Blogia
Antón Castro

Artistas

CALVOMOÑACO /13. AL MODO DE CHAGALL

CALVOMOÑACO /13. AL MODO DE CHAGALL

El gran amor de la vida de Marc Chagall, el artista luminoso de la felicidad y del color, fue Bella. Le dedicó muchas pinturas, representó una y otra vez la dicha que vivieron juntos en una obra vívida, de intenso colorido, optimista y de una sensualidad constante.

Entre 1933 y 1934, Chagall vivió en Tossa de Mar. Manuel Martín Mormeneo leyó una vez una reseña donde se hablaba de una misteriosa muchacha cordobesa, llamada Fermina, que enamoró al pintor. En un viaje relámpago que el pintor realizó a Córdoba, Chagall la conoció en una sala de ensayos. Se quedó perplejo: era como la mujer morena de Julio Romero de Torres. Y de una exuberante languidez. Chagall empezó a quebrarse de amor y deseo en el instante mismo en que Fermina, solo se llamaba así en la vida real y en los carteles de sus conciertos, en que la joven acarició las cuerdas del violín. Mostró unos brazos poderosos y desnudos, y una suerte de intensidad apasionada que no excluía la capacidad de ensoñación.

Días después, se escribió en un diario cordobés, se les vio pasar por las afueras en un precioso coche descapotable de alquiler. De vez en cuando, se paraban y se besaban apasionadamente debajo de un almendro o de un oloroso naranjo.

 

No sé qué pensará Alberto Calvo de esta historia. Demasiado literaria para ser falsa…

ANTONIO ÁLVAREZ EXPONE

ANTONIO ÁLVAREZ EXPONE

LUGAR: Espacio de Arte del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Zaragoza (calle Jesús Comín, 3-5)

INAUGURACION: Jueves 10 de diciembre a las 7,30h.

DURACION: Del 10 de-12-2009 al 11-1-2010

HORARIO: De lunes a viernes, de 10 a 13 y de 17 a 21 horas.

TITULO: MONEGROS

OBRA: Dibujos y obras de pequeño a gran formato realizados en acuarela, óleo, tinta china, carbón y pigmentos en polvo, en diferentes combinaciones.

Es posible que algunos días, durante el tiempo de  la exposición, realice algunas obras en directo, empleando  técnicas  presentes en los trabajos expuestos. Si es así iré indicando aquí y también en el podrán dar información en el centro (976482621).

 

AUTORRETRATO DE ANTONIO ÁLVAREZ

A pesar de confesar sin complejos que soy hombre de fe, no creo en casi nada de lo que se suele creer.

Por ejemplo en el curriculum vitae.

Pero sí creo en aquello que sale pronto, profundo y sentido del corazón.

Tengo 47 años, dos hijas encantadoras y una casa grande con porche y olivo centenario. Trabajo en lo que me gusta, soy profesor, también soy psicólogo.

Personal y profesionalmente he conseguido todo lo que me ha interesado de verdad. Todo, menos una cosa. No conseguí convencer a Dios. Se llevó a Ana y al bebé.

Aprendí que con Dios no se negocia, que es inútil intentar comprenderle y que es imposible conocer la Realidad. Descubrí que no se consigue nada sino que se intenta y a veces llega lo deseado, que lo que llamamos control es una tremenda y peligrosa imprecisión. Descubrí que en el desierto pueden surgir las flores más bellas. Aprendí que solo el Amor nos conecta con la Verdad.

Aunque no pretendo comprenderle sigo intentando hablar con Dios.

La parte de mí en Ana y la parte de Ana en mí a veces se ponen de acuerdo, se encuentran, y entonces puedo hacer lo que más nos unió siempre: Hablar con trazos, formas y colores.

En todo lo que haga estará siempre, porque ella es mi brazo derecho y la mitad de mi corazón.

También aprendí que lo que tenga que suceder, sucederá.

Así las cosas, intento ir donde el corazón me lleva, parando cuando puedo a pintar lo que siento.

