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Antón Castro

OTRO POEMA DE SONIA R. FIDES

OTRO POEMA DE SONIA R. FIDES

EL AIRE NO HACE NEGOCIO ESTA TARDE EN MIS VENTANAS

Hace calor,
como si no hubiera hecho calor nunca,
como si no fuese a hacer calor jamás.
Los pasos ensayan coreografías
bajo la sombra de las flores
y el aire no hace negocio esta tarde en mis ventanas.

La tierra
no sabe pronunciar las vocales que forman la tormenta.
Los árboles no pagaron el alquiler del viento,
son niños paralíticos de cintura para arriba.

Sigue estático el paisaje.
Inertes sus extremidades inferiores,
reciben el masaje de las corrientes subterráneas,
pero sigue siendo el silencio el jergón del verbo adocenado.

Me dejo lamer por la siesta,
acojo la naturalidad con que relata el drama:
ya no me conformo con nada.
Ahora quiero un cielo
que no tenga que dibujar con cuatro trazos,
un azul que no haya sido inventado,
que no aparezca en las cartas de colores de las tiendas de barrio.
Pero no es suficiente el deseo,
se escurre entre mis dedos la silueta de un idioma helado
y no tengo paciencia para esperar a su deshielo.

La muerte bucea en el paisaje
y asoma la cabeza para contarme
que la poesía no es más que una casualidad de la palabra.
Lástima que hoy,
para las descendientes de Marilyn Monroe,
no vendan ni palabras ni casualidades.

MARLENE DIETRICH. NOTAS PARA UN RETRATO

MARLENE DIETRICH. NOTAS PARA UN RETRATO

 

Marlene Dietrich hubiera cumplido hoy, a las nueve de la noche, cien años. Fue una mujer indómita e independiente que protagonizó fotogramas inolvidables en la historia del cine: como actriz, como cantante, como símbolo de diosa carnal y andrógina. Ella ocupa un sitial de honor entre las grandes figuras: Greta Garbo, Marilyn Monroe, Rita Hayworth y Ava Gardner. Las cinco son las diosas mayores de un reino de glamour, de deseo, de exultante y abrasadora belleza.

         Ella, como las otras, también se vio favorecida por un golpe de suerte cuando asomaba al fracaso. De repente, el hombre que al verla había dicho: "Hermoso culo, pero necesito un rostro", la miró mejor, de cerca, y vio que en su cuerpo cimbreante, en su mirada penetrante, en su cabellera rubia y en sus pómulos un tanto rollizos todavía, había un incendio de la carne: una mujer salvaje, la Venus de fuego y de hielo. En ese momento, en 1930, cuando la joven Marie Magdelene Dietrich había pasado un modesto calvario de 17 películas sin demasiado éxito, se produjo el nacimiento de una actriz distinta que, más que una intérprete asombrosa, era un amasijo de tentación y fotogenia, de perversidad y beldad.

         Marlene Dietrich se había preparado para ese salto durante mucho tiempo. Su padre era un rígido oficial prusiano que amaba los libros y las artes, y que quiso hacer de ella una muchacha de provecho. La apuntó a clases de violín y la obligaba a leer a Hölderlin o Goethe y a comentarlos con sus institutrices y profesoras. Parecía claro que la joven Marie Magdalene iba a ser concertista, pero un accidente doméstico le desvió de su destino. También soñó con ser rapsoda, declamaba en alta voz con su voz ronca, y ése, a la postre, iba a ser su camino. Se presentó a las clases del conocido dramaturgo Max Reinhardt, pero éste desconfió de sus facciones y de su cabello rubio. Dos años después volvió a verla y se quedó fascinado. Marlene, pese a ese célebre admirador, debería realizar un meticuloso trabajo de fondo como actriz de reparto y de modestas funciones teatrales. En esa travesía del desierto, en 1924, contrajo matrimonio con el ayudante de producción Rudolf Sieber, con el cual tendría una hija, María, que escribió un libro sobre su madre. Un libro donde le reprocha su escasa atención: le recrimina que, mientras ella se iba por ahí en busca de amores lésbicos, "la arrojase" en mano de institutrices lesbianas.

         Josef von Sternberg, barroco y exquisito, le ayudó escapar del anonimato con una cinta legendaria: "El ángel azul" (1930) y ensancharía su mito de devoradora de hombres con seis películas más, algunas de títulos tan emblemáticos como "La Venus rubia" (1932), que es un sintagma que la define. Sternberg fue algo más que un director: fue su amante, su "Pigmalión", su inventor. Supo captar como nadie su fotogenia, sus ángulos; supo cultivar su androginia, y como hombre decidió abandonarla un tanto harto de sus escaramuzas sentimentales. Marlene Dietrich era irreductible en la vida y en el cine: era una seductora indesmayable que imponía con su belleza y con su vasta cultura. Sabía buscar los hombres idóneos en el momento justo: así buscó la amistad y la complicidad de Ernest Hemingway, con quien mantuvo una relación de igual sin el fastidio del sexo, con Noel Coward, con Erich Maria Remarque, célebre por su novela "Sin novedad en el frente" o, años después, con el escultor Alberto Giacometti.

