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Antón Castro

PATINIR Y CUNQUEIRO: CARTA DE OURENSE

PATINIR Y CUNQUEIRO: CARTA DE OURENSE

[Vuelvo a casa, tras andar buscando botas y balones para la exposición del Real Zaragoza, y recibo esta bella carta de mi joven y entrevisto amigo Gustavo Peaguda, un poeta de Ourense que mora en Compostela. Me  gusta tanto que la cuelgo aquí] 

Estimado Antón:
 
El pasado verano tuve la oportunidad de ver la exposicion en el Mueso del Prado de Patinir. Realmente desconocía quien era este pintor. Me  gustaron sus cuadros y adquirí una reproducción de uno de ellos. Al llegar a mi casa la coloqué en una balda de mi biblioteca y allí quedó.

 
La semana pasada empiezo a leer a Cunqueiro y me encuentro lo siguiente: “Para ellos cuando llegaban aquí, no había nieblas en el horizonte y  el Pico Sacro se les aparecía en la lejanía- en ese azul de Patinir que tiene tantas veces el país compostelano". (El Pasajero de Galicia. Editorial Tusquets)

 
Este viernes al dirigirme a Ourense, allá en la lejanía se me aparece el Pico Sacro con ese azul de Patinir. Uno ya no puede contemplar el Pico Sacro de la misma forma después de leer a Cunqueiro y después de contemplar los cuadros de Patinir. Tus ojos ya no te obedecen.
 
Un saludo afectuoso.

 
Un Saludo. Gustavo Peaguda.

 

DIÁLOGO CON MAITE GONZÁLEZ, VIUDA DE MIGUEL BUÑUEL

DIÁLOGO  CON MAITE GONZÁLEZ, VIUDA DE MIGUEL BUÑUEL

Hace algunas semanas, Castellote recordaba a su hijo más ilustre: Miguel Buñuel Tallada (1924-1980), escritor, dibujante, crítico de cine, periodista, actor, guionista, fotógrafo. Todo un personaje que ha dejado una estela de originalidad, coherencia y curiosidad por la vida. Y de rareza también. Con su libro “El niño, la golondrina y el gato” (1959) ganaba el premio Andersen. El Centro de Estudios de Castellote, bajo la coordinación de Silvia Ferrer,  organizó un ciclo al que acudieron su viuda, María Teresa González, los cuatro hijos del escritor, y amigos y expertos como Juan Villalba (autor de un importante artículo sobre su trayectoria en “Turia”), los cineastas Pedro Costa, Alfredo Castellón y Bernardo Fernández, editores como Manuel Chivite. María Teresa González (Tafalla, 1941) vivió con Miguel Buñuel los últimos 16 años de su vida, y lo recuerda así.   

¿Recuerda cómo y cuándo conoció a Miguel Buñuel?
Fue a principios de diciembre de 1964. Aprobé un examen para el puesto de secretaria de redacción de la editorial Doncel, donde él trabajaba como director técnico. 

¿Director técnico? ¿En qué consistía su trabajo exactamente?
Yo creo que era el responsable de la edición de textos, de la maquetación, de la elección de autores e ilustradores. Doncel publicaba los libros obligatorios que marcaba el Estado, y Miguel también asumía esa parte. También se creaban colecciones juveniles y revistas como “La ballena blanca”, en la que él publicó uno de sus libros. La aparición de esta serie coincidió con el regalo de unas simpáticas ballenitas de fieltro. 

¿Qué pasó  cuándo se conocieron?
Lo conocí nada más llegar. Allí trabajaban Antonio Castro Villacanas, Miguel y José Miguel Biurrun, que era de Pamplona. Y creo que una persona de contabilidad. La ubicación de la editorial estaba en un edificio de Juventudes. Por entonces, Doncel era invitada constantemente a actos y saraos, y como yo era una chica joven, tenía 23 años, 17 menos que Miguel, iba en representación de la editorial aquí y allá. En realidad, me exhibían un poco. 

¿Cuándo le tiró los tejos Miguel?
No me di cuenta, en realidad. Salimos a cenar a tal o cual sitio. Y así, casi sin darme cuenta, sucedió. Fue todo muy rápido. Nos enamoramos. 

Miguel Buñuel, que ya había publicado novelas y libros infantiles y era crítico de la revista “Índice”, estaba casado con la poeta María Elvira Lacaci, ¿no?
Sí, lo estaba, y compartían el piso, pero no hacían vida conyugal. Ella recibía tratamiento psiquiátrico, era una mujer muy especial.  Inicialmente, Miguel me decía que no podía dejarla. Y era cierto. La  llamaba todas las mañana, la cuidaba... 

