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Antón Castro

ANTONIO PÉREZ MORTE: UN POEMA CÓMPLICE

ANTONIO PÉREZ MORTE: UN POEMA CÓMPLICE

LOS ANTONIOS

(Para Antonio Cuenca Cobacho)

Antonio, tocayo, amigo, hermano:
¿No esperarías de mí un poema? ¿Un balance?
¡Un pedazo grande de vida en un folio o una cuartilla!
¡No lo esperabas! ¡No mientas, bandarra!
¡Que se alarga tu nariz y estira la perilla!
¡Que se encienden en tus ojos los ojos de Pablo y Juan!
¡Ojos de granujilla!
¡Húmedos ojos que ríen solos!
¡Me conoces, te conozco, demasiado!
¡Recordamos, a medias, cosas que el otro ha olvidado
y algunas, que ninguno de los dos olvidaremos nunca!
¿Verdad cariño? ¿Verdad, marica?
¡Somos un disco duro en versión partida!
¡Quizá a estacazos!
Nos conocemos tanto, sabemos tanto uno del otro,
otro del uno, y desde hace tanto,
que hemos aprendido a respetar nuestros silencios
y ahogar nuestros vómitos.
Nos hemos desenganchado del café y hemos dejado
de beber las madrugadas, sin mochila para la guerrilla.
¡Ya no lloramos en público,
aunque tampoco hay que decirlo muy alto!

Hace tanto tiempo que los dos somos los Antonios,
y de la misma familia, que juntos aprendimos,
que la vida entera no cabe en cuatro versos,
ni en la mejor fotografía,
sino en la hermosa utopía del intento.
 

Copio aquí este poema del escritor y buen amigo, con campo base y campo de sueños en Sabiñánigo, dedicado a su amigo Antonio. Pérez Morte me advierto, y me da una gran alegría, que Antonio "es uno de mis mejores amigos y, además, padrino de mi hijo pequeño (Juan), que ahora tiene seis años". Si he alarmado a alguien, mil disculpas. Antonio Pérez Morte y Antonio Pérez Cobacho están espléndidamente. Me ratifico en la foto, con fondo de Kandinski. 

*Sharon Stone vista por Gian Paolo Tomasi.

LINA VILA: UNA ENTREVISTA

LINA VILA: UNA ENTREVISTA

[Hace algún tiempo le hice una entrevista a Lina Vila (Zaragoza, 1970); coincidiendo con su exposición en la galería Mario Campos, la rescato y la cuelgo aquí por si alguien desea conocer un poco mejor a esta mujer laboriosa, audaz e inspirada.]  

 

 

“El cuerpo también es un laboratorio de miedos”

 

 

  ¿Recuerda desde cuándo le atrae el arte?
-Desde que tuve la primera caja de colores. De inmediato fui a un taller de pintura de un familiar lejano. Fue un gran placer poder dibujar en una cartulina grande, usar las ceras, jugar con el color. A los ocho años dije: “De mayor sólo querré estudiar Bellas Artes”.

¿Le marcó especialmente la figura de su padre Pedro Vila?
Creo que sí, pero más tarde. Tiene un modesto taller de reparación de motores, es un aragonesista entusiasta, amante de su tierra, defensor de algunas tradiciones como la alfarería. Tenía una gran curiosidad por todo, pero tardé en darme cuenta. Es observador, ha leído mucho y es autodidacta. Hace poco descubrí que escribía poemas y que investiga. Acaba de presentar un vídeo sobre la sabina: tiene ideas utópicas. Todo ello ha sido un feliz descubrimiento.

Sigamos: ¿cómo fue su evolución?
Estudié aquí con Cano Peñarroya, que fue básico para mí: me enseñó a dibujar desde el clasicismo más absoluto, lo cual me sirvió para aprobar el ingreso en Bellas Artes en Barcelona.

¿Qué ocurrió en Barcelona?
Barcelona es uno de los lugares ideales para vivir. Me gusta mucho por su arquitectura, por la propia gente y por el movimiento cultural, diferente al de Zaragoza. Me fui en el curso 1988/1989, y vivía sola por primera vez, me enfrentaba a unos estudios que me gustaban muchísimo. Yo no quería dar clases, claro, soñaba con dedicarme a la creación.

