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Antón Castro

ISABEL BRUMÓS CUMPLE 78 AÑOS

ISABEL BRUMÓS CUMPLE 78 AÑOS

 

Mi suegra, Isabel Brumós, cumple hoy 78 años. A esa edad falleció su marido, Leoncio Gascón, cajero de Spar, romancero de Ejulve, masovero milmañas y un hombre de acción, hace dos años y medio. Isabel ha sido siempre una mujer conciliadora, hacendosa, infatigable, en permanente y gozoso desvelo: uno de esos seres que andan por el mundo de puntillas y que lo hacen todo, todo, desde una comida copiosa hasta planchar un pantalón, desde organizar los viajes de sus hijos y nietos hasta sembrar dulzura y cariño a su paso, entre conocidos y desconocidos. Una mujer sin pereza. Esta mañana, su nieta Sara (Isabel tiene diez nietos. Sara avanza hacia los diez años), se despertó y se pasó a su cama. Tras felicitarla por su cumpleaños, le dijo:

-Me encanta esta cama.

*La protagonista de esta foto de Marc Tucker se llama Sarah.

LA NOCHE DE GARRAPINILLOS Y LA FRESCA

LA NOCHE DE GARRAPINILLOS Y LA FRESCA

 

Hace muchos años, tras una visita accidental

a Garrapinillos, soñé que iba a vivir aquí,

a pleno sol y en contacto con la naturaleza.

Había venido a la piscina con dos amigos

y agotamos toda la tarde jugando al tenis.

Garrapinillos me pareció un lugar casi salvaje,

como una inmensa floresta virginal

serpenteada de canales de riego y de árboles frutales.

Alargabas la mano y cogías un alberge o una breva.

Alargabas la mano en medio del campo

y se te llenaba el sombrero de nísperos de oro,

de diminutas  y rojizas ciruelas de miel.

Alargabas la mano y se te llenaban los ojos de brisa.

Cuando cayó la tarde tuve la sensación

de estar en otro mundo, más allá de Zaragoza,

más allá del Canal Imperial y entre los árboles:

en un paraíso cercano donde la gente

tomaba posiciones para charlar a la fresca.

Muchos años después, en la calle Perera Larrosa,

oí decir: “Si hubiera cielo tendría que parecerse

a esto. ¿Qué sería de nosotras sin cháchara?” 

*Así captó  José Antonio Melendo a la Unión Musical de Garrapinillos, que dirige Juan Carlos Roldán, en  la plaza de Santa Cruz.

RÍO ABAJO / EL EBRO Y LOS ÍDOLOS. 2

RÍO ABAJO / EL EBRO Y LOS ÍDOLOS. 2

 

A Manuel Martín Mormeneo, separado y padre de dos hijos que residen en Olivenza con su madre, le ha vuelto a ocurrir algo insólito. Paco Ortiz Remacha y su equipo de Aragón Radio, por uno de esos azares de la vida (en realidad, el azar es relativo: prepara un libro de fotografías de exjugadores del Real Zaragoza, desde Ángel Vallés o Marcelino hasta Pardeza), lo invitaron a contar sus impresiones, junto a otros comentaristas, de la final España-Alemania. El fotógrafo salió del apuro como pudo: de cuando en cuando tiraba fotos, se volvía hacia las más de diez mil personas que colmaban el anfiteatro y llamaba la atención, con el micrófono que compartió con el joven Alex García, sobre los pequeños detalles de una final: el entusiasmo de la reina, la alegría de Platini, el fervor de Fernando Alonso o la camaradería de los suplentes en vilo. Al volver a casa, ya de madrugada, descargó su cámara Nikon y redactó un email para sus hijos Manuel y Clara. “Hay días imborrables –fue directo al grano-. Imaginaos una noche que amenazaba tormenta, un viento suave, la multitud que gritaba, no sé si esperando el triunfo o a los cantantes de ‘Operación Triunfo’. Imaginaos la escena: a mi derecha el Pabellón Puente, del que tanto os he hablado porque me recuerda a un ofidio y a una rara flor de nata, y al que ya conocéis por mis fotos. Detrás, el Palacio de Congresos y la Torre del Agua, que aún no se había encendido. Era un día especial, era el escenario de los sueños y ahí bien cerca, con su inaudible estrofa de agua, corría el Ebro. El balón empezó a rodar. Creí que se me iban a saltar las lágrimas. La noche fue cayendo, la noche con sus luces y los gritos nos fue envolviendo a todos y a la victoria de España. Poco antes de que sonase el pitido final, una niña agitó su bandera detrás de mí y su sombra se proyectó en la pantalla gigante. Disparé entonces, y atrapé ese gesto, una mancha negra junto a Xavi y Cazorla. Por un momento deseé que esa sombra fuese la de uno de vosotros. Ésta es la foto que os mando. Luego, salí por un lateral y crucé el Pabellón Puente. Me alcé sobre la punta de los pies y busqué el río. ¿Cómo podríamos saber si al Ebro también le gusta el fútbol?”