Cuenta el escritor y realizador Alfredo Castellón que ese matrimonio fue anulado por el Tribunal de la Rota, y que él actuó como testigo. ¿Cuándo empezaron a vivir juntos ustedes?
En el verano de 1965. Habían pasado poco más de seis meses. Aquello no fue fácil: yo era hija única, mi padre había sido militar, y mi madre había sido casi monja. Imagínese qué panorama. Como Miguel Buñuel era crítico de cine de “Índice” y de otras publicaciones, fuimos juntos al Festival de San Sebastián. Yo dije en casa que tenía un viaje en representación de Doncel. Unos meses después, nos fuimos a casa de mis tíos de Tafalla. No dijimos que éramos novios, preferimos que lo viesen como una política de hechos consumados. Para entonces ya habíamos alquilado un apartamento en Madrid. 

Qué romántico.
Después de aquel viaje ya no volví a casa. 

¿Descríbanos el escándalo?
No lo recuerdo. Juraría que no lo hubo. Para mis tíos, Miguel era mi novio. Y para los amigos también. Finalmente, nos trasladamos a Biarritz y esa fue la excusa para decir que nos habíamos casado allí por lo civil. Miguel ya había empezado los trámites de separación. Él ya tenía entonces una auténtica obsesión por ser padre. 

¿Por qué?
No lo sé muy bien. Pero lo tenía muy claro. Él no sabía conducir, y cada vez que lo llevaba por la ciudad en coche o iba en un taxi, les hacía gestos a los niños y los niños le hacían cosas a él. Tenía un gran sentido del humor. Se llevaba estupendamente con los hijos de sus amigos. Miguel era tierno, cariñoso, simpático y, ya le digo, poseía un gran sentido del humor. De niño, con dos años o así, sufrió una insolación que estuvo a punto de costarle la vida. Y se quedó un poco sordo de un oído. 

¿Cuándo se dio usted cuenta de que Miguel Buñuel era un intelectual, un escritor?
Pronto me enteré de que era un escritor más o menos conocido, que había publicado libros juveniles y novelas, que había sido premiado varias veces y que tenía el sueño del cine. Miguel tenía muchos contactos: era muy amigo de Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga. También era amigo de autores como Sánchez Silva o Tomás Salvador. Él, que había estudiado Perito Agrícola, había empezado a trabajar en el Instituto del Hierro y del Acero. Por aquellos días, para trabajar se necesitaba una cierta afinidad con el régimen de Franco y a él debió conseguirle ese empleo don Agustín Planas, el mecenas de Castellote. Yo creo que es por eso por lo que metió en el Frente de Juventudes. 

Miguel Buñuel le dedicó un libro a sus años zaragozanos: “Manuel y los hombres” (Doncel, 1961).
Es cierto. El vivió en Zaragoza antes de la Guerra Civil. Pasó la contienda en su pueblo, y en la posguerra inicial estuvo de nuevo en la capital. Su padre tenía tierras en Castellote y una fábrica de turrones, dulces y peladillas escarchadas, Azucarería Buñuel. Antes de su traslado definitivo a Madrid, Miguel trabajó en un taller de escultor. Y ya en Madrid realizó sus estudios de peritaje, estudió en la Escuela Oficial de Periodismo, intentó entrar en la Escuela Oficial de Cine y derivó hacia diversos ámbitos: el periodismo, la literatura, la edición. En la Escuela de Cine, en el curso 1956-1957, lo suspendieron (“increíblemente”, según él) en la asignatura de Dirección. Miguel respondía a todo, era muy terco e incluso era capaz de convencer a sus censores. Eso lo hizo, página a página, con alguno de ellos en libros como “Un  mundo para todos” (1962) y “Un lugar para vivir” (1962). 

Por cierto, la huella de Castellote en su obra es muy importante.
A mí siempre me ha llamado la atención “El aquelarrito” (Doncel, 1965), que contiene en pocas páginas los recuerdos de su pueblo. ¿Sabe usted que vino a su pueblo y que regaló a todos los niños del colegio un ejemplar? El actual alcalde Ramón Millán recuerda esa visita, y dice que “Miguel daba un poco de miedo”. Castellote era como su obsesión. Hablaba mucho de los niños, de su infancia, de los juegos, de la oliva y del aceite. “Desde esta ventana, he visto cómo se casaba Enrique Líster”, decía. Y también hablaba de las de guerras de bolas de nieve que llevaban excrementos dentro. 