         Famosa ya en el mundo entero, Goebbels la instó a retornar a su patria para "retomar su papel histórico de icono de la industria cinematográfica alemana", pero ella no se anduvo por las ramas. Solicitó la nacionalidad norteamericana y quizá contestase lo que volvería a repetir cuando Alemania caía en el pozo total de la sinrazón: "Soldados alemanes: no os sacrifiquéis. ¡La guerra es una mierda! ¡Hitler es un idiota!". Cantaría para ellos en varias ocasiones. Su carrera en Estados Unidos atravesó un periodo de incertidumbre, que se aliviaba con sus numerosas conquistas (entre ellas Mercedes de Acosta, pero también John Gilbert, Maurice Chevalier, John Wayne, etc.), pero pronto se encauzó e inició su colaboración con los grandes realizadores de Hollywood, un lugar donde nunca se sintió cómoda. Por entonces, usó y abusó la moda de hombre: usaba trajes de corte y pantalones. A su nieta y a su propia hija les diría después que no quería romper con nada, sino que así se sentía más cómoda.

         Era una cazadora de amantes con enigmática suficiencia. Y ya una institución en cualquier película. Sus interpretaciones no parecían servirle para ganar un Óscar pero sí ser portadas de las más importantes revistas y recibir grandes elogios de la crítica. Por su trabajo en "Berlín Occidente" cosechó alabanzas por doquier, alguien dijo que era mejor trabajo, y logró el respeto de Wilder. Alternaba su residencia en París con su estancia en Estados Unidos. Los años 50 fueron importantes para ella: trabajó con Wilder de nuevo, Hitchcock, Fritz Lang o su gran amigo Orson Welles, ahora se ponía lengüetas de carne para estirar su piel y seguía exhibiendo sus alargadas piernas y su mirada magnética. Continuaba cantando, y no se retiró del todo hasta 1979. Vivió reconcentrada en sí misma en los últimos años, repasando sus lecturas de Goethe, de Hemingway y de Hölderlin, y se encargaba de responder de su puño y letra las 200 cartas que recibía diariamente. Abusaba en exceso del alcohol y de los medicamentos, y podría ser que tras haberse observado ante un espejo, a los 90 años, decidiese poner fin a sus días un día de mayo de 1992, tal como conjeturó una de sus últimas cuidadoras. Para entonces ya era inmortal e, igual que hoy, seguía dividiendo a su país.

 

*Marlene Dietrich retratada por Nicholas Muray.

EDGAR ALLAN POE, EN SUS CUENTOS

EDGAR ALLAN POE, EN SUS CUENTOS

  Charles Baudelaire dijo en una ocasión, pensando en Edgar Allan Poe: “Existen destinos fatales”. Baudelaire y a Stephane Mallarmé tuvieron el acierto y la intuición de traducir y promocionar al autor en Europa, de tal modo que casi era más famoso aquí que en su propio país a pesar de que su existencia estaba rodeada de una leyenda trágica. Poe nació en Boston en enero de 1809 y murió en octubre de 1849, en medio de una jornada electoral, completamente ebrio, con esta frase entre los labios: “Que Dios ayude a mi pobre alma”. Casi puede decirse que Poe no tuvo un momento de respiro. De temperamento romántico, exacerbado, inclinado a la locura, a la neurosis y a un montón de pesadillas que no le dejaban dormir, vivió rodeado de espectros, de apariciones, de sentimientos oscuros que poblaron su excitable cerebro. Fue un hombre de increíble encanto: ya desde niño, con sus ricitos de oro y una inteligencia casi apabullante, seducía a todo el mundo.         

