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Antón Castro

FOSTER, OVEJERO, GRAU, IBERARTE, RABAL: HOY EN BORRADORES

FOSTER, OVEJERO, GRAU, IBERARTE, RABAL: HOY EN BORRADORES

El grupo de pop rock El muro de Berlín actúa esta noche, a las  0.15, en el programa cultural Borradores. Tocará dos temas: “Miss diferente” y “Toca despertar”; dos de sus integrantes, José Antonio Ibáñez y Jorge Beltrán, hablan de la grabación de su primer disco, que saldrá a la  calle en diciembre. El grupo está formado por otros músicos: Fabio Gasalla, Paco Muñoz y Rafael Tapia.

Borradores recibe en el plató al fotógrafo Julio Foster, autor del libro “Aragón, rojo, verde y azul” (DGA), la síntesis fotográfica de 25 años de  trabajo alrededor de Aragón, y al escritor José Ovejero, que acaba de publicar la novela “Nunca pasa nada” (Alfaguara), centrada en la inmigración y los secretos de una familia. Será este escritor el protagonista de la pregunta del programa, que sortea entre sus espectadores tres libros del autor madrileño, galardonado con el Premio Primavera en 2005, afincado en Bruselas.
 

 Además, se emiten distintas piezas: un amplio reportaje sobre la pasada Feria de Arte Contemporáneo, que rindió homenaje a Manuel Viola; una visita a la muestra de acuarelas de Gregorio Reales y a la exposición de Xavier Grau en la sala Miguel Marcos. Borradores visita la Biblioteca de Zuera y conversa con su responsable Chus Juste y con algunos lectores. El programa se cierra con un poema de Antonio Machado recitado por la inconfundible voz de Paco Rabal, al cual Javier Espada le ha preparado una exposición, “El actor y el hombre”, para el Festival de Cine de San Sebastián, que luego vendrá al Centro Buñuel de Calanda.

*De izquierda a derecha: José Ayllón, Antonio Saura, Manuel Rivera, Martín Chirino, Manuel Millares, Rafael Canogar, Manuel Viola y Luis Feito.

JOSÉ AGOSTINHO BAPTISTA: UN POEMA EN PROSA

JOSÉ AGOSTINHO BAPTISTA: UN POEMA EN PROSA

PRAIA DO FAIAL.  MADEIRA 

Era yo un niño, apenas un niño que andaba por allí, al lado de un árbol, del muelle, bajo las uvas que maduraban como la vida. Era hace mucho, en la medida verde del tiempo, en el silencioso misterio de las piedras. Era un niño parado, que miraba hacia el cielo, hacia las águilas que se despeñaban en su inmovilidad sin palabras. Era el norte. Y en ese norte era el mar. Pasaba un barco a veces por los ojos del niño que miraba hacia el cielo y hacia el mar. Pero su cuerpo no tocaba el gran cuerpo azul del miedo y de la alegría. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Era así, cuando éramos niños con el mar dentro.  

Fue un hombre más tarde. Partió, deambuló por las grandes ciudades, vio las plazas, los desiertos del alma, las catedrales. Perseguía siempre el sueño de un muelle. Perseguía el sol y una luna llena de lobos y asombros, a la izquierda de la finca, cuando se bajaba hacia la ribera, bajo las escarpias de basalto y sombras, las olas que se deshacían con estruendo en su desentendida infancia. ¿Cuándo tocaría aquel mar antiguo que nunca había podido tocar? Lo escuchaba por las noches, tantos años después, en cada cuarto de una ciudad triste. Encendía una vela, cuidaba de una flor, abría un libro, adormecía en las soledades sin agua, sin la primera luz. Y el gran cuerpo azul seguía llamándolo, como una canción o un dolor, esa voz que viene de abajo, del fondo, de la tremenda ocultación de Dios. 