El cine parecía ser su sueño. Su literatura, de inspiración cervantina,  como sucede en “Rocinante en La Mancha” y en la novela extensa “Un mundo para todos”, está llena de imágenes, de diálogos...
Hacía crítica de cine, iba al cine todas las semanas, escribía guiones. El cine fue su obsesión. Tras ser suspendido en Dirección a mediados de los años 50, intentó ingresar de nuevo en 1967, tengo la carta de Carlos Fernández Cuenca donde le prohíbe en aplicación del artículo 28 “la entrada en el recinto”, cuando ya había nacido nuestro primer hijo. Luego lo dejaron entrar. Y en 1972 se matriculó por tercera  vez, ya en guión. Realizó  algunas piezas, como la que se ha exhibido en Castellote. La víspera cambió el guión entero y realizó un corto muy buñuelesco con nuestros hijos Miguel y Maite. Les llenó la cama de cangrejos... 

Esa pieza demuestra que estaba más cerca de Luis Buñuel de lo que podía pensarse. ¿Cómo definiría usted su carácter?
Era una persona especial, caprichosa. Hacía cosas que solo a él se le podían antojar. No era una persona vulgar. Y tenía sus rarezas. Le apasionaba la fotografía. 

¿Llegó a exponer?
No, pero era incansable. Más que incansable, resultaba cansino. No paraba de tomar fotos. Ha dejado cientos, miles. No revelaba él, pero le preparaban los carretes. Al principio tenía una cámara Kodak, y luego una Canon. Estaba todo el día haciendo fotos. Era una obsesión. Se gastaba en periódicos y revistas lo que no está escrito. En el viaje diario al quiosco se dejaba medio sueldo. La vida no siempre fue fácil para nosotros. Pudimos casarnos en 1972, y para entonces ya teníamos cuatro hijos. ¿

Por qué no fueron bien las cosas?
Lo echaron de Doncel. No recuerdo con exactitud el motivo. Reconocieron que había sido un despido improcedente. En política cambió mucho. En los tiempos de la  Escuela de Cine, traía a casa a los jóvenes alumnos, futuros directores y productores, como Pedro Costa. También trabajó en la ya desaparecida Radio Juventud, fue asesor de programas infantiles y juveniles de TVE, e intervino como actor en películas series como la malograda de “Rinconete y Cortadillo”. Era un actor muy característico con sus melenas, sus pobladas cejas... Publicó en “El País”, era amigo de Juan Luis Cebrián y Rafael Conte... 

A su marido, sus compañeros lo presentaban todos como “un rebelde, como un hidalgo solitario por los pasillos de la vida”.
Creo que lo fue. Evolucionó mucho. Fue la primera persona que sacó en las fiestas de Castellote una bandera republicana, con el siguiente escándalo. En los últimos años, aquí halló la felicidad. Empezó a grabar a todo el mundo con un magnetófono: quería saber los recuerdos de la II República y de la Guerra Civil. Se enrollaba con todo el mundo. Y no solo eso: tomaba fotos. Sin parar. Sin pedir permiso en ocasiones. A veces, si se lo reprochaban,  decía: “No se preocupen. No llevo carrete”. Y era verdad. 

¿Cómo murió?
Fue un poco espantoso. Padeció un cáncer de colon. Pero antes sufrió un atropello, mientras estábamos de vacaciones en Benicasim. Cruzó para comprarles patatas fritas a sus hijos y lo arrolló una moto. Y al final, cuando vieron que no le podían operar el cáncer, le falló el corazón... Yo creo que destacaba por su humanidad: llegaba a todo el mundo. En aquellos tiempos convulsos de finales de los 60, yo estaba embarazada de nuestro hijo Miguel, pues llegó a celebrarse una de aquellas reuniones de amigos y de política y de cine en mi habitación en la Clínica de la Concepción. Esta anécdota define perfectamente a mi marido.  

DIÁLOGO CON RICARDO JOVEN, Y DESPEDIDA

DIÁLOGO CON RICARDO JOVEN, Y DESPEDIDA

Ricardo Joven (Zaragoza, 1953) pasa por un período espléndido. Se acerca “a una etapa de madurez, en la que he decidido ser actor”, confiesa. El pasado domingo se despedía del Teatro Principal, donde encarnaba a Max Estrella en la obra “Luces de bohemia”, que ha montado el Teatro del Temple bajo la dirección de Carlos Martín. El éxito fue arrollador: de la propuesta, de la excepcional música de Miguel Ángel Remiro,  de la interpretación: Rosa Lasierra, Francisco Fraguas, Jorge Usón, José Luis Esteban, Gabriel Latorre... Y ahí, Ricardo Joven brilla y vuelve a componer un gran personaje, como ya había hecho en  “Picasso adora la Maar” o con “Yo, mono libre”, un proyecto personal en el que encarnó al vulnerable Franz Kafka. 

