Blogia

Antón Castro

JUAN MARQUÉS, OTRO POEMA

JUAN MARQUÉS, OTRO POEMA

ANOTADO SOBRE UN PERIÓDICO
   

Adviertes que ya es tarde,                                     

que se ha pasado el tiempo de los sueños                                     

y que te da lo mismo.                                      


Miras el lapicero.
 
Te pones a pensar en los viajes.
  


*La foto es de una de las mujeres de moda del momento: la brasileña Gisele Bundchen.  

 

POEMAS DEL AGUA.4 / JUAN MARQUÉS*

POEMAS DEL AGUA.4 / JUAN MARQUÉS*

SEPTIEMBRE                                          

Pedías tus canciones favoritas
                                        
al chico de los discos,
                                        
que no sabía cómo complacerte.
                                          

Tras los cristales negros de aquel bar,
                                        
el mar tarareaba su canción.
  
                                       
La escuchaba la arena de la noche.
 

*[El joven escritor Juan Marqués, colaborador de Artes & Letras de Heraldo de Aragón, residente en la Residencia de Estudiantes y discípulo de José-Carlos Mainer va a publicar su primer poemario en la colección La Veleta, de la editorial Comares, que dirige Andrés Trapiello. Éste “poema del agua” forma parte de la colección de 37 poemas. Juan Marqués está feliz, entusiasmado… La foto es de Francisco Monteiro.]

LUISA MIÑANA: EL HOMBRE DEL SOMBRERO

LUISA MIÑANA: EL HOMBRE DEL SOMBRERO

EL SOMBRERO DE A.C.  

Un hombre mira al mar en lo lejano.
Cuánta melancolía ondea
por mis ojos
que lo espían desde los farallones
a escondidas,
callándome el repentino
sobresalto
de una ola imponente y su rugido.
Temo que el tiempo acabe.
Que todo sea nada.
Minuto impredecible.
Que vuelva a abrir los ojos y frente al mar tranquilo
no haya nadie.
Sin límite, el horizonte. 

*La escritora Luisa Miñana, autora de “Pan de Oro” (Mira editores) ha escribo un libro, "La arquitectura de tus huesos", que es una mezcla de diario, cuadernos de apuntes y de poemas, arsenal de fotos. En ese proyecto que está a punto de colgar en la red, figura este poema marino, que está inspirado en una fotografía de Philippa Susan Tetley. Esta foto es de Anton Bruehl (Australia, 1900-Estados Unidos, 1982).

PEPE ESCRICHE Y LA ETERNIDAD: ADIÓS DESDE SAN LORENZO

PEPE ESCRICHE Y LA ETERNIDAD: ADIÓS DESDE SAN LORENZO

He estado en Huesca, en la iglesia de San Lorenzo, que era la favorita de Pepe Escriche, querido por todos. Pepe, que no era antinada aunque debía ser más bien agnóstico, sentía un gran cariño por esa iglesia, bellamente restaurada. Poco antes de que su féretro entrase en la iglesia, asomó el manso llanto de la llovizna. Dentro, se mascaba la emoción, se percibía el dolor y bastantes lágrimas. El sacerdote Joaquín Zamora, muy amigo de Pepe, recordó que era el domingo de Pascua, aludió a la Resurrección y se aplicó en el elogio fúnebre del amigo, de la criatura necesaria, del incansable dinamizador de proyectos. Recordó que había estado trabajando en su amado Festival de Cine de Huesca hasta unas horas antes de su óbito; recordó que ayer mismo iba a comer con un puñado de amigos (algo que me había dicho mi amigo, Fernando, el médico y marido de la periodista Mercedes Pérez de Heraldo de Aragón), y que por la mañana se sintió mal. Le dijo a su hermana: “No me encuentro bien”. Y casi de inmediato, falleció.

Joaquín Zamora reveló que a Pepe le gustaba mucho ese espacio, que alguna vez, en la plaza de San Lorenzo, en los días de fiesta, había visto como se le caía alguna lágrima de emoción, y recordó el compromiso constante de Pepe Escriche con la ciudad. El sacerdote acudió a una bella imagen: evocó a ese pensador y escritor atormentado que fue Miguel de Unamuno, paseaba todos los días temprano, y en el trayecto se acercaba a un pozo artesiano, en cuyo brocal decía: “Eternidad. Eternidad”, y le gustaba escuchar el eco una y otra vez desde el fondo oscuro. Joaquín Zamora también deseaba que el amigo de todos hallase la eternidad. Y quizá también quiso decir que Pepe construyó en vida esa eternidad tras más de treinta años de entrega a su paraíso cotidiano: Huesca.
 Sonó el himno de San Lorenzo con gaitas a modo de despedida. Luego, el cuerpo de Escriche partió hacia Zaragoza, donde iba a ser incinerado. Un instante antes, Ricardo García Prats, en su propio y en el de muchos amigos, había leído un texto sentido, un gesto de justicia y cariño, una despedida civil. Una hora después, me diría a través del teléfono: “Menos mal que el texto fue corto, porque pensé que no iba a poder leerlo”. Se le había hecho eterno por el dolor, por la emoción, por la atmósfera tan especial y doliente que reinaba en San Lorenzo mientras, afuera, se enfurecía de dolor la lluvia. 

