana, recuerda que había otras fuentes como los autos de choque que se colocaban al lado del campo de La Romareda, donde sonaban Paul Anka, Elvis Presley y "Only you" de Los Platters.

A principios de los años 60 los Laborda se trasladaron a un piso de la calle Tarragona, y allí prosiguieron los ensayos. Lola tuvo varios representantes: Espectáculos Gracia y Musical Reina, entre otros. Después de abandonar Los Nápoli se enroló en la compañía de Pepe Blanco, con la que hizo una gira por España. Estuvo, entre otros lugares, en Pamplona, San Sebastián, Madrid y Sevilla. Durante "ese tiempo de fondas, pensiones y hoteles de mala muerte, y tal vez de continuos asedios de moscones, se desengañó del oficio y regresó a casa", recuerda Eduardo. Empezó a trabajar en el Sepu, donde vendía más discos, y decidió poner punto final a su carrera. De cuando en cuando la llamaban para una sustitución o una urgencia, y allá se iba a cantar con orquesta un fin de semana.

Se casó alrededor de 1975. Tuvo dos hijos, pero la vida conyugal no le fue demasiado bien. Su propia madre la veía abatida, taciturna, sin la alegría de antaño. Le decía: "Cuídate, Lolita, que si sigues así la vas a espichar". Y ella callaba, entristecida, con una evidente sensación de fracaso y de desgracia. Falleció en 1981 de "encefalitis hemorrágica", tras permanecer siete días en coma, desde el uno hasta el siete de marzo. Sobre la cama, en absoluto desorden y destrozado, estaba el cuadro abstracto que su hermano Eduardo le había pintado y regalado el día de su boda.

LOS SECRETOS DE UNA VOCALISTA

El rock italiano. El rock en Zaragoza tuvo una primera vía de accesso: llegaba sobre todo de Italia, a través de la música de Renato Carosone, Marino Marini, Mina, y también a través de grupos de rock hispano como Los Llopis o Los Teen Tops. Ésas fueron las primeras fuentes de Lola, que siempre buscaba novedades.

La base americana. "Nuestra hermana María entró a trabajar en la base americana, y lo que se oía allí, en los años 60, era música country, canciones de las películas del oeste tipo ’El árbol del ahorcado’, música irlandesa con banjo, etc. El rocanrol entró algo más tarde. Entonces no teníamos tocadiscos, pero a mi hermana le dejaron uno y lo trajo a casa con algunos discos. Fue una auténtica fiesta", señala Eduardo.



Retrato. "Lola era coqueta, nerviosa, se pasaba horas ante el espejo, era unas castañuelas auténtica. Tenía un genio tremendo, carácter, sensibilidad, no había quien la dominara. Siempre mostraba una auténtica pasión por la vida", recuerda Eduardo Laborda.

El cine de terror. Lola Laborda era muy aficionada al cine, y especialmente a las películas de terror. "Me contaba minuciosamente, antes de acostarse, la primera película de Christopher Lee, que encarnaba a Drácula, que se estrenó en el cine Dorado en febrero de 1959. También le gustaban los dramas del neorrealismo italiano como ’El ladrón de bicicletas". Victorina le alquiló a su hija un piano de pared; todo un lujo y el gesto decidido de alguien que soñaba con hijos artistas.



Las grabaciones. Una peculiaridad de los grupos de entonces es la ausencia de discos. Lola y Los Nápoli tenían fama en la ciudad de hacer excelentes versiones de piezas de rocanrol y de Gloria Lasso, pero no hay nada grabado. En una de las giras que realizó por España, coincidió con Aurora Bautista. Admiraba mucho a Antonio Molina, como cantante y actor.



Un gesto inolvidable. Cuenta Eduardo: "En 1969, con el importe de una pequeña gira de conciertos que cobró mi hermana, pude matricularme en el estudio de Alejandro Cañada para tomar clases de pintura. Ella, de acuerdo con mi madre, me ofreció ese dinero. Lola también se inscribió en la Escuela de Artes, y recibió lecciones de dibujo de Manuel Navarro".

 

[HISTORIA DE ESTA FOTO DE 1962. El pintor Eduardo Laborda prepara el libro La Zaragoza sumergida, un libro que es una especie de viaje por el mundo del coleccionismo que practica desde hace años en compañía de su mujer, la pintora Iris Lázaro. En él cuenta la historia de esta espléndida foto de Lola (Trasobares, 1944-Zaragoza, 1981), ante un cartel de Borobio. “Conseguí dar con Fernando Martínez Lafuente, quien me comentó: ‘Yo soy el autor de las fotos de Lola. La retraté en 1962 con una cámara Linhof en la parcela donde José Artigot, con sus hijos Raúl y José Miguel, tenía montada una empresa postalera, Ediciones Artigot, que comercializaba vistas de Zaragoza y del norte de España”.]