Usted no era solo actor.
A principios de los 70, empecé a colaborar con distintas compañías: con el Teatro Estable de Mariano Cariñena, con Tántalo Teatro de Danilo Nieto, con La Taguara de Pilar Delgado. Y anduve, de montaje en montaje, seis o siete años, sin visos de hacerme profesional. 

¿Y el cómic?
Empecé muy joven con él. Hacia 1970. Llegué a publicar una tira en “Nuevo fotogramas” y allí conocí a Víctor M. Lahuerta, que hacía otra. Y no tardamos en crear con otros dibujantes el colectivo Zeta. Llegamos a ser procesados por escarnio a la religión católica por un número de la revista en la que hicimos un montaje sobre la última cena, con un titular que decía “ésta no es la última zeta”. Intentaron meternos en la cárcel, sufrimos privación de derechos civiles, aunque al final no ocurrió nada. Ya estábamos en plena democracia. Pese a todo, alguno ya se había marchado a Francia.  

¿Quiénes estaban con ustedes?
Antonio Altarriba, Luis Royo, Samuel Aznar, Manuel Estradera. Luego integraríamos el grupo Bustrófedon y realizaríamos distintas muestras de cámic. Organizamos las Jornadas Culturales del Cómic, y en una de ellas abordamos “El cómic americano no USA”.   

Además, usted dibujaba mucho, ¿no?
Sí. Escribía sobre cómic, colaboraba en distintas publicaciones, pero tenía un grave problema. Siempre he sido muy exigente conmigo mismo. Se producía una paradoja: no tenía capacidad ni habilidad para hacer lo que soñaba. Me sentía profundamente insatisfecho. Veía lo que hacía, y me decía: “Vaya mierda”. Entregaba el trabajo y me decían: “Estupendo. Qué bien ha quedado”. Yo sabía que no era  cierto.  

O sea que acabó por dejarlo.
Prácticamente. El cómic me ha interesado siempre y me interesa. Tengo en casa una extensa colección de cómics. En los años 70, viví un tiempo en Barcelona y tuve la oportunidad de trabajar en “El Papus”. Y un fin de semana que vine a pasar a Zaragoza, el Teatro de la Ribera, de Mariano Anós y Pilar Laveaga, me ofreció la posibilidad de incorporarme a la compañía. 

¿Qué hizo?
No lo dudé demasiado. Estaba en un periodo de incertidumbre. ¿Qué hacía? ¿Me dedicaba al teatro como hasta entonces, de modo amateur, apostaba por el cómic en serio o me inclinaba por ser un actor profesional? Decidí esto último: iba a ser un actor profesional con sueldo fijo, algo que no había tenido nunca antes, iba a pertenecer a una compañía que era un modelo de gestión y que quería ser una compañía local, residente, con proyección nacional e internacional. Puede decirse que ahí empecé, pero las Jornadas Culturales del Cómic aún vendrían más tarde. Mi trabajo de dibujante era solitario, y el teatro era colectivo. Me apasiona la construcción coral de los espectáculos, donde el actor tiene mucho que aportar, que discutir, que dialogar con el director. 

¿Cómo le fue en La Ribera?
Muy bien. Adquirí desde pronto un cierto protagonismo en el grupo con los hermanos Mariano y Javier Anós y con Pilar, que eran sus cabezas visibles. Hallábamos mucha complicidad en Aragón: percibíamos el apoyo social a la cultura  por parte de la izquierda.  

¿Recuerda sus primeras obras con ellos?
Me encantó hacer “Historias de un jardín”, un espectáculo infantil  basado en piezas de Oscar Wilde, entre otros. Y “Vanina Vanini”, un texto de las “Crónicas italianas” de Stendhal, y “Fe, esperanza y caridad”... Pero luego vinieron otros espectáculos. Permanecí más de una década, y fue una experiencia estupenda. Realizamos giras por México, por Marruecos, por media Europa. Y conseguimos grandes éxitos. 