En la salida vi a muchos amigos. Muchísimos. Y no los voy a citar porque no quiero olvidar a nadie que sentía aprecio y respeto por el amigo que se ha ido. Sí querría hablar de alguien que es muy especial para mí, que es siempre muy afectuoso, elegante, todo un señor: Antonio Angulo, el director del Diario del Altoaragón, premiado con justicia esta semana. Luego, me ocurrió una cosa muy bonita. Fui a tomar un café con Gaizka Urresti, Rafael Bardají y Ramón Miranda al Café de las Artes. Hablamos de Pepe, de cine, de gestión cultural, de política, de arquitectura. En la mesa de al lado, estaban María Cuartero, compañera de Pepe y esposa de Marcelino Iglesias, Víctor Morlán, y Pilar, la mujer de Antonio Angulo, de Graus (como Rafael y Ramón, amigos de la infancia). Se me acercó, nos cruzamos un par de besos y me dijo que era una seguidora absoluta de Borradores.  

Viniendo hacia casa, bajo un temporal intenso y deslizante, recordé que Pepe Escriche me llamaba a menudo para decirme que, aunque se acostaba temprano, era seguidor de Borradores. Se lo pasó muy bien el año pasado cuando rodamos un monográfico dedicado al Festival con Carlos Saura, los hermanos Taviani, Juan Luis Buñuel… Y volví a pensar que habíamos sido todos un poco fúnebres: tendríamos que haberle dicho adiós al amigo inolvidable, tras la ceremonia religiosa, con una banda de mariachis. Ese habría sido un gran homenaje para un hombre vitalista, alegre, apasionado de la gastronomía, de los viajes y de la música.  

TEXTO DEL FUNERAL

Ricardo García Prats, por esas cosas del azar, me envía el texto que leyó en la iglesia de San Lorenzo. 

[En primer lugar queremos transmitir a la familia, especialmente a la madre, hermanos y sobrinos, nuestro pesar y dolor por la pérdida de Pepe Escriche y agradecerle que nos permita decir estas palabras, agradecimiento que es extensivo a la Basílica y Parroquia de San Lorenzo. 

Ayer definitivamente nuestro amigo Pepe inició un viaje sin retorno. Muchas ideas se nos acumulan en estos momentos. Pero lo mejor que podemos y debemos hacer es recordarle por lo que nos ha dejado: su sentido de la vida, su bonhomía y su buen hacer como hombre con responsabilidades públicas y como amigo. 

La creación del Festival de Cine de Huesca ha supuesto también ganar amigos para su ciudad. Desde América, Asia y Europa Pepe Escriche ha cosechado un prestigio relevante, no sólo como gestor de una actividad cultural, sino sobre todo lo que él más valoraba: trabajar haciendo amigos. En sus 12 años de concejal, creó el Patronato Municipal de Deportes y fue impulsor de los pabellones escolares. Instauró novedades incuestionables en Fiestas, en Cultura y en sus últimos años de concejal, como responsable de Parques y Jardines.

Y en definitiva, en cualquier responsabilidad que se le asignara Pepe daba el ciento por ciento por su carácter trabajador, creador e innovador, valiente, de ideas audaces y de mentalidad abierta y universal.
 

Como amigo, Pepe era, sobre todo, amigo de sus amigos, pero siempre iba mucho más allá sabiendo transmitir muchos valores, sobre todo el de vivir intensamente lo que nos ofrecía este mundo real. Pepe era un hombre bueno y un gran hombre, de un gran corazón. Siempre estuvo abriendo caminos, sin importarle creencias ni fronteras ni condiciones sociales.

Adelantado a su tiempo, autodidacta, culto, integrador, divertido, de ruda sensibilidad, tímido y original interpretando la realidad.
 Como amigo fue una persona generosa que nos catapultó a su afición máxima que era el viajar. Viajar para conocer nuevos territorios, pero sobre todo para conocer nuevas personas y ganar amigos. 

En estos momentos nos faltan palabras para expresar la profunda tristeza que sentimos porque ya no podemos acompañarte en este viaje. 

Tus amigos y amigas vamos a tener un vacío muy grande que será muy difícil de llenar. Tu vitalidad, tu sentido del humor, tu carácter alegre y siempre joven, tus interpretaciones y versiones jocosas de los acontecimientos, de los viajes, de su trabajo y de sus aficiones: cine, cultura, viajes, amigos y amistad... ...