 

LOS PINTORES DE UN PINTOR

Antón CASTRO*

Fue el músico Carlos Satué quien me puso tras la pista del pintor e ilustrador Antonio Álvarez. Cuando vi su obra le dije, de forma idéntica al galerista y fotógrafo Pepe Rebollo: “¡Cuántos pintores hay en ti!”. Es cierto. En Antonio Álvarez hay varios artistas. O mejor: hay, ante todo, un pintor que va y viene por campos abiertos y encrucijadas, un pintor que no se afana en tener un estilo sino en hallar estilos, sesgos, manchas, emociones. Antonio es un pintor que enreda, que inventa, que disfruta con los materiales, con los secretos del oficio. De entrada, es un amanuense: alguien que se embadurna los ojos, el corazón y las manos con el paisaje, con lo que se ofrece, suntuoso o untuoso, ante esa mirada hambrienta de formas, de destellos, de instantáneas y de texturas. Y es también un trabajador que desprecia el cansancio o la tiranía del tiempo: crea, investiga, busca, con la paciencia del orfebre, con la voracidad de quien desea someter, temblor a temblor, ondulación a ondulación, todas las luces de las estaciones.

Donde mejor se ve a Antonio es en su estudio. Tiene dos, en realidad. Uno, en los bajos de su casa, en su bodega, repleta de marinas, de horizontes, de flores, de figuras insinuadas, de juegos con la madera, de mosaicos que copian a la vertiginosa acuarela segmentos de la naturaleza. Ahí, con esa pulsión incontenible que en él es pasión por la vida, connivencia con el misterio, opera con frenesí, a golpe de intuición, con gestos, con huellas de sombra y de luz sobre el papel, el lienzo o la madera. Ahí nos encontramos al pintor intimista y variado, que no se conforma con nada, que no se conforma con hacer siempre variaciones sobre un único tema. En la muestra se percibe claramente esta línea de investigación de Antonio Álvarez: asómense a sus plantas, a sus terrenos, a sus vaguadas, asómense a los campos desmayados y ocres donde el fuego alinea los trigales, alza muros o sigue las líneas de fuga de lontananza. Asómense a sus mares y a sus noches. Ahí se percibe qué es un pintor y el enigma de la pintura en formatos pequeños: aguadas, tintas chinas, carbones, óleo, acrílicos… Antonio Álvarez se sitúa en el centro del mundo con toda la ebullición de las imágenes.

Hay otra parte fundamental de Antonio: su condición de pintor hiperrealista que explora la huella de la decadencia en el paisaje urbano, el olvido que se instala en las casas decrépitas como un lamparón. Estas obras son tan minuciosas que Antonio invierte muchos meses en cada una de ellas. Las realiza en su taller exterior, más luminoso y despejado, a la técnica de la acuarela, de gran formato. La claridad del jardín germina y se instala en las piezas, con lentitud, con la costra de un oro viejo o el aroma de un ponche de siglos. Ahí, con calma y concentración, pincelada a pincelada. Antonio Álvarez alza sus paisajes, sus ruinas, sus bellezas demolidas o heridas por el inexorable paso de las horas y la fecundación del pasado.

En esta muestra está Antonio Álvarez al completo. El soñador, el místico, el artesano incansable del color. Aquí está un hombre de acción que encierra el mundo en el gesto de la mano y descompone, para todos, su hermosura y sus desgarros. 

 

*Hace ya algún tiempo que no veo a Antonio Álvarez. No llegué a ver este texto editado, pero lo redacté para su exposición del Museo Juan Cabré. Recuerdo que hicimos un viaje inolvidable a San Juan de la Peña para ver la exposición de Santiago Gimeno, que comisarió Dolores Durán: un viaje de tertulia, de confidencias, de pasión por la vida y por la pintura. Y ese día comprendí mucho mejor el autorretrato de Antonio y su infinita pasión por Ana: ella reaparece un día y otro día, una noche tras noche, en sus mejores sueños.