Recuerdo, entre otras cosas, su papel de novio en “Bodas de sangre” de García Lorca.
Aquel fue un espectáculo estupendo que gustó mucho. En aquella época teníamos que hacer de todo. Fueron años espléndidos e inolvidables, pero también extenuantes. Actuábamos, montábamos y desmontábamos. Creo que, hacia 2000, cuando estrenamos el “Picasso, Lorca, Dalí” con el Teatro El Temple, me dije: “Ahora solo quiero ser actor. He decidido ser actor”. 

¿Lo ha logrado?
Antes si me preguntaban a qué me dedicaba, decía “hago teatro”, porque estabas implicado en el montaje, en la escenografía, y además luego salías a actuar. Pero con el paso del tiempo, y es una de las pocas certezas que tengo en este mundo de continuas incertidumbres, me di cuenta de que quería desarrollarme en el maravilloso e intenso mundo de la interpretación.   

Intenso, Ricardo, siempre lo ha parecido. Incluso, y no hay desdén en el término, podía parecer un poco histriónico...
Es probable. Como actor tienes unas características, una voz, una forma personal de darle dramatismo a los personajes...  Eso está ahí, y puedes ser más o menos eficaz, tener oficio. Pero ahora siento que he dado un paso más hacia la desnudez, hacia la entrega, hacia la emoción, hacia la sinceridad. Quiero entregarme al público de otro modo para servirle mejor el texto, y meter todas las emociones y matices que destilan las palabras.  

¿Cómo ha llegado a esta  reflexión?
Quizá después de hacer “Yo, mono libre”, el monólogo inspirado en el “Informe para una academia” de Kafka. Era un proyecto personal, un viejo sueño. Ha sido para mí un ejercicio actoral, de autoformación y de aplicación de cosas que había ido descubriendo a lo largo de mi carrera. A la gente le gusta muchísimo esa función. 

¿Por qué?
Quizá porque se llega al alma del ser humano a través de las emociones más cercanas. Vemos a Kafka repudiado y vilipendiado, convertido en un mono de feria. Y también asistimos a la absurda actitud de desprecio del hombre hacia otros seres. Ahí, pese a todo, he ensayado más que con la técnica: me muestro como actor al desnudo. En nuestro oficio, es muy importante la generosidad. 

Por cierto, usted también ha hecho papeles cómicos. ¿Se siente cómodo en ese territorio?
Muy cómodo. Me encanta. Durante mucho tiempo he hecho mucho teatro de repertorio cómico con Tranvía Teatro y luego Teatro de la Estación. Ahora acabo de hacer para La 2 de TVE la serie “Marcapáginas”, un programa dedicado a la divulgación de la lectura que transcurre en el interior de una librería. Yo soy Ernesto, un profesor de semiótica enamorado de la librera Julia, a la que encarna Clara Sanchís. Es una mujer de 40 años, separada, que recoge a su sobrino Alex, que no ha leído un libro en su vida. Hablamos constantemente de libros. El espacio está dirigido por Manuel Armand, con quien hice un “Estudio 1” de “El jardín de los cerezos” de Antón Chejov.  

Hablábamos de  su vena humorística...
Es  cierto. En “Marcapáginas”, que se estrenará en octubre, hago un papel cómico en el que hablamos de libros, lo mismo de pensadores  como Heidegger, Derrida o Foucault que de Vargas  Llosa. Dice un personaje: “Ahí está la tía Julia, Varguitas”, en alusión a “La tía Julia y el escribidor”. Al fondo de cada una de nuestras interpretaciones está la vida. Un actor tiene que haber vivido. Sé que hay actores intuitivos, con un sexto sentido, pero ése no es mi caso. Yo creo en el trabajo, en la entrega, en la preparación de los textos, en el hecho mismo de su interpretación. Creo que el personaje de Kafka es el que me contiene como actor. Deseo llevarlo a Buenos Aires.  

¿Y Max Estrella?
“Luces de bohemia”, de Ramón María del Valle-Inclán, refleja muy bien ese desarraigo que se tiene en España hacia la cultura y la creación. Se ha cortado el lazo entre la sociedad y los creadores. Existe un velo de desprecio de los políticos hacia los artistas. Y refleja la inadaptación y el hambre, algo que se ajusta del todo a la realidad que vivimos ahora. Ahí está este hombre rebelde que es Max Estrella. Esta pieza supone también una meditación sobre el presente con un personaje como él. Yo creo que vivimos una época espléndida, pero qué lástima que no sea mejor aprovechada. Las artes escénicas son un magnífico vehículo para hacer feliz a la gente.  