Hay algo aquí que no empieza a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
Pero que de repente se fue, e insistentemente no está...  

Huesca, 30 de marzo de 2008

       

*Texto escrito por Domingo Malo, con algunas aportaciones de Ricardo García Prats y leído por el último en la misa funeral de José María Escriche Otal, tras la Comunión, en la Basílica de San Lorenzo, en nombre de sus numerosos amigos.]

 http://mancodelepanto.blogspot.com/2008. En este dominio puede verse la entrevista que le hice, para Borradores, el pasado verano.    

*Ellos son el grupo Mariachi Tequila, en una de sus noches oscenses.   

EL CERAMISTA JUAN ANTONIO JIMÉNEZ

EL CERAMISTA JUAN ANTONIO JIMÉNEZ

OBRA Y AVENTURA DE UN ALQUIMISTA DE LIMOS 

La primera imagen que tengo de Juan Antonio Jiménez corresponde a 1978 en la calle Navas de Tolosa. Vivía en una especie de comunidad libertaria de objetores y mostraba un desdén apacible por las vertiginosas circunstancias del mundo. Parecía llevar un sueño entre ceja y ceja, bajo el cabello ensortijado como un mar de otoño. En aquel tiempo feliz e indocumentado en que se desmelenaba el volcán de la libertad, Juan Antonio ya era un amanuense muy laborioso: poseía una especial habilidad con el macramé, destejía y destejía algodón y yute sin conciencia del tiempo, y era un minucioso artesano del cuero que hacía carteras, bolsos, sandalias y cinturones. Entintaba la vitela, horadaba aquí y allá, cosía y lograba siempre una obra minuciosa y precisa que bien podría haber ejecutado un veterano y perfeccionista talabartero.

Poco después, casi por sorpresa, me enteré de que se había marchado a La Bisbal a realizar unos cursillos de cerámica: volvió renovado, con un ímpetu nuevo, con la certeza de que había descubierto su vocación manoseando las arcillas y sometiéndolas al fuego. Con la firme inclinación de ser ceramista, volví a ver a Juan Antonio Jiménez en un piso del Coso, entre los tornos, con las prietas bolsas de barro, probando constantemente, levantando vasijas y cuencos con absoluto entusiasmo. Pensé entonces que aquel Juan ya era otro: disfrutaba, soñaba, jugueteaba con las cochuras y los secretos del horno, investigaba en las técnicas, y así se le revelaban, día tras día, los enigmas del oficio: los colores de los esmaltes, la belleza de los engobes, la fuerza de las texturas, la feliz apariencia del cristal, el aterciopelado bruñido de las piezas. Entonces se hablaba de Teresa Jassá, de Llorens Artigas, de los modestos alfareros que Aragón tenía diseminados por su territorio, de los hornos naturales y eléctricos, de las calidades y durezas del barro. Y de la tierra, que era como un magma maravilloso que se aliaba con la creación a la espera de ser fecundada, de nuevo, por la imaginación del hombre, por el talento y la lentitud del alquimista de limos.

En los años 80, Juan Antonio Jiménez estaba en todas partes. Era un creador en acción desde la cerámica. Un trabajador incansable. Nunca fue dado a las teorías, nunca perdió demasiado tiempo en los conceptos ni en la teorización de casi nada, pero siempre ha poseído una gran inventiva, un mundo propio que desarrollaba con parsimonia, sin excesiva afán de originalidad ni trascendencia. A Juan Antonio Jiménez la inspiración lo encontraba en el taller y con las manos manchadas. Acudía a la plaza de San Felipe y a las ferias de artesanía, su obra se hallaba en las tiendas del ramo. Ofrecía una producción reconocible, renovadora y clásica a la vez, que avanzaba en todas las direcciones.

Si tocaba hacer vasijas alargadas, allí estaban las suyas con esmaltes y engobes, con pequeñas incisiones, con azulencos destellos; si la evolución de los trabajos del barro se encaminaba hacia propuestas escultóricas, él realizaba sus grandes círculos y los cuencos partidos; si el paso siguiente, era la orientación arquitectónica o unas osadas formas de vanguardia, Juan Antonio también tomaba el pulso sin renunciar a su modo de trabajar, sin ser infiel a una concepción personal del oficio. Y si la cerámica se expandía hacia la instalación, paralela a las últimas tendencias estéticas, ahí estaban sus instalaciones. Es un profesional sin complejos. Rindió homenajes al mar y sus peces, y a Picasso, y siempre definía un estilo, una búsqueda, un dominio de la técnica, una certidumbre, un sueño en el arte. La cerámica es una disciplina de infinitas posibilidades, necesaria y decorativa, vinculada con los primeros pobladores, por supuesto, pero reivindicada en toda su extensión por grandes artistas contemporáneos como Joan Miró, Pablo Picasso, Jean Cocteau, o García Galdeano y Manuel Viola, entre nosotros.