Hijo de pobres actores ambulantes, que alternaban “
Macbeth” y “Hamlet” con piezas sentimentales y comedias musicales, se quedó huérfano a los dos años. Entonces aparecieron en sus días, John y Frances Allan, que durante algún tiempo le dieron una infancia casi dichosa. John Allan era un comerciante escocés que se hizo cargo del desvalido muchacho y lo llevó a su casa, una morada sureña y a menudo espeluznante. El niño, dotado desde  muy joven para la literatura, creció entre nodrizas negras y criados esclavos que le contaban a cualquier hora viejas leyendas de aparecidos, relatos sobrenaturales o incluso narraciones de viajes o visitas a los cementerios. La presencia de cadáveres era tan constante en la adolescencia de Poe como los seres humanos. Es decir, se crió en medio de fábulas de terror, pero no sólo eso, el ámbito cultivado de los Allan le permitió acceder a las novelas “góticas” y a un conocimiento enciclopédico. Con sus nuevos padres, pasó cinco años en Escocia y Londres, atmósferas que son perfiladas en uno de sus cuentos más perturbadores, “William Wilson”, y en 1820, regresaron a Estados Unidos. Ingresó en la Universidad de Virginia, pero su vida disoluta –de juego, de alcohol, de constante libertinaje- acabaría enfrentándolo con su padre. Ingresó en West Point y casi a la vez vivió su primera historia de amor con Helen, una mujer mayor que él que se volvió loca y falleció demasiado pronto. Se sospecha que Poe iba a visitarla a su tumba a altas horas de la madrugada. Tampoco hizo carrera como militar y pronto se inclinó hacia la literatura. En 1827 publicó su primer poemario, “Tamerlán y otros poemas”. Jamás abandonaría la poesía, y de hecho su vena lírica caracterizará toda su producción: los extraordinarios cuentos, su única novela “Narración de Arthur Gordon Pym”, a la que incorpora el canibalismo, e incluso su narración o poema cosmogónico “Eureka”, con el cual pensaba que iba a lograr la inmortalidad.         

Edgar Allan Poe conquistó la inmortalidad de otro modo: con sus narraciones cortas, que fue publicando en revistas y periódicos, y a las que luego les daba forma de libro. Hace algunos años, Alianza Editorial publicaba en dos volúmenes los “Cuentos completos” de Edgar Allan Poe en la traducción canónica, magnífica, de Julio Cortázar. Hace no demasiados meses Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores reeditaba ese trabajo bajo el título de “Todos los cuentos” (481 y 448 páginas), con ilustraciones de Joan-Pere Viladecans (Barcelona, 1948). Podría decirse que en el primer tomo están las obras maestras, las grandes piezas de Poe, las más sombrías e inquietantes, aquellas que le han hecho famoso por su complejidad temática y su riqueza fenomenológica (locura, neurosis, necrofilia, pasiones terribles, muerte más poderosa que la vida, crueldad, sadismo, romanticismo fúnebre...), y en el segundo están los cuentos más grotescos y humorísticos, pero también aquellos donde propone una modesta glosa a “Las mil y una noches”, como “El cuento mil y dos de Scheherezade”, o los cuentos abiertamente líricos, de una poesía más blanda, como pueden ser “El alce” o “La isla del hada”. También figuran en este segundo libro piezas como “Conversación con una momia”, “El hombre de negocios” o “La esfinge”, fábulas que las propias notas finales de los cuentos consideran su producción secundaria. O menos perfecta que las piezas del primer volumen.
         

Centrémonos pues en el tomo que abre el estuche. En él figuran la mayoría de las piezas verdaderamente magistrales de Poe, un escritor que poseía una deslumbrante erudición porque había asimilado lecturas de todo tipo: ficción, filosofía, esoterismo o ciencia. Parecía saber de todo y contarlo con un procedimiento indirecto que luego también utilizará Borges, aunque al autor argentino Poe le parecía un escritor enfático y efectista del que rescata su cuento más límpido: “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, el único de los suyos que incorporó a su “Antología de la literatura fantástica”. En efecto, esta es una historia portentosa: el relato de un hombre que ha sido objeto de hipnosis y que vive y habla más allá de la muerte. Este primer volumen se abre con el cuento ya citado, “William Wilson”, uno de los más autobiográficos, la historia del doble y del crápula, y debemos recordar aquí que el tema del doble le interesará mucho a escritores como el citado Borges o Stevenson. “El pozo y el péndulo” transcurre en Toledo y es un descenso a los infiernos de la Inquisición. “
Manuscrito hallado en una botella” emplea un artificio que ya había usado Cervantes y que empleará años después el propio Cortázar en “Manuscrito encontrado en un bolsillo”. “El gato negro” señala otro instante de la crueldad y de la obsesión que enturbiaban el sentido de Poe, donde el sadismo alcanza un brillo terrible. “El retrato oval” es una narración, en poco más de dos hojas, de una precisión conmovedora: puro horror y paradoja. La pasión del pintor es tanta y también su sentido de irrealidad que no se percata de que la pintura –igual que sugerirá Oscar Wilde en “El retrato de Dorian Gray”- al cuajarse de vida y belleza aniquila la beldad de la musa, el candor y la entrega de la enamorada. Quizá sea una de los más redondos cuentos de género de Poe, de admirable concisión.  