¿Qué pintores admiraba en aquel momento?
Toulouse-Lautrec sobre todo. Y Goya desde siempre: las “pinturas negras”, “Los desastres de la guerra”... Eso lo había aprendido en casa. Y en cierto modo, comencé con una obra impresionista y derivé hacia una estética más expresionista, con algunos destellos surrealistas.

Creo que en aquellos años en Barcelona estudió con Alicia Vela y vivió con la joven artista María Buil, que le precedió en la Casa de Velázquez.

-Con Alicia Vela hice grabado. En cuestión de concepto me enseñó mucho. Me insistía mucho en la idea de obra única o múltiple, en la pérdida del aura. Me decía que más que la formación técnica incluso, era imprescindible la formulación conceptual, la idea. Y eso me influyó mucho. ¿María Buil? Vivimos un tiempo juntas cuando hacíamos un curso de postgrado: “El dibujo como instrumento científico”. Es una gran pintora. Nos seleccionaron para una muestra.

-¿Cuándo volvió a Zaragoza y cómo se planteó la carrera?

-Regresé en 1995. Monté el estudio poco a poco, pintaba todo lo que podía y daba algunas clases para sobrevivir.


-Quizá la exposición que la dio a conocer fue la de Casa de Morlanes hace un par de años casi. Se titulaba “La vida y sus sombras”, y anunciaba un mundo desapacible, inquietante... ¿Por qué, de dónde procede todo eso?

-Viene del miedo a la muerte, al paso del tiempo...

-¿No me diga que le perturban esas cosas a su edad?

-Sí. Y me explico: crecí con mi abuela materna, Juana, la vi envejecer, la vi morir. Fue una persona muy especial para mí. Creo que todas estas obsesiones vienen de ahí. Era ciega. La dibujaba constantemente, cientos de veces incluso. Era mi modelo más constante. Y la conciencia de la finitud me ha llevado a reflexionar sobre el paso del tiempo, la vejez, las herencias inmateriales, los lazos de la memoria.

-¿Explicaría todo eso otra constante de su obra: la fragilidad?

-Tal vez. Percibo la incertidumbre de estar aquí, lo vulnerables que somos, me duelen las guerras. Hay demasiadas cosas que no puedo entender...

-Ese desamparo es doliente, metafísico. ¿Por qué ha elegido el cuerpo como forma constante de expresión y de investigación?

-Viene de una evolución. El cuerpo es el contenido: es la sombra y es el interior, y a mí me interesan cosas como el cuerpo desechable y renovable, la idea de lo sano y lo insano, la utopía de permanecer. No quiero ser una artista ensimismada, no quiero mirarme el ombligo, aunque reconozco que no soy expansiva y que miro mucho hacia adentro...

-A veces, da la sensación de que está usted próxima a Frida Kahlo, a Cindy Sherman, a Marina Abramovic...

-Quizá haya alguna semejanza, con Frida Kahlo especialmente (le interesaban el cuerpo, el dolor, los órganos interiores y sus sombras), pero yo intento buscar mi camino: si salen muchas mujeres en mis obras es porque es lo que conozco, pero no es un discurso feminista. El cuerpo también es un laboratorio de miedos: yo no tengo conciencia católica, no creo que después de la muerte venga el paraíso, entonces ese tránsito me parece doloroso y punto. Caemos todos muy pronto en el olvido. Hay una artista que no ha nombrado y que me gusta muchísimo: Louise Bourgeois [Premio Aragón-Goya, 2008].

-¿A qué se debe que titule muchas de sus obras “Vanitas”?

-Quizá porque es una palabra que define nuestro estado mental. Tenemos la vanidad de pensar que vamos a estar aquí siempre cuando somos de condición efímera, y yo lo expreso mediante la presencia de la calavera barroca, el reloj de arena...

-Sorprende en usted el empleo de tantas técnicas o disciplinas: dibujo, fotografía, instalación, pintura...

-Sobre todo me siento dibujante. A veces, lo que no puedes expresar con el dibujo, lo haces con la pintura. Con frecuencia se queda corta la dimensionalidad, y optas por ensancharla, aunque la obra sólo se acaba cuando la ve el espectador. En cualquier caso, creo que aquí no tenemos una formación técnica importante. Al menos yo.

-¿Cómo valora su estancia en la Casa de Velázquez?