¿Era Valle-Inclán un “cráneo privilegiado”?
Sin duda. Poseía sus propias ideas, no se dejaba arrastrar, y éste es uno de sus textos más difíciles. Se pensaba que era un texto cinematográfico e irrepresentable. Nada más lejos. Se ha respetado el texto al máximo. Sus personajes siguen vivos: viven aquí, en Zaragoza, en Madrid, en cualquier parte. Y ese desgarro sigue existiendo. 

Por cierto, ¿tiene  usted actores favoritos?
No exactamente. En realidad, podría definirme como alguien que capta detalles específicos, matices, ráfagas de inspiración en la interpretación de los demás. Uno de esos actores podría ser Vittorio Gassman; José Pedro Carrión, con quien hice en televisión “El jardín de los  cerezos”; Flotats en algún instante... 

¿Cómo es el público aragonés?

De entrada, es escaso. Antes el teatro era un espectáculo, ahora es otra cosa. Es algo más minoritario, pero la minoría que lo sigue aporta opinión, tendencias y líneas. En Aragón existirán tres o cuatro mil personajes que van al teatro tres o cuatro veces al año, y a mí eso, en una ciudad como la nuestra, me parece un fracaso social. Tenemos que ayudar a elevar la consideración hacia el teatro y propiciar el acercamiento entre el teatro y el público. ¿Se ha dado cuenta de que si alguien va al cine y ve una mala película no dice “no volveré  más”? Si va al teatro, y no le gusta, se lleva un disgusto enorme. Yo creo que las artes escénicas con como un remanso o un oasis donde vas a encontrarte con tu propia humanidad, y ese valor debe apoyarse. 

CODA

*Esta entrevista se publicó el pasado domingo en mi sección "Clásicos y modernos", que aparecía en el suplemento de Heraldo Domingo, que coordinan Sergio del Molino y Santiago Paniagua. La serie llegó a su fin, se prolongó durante un año, y fue para mí una experiencia maravillosa, una de las mejores que he tenido en el periodismo en el último año. He intentado ensayar la entrevista del periodista casi invisible. Les agradezco a ambos su confianza. Y le deseo con total sinceridad a Julio José Ordovás, que inicia una sección nueva, mucho éxito. Julio José es un buen amigo y un excelente periodista y escritor. Atraviesa un dulce momento, acaba de publicar un estupendo libro de artículos, "Papel usado" (Eclipsados) y es un colaborador constante de ABCD Cultural, de "El País" y uno de los columnistas más constantes y apasionados de "Heraldo". Estoy seguro de que hará un espléndido trabajo.    

Cuelgo aquí la entrevista a modo de gratitud para los casi 50 entrevistados de los últimos tiempos: Eduardo Ducay, Agustín Díaz Yanes, Almudena Grandes, Miguel Ángel Tapia, Elisa Arguilé, Isaac Galán, María Pilar Sancet, Javier Blasco,  Fernando Martínez de Baños, Dolores Durán, Ciro Altabás, José Garrido Palacio, Miguel Torrubia, Marta Navarro, Víctor Juan Borroy, Carlos Garcés, José María Escriche, Fernando Ferreró, Cristina Remacha, Fernando Lalana, José Luis Corral, Ángel Aznar, María Pilar Burges, José Luis López Zubero, Javier Barreiro, Bobby Chueca, Juan Tudela, Pepa Santolaria, Maite Sorolla, Maite González (viuda de Miguel Buñuel), Rubén Lorenzo, Miguel Ángel y Javier Clemente, Juan Luis Buñuel, Javier Espada, Carmen Bayo (hija de Bayo Marín), Félix Palacios, etc...     

La foto del diario "20 minutos" es de Ricardo Joven y José Luis Esteban.

ALOMA. RETRATO DE PATRICIO JULVE

ALOMA. RETRATO DE PATRICIO JULVE

 Me  hace mucha ilusión que la fotografía de Aloma la haya tomado el fantasmal fotógrafo Patricio Julve, que anda por alguno de mis libros. Me dice Aloma que le dedicó casi un par de horas y que le tomó muchas fotos con una Nikon D-80. Aloma ha elegido ésta. En un determinado momento, Patricio Julve le dijo: “Por fin, como la Garbo: Aloma ríe”.