*Esta foto de la Torre del Agua es de José Antonio Melendo.

MELODÍAS DEL AUDITORIO DE ZARAGOZA

MELODÍAS DEL AUDITORIO DE ZARAGOZA

 

Hay cosas en Aragón que funcionan espléndidamente bien. Como el Auditorio de Zaragoza. Un espacio tan cuestionado y debatido en su origen, idea y casi empeño obsesivo de Luis García-Nieto, encarna lo más excelso tal vez de la Comunidad. El Auditorio, ciclo a ciclo, concierto a concierto, ha logrado situar a Zaragoza en el panorama universal de la música. Hace unos días, Zubin Mehta decía que la sala Mozart es la mejor caja de resonancia de los auditorios modernos de Europa: posee sonoridad, belleza, pueden oírse todos los instrumentistas. Y tiene un clima de oro, un despliegue de ecos, una tensión del silencio del que se adueña la melodía. Miguel Ángel Tapia, pianista y promotor de imposibles, en colaboración con un laborioso equipo, lo dota de una programación espléndida y variada. Por aquí han pasado, sin hacer aspavientos en un presupuesto ya de por sí diezmado, todos los grandes del mundo: Mehta, Maazel, Boulez, Neville Mariner, Barenboim, las grandes orquestas sinfónicas y solistas incomparables como Pogorelich, Pollini, Cecilia Bartoli, y multitud de artistas de otras músicas. Sin reclamar demasiados focos, trabajando con libertad, vocación de servicio público y con ambición, Tapia y los suyos han establecido alianzas de colaboración y patrocinio con un único fin: convertir al Auditorio en un centro musical del mundo, que cuenta con orquesta, Enigma, con un coro, Amici Musicae, y con compañías estables. A los artistas aragoneses se les ha dado cancha constantemente. Todo es perfeccionable, sin duda. Además de ofrecer la excelencia, el Auditorio [probablemente la obra maestra del arquitecto José Manuel Pérez Latorre] ha sabido catalizar y fomentar la pasión por la música de los ciudadanos. 