EL MOMENTO DE ORO DE LUIS ALEGRE

EL MOMENTO DE ORO DE LUIS ALEGRE

 

DISCURSO AGRADECIMIENTO MEDALLA DE ORO DE SANTA ISABEL

Excelentísimas autoridades, familiares, amigos y bienvenidos a esta hermosa iglesia. Tenían razón Carlos Forcadell y Antón Castro cuando ahora me decían que resultaba curioso que reciba esta medalla al lado de mis garitos nocturnos favoritos de los años 80, La Ópera, La Marioneta y El Oasis. Si entonces me hubieran dicho que hoy iría a recibir aquí la Medalla de Santa Isabel de Portugal, hubiese creído que alguien me estaba tomando el pelo.

 

Muchas gracias en primer lugar a José Antonio Acero por su cariñosa semblanza y muchas gracias a la Diputación Provincial de Zaragoza por haberme considerado para un reconocimiento tan distinguido. Es un placer estar en compañía de personalidades de la altura de Vicente González Loscertales, Bruno Catalán Sebastián, José Manuel Paz Agüeras y Miguel Plou Gascón. Enhorabuena compañeros

 Llevo casi 28 años en Zaragoza y, esta Medalla la percibo como un momento de oro en mi historia de amor con esta tierra. Y eso que el remoto comienzo de esta historia no fue precisamente feliz. Cuando yo tenía 5 o 6 años y vivía en Lechago y Calamocha, para mí Zaragoza era una especie de ciudad mítica por una exclusiva razón: en Zaragoza jugaba el Real Zaragoza. En Zaragoza vivían mis héroes de entonces. Recuerdo muy bien la primera vez que viajé a Zaragoza con mis padres y hermanos. Veníamos a la Basílica del Pilar, a la boda de mi prima Maribel. Pero si a mí me hacía ilusión venir a Zaragoza era, sobre todo, porque yo creía, ingenuamente, que en cualquier momento me podía tropezar con Marcelino o con José Luis Violeta. Me pasé el día de la boda mirando de un lado a otro, por si de repente aparecía por allí uno de ellos. Pero no sólo eso no sucedió sino que, encima, el viaje me sentó fatal, me mareé en las endiabladas curvas que tenía aquella carretera y tuvimos que parar el coche varias veces para que yo vomitara.

 

Superado el chasco de la primera vez, el resto de mi relación con Zaragoza ha sido, está siendo, excelente. Y no sólo con la ciudad de Zaragoza que, es directamente, mi casa. Hay otros muchos lugares de esta provincia asociados a instantes magníficos que casi siempre tienen que ver con el cine. Entre mis 12 y mis 14 años residí con mi familia en las afueras de Fuentes de Jiloca, donde me recuerdo por sus montes escuchando en Radio Zaragoza a Paco Ortiz glosando las gestas de Arrúa, Diarte o Perico Fernández. Me recuerdo años después en Sos del Rey Católico, con Alberto Sánchez, Luis Berlanga, Alfredo Landa, José Sacristán, Fernando Baldelloú y Pascual Peiró en el rodaje de La vaquilla; me recuerdo en Fuentes de Ebro, en la Semana de cine con José Antonio Aguilar y Cristina Palacín. Y con Cuchi, Carlos Pérez Anadón, Roberto Fernández y Asunción Balaguer el día en el que María Pilar Palacín, la entonces concejala de cultura de Fuentes, decidió dedicarle una calle a su ídolo, Paco Rabal; me recuerdo en Bulbuente, con Julio Alejandro y Agustín Sánchez Vidal; me recuerdo en Monegrillo con Bigas Luna, Penélope Cruz, Javier Bardem, Jordi Mollá, Anna Galiena, Chema Mazo y Stefanía Sandrelli; me recuerdo en el Monasterio de Veruela con José Luis Cuerda, Antonio Resines y Alfredo Landa en el rodaje de La Marrana; me recuerdo con Carlos Forcadell enseñándole el pueblo viejo de Belchite a Perico Beltrán; me recuerdo en la comarca de Calatayud, con Fernando Fernán Gómez, Antonio Banderas, Ana Gracia, Alejo Lorén, Ramón Pilacés y Gabriel Latorre en el rodaje de Réquiem por un campesino español y con Terele Pávez y María José Moreno en el de El aire de un crimen; me recuerdo en Cariñena, con Julio Medem, Carmelo Gómez y Emma Suárez en el rodaje de Tierra; me recuerdo en Alfajarín, con Antonio Resines y el grupo de amigos de Ignacio Martínez de Pisón en el rodaje de su Carreteras Secundarias; me recuerdo aquí, en Zaragoza, con Miguel Ángel Lamata en el rodaje de Una de zombis y con Antonio Artero y José Antonio Labordeta y su hija Ana en el rodaje de Biografía interior; me recuerdo en Fuendetodos, con Joaquín Jimeno, Roberto Sánchez, Carlos Saura y Maribel Verdú en la casa natal de Goya; me recuerdo con Genoveva Crespo, Carmen Puyó y Lola Campos tratando de enseñarle a Jorge Perugorría el acento aragonés para que hiciera de Goya; me recuerdo con Imperio Argentina y José María Pemán y Luis María Garriga en Borja y en La Almunia de Doña Godina. En realidad en La Almunia me recuerdo con mucha gente. Aunque será difícil de olvidar aquel día en el que un chico de allí, de la Almunia, en un bar, le lanzó a Maribel Verdú uno de los piropos más divertidos que he escuchado en mi vida. Le dijo: "Hala maña, que si tú fueras mi madre, mi padre dormiría en la escalera". 