PARÍS TRES, DE ALOMA RODRÍGUEZ

PARÍS TRES, DE ALOMA RODRÍGUEZ

Aloma  Rodríguez, hermana de Daniel Gascón y Diego y Jorge y Sara, acaba de publicar su primer libro: París tres (Xordica), una novela-diario que narra su estancia en París durante un año de Erasmus. Aloma nos sorprendió a todos, a mí el primero: no recuerdo que en la niñez ni en la adolescencia se mostrase especialmente interesada por la  literatura. Inició un blog, y así nació su primer libro. Ahora ya ha escrito algún guión de corto y varios relatos, y mantiene vivo otro blog. Hace unos días, hablaba de la experiencia de publicar su primer libro. A mí me encanta que lo haya hecho en Xordica, que es una editorial que admiro. En un plano estrictamente personal, puedo decir que ahí publiqué un libro cuando arrancaba la editorial (con  el paso de los años sospecho que “Veneno en la boca” es uno de mis libros más queridos; durante años he trabajado en una segunda parte, pero ya he aparcado ese proyecto), y en ella han publicado y publican algunas de las personas a quien más  quiero. Copio aquí el texto de Aloma:  

El otro día un amigo me preguntaba si estaba contenta con el libro y me reprochaba que no lo gritara a los cuatro vientos porque teme que no lo disfrute. Por eso, he decidido hacerle caso -otra vez- y empezar a disfrutarlo sin importarme que se me note.

Publicar un primer libro es una experiencia única y la emoción y los nervios y la alegría son indescriptibles. Pero si además el libro sale en una editorial buena, que tiene gusto y que hace las cosas bien, todavía es mejor. Si además el libro sale a la vez que uno de Pisón, da un poco de pudor y emoción. Además, en esa editorial han publicado muchos de los escritores que más me gustan -Ismael Grasa, Cristina Grande, Daniel Gascón, Rodolfo Notivol o David Trueba- y van a seguir publicando libros estupendos como Ropa tendida de Eva Puyó. Todo es alegría y emoción. 

Solapa de París tres de Aloma Rodríguez.
[La protagonista de esta novela estudia literatura, quiere ser actriz y se matricula en la Universidad París 3 gracias a una beca Erasmus. Alquila un piso con su novio en el distrito 18, en una calle llena de comercios africanos, y ve Montmartre desde la ventana del apartamento. París tres cuenta cómo aprende a estar lejos de casa, a vivir en pareja y a disfrutar de las aventuras disparatadas que ofrece la vida cotidiana. En París tres hay amor e infidelidades imaginarias, grandes expectativas y decepciones, teléfonos móviles y cámaras de fotos, bicicletas y un coche que se estropea en mitad de una autopista, teatro experimental, fiestas de cumpleaños y una chica que madruga para fotografiar a Milan Kundera en Notre Dame.

La primera novela de Aloma Rodríguez es un libro fresco y emocionante, lleno de un humor descarado, que transmite una extraña ternura y retrata la alegría que produce descubrir el mundo.] 

*La portada es de Clara Carnicer. O Clarín, como la llamaba su novio el cantante Biggot.

CANO EN LA LONJA: HOY INAUGURACIÓN*

 

 

La exposición de José Luis Cano “Diálogo de sordos”, en La Lonja durante las Fiestas del Pilar.

La muestra recoge 75 cuadros y 18 serigrafías realizadas por el pintor e ilustrador zaragozano a lo largo de los últimos 20 años.

La Lonja acogerá durante las Fiestas del Pilar la exposición de José Luis Cano “Diálogo de sordos”. La muestra, que exhibe los trabajos realizados por el pintor e ilustrador zaragozano durante los últimos 20 años, se inaugura mañana, sábado 6 de octubre, y permanecerá abierta al público hasta el 25 de noviembre.

José Luis Cano es una de las figuras más destacadas del mundo cultural zaragozano por sus numerosas y diversas actividades. Es pintor, ilustrador, diseñador gráfico y escribe libros que también ilustra él mismo. José Luis Cano, además, perteneció al grupo Azuda 40, uno de los grupos artísticos más destacados de la segunda mitad del siglo XX en Aragón.

La Lonja, generalmente, acoge exposiciones antológicas. Sin embargo, “Cano. Diálogos de sordos” es una muestra de la pintura de Cano de los 20 últimos años. La exposición comienza con un cuadro fechado en 1986 y el grueso de los 75 lienzos que se pueden contemplar son muy recientes, de los últimos 4 ó 5 años.

Esta muestra presenta la línea de trabajo elegida por José Luis Cano en los últimos tiempos, en la que están muy presentes la naturaleza y la literatura. Muchos de los cuadros que se exhiben incorporan textos (frases de autores muy conocidos, toques de ironía o dobles sentidos, muy característicos de la forma de ser del autor), como forma que escoge el autor para completar el sentido del cuadro.