He de volver, he de volver, repetía, insomnio tras insomnio, mientras buscaba desesperadamente a un niño perdido en los confines de la tierra. Lloraba a veces, sobre una almohada tejida de bordados extraños y fríos. Despertaba en una cama sin fulgor. Iba hacia la ventana, buscaba un rostro, un agitar de alas en el fin de mayo, un barco que anclase en el puerto de los sueños vencidos. Ansiaba el yodo, quería un alga, una raíz incólume en el centro de las mareas. Escribía. Y entonces,  mucho después, en una tarde de junio, casi al anochecer, dejando de lado las casas que crecían como una locura irremediable, entre las lágrimas, el asfalto, las altas lámparas de la oscuridad del hombre, entró en las aguas de su larga saudade. Esta es mi agua, pensó, estremeciéndose. Esta es la morada de los niños perdidos.

Y nunca más partió.

*La foto no es de Faial, pero sí es de Arno Rafael Minkinen. La traducción del texto es mía.

ISAAC GALÁN, BARÍTONO LÍRICO: UN DIÁLOGO

ISAAC GALÁN, BARÍTONO LÍRICO: UN DIÁLOGO

Isaac Galán (Zaragoza, 1981) es un barítono lírico que se ha incorporado al Teatro de la Ópera de Linz, donde desarrolla un repertorio basado en Donizettti, Rossini y Mozart, especialmente. Ha sido alumno durante un año de Teresa Berganza, que encarna para “el espíritu de la música en estado puro. Representa la clase, la elegancia, la pureza y la exactitud”. Ha permanecido tres temporadas en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, en Pozuelo de Alarcón, pasó un año en la Opera Studio de Zurich y en julio de 2008 cantará “Carmina Burana” de Carl Off en la Exposición Internacional. 

¿Cómo empezó en la ópera?
Un poco por casualidad. En mi casa no hay antecedentes musicales,  bueno mi padre cantaba con gusto a Paco Ibáñez. A los 16 años me incorporé al Coro Amici que dirige Andrés Ibiricu y eso fue decisivo. Fue él quien me animó mucho, siempre tuvo buenas y bellas palabras para mí, y me sugirió que me matriculase en el Conservatorio de Grado Medio. 

¿Lo hizo?
Por supuesto. Lo admiro mucho. Ha conseguido casi un milagro: ha hecho de un coro semiprofesional un elenco profesional, de un nivel muy alto. En el Conservatorio tuve como profesora a la también cantante Beatriz Gimeno. Posee una gran voz y a mí me enseñó las bases del canto muy bien. Eso es fundamental. Tenemos una gran amistad, y por ello aún ahora, de vez en cuando, me pasa la ITV: me pregunta, me aconseja, me corrige. Pero también tuve otro gran profesor: Liberto Sánchez. 

¿Por qué fue tan bueno?
Él es repertorista. Uno de los mejores que he conocido a lo largo de mi vida. Se encargaba de marcar el estilo de las piezas en cuanto a fraseo, me explicaba cómo se empieza y se acaba una obra, me enseñó a darle intención a  las frases.  Ahora han prescindido de él, y me parece vergonzoso que no exista esa plaza. 

Por cierto, entró usted en el Conservatorio a los 18 años. ¿No era un poco tarde ya?
No, no. Al contrario. Los 18 años es una edad temprana para un cantante, para un barítono. No ocurre así con otros instrumentos como el violín, el piano o la flauta. En el canto no es bueno empezar demasiado pronto porque puedes dañar el aparato vocal. Mi plan de estudios era el habitual: debía cursar seis años de Grado Medio y otro en el Conservatorio Superior, pero gracias al profesor asistente de Teresa Berganza tuve la suerte de que ella me oyese. Canté una pieza para “Cosi fan tutte” de Mozart. Tras escucharme, me dijo: “¿Qué haces en la vida? Si quieres venir aquí, a la Escuela Superior de Música Reina Sofía...” 