También figuran aquí relatos como “El corazón delator”, “El tonel de amontillado” (una de las piezas preferidas por Stevenson y auténtico paradigma del denominado “tono Poe”), “El demonio de la perversidad” o “El entierro prematuro”, cuentos de constante violencia y desquiciamiento donde se habla de seres heridos por la neurosis en algún lugar del cerebro. “Un descenso al Maelström” es una pieza inspirada en algunos momentos de su adolescencia y emparentado con “Gordon Pym”; el rodar del remolino que todo lo arrastra y los minuciosos datos científicos de la pieza están tomados de la “Enciclopedia Británica”. Hay otras piezas de una recrofilia casi insoportable, puras pesadillas, transmigración de almas, estados de locura, e incluso atmósferas incestuosas como la de “La caída de la casa Usher”, para muchos –entre ellos para Roger Corman- el mejor cuento de Poe, aunque él prefería “Ligeia”, que era un paso más allá, hacia lo siniestro y la resurrección, de “Morella”. Con “Berenice” intentó sugerir la vida idílica y a la par miserable que llevó con su “tercera madre” Mrs Clemm y con la hija de ésta y esposa de Edgar, Virginia Clemm, con la cual se casó cuando ella tenía trece años y él 25. Los cuentos de “las mujeres” (“Ligeia”, “Eleonora”, “Morella” y “Berenice”) figuran entre los más amados por él, pero “La caída de la Casa Usher” es una pieza redonda, magnífica, rebosante de atmósferas enfermizas, de dolencia moral, de decrepitud y de muerte, de una muerte que parece más viva y rugiente que la propia vida. Y de personajes enigmáticos, escurridizos, que se mueven en un estado de locura, patetismo y ocultación.         

Siempre se ha dicho que Edgar Allan Poe fue uno de los inventores del género de detectives con la creación del personaje lógico y deductivo August Dupin, que protagoniza “Los crímenes de la rue
Morgue”, “El misterio de Marie Roget” (que es la continuación del anterior) y “La carta robada”, y de esa atmósfera es, sobre todo en su segunda parte, “El escarabajo de oro”. Esta primorosa edición bien merece la relectura de Edgar Allan Poe, uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos.
 

PASCUAL ESTRADA AZNAR: UNA VIDA LITERARIA Y UN AMOR

PASCUAL ESTRADA AZNAR: UNA VIDA  LITERARIA Y UN AMOR

  Pascual Estrada Aznar era un completo desconocido entre nosotros. En España, en Aragón o en Zaragoza. Sabían de su existencia en Fuendejalón, donde pasó imborrables periodos en su niñez, sus familiares (su hermana Maribel, su primo José Aranda Aznar, su vieja amiga Naty Casanova, a quien le enviaba sus escasos libros dedicados;  fue ella quien nos puso en contacto con su figura), pero su biografía y su trayectoria literaria han pasado inadvertidas entre nosotros. Incluso un viaje por Internet apenas revela datos de Estrada Aznar, a pesar de que publicó dos libros en Monte Ávila y era asiduo colaborador de “El diario de Caracas”, donde inició una autobiografía que interrumpió, y “El magazine español”, en el cual entre 1997 y 1998 redactó unas memorias de todo un poco: de su condición de escritor, de su trabajo de impresor, de su éxodo en 1955, de su pasión por el lenguaje.

Cuando lleva varias entregas de artículos, narra la vida de un joven Galter, nacido en Zaragoza, recriado en Madrid y finalmente emigrado a Venezuela, a Caracas, adonde se había ido su padre. Está claro que este Galter, Galtercico a veces, es algo más que un “alter ego”: es el propio Pascual Estrada que llevaba el puñal de la soledad y del desamor en el centro del pecho.         

Pascual Estrada nació en Zaragoza en 1932. Se sentía afín con aquellos que decían y asumían: “Cuanto más de su aldea, más del mundo”. Cuanto más de Zaragoza y sus callejas, del entorno del Pilar (presumía de recordar al carnicero, al bodeguero, a los seres inadvertidos), más de Venezuela, del universo, de la antigua Grecia, que tanto le gustaba. En uno de sus textos, dice: “Querría tener dinero como para vivir seis meses en Aragón y seis en Caracas”. Esta frase establece el costal de su perpetua contradicción. José Aranda, a quien admiraba como escritor Pascual (hasta tal punto que glosó sus libros en Caracas), dice que su primo era “un hombre desdoblado, inclinado a la soledad e incapaz de venderse. Echaba mucho de menos Aragón. Tenía vocación y a ella se debía. Fue desinteresado y desprendido, estúpido, en el buen sentido del término, quiero decir que se sentía reconfortado como escritor. La palabra era su terapia. Los libros jamás le dieron ningún dinero”. Esa escisión se revela, desde muy pronto, en pequeños detalles: cuenta que sentía nostalgia de las migas aragonesas y que salía a comprar “pan duro y sebo de cordero en Caracas” para hacerlas. Pero los motivos de ese extrañamiento esencial –Pascual perseguía el enigma de su propia identidad mediante el lenguaje- son más abundantes: los recuerdos de su infancia, los paseos por la ciudad, el Ebro, Goya, una atmósfera concreta, los ponientes entre las viñas en Fuendejalón y un amor que le perturbó durante muchos años. A esta herida sentimental le dedicó varios artículos y describe la belleza y el sentido de la libertad de su amada que llevaba escrito en el jersey la palabra N.
         