ELKE WEHR: UNA TRADUCTORA INFINITA

ELKE WEHR: UNA TRADUCTORA INFINITA

[En este blog, en varios textos, he hablado de la admiración que siento hacia los traductores. Muchos de ellos son auténticos héroes para mí, han sido los primeros ojos y las palabras más definitivas de autores a los que admiro: pienso en Crespo y veo a Pessoa, Dante, Petrarca; pienso en Emma Calatayud y me acuerdo de inmediato de Marguerite Yourcenar, a la que también tradujo Cortázar o Genoveva Dieterich; pienso en Eloísa Álvarez y recuerdo de inmediato a Miguel Torga. La lista sería infinita: Miguel Martínez Lage, Jordi Fibla, José Luis López Muñoz, Xoán Abeleira, Carmen Martín Gaite, Esther Benítez, Mercedes Corral, Jorge Luis Borges, Mario Merlino, Basilio Losada, Ángel Guinda… Los traductores han sido decisivos en nuestras vidas, tejedores de exactitud y de belleza, intérpretes y lectores que nos han acercado grandes libros, autores, estéticas, otros mundos, otros lenguas. El pasado sábado, Javier Marías –un excelente traductor, entre otros, de Faulkner o de Isak Dinesen, jamás olvidaré mi primer encuentro con aquel libro delicioso llamado “Ehrengard”- rendía tributo a una traductora, Elke Wehr, que ha sido la mujer que ha trasladado a un sinfín de escritores castellanos al alemán. Mi hijo Daniel Gascón, que acaba de regresar a Zaragoza tras una experiencia de cuatro meses en Madrid, es traductor del inglés y del francés: le he visto trabajar con su portátil, con diccionarios, con el gran apoyo de Google y de otros libros complementarios, con auténtico placer. Sentía envidia de su disfrute, de la meticulosidad, de la variedad de pequeños detalles y significados. Seguro que retoma este oficio parsimonioso e íntimo, de invisible corredor de fondo. Por todas estas cosas, cuelgo en este blog el texto de Javier Marías, con la foto que él cuelga en el suyo: http://www.javiermarias.es/blog]

 

Fallecimiento de Elke Wehr. Viscountess Luther

 

El viernes 27 de junio murió en Berlín Elke Wehr, una de las personas que más ha hecho por la literatura en lengua española durante los últimos decenios. Como correspondía a su oficio de traductora al alemán, su nombre no dirá nada a los lectores de nuestro país.


Lo normal sería que tampoco dijera mucho a los del suyo, tan extendida en todas partes está la costumbre de silenciar la incomparable y fundamental tarea de los traductores en general. Su caso, sin embargo, fue excepcional, y rara era la ocasión en que los críticos alemanes, austriacos o suizos no destacaban su labor, al reseñar alguna obra vertida por ella al alemán. En 2006 recibió el Premio Paul Celan por su obra completa, que incluía -inverosímilmente- títulos de Clarín, Vargas Llosa, Cortázar, Roa Bastos, Octavio Paz, Roberto Arlt, Bryce Echenique, Cunqueiro, Semprún, Manuel Rivas, Fernando Vallejo, Borges, Pombo, Chirbes, Carpentier, Piglia y otros, incluyendo a quien esto firma.


Vivió en Madrid durante algunos años, en un piso de la calle Marqués de Urquijo, y muchas personas del mundo literario la recordarán de aquella época, con su pelo rubio corto, su rostro inequívocamente alemán -yo solía decirle que casi parecía una caricatura- y su voz recia. Luego se trasladó a Polop, y en los últimos años pasaba parte de su tiempo en esta población alicantina y parte en Berlín, trabajando siempre sin parar, embarcada en "la tarea infinita", como llamó a la traducción en un escrito de 2004 que subtituló así: "Cómo todo tiene que cambiar para que todo quede igual". Intentaba resolver por su cuenta las dificultades de los textos, y sólo antes de darles el toque final se dirigía al autor vivo -hablo por mí- para consultarle escasísimas dudas. Prestaba tanta atención que una vez me señaló una frase de una novela mía diciéndome: "Esto es una aporía, esto no puede ser". Yo no había caído en la cuenta, y tampoco vi manera de cambiarla. "No importa", me tranquilizó; "si la aporía está en español, mi deber es conservarla en alemán, y es un desafío con el que hasta ahora no me había encontrado: me divertirá". De todos los lectores de esa novela, sólo ella reparó en la enigmática frase. Ni siquiera lo había hecho su autor.