¿No lo  dudaría?
Desde luego que no. Permanecí allí tres años, en la sede de Pozuelo de Alarcón. Y aprendí muchísimo. De todo: de repertorio, de técnica vocal, de armonía, de historia de la música, de idiomas. Saber fonética es fundamental, casi tanto como otras disciplinas más técnicas de la música. Debes conseguir una buena dicción. Yo ahora canto en francés, inglés, italiano, alemán y español. Yen latín. 

Hablemos de Teresa Berganza. 
Durante un año completo tenía una o dos horas de clase con ella a la semana. Ella es la música. La música en estado puro. Es una grande entre las grandes. Es una diva desde que se levanta hasta que se acuesta. Una artista. Fue muy amable conmigo, de una insólita dulzura. A mí me ayudó a controlarlo todo, hasta el gesto. Sé que sigue mi carrera. 

¿Cómo fueron esos tres años en la Escuela Superior de Música Reina Sofía?
Muy bien. La música se alimenta de la vida, de la convivencia. Y la Escuela está compuesta por un complejo de chalés. El aula de canto está en el sótano del mismo lugar en que vives. Tenía compañeros de todo el mundo y se respiraba un ambiente especial. Cuentas con profesores excepcionales: pienso en Kennedy Moretti (de educación auditiva), en el compositor Jesús Legido (armonía), en todos... Lo pasábamos muy bien: había estudio, mucho estudio, algunos conciertos (firmamos un contrato de exclusividad), pero también íbamos de fiestas, al cine a centros comerciales. 

¿Cómo resumiría ese tiempo de aprendizaje?
Fue como una revelación constante. Aprendes a convivir con mucha gente de Rusia, de Estados Unidos, y eres un poco  un embajador de tu país ante ellos. ¡Significaron tanto para mí esos tres años! A medida que pasa el tiempo, se me hacen más presentes las enseñanzas y los consejos que recibí  de Tom Krause, por ejemplo, un bajo barítono. 

Sigamos. ¿Qué pasó luego?
Al terminar de estudiar allí, ingresé en la Opera Studio de Zurich. Hacía audiciones, y me presenté a una plaza. Estuve un año, pero no puede decirse que me fuera demasiado bien a nivel personal. Sí en un plano profesional: conocí agentes, vi otras salidas profesionales. Antes de trasladarme a Suiza, tuve un año de relativo parón, entre los 23 y 24 años. Participé en concursos, realicé conciertos. 

Hablemos de su voz.
Tengo voz de barítono, que es una voz intermedia. Ni es de las más graves ni de las más bajas. Es la voz más natural del hombre. El repertorio idóneo para ella se forjó en la Escuela Reina Sofía con Teresa Berganza. Ella me recomendó que cantase a Mozart, que es muy difícil de cantar y muy sano para la voz... 

¿Ha dicho muy sano?
Sí, Mozart es muy sano para la voz, porque el suyo no es un canto agresivo ni dramático. Es muy sano si se canta bien. Mi voz también se adapta bien al Rossini más bufo y cómico, de hecho ahora estoy haciendo “El barbero de Sevilla”, y al Donizetti más bufo. Soy barítono lírico, barítono brillante. 

Hace algo más de un año, se incorporó al Teatro de la Ópera de Linz.
Sí, ahora estoy ahí fijo, como solista del Ensemble. Es una compañía que me permite crecer y mejorar. Tiene una calidad alta, y he sido muy bien acogido. He estrenado papeles grandes y pequeños. Soy ambicioso, sin duda, pero hay que tener los pies en la tierra. Me trazo metas, sueño, pero muchas veces pienso que con vivir de este oficio es suficiente. Vivir bien de este trabajo no es nada fácil. Por supuesto que anhelo cantar en el Teatro de la Ópera de Viena. 