-Me ha venido muy bien. La dedicación al arte es completa. No tienes que hacer encargos, que también ayudan a vivir: trabajas, experimentas, desarrollas una gran libertad y estás en un ambiente ideal, casi monacal, con artistas, con buenos talleres y bibliotecas, en Madrid. Es como si eso, comparado con esta ciudad ideal para vivir que es Zaragoza pero deficitaria en términos artísticos, te ahorrase pasos. En Aragón debemos potenciar la educación artística, crear talleres en los museos y ayudar a que la gente abra sus mentes.

-¿Y qué ha significado el premio Isabel de Portugal de pintura?

-Me está ayudando mucho: es un estímulo para continuar y vencer algunas zozobras. 

*Esta foto de Lina con sombrero pertenece al dominio Zaragozame, del gran Mariano Gistaín, enamorado de la bella y simpática María Clau, y de sus socios.

 

CASI UN MICRORRELATO

CASI UN MICRORRELATO

EL MÓVIL Y LA BODA  

“No existe ningún abonado con este número”, oyó por primera vez. A Pedro Etura le habían encargado un reportaje de verano en Delicias: se trataba de captar la nueva vitalidad del barrio, el clima de agitación, el colorido, la impresión de que la Zaragoza del extrarradio se había convertido en las afueras de París o en un zoco de Marrakech. El asunto podía ser bonito, sin duda; exigía paciencia, instinto, y una idéntica porción de ocultamiento y descaro. El fotógrafo debe ver sin ser visto, era su lema, aunque él no era partidario de las fotos robadas. Vio una tienda china con la dependienta entre jarrones y un periódico inmenso escrito en chino mandarín sobre el mostrador, y disparó. Buscó otro ángulo, y volvió a disparar, dos, tres veces, sin mucha convicción. Marcó, otra vez, en el móvil, como si tuviera la cabeza en otro lugar y en otros rostros. Pasó a su lado una mujer africana, embutida en uno de esos vestidos verdes y amarillos, que llaman la atención, que atraen la mirada de los más despistados. No se dio cuenta de que los ociosos hombres de la terraza alzaban la cabeza a la vez para mirarla: el movimiento de danzón o ritual lejano de sus caderas, el porte seguro, aquella elegancia que olía a selva y jengibre, la exuberancia del cuerpo que se bamboleaba con la preciosista geometría del traje. Su compañero del periódico le advirtió un poco tarde. Una voz insistió: “No existe ningún abonado con este número”. Se fijó en una cesta de verduras de un colmado latino, y la misma voz repitió: “No existe ningún abonado…”

Cerró de golpe, miró la agenda del teléfono y comprobó los números. Era el mismo. El suyo, el de siempre, el de la noche anterior.
Tenía que afanarse un poco más: los reportajes de ese tipo se vestían básicamente con fotos, aunque su compañero poseía una prosa cuidada, inclinada a la poesía y a las anécdotas impresionistas, poco periodística tal vez. Había que realizar planos generales, detalles llenos de vida, debía captar personajes confiados en su contexto. Primero avanzó por la acera derecha y entró en varios locutorios, y supermercados, y bancos improvisados que sugieren una existencia provisional; luego hizo lo mismo por la acera izquierda. Era consciente de que su cabeza estaba en otro sitio. Llamó de nuevo, con la certeza de que no se había equivocado, de que no se equivocaba: aquel era el teléfono de Marta, la mujer con la que había estado viéndose en los seis últimos meses, la mujer de ojos de agua que le había hecho perder la cabeza en un plenilunio de amor inagotable. “No existe ningún abonado…”

En ese momento, Pedro Etura dijo, como si hablara consigo mismo, pero también con su compañero y con la misma Marta: “Ya lo siento, nena. Sólo era para decirte que me habría casado contigo tal como querías”.

*Autorretrato de Edward Weston.

DIBUJOS Y ANIMALES DE LINA VILA

DIBUJOS Y ANIMALES DE LINA VILA

  Lina Vila es una de las artistas más personales de este momento en Aragón. Es una creadora que emplea un lirismo desapacible, una belleza con fisuras y cicatrices: indaga en sí misma, en el color, en la mancha, en el blanco y el rojo, en la tierra, en los sueños. Esta tarde, Lina Vila inauguraba una exposición, “Mis animales conmigo”, en la galería de Mario Campos, en la calle de la Luz. No he podido acudir, el otro día destrocé bastante el coche en el garaje al golpearme con una columna, pero iré pronto a ver la obra. 