69 IMÁGENES DE UN MUSEO ERÓTICO

69 IMÁGENES DE UN MUSEO ERÓTICO

Libros. Jean-Manuel Traimond, especialista en guías eróticas, publica ‘69 historias de deseo. Un museo del imaginario erótico’ (Electa. Barcelona, 2009), donde recoge y analiza cuadros y esculturas sobre los temas fundamentales de la sexualidad y la pasión

 

El placer del sexo:

arte y lascivia de

un museo ideal

 

El sexo mueve el mundo. Podría escribirse una formidable historia de la humanidad desde la perspectiva del deseo. No es eso exactamente lo que ha hecho Jean-Manuel Traimond, sino concebir ‘un museo del imaginario erótico’ en el espléndido libro ‘69 historias del deseo’ (Electa), que propone una viaje por el desarrollo de la sexualidad. La odisea se prolonga desde el siglo VI a. de C., cuando una vasija representaba pasajes explícitos de sexo oral y anal entre hombres, hasta nuestros días en que la escultora Louise Bourgeois –insólita Premio Aragón-Goya- paseaba, en 1982, un enorme falo de metal con sus testículos ante la cámara de Robert Mapplethorpe.

Traimond, autor de una ‘Guía erótica del Louvre y del Museo de Orsay’, dice: “La Antigüedad representaba el placer sin mala conciencia, pero también estableció la separación entre cuerpo y espíritu, materia e idea. Exacerbada por el cristianismo, dicha separación hizo que todo el peso de la vergüenza recayera sobre el deseo”. Y agrega que “atacado, ahogado, asediado por el pudor, el deseo occidental resurge una y otra vez oculto tras tantos y tan variados disfraces”.

Quizá por ello, los pintores, los artistas en general, han visto estimulada su imaginación y han emprendido una suerte de “guerra de guerrillas contra el triste pudor”. Una constatación clara del libro es que “al eterno retorno de las obsesiones masculinas se corresponde la escasez de las muestras de afecto femenino” y, por extensión, de ausencia de mujeres pintoras. Se recuerda el paradójico caso de Georgia O’Keefe, una voluptuosa artista que pintó flores como vulvas abiertas, como explícitas metáforas o alegorías del sexo femenino, y siempre dijo que ella no hacía pintura erótica.

Dentro de esas 69 piezas están todos los asuntos del amor y del deseo. Desde ese inicial canto griego a la homosexualidad y al destape de Afrodita, cuyos senos se alzan más allá del velo, también existen imágenes de las hetairas (las prostitutas de lujo) o una escena, en Pompeya, de otro mito: el de Príapo, al que le habían dedicado varias capillas, frecuentadas por hombres que tenían alguna enfermedad en el pene. Traimond escribe: “En cuanto a las mujeres, ya fueran profesionales o simples ‘amateurs’ (…), colgaban del gran falo tantas guirnaldas como amantes habían tenido en el transcurso de la noche”. El libro aborda algunos casos de zoofilia, como la cópula entre Pan y una cabra, la sutil relación de ‘Leda y el cisne’ (1598) recreada con absoluta maestría por Rubens o un ‘cunnilingus’ de ‘La bruja y el dragón’ (1515) de Hans Baldung Grien. El Bosco mostró en ‘El Jardín de las Delicias’ (1510) la homosexualidad, la masturbación e incluso una imagen más extraña: la de mujer que anda a gatas, semidesnuda, y por atrás avanza una pértiga que lleva una esponja en la punta.

“Cuanto más nos resistimos a la carne, más se esfuerza en reaparecer” escribe Traimond a propósito de la pieza de Tiziano ‘La Magdalena penitente’ (1530), que mezcla la vergüenza del pecado carnal y la exuberancia del ardor en forma de un envolvente cabello de fuego. El cuadro ‘La piel’ (1638) de Rubens insiste en el elogio de la beldad y del hedonismo, igual que dos piezas de Fragonard: ‘Las curiosas’ (1767-1771), una elipsis de la figura del mirón (exaltado en ‘Una ojeada a través de la cerradura’ de Anton Felser, de 1895, que sería casi el positivo o el reverso de la anterior) y ‘Los afortunados azares del columpio’ (1767), que es un canto al pie como apéndice sexual. Dice Traimond: “Hay mujeres que llegan al orgasmo pasándose el aspirador por las plantas de los pies”.