¿Quiénes son  sus referentes, al margen de Teresa Berganza de la cual es usted mitómano y enamorado?
Quizá sea esa una buena definición. Me gusta mucho Leo Nucci, un barítono italiano de unos 65 años, que posee un espléndido repertorio dramático y una voz fresquísima. Ha hecho “La  forza del destino” de forma  excepcional. Plácido Domingo me vuelve loco: no se verá en muchos años a un cantante que abarque tanto repertorio y con tanta calidad. Para mí es como un superhéroe de nuestro oficio. Lo conozco personalmente. Estuvo en el jurado de un importante premio en el que pasé a la final, el Francisco Viñas. Era el único español. No pudo asistir al último concierto y se disculpó con cariño y con insistencia. Y me gusta mucho Pasión Vega. 

¿Pasión Vega?
Sí, sí. Para mí es la mejor cantante dentro de la música moderna. Nunca desafina, y es casi un ejemplo para nosotros por su fraseo, por la manera de decir las palabras. Alterna la copla y el flamenco con gran personalidad. Es la única cantante de ahora por la que viajaría para verla. Además, ya lo he hecho: fui desde Madrid a Palencia por escucharla.  

¿Cómo vive en Linz?
Bien. Es una ciudad de 350.000 habitantes, impregnada de música y de cultura. Invierto casi todo mi tiempo en el estudio, los ensayos y el canto. Tenemos que estudiar mucho repertorio y eso se logra a base de codos y de muchas repeticiones. Había hecho mucha música de oratorio, y ahora me inclino más hacia la ópera. Pero soy una persona normal: me gusta salir, hablar con los amigos, pasear, tomar una cerveza. Los placeres de la vida son muy importantes para cantar bien. Pronto  se editará  un CD-DVD con la obra “Orfeo” de Philip Glass, inspirada en el texto y en la película de Jean Cocteau. 

¿Se adapta bien a la estética germana, más contenida, más austera?
La ópera ha cambiado mucho. Debe ser lo más natural posible y huir de los clichés. En Linz, y en Alemania y Austria en general, no les gusta el cantante latino apasionado e histriónico. Puedes hacerlo, pero no se lleva. La puesta en escena se ha modernizado, y ahora se opta más por la naturalidad de un actor de cine o de teatro que la de un cantante de ópera del pasado. Este año ha sido complicado para mí porque, entre otras cosas, carecía de una buena formación teatral. He tenido que trabajar muy duro. 

¿Qué vínculos mantiene con Zaragoza?
Constantes. Aquí tengo mi casa y mi familia. Ésta es mi ciudad: donde he nacido, donde me he criado. Sé que parecerá un tópico, pero soy absolutamente sincero: digo siempre que soy de Zaragoza. Se me llena la boca al decirlo. Me siento orgulloso de mi ciudad, y me encanta pasear por ella. Y además, me siento un privilegiado: he recibido becas de estudios de la Diputación Provincial de Zaragoza, de Ibercaja. Y una figura absolutamente fundamental en mi vida es Miguel Ángel Tapia, director-gerente del Auditorio. Él me permitió cantar en ese espacio, él me ha apoyado constantemente. Y tengo que decir otro tanto de Andrés Ibiricu. ¿Sabes una cosa? 

Usted dirá...
Creo que los alumnos que vienen ahora no serán tan afortunados como lo he sido yo al contar con profesores como Beatriz Gimeno y Liberto Sánchez, porque ahora se ha prescindido de ellos. Y eso  me resulta difícil de entender. 

Iba a preguntarle por el estado de la música entre nosotros.
Ojalá hubiera un teatro de la ópera, que es un elemento fundamental en la cultura de una ciudad. 

Ya estamos: llevando el agua a su molino.
No es eso. La ópera es el espectáculo más completo que existe porque conjuga las artes plásticas, el ballet, el teatro y la música. Un teatro de la ópera sería una impresionante inyección de cultura para Zaragoza. Ciudades más pequeñas los tienen y les va mucho mejor: Oviedo, Bilbao. Creo sinceramente que es una prioridad cultural. 