Lina Vila atraviesa un momento maravilloso y exultante: en el arte, en las clases que da en la Casa de la Mujer y en Ibercaja, en su vida más personal, en su proyección creadora. También participa en el volumen colectivo “Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza”, que se presentará en breve. A esta muestra, muy suya, con esa inquietud tan peculiar, se le sumarán de inmediato otras en Madrid.

EL SIGLO DE JOSÉ LUIS GONZÁLEZ BERNAL

EL SIGLO DE JOSÉ LUIS GONZÁLEZ BERNAL

No es fácil hallar un pintor aragonés contemporáneo que haya recibido tantos elogios como José Luis González Bernal (Zaragoza, 30.03.1908-París, 18.11.1939). Fue amigo del poeta y dramaturgo Jules Supervielle, para el que diseñó la escenografía de su obra teatral “Bolívar”. Suscitó el inmenso cariño de Henri Michaux, que lo invitaba a su casa a oír los discos que había traído de Asia y diría de él, tras su muerte: “Ya ha existido el siglo de Velázquez, el siglo XX será el de Bernal”. Frecuentó a la diseñadora Coco Chanel, al poeta rumano Claude Sernet, al círculo parisino de grandes artistas surrealistas. Debilitado por la enfermedad, contó con un gran amigo como el doctor Julián Vizcaíno (Orense, 1899-Zaragoza, 1983), que lo cuidaría una y otra vez de sus continuas hemoptisis (vómitos de sangre debidos a una caverna pulmonar) y que le ayudaría a montar la exposición del Pilar de 1930 en el Rincón de Goya. Aquel doctor no solo le tomó las fotos, sino que, a través de su hija Annette, acabaría legando más de 300 obras a las Cortes de Aragón, institución que le organizó una gran exposición, con un espléndido catálogo, en el Instituto Cervantes de París: “González Bernal (1908-1939). Un solitario de la vanguardia española”. 

González Bernal nació en Zaragoza en 1908 y estudió el Bachillerato en los Escolapios; más tarde se matriculó en la Escuela Industrial de Artes y Oficios, tras suspender el examen de ingreso en Medicina. Fue aprendiz de joyería y de ferretería y acudió a la Academia de Abel Bueno. Manuel Pérez—Lizano, uno de los primeros en interesarse por su compleja biografía, dice que era tímido, un tanto apático, y a la vez apasionado y algo cleptómano; le interesaban los pequeños objetos de cafetería. Hacia 1931, cuando había expuesto en distintas colectivas, una importante individual en el Rincón de Goya y otra con su amigo Manuel Corrales, en el Casino Mercantil, dijo: "Toda mi vida he intentado hallarme en el círculo para que todo el mundo gire a mi alrededor".          

En 1929, con el importe de uno de los primeros cuadros vendidos, se trasladó a París, donde compartiría estudio con Corrales dos años después. Con éste parecía mantener una pugna llevadera por una novia: Manuela Montes. Iba una y otra vez a París, y volvía a Zaragoza para encontrarse con sus amigos: los anarquistas Gil Bel y Ramón Acín, Javier Ciria, Tomás Seral y Casas (a quien le hizo un dibujo y le diseñó la portada de uno de sus libros), Díaz--Caneja, Martín Durbán, Federico Comps. Nunca se olvidaba de su ciudad, que no siempre celebraba su inspiración: sus carteles para las Fiestas del Pilar jamás fueron premiados y su exposición en el Rincón de Goya, en octubre de 1930, sembró la perplejidad. González Bernal sabía defenderse: “El artista debe crear su mundo propio e independiente, paralelamente a la Naturaleza, pero independiente de ella". A Fernando Castán Palomar le confesó: "He pasado tres días y tres noches sin comer ni dormir; no tenía casa; vivía en la calle; me lavaba la ropa en una fuente pública; me refugiaba, para conciliar el sueño, en las iglesias que tienen calefacción o en los coches del Metropolitano". Lo cual no le impedía decir, a propósito de Zaragoza: "Soy extranjero en mi tierra, paso incomprendido por ella y torno a París".         