No podía faltar el lienzo que sublima y normaliza como ningún otro la vagina: ‘El origen del mundo’ (1866) de Courbet. No podían faltar una flor de O’Keefe, ni las mujeres pelirrojas de Klimt ni esa sucesión de damas que tientan a Ulises o a distintos dioses y hombres, como el caso de las sabinas, raptadas y violadas por los romanos y pintadas por David. Rembrandt realizó un elocuente grabado de la felicidad conyugal en el tálamo en ‘La cama a la francesa’ (1646). “¿Hay que decir algo que la sonrisa de la esposa penetrada no diga ya?”, se pregunta Traimond. Leonor Fini se acercó a la homosexualidad femenina. El perverso y agudo Franz von Stuck es autor de ‘El balancín’ (1898), sobre la masturbación de mujeres con un tronco, y de ‘El pecado’ (1895).  Felicien Rops es el autor de ‘Pornokrates’ (1878), acerca “del poder de la puta” que pasea a un cerdo.  Aubrey Beardsley aborda la fuerza de la erección en ‘Los embajadores lacedemonios’ (1896).

Una de las piezas más impresionantes, que figura en la exposición ‘Las lágrimas de Eros’ del Museo Thyssen, de idéntico argumento, es ‘La muerte de Jacinto’ (1804), un cuadro de Jean Broc, que fue el primero en cantar el amor homosexual a través de la figura de Apolo y del joven Jacinto, que se desploma sobre su hombro. Ese pintor y fotógrafo y contorsionista que era Pierre Molinier aborda la tragedia y la rebelión del travestido. El tema del beso aparece en ‘Hércules y Onfalia’ de Boucher, 1750, en Rodin y en Magritte, en esa obra tan famosa de los dos rostros cubiertos. El autor incorpora a Caravaggio, a Velázquez y su ‘La Venus del espejo’ (1651) -el sevillano retrató a una de sus amantes y reveló un secreto-, a Ingres, a Manet, a Balthus, a Marcel Duchamp y a Picasso con una obra estupenda: ‘Dora y el minotauro’. En el comentario a esta pieza el autor realiza un recorrido por los grandes amores del pintor, quien, en el fondo, encarnaría a un minotauro humano y falaz.

En esta propuesta de Traimond hay pintura histórica, mitológica y de retrato, escultura y cómic y fotografía. Aborda una compleja casuística del sexo: la traición, el adulterio, los celos, la exaltación de la carne, la melancolía, la relación entre el amor y la muerte, la alegría del coito, las diversas formas de homosexualidad, el pecado, la picardía, el morbo, la sorpresa, el humor. Y se percibe, una y otra vez, la irreductible fascinación del erotismo, de la lascivia y de la sensualidad transformadas en obras de artes. El sexo excita el mundo y ha sido un estímulo permanente de creación.

 

 

OTROS LIBROS

Lejos del tabú

 

Estos días han aparecido varios libros sobre arte, literatura y sexo. Uno de ellos es ‘Surrealismo, eros y política, 1938-1968’ (Alianza Forma) de Alyce Mahon, donde se analiza como “los surrealistas recurrieron a Eros como la búsqueda del principio del placer”. Thierry Savatier publica en Trea un libro totalizador: ‘El origen del mundo. Historia de un cuadro de Gustave Courbet’. Ese cuadro de un explícito sexo femenino (“el coño en el tapiz”, se dijo), pintado en 1866, se basó en una foto de Auguste Belloc de 1860 y ha hecho correr escandalosos ríos de tinta y de admiración. En otro contexto, la joven Clara Santafé publica un curioso poemario sobre una actriz de cine pornográfico: ‘Ángel París’ (Resurrección). [En la foto, la obra 'Pornokrates' de Felicien Rops, de 1878.]