Por cierto, ¿cómo vive la música, qué  siente durante un concierto?
Diez, cuatro o dos minutos antes, me digo: “¿Por qué me habré metido en esto?”. O “que alguien me saque de aquí”. Pero luego, cuando aparece el primer sonido, se vive una sensación maravillosa: te das al público, disfrutas, y cuando le aplauden a uno...,  eso ya es como una droga. Te sientes justificado y en plenitud. Te has encontrado con el espectador, que es lo que buscabas.    

DOMINIQUE SANDA: UNA CARTA CASI NECESARIA

DOMINIQUE SANDA: UNA CARTA  CASI NECESARIA

[Me he metido en el mayor lío  de mi vida. Uno de esos líos que te conduce a otros líos y desconciertos, y que te hace vivir en vilo, insomne, con mala conciencia, sin vacaciones. Hoy ha sido uno de  esos días. Llego a casa, oigo ladrar a la perra Noa y recibo una llamada  que me recuerda que la vida a veces no es buena ni noble ni sagrada. De repente, abro el correo electrónico (salí de casa a las ocho y regreso a las diez) y encuentro esta bellísima nota de María Ángeles. Me encanta, me alivia, me anima. La cuelgo aquí porque así vuelvo a recordar a mi adorada Dominique Sanda, tan bella, tan humana, tan inolvidable.]  

 Escribe Mari Ángeles:




Pues bien, Antón, acabo de leer este homenaje a Dominique Sanda y he de decirte que, aun cuando soy mujer y no puedo admirarla de la misma forma en que lo haces tú, si en cambio he de confesar que desde que la vi en El Jardín de los Finzi Contini quedé prendada de su belleza y misterio. De eso hace ya 34 años, pero su forma de actuar, sus facciones delicadas me hicieron de alguna manera desear haberme parecido a ella. Más tarde la vi en otras películas: El hombre de Mac Intoss, La herencia Ferramonti, etc.


Pero he de decirte, además que un día, paseando por el Pont Neuf, en París hace cosa de cinco o seis años, la vi del brazo de un hombre. No pude resistir la tentación y me acerqué a ella para decirle lo mucho que me habia impresionado la película El jardin de los Finzi Contini. Fué extraordinariamente amable y he de confesarte que todavía conservo en la memoria, no solo su rostro y su mirada, sino el tacto de su abrigo, que toqué para llamar su atención.
Y nada más, solo felicitarte por tu buen gusto, pues no es una actriz que guste a cualquiera o que llame la atención en general.
 

Éste es el texto al que alude nuestra amiga Mari Ángeles.

LA VIDA SIN TI,  DOMINIQUE 

No hay vida sin ti, Dominique. Esa fue la frase que escribí tras ver las seis horas de “Novecento” de Bernardo Bertolucci en el cine Cervantes. Al principio, me quedé prendado de Stefania Sandrelli: la proletaria que amaba al rudo Olmo (Gerard Depardieu). Pero en cuanto apareció ella, rubia, esbelta, con aquel rostro casi gótico de porcelana, de una pureza que se me antojó sobrehumana, me quedé estupefacto. Mucho más, incluso, que con un gesto que desconocía y que aceleró mis fantasías: el rudo, el apasionado Olmo se hundía en el interior de la falda de Stefania Sandrelli, hurgaba y hurgaba, y estallaba la tierra con un gemido de placer en el rostro de la actriz italiana. Dominique Sanda se entregaba a un coito salvaje con Robert de Niro en un pajar. Y luego, en compañía de un preceptor que la había introducido en una vida mundana de alcohol, droga y frivolidad, paseaba por un paisaje neblinoso junto a un lago, a caballo. Parecía una diosa, una amazona de la arcadia que sale de expedición con sed de mal en el cuerpo. Más tarde, la vi enamorada, enamorada sin decírselo, de Olmo. Se acercaba al revolucionario, al paria con ideales, con auténtico embeleso, como quien descubre que su existencia hasta entonces ha sido excéntrica, banal y mezquina. Sin saber qué encarnaba o a quién, intuí que Dominique Sanda era la primera “moderna” que yo veía en el cine: una mujer libre que busca sus paraísos artificiales, incomodada con el mundo, inteligente y audaz, y sin demasiados escrúpulos hasta que Olmo le hace ver el envés de las cosas, la furia de existir. Eso lo había intuido, pero no sabía cómo decirlo, cómo decírmelo, hasta que un artista bohemio que hacía pajaritas y avispas de barro en la calle Pabostría, Doroteo Callén, me lo explicó: “Estás enfermando de amor. Esas mujeres existen y son de carne y hueso y van al baño. Búscalas. Yo vivo con una: Alexia”. No había comparación, aunque Alexia también tenía su misterio, un aire desdeñoso de mujer satisfecha, obscenamente segura de sí misma, y un maravilloso trabajo en un jardín botánico que la hacía más apetecible.         