Juan Antonio Jiménez es un artista con fundamento. Es un orfebre que ha seguido todos los pasos, sin atropellarse, con el vértigo justo para seguir creciendo. Hace casi dos décadas inició su colaboración con la Escuela de Cerámica de Muel, y por contagio y por voluntad de indagación, fortaleció su técnica y sus quimeras. Esta muestra tiene algo de compendio de su abundante quehacer y de apertura hacia líneas nuevas. Sin estridencia, paso a paso, el ceramista madura y explora, forja y depura sus piezas, amplía su campo de batalla con la lumbre y el barro. Refuta sus óxidos, indaga en las metamorfosis del pitfiring. E incluso puede decirse que elabora su propia metáfora del agua, a través de una gota y de los recipientes posibles para ella. Para los coleccionistas de asombros, ahí les dejamos otro: toda esta obra ha sido realizada en 2008.

La exposición contempla varias direcciones: de entrada tiene algo de estudio de usos de los materiales. De estudio y de experimentación. Juan Antonio Jiménez emplea arenas y chamotas que no están cocidas, y extrae de ellas toda su esencia en términos de color (blancos, cobrizos, rojizos, ferruginosos…), textura, brillo, evocación, solidez. Mezcla las arenas, la amasa, las entreteje y les confiere una nueva personalidad. Esas vasijas más bien planas ofrecen toda una combinación de luces y fulgores, reverberaciones medidas que evocan el cristal, el espejo, los misterios de una constelación en la noche de los tiempos. Además de las piezas sueltas, integradas en un conjunto donde dialogan todas entre sí como una partitura de luz incesante, ofrece dos series nítidas: los cuadros y las instalaciones.

En los primeros, Juan Antonio parece aproximarse a la pintura. A una pintura matérica, donde domina el color, el incendio cromático, el impacto puramente visual, no lejos de los logros de José Guerrero, Rothko, Broto o Barceló, pongamos por caso. Y dentro de esa propuesta, parece reflexionar sobre el concepto mismo de cuadro, marco y estructura. En algunas obras, reparte “el lienzo” en dos superficies diferentes, y disparejas en cuanto a color, que pueden ser horizontales y verticales, y les coloca sendos cuencos de porcelana blanca, toda una hilera o, en un caso específico, una composición de fragmentos triangulares inscrita dentro de un imperfecto círculo de nubes o tal vez aguas de cascada más o menos lechosas. En las instalaciones opta por dos líneas: sobre un fondo completo oscuro, dispone una serie de cuencos de porcelana blanca, sin ningún otro ornato, y en la segunda alterna las piezas de porcelana con otros cuencos recortados, y mucho más gruesos, que constituyen un registro muy particular del ceramista desde hace años. Juan Antonio Jiménez ha preparado un montaje muy variado y nada estático, nada inmovilista con su propia aventura de alfarero moderno, siempre cambiante y honda como sus materiales, sugestiva, de una riqueza expresiva y sensual que anuncia su ambición y su convicción creadora.

         Juan Antonio Jiménez no engaña a nadie. Es un artesano a tiempo completo, es un artista que no da gato por liebre. Es un artesano-artista que no se resigna a los lugares comunes. Cree en la tierra y se afana en devolvérnosla como lo que es: origen y memoria, raíz y grito, sustancia y hermosura, creación en el tiempo y para siempre.

*El próximo martes, a las 20.00, Juan Antonio Jiménez presenta su exposición "Gota a gota", en el Torreón Fortea. Éste es el texto que le he escrito para su catálogo. La foto del taller de Juan Antonio Jiménez, una de las personas que me acogió cuando llegué a Zaragoza, corresponde a Antonio Ceruelo, y puede verse en el libro que hemos hecho él y yo: Manufacturas del alma. Artesanos de Aragón (Gobierno de Aragón), un proyecto que coordinó Alberto Carasol.

JESÚS MARCHAMALO: LAS BIBLIOTECAS PERDIDAS

JESÚS MARCHAMALO: LAS BIBLIOTECAS PERDIDAS

[Un escritor al que le tengo mucho cariño es Jesús Marchamalo, que publica estos días, en la editorial Renacimiento, su libro Las bibliotecas perdidas. Jesús amablemente me envía uno de los textos, “Huidizos: la orden del silencio”, que publico aquí con muchísimo gusto.]  

Huidizos: la orden del silencio  

En 1944, el joven Jerome David Salinger estaba en Inglaterra. Pertenecía al servicio de contraespionaje militar del Ejercito estadounidense, y había sido asignado al Duodécimo Regimiento de la Cuarta División de Infantería con la que, unos meses más tarde y ya ascendido a sargento, desembarcaría en la playa de Utah, en Normandía.