Colección de serigrafías

Con motivo de la exposición se ha editado una colección de 18 serigrafías, que se encuentra a la venta para el público en la propia Lonja al precio de 600 euros. Los originales, que llevan por título Ranillas, se exponen en “Cano. Diálogo de sordos”. Este trabajo es una reflexión sobre el medio natural y la historia del arte, sobre la transformación que sufre en estos momentos la ciudad.

Visitas guiadas

Existen visitas guiadas para la exposición “Cano. Diálogo de sordos”. Del 16 de octubre al 23 de noviembre, de martes a viernes, a las 10.00 y 11.00 horas, se han establecido para los grupos escolares. En las mismas fechas, pero a las 18.00 horas, se realizarán para grupos de adultos, asociaciones y colectivos. Por último, los sábados y domingos, a las 12.00 horas, también se llevarán a cabo visitas guiadas, en este caso para el público en general. Los interesados en asistir pueden hacer sus reservas en el teléfono de La Lonja: 976 39 72 39.

*Esta es la nota de prensa que remite Belén Teruel Perdiguer desde el área de Cultura del Ayuntamiento. Creo que el comisario de la muestra es Enrique Larroy, que también ha realizado una propuesta personal para el CDAN.

Así vio Cano al gran embajador de la amistad y de los teléfonos, Javier Torres.

COCO CHANEL, JACO PASTORIUS, PISÓN: HOY EN BORRADORES

COCO CHANEL, JACO PASTORIUS, PISÓN: HOY EN BORRADORES

Entrevistas: Ignacio Martínez de Pisón, Cristina Sánchez-Andrade, Ángel Orensanz y Javier Gracia Gimeno. 

Reportajes: Julio Jonás Revilla y Roberto Senar Poy, becas Ramón Acín y Antonio Saura, en las  salas de la Diputación de Huesca. 

Actuación en directo: The Little Monkayo: Chus Fernández, Marcos Sánchez, Alonso Martínez y Toñi Redondo (vocalista). 

Chus Fernández, Alonso Martínez, Marcos Sánchez y Toñi Redondo, integrantes de The Little Monkayo de jazz, tocan dos temas en Borradores esta noche. Chus Fernández y José Ramón Mañeru, por su parte, recuerdan la figura del bajista Jaco Pastorius y avanzan el programa de jazz de los Porches del Audiorama  y el Festival de Jazz de Teruel.  

Además, visitan el plató de Borradores la escritora Cristina Sánchez-Andrade, que acaba de publicar la biografía novelada “Coco” (RBA), sobre la gran creadora de moda Coco Chanel, y el profesor y escritor Javier Gracia Gimeno, que presenta la novela “La niebla del olvido” (Mira editores). Se ofrecen una entrevista reportaje con Ignacio Martínez de Pisón, que acaba de publicar “Las palabras justas” (Xordica), un colección de textos vinculados a la Guerra Civil y a algunas inolvidables historias humanas, y otra con el incansable escultor Ángel Orensanz, que acaba de inaugurar una exposición en Coimbra. El artista habla de su trabajo, de su intención de “ser, ante todo, Orensanz”, y declara que acaba de comprarse un castillo en Francia y que le quieren comprar su sinagoga de Nueva York. 

El programa también se desplaza a las salas de la Diputación de Huesca para presentar la obra de Roberto Senar, beca Antonio Saura, y Julio Jonás Revilla, beca Ramón Acín. El primero reflexiona sobre la modernidad a través de la figura  de Charles Baudelaire, y el segundo trabaja en fotografía algunos paisajes literarios vinculados con Huesca. El programa se cierra con una visita a la Biblioteca Pública de Alfindén, de la mano de su bibliotecaria Beatriz Callén y de algunos de sus lectores. Dos de ellos, además, como si estuvieran en un teatro improvisado, dialogan sobre libros y recomiendan algunas de sus últimas lecturas. 

El programa sorteará tres libros sobre Jaco Pastorius, de Bill Milkowski, y otros tres de “Coco” de Cristina Sánchez-Andrade entre tres de sus espectadores. La pregunta gira en torno a la diseñadora francesa, nacida en 1883 y fallecida en el hotel Ritz en 1971. El correo de contacto del programa es borradores@aragontelevision.es

Borradores. Aragón Televisión.00.15. Productor ejecutivo: Gaizka Urresti. Redacción: Ana Catalá Roca. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Realización: Teresa Lázaro. [La foto de Coco Chanel es  de Cecil Beaton].  

ANDRÉS HEUMAN, UNA FOTO DE AMOR

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