Vi “Novecento” tres veces en un mes: 18 horas con Dominique Sanda. Estaba cautivado, quizá como no lo estuve nunca con una actriz. Iba a los cineclubs a ver cualquiera de las películas en las que había intervenido anteriormente: “Una mujer dulce” (1969) de Robert Bresson; “El jardín de los Finzi-Contini” (1971) de Vittorio de Sica; “El conformista” (1970), también de Bertolucci, donde había coincidido con Stefania Sandrelli y encarnó a “una mujer turbiamente andrógina”, tal como escribió un crítico; “Confidencias” (1974) de Luchino Visconti, en la que tenía una aparición tan fugaz como intensa e inolvidable; o “La herencia Ferramonti”, una película de Mauro Bolognini sobre la decadencia de una familia, en la cual daba vida a una “femme fatale”, papel con el que ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes. Todas esas obras me hacían admirarla más, amarla, soñar con ella: era misteriosa, ambigua y seductora, pero también anticonvencional, y elegante. Descubrí entonces el  libro “Ada o el ardor”, y me empeñé en pensar que Vladimir Nabokov, sin saberlo, anticipaba a una mujer como Dominique Sanda. Como hacía siempre con las cosas que me interesaban, sólo adivino el mundo a través de la palabra, abrí un archivador con muchas carpetas sobre ella. Recogía críticas a sus películas, fotos y carteles, historias relacionadas con los personajes que interpretaba, noticias de París, donde había nacido en marzo de 1951 (en múltiples biografías breves dice que en 1948), y anotaba cuidadosamente los libros donde se hablaba de ella, ya fuesen monografías de directores, revistas o historias del cine italiano y francés. Cuando encarnó a Lou-Andreas Salomé en “Más allá del bien y del mal”, una película de Liliana Cavani de 1977 que yo vi cinco años después, mi veneración por Dominique Sanda se incrementó hasta lo indecible. Si quería elogiar a una novia a la vista, le decía: “Te pareces a Dominique Sanda”. Casi siempre tenía que explicar quién y cómo era, y eso me producía una inmensa delectación, aunque como táctica de seducción resultaba nefasta. De aquella película perturbadora, recuerdo sobre todo su independencia, su belleza matizada y a la vez pérfida, su afición a los carruajes, su poderoso erotismo, su capacidad para esquivar a un neurótico Nietzsche (Erland Josephson); recuerdo cómo de nuevo se inclinaba hacia el hombre infeliz, aquel vulnerable Paul Ree (Robert Powell), al que le introducían una estaca por el culo.
         

Vivía yo entonces en la calle Estudios. Cada primero mes iba a pagar el alquiler a José Lapuente, que acababa de quedarse huérfano de padre y madre en menos de seis semanas. Su pasión eran las películas pornográficas. Me hacía pasar un rato mientras buscaba el recibo. Un día, no se preocupó de apagar el televisor, y allí, en una cinta francesa de sexo refinado, donde se insinúa la morbidez y el placer, la descubrí. Allí, en una película menor, pretenciosa, estaba ella: flotaba entre muselinas o velos, mientras un seno surgía por aquí, mientras la luz esculpía sus nalgas, mientras un hombre avanzaba para poseerla en un cuarto barroco. José, ante mi  interés, dijo: “Es aburridísima. No sirve ni para empalmarse”. Confieso que estaba un poco decepcionado, o más bien aturdido, le conté era mi actriz favorita, y él como si quisiera hurgar en la herida, añadió: “¡No sé cómo puede gustarte una mujer así! Es de las que prometen mucho, y no dan nada”. Estaba tan habituado al mete y saca explícito que aquel refinamiento le parecía empalagoso. En el fondo, aquella frase casi me consoló: la película, cuyo título no recuerdo, no era pornográfica ni siquiera ordinaria. Era mala.
         