Cuando el 18 de junio supe de su enfermedad, la llamé por teléfono. Estaba en el hospital, pero sonaba bien de voz. Se sabía sin esperanza y lo aceptaba. "Mis amigos me admiran mucho por esto; la verdad es que no sé por qué. ¿Qué otra cosa se puede hacer?". Y añadió: "He tenido sesenta y dos años buenos, no me puedo quejar". No sabía cuánto iba a durar, añadió, pero me quiso "tranquilizar": "He entregado el primer tercio del último volumen de Tu rostro mañana, y espero entregar el segundo de aquí a no mucho. Es lo que más me ayuda y me anima, trabajar". Espero que la editorial alemana conserve lo que llegó a poner en alemán, de ese volumen que carecerá de su voz. No leo alemán, pero todas las críticas de mi novela Corazón tan blanco destacaron lo maravilloso que sonaba su texto en esa lengua. Como sé que no suena así en la mía, estoy convencido de que Elke Wehr lo mejoró. Y los más de 1.200.000 lectores que tuvo esa novela en alemán la leyeron sobre todo a ella, en realidad. No me cabe la menor duda, y por ello mi agradecimiento a Elke Wehr será tan infinito como lo fue su tarea y su gran pasión. Nuestra literatura -y aquí me atrevo a incluir a los demás autores a los que prestó su voz- habría sido sin ella mucho peor.

JAVIER MARÍAS

El País, 5 de julio de 2008

LUIS BUÑUEL: CREACIÓN, RECUERDO Y RECUENTO

LUIS BUÑUEL: CREACIÓN, RECUERDO Y RECUENTO

EL REALIZADOR CASI ÁGRAFO O LA VUELTA DE CALCETÍN

Modesto homenaje a los 25 años de su muerte

 En una entrevista reciente que mantuvimos en su casa madrileña, decía José Pepín Bello Lasierra que pronto detectó que Salvador Dalí y García Lorca iban convertirse en celebridades, pero que eso jamás le sucedió con Luis Buñuel. "Era más disperso, no sabía qué estudiar: primero Ingeniería Agrónoma, luego Ciencias Naturales, Filosofía y Letras, y nunca hizo nada. Más tarde, hasta que halló el cine, y casi me sorprendió un poco, realizó varios tanteos". Han insistido tanto Pepín --quien hizo de manager de boxeo de su amigo-- como Luis Alcoriza que Buñuel lo hubiese dado todo por ser escritor, extremo que el propio cineasta le confesó a Agustín Sánchez Vidal cuando éste preparaba el volumen Luis Buñuel. Obra literaria (Heraldo de Aragón, 1982).

           Antes de que en 1929 sorprendiese al mundo con Un perro andaluz, Buñuel ya había hecho sus pinitos como escritor surrealista influenciado por Ramón Gómez de la Serna, que era su auténtico maestro y lo dibujó así en sus Retratos completos: "Este aragonés con cara de estatua de excavación y de anchos hombros (...) en todas sus palabras y sobre todo en su acción es osado y de rara inteligencia". Frente a otros compañeros que habían optado por la poesía pura, plena de ornamento, y el magisterio de Juan Ramón Jiménez, él lo tenía claro: Buñuel prefería la imaginación poética de la greguería, mezclada con el fogonazo metafórico heredado de Góngora (bien depurado por el autor de Senos), aunque nada tiene que ver su estética con lo que se llamó el gongorismo del 27. También ha contado que por aquellos días había descubierto la poesía de Benjamin Péret y que tanto él como Dalí, al leerlo, "nos caímos al suelo de risa. Había algo allí dentro, un motorcito extraño y perverso, un humor delicioso, de tipo convulsivo".

           Antes de rodar Un perro andaluz, Buñuel había barajado dirigir El mundo por diez céntimos, un guión escrito con Ramón Gómez de la Serna en dos días. Se trataba de la historia de un periódico, cómo se vende, quién lo lee, y de ocho noticias basadas en otros tantos cuentos de Ramón. Por entonces, se cruzó el proyecto Un perro andaluz, que, en su origen, era un poemario surrealista; tuvo mucho que ver en ello Ortega y Gasset, cuando le dijo a Buñuel, ante el pasmo de Juan Ramón Jiménez: "Yo si fuera joven me dedicaría al cine". Y en las  navidades de 1928, a lo largo de seis días en Cadaqués, Buñuel y Dalí fueron intercambiándose sus sueños y anotándolos: imágenes irracionales --hormigas en la mano, un hombre que le saja un ojo a alguien, un piano y un carnuzo, nubes que pasan, etc.-- sin ninguna explicación, que iban a constituir en la cinta "una llamada al asesinato". Para entonces, conviene recordarlo, Buñuel ya había publicado algunas piezas más que curiosas: Una traición incalificable en la revista Ultra en 1922, artículos sueltos, y la pieza teatral Hamlet, que redactó en colaboración con Pepín Bello.