Para entonces, quemaba estéticas con vehemencia: había pasado por una pintura figurativa de motivos clásicos y un tratamiento original, había asimilado el expresionismo de Tanguy y coincidía con lienzos de Dalí. Asimiló el surrealismo de manera rápida (se dice que fue corrector tipográfico de Minotaure) y ya no lo iba a dejar, alternando siempre el óleo, con la acuarela y sus formidables dibujos, algunos tan conocidos como el de Federico Comps, datado en 1935, el de Seral y Casas, el del propio doctor Vizcaíno o sus autorretratos. Sus paisajes con figuras están transidos de magia y enigma, de sexualidad y cromatismo. En su producción, corta en el tiempo pero abundante en técnicas y estilos y calidad más que en cantidad, se percibe una vertiginosa evolución de tendencias y estéticas: es visible la huella, o la afinidad, con Joan Miró y Dalí, Yves Tanguy, Max Ernst, Giorgio de Chirico y, por supuesto, el surrealismo de René Magritte. Ahí están cuadros como “Figuras” (1930), “La piedra filosofal” (1934), “Paisaje con cardo” (1934-38) o “Pierre Dupré” (1936), entre otros. Una nota en una revista acertó de pleno: “La obra de Bernal es una y múltiple. Es una fuerza magnífica que no pide sino expandirse”.  

Cuando estalló la Guerra Civil (su hermano Francisco fue ejecutado por los nacionales), Arturo Soria le pidió que se integrase en el Servicio de Información, luego Ministerio de Propaganda, y trabajó allí en colaboración con aragoneses como Luis Buñuel, José Ignacio Mantecón y Rafael Sánchez Ventura. Se agravó su enfermedad, el doctor Vizcaíno le paralizó un neumotórax artificial que funcionaba incorrectamente, y poco después murió en París. Atrás dejaba una gran vitalidad creativa y humana, era un gran seductor (Manuela Montes, Ivonne Sée, Mira Fiuberg y tal vez Rafaela García de la Barga fueron algunas de sus novias), y una imborrable estela de talento, inspiración y pasión por el arte. En noviembre de 1939, le dijeron al médico: “Acabamos de venir de enterrar a González Bernal en la Malmaison”. Poco después, Jules Supervielle escribiría: “Y tú te mueres a los 30 años, con tu paleta aún fresca en la mano, // Tú que tenías los ojos ardientes de aquél que por largo tiempo ha hecho callar a su enfermedad // Hasta el día en que el incendio brotó por todas tus ventanas // Y tu tejado de hombre joven quedó derribado.” 

*Este artículo apareció el lunes en Heraldo de Aragón. En estupendo y voluminoso catálogo escriben Juan Manuel Bonet, José-Carlos Mainer, Lucía García de Carpi, Jaume Vidal, Manuel García Guatas y Manuel Pérez-Lizano y Alfredo Romero, que evocan la amistad con Julián Vizcaíno y fijan su biografía. Esta obra "¿Cabeza de bestia?" (1930) pertenece al legado del pintor cedido a las Cortes de Aragón por Ana Vizcaíno. 

MAÑANA, DÍA DEL LIBRO INFANTIL

MAÑANA, DÍA DEL LIBRO INFANTIL

¡FELIZ DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO INFANTIL! 

Mañana 2 de abril es el Día Internacional del Libro Infantil.
Como todos los años, el IBBY (International Board on Books for Young People) celebra este día con el fin de conmemorar el nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen.

Cada año es un país miembro de dicha Organización Internacional el encargado de editar el cartel anunciador y el mensaje dirigido a todos los niños del mundo. Este año, la sección de Tailandia, distribuye el cartel y el mensaje de Chakrabhand Posayakrit.
En 2010, España será el país encargado de hacer el cartel y lanzar el mensaje. Con este motivo, la OEPLI hará pública la convocatoria invitando a todos los escritores e ilustradores a participar.

Éste es el texto seleccionado este año:

La búsqueda del saber a través de la lectura debe recibir un trato prioritario y ebe ser fomentado desde la infancia.
En mi opinión, a los niños tailandeses, desde siempre, se les ha inculcado el deseo de conocer a través de la lectura, y ésta se ha basado en una cultura y una tradición. Los padres son sus primeros profesores, y los clérigos, sus principales mentores. Ellos han guiado y educado a los más pequeños tanto intelectual como mentalmente, tanto en asuntos mundanos como espirituales.

Así, para realizar este cuadro, yo encontré la inspiración en las ancestrales tradiciones de Tailandia: contar cuentos a los niños para educarlos haciéndoles leer inscripciones grabadas en hojas de palmera que luego se colocaban sobre pequeñas mesas plegables diseñadas exclusivamente para leer sobre ellas.

Las historias escritas en hojas de palmera generalmente provienen del Budismo. Hablan de la vida de Buda y de las historias de los jatakas, con la noble intención de cultivar las mentes de los jóvenes y de infundirles fe, imaginación y sentido de la moralidad.