 

José Antonio Acero se refería a mi admirado Antón Castro cuando me retrataba como alguien que hacía honor a su apellido. Sí, puede ser verdad. Pero mi tendencia a la alegría nace de una rotunda convicción: la vida puede llegar a ser muy borde, muy cruel y muy fea y no hemos de desaprovechar ninguna ocasión para atrapar y celebrar cualquier destello de bondad, de belleza, de afecto, de humor o de inteligencia.

 

Mi patria es mi memoria y los lugares, las cosas y las personas que me emocionan y logran sacar lo mejor de mí mismo, que me hacen pensar que la vida merece la pena. Entonces, como Lechago, Calamocha o Aragón, Zaragoza es, desde luego, una de mis patrias más queridas.

 

He interpretado que me habéis concedido este premio por algo que, de verdad, no creo que tenga demasiado mérito: tratar de contagiar mi amor por los lugares, las cosas y las personas que han contribuido a ser como soy. Al final, no he hecho otra cosa que tratar de contagiar las pasiones que me transmitieron cuando era niño. Mi abuelo Pedro fue quien, además de enseñarme a jugar al guiñote; me enseñó a leer; mi padre Alberto fue el primero que me habló de Luis Buñuel, Miguel Labordeta, José Luis Violeta, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Baltasar Gracián o Ingrid Bergman; mi madre Felicitas fue la primera que me habló del incomparable valor de un amigo y la primera también a la que le escuché cantar una jota que decía así: "Segadora, segadora, // qué aborrecida te ves; // todo el día en el rastrojo // y aún agua puedes beber".

 

Ha dicho también José Antonio Acero que tengo recuerdos innumerables de mi padre. Cierto. Uno de ellos, especialmente eufórico, es el de mi padre, abrazado a José Luis Melero, saltando de alegría por el Gol de Nayim. Estoy seguro que, desde su forofismo zaragocista, le haría mucha ilusión saber que aquel compañero de alegría, José Luis Melero se ha convertido en Consejero del Real Zaragoza. Y, desde luego, le haría mucha gracia comprobar que José Luis Violeta, el héroe de mi infancia, me ha aceptado como amigo y que esta tarde me honra con su presencia en esta Iglesia.

 

Gracias a todos los que habéis venido para arroparme en un día tan especial. Vosotros sois a los que me refiero cuando hablo de esas personas que me hacen mejor. Gracias a mis queridísima Ana Álvarez, que ha tenido el detallazo de venir desde Madrid y perderse un concierto de Amy Whinehouse por acompañarme. Y gracias, cómo no, a mi madre, hermanos y sobrinos, a Felicitas, Salvador, Carmen y Pablo y Pablo y María y Adrián. Ellos son mis grandes cómplices.

 

Me gustaría acabar con una frase que mi padre me dijo hace ahora seis años, en el año 2002. Estábamos jugando al guiñote con mi madre y, en un momento dado, como quien no quiere la cosa, me dijo algo que estos últimos meses no hace más que darme vueltas por la cabeza. Me dijo, mi padre: “Tranquilo, hijo, ya verás cómo en Segunda División también podremos ser felices”.

* La foto pertenece al archivo de Aragón Televisión, donde Luis Alegre dirige las conversaciones jugosas de "El reservado" en la noche de los lunes.