Nacido en Nueva York, en 1919, antes de ser llamado a filas había estado enrolado en un barco, había viajado por Europa y, tras un curso de escritura en la Universidad de Columbia, había publicado algunos relatos en periódicos y revistas.

En Inglaterra, mientras su compañía aguardaba la orden de embarcar, escribió dos cuentos que envió al Saturday Evening Post. Uno de ellos, El último día del último permiso, se publicó a primeros de junio, mientras su unidad, con unas enormes pérdidas, combatía a las afueras de Cherburgo.

Con ese cuento guardado en la mochila entró en agosto de 1944 en París, con las primeras tropas  norteamericanas que liberaron la ciudad. En el hotel Ritz coincidió con Ernest Hemingway, que trabajaba entonces como corresponsal de guerra. Los dos simpatizaron de inmediato, y Salinger le entregó el relato para que lo leyera.

En los meses siguientes continuó escribiendo y, mientras la duodécima participaba en la batalla de las Ardenas, en el invierno de 1945, con las botas empapadas en barro y literalmente congeladas, Salinger enviaba poemas al New Yorker.

Nadie sabe a ciencia cierta qué le ocurrió a aquel espigado sargento –medía casi uno noventa-, de pelo negro y nariz prominente, pero al terminar la guerra, con 26 años, fue tratado de estrés de combate, se casó con una  mujer alemana, una funcionaria subalterna del partido nazi, de la que se separó casi nada más regresar a casa, y en 1951 publicó El guardian entre el centeno. Ese año realizó algunas entrevistas, no muchas, de promoción, y desde entonces no ha vuelto a hablar con los periodistas. Una de sus imágenes más conocidas es ésa captada en 1988 en la que aparece con el rostro desencajado, delgado, el pelo blanco, amenazando con el bastón al fotógrafo que acaba de retratarle.  

TRAS UNA VERJA IMPENETRABLE
En 1952, se retiró a una granja en Cornish, New Hampshire, rodeada por una verja de casi dos metros de altura, impenetrable, a resguardo de miradas indiscretas. Después de El guardián entre el centeno publicó apenas un par de recopilaciones de cuentos, y desde los primeros sesenta se sumió en un silencio narrativo que continúa hasta hoy. “Nadie sabe por qué Salinger deja de escribir, yo sugiero que es el miedo a repetirse, o más bien la conciencia de que va a repetir lo que ya había contado”. Enrique Vila-Matas es autor de Bartleby y compañía, un libro sobre escritores que dejan de escribir, traducido a dieciséis idiomas. “Lo que quise averiguar es por qué hay escritores que dejan de escribir, y descubrí que las razones son muy diferentes, que cada caso es distinto. A veces los motivos son tan aparentemente banales como los de Felipe Alfau, emigrado a Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, autor de una novela publicada en los años treinta, y que renunció a la escritura por culpa –según dijo- del trastorno que le ocasionó haber aprendido inglés, y haberse hecho sensible a complejidades en las que nunca había reparado. Otro escritor que me interesó fue Enrique Banchs, que después de publicar cuatro libros, entre 1907 y 1911, estuvo 57 años sin escribir. De él dijo Borges, para celebrar sus cincuenta años de silencio, que tal vez su propia destreza le hizo desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil. Su caso me sorprendió porque era una razón que no se me habría ocurrido nunca”.

El mexicano Juan José Arreola (1918-2001) es otro de estos extraños huidizos. Entre las decenas de trabajos que desempeñó en su agitada vida laboral, fueron sus apariciones en televisión las que le llevaron a sostener que la farándula le había distraído de la literatura. “Hay escritores que se sepultan a sí mismos bajo una montaña de libros”, respondió una vez a un periodista. “Dostoievski escribió mucho, y Rimbaud escribió poco, de modo que hay grandes autores que escribieron poco, y que son tan grandes como los que escribieron mucho”. Arreola, ante el temor de la página en blanco, algunos apuntan al temor a la página en negro, al libro editado, se decidió por el silencio, por la fugacidad de la literatura oral.

“Escribir es una cosa muy misteriosa, nadie en realidad sabe cómo ocurre, no hay guión, ni reglas fijas”. Andrés Ibáñez es escritor y crítico literario. “Se me ocurre el caso de Flaubert. No es como Dickens o Balzac, que tienen muchas cosas que contar; Flaubert persigue escribir una única obra, y escribe más sólo porque está buscando. En cierto sentido, el escritor que consigue dejar de escribir logra algo extraño y envidiable, dejar de escribir es de alguna manera liberarse, saber que has escrito lo que querías, o lo que podías, lo que al final es una sensación mucho más liberadora que la certeza de no haberlo conseguido”.