Chakrabhand Posayakrit
14 de diciembre, 2006
Traducción: Paula Sanz
 

Según la tradición budista, los jatakas son historias que cuentan fragmentos de las vidas anteriores de Buda. Los protagonistas de estas historias pueden ser hombres o animales queencarnaron a Buda y a otros personajes relacionados con él.

Algunos jatakas son fábulas de animales inteligentes o de hombres sabios. Otros cuentan cosas acerca de héroes que vivieron en reinos mágicos. Y otros son poesías antiguas o leyendas sagradas de brahmanes y ermitaños. Los jatakas son historias maravillosas.

*Una ilustración de Ana Lóbez (Zaragoza, 1977), una de las creadoras más originales del momento.  

HISTORIA Y FANTASÍA DEL PINTOR GERICAULT

HISTORIA Y FANTASÍA DEL PINTOR GERICAULT

  No necesitaba presentación. Todos sabían en el Casino que aquel hombre con bigote y gafas cuadradas era pintor y dibujante. E incluso grabador, si tuviesen claro qué significaba ese oficio. Solían verlo de tarde en tarde ante las ruinas de la Azucarera o frente a la explanada del palacio. Sólo tomaba un detalle, un ángulo insólito al que acabaría por cubrir de musgo y de monstruos diminutos semejantes a tritones y a sargantanas decrépitos. A veces, después de haber copiado una arquitectura denegrida por la sombra, se retiraba a su estudio y allí completaba el lienzo: colocaba un dallador, un cardenal ampuloso, una mujer misteriosa que llevaba un felino minúsculo en la cabeza o unas finas y sorprendentes medias de color negro que anticipaban la tentación.

El joven Leoncio Arbués lo entendía mejor que nadie y solían pasear entre la arboleda; discutían por el placer de discutir de arte, del paisaje, de fantasmagorías, del pasado mitológico de Épila. E incluso habían hecho algún libro juntos: Leoncio inventaba historias, hablaba de leyendas antiguas, y el artista creaba personajes extraordinarios, los resolvía con un trazo impetuoso y casi siempre evocador. Cuando abrió la boca, cuando Martín Requena adelantó su silla hacia la multitud estupefacta, Leoncio Arbués se sintió cómplice y sonrió. Intuyó que la noche de los équidos iba a prolongarse un rato más. Al fin y al cabo, la verdadera afición de Requena desde niño habían sido los caballos.        

«Estoy fascinado y quisiera corresponder a la belleza de esta noche de fábulas con otra conseja: con una vida de pintor enamorado de los animales. Se llamaba Gericault y era francés. Desde niño se pirró por los caballos y no era infrecuente sorprenderlo en los corrales y en las caballerizas. Aprendió a montarlos muy pronto y estudió su anatomía. Eran su única obsesión. Asistió a clases de dibujo y pintura con el único afán de retratarlos, y lo hizo de todas las maneras: en las batallas de Egipto, espantados por un rayo, corriendo, atrapando sólo uno de sus ojos encarnados como rubíes bajo el impacto de otro destello de color. Leía manuales sobre equitación, el arte de la guerra y mitos arcaicos. Se apasionó con la figura de Alejandro Magno y el caballo de Troya, con los cuatros équidos briosos del carro de Helio que henchían el aire de llamaradas y precipitaron la muerte de Faetón, fulminado por un rayo del Olimpo; descubrió las carreras violentas de los caballos salvajes de la India, cercados de súbito por una columna de domadores.

Aunque tal vez ningún relato le entusiasmó tanto como el del caballo del mar: cuentan los primitivos --y el argentino Jorge Luis Borges ha recreado el hecho en un inventario de seres imposibles-- que en las playas de Portugal la brisa marina fecundaba las yeguas y de ellas nacían potros veloces como el viento, huidizos como el rayo, que en ocasiones alcanzaban la inmortalidad.        