         Agustín Sánchez Vidal ha recordado que tanto Un perro andaluz como La edad de oro, su siguiente película, de 1930, ya andaban bosquejadas en un conjunto de textos e imágenes y estampas oníricas, esbozado bajo el título Polismos. En cualquier caso, para entonces ya se había distanciado de Dalí; Buñuel nunca se entendió con Gala y consideraba que ésta, "el gran amor de su vida", ejercía un nefasto influjo en su amigo, inclinado además, según Buñuel, en seguir una línea demasiado esteticista. Con el apoyo de un modesto guión de base --"Para mí los guiones siempre han sido la base. Lo que pasa es que todo puede cambiar por un detalle", dijo el cineasta--, que contenía alrededor de una treintena de gags, apoyado por los vizcondes de Noailles, realizó La Edad de Oro, donde inventó la voz pensada, esa voz interior que invitaba al escándalo mientras susurraba: "¡Qué alegría haber asesinado a nuestros hijos!".

         Buñuel insistía en su poética de la crueldad, de la conmoción, de la teología, de los insectos, del erotismo y de la muerte, aspectos que le perseguirán siempre y que acababa de revivir en una lectura esencial: Las 120 jornadas de Sodoma del marqués de Sade. Luis Buñuel leyó el mismo ejemplar que habían leído André Gide y Marcel Proust, que le cedió el gran poeta Robert Desnos. En el fondo, las dos primeras películas surrealistas del realizador calandino responden a un concepto de cine vinculado a la greguería, a la poesía, a eso que don Luis definió en una mítica conferencia como "el cine, instrumento de poesía", y no exactamente a un universo simbólico como tantas veces se ha dicho.

         Tras algunos sinsabores, en especial su decepcionante estancia en Hollywood donde fue expulsado de un rodaje de Greta Garbo, volvió a reemprender su carrera en Europa. Es cierto que había contactado con la colonia de españoles como López Rubio, Edgar Neville o Tono, y que había conocido a Eisenstein, Charles Chaplin y Josef von Sternberg. Aquí, hacia 1932, deslumbrado por una tesis doctoral de  Maurice Legendre, director del Instituto Francés de Madrid, concibió el proyecto de rodar Las Hurdes. Tierra sin pan. Le impresionó el trabajo de Legendre y quizá, aún más, los veinte años ininterrumpidos que llevaba desplazándose a la zona pobre extremeña. No quería pedir dinero de nuevo a los vizcondes de Noailles ni tampoco a su madre; en uno de sus viajes de París, donde había fijado su residencia, a Madrid y a Zaragoza coincidió en la capital aragonesa con el anarquista oscense Ramón Acín que le dio 20.000 pesetas para el rodaje --le prometió que si le tocaba la lotería lo haría. Le tocó y cumplió-- y participó incluso en labores de producción.

         El rodaje se llevó a cabo entre el 23 de abril y el 22 de mayo de 1933. La cinta es un documental, pero también es una película muy coherente de puesta en escena, deliberadamente manipulada, de inequívoca inspiración surrealista emparentada con Valdés Leal, Gutiérrez Solana, Quevedo y el tenebrismo goyesco. Sustancialmente no traiciona los hechos, la miseria y la enfermedad habían sido objeto de primera plana en muchas publicaciones, ni las obsesiones nucleares del cineasta. Colaboraron con él activamente el ágrafo aragonés Rafael Sánchez Ventura (estudiado minuciosamente por Manuel García Guatas en Artigrama), el poeta Pierre Unik y el cameraman e insólito fotógrafo Eli Lotar. Buñuel, a propósito del guión Tierra sin pan, película de drama colectivo al modo de su amigo Sergei M. Eisenstein, dijo que no existía un argumento en sí mismo sino frases sueltas del tipo: "Niña enferma de paludismo" o "No hay canciones, no hay pan". Mercè Ibarz recoge el libreto definitivo en su espléndido trabajo: Buñuel documental. Tierra sin pan y su tiempo (Prensas Universitarias de Zaragoza, 1999).