Debió ser un niño peculiar, abrazado a los libros en su “pequeña mesa de pino”. Era hijo de un militar que volvió pronto de la Guerra Civil, y el ambiente familiar era “conservador y muy religioso”. Quizá por ello, entre otras razones, dijo: “Soy un desclasado”, y agregó que se sentía hermano de los trotamundos Eneas y Odiseo. Estudió en Maristas y desde muy joven debió experimentar la fascinación por la escritura. Escribió en “El magazine español”: “El lenguaje es el juego –dramático juego- que a mí me atrae. Soy, además, verbalista o verbófilo”. Y agregó en otro lugar: “El ejercicio regocijante, ingenuo, con los instrumentos a mi mano, juntar palabras, ordenarlas, estructurarlas, relacionarlas... Era una fiesta. (...) Mi afición más destacada es la lectura-escritura y coincide con la práctica de mi trabajo cotidiano”.
         

Nos hemos adelantado a su futuro oficio: será impresor. Ya en Madrid, como adolescente, estudió en Maristas. De vez en cuando regresaba a Zaragoza o Fuendejalón y se sentía fascinado por la sabiduría popular de su tío Emiliano Gómez Aznar, que se dedicaba al cuidado de árboles, pero además afilaba y contaba historias maravillosas. De aquel paisaje iba a recordar para siempre los vientos helados, la ondulación de las viñas, los hielos, los celajes. Y quizá sus primeros amores. Pronto, viviría uno de los episodios amorosos que le perseguirían, durante casi toda la vida, como “un fantasma en el aire y en el alma”. De vez en cuando, retrata el clima que se vivía en su casa y dice que “no se podían oír emisoras rojas”. Él, al margen de la poesía, quiso ser maestro, pero se encontró con la oposición familiar. Debieron sugerirle que “un Estrada debería ser otra cosa que maestro muerto de hambre en una aldea”, y le encauzaron hacia el Derecho. “Aunque pronto se sintió agobiado y acabó marchándose”, dice José Aranda. Él mismo anuncia que aquella vida no era la suya y aprovechó, si seguimos su biografía, que su padre había desaparecido en el Caribe para seguir sus pasos. Embarcó en Barcelona en 1955, pero llevaba un compromiso de matrimonio con la que iba a ser su primera esposa: María del Rosario. Su progenitor debió de ir a buscarle con un Pontiac azul oscuro y le ayudó al principio, en otras cosas a conseguir su primera casa. María del Rosario, al cabo de un mes, le recordó sus palabras y viajó a su lado. Le daría dos hijos. De un posterior matrimonio, Pascual tendría otros dos.
         

En Caracas hizo de todo: dio clases, debido a su buena formación humanística, en el colegio Jesús Obrero de los Frailes de Catia; fue vendedor de máquinas de contabilidad y al final logró un puesto en un banco. Intuyó que podía ser simpático con los clientes y entró a solicitar un empleo con éxito. El trabajo le duró un tiempo (confiesa: “Vivía sin poder sentarme en paz”), hasta que se cruzó con el señor Mas y Mas que le enseñó los secretos de la linotipia y la composición, que iba a ser su oficio definitivo. La literatura, los libros y el conocimiento serían el norte que le guiasen. Asentado, aunque viviendo con más estrechez que opulencia ( “carecía de un auténtico sentido práctico”, afirma José Aranda), empezó a desarrollar su obra literaria compuesta por cinco libros: “Pie en el barro” (Editores Mexicanos Unidos, 1963), de poesía; y cuatro volúmenes de narrativa: el experimental “Parvum Speculum”, que contiene un modesto ejercicio tipográfico suyo, una alianza entre texto y disposición gráfica; “Rostro desvanecido memoria” (E. Expediente, Caracas, 1973), que refleja un claro eco de Samuel Beckett; “Orión en el Meridiano” (Monte Ávila, Caracas, 1975), volumen que José Aranda considera el mejor de los suyos o “el que más me gusta a mí”; y “Regreso a Ítaca” (Monte Ávila, Caracas, 1979). Pero además ha dejado otros textos inéditos: reflexiones, juegos lingüísticos, poemas sueltos, fragmentos de memorias o de autobiografía, como los que venimos glosando. Frecuentó los periódicos, tuvo amistades importantes como Rómulo Gállegos, “del que hablaba con admiración”, García Bacca y el ministro de Educación José Ramón Medina, “con quien tuvo una relación muy directa. Le pulía los discursos. Se los pasaba en bruto y le decía: ‘Métele pluma’. Hizo de negro”, recuerda José Aranda.
         