Poco a poco, se interesó por la política y de la política pasó a la épica de los combates y de la revolución. Se apasionó por la figura de Napoleón y sus soldados, por el primor cromático de los jinetes y sus uniformes con sus insignias y sus botones dorados. Una buena parte de su obra inicial refleja ese mundo fragoroso de triunfos y de heridas. Siempre pedía a los militares que volvían de alguna campaña feroz en el extranjero que le relatasen los asedios, el avance de los ejércitos, la aventura gloriosa de algún mariscal. Una vez que le habían le revelado lo accesorio, lo que él llamaba los modales de la gesta, su pregunta siempre era la misma: "Bueno, bueno, pero ese militar ¿no tenía cabalgadura? Decidme, ¿cómo era su caballo, avanzaba sin miedo entre la nieve, se ahuyentaba con las ráfagas de pólvora, con la proximidad de las bayonetas? ¿Se ayudaba el valiente soldado de un palafrenero?".         

Gericault se fue transformando. Como pintor y como hombre. Durante unos años se le vio como fatigado, harto de aquellos temas, hastiado de imaginar cacerías de corceles indómitos en montes remotos. Empeñó la salud y una buena porción de sus amigos en una búsqueda dolorosa, en un ejercicio terrible de investigación expresiva. A lo mejor corro el peligro de aburriros, pero no me resisto a dejar de contaros el terrible naufragio de 1816 de la fragata Medusa. Creo que iba con destino a Senegal con un cargamento excesivo. La misma Francia no fue ajena a la imprudencia. Cuando sobrevino el naufragio, un total de 149 personas fue abandonado en una balsa en el océano. Permaneció a la deriva casi dos semanas, en las que se produjeron horrores de la más abyecta naturaleza: cada día se reproducían escenas de locura y de muerte, cada día alguien intentaba decapitar a su vecino, alguien era arrojado por la borda para evitar la pestilencia y apaciguar la hambruna de los tiburones, y llegaron a multiplicarse los actos de canibalismo. El suceso conmovió a la sociedad de la época.

Quiso el azar que un barco rescatase a la balsa con quince náufragos a bordo. Aquel asunto, tan tremendo, excitó la sensibilidad enfermiza y macabra del pintor. Se puso a trabajar día y noche en aquella idea que le proporcionaría, pensó, un gran cuadro. Habló con los supervivientes que se hallaban postrados en los hospitales, encontró al carpintero que había construido el bote y logró que le facilitase un plano y una reproducción en miniatura, visitó los depósitos de cadáveres y consiguió un exhaustivo informe de los médicos. A partir de ahí, tras realizar al menos medio centenar de estudios previos, culminó una obra magna, sombría, de más de 35 metros cuadrados. Sé que os estaréis preguntando qué tiene esto que ver con los caballos. Por el momento, nada. Gericault era un ser torturado, partidario de las emociones fuertes, proclive a un estremecimiento radical de los sentidos. Era un romántico. La balsa de Medusa conmocionó París y desató una gran polémica. El artista ya no estaba dispuesto a volver atrás: estaba inventando, casi sin haberlo pretendido, al reportero pintor, al cronista de su época desde la superficie de un lienzo.

         Decidió viajar a Italia, donde estudió a los grandes artistas del Renacimiento: Leonardo, Rafael de Urbino, Miguel Ángel, quizá a los posteriores Giorgione y Caravaggio, su predilecto. Y más tarde, atraído por los pintores ingleses del momento (dicen que acudió a saludar al gran Turner a su estudio), se marchó a vivir a Londres. Insistió en su mirada a la realidad, insistió en asomarse al universo de los locos y los alucinados, tan enajenado él ya, tan irremediablemente enfermo. Su producción final es como un descenso a los infiernos, donde halló una galería de torturados, solitarios, criminales y posesos. Dicen que intentó suicidarse en varias ocasiones. En el umbral de la muerte, expiró a los 35 años, recuperó el mundo de su niñez, la patria del caballo: los derbys, la beldad escultural de las yeguas, un poney rojo apacentando en el prado, la estampa doméstica de las caballerizas. Su testamento fue una colección a carboncillo de cabezas de caballo, que tituló sorprendentemente Autorretrato de Gericault. Al final, debajo de los apuntes y de los bocetos, figuraba una frase enigmática: Los caballos no necesitan pensar. Corren. Los dioses le habían reservado un final tan simbólico como irónico, el último arrebato de la fatalidad.»

*Uno de los cuadros más famosos de Theodore Gericault: El derby de Epsom. Este texto pertenece al ciclo "Caballos en la noche", editado en un libro de bibliofilia, con dibujos de Natalio Bayo, que se incorporó luego a Los seres imposibles (Destino, 1998). 