Es la búsqueda de esa obra definitiva la que, en ocasiones, sume a los escritores en un silencio de años. Paul Valéry, quien legó a la humanidad las casi treinta mil páginas que ocupan sus cuadernos, tuvo un inquietante paréntesis en su actividad literaria que se prolongó durante casi un tercio de su vida, entre 1895, año en que publica El señor Teste, y 1917, en el que ve la luz La joven parca, ¡casi veintidós años! El escritor Joseph Heller sufrió del mismo mal: tras publicar en 1961 Trampa 22, un éxito comercial que le permitió vivir de las sucesivas reediciones, abandonó la literatura durante más de trece años antes de editar su siguiente libro; un día le vino a la cabeza una frase que, supo, era la que había estado esperando, el principio de su segunda novela, a la que siguieron otras cuatro, hasta su muerte.

“En muchos casos no deja de haber un cierto exhibicionismo en la renuncia, aunque yo la comprenda bien”, afirma Javier Marías. “Salinger difícilmente pudo soportar el éxito de un libro como El guardián entre el centeno, hubo tanta gente que se apropió de ese libro que debió pensar que ya no tenía nada de él; respecto a Rimbaud, probablemente tan sólo escribió por un error de cálculo, quizá lo propio de él era no haberlo hecho nunca”.
 

LA QUEMADURA DE LA GLORIA
Corre el año 1873. A mediados de julio, el joven Rimbaud, que tiene diecinueve años, viaja a Bruselas respondiendo a la llamada del poeta Paul Verlaine, con quien mantiene una atormentada relación. Ambos acaban discutiendo; Verlaine, borracho, se sienta a la puerta de la habitación del hotel para impedir que su amante salga, forcejean, hay golpes y gritos, y Verlaine acaba sacando el revólver que había comprado para suicidarse, y dispara dos veces. Una bala se pierde, pero la otra alcanza en el brazo a Rimbaud, que es conducido a un hospital; las heridas, afortunadamente, no revisten gravedad y esa misma noche intenta salir hacia París. En la estación, Verlaine es detenido y tras una serie de avatares judiciales, condenado a dos años de cárcel y 200 francos de multa.

Rimbaud permanece unos días en un hospital, y al ser dado de alta se refugia en la poesía. Durante el mes de agosto ordena y completa los poemas de lo que será Una temporada en el infierno y, con dinero de su madre, contrata la publicación con un editor belga. No volverá a escribir.

De esa edición no se distribuyeron más que los seis ejemplares de autor entregados al poeta, entre ellos uno que envió a la cárcel a Verlaine, con una escueta dedicatoria :“A P. Verlaine. A. Rimbaud”. El resto de los libros quedaron arrinconados en el almacén, donde los encontró treinta años más tarde un abogado belga. “Rimbaud es un caso especial en la medida en que cambia por completo de vida”. Ramón Buenaventura es escritor y traductor de Rimbaud. “No sólo deja de escribir sino que deja de ser el que era. Se convierte en un hombre cuya única ambición es enriquecerse, y su desinterés por la literatura es tan completo que no hay constancia de que ni siquiera leyera algún libro”.  Rimbaud encarna el mito del escritor quemado por la gloria: escribe una obra maestra y desaparece. Su juventud, su insolencia, su vida atormentada lo convierten en un mito. A partir de 1874, su rastro se pierde y reaparece en lo que es una permanente huida en busca de no se sabe bien qué. Vive en Stuttgart, donde aprende alemán; aburrido decide ir a Suiza a recorrer los Alpes, aparece después en Milán, en casa de una viuda. Estudia idiomas, da lecciones de piano, decide raparse la cabeza, se alista como mercenario, se convierte en desertor, viaja a África, trafica con armas…“Lo cierto es que Rimbaud no consigue en vida más que el rechazo social, la leyenda la montan años después los surrealistas, a quienes les encanta la figura del poeta maldito que fascina a los jóvenes escritores y biógrafos que le inventan una aventura romántica, única y resplandeciente, cuando en realidad vivió una vida lúgubre y llena de fracasos”, comenta Buenaventura. “Creo que el único momento de gloria de Rimbaud fue esa noche que leyó sus versos en la tertulia de los parnasianos, que lo llevaron en volandas hasta el estudio de Léon Valade, donde se hizo la conocida fotografía de la pajarita torcida”.  