Esa pasión se mantuvo durante mucho tiempo. Convertí a Miguel Sánchez-Ostiz en mi escritor preferido porque todos sus libros están dedicados a una mujer llamada Dominique. Volví a ver a Dominique Sanda, creo recordar vagamente que por aquellos días fue madre, en algunas cintas irregulares, quizá la que más me gustó fue en “Yo, la peor de todas” (1990), de María Luisa Bemberg, ya muy posterior. En los últimos años, tras atiborrar tres archivadores, le había perdido un poco la pista. Había leído que se había casado con Christian Marquand, pero hace un par de años leí que estaba en Buenos Aires, trabajando en el teatro, viviendo con su hijo y su nuera. En la foto del diario “El País”, seguía admirablemente hermosa, con el viejo enigma de entonces, con esa dulzura que me había cautivado desde siempre, con la serenidad conquistada a los desafueros del “corralito”. A un amigo mío que se fue a Buenos Aires le pedí un favor: que fuese a verla al teatro, que le llevase una gardenia con mi nombre y la colección de poemas que le he escrito durante estos últimos 25 años y que he titulado: “La vida sin ti, Dominique. Manual de supervivencia”.
         

Al cabo de dos meses, mi amigo me mandó un escueto mensaje por correo: “Le he hablado de ti, le he dado tu gardenia y tu libro. Y me dijo: ‘La vida está en todas partes, incluso en los sueños’”.

BLANCA BK, EN BORRADORES

BLANCA BK, EN BORRADORES

La joven ilustradora Blanca BK Gimeno pasó por “Borradores” y mostró una selección de su obra. Estuvo con Alberto Aragón, ganador del premio del cartel del Pilar de este año. Blanca vino con su hijito y con su compañero. El niño se lo pasó pipa, llegó a sentarse en los sillones naranja, sobre todo cuando apareció su mamá en pantalla y cuando empezaron a pasarse sus dibujos.

Algunos gustaron mucho: esa mezcla de foto con ilustración y sus trabajos sobre el Real Zaragoza. La famosa estirada de Yarza le ha quedado muy sugerente. Lástima que fuese gol al final.

Algunas de esas obras aparecerán muy pronto en “Rolde”, en un relato de José María Conget. Y también participa en el volumen conjunto “Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza”, donde pone imágenes al mundo de Víctor Juan Borroy.
 *He aquí una nueva obra de Blanca: un domador.

POEMA DEL AMIGO*

POEMA DEL AMIGO*

POEMA DEL AMIGO 

Se busca un amigo. No importa que sea hombre o mujer, basta que sea humano, basta que tenga sentimientos, basta que tenga corazón. Se necesita que sepa hablar y callar, y sobre todo que sepa escuchar. Tiene que disfrutar de la poesía, de la madrugada, de los pájaros, del sol, de la luna, del canto, de los vientos y de las canciones de la brisa. Debe tener amor, un gran amor por alguien, o sentir entonces la falta de ese amor. Debe amar al prójimo y respetar el dolor que los peregrinos llevan consigo. Debe guardar el secreto sin sacrificio. Debe hablar siempre de frente y no traicionar con la mentira y la deslealtad. No debe tener miedo de enfrentar nuestra mirada.