Regresó varias veces a Aragón. En algunos de sus textos recuerda al director de orquesta Dimitri Berberoff, con sus cabellos al viento y su agitada batuta en el Teatro Principal. Alaba a Goya, La Aljafería, Los Bañales, a Ramón y Cajal, pero no es capaz de sentirse feliz. Escribe: “Volvía a Zaragoza a llorar”. Lágrimas heladas. Falleció en 2001 y nunca, a pesar de que recompuso su existencia, de que dejó hijos a los que adoraba, tuvo la sensación de tener un lugar en el mundo ni en la literatura. Además, e insistimos en ello porque él lo hace, una y otra vez “el fantasma antiguo de la muchacha de la N en el pecho surgía porfiado en ensoñaciones”.  

*La foto es de Caracas de noche. Allí vivió este escritor e impresor nacido en Fuendejalón.

MIGUEL BOSÉ, CONFIDENCIAS EN "EL RESERVADO"

MIGUEL BOSÉ, CONFIDENCIAS EN "EL RESERVADO"

[Luis Alegre continúa con su lección de periodismo en las distancias cortas en el programa “El reservado”, sin lugar a dudas el más visto en Youtube, y uno de los grandes escaparates de Aragón Televisión, una de las mejores publicidades de la cadena. Y lo hace con una entrevista a Miguel Bosé, un personaje tan sinuoso como sencillo y encantador. Lo conocí en Fuentespalda, en Torre del Visco, durante el rodaje de “Libertarias” y guardo un gran recuerdo de aquel crepúsculo sobre la fronda y los montes. Andaban por allí Aloma Rodríguez, que estrena novela “París 3” (Xordica), Ariadna Gil, David Trueba e incluso Victoria Abril, que abrió levemente su cuarto en desorden y con un gran piano. Copio aquí el texto de Luis Alegre, esa embajada de cariño y de de chistes. El lunes, de nuevo, se avecina un escalofrío. Luis Alegre y José Luis Campos forman una pareja incontestable: van de éxito en éxito. Campos logró que todos los medios de comunicación celebrasen los 75 años de la vendimia de Cariñena...] 

“El reservado”, el programa que dirige y presenta Luis Alegre, comienza su nueva temporada con una larga entrevista con el músico, cantante y actor Miguel Bosé. La entrevista se emitirá en dos entregas, la primera el lunes 17 de septiembre y la segunda el lunes 24. A lo largo de la conversación, Miguel Bosé charla en un tono muy poco habitual sobre muchos aspectos de su vida íntima y profesional. Bosé habla sobre la relación con sus padres y con los ilustres amigos de sus padres, sobre los encuentros y desencuentros con su padre –el torero Luis Miguel Dominguín-, sobre su pasión por el fútbol y su escasa afición a los toros, sobre su amor por los animales o su vocación infantil por el mar.

También recuerda el explosivo comienzo de su carrera y el compromiso que ha presidido su trabajo; reflexiona sobre el peso del mito de sus padres y sobre el peso de su propio mito; sobre su juventud y el descubrimiento de su lado oscuro; sobre cómo ha vivido los rumores y falsedades que se han vertido sobre él durante toda su carrera -incluida aquella ocasión en la que se extendió la "noticia" de que se estaba muriendo de sida-, o sobre su deseo de adoptar un hijo.

También cuenta sus inquietudes sociales, desliza observaciones alrededor de la calidad de los políticos actuales o refiere anécdotas de sus giras o impresiones sobre amigos como Víctor Manuel, Ana Belén o Rocío Jurado.
 En sus próximos programas, “El reservado” contará con la presencia de la actriz Blanca Portillo y el músico y cantante Antonio Carmona.

“El reservado" se emite el lunes 17 a las 00:00 horas. 