         Luis Buñuel fue aún más explícito en la composición de sus guiones: "Soy casi enteramente ágrafo y prefiero contar mis ideas y que después me las escriba alguien". Así trabajó casi siempre con sus tres grandes colaboradores, aunque la nómina total se alarga hasta 22: Luis Alcoriza, el oscense Julio Alejandro y Jean--Claude Carriére. Citaremos también, aunque sea más bien de pasada, al poeta Juan Larrea, responsable del texto que dio lugar a Ilegible, hijo de flauta, que Buñuel convirtió en un impresionante guión inacabado acerca del exilio español en 1947, que no llegó a rodarse. Los tres representan momentos diferentes y un único modo de hacer. No podemos resumir aquí cada película, pero sí recordar que Luis Alcoriza trabajó codo con codo con El Sordo de Calanda en la película que le devolvió a la vida, a la actualidad y a la polémica: Los olvidados (1950). Buñuel investigó lo suyo en correccionales, en la vida marginal, rescató noticias de los periódicos (como aquella aparición de un niño muerto entre los escombros), conversaba a diario con una niña paralítica y observaba tipos. Todo eso lo puso en mano de varios escritores, con Alcoriza a la cabeza, y salió una de las cintas más impresionantes de su trayectoria que deslumbró a Octavio Paz, Julio Cortázar, Siqueiros y André Breton. 

           Luis Buñuel siempre fue un devorador de libros. Le apasionaba la lectura, descubrir autores e historias que excitasen su tumultuosa imaginación. Una de sus novelas preferidas fue Cumbres borrascosas de Emily Brönte (otra lo fue Robinson Crusoe, que rodó en 1952).  Barajó la posibilidad de llevarla a la pantalla en la preguerra, cuando trabajaba para Filmófono, pero la trasladó en 1953 con el título Abismos de pasión. En ese proyecto inició su contacto con Julio Alejandro de Castro, con quien escribiría alguna de sus mejores cintas: Nazarín y Tristana, ambas basadas en dos textos de Pérez Galdós, Simón del desierto y Viridiana. Julio Alejandro y Buñuel fueron grandes amigos, pero el carácter de Buñuel en ocasiones, su terquedad, su apabullante genialidad, les creó algún que otro momento de tensión. Así nos lo refirió el guionista, quien reveló que "Buñuel no soporta los textos sentimentales: los coge, los lee detalladamente y les da la vuelta como un calcetín, como si hiciera una cosa novedosa y radical. Esa era su estética. Poseía un infinito talento para llevarlo a cabo". Esta declaración tan sincera de Julio Alejandro casi resulta una paradoja. En 1961, Luis  Buñuel vino a España para rodar Viridiana. Años después les confesó a José de la Colina y Tomás Pérez Turrent en su libro Prohibido asomarse al interior, reeditado por Plot en 1993 y 1999 con el título Buñuel por Buñuel: "El reencuentro con España fue conmovedor. Soy muy sentimental, vivo mucho de los recuerdos. (...) Paseaba solo por las calles, con lágrimas en los ojos".