LA MUERTE DEL TÍO CELERINO
Menos traumático fue el caso de Juan Rulfo (1918-1986), autor de El llano en llamas y de Pedro Páramo, tras los que mantuvo un empecinado silencio narrativo hasta su muerte. Explicaba, eso sí, a quien quisiera escucharle, que el problema en su caso era tan sencillo como la muerte del tío Celerino, el que le contaba las historias que después él se limitaba a transcribir.  “Yo no creo que exista la necesidad de escribir, me parece una palabra pretenciosa y solemne”, explica Javier Marías. “Hay, mucho más modestamente, ganas de escribir, ganas que a menudo surgen del impulso de emulación, es decir, de producir uno mismo aquello que le proporciona placer cuando lee. No veo nada extraño en que ese impulso, por así decirlo, se aplaque, y el caso de Rulfo no encierra nada misterioso. Él dijo que quería leer dos libros que no encontraba, así que los escribió. Y una vez acabados, consecuentemente, no tenía por qué seguir”.

Otro escurridizo imprescindible es Rafael Sánchez Ferlosio, que tras Industrias y andanzas de Alfanhuí y la deslumbrante El Jarama, abandonó la novela. También Carmen Laforet, premio Nadal con Nada, quien tardó ocho años en editar su siguiente libro. Desde entonces hasta 1967 publicó otros tres, y después, nada hasta su muerte. Y este año se cumplen veinte de la publicación de La gaznápira, una novela que supuso el definitivo reconocimiento de su autor, Andrés Berlanga, que desde entonces vive un pacífico, tranquilo, razonado, silencio literario.

Y en este memorial de escapismos y escapistas, no puede faltar uno de los más singulares, el escritor Gesualdo Bufalino. Profesor de instituto en su Sicilia natal durante más de cuarenta años, publicó su primera novela a mediados de los ochenta, coincidiendo casi con su jubilación. “Bufalino había escrito el texto para un catálogo de fotografías de un amigo que, al reeditarse, cae en manos de  Leonardo Sciascia, quien descubre al escritor que hay detrás”, cuenta Enrique Vila-Matas. “Bufalino se resistió varios días a confesarle que había escrito algo más que aquel texto, pero finalmente se derrumbó y confesó que era escritor. Sciascia le presentó al editor Sellerio y, a partir de ahí, publicó con enorme éxito unos cuantos libros. Lo llamativo del caso es que Bufalino se aburrió de todo ese mundo y en cinco años acabó sintiendo que publicar le había traído muchos sinsabores, así que abandonó”.

Precisamente, fue Bufalino quien planteó la propuesta insólita de que los escritores, todos, dejaran por riguroso turno de escribir una temporada. Y es que tal vez el atractivo de los huidizos, como defiende Javier Marías, radique no tanto en que no publiquen como en la esperanza de que un día vuelvan a hacerlo. “Quien adora la obra de Salinger quisiera que hubiera más textos de él que leer, y es algo que yo entiendo bien: no he leído Extinción, de Thomas Bernhard, porque no deseo quedarme sin ninguna cosa suya nueva que echarme a los ojos. Espero saber elegir bien el día”. 

DICCIONARIO DE CASOS PERDIDOS

Carlos Castaneda. Peruano de nacimiento, estudió Antropología en la Universidad de California. En 1968 publicó Las enseñanzas de Don Juan, convertido en libro de culto del movimiento hippy. Ante la fama inesperada, Castaneda apostó por desaparecer: durante 30 años no concedió entrevistas, ni permitió que le fotografiaran. Su abogada hizo público su fallecimiento dos meses después de haberse producido, en abril de 1998.

Macedonio Fernández. Nacido en Buenos Aires en 1874 y muerto en 1952, sometió su obra a un permanente proceso de reescritura, al punto de que sólo la insistencia de algunos amigos escritores permitió que sus dos únicas obras publicadas en vida vieran la luz (en 1928 y 1929). Póstumamente se editaron otros cuatro libros suyos.

Carlos Oquendo de Amat. Escritor peruano nacido en 1905 y muerto en Madrid en 1936, en el hospital antituberculoso de Guadarrama. Publicó en 1927 Cinco metros de poemas, un singular poemario plegado en forma de acordeón y que, extendido, mide aproximadamente los cinco metros que promete el título. Reeditado recientemente en España por la editorial Taller del Libro, es su única obra conocida. 

Thomas Pynchon. Nacido en Long Island en 1939, y alumno de Nabokov, únicamente se conoce una foto suya, sacada del anuario del college: un joven de rostro simpático y dientes de conejo. En 1997 fue grabado por un equipo de la CNN con el que negoció una entrevista a cambio de que las imágenes se borraran. Apareció en el programa de Larry Clark, promocionando uno de sus libros, con el rostro tapado digitalmente.

Bruno Traven. Escritor mexicano nacido en Chicago y muerto en México en 1969. Personaje misterioso a quien nunca gustó la popularidad, no se conoció su verdadera identidad hasta su muerte. Autor de El tesoro de tierra madre, llevada al cine por John Huston, durante un tiempo se pensó que Traven era una invención de un grupo de escritores que utilizaban su nombre, e incluso que se trataba del seudónimo de Esperanza López Mateos, su traductora.      