MUJERES DE CINE

MUJERES DE CINE

Acabo de ver una película, mitad documental, mitad ficción, “Esperando a Maitena”, donde se narra la historia de un puñado cinéfilas oscenses que intentan sacar adelante la VIII Muestra de Cine realizado por Mujeres. Los diez minutos de esta obra, realizada por Yolanda Liesa y Maxi Campo, explican cómo se gestiona este empeño y lo que conlleva, y sobre todo cuenta el afán de las organizadoras –Pilar, Mercedes, Nieves…- para que acuda a Huesca la realizadora Maitena Muruzábal, que acaba de dirigir un documental sobre una fábrica de embalaje de cadenas para la nieve, “Nevando voy”. “Esperando a Maitena” cuenta muchas cosas: las reuniones del grupo, el trabajo de traducción y titulado de las películas, la necesidad de las subvenciones, la colaboración con la Fundación Anselmo Pie, la incertidumbre, la consumación de los sueños. etc.

Poco a poco, Campo y Liesa crean una ficción, una atmósfera, generan una solidaridad inmediata con estas mujeres que celebrarán, a partir de hoy, en Huesca y en Boltaña, este certamen, muy vinculado con los homónimos de Huesca y Zaragoza. Hace poco, varias embajadoras de la muestra como Pilar Mareigne, nacida en Argel pero de origen oscense, presentaron la pieza en el Festival de Films de Femmes de Creteil y gustó mucho: les pareció un proyecto distinto, novedoso, casi una autobiografía colectiva.
En esta Muestra hay otras muchas cosas. No vamos a hacer aquí un repaso exhaustivo, pero sí querría fijarme en algunas cosas: la presencia de jóvenes realizadoras aragonesas, como Pilar Gutiérrez, Irene Bailo, Laura Sipán (galardonada aquí y allá con su obra “El talento de las moscas”), Patricia Oriol, que ha dirigido con el oscense Héctor Añaños “De luz y de color”, sobre el universo de los feriantes, entre otras. Otro asunto oportuno en esta edición es el homenaje a Simone de Beauvoir (1908-1986), una escritora, pensadora y activista indesmayable que nos enseñó a ser más libres a través de libros como “El segundo sexo” o “Memorias de una joven formal”. La realizadora Delphine Camolli es la autora del documental “Simone de Beauvoir, una feminista”, que se proyectará el próximo miércoles, y también se ha programado una conferencia, “A vueltas con el Segundo Sexo”, de las profesoras y filósofas Elvira Burgos y Teresa López.
Otro aperitivo de interés es el proyecto “Persepolis” de Marjani Satrapi y Vincent Paronnaud, una película de 95 minutos basada en el relato autobiográfico de Marjani, en el que narra la historia de Irán contada a través su mirada durante la niñez y la adolescencia. Y querría recordar dos detalles más: el homenaje que se le rinde a Josefina Molina y a una pintora, Clotilde Vautier (1939-1968), que falleció a consecuencia de un aborto clandestino. Ella es la madre de la realizadora Mariana Otero, que ha rodado el documental “Historia de un secreto” (2003), en el que reconstruye con familiares, amigos, su ginecólogo y expertos en arte su mundo y su enigmática y terrible desaparición en marzo de 1968. Clotilde Vautrier es un pintora muy personal, de matiz postimpresionista, próxima en algún instante al mundo de Modigliani, a la que le interesan mucho los interiores y el desnudo de la mujer. En Huesca ya se cuelgan sus retratos, sus dibujos, sus óleos. La exposición es muy sugerente: retrató a sus amigas, a mujeres en la intimidad, desnudas y en descanso, en el baño, como si se ofreciesen en la duermevela de la tarde. Clotilde es la madre de la actriz Isabel Otero, a la que vimos hace más de una década en la película “La buena vida” de David Trueba.

No querría cerrar esta página de cine sin recordar a Rafael Azcona, que estuvo en el verano de 2006 en el Festival de Cine de Huesca en un inolvidable homenaje a Julio Alejandro Castro Cardús. En realidad, Rafael dejó de ser un hombre secreto, casi huraño o misántropo, cuando acudió al Moncayo al depósito de las cenizas del guionista oscense. Julio le había dicho alguna vez que allí oía el rumor del mar y percibía su fragancia salobre.

*Este texto, con leves modificaciones, apareció el pasado viernes en Heraldo de Huesca. Retrato de Simone de Beauvoir, desnuda y de espaldas, realizado por Art Shay, amigo de Nelson Algren (en amor norteamericano de Simone), en Chicago en 1948.