         Con Carrière recupera una vena surrealista tal vez más intelectual, más depurada, con momentos deslumbrantes como La Vía Láctea (1968) --por cierto, la película favorita de Julio Alejandro de Castro--, El fantasma de la libertad (1974) o El discreto encanto de la burguesía (1972). Pues bien, Carrière ha explicado en varias ocasiones cómo trabajaban, ya fuese en Francia, México o España. Permanecían dos o tres semanas, solos, en hoteles alejados, desayunando, comiendo, cenando siempre juntos; el ritual de la merienda tertulia no lo paralizaba nada ni nadie; antes de que Carrière estuviese en pie, ya Buñuel se había levantado y había recorrido los jardines del hotel, y había anotado sus sueños, que narraba e intercambiaba con su colaborador. Y así, sumando percepciones, detalles, matices inquietantes, visiones turbulentas, aquilataban un guión, lo convertían en un perfecto poema surrealista. Recordamos haber leído en algún lugar, quizá en Luis Buñuel de Agustín Sánchez Vidal (Cátedra, 1991) cómo a principios de los 70, mientras trabajaba en El discreto encanto de la burguesía, dijo al respecto: "He terminado con Jean--Claude Carrière la quinta redacción del guión. Ahora es tan bueno que sería una lástima rodarlo". Lo rodó con Fernando Rey, Stephane Audran y Michel Picoli, entre otros, y recibió el Óscar de Hollywood. Además, grandes maestros del séptimo arte como Robert Mulligan, John Ford, Billy Wilder y Alfred Hitchcock, con George Cukor de anfitrión, le rindieron un homenaje y le reconocieron como "el mejor y más humilde de todos nosotros".

*Este año se cumplen 25 años de la muerte de Luis Buñuel, Gaizka Urresti y Javier Espada están montando la película "El último guión" basado en "Mi último suspiro", y las fotografías de Luis Buñuel se acaban de presentar en Madrid. Esta foto la tomó durante la localización de escenarios para una de sus mejores películas: Los olvidados (1950), probablemente la que más me emociona de las suyas.

                                                                                                                                                    

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ GARCÍA: TRES POEMAS

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ GARCÍA: TRES POEMAS

 

José Luis Rodríguez (León, 1949) ha burlado dos hachazos terribles de la enfermedad. Primero fue el corazón, luego el pulmón. Felizmente, se ha recuperado. Tuvo tiempo de cerrar sus clases: es catedrático de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y realizará distintos viajes hacia el Noroeste. Continúa escribiendo, más o menos en secreto, con obstinación, numen, muchas ideas, y quizá se le haya colado no un poso o un trasfondo de amargura, sino una mirada dolorida sobre el mundo. Voces del desierto es un poemario en el que trabaja, un libro intenso y épico, de aroma narrativa, que ofrece una visión nada complaciente del mundo y de algunos seres. El libro tiene algo de documento social, de realidad entrevista con lucidez y sin velos de niebla o nostalgia de otros mundos. Es poesía que no elude la sordidez o el llanto sordo a pie de calle. El mundo es así, o así lo percibe José Luis Rodríguez: seres a la deriva, seres que van y vienen, seres que sueñan con el estigma de la orfandad en la piel, en el alma y en el corazón. Quería que José Luis, recobrado, apareciese en el blog y aquí está, con tres espléndidos poemas.

 

1

Apoyado en la barandilla del río,

mirando la espuma sucia que produce el agua

al chocar contra los pretiles,

recuerda el extranjero el gesto azul de los niños,

de las mujeres embarazadas y de los viejos,

sus ojos suplicantes mientras disparaba.

Tenía un fusil magnífico, contra el que la Onu

no podía hacer nada. Pólvora, odio.

Ahora, lejos de donde le enseñaron

el enigma vanidoso de las paralelas

y donde se ejercitó en poner trampas a los zorros blancos,

trabajará de albañil o sicario.

El agua del Ebro.

También recuerda, en la tarde de mayo,

cuando estrangularon a su madre el día de su cumpleaños

y que los diarios no informaron de nada.

El muchacho llora desconsolado.

Una niña, que lleva en sus brazos un dinosaurio de plástico,

le pregunta si tiene hambre.

 

 

 

2

La muchacha vende su cuerpo como una copa de nácar,

como una huella, extranjera, venida del hielo,

y no le desagrada mostrar sus tetas de espuma y arena.

Es la vida. Sobrevivir es el desafío.

Cruzan los automóviles, regresan tipos tristes

que hablan de sus abuelas

y de las casas que se derrumban, vuelven

los muchachos torpes que buscan la primera noche de amor.

Sexo.

La verdad es que no entiende casi nada de lo que le confiesan.

Ella se limita a abrir las piernas sobre la cama sucia.