CALVOMOÑACO / 12. AL MODO DE DUBUFFET

CALVOMOÑACO / 12. AL MODO DE DUBUFFET

Mormeneo es un tipo obsesivo. Cuando descubre una música la pone una y otra vez, cinco o diez veces seguidas, es como si una interpretación, una melodía o una determinada voz le pautasen la vida y su estado de ánimo. Le ocurre con ‘El soplo en el recuerdo’, el nuevo álbum de Adela Martín, le ocurre con el primer álbum de Gary Geld and The Dead Monegros, esa mezcla de rock y folk country que desarrollan Yann Leto, Cecilia de Val y su banda. Antes oyó hasta el aburrimiento a Quique González, La Bien Querida, Russian Red o Javier Ruibal. Y antes o después oyó a Igor Stravinski y a Carlos Núñez, y los fados tranquilos de Carlos do Carmo. Escucha a todas horas a Enya, que es una banda sonora de lo céltico, de la delicadeza y casi un subrayado inadvertido de sus horas ante el ordenador o mientras trabaja con el photoshop con algunas de sus fotos. Lo último que ha descubierto es Zenet, que le recomendó Esteban Villarrocha, anoche mismo antes de acostarse. Y le gusta mucho Alondra B. Bentley. El último envío de Alberto Calvo, a la manera de Dubuffet, le ha hecho pensar en ella. Por más vueltas que le da, no acierta a decir por qué. Ha escrito en unos de sus cuadernos de campo: “Siempre me han gustado las alondras. Casi tanto como los ruiseñores en la noche de los amantes imposibles. Creo que se lo debo a un poeta cántabro, Gerardo Diego, o a Shakespeare. ¡Qué sabe nadie!”.

CALVOMOÑACO / 11. AL MODO DE LEGER

CALVOMOÑACO / 11. AL MODO DE LEGER

Mormeneo ha sido un gran enamorado del fútbol. Durante años escribió crónicas de los partidos, en los diarios y para sí mismo, en un cuaderno que tituló ‘La alegría del balón’. El año pasado, por distintos motivos, fue muy feliz en el fútbol. Hasta en tres días por semana se acercó al campo de San Lorenzo. Le gustaba ver a los jugadores sobre el césped, le gustaba ver al entrenador de porteros que reventaba a un arquero portugués de largas melenas llamado Rogerio, y seguía a dos futbolistas hermanos. Uno derecho, un pulmón con calidad, el futbolista que sueña cualquier entrenador, el atleta incansable y constante; otro, zurdo, más fino, galanteador de rivales en el regate, algo barroco y artista. Iba al campo por verlos: si uno no estaba bien, lo iba a estar el otro. Eran complementarios: en la entrega, en las suertes de la recuperación del balón ajeno, en el desborde, en la combinación y en la elaboración de las jugadas.

 

Este año, Mormeneo ha dejado de ir al fútbol. El zurdo, lesionado, aún no ha debutado. Y el derecho carece de continuidad, no cuenta con la confianza del preparador, un hombre más bien callado, de esos entrenadores que apenas hablan. Mormeneo ha dejado de ir al fútbol: ya no hace crónicas para nadie y en su moleskine ha puesto un antetítulo, que casi le incomoda: ‘La tristeza de los domingos’.

 

*Alberto Calvo ha hecho esta pieza al modo de Fernand Leger.

CALVOMOÑACO / 10. AL MODO DE DALÍ

CALVOMOÑACO / 10. AL MODO DE DALÍ

Hay días que Mormeneo se dice: “No espero nada de la vida. Me dejo ir, como si estuviera vencido o exhausto, como si todas las emociones hubieran pasado para siempre. Pero sé que no es así: de repente, en medio de la noche constelada, miro arriba y tengo la sensación de que hay un signo de felicidad al acecho, de que en algún lugar hay un nuevo arabesco de esperanza. Y me digo: ‘Sigue, sigue. Lo mejor aún no ha llegado’. Abro el correo electrónico y me encuentro este rostro. Este obsequio trenzado con la luz, el color y el grito. Y con un mensaje: ‘Sueña. El futuro se edifica con el vértigo del presente. No te compadezcas ni te derrames en imaginaria fatalidad”.