Se busca un amigo para compartir los mismos gustos, que se conmueva cuando es tratado de amigo. Que sepa conversar de cosas simples, de lloviznas y aguaceros. Se precisa un amigo para no enloquecer, para contar lo que se vio de bello y de triste, de los anhelos y de las realizaciones, de los sueños y de la realidad. Deben gustarle las calles desiertas, los charcos de agua y los caminos, el borde de la calle y acostarse en el pasto. Se precisa un amigo que nos diga que merece la pena vivir, no porque la vida es bella, sino porque estamos juntos. Se necesita un amigo para dejar de llorar, para no vivir de cara al pasado. Que nos palmee los hombros, sonriendo o llorando, pero que nos llame amigo, para tener conciencia de que aún estamos vivos.

*
Vinicius de Moraes (1913-1980)

 [Antonio Pérez Morte me hace llegar una selección de su página blog. Lleva este poema de Vinicius de Morais, aquel músico y poeta que tenía amantes en todas las ciudades y un cepillo de dientes en cada casa. Ilustro el poema con un retrato de Eva Mendes, la actriz de origen cubano que posee el  lunar  más sexy del cine y que le habría gustado al autor de A garota de Ipanema.] 

PARA ENTRENOMADAS Y SUS AMIGOS

PARA ENTRENOMADAS Y SUS AMIGOS

Hallé anoche esta bella y veraniega foto de Robert Doisneau y os la mando a todos [a las invisibles y bellas amigas de Entrenómadas, Marta y Julia, y a sus muchos lectores y amigos] con un abrazo infinito y toda mi gratitud.

 

He intentado dejar un mensaje pero no he sabido hacerlo.

El cariño es una maravillosa fuente de exageraciones. Gracias.

JAVIER VEIGA Y AMPARO PAMPLONA, EN BORRADORES

JAVIER VEIGA Y AMPARO PAMPLONA, EN BORRADORES

 Carcajada y poesía en “Borradores”, con Javier Veiga y Amparo Pamplona

 Diseño e ilustración con Alberto Aragón y Blanca BK 

Visita el nuevo estudio de José Manuel Pérez Latorre 

Exposiciones: "Aragón. Escenarios de la Justicia", y "Ceramistas de la plaza de San Felipe".  

Recuerdo a María Callas. 

El actor y director cómico Javier Veiga acude a “Borradores” para conversar sobre su obra  “Amor y otros pecados” que se representa estos días en el marco del JAJA Festival,  en el Teatro Principal de Zaragoza.  Veiga, popular  por haber sido el presentador del Club de la Comedia, mantendrá una divertida conversación con Antón Castro.  Además, el programa sorteará tres entradas dobles para ver mañana su obra en el teatro. 

La actriz Amparo Pamplona, tras su actuación en la Iglesia de San Pedro de Teruel, recitará varios poemas de Rafael de Penagos, Machado y de Lorca con un acompañamiento a la guitarra de Jorge Herrera. Hija del guionista y periodista  turolense Clemente Pamplona y madre de la  también actriz Laura Pamplona, hablará de su extensa carrera en teatro y en televisión con clásicos como  “La hija del mar”. 

En plató también estarán los ilustradores Alberto Aragón, que actualmente está inmerso en el diseño del JAJA Festival y de toda la gráfica de las fiestas del Pilar, ganó el concurso de carteles de las fiestas, y Blanca B.K, una joven ilustradora y diseñadora gráfica que posee una excelente página web. 

Además “Borradores” visitará el nuevo estudio del arquitecto José Manuel Pérez Latorre,  desde donde hablará de sus actuales proyectos. El programa nos mostrará las exposiciones de la “Escenarios de la Justicia en Aragón”, que puede verse  en el palacio de Sástago, y la de Ceramistas de la plaza San Felipe, que celebran sus primeros 25 años.  

Finalizará la emisión con un recuerdo en el 30 aniversario del fallecimiento de la gran María Callas. El programa nos recordará la relación con su profesora de Valderrobles, Elvira de Hidalgo.

“Borradores” se emite el jueves a las 00:30 horas

*Maria Callas y Marilyn Monroe.