BORRADORES: CALACEITE, REFUGIO DE ARTISTAS

BORRADORES: CALACEITE, REFUGIO DE ARTISTAS

El programa Borradores dedica mañana un programa monográfico a Calaceite, esa villa del Matarraña que se convirtió desde finales de los 60 en refugio de artistas. La pianista Sira Hernández, formada en Italia y residente varios meses al año en la villa del Matarraña, toca dos temas de su último disco: “Albéniz antes de Albéniz”. Sira es admiradora de Maria Joao Pires y Sviotslav Richter, entre otros. Además, visitan el  plató el  cineasta, guionista, narrador y poeta Emilio Ruiz Barrachina, que hablará de su libro “Tinta y piedra”, que narra la historia cultural de la localidad y la llegada de los escritores del “boom” (García Márquez, Vargas Llosa, Bryce Echenique, JorgeEdwards), arrastrados por el novelista chileno José Donoso. Emilio Ruiz permaneció cinco días en la población y accedió a casi todos sus secretos, que plasmó en un libro y en un DVD. Además, es autor del documental “El mar deja de moverse”, sobre la muerte de Lorca, y publicó el volumen “Le ordeno a usted que me quiera”, el relato de un amor que tuvo el general Franco, de jovencísimo, con una muchacha de Zaragoza, y habla de todo ello y de su proyecto sobre Orson Welles en España. El tercer invitado es el narrador Juan José Flores, con vivienda en Calaceite, que habla de dos de sus libros: las novelas “En el umbral” y “Todas las primaveras”.

Borradores ofrece un extenso reportaje con artistas, escritores y músicos (desde Fernando Navarro o Natacha Seseña a Pilar Gómez Bedate, entre otros) sobre su vida en Calaceite, y visita el Museo Cabré, donde Carmen Portolés explica la trayectoria del arqueólogo, fotógrafo y pintor, y José Picó define su pintura. Además, Borradores ofrece otros dos reportajes: uno sobre la antológica de Romá Vallés en el castillo de Valderrobres y otro sobre la ceramista Emilia Carbó, fascinada por los pájaros.
 Borradores inicia el sorteo de libros y discos entre todos aquellos que contesten a una sencilla pregunta sobre el contenido del programa. Se ofrecerán tres ejemplares de “Tinta y piedra” de Emilio Ruiz Barrachina y tres álbumes de “Albéniz antes de Albéniz” de la pianista Sira Hernández. La pregunta se formula hacia  el final,  se mandan las respuestas a borradores@aragontelevision.es, y se procede al sorteo.

 *Emilio  Ruiz Barrachina con la presentadora Pilar Socorro. Hemos sacado la foto de su página web.

CARTA DE ELIZABETH HERNÁNDEZ DESDE HUESCA

CARTA DE ELIZABETH HERNÁNDEZ DESDE HUESCA

[Esa mujer estupenda que es Elizabeth Hernández, Liz, poeta y dinamizadora cultural, escribe esta bella carta a un puñado de amigos, entre los que me encuentro. Siempre me ha parecido una mujer encantadora, emprendedora, de una rara e intensa humanidad. De una  dulzura inteligente. Por  eso cuelgo  aquí esta nota, que la define mucho mejor que sabría hacer yo.]  

Hola:

Como ya sabrán algunos, desde el 9 de julio trabajo para el Ayuntamiento de Huesca. Soy la responsable del Gabinete de Imagen. Esto es una cosa para celebrar porque estoy contenta y creo que puedo hacerlo muy bien. Es un trabajo de dedicación exclusiva, eso quiere decir que no puedo trabajar en otra empresa. Mi horario es flexible, lo que significa que tengo horario fijo de 8:30 a 14:30 y el resto del tiempo depende de mis ocupaciones diarias. Regularmente trabajo también por las tardes.

También cambiarán mis cosas en Aveletra. El próximo jueves 13 de septiembre, renunciaré a mi puesto de Presidenta de la Asociación Aveletra. Estaré en la junta directiva, pero no al frente. Creo que es lo mejor para nuestra asociación. El que otra persona esté al frente puede beneficiarnos a todos y todas, pues desde otro sitio estaré apoyando a las actividades que se realicen. Es una decisión que afecta a toda mi vida, pues saben de sobra lo importante que es para mi el que ahora Huesca cuente con una vida literaria propia y activa. Gracias a todo el movimiento generado  por personas como ustedes que me apoyaron en los últimos años.

Estamos realizando más proyectos y espero que en la nueva etapa de Aveletra se continue igual o mejor.
En la nueva etapa de Aveletra, además de ver si por fin sacamos la ANTOLOGÍA DE LOS MARTES LITERARIOS, estamos realizando una  antología del Taller de Poesía que organiza la Asociación Aveletra desde hace 5 años.Proyectos que comenzaron como una idea están siendo paridos en estos momentos en que dejo la asociación como presidenta. Ahora sólo seré la Presidenta Fundadora y vocal, seguramente. Ya les contaré lo que decidamos en la reunión de socios y socias.