Te amo, le susurra a alguien

mientras mira el cuadro de ciervos cazados, indiferente.

La estancia es horrible. Descubre

sus manos delgadas en el espejo, huele el vómito en la alfombra.

Pero qué maravilla seguir viviendo.

Mañana sirven paella en el restaurante. Y dan gratis café.

Por la noche los tertulianos hacen apuestas con la ruleta rusa.

 

 

3

Ella no ha amado sino a las muchachas

que llegan vestidas de verano. Una lesbiana que regenta

un  hotel.

Ama los espejos.

Se baña desnuda en el mar. Acaricia en la noche

la cabeza de los alfiles del ajedrez.

Cuando vuelve a la ciudad se entristece.

Finge que ama a los distribuidores de refrescos

y a los poetas que se agotan en la tarde.

Odia a los imbéciles de la televisión.

Compra telas negras

 y le seduce la lluvia azul de los viernes.

Espera a la muchacha que vendrá con una vela morada

y una sonrisa de vagabunda.

*De la serie Nadadores, bañistas y playas, pongo aquí esta foto de Jock Sturges.

 

 

ÁNGEL PETISME ACTÚA HOY EN LA EXPO

ÁNGEL PETISME ACTÚA HOY EN LA EXPO

 

Esta tarde, a las 21.00, en el Balcón de las Músicas, en la Expo, Ángel Petisme y su banda presentan su último proyecto: AguaCero, una selección de temas acuáticos y marinos con nuevas aportaciones. Rescato aquí un texto sobre uno te mis temas favoritos de Petisme: “Los nadadores”, que Petisme incorporó a los textos que acompañan Éxitos secretos, que suena a deshora en el ordenador.

 

LOS NADADORES

 

Hubo un tiempo en que Ángel Petisme era el cantautor de nuestra casa, la voz del poeta entre la música. Sus discos nos acompañaban en todos los viajes. Íbamos a Galicia y siempre había alguien, uno de mis hijos, que preguntaba: “¿Tenemos ya lo último de Petisme?”. Lo teníamos. A veces, Ángel me mandaba una primera versión, un poco antes de la edición y la mezcla final de las canciones. Recuerdo cómo me impactó “La habitación salvaje” y, en particular, aquel himno del hombre agreste que era “Hola Noé”. Luego apareció “Turistas en el paraíso”: el disco de la felicidad y la fantasía. Fue, con “Cierzo”, el álbum que todos nos sabíamos de memoria, el disco que cantábamos a coro cuando volvíamos a casa. Pienso en mis desplazamientos de Zaragoza a La Iglesuela del Cid, y soy capaz de unir cada paisaje, cada fragmento de cielo o un serbal atiborrado de frutos a una melodía de Petisme, a sus susurros, a sus alusiones llenas de cultura y de vida.



Pero hay una canción –que me marcó tanto como “Golpes de mar”, asociada a la Costa de la Muerte y a la tierra de Pondal, el bardo de Ponteceso- que me emociona más que ninguna: “Los nadadores”, esos tipos que bajan a bañarse, a deslizarse en el agua, con sus albornoces, en un día invernal como hoy. Esa balada, no se por qué, me recuerda un viaje a Praga, el río Moldava, una visión fugaz de nadadores a punto de arrojarse a la corriente, que creo que, en el fondo, es un recuerdo inventado. Y también me recuerda a Kafka. Es una asociación un tanto inexplicable e intemporal, si se quiere, pero para mí inevitable: veo a Kafka que dice que empieza la I Guerra Mundial y que él se va a nadar.

Oigo “Los  nadadores” y navego con la música, a lomos del corcel de la imaginación. Y avanzo con Ángel Petisme que acaricia el aire con la voz y con las imágenes. Y recuerdo también cómo este señor, llamado un día Caín Petisme, soñador errante y bilbilitano como Marcial, fue nuestro cantautor de cabecera, el trovador imprescindible que se ha quedado a vivir en casa, y en nuestra memoria, como un fantasma familiar muy necesario que siempre está de viaje con nosotros.