 

"LA ESPAÑA QUE TE CUENTO", EL 14, EN MADRID

"LA ESPAÑA QUE TE CUENTO", EL 14, EN MADRID

 

La editorial Funambulista se complace en invitarles el próximo lunes 14 de julio a las 20h. en el Hotel Kafka (c/Hortaleza 104) a la presentación del libro y audiolibro:

 La España que te cuento

 

Intervendrán los autores:

 

Antón Castro

Mercedes Cebrián

Cristina Grande

Luisgé Martín

y

José Ovejero

EVOCACIÓN DEL TOUR A TRAVÉS DE CHARLY GAUL

EVOCACIÓN DEL TOUR A TRAVÉS DE CHARLY GAUL

 

Hubo una época de mi vida que escribía de todos los deportes. Incluido de ciclismo. Seguramente habré firmado más de 200 textos sobre Perico, Induráin, Gorospe, Rominger, Heras... Y me animé a hacerlo en “El día de Aragón”, que fue mi gran escuela para todo, como le gusta recordar a nuestra maestro sentimental José Luis Batalla. A media tarde, cuando se corría el Tour o la Vuelta, aparecía Ángel Giner, que fue un tiempo seleccionador de aragonés de ciclismo femenino, y nos poníamos a hablar de carreras. De Eddy Merckx, el grandioso caníbal; del escalador Lucien Van Impe; de Luis Ocaña. Recorríamos, al lado de la máquina de café o en las afueras, a la intemperie en el polígono del Portazgo, allá donde el sol se volvía sangre y fresca macerada en los labios del cielo, la historia del ciclismo. Y quizá fue en una de esas memorables  tardes, cuando oí hablar por vez primera de Charly Gaul, “el ángel que amaba la lluvia”. Aunque sería algunos años más tarde, justo cuando Ángel Giner publicó su libro sobre Bahamontes, cuando conocí mejor su historia, la increíble aventura de este luxemburgués que acaba de morir a los 73 años con un envidiable palmarés a sus espaldas: dos Giros, el de  1956, venció en el Monte Bondone bajo una increíble nevada, y el de 1959; y el Tour de 1958, en el que destrozó en un épico y terrible día de lluvia a Jacques Anquetil y al gran favorito Raphael Geminiani, al que redujo doce minutos de los quince que había perdido; los tres restantes los sentenciaría en una contrarreloj, aunque en aquella carrera venció en tres carreras contra el crono.

 

Aunque se llevaban a matar, Bahamontes y Charly Gaul pelearon juntos contra la  gran armada francesa de Luison Bobet, que había ganado ya tres Tours, Anquetil, que ganaría cinco, y Raphael Geminiani, cuya asombrosa clase, tan grande como su mal genio al parecer, no le sirvió para vencer nunca ante sus paisanos. Estas batallas las cuenta muy bien Ángel Giner en su libro sobre Bahamontes, y el menudo y vivaz Charly Gaul posee un increíble encanto, la fuerza de un titán de la ruta, un sentido del sufrimiento como pocas veces se ha visto. Alguien ha escrito que su victoria en Monte Bondone en 1956, bajo la nieve, es una de las páginas más impresionantes e inolvidables de este deporte. En el Tour de 1958, Charly Gaul venció a Bahamontes en Mont Ventoux. Nada menos. Al año siguiente, vencería Federico Martín Bahamontes y él sería su aliado en algunas escapadas; también hay que decir, que los franceses se llevaban a matar entre ellos.

           Charly Gaul se retiró en 1965. Se casó dos veces, montó una tienda de ciclismo, pero acabó retirándose a una cabaña como si fuera un ermitaño. Un anacoreta. Incluso se llegó a decir que se había suicidado, como haría años después Ocaña, pero no: vivía lejos del mundo, con una gran barba blanca, dentro de un cuerpo grueso, de tonelete. Jean Luc Leblanc accedió hasta su refugio en el corazón del bosque y se encontró con algo increíble: un auténtico santuario del ciclismo con libros, recuerdos, medallas, copas, recortes de artículos de fondo. Y se encontró con un hombre, huraño en apariencia, el mejor deportista de Luxemburgo del siglo XX, que estaba al corriente del ciclismo actual y que era un ferviente admirador de Marco Pantani. Charly Gaul partió hace tres años, en medio de un vendaval de nieve y lluvia y de sombras, a saludar a su joven amigo el “Pirata”. ¡Quién pudiera asistir a la conversación de estos dos escaladores!