Aunque he tardado en escribirles para contarles sobre mi nuevo puesto, y a veces pareciera que no los recuerdo, quiero que sepan que agradezco TODO EL APOYO y LA AMISTAD que siempre me han brindado en todo lo que les he propuesto e invitado. Gracias de corazón.

Bueno, a fin de esta semana les enviaré un correo con la información de cómo queda la nueva JUNTA DIRECTIVA de Aveletra y el nuevo correo para las actividades que tengan que ver con la asociación.

Espero seguir recibiendo sus invitaciones a título personal como escritora y amiga, y sobre todo, contar con su amistad como siempre contarán con la mía.

Es una nueva etapa que estoy viviendo, gracias a Dios con mucho entusiasmo, y en la que espero seguir creciendo ayudando y dando amor a la gente que me rodea.

Gracias por estar conmigo.
Con cariño, Liz  

PEPE CERDÁ, PETÓN Y PRIMO DE RIVERA*

PEPE CERDÁ, PETÓN Y PRIMO DE RIVERA*

[El pasado viernes, día 7 de septiembre, me encontré en la plaza de San Francisco  con Pepe Cerdá, que había queado con José Antonio Martín Otín, más conocido por Petón. Era un día importante para Pepe, pero no dijo nada. Sí tuve un bello gesto hacia su gran amigo: fue a la librería Cálamo a comprar su libro “Pintor, pinta y calla”, hizo una precioso retrato de un futbolista en juego y lo firmó. Petón se quedó admirado. Ajeno por completo al aniversario de Pepe, hacía unos cuantos días que no leía su blog, le felicito ahora desde aquí, con dos días de retraso.]

Otro año más

Por Pepe Cerdá (Buñales, Huesca, 7-09-1961)

Hoy es mi cumpleaños. Tal día como hoy hace cuarenta y seis años dicen que nací en un pueblo de Huesca llamado Buñales. Parce ser que llegué al mundo allí por casualidad porque vi la primera luz con solo siete meses de gestación y pillé a mi madre desprevenida que estaba pasando unos días con la suya, mi abuela, que vivía en ese pueblo con mis tíos.Tengo la impresión de no haber hecho gran cosa en esta vida, al tiempo que, cuando paso revista a las cosas que me han pasado, constato que la tengo bastante completita, que no hay huecos de tedio significativos. El problema es que de mí vida me acuerdo, pero no sé dónde está, ni me vale ahora de gran cosa.Lo dicho, que hoy es mi cumpleaños.  

[Lo que son las cosas: hoy publico en mi columna dominical de Heraldo una nota sobre la cita azarosa de Pepe Cerdá, José Antonio Martín Otín, Petón, y un servidor que iba camino de La Romareda, a celebrar los 50 años de la inauguración del campo y la gran tarde de David Generelo. Éste es el texto de Heraldo:]  

El que cuenta el fútbol  


Quizá sea cierto en ocasiones que donde mejor se está es fuera de casa. Una tarde como la del viernes, aparecían en la plaza de San Francisco el pintor Pepe Cerdá y el periodista y ensayista José Antonio Martín Otín, más conocido como Petón. Ex futbolista del Huesca y representante de jugadores, Petón es un magnífico narrador oral a la vieja usanza. Se recrea, sabe crear atmósferas, y maneja hechos y personajes en abundancia. Acaba de iniciar una sección en “El larguero” de los jueves, a la una de la mañana: “El fútbol tiene música”. La inició con la historia del Barcelona de Guayaquil, de su goleador el “negro” Spencer (que también brilló en Peñarol de Montevideo) y del misionero español Bazurco, que no podía jugar en domingo pero que marcó goles determinantes en sábados. Petón clavó su relato sin un anacoluto o un temblor. Pero lo que deslumbra de él son otras cosas: es un gran conocedor de pintores como Ponce de León, de periodistas y narradores como Rafael García Serrano, al que considera un maestro de la prosa costumbrista en prensa, es lector entusiasta de Dionisio Ridruejo, y es investigador y biógrafo. En 2005 publicó “El hombre al que Kipling dijo sí” (El gallo de marzo), una biografía de José Antonio Primo de Rivera donde revela la pasión del político español por Elizabeth Asquith, la Princesa Bibesco, amante también de John Maynard Keynnes, y la fascinación que experimentó por Azaña. Luego, marchó a La Romareda y se sentó cerca del ex jugador Pedro Herrera. Algo más arriba, el vertiginoso extremo Ramón Vila, “más rápido que Gento”, recordaba que él había marcado el primer gol de ese campo 50 años atrás.

*Uno de los mejores y más famosos cuadros de Alfonso Ponce de León: "El accidente" (1936). Parece un cuadro premonitorio.