 

Mormeneo siempre se pregunta en su cuaderno moleskine:

-¿Quién le dictará a Alberto Calvo estos pensamientos?

*Nueva ilustración de Alberto Calvo, a la manera de Salvador Dalí.

/ 9. A LA MANERA DE NATALIO BAYO

/ 9. A LA MANERA DE NATALIO BAYO

[Disculpas: antes el sistema no me aceptó esta foto e hizo muy grande la letra. Aquí está la obra de Alberto Calvo. Mil disculpas a todos.]

Mormeneo se sentó ante el ordenador, contempló la desnuda higuera y el nogal. La noche se había quedado nítida, como si fuera el día después del Apocalipis o la primera luz cenicienta tras el naufragio. No quiso buscar la gigantesca luna oculta entre las nubes. Le agrada esa sensación irreal de cuento…

Escribió:

 

No sé si me gusta más levantarme a tu lado al alba

o dormir abrazado a ti. Sentir cómo lates,

cómo te arrugas sobre ti misma

como quien busca el acoplamiento perfecto de las almas.

Percibo entonces, antes de que se desaten las tentaciones,

el calor de tu espalda y tus nalgas, el torrente

 de la melena y su olor a melocotón o a mora.

Quedo un instante así, inmóvil como un barco que siente,

tembloroso como la luz de la sinrazón,

me quedo como si fuera un pájaro abatido

que parpadea y sueña el mejor de todos los vuelos.

A veces te duermes. Y ronroneas. Y musitas palabras

intraducibles, frases completas que me cuentas como

si estuvieras presa en la alucinación del olvido.

Estoy feliz así. En ese instante, cuando el mundo

se desmaya, le pido a la carne que no se altere,

que apacigue sus ardores, que no enturbie la noche

de gemidos y de risas y de batallas de sudor,

y me digo a mí mismo que, algunas veces, el mejor sonido

es el del silencio, el de la respiración de dos que se aman

y escuchan la música del corazón sin saber si despertarán.

 

**Alberto Calvo me había pedido que escribiera a la manera de Pedro Salinas. No me ha salido, pero es que Mormeneo, narrador, poeta y fotógrafo es así. Su nombre completo es casi todo un poema: Manuel Martín Mormeneo.

 

Alberto Calvo me escribe: “Bayo, en su aparente inocencia, es de una riqueza de matices que me ha vuelto tarumba.... No sé como mezcla... pa mi que se fabrica él los colores... riau... no son muy buenos los moñacos estos, pero jodo lo que man costau”.

CALVOMOÑACOS / 8. AL MODO EXPRESIONISTA

CALVOMOÑACOS / 8. AL MODO EXPRESIONISTA

Mormeneo lleva varias noches desvelado. Por eso sale a pasear por las afueras de la ciudad bajo un manto de niebla. Lleva su cuaderno de notas, sus lápices de colores y un libro de citas. Se sienta bajo una farola, cerca de un mirador con vistas hacia la ciudad, y mancha sus papeles. Ensaya en una página y en las dos o tres siguientes; vuelve a insistir en la primera, manchurrea en la segunda, escribe “pintar es volver a borrar, pintar es soñar y amar hasta el fin de la noche” en la tercera. Poco a poco, como si la mente le navegase en el vacío, le aparecen los rostros del recuerdo: Irene, la muchacha de seda que le enseñó la dulzura de las borracheras y los besos con lengua; Sara, la casada que dejaba todas las noches su lecho conyugal y lo esperaba bajo un puente del Huerva con su perro lobo; Eloísa, la arquitecta que le desordenaba la cama al mediodía mientras la estercolaba de planos y de dorados cabellos… Se le aparecen en el cuaderno, espantados de color y de vértigo. Y alguien rabiosamente parece haber escrito: “¡Ay, Mormeneo, Mormeneo!”.

*La ilustración, al modo del expresionismo abstracta, es de Alberto Calvo, 'Supermaño'.