Publicado en ABCD las artes y las letras en noviembre de 2004. La foto es de Juan Rulfo, el gran escritor y fotógrafo, y se titula "Zaguán de vecinos".

  

 

IN MEMORIAM PEPE ESCRICHE*

IN MEMORIAM PEPE ESCRICHE*

Querido Pepe 

Huesca se había convertido, desde hace años, desde hace más de treinta años, en un gran plató de cine, en un gran escenario cultural, y todo ese movimiento, en gran parte, tuvo en Pepe Escriche a un auténtico faro. Pepe Escriche fue un soñador, un caballero de acción que creyó en los valores de la cultura y la convivencia. Creyó en el jazz, en el Festival de Cine de Huesca, en una política sensata de exposiciones, creyó en los jóvenes. Y a todo ello, desde una humanidad insobornable, se aplicó. Cuando alguien piensa en la capital del Altoaragón, en espacios como el Casino, en las tabernas, en el Coso tan luminoso, siempre espera y desea encontrarse con él, dispuesto a la tertulia, a la confidencia, a la risa. De vez en cuando llamaba por el placer de conversar, por el placer de oír las voces amigas y de transmitir, con el estruendo de su vozarrón, el vértigo del cariño. Pepe era un contador de historias, un embajador de proyectos y delirios, y quería que Huesca estuviese en el mundo y que el mundo, con toda su creación y su iconoclastia, estuviese a todas horas en Huesca. La ciudad y Aragón pierden a un hombre imprescindible, a un ciudadano de paz que amaba los placeres y la felicidad, los viajes y la gastronomía. Pocas veces, como hoy, siente uno que son irrefrenables las lágrimas. Busco en el ordenador los artículos que he escrito sobre él y sólo me sale uno. Se titula: “Querido Pepe”.

*Esta nota la publico hoy en Heraldo de Aragón.

EL FOTÓGRAFO ALFONSO EN JACA Y ALREDEDORES

EL FOTÓGRAFO ALFONSO EN JACA Y ALREDEDORES

[Pirineum publica un apasionante libro, con fotos de Alfonso. En su estupendo blog, juangavasa.blogia.com, Juan Gavasa da noticia de la publicación] 

Por fin hemos metido en imprenta el último libro de nuestra editorial (Pirineum). "Los años convulsos", del historiador Juan José Oña. Ha sido un proceso largo, largo, largo, que comenzó allá por el año 2004. Hubo un momento en este tiempo en el que desistimos de su edición porque los problemas que se nos presentaban parecían irresolubles. Pero se solucionaron. Y el día 12 de abril lo presentaremos en Jaca, el 18 en Huesca y el 16 de mayo en Zaragoza. (Os iré informando con detalle de estas presentaciones). De momento os anticipo la hermosa portada y la sinopsis de la contra.

Se trata de un libro sobre la sublevación de Jaca a partir del hallazgo de un valioso material del fotógrafo Alfonso, uno de los mejores reporteros gráficos de la historia del periodismo español. En torno a este relevante suceso hemos trazado un viaje visual por la historia de España entre 1923 y 1936, un periodo convulso, sin duda, que explica muchas de las cosas que hoy ocurren en nuestro país. Las fotos de Alfonso nos permiten ese viaje por el retrovisor de la historia. Espero que os guste.
 

"Los años convulsos” es un viaje por la España del primer tercio del siglo XX a través de la lente del genial fotógrafo Alfonso. Se trata de uno de los periodos más agitados, apasionantes y trágicos de nuestra historia que desembocó en la Guerra Civil y en la posterior dictadura franquista. El libro gira en torno a un eje: la sublevación republicana protagonizada por los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández el 12 de diciembre de 1930 en Jaca. Para el autor, la causa de esta insurrección fue el declive irreversible de la Monarquía de Alfonso XIII; la proclamación de la Segunda República mediante unas elecciones democráticas cuatro meses después, su consecuencia directa.El volumen es el resultado de la exhaustiva investigación en los fondos del fotógrafo madrileño Alfonso sobre los sucesos de Jaca, que cubrió como reportero para los diarios El Sol y La Voz.

La recuperación de un valioso material inédito de aquellas históricas jornadas ha dado pie a este libro que proyecta desde el ámbito local una perspectiva general de lo que fue España entre 1923 y 1936.
Alfonso Sánchez, uno de los periodistas gráficos más importantes del periodismo español de la época, y sus hijos Alfonsito, Luis y Pepe, estuvieron presentes en buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más relevantes de aquellos años. A través de sus fantásticas imágenes –muchas de ellas sobradamente conocidas– el libro sigue el curso de la historia española y rescata la esencia de un tiempo de convulsión y de esperanzas.