[Hoy comienza el Tour, y recupero este artículo por puro azar. He visto que alguien ha entrado a consultarlo y me ha gustado releerlo. Charly Gaul me parece un tipo de película.]

CDAN: LAS CUATRO ESTACIONES DEL PAISAJE*

CDAN: LAS CUATRO ESTACIONES DEL PAISAJE*

 

Justo bajo el fuego del mediodía, azotado por un viento que hería los cielos, el mar de viñedos y rosales del CDAN tenía algo de paisaje construido. Era en sí mismo, ahí, redondeado por la luz, la primera pieza de la muestra “La construcción del paisaje contemporáneo”, que alberga el edificio que ha diseñado Rafael Moneo. Dentro, la gran sala, tamizada de claridad, está queda, sin nadie. Dialogan las paredes con las obras y de cuando en cuando cobran vida: se traspasan los rumores, el fragor del agua, el latido del viento que peina los cereales en Uclés en una fotografía de la pareja Bleda y Rosa, puede oírse el temblor de un jardín botánico que soñó Catherine Mosbach. Este proyecto de entrada es una trama de formas, un arsenal de incitaciones, el eco de una metamorfosis impulsada por el hombre sobre la naturaleza. El comisario de la exposición, Javier Maderuelo, dice que el paisaje es una “elaboración mental que realizamos a partir de lo que se ve” y que también es una creación cultural y humana, algo que se construye en el tiempo, en un contexto y con una sensibilidad específica.

Aquí hay piezas de varias épocas y de diferentes tendencias: desde los trabajos de Nigochi, de los 40 y 50, hasta montajes e instalaciones de 2006 y 2007 de Isidro Blasco, un creador que construye fotos y maquetas del paisaje urbano, las cuelga en las paredes o las encierra en una urna de metacrilato y crea una ciudad-puzzle, una escultura de carácter cubista u onírico. En esta muestra, montada con excelente ritmo, hay artistas muy diferentes:  arquitectos, pintores, escultores, creadores de vídeo, y todos tienen una idea en la cabeza, una obsesión, una relación especial con el entorno. Pensemos en David Nash y veamos esa pieza de madera que ha fotografiado en blanco y negro, que ha inscrito en el paisaje y que ha echado a rodar, de río en río, hasta el mar, mientras él seguía su curso y grababa esa aventura. Pensemos en los paseos de Richard Long y veamos sus círculos de piedras, el anhelo de hallar un centro y un núcleo en los Pirineos o en un lugar de Huesca. Pensemos en Alberto Carneiro, tan vinculado a la poética del paisaje que ha impulsado el CDAN y antes la Diputación de Huesca a través de Teresa Luesma: ahí están las raíces de sus árboles, que parecen inventadas, moldeadas. “En el seno de la tierra florecen los árboles”, elige Carneiro como lema, ahí está esa especie de estructura de caja que te pide que entres dentro. Y en su interior, a poca sensibilidad que se tenga, se perciben muchas cosas: la presencia del mar, el impacto de la arena, la soledad esencial del hombre y el silencio; Carneiro propone un refugio, un espacio para la meditación, el embrujo de un laberinto. Él ha escrito: “Aún el mar más allá del laberinto”.

Es curioso el proyecto del arquitecto Paolo Bürgi. Conmueve la rotundidad y el trabajo de Catherine Mosbach en Burdeos. Su idea ocupa un gran panel donde hay de todo: teoría, experiencia, relación directa con la tierra, una poética casi mítica de las flores y los árboles… Las propuestas fotográficas son muy diferentes: el minimalismo sensual y enigmático de Hiroshi Sugimoto, el maestro oriental de la lisura del mar; el gran formato de las piedras volcánicas de Lanzarote de Axel Hütte o las dos dípticos de “Campos de batalla” de Bleda y Rosa. Me dejo para el final esos 56 paisajes pintados de Jesus Mari Lazkano, “Urdaibai”, fechados en 1996. La suma de las piezas, con sus colores, arma una gran obra, un paisaje rotundo y sugerente, quizá el más amable de la muestra, el que más invita al extravío.

El CDAN está precioso a cualquier hora, pero al mediodía, con su quietud de ofidio informe, adquiere una atmósfera de espejismo. Y en su interior se estremecen las cuatro estaciones.

*Este artículo apareció ayer en la edición de Huesca de Heraldo de Aragón, y glosa la muestra "La construcción del paisaje contemporáneo" que comisaria Javier Maderuelo y María Luisa Martín de Argila. La foto, tan peculiar y poética, tan minimalista, es de Hiroshi Sugimoto.